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Notas de marzo de 2013 :: bienvenidosalafiesta ::    
bienvenidos a la fiesta
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domingo, 31 de marzo de 2013

Gombrich: «Buscar el ideal, ¿no es perseguir una quimera? Pues, ¿no es obvio que no hay un ideal único, un tipo único de perfección? ¿No he mostrado en esta conferencia que hay muchos, el gótico y el renacentista, la belleza de Boticelli, tan distinta de la de Leonardo, la de Rafael, tan distinta de la de Miguel Ángel?

Este argumento ha ido ganando en popularidad desde tiempos de los románticos, quienes señalaron lo variadas que eran las situaciones y culturas humanas. Pero aunque haya salido triunfante, no creo que tenga demasiado fundamento. El hecho de que haya muchos tipos de rojo diferentes no demuestra que no exista una parte del espectro a la que con todo rigor pueda llamarse rojo. El hecho de que, felizmente, haya en la tierra muchas clases de belleza no demuestra que belleza y fealdad sean una misma cosa.

Frente a tal relativismo, yo sostengo que existe una respuesta humana identificable que es la respuesta a la belleza, o si se quiere, el deleite en la belleza. (…) Esta respuesta no es aprendida, sino innata, innata en tanto que capacidad de categorizar entre varias clases de impresiones visuales y fisiognómicas. Pero capacidad de respuesta no equivale a capacidad de creación. El que podamos deleitarnos en una pintura no significa que podamos pintarla. Nada tan importante en teoría del arte como esta distinción obvia entre respuesta y creación».

E. H. Gombrich. «Ideal y tipo en la pintura renacentista italiana» (1982), Estudios sobre el arte del renacimiento IV. Nuevas visiones de viejos maestros (New Light on Old Masters, 1986). Madrid: Alianza, 1987; 189 pp.: col. Alianza forma; trad. de Remigio Gómez Díaz; ISBN: 84-206-7062-6.

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sábado, 30 de marzo de 2013

Memorias del subsuelo es una novela corta de Dostoievski sobre un personaje aturdido y escindido, escrita después del fallecimiento de su primera esposa y de su hermano más cercano, Mijaíl, y cuando el autor tenía grandes problemas financieros y con el juego. En cierto modo es una continuación de El doble solo que ahora los enemigos del protagonista ya no son imaginaciones sino su propia conciencia, al margen de que sea una más de las muchas historias sobre funcionarios que escribió.

La primera parte es un monólogo interior caótico de un antiguo funcionario, donde piensa venganzas y formula sus pensamientos sobre sus preocupaciones vitales e intelectuales. La segunda parte recuerda cosas de su pasado, un incidente con uno de sus antiguos compañeros de escuela, humillaciones que sufrió en el pasado, su trato ignominioso con una prostituta a la que maltratará.

Relato en el que se da una extraña fusión entre el realismo social de tantas novelas del XIX, la novela-folletón gótico-urbana, y la novela polifónica característica de Dostoievski, aparte del contacto que podemos descubrir con géneros más antiguos. No es cómodo de leer por el tipo de narrador en primera persona que, dice Joseph Frank, «nos toma por sus confidentes hasta un grado que nos incomoda», una incomodidad mayor aún debido a «la aparente falta de ilación de la secuencia narrativa, la combinación de ironía y pathos». Al margen del rechazo que suscita siempre alguien que apunta «¿De qué puede hablar un hombre decente? La respuesta: de sí mismo. Eso haré yo; hablaré de mí».

Una de las cosas más interesantes de la historia, dejando de lado que tal vez sea el más claro antecedente decimonónico del monólogo interior que tantos escritores usaron después, es que Dostoievski por primera vez se plantea exponer, de forma novelesca, los peligros sicológicos y morales que hay tras la ideología radical y mostrar las consecuencias, en la vida personal, de ciertas ideas: el personaje está «firmemente convencido de que cualquier dosis de conciencia es una enfermedad». Con este libro se ve claro algo que afirma Frank: que ningún escritor puede compararse con Dostoievski en su capacidad de retratar la «relación entre las ideas y sus efectos sobre la personalidad humana»; y, en concreto, qué significaría realmente para la conducta humana si se aceptara, como lo hace el hombre del subsuelo, la negación del libre albedrío. Se puede afirmar, por eso, que el genio del autor para mostrar los entresijos de la relación entre la ideología y la psicología, que aquí se reveló ya con fuerza, «se convirtió en la característica de su talento particular y allanó el camino a sus grandes creaciones novelísticas».

Fiódor Dostoievski. Memorias del subsuelo (Записки из подполья, 1864). Madrid: Cátedra, 2003; 198 pp.; col. Letras Universales; edición y trad. de Bela Martinova; ISBN: 84-376-2032-5. Otra edición, titulada Apuntes del subsuelo, en Madrid: Alianza, 2011; 184 pp.; col. Biblioteca Dostoyevski; trad. de Juan López-Morillas; ISBN: 978-8420664484.

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viernes, 29 de marzo de 2013

«Si Dios ha muerto, como no vamos a morir nosotros»: dice Jiménez Lozano que oyó ese comentario en su infancia muchas veces ante una desgracia enorme y súbita, o un accidente mortal, o «una muerte que desconcertaba. Y era algo convincente. No he encontrado nunca, más tarde, otra razón que más me convenciera».

José Jiménez Lozano. Retratos y naturalezas muertas (2000). Madrid: Trotta, 2000; 203 pp.; ISBN: 84-8164-425-0.

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jueves, 28 de marzo de 2013

Nuevas ediciones de varios libros de Chesterton. Una reciente: La eugenesia y otras desgracias. Otras de hace algún tiempo cuyos datos no había incluido antes: Tipos diversos, Magia: una comedia fantástica, El hombre que fue Jueves: una pesadilla.
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miércoles, 27 de marzo de 2013

Hace tiempo puse aquí varias notas con breves cuentos jasídicos. Éstas: Corazón y cerebro, Cosas que podemos aprender, La primera página, Quizá, Esconderse (1). Las recuerdo después de leer, y para recomendar vivamente, Joyas sin cuento.

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martes, 26 de marzo de 2013

Un álbum sin palabras, que a mi modo de ver es uno de los mejores que se han publicado los últimes meses en España: El papagayo de Monsieur Hulot, de David Merveille, un autor que no conozco bien y que tendré que conocer mejor. Es una historia inteligente y cordial que atrae tanto a lectores adultos como a lectores niños. Además, para quien no las haya visto, es una buena incitación para conocer las excelentes películas de Jacques Tati.
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lunes, 25 de marzo de 2013

He visto recientemente Cave Baby, de Emily Gravett y Julia Donaldson, dos autoras que son una garantía de calidad y buen humor. El protagonista es un niño (prehistórico pero de piel tan fina como cualquier niño de hoy) que vive con sus padres en una cueva. Cuando intenta pintar en las paredes, como ve que hacen sus padres, estos se molestan. Hasta que llega un mamut peludo que se lleva al niño a su propia caverna…

Las ilustraciones son más dulces de lo habitual en Gravett, pues ni el tipo de historia ni la ironía de Donaldson son como las suyas. El texto está siempre bien colocado, donde se lee bien, y los juegos tipográficos, con letras ondulantes o cambios de tamaño, son oportunos. Vale la pena disfrutar el relato sin entrar a que si celebra o no la creatividad artística de los niños frente a la esclerosis mental de los adultos: me parece a mí que no se compone una historia como esta para sostener una tesis así.

De paso, los intresados pueden echar un vistado a este video donde Donaldson y su ilustrador más habitual, Axel Scheffler, hablan de su trabajo.

Emily Gravett. Cave Baby (2010). Texto de Julia Donaldson. London: Macmillan Children's Books, 2010; 32 pp.; ISBN: 978-0230743083.

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domingo, 24 de marzo de 2013

Gombrich: «Los símbolos no transportan significado igual que los camiones transportan carbón, para parafrasear a Colin Cherry. Su función es seleccionar alternativas dentro de un contexto dado. Ya recuerdan el cuento de Alí Babá y los Cuarenta Ladrones. El ladrón marcó con una tiza la puerta que quería recordar. Su bella adversaria tomó tiza y repitió la señal en todas las demás puertas, destruyendo el significado del signo sin tocarlo. Si piensan en esta parábola, comprenderán por qué dijo Picasso que sus imitadores le daban náuseas. Una deformación significativa queda vacía de significado cuando se convierte en un manierismo, en una convención. Sólo porque conocemos la convención, por otra parte, puede tener sentido para nosotros la contribución distintiva del artista. Con las obras contemporáneas, el crítico puede tener poca dificultad para responder al delicado juego recíproco entre expectación y mensaje que he comparado al efecto de una modulación dentro del contexto de una sinfonía. Pero con los mensajes que nos llegan del pasado, muchas veces hemos de intentar reemplazar con un esfuerzo consciente lo que nos falta de seguridad instintiva».

E. H. Gombrich. «Arte y saber histórico» (1957), Meditaciones sobre un caballo de juguete y otros ensayos sobre la teoría del arte (Meditations on a Hobby Horse, 1963). Madrid: Debate, 1998; 242 pp.; trad. de José María Valverde; ISBN: 84-8306-124-4.

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sábado, 23 de marzo de 2013

Apuntes de la Casa Muerta,
de Dostoievski, se ha titulado, en distintas ediciones en castellano, Recuerdos de la Casa Muerta, Memorias de la casa muerta, o Memorias de la casa de los muertos. Es un relato construido a partir de los sentimientos y experiencias del autor con ocasión de su encarcelamiento en Siberia durante cinco años.

En la introducción el primer narrador cuenta que conoció a un personaje que le entregó documentos entre los que había un cuaderno voluminoso y sin terminar: «Era una descripción, aunque incoherente, de los diez años de presidio sufridos por Alexandr Petróvich. En ciertos pasajes la narración era interrumpida por algún otro relato o por recuerdos tan extraños como espantosos, pergeñados con irregularidad febril, como por efecto de una coacción externa». El libro sigue, a continuación, ese cuaderno: cada capítulo describe anécdotas, momentos, o personajes, siempre con observaciones de interés acerca de la psicología de los delincuentes o, en general, de quienes están en la cárcel por distintas razones. La primera parte se centra en el primer año en el presidio. La segunda cuenta, sobre todo, escenas de su estancia, o de la de otros presos, en el hospital. Pero, al comienzo del capítulo 7 de esta segunda parte, titulado «La reclamación», el primer narrador interviene para señalar que un parricida del que habló Alesanrd Petróvich al principio, era en realidad inocente, según ha conocido ahora, y sin embargo padeció diez años de trabajo forzado.

Este libro, donde Dostoievski mezcla y recrea las memorias personales y las informaciones que otras personas que pasaron por lo mismo le transmitieron, tiene mucho de relato documental o testimonial pero, también, mucho de novela: las repeticiones y retornos forman parte de la estructura que pensó el autor precisamente para que las impresiones negativas se profundicen y transformen; para reforzar en los lectores la sensación de mundo cerrado, de rutina inmutable, de ciclo interminable que no permite cambios. Así que la falta de organización del material narrativo, dice Joseph Frank, es aparente, pues el autor buscaba formar las percepciones del lector y, al hacerle notar la relación del tiempo narrativo con la experiencia subjetiva, quería aproximarle a los sentimientos y sufrimientos de los prisioneros. Por ejemplo, de su mundo interior la narración subraya que «las ilusiones y el prolongado encierro hacían que la libertad nos pareciese más libre que la libertad verdadera, es decir, que la que existe en realidad. Los presos exageraban el concepto de la libertad auténtica, cosa muy natural y muy propia de todo cautivo».

Fiódor Dostoievski. Apuntes de la Casa Muerta (Записки из Мёртвого дома, 1862). Madrid: Alianza, 2011; 475 pp.; col. El libro de bolsillo; trad. de Luis Abollado Vargas; ISBN: 978-84-206-5066-1.
Nueva edición, con el título Memorias de la casa muerta, en Barcelona: Alba, 2017; 440 pp.; col. Alba Minus; trad. de Fernando Otero; ISBN: 978-8490652763. [Vista del libro en amazon.es]

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viernes, 22 de marzo de 2013

Me ha interesado La vida inmortal de Henrietta Lacks, de Rebecca Skloot. Es un libro de investigación científico-periodística que sigue varios hilos narrativos. El que le da origen es la historia de las células HeLa, las células cancerígenas que originan el linaje celular humano más antiguo y el utilizado con mayor frecuencia pues es duradero y prolífico. Las otras son la vida de Henrietta Lacks y su familia, la historia de algunos experimentos médicos con seres humanos en los Estados Unidos y, no podía faltar, la protagonizada por la incansable y tenaz periodista en busca de sus objetivos...

Esto último es un poco agotador (e innecesario) pero, con todo, el libro está bien armado y consigue su finalidad de informar bien acerca de las cuestiones principales. Una de ellas es la narración, abrumadora y reveladora, de algunos experimentos médicos: los que utilizaron varones negros pobres para estudiar cómo se desarrollaba la sífilis en los años 30; las histerectomías innecesarias a mujeres negras pobres para evitar que se reprodujeran y para que los médicos jóvenes blancos pudieran practicar esa operación; los de la falta de financiación para el estudio de la anemia de células falciformes, una enfermedad que afectaba a las personas de raza negra casi exclusivamente; el del investigador del cáncer que inyectó células enfermas en algunos pacientes para ver qué pasaba…

Rebecca Skloot. La vida inmortal de Henrietta Lacks (The immortal life of Henrietta Lacks, 2010). Madrid: Temas de Hoy, 2011; 446 pp.; trad. de Mª Jesús Asensio; ISBN: 978-84-8460-993-3.

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jueves, 21 de marzo de 2013

Un relato de hace tiempo, y que ahora creo que no está en el mercado español, sobre un chico con problemas personales y familiares serios pero que tiene la suerte de acabar encontrando quien le ayude: El hombre sin rostro, de Isabelle Holland. Los defectos que tiene quedan compensados por los aciertos en la definición del protagonista y su entorno, y por muchos diálogos excelentes.

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miércoles, 20 de marzo de 2013

Dentro de la LIJ son muchas las historias de viajes a lo Alicia donde los o las protagonistas entran en mundos singulares en los que se llegan a conocer mejor a sí mismos y aprenden cosas del mundo de los adultos. Un buen relato de hace tiempo, que me parece que ahora está descatalogado, es El increíble viaje de Desi, de la holandesa Joke van Leeuwen.

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martes, 19 de marzo de 2013

Que recuerde ahora, buenos álbumes cuyas imágenes intentan representar la música son El flautista de Hamelín, Ben's Trumpet, Las clases de tubaA ellos hay que sumar Diapasón, de Laëtitia Devernay (de la que vale la pena conocer su página), un álbum sin palabras sobre el que es difícil opinar bien cuando sabes que la edición original es un acordeón, como se ve aquí. En la sucesión de páginas vemos a un hombrecillo, vestido de director de orquesta, que se sube ágilmente a un árbol, en medio de otros árboles, y al ir moviendo su batuta, van saliendo distintas clases de pájaros de todos ellos. Al final, se baja pero, antes de marcharse, planta un nuevo arbolito.

Es una idea poética, la de un libro que permite afinar el oído para escuchar la música secreta de todas las cosas (dice la contracubierta), realizada en este caso con unas ilustraciones estilizadas muy sugerentes. A las rayas horizontales como de pentagramas de la cubierta y la contracubierta les suceden, en las guardas y la primera doble página, las rayas verticales que anuncian los árboles del escenario, y, luego, las rayas del pantalón del personaje. La historia se sigue bien mientras vemos al hombrecillo dirigir su orquesta desde la copa de un árbol, mientras en las sucesivas dobles páginas va estando un poco más abajo y van ganando protagonismo los pájaros. La continuidad entre páginas ya no se aprecia bien cuando, en las dobles páginas completas, sólo se ven distintas bandadas y formaciones de pájaros: aquí sería necesario ver la edición original.

Laëtitia Devernay. Diapasón (Diapason, 2010). Barcelona: Océano Travesia, 2012; 63 pp.; ISBN: 978-607-400-648-3.

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lunes, 18 de marzo de 2013

Un perro, de Alberto Gamón y Daniel Nesquens, es un álbum de los muchos cuyo hilo argumental es un paseo. Tiene un título bien puesto si atendemos a lo que se nos cuenta con palabras aunque, si nos fijáramos sólo en lo que cuentan las imágenes, podríamos titularlo La señora del perrito. Pero como este título ya lo usó Chéjov tiempo atrás, los autores han hecho bien en elegir el primero. La historia con palabras se centra en Chiver, el perro, cuya dueña lleva un paraguas de forma que, cuando llueve, Chiver ha de optar entre que se le moje la cola o se le moje el hocico. La historia con imágenes muestra un paseo por las calles de una ciudad siguiendo a una señora que lleva un perrito un día que llueve, y ella es la que justifica los percheros que abren y cierran el álbum.

Es notable que, sólo con que se nos cuente un suceso mínimo, Chiver acabe siendo un perro tan simpático. Las ilustraciones sobre papel cuadriculado, con figuras un tanto cubistas pero reconocibles, están compuestas con minuciosidad y ordenadas con criterio. La continuidad narrativa se arma según avanza la señora de izquierda a derecha, la continuidad gráfica la marcan la línea del suelo y otros detalles en los un lector atento puede fijarse. La historia va creciendo también porque, según lo dicta el texto, las sucesivas dobles páginas contienen franjas horizontales ilustradas, que ocupan como las dos terceras partes de la superficie, y que, por orden, van en la parte de abajo, la del medio y la de arriba. Vamos así avanzando en la comprensión del relato hasta que las dos últimas ilustraciones sí ocupan ya la totalidad de la doble página y la última presenta fondos y figuras que, hasta ese momento, sólo se habían visto parcialmente.

Alberto Gamón. Un perro (2012). Texto de Daniel Nesquens. Zaragoza: SinPretensiones, 2012; 14 pp.; ISBN: 978-84-615-9637-9.

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domingo, 17 de marzo de 2013

Según Gombrich, el «extraño recinto que llamamos “arte” es como una sala de espejos o una galería de ecos. Cada forma conjura un millar de recuerdos y de imágenes de memoria. En cuanto se presenta una imagen como arte, por este mismo acto se crea un nuevo marco de referencia, al que no puede escapar. Se convierte en parte de una institución, con tanta seguridad como el juguete en el cuarto de los niños».

O, dicho de otra manera, «lo que en nuestra sociedad denominamos arte nos es presentado en un contexto particular, para ser recibido con una atención de índole especial o, para utilizar el término técnico, con una particular disposición mental».

E. H. Gombrich. «Meditaciones sobre un caballo de juguete» (1951), Meditaciones sobre un caballo de juguete y otros ensayos sobre la teoría del arte (Meditations on a Hobby Horse, 1963). Madrid: Debate, 1998; 242 pp.; trad. de José María Valverde; ISBN: 84-8306-124-4.
E. H. Gombrich. El sentido del orden. Estudio sobre la psicología de las artes decorativas (The Sense of Order, 1979, 1984). Madrid: Debate, 1999; 412 pp.; trad. de Esteve Riambau i Saurí; ISBN: 84-8306-148-1.

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sábado, 16 de marzo de 2013

Si, al principio de su carrera, Dostoievski presentaba figuras gogolianas —el escribano burócrata, el soñador romántico, el oficial corrupto…—, luego fue aumentando su ambición de crear personajes-tipo que fueran portadores de las tendencias y corrientes de pensamiento que veía crecer a su alrededor. Un ejemplo significativo es el relato corto Un episodio vergonzoso, una crítica burlesca de la condescendencia de algunos intelectuales.

En una reunión con otros funcionarios de alto nivel como él, Ivan Ilyich Pralinsky habla de su modo de pensar comprensivo y compasivo hacia la gente de condición social baja. Al dejar esa reunión, el protagonista encuentra, por casualidad, la boda de uno de sus subordinados y decide mostrar su benignidad con él y su familia entrando en la fiesta. La situación acaba siendo muy embarazosa para todos, incluido el protagonista que, poco a poco, va siendo consciente de que está completamente fuera de lugar.

Relato acerca de cómo la idea benevolente que un hombre tiene de sí mismo se deshace al ponerla en contacto con la realidad, y de la falsedad radical del humanitarismo «alimentado por clichés literarios», tan propio de algunas personas pudientes. Los buenos momentos cómicos de la historia y sus acentos satíricos no hacen tanto reír como provocar incomodidad, la misma que va sintiendo el héroe de la historia que, si bien va dándose cuenta de sus propios errores de juicio, tampoco desea reconocer de frente su mezquindad. Hay también, sigue señalando Joseph Frank, un «triunfo de la vida real con sus necesarios compromisos y limitaciones» sobre cualquier pomposidad ideológica.

En particular, están «escritas con un estilo chusco de considerable vigor cómico» algunas escenas de la celebración, precedentes de otras como el despertar de Marmeladov en Crimen y castigo y como la magistral escena de la fiesta en Los demonios. Pero, lo que eleva el cuento por encima de un simple esbozo de farsa, es el choque ideológico en el que Dostoievski emplea como portavoz suyo a un personaje cuyas ideas le desagradaban —un joven periodista radical—, «para desacreditar a otro personaje cuyas actitudes le repugnaban más aún». Y es que, dice Frank, «uno de los aspectos más asombrosos del genio de Dostoievski es su disposición a reconocer la relativa validez humana, en situaciones concretas, de puntos de vista con los que no estaba de acuerdo en otros contextos, y darles la más plena y animada vida artística»

Fiódor Dostoievski. Un episodio vergonzoso (Скверный анекдот, 1862), en Noches blancas, El pequeño héroe, Un episodio vergonzoso. Madrid: Alianza, 1988; 176 pp.; col. El Libro de Bolsillo; trad. de Juan López-Morillas; ISBN: 84-206-1883-7.

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viernes, 15 de marzo de 2013

Cuando leí la novela que puse ayer sobre la muerte recordé un texto de Jiménez Lozano acerca de las representaciones de la muerte en el Barroco porque, pensé, esa clase de novelitas que vuelve a la idea del «polvo serás pero polvo enamorado» de Quevedo, y no es capaz de ir un poco más allá, tienen algo o mucho de autoengaño...

Hablaba ese texto del entusiasmo de aquella época por las calaveras, que aparecían en cuadros como si fueran un reloj para medir tiempo-eternidad y para suscitar «todas las meditaciones barrocas o hamletianas sobre el sentido de la existencia. Pero —seguía el autor— el Barroco adornó con finísimas telas recamadas en oro estos cráneos, los encerró incluso en relicarios de oro y piedras preciosas, colocando éstas a veces en las mismas cuencas vacías de los ojos: zafiros, diamantes y esmeraldas, o rubíes como miradas de fuego o cólera. ¿Negación de la muerte y su vacío? ¿Glorificación del polvo y la ceniza? ¿Complicidad horrible con ellos, como en el verso de William Austin, Sepulchrum domus mea est, el sepulcro es mi casa? ¿Engaño para nuestros sentidos, fascinados con aquellas maravillas, mientras el ánima medita en la nada como si fuese un algo? Todo a la vez, seguramente; vida que es sueño soñado en estos cráneos huecos, puro delirio. “Polvo enamorado” que dirá Quevedo de la infame escoria de la tumba, en un rutilante y mendaz verso, que brilla como esas enjoyadas calaveras, trompe-l’oeil, trampantojo en suma. Máscara».

Bueno, y traigo aquí este texto para recomendar también Por amor al arte, donde se habla del libro al que pertenece la cita.

José Jiménez Lozano. Retratos y naturalezas muertas (2000). Madrid: Trotta, 2000; 203 pp.; ISBN: 84-8164-425-0.

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jueves, 14 de marzo de 2013

Bajo la misma estrella, de John Green, es una novela notable, tanto literaria como humanamente. No es nada fácil hablar de chicos con cáncer, por lo que los defectos que se le pueden encontrar a una novela así no deben ocultar que, cuanto más complicado es un tema, más fácil es confundirse pero mucho más mérito tienen los aciertos.

Indiana. Amistad entre Hazel, una chica bajita de dieciséis años con cáncer de tiroides que ha pasado a los pulmones y que ha de ir a todas partes con una bombona de oxígeno, y Gus, un chico de diecisiete, jugador de baloncesto, que, como consecuencia de un osteosarcoma, tiene una sola pierna. Se conocen en un grupo de apoyo para chicos jóvenes que tienen cáncer. Consiguen viajar a Holanda para cumplir el sueño de Hazel: conocer a Peter van Houten, un escritor cuya única obra, también acerca del cáncer, es la que más ha ayudado siempre a Hazel.

El punto a favor de la novela es que Hazel es una narradora sarcástica y cautivadora. En el debe hay que poner que, con frecuencia, los acentos de Hazel sólo pueden ser adultos pues da en el blanco una y otra vez, sea con la brusquedad juvenil o sea con armas literarias sofisticadas (por ejemplo, puede recitar Prufrock de memoria...). También la construcción de su relato es demasiado equilibrada, pues pasa con toda fluidez de momentos de dulzura y amabilidad a otros de cardo borriquero mucho más graciosos, con lo que dice lo que muchos desean oír al mismo tiempo que compensa cualquier blandenguería.

Otra cualidad es el ataque demoledor a tantas afirmaciones de psicología barata de autoayuda tan propias de nuestro tiempo y tan vacías. Un ejemplo, de los menos sangrantes, es este: «una de las convenciones menos idiotas del género cáncer juvenil es la del Último Día Bueno, el día en que parece que la víctima de cáncer goza de unas inesperadas horas porque parece que el inexorable declive se ha estancado de repente y por un momento puede soportar el dolor. El problema, claro, es que no hay manera de saber si tu último día bueno es tu Último Día Bueno. En esos momentos no es más que otro día bueno». Esa misma búsqueda de realismo y de contrarrestar cualquier ternurismo, conduce a momentos burdos, de lenguaje y de comportamiento, y momentos de iniciación sexual, que parecen no encajar del todo en la clase de narradora, también tan literaria, que es Hazel: para mí que se los callaría.

Otra más es que los padres de los protagonistas son personas entrañables lo cual, para quienes estamos acostumbrados a los padres rígidos y las madres autoritarias tan frecuentes en mucha LIJ, no deja de ser un descanso y un motivo de aplauso. También, las conversaciones sobre el más allá de la muerte son inteligentes y respetuosas aunque no tengan el alcance de Blanca como la nieve, roja como la sangre, otra novela de chicos con cáncer (pero italianos, no norteamericanos). Hazel señala que Gus cree en Algo, «con A mayúscula», y continúa diciendo que cree en que vamos a parar a algún sitio. Hazel, sin embargo, aunque piensa que «creer en el cielo era una especie de despreocupación intelectual», se plantea que Gus no es un idiota (lo que por parte de Hazel tampoco es nada idiota). Están bien los comentarios, del padre de Hazel y de Gus, acerca de que «a veces el universo quiere que lo observen».

John Green. Bajo la misma estrella (The Fault in Our Stars, 2012). Barcelona: Nube de Tinta, 2012; 301 pp.; trad. de Noemí Sobregués; ISBN: 978-84-15594-01-7.

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miércoles, 13 de marzo de 2013

Después de álbumes sobre un niño y su padre, como Mi papá o Compota de manzana, menciono ahora un relato de hace tiempo: Mi padre, de Toon Tellegen. Es una narración que presenta, con toques de fantasía surrealista, la forma en que un niño ve a su padre o, más bien, la forma en que un autor adulto representa la forma en que un niño ve a su padre... Como dije en relación a Compota de manzana, también a este libro lo veo como más que interesante para el adulto, además de útil para los estudiosos de la Teoría de la mente, pero no tengo claro hasta qué punto es para una mayoría de niños pues, me parece, por sí mismo les atrae poco.

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martes, 12 de marzo de 2013

Compota de manzana, de Klaas Verplancke, trata de la relación entre un padre y su hijo, como el álbum citado ayer, Mi papá, pero con otro registro y un argumento parecido al de El hilo de Ariadna (un relato más sutil). La narración, tanto con las palabras como con las imágenes, se presenta desde la perspectiva del niño, ya desde la página de presentación: «A mi papá me lo regalaron. Estaba allí cuando nací, y todavía lo tengo». A continuación vemos a un padre que, normalmente, es cariñoso, pero que, a veces, se enfada y se transforma en un papá tormentoso.

Las figuras angulosas y alargadas de los personajes se transforman, según los estados de ánimo del padre y según como el niño lo ve (habría que pensar en cómo el padre ve al niño también: conviene no perder de vista que un relato nunca lo cuenta todo; esto es algo útil a la hora de las lecturas compartidas). La compota de manzana representa, para el niño, la vida ordinaria y amable habitual antes de deteriorarse y después de recomponerse. Me gusta la historia pero creo que, tal como está, es más para lectores adultos, igual que otra que comentaré mañana y que trata sobre lo mismo. 

Klaas Verplancke. Compota de manzana (Appelmoes, 2010). Barcelona: Ekaré, 2012; 30 pp.; trad. de D.R. y D.B.; ISBN: 978-84-939138-1-6.

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lunes, 11 de marzo de 2013

A este buen comentario de Mi papá, un álbum de Kris Di Giacomo y Coralie Saudo, no es necesario añadirle muchas más cosas. Sólo dos. Una, que es un álbum que se suma a los pocos donde se plantea la relación entre un niño y su padre, al menos comparados con los que muestran a la madre, aunque lo firmen una autora y una ilustradora. Otra, que se puede poner como ejemplo de que no es verdad que los niños no entiendan la ironía pero sí de que los niños, igual que los adultos, entienden aquellas ironías que se dan en un territorio común a quien formula la ironía y a su destinatario.

Kris Di Giacomo. Mi papá (Mon Papa, il est grand, il est fort, mais, 2010). Texto de Coralie Saudo. Madrid: Kókinos, 2012; 28 pp.; trad. de Ester Rubio; ISBN: 978-84-92750-65-8.

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domingo, 10 de marzo de 2013

Según Gombrich, a la hora del estudio de la historia «la elección no está entre el conocimiento del pasado y el interés por el porvenir (…). Está entre la búsqueda de la verdad y la aceptación de la falsedad. Pues toda comunidad se empeña en tener lo que G. J. Reiner llama “el relato que debe contarse” sobre su propio pasado, y, cuando decae el saber histórico, se produce una invasión de mitos».

En otro texto de varias décadas después decía que «el relativismo cultural ha conducido a que nos deshagamos de la más preciada herencia de toda la obra de erudición, la pretensión de estar comprometidos en una búsqueda de la verdad». Señalaba que, «al hablar del hombre uno no tiene que perder de vista al viejo Adán, ese viejo Adán que insiste en la satisfacción de esas tendencias que todas las personas tienen en común». Y por eso, aunque sea cierto que las culturas varían en la forma que expresan las tensiones humanas, también lo es que, en la literatura de cualquier lengua podemos encontrar los mismos temas, y que ella misma nos confirma que, «como hijos de la naturaleza, somos todos mucho más parecidos [de lo que a veces parece] en las más altas esferas del refinamiento».

E. H. Gombrich. «Arte y saber histórico» (1957), Meditaciones sobre un caballo de juguete y otros ensayos sobre la teoría del arte (Meditations on a Hobby Horse, 1963). Madrid: Debate, 1998; 242 pp.; trad. de José María Valverde; ISBN: 84-8306-124-4.
E. H. Gombrich. «Relativismo en las humanidades» (1985), Temas de nuestro tiempo. Propuestas del siglo XX acerca del saber y del arte (Topics of our Time, 1991). Madrid: Debate, 1997; 223 pp.; trad. de Mónica Rubio; ISBN: 84-8306-067-1.

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sábado, 9 de marzo de 2013

Humillados y ofendidos, la primera novela que Dostoievski publicó después de regresar de su destierro en Siberia, puede calificarse de dickensiana por sus personajes, por su contenido melodramático, por su crítica de los poderosos, por su construcción en capítulos que tienen finales en punta que tiran del lector hacia delante, y por su desenlace favorable a los héroes. No fue bien recibida por la crítica pero sí fue, y sigue siendo, una de las novelas más populares del autor.

El narrador, Vania, es un escritor joven que publica una primera novela —cuyo contenido coincide con Pobres gentes—. Está enamorado de Natascha, la hija del administrador de las posesiones del príncipe Valkovski, pues crecieron juntos, pero Natascha se enamoró de Aliosha, el alocado y bondadoso hijo del príncipe, y huyó con él. La vida de Vania oscila entre cuidar a Nelly, una niña con epilepsia, después de rescatarla de la casa de la malvada señora Boubnova; consolar a los padres de Natascha, profundamente heridos por la huida de su hija; y mediar entre Aliosha y Natascha. Entretanto, los planes de Valkovski los amenazan a todos.

Dostoievski atribuyó parte de los defectos de su novela a que, debido a los plazos de entrega, estaba obligado a escribir tramos cortos y a que no pudo realizar todas las correcciones que le gustaría. Sea como sea, intentó desarrollar una trama en la línea de Balzac o Dickens, con un motivo temático: «tendremos que elaborar nuestra futura felicidad a base de sufrimiento», dice Natasha. Fue también una primera tentativa de dramatizar los peligros morales que hay en las ideas radicales: según Dostoievski el colmo de la perversión humana consiste en justificar una acción baja o viciosa con el motivo de que el sufrimiento que causa es bueno para la víctima involuntaria.

Es destacable la descripción realista de las vidas de los infortunados. Así, hablando del comportamiento de Nellie, el narrador dice: «se diría que se recreaba en el dolor, en el egoísmo del sufrimiento, si se me permite la expresión. Yo podía llegar a entender aquel enconamiento del dolor, aquel regodeo: era el deleite de tantos humillados y ofendidos, de tanta gente que había sido aplastada por el destino y había sentido en carne propia su iniquidad». E Ijmeniev, el padre de Natascha, afirma el poder del amor familiar frente a los abusos cuando se reconcilia por fin con su hija: «¡Aunque hayamos sido humillados, aunque hayamos sido ofendidos, otra vez estamos juntos, y ya pueden volver a triunfar los soberbios, los altivos que nos han humillado y nos han ofendido!»

La maldad del príncipe Valkovski, un personaje sin luz positiva ninguna, queda clara en una declaración a Vania: «Ámate a ti mismo: esa es la única regla que acato. La vida es una transacción comercial: no conviene tirar el dinero, pero hay que pagar cuando uno queda satisfecho; ésa es la única obligación que tenemos con el vecino. Esa es mi moral, por si quiere saberlo, aunque le confieso que, en mi opinión, es preferible no pagar al vecino, e ingeniárnoslas para que nos sirva de balde. No tengo ideales ni quiero tenerlos; nunca los he echado de menos». Y más adelante sigue: «No sé lo que son los remordimientos de conciencia. Estoy de acuerdo con todo siempre que me vaya bien: somos legión los que pensamos así, y lo cierto es que nos va de maravilla. Todo es perecedero en este mundo, pero nosotros jamás pereceremos. Existimos desde la noche de los tiempos. Ya puede hundirse el mundo entero que nosotros saldremos a flote».

Fiódor Dostoievski. Humillados y ofendidos (Униженные и оскорблённые, 1861). Barcelona: Alba, 2010; 437 pp.; col. Clásica; trad., introducción y notas de Fernando Otero Macías y José Ignacio López Fernández; ISBN: 978-84-8428-615-8.

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viernes, 8 de marzo de 2013

Los rasgos de El caso del hombre que murió riendo, de Tarquin Hall, son los mismos de la primera novela del personaje, Vish Puri, así que casi no diré más cosas. El libro se abre con un caso de presentación: a un científico indio recién llegado de los Estados Unidos le piden dinero extra para poder matricular a sus hijos en un colegio. Resuelto el asunto, un amigo policía le pide a Puri que le ayude con un extraño asesinato de gran repercusión: el doctor Jha, conocido por su campaña contra las supersticiones, es asesinado en un parque público por una reencarnación de la diosa Kali. La investigación se bifurca: por un lado la del entorno de Jha y, por otro, la de su enemigo público, el popular santón Swani-ji. Además, hay un incidente marginal del que Puri no está informado: cuando la mujer y la madre de Puri acuden a una reunión de señoras irrumpe un asaltante que las roba.

Una pequeña diferencia con la novela previa es que en esta interviene más un agente singular de Puri, Fluorescente, un conductor de autorickshaw, «ciego de un ojo, con el pelo teñido con henna y las ropas manchadas de aceite», hijo y nieto de afamados ladrones pero que ahora lleva una vida que no se atreve a confesar a su familia. Para dar más idea del tono, he aquí un párrafo de ambiente tomado del comienzo de la historia: «Los niños se abrían paso entre el lento tráfico vendiendo trozos de coco enfriado en hielo y copias piratas de novelas ganadoras del Booker Prize. Los melones se amontonaban sobre las aceras. Bajo los parabrisas se colocaban octavillas que anunciaban los poderes de un hakim que prometía exorcizar los espíritus malignos y contrarrestar las maldiciones. Ante todos esos innumerables rostros húmedos y brillantes de sudor, ojos pestañeantes en medio de la polución y labios cuarteados por la sed, Puri pensó en lo estoicamente que los dilli wallahs, tal como se les llama a los habitantes de Delhi, continuaban con su vida, aparentemente resignados a las duras —y para muchos, cada vez peores— condiciones de la capital».

Tarquin Hall. El caso del hombre que murió riendo (The Case of the Man Who Died Laughing, 2010). Barcelona: Roca Editorial, 2010; 281 pp.; trad. de Carol Isern; ISBN: 978-84-9918-178-3.

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jueves, 7 de marzo de 2013

Un libro que, para mi sorpresa, el otro día comprobé que no había puesto aquí ya: Un saco de canicas, de Joseph Joffo. De los muchos que hablan de niños judíos que huyen, durante la segunda Guerra Mundial, es uno de los más conocidos y atractivos.

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miércoles, 6 de marzo de 2013

Muncle Trogg, de Janet Foxley, es un relato divertido que ya tiene secuelas. En Monte Gruñente viven unos gigantes un tanto brutos y sucios (parecidos, para entendernos, a Shrek). Muncle Trogg es un gigante tan pequeño como cualquiera de los Bajinis, los hombres que viven al pie del Monte, a quienes los gigantes temen debido a su magia. La pequeñez de Muncle le hace objeto de bromas y abusos desagradables de los que está harto. Pero las cosas cambiarán cuando el sabio Biblos, consejero de «su enormidad» el rey Redomado, le toma bajo su protección, y cuando Muncle se las arregla para liberar a una niña bajini llamada Emily que había capturado un gigante (como en El gran gigante bonachón).

Libro fácil de leer. Los ambientes y los personajes están bien dibujados. La trama está bien construida y baraja bien sus componentes: la colegial —pues hay clases, asignaturas, exámenes, abusones, etc.—, la de las relaciones entre gigantes y bajinis, y la de las amenazas que pesan sobre los gigantes —que viven en una montaña volcánica aunque lo único que saben al respecto es el calor que pasan—. El tipo de humor, con golpes basados en las situaciones de confusión y en los que propicia el tamaño de Muncle frente al de los demás, es elemental pero funciona. Otra tecla que se pulsa es la que se puede deducir de la comparación con Shrek: flatulencias, eructos, etc. Quizás acentuar esto último hará crecer el número de lectores del libro pero, al menos para los que continúan, tengo claro que yo ya no estaré entre ellos.

Janet Foxley. Muncle Trogg (2010). Barcelona: La Galera, 2011; 230 pp.; ilust. por Steve Wells; trad. de Pepa Devesa; ISBN: 978-84-246-3777-4.

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martes, 5 de marzo de 2013

Álbumes de los que se toman a broma las viejas historias de lobos malvados y cerditos ingenuos: ¡Qué despiste! y ¡Ay!, de Colin  McNaugthon. En castellano no los veo disponibles ahora más que en bibliotecas...
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lunes, 4 de marzo de 2013

Historia de Nuk, de Natascha Rosenberg y Paloma Sánchez Ibarzábal, empieza diciendo: «Una ráfaga de aire zarandeó las ramas del árbol y la pequeña Nuk despertó por primera vez». Y vemos cómo, arrastrado por el viento, un pequeño ser recorre distintos paisajes en diferentes compañías mientras se pregunta: ¿soy un pájaro?, ¿soy una hoja?, ¿soy un copo de nieve?, ¿soy un grano de arena?, etc. Hasta que se queda atrapado debajo de una piedra.

Relato que atrae porque le hace preguntarse al lector qué clase de criatura es Nuk —igual que seguramente piensan los otros personajes que aparecen en las páginas mirándola— y porque las ilustraciones —todas conteniendo una escena a doble página, excepto una doble página en la que hay dos, y la de la última página— son claras, alegres y fáciles de seguir. No es tanto un álbum que hable de «identidad», por más que Nuk se pregunte una y otra vez ¿quién soy?, como un álbum que hace apreciar y comprender algo mejor la naturaleza.

Natascha Rosenberg. Historia de Nuk (2012). Texto de Paloma Sánchez Ibarzábal. Madrid: Narval, 2012; 30 pp.; ISBN: 978-84-939381-6-1.

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domingo, 3 de marzo de 2013

A propósito de las relaciones entre ética y estética, y de la influencia de las opiniones de alrededor en las dos áreas, decía Gombrich que, «en ambas zonas de valor, los criterios del grupo influyen en nuestras decisiones; en ambas quedan interiorizados en la voz de la conciencia o en aquello a lo que los psicoanalistas llaman el superego. Hay, escondida en nosotros, una angustiada criatura que pregunta: “¿Puedo hacer tal cosa?”, o “¿puede gustarme tal cosa?” Sin embargo, en un aspecto hay seguramente una gran diferencia entre ética y estética. Allí donde se trate de cuestiones morales debemos batallar, desde luego, contra el conformismo y conservar nuestra independencia crítica frente a las presiones sociales, hasta allí donde resulte humanamente posible. Ya que la ética no forma parte de la feria de las vanidades».

E. H. Gombrich. «La lógica de la feria de las vanidades» (1974), Ideales e ídolos. Ensayos sobre los valores en la Historia y en el Arte (Ideals & Idols, 1979). Madrid: Debate, 2004, 2ª ed.; 224 pp.; trad. de Esteve Riambau i Saurí; ISBN: 84-8306-585-1.

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sábado, 2 de marzo de 2013

Stepanchikovo y sus moradores. Notas de un desconocido fue un relato pensado, al principio, para ser una obra de teatro y, como tantas veces en la vida de Dostoievski, compuesto para tener algunos ingresos. En ella, uno de los personajes, Serguéi Aleksándrovich, es presentado como autor y narrador de la historia. Esta comienza cuando su tío, el coronel Yegor Ilich, un hombre muy bondadoso pero extraordinariamente pusilánime, le manda ir a su casa de Stepánchikovo para que se case con la niñera de sus hijos pero, en realidad, pronto descubre que su tío es quien está enamorado de ella. La razón de la extraña intriga está en la influencia de un tal Fomá Fomich, un personaje absurdo y abrumador, convencido de su talento como escritor y que tiene una total autoridad ante la madre del coronel y ante todos los habitantes de la casa.

Narración con fuertes tonos de comedia, descripciones de ambientes y personajes interesantes, como siempre, aunque la presencia de Fomá lo domina todo y, por momentos, resulta excesivo. Basta ver que se lo retrata como un hombre mezquino, insignificante, repulsivo, inútil, asqueroso, «pero dotado de un amor propio inmenso, carente, además de toda capacidad de justificar de algún modo su enfermiza presunción»; es «la personificación de una vanidad ilimitada», de «la más descarada susceptibilidad, la suspicacia más delirante» y de «un orgullo ofendido, agraviado por fracasos anteriores, infectado hacía mucho, mucho tiempo, lleno de de odio y envidia hacia todos aquellos que triunfan». Pero, contra lo que cualquier lector podría pensar e incluso desear, el autor le da una salida digna y nos dirá que «había sido oprimido y había sentido de inmediato la necesidad de oprimir; se habían burlado de él y también él se burló de otros. Había sido bufón y él mismo se rodeó de sus propios bufones».

Explica Joseph Frank que Dostoievski intentó en este relato poner de manifiesto «la preeminencia moral de una persona débil, llena de amor y de perdón, sobre una persona fuerte, monstruosamente egoísta, devorada por la vanidad y el resentimiento». También fue su primer internto de crear «ese ideal de un hombre perfectamente bueno» por más que algunas personas, a su temor a herir y a ser cruel, le llamen cobardía, y por más que así obtenga burlas de aquellos mismos a quienes beneficia. Otro de los objetivos del autor es seguir ahondando en la psicología de la humillación y en el poder explosivo del resentimiento, igual que satirizar el comportamiento de quienes usan el cristianismo como pantalla del propio interés. De hecho, Fomá Fomich se ha convertido en un apodo en Rusia para cualquier insolente e impertinente hipócrita, mucho más que los dickensianos Uriah Heep y Pecksniff en Inglaterra.

Fiódor Dostoievski. Stepanchikovo y sus moradores. Notas de un desconocido (Село Степанчиково и его обитатели, 1859). Barcelona: El Aleph Editores, 2010; 277 pp.; col. Modernos y Clásicos de El Aleph; trad. de Lydia Kúper; ISBN: 978-84-7669-933-1.

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viernes, 1 de marzo de 2013

La Nube negra fue la primera novela de Fred Hoyle, un respetado astrónomo. En el prólogo, indica Miquel Barceló que, en esta y en otras novelas suyas, «la parte científica está tan brillantemente expuesta y trabajada que han llegado a ser utilizadas como libros de lectura complementaria en los cursos de astronomía de las universidades anglosajonas».

El relato empieza con que unos astrónomos estadounidenses descubren una misteriosa nube que se aproxima a la Tierra y, días más tarde, unos británicos también deducen que algo está ocurriendo. Se reúnen los dos equipos y averiguan que la enorme nube llegará al cabo de un año y medio y se interpondrá entre el Sol y la Tierra por lo que, al menos durante un mes, la Tierra no recibirá la luz del sol. El astrónomo inglés que lleva la voz cantante, Kingsley, se las arregla para que su gobierno prepare unas instalaciones especiales desde donde un equipo seleccionado por él observará los acontecimientos y les informará.

La historia se desarrolla, paso a paso, por medio de unos diálogos intensos y con unas explicaciones  claras sobre lo que ocurre y lo que, previsiblemente, puede suceder. Toda la primera parte resulta magnífica. La segunda, aun cuando la construcción narrativa y las conversaciones entre los protagonistas tienen igual altura, ya es más difícil de aceptar: el narrador lo sabe ya que, de hecho, «cuando Kingsley expone su hipótesis sobre la nube, un científico dice que es una idea ridícula y otro dice: “Esto pasa por leer ciencia-ficción”». La novela tiene un punto de reinvidicación de la limpieza de los científicos frente a la torpeza de los políticos que resulta poco equilibrada, no por las críticas, que nos las podemos creer sin dificultad, sino por los elogios hacia los colegas del autor.

Son excelentes, además, toques incidentales como, por ejemplo, el momento en el que el Astrónomo Real británico y Kingsley, el protagonista, viajan en avión a Estados Unidos:

«Ambos sacaron libros para leer durante el viaje. Kingsley espió el libro del Astrónomo Real y vio una impresionante cubierta que representaba una pelea a tiros entre desesperados.

“Sólo el cielo sabe lo que va a leer después”, pensó Kingsley.

El Astrónomo real miró el libro de Kingsley y vio que era la Historia de Herodoto.

“Dios mío, después va a leer a Tucídides”, pensó el Astrónomo Real».

Fred Hoyle. La Nube negra (The Black Cloud, 1957). Barcelona: Ediciones B, 1988; 245 pp.; trad. de Gemma Carvajal; prólogo de Miquel Barceló; ISBN: 84-406-0164-6.

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