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Notas de marzo de 2014 :: bienvenidosalafiesta ::    
bienvenidos a la fiesta
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lunes, 31 de marzo de 2014

Un álbum para prelectores de hace algún tiempo que se ha reeditado hace pocos meses: La gallinita roja, de Byron Barton. Sus protagonistas son cuatro amigos: un cerdo, un pato, un gato y una gallinita roja con tres pollitos. La historia es conocida: la gallinita encuentra un poco de grano y va proponiendo a sus amigos que le ayuden a plantarlo, a segar el trigo, a trillarlo, a moler los granos, a hacer pan… Y ninguno se muestra dispuesto a dejar de jugar. Pero, cuando se trata de comer el pan…

El álbum no parece gran cosa… pero es eficaz para sus destinatarios. Cada uno de los personajes se representa con un color primario. Las figuras son elementales, como recortables. El autor apuesta por la sencillez gráfica y narrativa: con naturalidad da información sobre las distintas actividades que se van viendo en las imágenes y se concluye la historia con una lección para la vida típica de las fábulas y tan permanente como ellas.

Una versión irónica del mismo relato, titulada El pollo rollo, está en El apestoso hombre queso...

Byron Barton. La gallinita roja (The Little Red Hen, 1993). Barcelona: Corimbo, 2013; 36 pp.; trad. de Julia Vinent; ISBN: 978-84-8470-0777.

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domingo, 30 de marzo de 2014

Uno de los temas que Jacqueline de Romilly trata en su libro sobre Tucídides es el de las novedades que introduce en la forma de narrar las batallas. Dice que la estructura que usó «para los relatos de batallas podía ser considerada como el resultado de una evolución que partía de Homero y que tendía a racionalizar cada vez más el combate». Así, después de Homero, «Herodoto universalizó y explicó la batalla», los autores de las tragedias «la unificaron y la interiorizaron», y Tucídides se colocó en la encrucijada: llevó hasta el extremo la evolución comenzada por Heródoto y recuperó los rasgos que caracterizaban la manera trágica.

Esto quiere decir que «Tucídides no se contenta con señalar (…) cada nueva etapa [de las batallas] y la importancia de cada factor: sopesa, compara y explica por adelantado. Cuando su relato se enriquece, la parte que aumenta es siempre la misma: la que precede a la acción. Los hechos ya no se detallan: se analizan, se explican. Un sistema dialéctico cada vez más desarrollado traza como un esquema en el que todo acaba por inscribirse. Por tanto, ningún aspecto de esos hechos puede ya mencionarse en la narración que no tenga inmediatamente, a ojos del lector, su significación y sus causas, su verosimilitud o su necesidad, su gravedad. Nada se manifiesta en los acontecimientos que no sea la confirmación o la invalidación de los cálculos elaborados por la inteligencia. Nada se muestra en ellos que no haya recibido de la inteligencia su forma y su armazón, que no haya sido traspuesto, que no sea idea».

Por eso, «mientras que, en la tragedia, es la emoción del narrador lo que, con toda naturalidad, introduce el orden en el relato, en Tucídides, el orden del relato es lo que suscita la emoción. Conocedor de los planes de ambos adversarios, sabedor de las consecuencias de cada acontecimiento antes incluso de que se produzca, el lector es llevado, mediante una comprensión advertida, a cargar el relato de interés, de esperanza y de temor. Se le pone en condiciones de participar en él». Es decir, Tucídides crea patetismo por medio del «rigor en la preparación intelectual y emplea el mismo procedimiento del que se sirve la tragedia, al describir la forma en que los asistentes se ven afectados por los acontecimientos».

Jacqueline de Romilly. Tucídides. Historia y razón (Histoire et raison chez Thucydide, 1967). Madrid: Gredos, 2013; 255 pp.; col. Biblioteca de estudios clásicos; trad. de Jordi Terré; ISBN: 978-84-249-1114-0. [Vista del libro en amazon.es]

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MacDonaldCuentos.JPG
sábado, 29 de marzo de 2014

Cuentos de hadas,
de George MacDonald, contiene ocho cuentos de hadas encabezados por un ensayo titulado «La imaginación fantástica». El autor escocés explica en él su modo de comprender el trabajo del autor de ficciones de fantasía. Una de sus ideas básicas, que luego Chesterton y Tolkien reformularían, es la del hombre como subcreador, aunque MacDonald no use tal expresión:

«El mundo natural tiene sus propias leyes, y las personas no deben interferir en ellas cuando las presentan y aún menos cuando las utilizan. Pero estas mismas leyes pueden inspirar leyes de otro tipo y, si lo desea, el hombre es capaz de inventarse un pequeño mundo propio, con sus propias leyes, pues posee en su interior la capacidad de deleitarse evocando formas nuevas, algo que, quizá sea lo que más pueda aproximarle a la creación. (…)

«Una vez inventado su mundo, la siguiente ley suprema que entra en acción es aquella que estipula que debe haber armonía entre las leyes que han dado lugar a la existencia de ese nuevo mundo y, durante el proceso de creación, su inventor deberá atenerse a dichas leyes. En el momento en que se olvide de una de ellas, provocará que la historia, por sus propios postulados, se torne increíble. Para poder vivir un instante en un mundo imaginado, debemos velar por las leyes que rigen su existencia. De quebrantarlas, se nos expulsa de él». (…)

«Las invenciones de un hombre pueden ser estúpidas o inteligentes, pero si no se atiene a sus leyes o si provoca que una ley entre en conflicto con otra, se contradice entonces a sí mismo como inventor y deja de ser un artista. (…) La ley es la única tierra en la que puede florecer la belleza. La belleza es la única vestidura para la verdad. Y tú puedes, si así lo deseas, llamar imaginación al sastre que corta las prendas apropiadas para ella, y fantasía a su ayudante, encargado de coser las partes o, a lo sumo, de bordar los agujeros para los botones. Cuando el hacedor obedece las leyes, trabaja de la misma manera que su creador, y, cuando las desobedece, es un tonto que apila un montón de piedras y dice que ha construido una iglesia».

Georges MacDonald. Cuentos de hadas (Fairy Tales). Girona: Atalanta, 2012; 239 pp.; col. Ars brevis; trad. de Ana Becci; prólogo de Javier Martín Lalanda; ISBN: 978-84-939635-4-5.

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viernes, 28 de marzo de 2014

Ya que contrasté brevemente, hace unos días, dos thrillers de John Le Carré, menciono ahora dos de John Grisham. Me gustó, como dije, Los litigantes, porque tiene las cualidades narrativas que se le suponen al autor y porque allí se movía en un terreno que domina del todo. En cambio, me ha parecido bastante floja  El estafador, primero, porque no me acaba de convencer que Grisham use la voz narrativa de un abogado negro, y, sobre todo, porque la segunda parte del relato es tan hollywoodiense que no hay por donde agarrarla. Su protagonista es Malcolm Bannister, un abogado negro de cuarenta y pocos años, condenado injustamente y que lleva varios años en la cárcel. Cuando fallece asesinado un juez federal y él sabe quien fue, decide llegar a un acuerdo con el FBI: darles el nombre del culpable a cambio de libertad, cambio de identidad, y acogerse al plan de testigos protegidos. Así lo hace pero, cuando sale, las cosas empiezan a desarrollarse de un modo que el FBI no espera pero los lectores que conocen a Grisham, o que se han fijado bien en el título, sí.

La primera parte, una descripción de muchos aspectos del sistema penal norteamericano, es excelente. La segunda, donde se detallan las maniobras de Bannister y sus amigos para que se cumpla la justicia tal como ellos la entienden, y también los pormenores del asesinato del juez federal, es excesiva, se mire como se mire. Además, decía Grisham en una entrevista de hace poco que su mujer se reía de él cuando intentaba escribir escenas de amor y/o sexo, un consejo sabio que no ha seguido: ha preferido que su héroe, un modelo de racionalidad y equilibrio en la primera parte, se comporte como un adolescente en celo en la segunda. Supongo que es el precio que algunos escritores pagan (y gustosamente casi con seguridad) por tener el ojo puesto en la película posterior. En fin, aquí tenemos un ejemplo más de las malas consecuencias que trae no cumplir el sabio escolio de Nicolás Gómez Dávila acerca de que «los defectos del artista que se resigna a sus cualidades acaban volviéndose invisibles».

John Grisham. El estafador (The Racketeer, 2012). Barcelona: Plaza & Janés, 2013; 394 pp.; trad. de Jofre Homedes Beutnagel; ISBN: 978-84-01-35460-1.

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jueves, 27 de marzo de 2014

Sigo, como dije, con algunos comentarios del libro de Daniel Goleman acerca de la construcción de las emociones. El autor indica que «los circuitos ejecutivos que nos permiten pensar en nuestros propios pensamientos y sentimientos aplican el mismo tipo de proceso a la mente de los demás. “La teoría de la mente”, es decir, la comprensión de que los demás tienen sus propios sentimientos, deseos y motivos, nos lleva a entender lo que otra persona puede estar pensando y queriendo. Tal empatía cognitiva comparte circuitos con la atención ejecutiva que empieza a florecer entre los dos y cinco años y sigue desarrollándose durante toda la adolescencia».

En otro momento explica que «ese proceso empieza cuando, «a los dos o tres años, el niño es capaz de nombrar sentimientos y decidir si un rostro está “feliz” o “triste”. Uno o dos años más tarde entienden que el modo en que otro niño percibe los hechos determinará su forma de reaccionar». Ese crecimiento se debe al sistema de neuronas espejo que, según sabemos, emerge a eso de los seis años. Luego, durante la adolescencia, «se fortalece otro aspecto, la lectura exacta de los sentimientos ajenos, preparando así el terreno para relaciones interpersonales más amables».

Pero esta información, tan interesante, tiene una importante carencia: el libro de Goleman no habla del papel que juegan los libros infantiles o, en general, las ficciones de todo tipo en el desarrollo de «la teoría de la mente» o de la «empatía cognitiva». Tampoco menciona cuánto puede ayudar a los niños un aprendizaje lector bien llevado para desarrollar su capacidad de atención: habla de actividades en los colegios para desarrollar en los niños la mindfulness, o atención plena, que no dejan de ser, o al menos lo parecen, recursos poco estables; mientras que un aprendizaje lector serio (entendido esto también en oposición a no-juguetón) sí que significa un gran apoyo para toda la vida.

Daniel Goleman. Focus: Desarrollar la atención para alcanzar la excelencia (Focus: The Hidden Driver of Excellence, 2013). Barcelona: Kairós, 2013; 360 pp.; trad. de David González Raga y Fernando Mora Zahonero; ISBN: 978-84-9988-305-2.

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miércoles, 26 de marzo de 2014

El libro del destino, de Shannon Hale, nació a partir de una idea de una empresa de juguetería, se ve que con la idea de multiplicar el éxito de una línea de juguetes y muñecas que tienen. No voy a entrar en esta cuestión, que no me compete (ni tampoco me interesa mucho, la verdad), y sí a señalar que el libro está bien escrito, es simpático y tiene muchas cosas rescatables.

Se ambienta en Ever After High, un colegio dirigido por un tal Milton Grimm al que van los hijos de los y las protagonistas de los cuentos y las historias más tradicionales para que, llegado el momento, puedan protagonizar sus propios cuentos. Todos ellos han de llegar al día del Destino, cuando han de firmar El Gran Libro de los Cuentos y comprometerse a seguir los pasos de sus padres. La historia trata de que la hija de la madrastra de Blancanieves, Raven Queen, de ninguna manera quiere ser como su madre y se plantea no firmar, y que la encantadora hija de Blancanieves, Apple White, desea que firme porque si no es así, los personajes del cuento, y ella también, desaparecerán, harán puf  les dice el director.

La narración se podría alinear con las de Ian Beck pero, en este caso, está centrada por completo en un mundo de chicas y los guiños bromistas al ambiente actual son continuos. Así, justo al principio, se nos dice que la protagonista «estaba escuchando el último disco de Tailorucita Swift en su espejo-pod»; la futura Bella Durmiente figura en Cuentobook con un estado de “soñolienta”… Naturalmente, los planes de estudio de las heroínas se ajustan a sus futuras necesidades; las exclamaciones y el lenguaje de argot que usan se corresponde a lo que son: algo es «hadalucinante», un vestido es «hechizante», etc.

Un punto destacable es, aparte de que abundan los toques ingeniosos y los diálogos divertidos —la autora es una buena escritora y se nota—, que para disfrutar de la historia se requiere conocer las historias previas: por ejemplo, es un gran personaje el de Maddie Hatter, la hija del sombrerero loco de Alicia; o, cuando se habla de una fiesta, quien pincha las bases electrónicas en la música es Melody Piper, la hija de El flautista de Hamelin, etc. Otro son los toques metafictivos: Maddie interrumpe la narración a veces para sonsacarle al narrador algo que le interesa conocer. Otro más es que las heroínas defienden bien su independencia y sus deseos de no quedar atrapados en una leyenda en la que no quieren estar.

Shannon Hale. El libro del destino (The Storybook of Legends, 2013). Madrid: Alfaguara, 2013; 351 pp. ; trad. de Sara Cano Fernández; ISBN: 978-84-204-1546-8. [Vista del libro en amazon.es]

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martes, 25 de marzo de 2014

Allegro, de Alfredo Gómez Cerdá y Juan Ramón Alonso, es un relato nacido con el fin de obtener recursos para tratamientos de musicoterapia para niños. Su argumento es que mientras Alejandro, de seis años, juega al fútbol por las tardes, su hermana, de cinco, estudia música. Cuando a su hermana la operan, Alejandro se da cuenta de que deja de sonreír, y entonces lo intenta todo para que sonría. No lo consigue de ninguna manera hasta que se le ocurre una idea feliz.

Al margen de que la finalidad sea buena, estamos ante una excelente historia, ingeniosa, bien escrita y llena de calidez. Tiene, además, unas espectaculares ilustraciones, alegres y certeras, que comunican más simpatía a una narración que ya de por sí es simpática. Luego, al relato y a las imágenes se les suma la música compuesta por Carla Navarro basada en sus experiencias como musicoterapeuta.

Alfredo Gómez Cerdá. Allegro (2013). Madrid: Mr. Garamond, 2013; 41 pp.; ilust. de Juan Ramón Alonso; música de Carla Navarro; ISBN: 978-84-616-6680-5.

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lunes, 24 de marzo de 2014

Sin título me ha hecho pensar que Hervé Tullet está dispuesto a explorar todas las posibilidades metafictivas de los álbumes para prelectores. Lo asombroso es lo bien que lo hace: sus historias funcionan bien con el lector pequeño y el lector adulto las disfruta porque, además del talento compositivo que demuestran el argumento y las ilustraciones, no hay en ellas nada pretencioso y, sin duda, son útiles para la formación literaria de los destinatarios.

En las primeras guardas vemos a dos muñecos esbozados malamente, un cerdo y un hada, jugando con una pelota. En la segunda doble página miran al lector y el hada dice: «¡Eh, mira! ¡Nos están mirando!». En la siguiente, el cerdo mira hacia atrás y exclama: «¡Pandilla!, ¡Venid a ver esto!»; y el hada dice: «¡¡¡Hay gente… que ha abierto el Libro!!!». Luego aparecen otros personajes y le dicen al lector que por qué no vuelve más adelante, cuando ya estén acabados… Total, que las criaturas de ficción van a ver al autor y le piden que haga una historia bien hecha ya que hay lectores esperando. Y, como se podía esperar, las imágenes del autor son dibujos con la cara de Tullet.

Hervé Tullet. Sin título (Sans titre, 2013). Madrid: Kókinos, 2013; 68 pp.; trad. de Esther Rubio; ISBN: 978-84-92750-96-2. [Vista del libro en amazon.es]

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domingo, 23 de marzo de 2014

Jacqueline de Romilly: «Un historiador no deja de elegir. Cuando define su campo de estudio, delimita su investigación y se informa, elige. Además, entre los datos que haya podido reunir, por incompletos que sean, y entre los documentos que haya podido conocer y recordar, por limitados que sean, sigue teniendo que elegir. Desde el momento en que establece una secuencia, desde el momento en que escribe una frase que une entre sí dos acontecimientos, está introduciendo ya una interpretación. (…) El historiador es como un fotógrafo de quien se esperara un rigor perfecto, cuando se le encarga fotografiar un objeto mil veces mayor que el campo de su objetivo y en transformación permanente. En una situación semejante, es necesario buscar los aspectos más característicos y hacer con ellos un montaje acertado. ¿Y a partir de qué criterios? Desde luego, también aquí la exigencia es que el historiador dé prueba de honradez y escrupulosidad. Pero, una vez más, es necesario que se decida. Y aunque le concedamos incluso, en su origen, un específico campo de interés, siempre más o menos en función de la época en la que vive, no deja de ser menos cierto que, en el interior de este campo, y aplicándole todas las cualidades de su espíritu, debe elegir y organizar según su propio pensamiento: para alcanzar el objeto, obra como un creador».

Jacqueline de Romilly. Tucídides. Historia y razón (Histoire et raison chez Thucydide, 1967). Madrid: Gredos, 2013; 255 pp.; col. Biblioteca de estudios clásicos; trad. de Jordi Terré; ISBN: 978-84-249-1114-0. [Vista del libro en amazon.es]

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sábado, 22 de marzo de 2014

Una segunda observación al libro de Will Gompertz, ¿Qué estás mirando?: 150 años de arte moderno en un abrir y cerrar de ojos, es que, algunas veces (no muchas y eso es un mérito), se deja llevar por la retórica frecuente a la hora de hablar de algunas obras. Así, entiendo bien que el arte de Malévich podía ser simplista pero de intenciones complejas o que Rothko dijera que su arte era una «expresión sencilla de un pensamiento complejo», pero sus intenciones, por interesantes y elaboradas que sean, ¿cómo califican su arte? O bien, podemos decir de un cuadro de Pollock que «da la impresión de ser el resultado del combate entre un ser humano y un oso», pero, ¿a dónde nos lleva esa metáfora?: desde luego, no a una mayor comprensión del mérito del artista y de su obra.

Otra observación es que el autor hace a veces, sólo a veces, comentarios de que algo es «impresionantemente moderno» como un elogio, como si lo moderno fuera una categoría de valor..., y este es un lenguaje igual al de los tradicionalistas que se refieren al pasado como una época dorada. Ejemplo: «nunca ha habido, ni antes ni después, una época que haya cuestionado tantas supuestas verdades sobre las que estaba asentada la civilización o que haya descubierto que en realidad muchas de ellas no eran más que falacias». Pongamos esa generalización en paralelo con, por ejemplo, esta que me invento ahora: nunca ha habido, ni antes ni después, una época que haya formulado tantas suposiciones aventuradas que pronto se demostró que no eran más que falacias sobre las que no se puede asentar ninguna civilización. Ambas son tontas y podrían estar en twitter pero no en un libro.

Otra observación más, no inesperada para nadie, es el de la asimetría ideológica. A Marinetti se le vincula, con razón, con la agresividad del fascismo —«queremos glorificar la guerra»—; pero ni las estupideces de los surrealistas —véase Decir bobadas no sale gratis— ni la complicidad de algunos artistas de las vanguardias con el terror de los regímenes comunistas, merecen una reprobación semejante. Del mismo modo, cuando hay elogios para quienes tienen «el coraje para pensar y actuar de manera diferente», siempre pienso qué curioso es que ese valor sólo se aplauda cuando va en una dirección, y siempre me viene a la cabeza el comentario que alguien hacía de que no se necesita tener mucha energía ni valor para derribar una puerta abierta.

Un último asunto es que me sorprende que Will Gompertz no cite nada del recientemente fallecido Arthur Danto y sus explicaciones acerca de la naturaleza del arte: «mi definición [de arte] tiene dos componentes principales: algo es una obra de arte cuando tiene un significado —trata de algo— y cuando ese significado se encarna en la obra, lo que significa que ese significado se encarna en el objeto en el que consiste materialmente la obra de arte. En resumen, mi teoría es que las obras de arte son significados encarnados».

Will Gompertz. ¿Qué estás mirando?: 150 años de arte moderno en un abrir y cerrar de ojos (What Are You Looking At? 150 Years of Modern Art in the Blink of an Eyes, 2012). Madrid: Taurus, 2013; 472 pp., 16 pp. de láminas; trad. de Federico Corriente Basús; ISBN: 978-84-306-0125-7.
Arthur C. Danto. Qué es el arte (What are is, 2013). Barcelona : Paidós, 2013; 160 pp.; trad. de Iñigo García Ureta; ISBN: 978-84-493-2881-7.

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viernes, 21 de marzo de 2014

No soy un lector habitual de John Le Carré. Leí sus primeras novelas y, no hace mucho, leí El jardinero fiel (The Constant Gardener, 2001), una novela que no me gustó, a pesar de que tenga diálogos excelentes, de que bastantes tramos de la historia sean buenos, y de que su denuncia de los abusos de las farmacéuticas en África, con el consentimiento de los gobiernos occidentales, dé de lleno en el blanco. Pero la novela es muy hollywoodiense al definir a los personajes, algunas de las relaciones que mantienen entre sí resultan poco creíbles, hay pasos de la historia que no encajan bien, y el autor se alarga y se atasca mezclando de modo innecesario muchas cosas distintas.

La misma tesis, de la integridad por parte de quienes ocupan puestos intermedios para, desde sus lugares, ofrecer resistencia contra operaciones canallescas alentadas o consentidas por altos cargos de los gobiernos a los que sirven, en nombre de razones de Estado, se defiende en Una verdad delicada. Pero, esta vez, la novela está bien equilibrada. En ella se cuenta una operación antiterrorista extraña, que tuvo lugar el año 2008 en Gibraltar y que fue pilotada por un alto cargo del Foreign Office. Pasado el tiempo, ese alto cargo y otro diplomático que supo de ella, unidos al jefe de los comandos que la llevó a cabo, se proponen sacar a la luz las irregularidades que hubo. La narración es clara y los acontecimientos van comprendiéndose según los mismos protagonistas se aclaran con qué ocurrió. Los personajes son creíbles y el único cuya caricatura es exagerada —una multimillonaria norteamericana— tiene un escaso papel.

John Le Carré. Una verdad delicada (A Delictate Truth, 2013). Barcelona: Plaza & Janés, 2013; 359 pp.; trad. de Carlos Milla Soler; ISBN: 978-8401354793.

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jueves, 20 de marzo de 2014

He leído con interés Focus, el último libro de Daniel Goleman, aunque algunas críticas me habían hecho esperar bastante más de él. El autor subraya que vivimos en un mundo en el que la tecnología entorpece nuestras relaciones personales pues se adueña de nuestra atención. Habla de los déficits sociales, emocionales y cognitivos que causa la dependencia de los dispositivos electrónicos. Señala cómo el exceso de información que hoy nos inunda va necesariamente acompañado de una pobreza de atención. Dice que hay que pensar en la atención como un músculo mental que se fortalece a medida que se ejercita. Y, como corresponde a un libro del momento, da el motivo individualista (y pobre) para ejercitar «las habilidades atencionales» que ya se indica en el título: «el vínculo entre atención y excelencia se halla detrás de casi todos nuestros logros».

El libro propone que el entrenamiento de la atención comience en la escuela y habla de algunos proyectos educativos en esa dirección. Las ideas y propuestas son, o pueden ser, interesantes pero no faltan algunas afirmaciones prescindibles como, por ejemplo, esta: «una de las conclusiones más claras (de un grupo de científicos que estudiaron a unos niños) es la necesidad de llevar a cabo intervenciones que alienten el autocontrol, sobre todo durante la temprana infancia y la adolescencia». Interesante punto que la mayoría no necesitamos verlo refrendado por ningún grupo de científicos, creo. El autor no se detiene a explicar, pero estaría bien, algunas cosas que, si se quiere que los niños atiendan, los padres y profesores nunca deberían hacer pero que con frecuencia sí hacen... En otra nota volveré a los comentarios que hace acerca de la construcción de las emociones.

Daniel Goleman. Focus: Desarrollar la atención para alcanzar la excelencia (Focus: The Hidden Driver of Excellence, 2013). Barcelona: Kairós, 2013; 360 pp.; trad. de David González Raga y Fernando Mora Zahonero; ISBN: 978-84-9988-305-2.

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miércoles, 19 de marzo de 2014

El único y verdadero Rey del Bosque, de Iban Barrenetxea, es un relato con aires nórdicos y de fábula clásica, de las que tienen un personaje astuto que acaba saliéndose con la suya. Al principio conocemos a Magnus, un gigante que, «de tan alto que era, llevaba la cabeza dentro de una nube» y causaba un descalabro tras otro. Luego se presentan los protagonistas: Janka, «zanquilargo y desgarbado», que «parecía llevar la nube dentro de la cabeza»; su hermano Kaspar, fanfarrón, bajito y miedoso; su hermana Masia que, «sin ser una lumbrera, poseía la rara sabiduría de quienes no tienen más remedio que pensar por los demás»; y, sobre todo, un avispado zorro blanco al que los hermanos cazan y tienen la intención de matar.

La personalidad del libro está en un acento narrativo bromista que viene subrayado por unas elegantes y sugerentes ilustraciones con aires decimonónicos, que fijan visualmente a los personajes y los ambientes propios del cuento. En total el libro tiene unas 17 ilustraciones, casi todas a doble página, aunque hay alguna de una sola página y otras que invaden una de las dos páginas pero dejando hueco para un poco de texto. Como en el anterior libro del autor, tanto las imágenes como el contenido de la historia ridiculizan la fatuidad de los que acaban siendo los antagonistas: su Majestad Primus I y su emperifollada Guardia Real.

Iban Barrenetxea. El único y verdadero Rey del Bosque (2013). Barcelona: A buen paso, 2013; 71 pp.; ISBN: 978-84-941579-1-2. [Vista del libro en amazon.es].

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martes, 18 de marzo de 2014

Palabras, de MO Gutiérrez Serna y Jesús Marchamalo, es un álbum basado en un texto, rico y agudo, que habla de las palabras que usa el autor: las que le gustan, las que no, las que se le hacen una bola, las que se deshacen en la boca, las que le suenan fatal, etc. Al leerlo y verlo se me ocurrían algunas preguntas: ¿es conveniente convertir en un álbum de formato grande un texto como este?, ¿no sería mejor dejar prácticamente todo el protagonismo a las palabras, puesto que de eso se trata?, ¿no sería preferible que fuera un librito ilustrado de formato pequeño, tapa blanda, manejable y regalable?

MO Gutiérrez Serna. Palabras (2013). Texto de Jesús Marchamalo. Sevilla: Kalandraka, 2013; 35 pp.; ISBN: 978-84-92608-72-0.

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lunes, 17 de marzo de 2014

¡Buenas noches, Búho!, de Pat Hutchins, es un álbum para prelectores de 1972 que ahora se publica en España. Es todo un ejemplo de cómo armar un relato con, a la vez, buen humor e inteligencia, economía y riqueza de imágenes y de vocabulario. Nada fácil.

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domingo, 16 de marzo de 2014

Tucídides. Historia y razón, de Jacqueline de Romilly, habla de modo atractivo y riguroso de la singularidad de Tucídides en su forma de abordar la historia. No es una biografía sino un libro en el que la autora explica bien, con ejemplos concretos de la Historia de la Guerra del Peloponeso, cómo «la tentativa por agotar lo real y aproximarse lo máximo posible a la inteligibilidad absoluta constituye evidentemente la originalidad irreductible de Tucídides». Señala cómo su trabajo sienta las bases no sólo de «una historia no sólo crítica y razonada, sino positiva y realista», que se funda en el análisis.

Contiene cuatro capítulos. El primero es «Los procedimientos del relato», sobre el papel activo del historiador al elaborar la historia y cómo Tucídides, con «cada frase, cada giro, cada silencio, cada observación, contribuye a deslindar un significado que él ha distinguido e impuesto». El segundo es «Los relatos de batallas: análisis y narración», o cómo Tucídides convierte los relatos de batalla en teorías al ordenar el material del que dispone «para que solo se vea el principio general», y para destacar este principio general al comienzo y arreglárselas luego «para que toda la exposición invalide o confirme su valor». En el tercero, «Los discursos antitéticos», muestra cómo los engranajes dialécticos de Tucídides «no aspiran solo a la brillantez sino que poseen una función precisa en su historia» pues le permiten «introducir en ella un análisis más riguroso». Y el cuarto, «La investigación sobre el pasado: la “arqueología”», trata de los problemas del racionalismo constructivo de Tucídides no sólo a la hora de la presentación de los hechos sino en la investigación misma de la verdad pues a él «una sola historia le interesa: la que conduce de la barbarie al imperio ateniense», y por eso deja en la sombra otras civilizaciones e incluso elimina influencias externas.

Jacqueline de Romilly. Tucídides. Historia y razón (Histoire et raison chez Thucydide, 1967). Madrid: Gredos, 2013; 255 pp.; col. Biblioteca de estudios clásicos; trad. de Jordi Terré; ISBN: 978-84-249-1114-0. [Vista del libro en amazon.es]

Tucídides. Historia de la Guerra del Peloponeso (en torno al 400 a.C.). Madrid: Cátedra, 1988; 745 pp.; col. Letras universales; edición y trad. de Francisco Romero Cruz; ISBN: 84-376-0768-X.

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sábado, 15 de marzo de 2014

¿Qué estás mirando?: 150 años de arte moderno en un abrir y cerrar de ojos, de Will Gompertz, es una documentada exposición de la evolución de la pintura en el último siglo y medio. Es útil para entender cómo unas ideas llevan a otras y así van surgiendo los diferentes movimientos artísticos, y cómo hay momentos o acciones que supusieron una cierta, o una gran, ruptura con el arte previo. Así que, en primer lugar, debo decir que me ha gustado mucho, por su claridad, amenidad y orden, y que se lo recomiendo a quien esté interesado en la cuestión.

Pero se me ocurren observaciones al planteamiento que se hace del arte moderno como un gran juego en el que, si conoces bien las reglas, puedes entrar y disfrutarlo. Por ejemplo, el autor dice que, «en arte, el pensamiento original es importante. No hay valor intelectual en el plagio, pero sí lo hay en la autenticidad. El arte moderno gira en torno a la innovación y la imaginación, no es statu quo, o peor, las burdas imitaciones». Cabría replicar a esto que los valores de originalidad, autenticidad y escasez no dicen nada por sí mismos: hay comportamientos originales, auténticos y escasos que son estúpidos, ridículos y abyectos.

Es decir: de una historia del arte yo esperaría que se pusiese un acento mayor en la importancia de la destreza, del conocimiento de la historia del propio arte, y del trabajo, de forma que quedara mucho más clara la diferencia entre unos y otros. Esperaría, también, menos complacencia y un juicio más neto acerca del mérito de algunos artistas modernos. Así, al hablar de Tracey Emin —a la que yo no conozco y no soy capaz de juzgar— el autor afirma lo siguiente: «Olvidémonos de la máquina publicitaria, del “rollo mírame” y, por el contrario, fijémonos en su capacidad para conectar con tanta gente y en la forma tan directa con que se comunica. Puede que no tenga la capacidad de deletrear, pero posee la comprensión profunda de la claridad propia de una poeta». ¿De verdad no sabe deletrear? ¿Eso es un elogio o un insulto? ¿No se puede decir lo de «conectar con tanta gente» de todos los superventas?

Will Gompertz. ¿Qué estás mirando?: 150 años de arte moderno en un abrir y cerrar de ojos (What Are You Looking At? 150 Years of Modern Art in the Blink of an Eyes, 2012). Madrid: Taurus, 2013; 472 pp., 16 pp. de láminas; trad. de Federico Corriente Basús; ISBN: 978-84-306-0125-7.

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viernes, 14 de marzo de 2014

Fuego en las entrañas, relato con iguales cualidades y organización que las de Cuerpo a cuerpo, continuúa el diario de Talbot hasta la llegada del barco a Australia y tiene unas últimas páginas con su establecimiento allí. Durante lo que queda de travesía el barco parece a punto de incendiarse del todo debido al arreglo que se había hecho tiempo atrás, continúa la rivalidad entre los dos segundos de a bordo, y, sobre todo, progresa la maduración de Talbot en distintos terrenos: crece su amor por la señorita Chumley, mejora su relación con el capitán Anderson, aumenta su admiración por Prettiman.

No es necesario insistir en la excelencia de la escritura y en que abundan los detalles náuticos. Los significados brotan de modo natural del incidente más importante: bajo la superficie de vidas más o menos tranquilas están ardiendo fuegos ocultos que asoman inesperadamente y que pueden arrasarlo todo. El dramatismo de los hechos también propicia diálogos sobre Dios, no especialmente profundos pero de interés: cuando Talbot dice que contemplar su reloj no le hace pensar en el relojero, su interlocutor le calla con una obviedad: «existe una diferencia entre el cielo y un reloj de bolsillo».

Talbot sigue su particular viaje de autodescubrimiento, sobre todo gracias a los diálogos con el señor Prettiman. Por ejemplo, en uno le hace ver que «inició usted su viaje con la objetividad de la ignorancia y lo termina con la subjetividad del conocimiento» y, cuando Talbot le indica «conozco mi sociedad, he vivido en ella», y a la pregunta de Prettiman de si los jornaleros de su padre duermen en camas, Talbot responde que «están acostumbrados al suelo, no sabrían que hacer con una cama», Prettiman no duda en contestarle un contundente «no sabe usted nada» y de aclararle que el orden establecido es perverso.

Es interesante señalar que Golding mantiene a sus personajes dentro de su propia época y, así, no intenta convertir a Prettiman en un ejemplo de ciudadano cosmopolita: lo vemos cuando le dice a Talbot, sobre el francés, que «no hable usted despectivamente de un idioma sólo porque conozca otro superior». En fin, al final de su viaje, Talbot asegura que no hace suya la frase mi patria con razón o sin ella pues piensa que conoce bien los defectos de su patria, pero, continúa, «en lo más hondo de mi corazón resuena ahora, y seguirá resonando hasta el día de mi muerte: “¡Inglaterra siempre!”».

William Golding. Fuego en las entrañas (Fire Down Below, 1989). Madrid: Alianza, 1992; 291 pp.; col. Alianza tres; trad. de Fernando Santos Fontenla; ISBN: 84-206-3264-3. Nueva edición en 2011; 352 pp.; col. El Libro De Bolsillo, Biblioteca Golding; ISBN: 978-8420650845.

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jueves, 13 de marzo de 2014

Acabo de poner en amazon (solo en amazon, por ahora) El secreto de la belleza, un librito donde hago un comentario de conjunto y una reseña de todas las obras publicadas en castellano de Cormac McCarthy. El contenido de las primeras páginas, con el índice, la presentación y la introducción del libro está en este documento. La cubierta es, como las de anteriores libros, de Rodrigo Zaparaín.
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miércoles, 12 de marzo de 2014

Si el que cité ayer es un libro singular que habla de cómo se arman las historias, también lo es, y mucho, Romance, de Blexbolex, un libro-álbum que hace pensar en lo mismo, en los relatos que nos cuentan y en los que nos contamos a nosotros mismos.

El autor reitera siete veces una misma narración para mostrar cómo el mundo de un niño —o de un lector—, se puede ir ensanchando real e imaginativamente cada vez más. El relato se cuenta con imágenes cada una de las cuales lleva, debajo, sólo dos palabras. La primera vez vemos tres imágenes y, debajo de cada una, pone: la escuela, el camino, la casa. La segunda vez son cinco: la escuela, la calle, el camino, el bosque, la casa. La tercera ya son nueve: la escuela, el desconocido, la calle, el puente, el camino, los bandidos, el bosque, la bruja, la casa. Etcétera.

El libro es extenso: las dos últimas versiones son ya muy ricas y permiten un gran vuelo imaginativo pues incluso dejan momentos en blanco. De forma tan sencilla como eficaz el autor presenta cómo un niño (y no sólo un niño…), en su vida cotidiana puede acumular observaciones e imaginaciones en las que se mezclan lo real y lo vivido en otros momentos o en otras ficciones, y a partir de ahí puede fantasear o fabricar sus propios relatos. El eco que la historia despierta en nosotros tiene que ver también con el parecido que podemos ver entre nuestras vidas y el juego que se nos propone: el autor repite varios puntos en el argumento para construir la historia y deja que el lector, apoyado en esos puntos, siga el relato e imagine variaciones posibles.

Blexbolex. Romance (2013). Barcelona: Libros del Zorro Rojo, 2013; 284 pp.; col. Aprender y descubrir; trad. de Palmira Fixas; ISBN: 978-84-941041-8-3. [Vista del libro en amazon.es]

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martes, 11 de marzo de 2014

No veo normalmente libros-juguete pero eso no es una regla fija lo que me ha permitido conocer Cómic Cubik, de Paco Mir. El título ya dice que es una mezcla de puzle y cómic: son nueve cubos y en cada cara de cada cubo se ve una viñeta, cada una de las cuales tiene un numerito. Con ellas se pueden formar seis cuentos coherentes pero, si se combinan de otros modos, la cantidad de relatos posibles es inmensa: basta mantener el orden para que las historias restantes también funcionen. Véase: 1, érase un vez…; 2, una bruja, una estudiante de física, una campesina, una robot, una niña, una princesa, que deseaba ser…; 3, astronauta, contorsionista…; 4, y fue a…, etc. Aparte de que los mini-relatos son graciosos su interés también está en la forma en que se muestra cómo muchísimos relatos se arman con una estructura parecida.

Paco Mir. Cómic Cubik (2013). Barcelona: Thule, 2013; col. Isla FlotanteISBN: 978-84-15357-37-7.

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lunes, 10 de marzo de 2014

Soy pequeñito, un texto poético de Juan Arjona ilustrado por Emilio Urberuaga, tiene como protagonista un niño que, al vivir entre adultos, se sabe pequeño y ha de mirar hacia arriba. «Como soy pequeñito», dice, «la noche se me hace muy oscura y enciendo la luz por si acaso el monstruo del armario tiene miedo». Las sucesivas dobles páginas presentan varios momentos de su vida: la cama se le hace desierto inmenso, la lluvia se le hace río caudaloso, el escalón se le hace montaña escarpada, el parque se le hace selva peligrosa, el perro se le hace lobo salvaje… El álbum tiene una estructura eficaz: en la primera parte se da voz al niño y en la segunda parte se vuelven a mostrar las mismas escenas pero desde otra perspectiva.

Emilio Urberuaga. Soy pequeñito (2013). Texto de Juan Arjona. Barcelona: A Buen Paso, 2013; 28 pp.; ISBN: 978-84-941579-2-9.

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domingo, 9 de marzo de 2014

Hablando de los cambios que se han dado en los Estados Unidos a lo largo del último siglo, y en concreto en las últimas décadas, se lamenta John Lukacs de lo siguiente:

«La militarización de la imagen de la presidencia norteamericana comenzó en torno a 1980, con Reagan, de quien no había constancia de que hubiera hecho el servicio militar, y que había pasado la Segunda Guerra Mundial en Hollywood. (…) Cuando Ronald Reagan era saludado por el personal militar, él devolvía el saludo llevándose la mano derecha a la frente, con una sonrisa feliz que indicaba que le gustaba hacerlo. Este hábito impropio e innecesario fue adoptado por los sucesores de Reagan, incluidos Clinton y sobre todo George W. Bush, que nada más bajarse del avión plantaba su alegre saludo. Es un gesto que está mal. Para hacerlo, es imprescindible ir de uniforme. Pero se trata de algo más que de una corrupción de los modos militares. Hay algo de pueril en ese saludo de Reagan, Clinton y Bush. Y supone también una exageración injustificada de la función militar del presidente. La guerra es un asunto muy serio; pero la sentimentalización de la gestualidad militar resulta pueril, como la de un niño que juega a ser soldado. Por otra parte, la representación televisiva de la guerra tecnológica hace que una campaña militar no parezca sino un gran juego, una especie de Super Bowl internacional que los estadounidenses están obligados a ganar, y con pocas pérdidas humanas (o ninguna). ('Mantendremos a nuestros hombres y mujeres en combate fuera de la zona de riesgo': una frase sin sentido pronunciada por miembros del gobierno de Clinton). Esto es algo nuevo en la historia de los Estados Unidos».

John Lukacs. Últimas voluntades. Memorias de un historiador (Last Rites, 2009). Madrid: Turner, 2013; 199 pp.; trad. de José Antonio Montano; ISBN: 978-84-7506-728-5.

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sábado, 8 de marzo de 2014
 
Marcel Reich-Ranicki: «Los críticos, observaba Heine no sin cierta gracia, son como los lacayos apostados ante las puertas de la sala de baile de una corte: pueden rechazar a las personas no autorizadas y dejar pasar a otras, pero ellos mismos, los porteros, no tienen derecho a entrar. Suena despectivo y demuestra, posiblemente cierta complacencia en la desgracia ajena. Sin embargo, este comentario ingenioso da en el clavo con gran precisión.

De hecho, nosotros, los críticos, somos servidores de la literatura y, al igual que esos porteros, debemos introducir un poco de orden y procurar sobre todo que los charlatanes y los incapacitados sean rechazados ya desde la entrada, para que los buenos bailarines tengan siempre espacio en la sala. Nosotros mismos no participamos en el baile, a no ser en calidad de observadores situados de algún modo en los márgenes o, incluso, cerca de la puerta. Y eso está bien, pues resulta difícil compaginar ambas cosas: bailar y vigilar la entrada. Quien brilla en el salón no tiene por qué ser un portero digno de confianza. En otras palabras, los novelistas o los poetas líricos con frecuencia decepcionan cuando actúan como críticos, y no precisamente porque carezcan de la capacidad de que disponen los profesionales de la crítica, sino porque, al estar mediatizados por sus concepciones poéticas, son incapaces de valorar debidamente al colega que busca otro camino. Su visión de la literatura resulta ser a veces una justificación consciente o inconsciente, directa o indirecta, de su propia producción».

Marcel Reich-Ranicki. Los abogados de la literatura (Die AnwAlte der Literatur, 1994). Barcelona: Círculo de Lectores: Galaxia Gutenberg, 2006; 490 pp.; trad. de José Luis Gil Aristu; ISBN: 84-672-1737-5 (Círculo de Lectores), 84-8109-606-7 (Galaxia Gutenberg).

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viernes, 7 de marzo de 2014

En Cuerpo a cuerpo, Talbot continúa el diario que comenzó en Ritos de paso, pero ya con la intención de que sea para él mismo y no para su padrino. También por eso su construcción es distinta y, en vez de contar las cosas día por día, los capítulos terminan en puntos críticos para estimular la lectura. El argumento es que, debido a un error grave durante unos trabajos de mantenimiento, el buque sufre una importante avería. Encuentran en alta mar a otro barco inglés, que les de la noticia de que Napoleón ha sido derrotado y exiliado a Elba, y que les ayuda. Talbot conoce a una chica joven que viaja en aquel barco, con el capitán y su mujer, y cae rendidamente enamorado. Luego, ambos barcos tienen que separarse y continuar su camino, no sin antes intercambiar sus respectivos segundos oficiales. Al final de la novela no se sabe si el barco podrá o no aguantar el resto de la travesía.

El relato tiene situaciones magníficamente descritas, como la de la expectación antes de un posible combate o algunos momentos críticos para el barco. Es destacable, también, cómo va en aumento el clima de inquietud, y de cierta desesperación, entre los pasajeros y la marinería. Debido a las nuevas circunstancias entran en escena personas que trabajan en el barco pero que habían pasado inadvertidas en la primera novela y se va completando lo que toda la historia tiene de gran cuadro de costumbres. Los diálogos entre personajes abarcan toda clase de temas —por ejemplo, hay discusiones despectivas sobre las posibilidades de los barcos de vapor frente a los barcos de vela…— y en ellos se aclaran más algunos sucesos que ocurrieron en la primera historia. También tiene lugar otro suicidio.

Dentro de la trilogía, considerada como una «novela de maduración», esta segunda parte es la que contiene más cambios interiores del protagonista, también porque, dado que las circunstancias permiten a todos un contacto más estrecho con Talbot, algunos se atreven a decirle cosas impensables. Así, el artillero Askew un día le espeta: «algún día será un hombre, me dije, si no le mata nadie. Sólo que usted no sabe nada de nada, ¿verdad?». O el teniente Benét, el nuevo segundo oficial, le dice: «esta travesía lo va a dejar hecho un hombre, señor Talbot. Hay momentos en que incluso advierto en usted claros indicios de humanidad, como si fuera usted un tipo corriente, igual que todos los demás».

Hay una especie de viaje a las profundidades, del barco y del alma humana. Es más explícita, dentro de la elegancia del estilo y de la contención del narrador, la mención de comportamientos homosexuales. Algunos pasajeros cambian, para mejor, respecto a lo que se podría esperar después del primer relato: en especial adquiere fuerza el señor Prettiman, un ilustrado convencido que pasa de ser un tanto ridículo a ser un idealista que dará repetidas lecciones a Talbot. El cambio de foco, tan habitual en Golding, viene dado aquí sobre todo por este giro en el modo de ver las cosas que ni el lector de la primera novela ni el mismo Talbot sospechaban. Este piensa y escribe que «la vida debería servir su banquete de experiencias en una lenta serie de platos. Deberíamos tener tiempo para asimilar, por no decir digerir, uno antes de atacar el siguiente. Deberíamos disponer de pausas, no tanto para la contemplación como para el descanso. Sin embargo, la vida no actúa de forma tan razonable, sino que amontona juntos todos sus platos, a veces dos, tres, o lo que parece ser toda la comida en un solo plato».

William Golding. Cuerpo a cuerpo (Close Quarters, 1987). Madrid: Alianza, 1989; 235 pp.; col. Alianza tres; trad. de Fernando Santos Fontela; ISBN: 84-206-3243-0. Otra edición en 2011; 320 pp.; col. El Libro De Bolsillo, Biblioteca Golding; ISBN: 978-8420650838.

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jueves, 6 de marzo de 2014

El protagonista de Cómo empezó mi vida prestada, de Jenny Valentine, es Chap, un chico vagabundo de 16 años. Su relato comienza cuando, después de una pelea en el albergue de Londres donde se aloja desde hace dos días, lo encierran y entonces alguien descubre que sus rasgos coinciden con otro chico desaparecido hace dos años: Cassiel Roadnight. Le preguntan si es él y, por distintas razones, dice que sí. A continuación viene la hermana de Cassiel, Edie, a buscarlo y se lo lleva. En la casa de los Roadnight, en el campo, le espera su madre, Helen, y, al día siguiente, llega su hermano mayor Frank. La narración alterna el presente —las dudas y temores del protagonista, sus deducciones sobre los misterios de su nueva familia, sus intervenciones cuidadosas para no delatarse— con su pasado, pues recuerda su vida desde muy pequeño con su abuelo y, después, el momento en el que a su abuelo se lo llevaron y él se quedó solo.

El relato funciona porque la situación no se prolonga lo bastante para ser improbable y porque la voz del narrador es convincente: al ir señalando paso a paso qué va pensando, y al ir haciéndose continuas preguntas sobre qué hacer o decir, hace partícipe al lector de sus agobios y de sus inquietudes. No cuenta las cosas en presente sino desde un punto indeterminado del futuro, después de que todo terminó: «me engañé diciéndome que me necesitaban tanto como yo a ellos. Me engañé diciéndome que podría acabar con todo su sufrimiento con tan sólo aparecer (…) No pensé que el hecho de ser él me obligaría a vivir al borde del precipicio». Como se podría esperar, hacia la mitad de la novela, cuando ya Chap está en su nueva casa, el relato coge acentos y ritmo de thriller inquietante: ¿por qué desapareció Cassiel Roadnight? ¿quiénes fueron los padres de Chap? En este punto se le puede reprochar a la historia que algunos personajes importantes, como Frank y un conocido de Cassiel llamado Floyd, no estén del todo perfilados. En cualquier caso es una historia bien organizada y bien narrada, de las que activan la empatía del lector con el protagonista y quienes le rodean.

Jenny Valentine. Cómo empezó mi vida prestada (The Double Life of Cassiel Roadnight, 2010). Madrid: Alfaguara, 2012; 311 pp.; trad. de Mercedes Núñez; ISBN: 978-84-204-1199-6.

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miércoles, 5 de marzo de 2014

Prohibido leer a Lewis Carroll, de Diego Arboleda, y con ilustraciones de Raúl Sagospe, es un relato bien construido y bien contado, ingenioso y divertido, en el que te preguntas continuamente qué ocurrirá luego. En 1923, Eugéne Chignon, viaja desde Francia a Nueva York para cuidar de una niña, Alice, obsesionada con las obras de Lewis Carroll. Además, sus padres piden a Eugéne que la niña no sepa que Alice Liddell, la auténtica Alicia que inspiró a Lewis Carroll, visitará la ciudad esos días.

La historia es, lógicamente, muy deudora de Alicia en el país de las maravillas y Alicia a través del espejo, con la doble consecuencia de que los lectores que no las conozcan puedan desanimarse, pues se les escaparán muchas referencias, mientras que los que sí las conozcan se verán animados a leerlas e incluso reforzará su entusiasmo por ellas. Esto también quiere decir que serán, normalmente, los lectores ya mayores los que captarán mejor muchos guiños y bromas. Con todo, el relato se sigue bien pues, aunque la narración y sus personajes sean extravagantes, como corresponde al género, todo se desarrolla con normalidad, con digresiones simpáticas y explicaciones amables, que se dan en un lenguaje común, con eficaces golpes de humor en las situaciones y en el lenguaje. Un ejemplito es el de un personaje llamado Timothy Stilt, que creó una empresa llamada Importaciones Importantes, pero como importó mucho «sin importarle qué productos importaba», es decir, «no le importaba lo que importaba, Importaciones Importantes se arruinó».

Diego Arboleda. Prohibido leer a Lewis Carroll (2013). Madrid: Anaya, 2013; 205 pp.; ilust. de Raúl Sagospe; ISBN: 978-84-678-4012-4. [Vista del libro en amazon.es]

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martes, 4 de marzo de 2014

No conocía un libro australiano titulado Las Aventuras de Oso y Plumas, de Ursula Dubosarsky y Ron Brooks, y es magnífico. Son cinco relatos cortitos de amistad titulados: «Una idea buena y una idea mala», «El secreto de Oso», «Contar hojas», «La visita», «Plumas está enfadada». Es un libro con el mismo aire y el mismo concepto que los de Sapo y Sepo. Todo se cuenta con acentos amables y en cada doble página van una o dos ilustraciones realistas, que dan cuenta de la escena y del ánimo de los protagonistas, y que están compuestas con la maestría que cabe suponer de Brooks.

Para dar una idea del tono, un pequeño fragmento narrativo: «Limpió la cocina con una bayeta. Recogió las migas de la mesa. Fregó los platos. Barrió el suelo con una escoba peluda». Y un diálogo característico:  «Plumas estaba enfadada.
Llevaba todo el día enfadada.
—¿Por qué estás enfadada? —preguntó Oso.
—¡No lo sé! –contestó Plumas.
—¿Quieres jugar a las cartas? –preguntó Oso enseñándole una baraja.
—No —dijo Plumas—. No quiero jugar a las cartas. Voy a salir».

Ursula Dubosarsky. Las Aventuras de Oso y Plumas (Honey and Bear, 1998). Barcelona: Corimbo, 2013; 50 pp.; trad. de Macarena Salas; ISBN: 978-84-8470-483-6. [Vista del libro en amazon.es]

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lunes, 3 de marzo de 2014

Uno de los mejores álbumes del año pasado pero que yo he leído ahora: Hilo sin fin, de Jon Klassen y Mac Barnett. Trata de que la generosidad, y la felicidad que crece alrededor de quien es generoso, no sólo no se agota nunca sino que aumenta y se expande cuanto más se cultiva.

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domingo, 2 de marzo de 2014

En Últimas voluntades. Memorias de un historiador, John Lukacs reflexiona sobre su vida y su trabajo. Entre otras cosas, habla de su escritura; de su país de adopción, Estados Unidos; de su país de origen, Hungría; de sus esposas; de su interés en Churchill. Una de las muchas las consideraciones valiosas sobre su trabajo de historiador es esta:

«¿No es la Objetividad un ideal? Pues no: porque el propósito del conocimiento humano —y diríamos que de la propia vida humana— no es la exactitud, ni tampoco la certeza. Es la comprensión. Un ejemplo. Intentar ser “objetivo” con Hitler o Stalin es una cosa, y otra cosa diferente es intentar comprenderlos; y esta no es inferior a la primera. ¿Podemos esperar que una víctima sea “objetiva” con quien le hizo daño? ¿Podemos esperar que un judío sea “objetivo” con Hitler? Es posible que no. Pero sí podemos esperar que él, o cualquiera, intente comprenderlo. Algo que dependerá, no obstante, de cómo lo intente, de cuál sea su propia implicación y de su perspectiva mental, que debe incluir un mínimo de conocimiento de sí mismo. Después de todo, Hitler y Stalin pertenecieron a la especie humana, por lo que no fueron entera o esencialmente distintos de cualquier otra persona que hoy reflexione sobre ellos».

John Lukacs. Últimas voluntades. Memorias de un historiador (Last Rites, 2009). Madrid: Turner, 2013; 199 pp.; trad. de José Antonio Montano; ISBN: 978-84-7506-728-5. [Vista del libro en amazon.es]

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sábado, 1 de marzo de 2014

Dice Marcel Reich-Ranicki que para Friedrich Schlegel «“criticar quiere decir —escribía— entender a un autor mejor de lo que éste se ha entendido a sí mismo”. A Schlegel no se le ocurrió pensar nunca que el crítico fuera más inteligente o más culto que el autor. Y, sin embargo, en un determinado aspecto, se halla por encima de éste. El creador de la obra de arte sabe qué ha pretendido, qué ha querido, y ese saber, precisamente, enturbia su visión del resultado de su trabajo, a menudo aburrido cuando no torturador. Por eso al autor le resulta difícil —y tampoco es asunto suyo— percibir el valor artístico añadido que se crea porque la obra, cuando es excelente, sabe más de lo que debió y quiso decir. Sólo en ese sentido puede entender el crítico al autor mejor de lo que éste puede entenderse a sí mismo».

Marcel Reich-Ranicki. Los abogados de la literatura (Die AnwAlte der Literatur, 1994). Barcelona: Círculo de Lectores: Galaxia Gutenberg, 2006; 490 pp.; trad. de José Luis Gil Aristu; ISBN: 84-672-1737-5 (Círculo de Lectores), 84-8109-606-7 (Galaxia Gutenberg).

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