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Notas de abril de 2006 :: bienvenidosalafiesta ::    
bienvenidos a la fiesta
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domingo, 30 de abril de 2006

C. S. Lewis: Todos consideramos los romances y baladas como algo representativo y característico de la Edad Media. «Por su difusión y permanencia, han demostrado ser de las cosas más placenteras que aquélla nos dejó. Y, aunque en todas partes podemos encontrar composiciones más o menos parecidas, en cuando a su efecto total son algo único e insustituible. Pero, si lo que queremos decir con el término “característico” es que el tipo de imaginación que encarnan era la ocupación principal, o incluso la más frecuente, de los hombres medievales, estaremos en un error. El carácter fantástico de algunas baladas y el severo y lacónico patetismo de otras —el misterio, el sentido de lo infinito, la elusiva reticencia de los mejores romances—, difieren del gusto medieval habitual. Están totalmente ausentes de la literatura medieval: los Himnos, Chaucer, Villon. Dante puede conducirnos a través de todas las regiones de los muertos sin provocarnos ni una sola vez el “frisson” que nos produce The Wife of Usher’s Well o The Chapel Perilous. Parece como si los romances y ese tipo de baladas hubieran sido en la Edad Media, como han seguido siendo desde entonces, pasatiempos, diversiones, cosas que sólo pueden vivir en los márgenes de la mente».

C. S. Lewis. La imagen del mundo - Introduccion a la literatura medieval y renacentista (The Discarded Image, 1964). Barcelona: Península, 1997; 179 pp.; trad. de Carlos Manzano de Frutos; ISBN: 84-8307-066-9.

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sábado, 29 de abril de 2006

Cuando el fallecido Freddy Mercury, con quien me pasa lo mismo que comenté sobre Michael Jackson, grita «I want to break free», pienso en lo difícil que es desear la libertad si uno no tiene idea de qué habla: ¿libertad de qué?, ¿libertad para qué? ¿qué da sentido a la libertad? Al oír «Heart of Glass», de Blondie, con el lamento de que «Love is so confusing» y que todo acaba siendo como «a pain in the ass» (y ojalá sólo fuera eso), pienso en cómo muchas ficciones, y también estas cancioncillas, cumplen el papel de ser como una especie de «simuladores de vuelo» de los sentimientos, y en cómo, al no ser simuladores fiables, es inevitable que conduzcan a unas bofetadas posteriores que, no pocas veces, serán irremediables.

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viernes, 28 de abril de 2006

Leonor de Aquitania, esposa de Enrique II y madre de Ricardo Corazón de León, fue «una personalidad femenina sin igual que dominó su siglo, ¡y qué siglo! El del arte románico en su esplendor, el gótico en su aparición, el que ve desarrollarse la caballería al tiempo que se emancipan las ciudades burguesas; el gran siglo de la lírica cortés (...), de los comienzos de la literatura novelesca (...)». Fue una mujer «dos veces reina, madre de dos reyes, que desafió al emperador, amenazó al Papa y gobernó su reino con la mayor clarividencia». Y, de paso, Regine Pernoud se propone, indirectamente, desmontar tantos prejuicios basados en la ignorancia acerca de una época, la Edad Media, que ella conoce como pocos. Y busca que el lector, a la vista de la investigación histórica, se sienta «menos inclinado a juzgar que a tratar de comprender».

Regine Pernoud. Leonor de Aquitania (Alienor d´Aquitaine, 1965). Barcelona: Salvat, 1975; 272 pp.; col. Grandes mujeres; trad. de Ricardo Calderón Montero; ISBN: 84-345-9200-2. Hubo antes otra edición en Espasa, 1969, colección Austral. Nueva edición en Barcelona: Acantilado, 2009; 336 pp.; trad. de Isabel de Riquer; ISBN: 978-8492649105. [Vista del libro en amazon.es]

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jueves, 27 de abril de 2006

Cuando en su momento leí reseñas de Corazón kikuyu, de Stefanie Zweig, no me hice cargo (quizá porque las leí muy rápido), de que se trataba de un relato extraordinario y, en mi lista de libros a ir leyendo, fue quedado relegada una y otra vez... Pero fue un gran error y esta nota pretende remediarlo: es una historia magnífica, bien contada, que transmite a la vez entusiasmo y dolor, y un genuino amor por África.

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miércoles, 26 de abril de 2006

De Laura Gallego me pareció prometedora Finis Mundi, una notable novela teniendo en cuenta la edad de su autora, aunque la Edad Media mágica que pinta no me gusta pues no encaja nada con mis conocimientos históricos de la época. De sus relatos posteriores me gustó La leyenda del Rey Errante, a pesar de que los acentos a lo Paulo Coehlo me suelen echar hacia atrás. Y, como ya he comentado, me parece que con las Memorias de Idhún, a pesar de su elogiable ambición, se ha quedado por debajo de sus posibilidades.

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martes, 25 de abril de 2006

Arthur Rackham
es otro ilustrador de referencia. Igual que comentaba cómo Gustave Doré acierta de lleno en algunas ocasiones y fracasa, en otras, cuando su estilo teatral no refleja el espíritu del texto, también el estilo de Rackham es perfecto muchas veces y no es el mejor en otras: sus ilustraciones con siluetas son magníficas, su acierto para ilustrar algunas historias fantásticas es total..., pero a pesar de su deje irónico, a veces es «blando». A uno le sobra y al otro le falta fuerza. Y es que forma y fondo van siempre ligados.

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lunes, 24 de abril de 2006

Una serie de álbumes espectaculares son los que componen El viaje de Anno, del japonés Mitsumasa Anno. Hace pocos meses leí Anno’s Spain, un libro aún no editado en España, no sé por qué, dado que al no tener texto la traducción no parece muy difícil.

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domingo, 23 de abril de 2006

«El plantear preguntas es ya el deporte aristocrático de moda que nos ha llevado a la mayoría a la bancarrota. El signo de los tiempos es un signo de interrogación. Y la conclusión final es muy sencilla: ningún filósofo escéptico es capaz de plantear ninguna pregunta que no pueda preguntarse también un niño fatigado una calurosa tarde de verano. “¿Soy un niño? ¿Por qué soy un niño? ¿Por qué no soy una silla?” Un niño puede hacer esta clase de preguntas durante dos horas. Y los filósofos de la Europa protestante llevan planteándoselas doscientos años».

Bien, cuando leí esto a Chesterton en «Shaw, el filósofo», artículo contenido en Correr tras el propio sombrero, recordé ¿Hay alguien ahí? (Hallo? Er det noen her?, 1996), de Jostein Gaarder, pues en su momento anoté una escena en la que Joakim, el sorprendido narrador, se dirige al gracioso extraterrestre Mika:

«—¿Por qué haces reverencias? —pregunté.
Mika se inclinó otra vez. Me sentía tan confuso que volví a preguntarle:
—¿Por qué haces reverencias?»
Y Mika responde:
«—Donde yo vivo, siempre hacemos reverencias cuando alguien hace una pregunta divertida —explicó—. Y cuanto más profunda es la pregunta, más profunda es la reverencia. (...) Ante una respuesta nunca hay que hacer reverencias, por muy ingeniosa y correcta que sea. (...) El que hace reverencias se inclina (...). Nunca debes inclinarte ante una respuesta. (...) Una respuesta es siempre el trozo de camino que ya has andado. Sólo las preguntas pueden conducir hacia delante».

Siempre y cuando sepamos a dónde queremos ir, ¿no?

G. K. Chesterton. «Shaw el filósofo», Correr tras el propio sombrero (On Lying in Bed and Other Essays). Barcelona: El Acantilado, 2005; 628 pp.; selección y prólogo de Alberto Manguel; trad. de Miguel Temprano García; ISBN: 84-96489-27-2. El texto original está en la biografía sobre Bernard Shaw.

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sábado, 22 de abril de 2006

Cuando escucho música mientras corro se ve que las neuronas cogen su propio ritmo y van encadenando asociaciones mentales de todo tipo. «Where the streets have no name», en la versión discotequera de Pet Shop Boys mejor que en la de U2, me hace rezar por África. Con «The Man in the Mirror», de Michael Jackson, pienso en que todos tenemos derecho a ser recordados por lo mejor, en su caso por algunas canciones tan excepcionales como esta, y en cuánto ganaríamos todos si le hiciéramos caso: «I'm Gonna Make A Change, (...) I'm Starting With The Man In The Mirror».

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viernes, 21 de abril de 2006

Los periódicos han hablado días pasados de la caza de focas a bastonazos que tiene lugar anualmente. Terrible, parece, aunque los habitantes de la zona (y se ve que los políticos que los pastorean) no lo aprecian así. Este tipo de noticias me recuerda siempre una frase de Claudio Magris en su magnífico libro El Danubio: «En el sótano más bajo, fundamento de todo el edificio que en lo alto ofrece un concierto de Mozart o un cuadro de Rembrandt, habita el dolor del animal, corre la sangre del matadero». Lo verdaderamente trágico, sin embargo, es que no es sólo la de los animales.

Claudio Magris. El Danubio (Danubio, 1986). Barcelona: Angrama, 2004; 384 pp.; col. Panorama de narrativas; trad. de Joaquim Jorda; ISBN: 84-339-3142-3.

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jueves, 20 de abril de 2006

Por si sirve para los lectores de, por ejemplo, Grímpow, sobre los Templarios, dice Regine Pernoud, existe un torrente de tesis, hipótesis e innumerables elucubraciones, que contrasta muchísimo con «los documentos auténticos, los materiales fiables, que conservan en abundancia nuestros archivos y bibliotecas». La literatura que se les ha dedicado, «en algunos casos, claramente demencial», no tiene nada que ver con los documentos, «tan sencillos, tan convincentes, tan tranquilamente irrefutables que constituyen su verdadera historia». Y, ya puestos, mencionaré más veces a la gran medievalista francesa.

Regine Pernoud. Los templarios (Les Templiers, 1974). Está editado en forma de largo prólogo a Elogio de la nueva milicia templaria (De laude novae militiae ad Milites Templi) de Bernardo de Claraval. Madrid: Siruela, 1994; 223 pp.; col. Selección de Lecturas Medievales; edición a cargo de Javier Martín Lalanda y traducciones de Iñaki Aranguren y Anne-Hélene Suárez; ISBN: 8478441832.

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miércoles, 19 de abril de 2006

En el mundo de los best-seller (y en el de la política, pero eso es distinto) hay frecuentes ejemplos de gentes que, ya que no pueden deslumbrarnos con su inteligencia, dedican todo su empeño a sorprendernos con sus bobadas. He pensado en eso de nuevo al leer Los Illuminati y el Priorato de Sión, un libro que sería clarificador para los interesados en las novelas de ocultos complots, tan de moda. De todos modos, contra la estupidez hasta los dioses luchan en vano (Schiller, creo).

Massimo Introvigne. Los Illuminati y el Priorato de Sión (Gli Illuminati e il Priorato di Sion, 2005). Madrid: Rialp, 2005; 216 pp.; trad. de José Ramón Pérez Arangüena; ISBN: 84-321-3561-5.

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martes, 18 de abril de 2006

En unos consejos a un futuro escritor de libros infantiles, Astrid Lindgren decía: «Procura incluir también algo que divierta a niños y mayores, pero no se te ocurra poner nunca, en un libro infantil, algo que tú sepas que únicamente ha de resultar gracioso para los mayores. No olvides que no escribes para que te encuentren ocurrente y chistoso los críticos. Muchos de los que escriben para niños hacen un guiño a determinado lector por encima de las cabecitas de los pequeños. Buscan un acuerdo con los adultos y pasan por alto a la criatura. Te suplico que no hagas eso ¡nunca! Porque es una desfachatez para con el niño que debe comprar y leer tu libro».

Astrid Lindgren. «Breve diálogo con un futuro autor de libros infantiles», en Mi mundo perdido (Samuel August frán Sevedstorp och Hanna i Hult, 1975). Barcelona: Juventud, 1985; 93 pp.; trad. de Herminia Dauer; ISBN: 84-261-2118-7.

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lunes, 17 de abril de 2006

Acaba de ser publicada una nueva edición de El globito rojo, de Iela Mari, un álbum minimalista que cabría calificar de perfecto.

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domingo, 16 de abril de 2006

La cena de Emaús,
pintado en 1628 por Rembrandt, es un cuadro de una inteligencia y originalidad que quitan el habla, dice Simon Schama. «La transformación que produce el conocimiento obtenido a través de los sentidos y la transformación de los sentidos producida por el conocimiento. El exagerado claroscuro no es simplemente una engreída exhibición técnica. “¿Caravaggio? Es verdad, pero fijaos lo que puedo hacer con ello”. El claroscuro es el tema. La luz de la oscuridad; las Escrituras reinterpretadas (una vez más) como un remedio contra la ceguera. El sanador apenas está visible, como en silueta, con el contraluz procedente de una fuente luminosa que estuviera justamente al otro lado de la cabeza de Jesucristo, imaginable como una especie de vela, pero declarándose en todo lo relevante como la luz de la revelación, la luz del Evangelio». (...) La penumbra que perfila al fondo la silueta de la sirvienta es necesaria para hacerla visible y, presumiblemente, Rembrandt pretendía sugerir con ella que la luz del evangelio ya estaba produciendo iluminaciones».

Y es que, continúa Schama, «como casi todas las mejores obras de Rembrandt, el cuadro tiene significantes pero perceptibles imperfecciones. (...) Pero, después de todo, se trata de un cuadro de suspense (...), [y una] obra aparentemente incompleta invita a la capacidad del espectador a trabajar con el cuadro, a involucrarse en él, en mucho mayor medida que cualquier obra ostensiblemente acabada. Es como si Rembrandt ya estuviera renegando de la destreza del pincel a favor de una mirada urgente».

Simon Schama. Los ojos de Rembrandt.

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sábado, 15 de abril de 2006

Después de mencionar, meses atrás, Gulag, de Anne Applebaum, y El vértigo, de Eugenia Ginzburg, se puede recordar Relatos de Kolymá, de Varlam Shalámov. Con un lenguaje limpio y sobrio, contando escenas variadas de la vida en los campos siberianos, el autor añade más losetas al mosaico histórico de unos tiempos terribles. La compiladora de todas estas historias, redactadas desde 1953 en adelante y publicadas por primera vez en 1978, cita a Solzhenitsyn en El Archipiélago Gulag: «En los Relatos de Kolymá de Shalámov es donde tal vez el lector perciba de modo más fiel el espíritu despiadado del Archipiélago y el límite de la desesperación humana». Y, después, cuenta que una vez le preguntó al autor: «“¿Cómo vivir?”. Y él me contestó: “Tiene usted los Diez Mandamientos. Allí está todo dicho”. Una respuesta sencilla, aunque difícil de llevar a la práctica. Pero así es como sentía Shalámov la medida de su responsabilidad de hombre».

Varlam Shalámov. Relatos de Kolymá (Kolymskie Rasskazy). Barcelona: Mondadori, 1998, 2ª impr.; 512 pp.; col. Literatura Mondadori; trad. de Ricardo San Vicente; Epílogo y cronología de I. P. Sirotínskaya; ISBN: 84-397-0141-1.

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viernes, 14 de abril de 2006

También en el mismo libro citado ayer, de Chesterton, hay un sensacional artículo titulado «El libro de Job», en el que comenta con cierta extensión la respuesta que da Dios a los comentarios de Job y sus amigos. Pero ahora traigo aquí un texto del entonces sacerdote Joseph Ratzinger, donde se indica que «la respuesta a Job no es más que un comienzo, un precavido anticipo de la respuesta que da Dios en la cruz y en la resurrección comprometiendo a su propio Hijo. (...) La respuesta de Dios no es explicación sino hecho. Responde padeciendo con nosotros, no con un mero sentimiento, sino en realidad. La compasión de Dios tiene carne. Se llama flagelación, coronación de espinas, crucifixión, tumba. Ha penetrado en nuestro sufrimiento personalmente. Lo que eso significa, lo que pueda significar, podemos aprenderlo ante las grandes imágenes del crucificado y ante aquellas que representan a la madre con el hijo muerto, en el crepúsculo. Con esas imágenes y en ellas, se ha transformado el sufrimiento para los hombres: estos han aprendido que Dios mismo mora en lo más íntimo del sufrimiento» Y, continúa luego el autor, «desde ese momento [de la cruz] existe una nueva clase de sufrimiento: el sufrimiento no como maldición, sino como amor que transforma el mundo».

Joseph Ratzinger. El Dios de los cristianos. Meditaciones (Der Gott Jesu Christi. Betrachtungen über die dreieningen Gott, 1976). Salamanca: Sígueme, 2005; pp.; col. Verdad e imagen Minor; trad. de Luis Huerga; ISBN: 84-301-1572-2.
G. K. Chesterton. «El libro de Job», Correr tras el propio sombrero (On Lying in Bed and Other Essays). Barcelona: El Acantilado, 2005; 628 pp.; selección y prólogo de Alberto Manguel; trad. de Miguel Temprano García; ISBN: 84-96489-27-2. El artículo original está en
G.K.C as M.C.

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jueves, 13 de abril de 2006

Chesterton: «Durante siglos la religión ha tratado de hacer que la gente se regocijara ante las “maravillas” de la creación, pero ha olvidado que nada puede ser completamente maravilloso mientras siga siendo sensato. Mientras veamos un árbol como un objeto obvio, creado natural y razonablemente para servir de alimento a las jirafas, no podemos nunca maravillarnos ante él. Sólo cuando lo consideramos una prodigiosa ola viviente que se eleva desde el suelo hasta el cielo sin ninguna razón particular, nos quitaremos el sombrero para perplejidad del guarda del parque. En realidad, todo tiene un lado oculto, como la luna, la protectora del absurdo. Visto desde el otro lado, un pájaro es como una flor que ha logrado romper la cadena del tallo, un hombre un cuadrúpedo que pide algo sobre las patas traseras, una casa un sombrero gigantesco para proteger al hombre del sol, una silla un utensilio de cuatro patas de madera para un lisiado que sólo tiene dos.

Ése es el lado de las cosas que tiende más sinceramente a la maravilla espiritual. Resulta muy significativo que en el mayor poema religioso existente, el Libro de Job, el argumento que convence al infiel no sea (...) una imagen de la ordenada beneficencia de la creación; sino, por el contrario, una imagen de su inmensa e indescifrable sinrazón. (...) La persona que, tras estudiar sólo el lado lógico de las cosas, decide que “la fe es absurda”, no sabe cuánta verdad encierran sus palabras; más tarde podría reencontrarla en la forma de que el absurdo es la fe».

G. K. Chesterton. «Defensa del absurdo», en Correr tras el propio sombrero (On Lying in Bed and Other Essays). Barcelona: El Acantilado, 2005; 628 pp.; selección y prólogo de Alberto Manguel; trad. de Miguel Temprano García; ISBN: 84-96489-27-2. El artículo original está en The Defendant.

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miércoles, 12 de abril de 2006

Y, en el mismo libro citado ayer, otro jugoso artículo dedicado a Lewis Carroll. Es útil, entre otras cosas, reflexionar en lo que afirma Chesterton sobre las consecuencias de que los libros sobre Alicia sean un clásico. Por un lado, afirma, eso implica estar condenado a ser alabado por personas que nunca lo han leído. Por otro, el pensar que «la alegría original que nació esa tarde de verano en la imaginación de un matemático (...), se ha endurecido hasta convertirse en algo casi tan frío y tan consciente como una tarea vacacional», hace pensar y exclamar a Chesterton: «“¡Pobrecita Alicia!” No sólo la obligan a asistir a clase, sino a dar clase a los demás... no es sólo una escolar, sino una maestra de escuela».

G. K. Chesterton. «Lewis Carroll», Correr tras el propio sombrero (On Lying in Bed and Other Essays). Barcelona: El Acantilado, 2005; 628 pp.; selección y prólogo de Alberto Manguel; trad. de Miguel Temprano García; ISBN: 84-96489-27-2. El artículo original está en A Handful of Authors.

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martes, 11 de abril de 2006

En el reciente libro de artículos de Chesterton, Correr tras el propio sombrero, uno particularmente interesante se titula «Defensa del absurdo». En él, Chesterton explica por qué piensa que Edward Lear es no sólo anterior sino superior a Lewis Carroll. Habla de que la vida de Carroll sugiere la «idea de escapatoria a un mundo donde las cosas no están horriblemente fijadas en una eterna corrección, donde las manzanas crecen en los perales, y cualquier tipo raro con el que uno se encuentre puede tener tres piernas», de que él era un hombre con un pie en el mundo de la lógica y otro en el mundo del humor, la postura perfecta para el absurdo moderno. Lear, en cambio, «introduce un nuevo elemento, el elemento de lo poético e incluso de lo emocional».

G. K. Chesterton. «Defensa del absurdo», Correr tras el propio sombrero (On Lying in Bed and Other Essays). Barcelona: El Acantilado, 2005; 628 pp.; selección y prólogo de Alberto Manguel; trad. de Miguel Temprano García; ISBN: 84-96489-27-2. El artículo original está en The Defendant.

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lunes, 10 de abril de 2006

Hablando de Georg Hallensleben y su álbum Cierra los ojos, hace unos días mencioné Buenas noches, luna, con texto de Margaret Wise Brown e ilustraciones de Clement Hurd. Es un álbum también clásico, de finales de los cuarenta, que fue publicado en España hace dos o tres años... Traigo este comentario aquí, también, porque con ocasión de la edición norteamericana que conmemora los 60 años del álbum, los editores retocaron la foto, en la que aparecía el ilustrador fumando, para que no se viera el cigarro. «Smokeless version», titulaba el The New York Times.

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domingo, 9 de abril de 2006

Otra cita de Tarkovski: «Nunca me ha preocupado la cuestión de si soy un artista popular o no. No tendría demasiado sentido para mí. Lo que sí tiene sentido es trabajar respetando mi dignidad y la de los espectadores. Ante ellos nunca finjo ser más inteligente o más estúpido de lo que soy, porque no me tengo ni por más listo ni más tonto que ellos. En esto no me permito concesiones. Cuando algo me resulta a mí poco claro, pienso que lo mismo le sucederá al espectador, así que busco aclarármelo tanto a mí como a ellos. Tampoco me considero un intelectual con la cabeza en las nubes ni un marciano, al contrario: siento muy claramente mis vínculos con la tierra y con los otros hombres. La única diferencia que me distingue de los espectadores es que yo pienso en imágenes y puedo expresar mi concepción del mundo sirviéndome de ellas y ellos, mientras no demuestren lo contrario, no.

Hay por supuesto otro modo de tener en cuenta al público, que es pensando en su cartera. Pero en nada de eso consiste mi vocación».

Rafael Llano. En el tomo I de Andréi Tarkovski: vida y obra (2002). Valencia: Generalitat Valenciana-Consellería de Cultura i Educació - Ediciones de la Filmoteca, 2003; 823 pp.; prólogo de Víctor Erice; ISBN: 84-482-3295-X.

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sábado, 8 de abril de 2006

Días atrás titulé una nota como «aprender a conversar». Que la gente joven no aprenda es lógico, cuando el ejemplo de diálogo que ven a diario en tantos sitios y en los medios de comunicación continuamente les recuerda el chiste judío que cuenta Steiner en Lecciones de los maestros: «¡No me hables mientras te estoy interrumpiendo!».

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viernes, 7 de abril de 2006

Cuando vi un thriller de hace unos años titulado Conspiracy, protagonizado por Mel Gibson y Julia Roberts, quedé sorprendido por las referencias explícitas a El guardián entre el centeno y por los paralelismos entre los argumentos de la película y de la novela. Así, los dos protagonistas son listos y entrañables pero, a la vez, tienen un lado plasta y desequilibrado; los dos tienen como referencia una chica inocente que corre peligro y a la que intentan proteger; quienes amenazan a la chica, sin ella saberlo, son los culpables del estado mental actual del protagonista... En otro nivel, es sorprendente (no digo significativo porque, para ser sinceros, no sé bien qué puede significar) que los asesinos de John Lennon y de Ronald Reagan fueran unos obsesos del libro de Salinger... Bien, en cualquier caso es un thriller con aires de farsa, más inteligente de lo normal, sí, pero no una obra de Kant.

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jueves, 6 de abril de 2006

Wayne Booth no puede disimular su admiración por Jane Austen. Incluso afirma cosas como esta: «podemos encontrar escenas de amor en casi todas las obras de cualquier novelista, pero solamente (en las novelas de Austen) podemos encontrar una mente y un corazón que pueden darnos claridad sin simplificación excesiva, simpatía y romance sin sensiblería, e ironía mordaz sin cinismo». Por supuesto, un gallego nunca firmaría el «solamente» y si acaso lo sustituiría por un «quizá en casi ningún sitio como en ellas».

Wayne C. Booth. La retórica de la ficción.

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miércoles, 5 de abril de 2006

Uno de los ilustradores decimonónicos de referencia es Gustave DORÉ. Es impresionante la fuerza de sus imágenes, por ejemplo cuando ilustra obras como El Quijote o El barón de Munchausen o los Cuentos de PERRAULT... Sin embargo, su espectacular teatralidad, certera en novelas de fantasía, juega en su contra cuando pone imágenes a obras como La Biblia: las ilustraciones son técnicamente tan buenas como siempre..., pero no sólo no capturan sino que incluso deforman el espíritu del texto. Lo comenta de paso Chesterton en uno de sus artículos, no recuerdo dónde, y tiene razón.

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martes, 4 de abril de 2006

Ahora que acaba de fallecer John Reynolds Gardiner, vuelvo a recomendar Stone Fox, un relato superabsorbente. Y también Alto secreto, aunque sea inferior, es un ejemplo de cómo escribir con garra para primeros lectores. Su autor afirmaba en sus memorias que no había leído un libro completo hasta los 19 años... O sea que sí se puede comenzar tarde a ser lector. Es una esperanza (en algunos casos muy pequeñita) pero que no compensa perder.

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lunes, 3 de abril de 2006

Un álbum no editado en castellano: I want to be an astronaut, de Byron Barton. Es un mini-relato que toca una interesante fibra: cómo se despierta y cómo crece dentro de un niño una futura vocación profesional. Y aunque sin duda la de astronauta es más espectacular que otras, es modélico cómo el autor sabe alcanzar el núcleo de la ilusión y golpear justo en el centro.

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domingo, 2 de abril de 2006

Andréi Tarkovski
decía el año 1972: «El arte cinematográfico (...) se ha convertido en un arte conservador, pasivo. Constato que el noventa por ciento de las producciones persiguen objetivos comerciales, que tratan exclusivamente de agradar al espectador. (...) Los intentos de agradar al público, aceptando acríticamente sus gustos, sólo pueden significar que uno no tiene respeto por la gente, que uno quiere simplemente recaudar su dinero (...). [Es preciso entender que ser un artista significa que, junto a la libertad se ha de asumir una responsabilidad]. [Arrastrados por la ansiedad del éxito], los cineastas se sirven del tiempo libre de la gente honrada, de los trabajadores; se aprovechan de su credibilidad e ignorancia, de su falta de educación estética, para robarles espiritualmente y hacer dinero de esa forma».

Rafael Llano. En el volumen I de Andréi Tarkovski: vida y obra (2002). Valencia: Generalitat Valenciana-Consellería de Cultura i Educació - Ediciones de la Filmoteca, 2003; 823 pp.; prólogo de Víctor Erice; ISBN: 84-482-3295-X.

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sábado, 1 de abril de 2006

Chesterton:
 «De acuerdo con la frase genial de un místico escocés, un buen crítico debería ser como Dios. George Macdonald dijo que Dios era fácil de agradar y difícil de satisfacer. En esa paradoja radica el equilibrio de toda buena crítica artística. Sin la primera parte de la paradoja la crítica perece, porque pierde el poder de criticar. La buena crítica, repito, combina el sutil placer de las cosas bien hechas con el placer sencillo de hacerlas. Combina la satisfacción del ingeniero científico al ver funcionar el engranaje con un fin determinado y el placer del bebé al ver girar las ruedas. Combina la satisfacción del dibujante ante el hecho de que las líneas del carboncillo, aunque trazadas con aparente despreocupación, mantengan una relación perfecta y exacta entre sí, con el placer que experimenta el niño porque el carboncillo trace marcas de cualquier tipo en el papel. Y del mismo modo combina el placer que siente el crítico al leer un poema con el placer que siente el niño al oír la rima».

G. K. Chesterton. «El romance de la rima», Correr tras el propio sombrero (On Lying in Bed and Other Essays). Barcelona: El Acantilado, 2005; 628 pp.; selección y prólogo de Alberto Manguel; trad. de Miguel Temprano García; ISBN: 84-96489-27-2. El artículo original está en Fancies versus fads.

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