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Notas de abril de 2007 :: bienvenidosalafiesta ::    
bienvenidos a la fiesta
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lunes, 30 de abril de 2007

No tanto como El punto, pero me ha gustado Leos, de Peter Reynolds, un autor que sabe narrar muy bien con dibujos sencillos, parecidos a los de Quentin Blake o Jean Sempé. Leo es un chico muy ocupado que hace listas de cosas pendientes hasta que, un día, para remediar sus agobios aparece otro Leo que hace más cosas, y cuando siguen los agobios, aparece otro Leo más, etc. El autor compone una historia que se acelera y coge formato de cómic según van apareciendo más Leos en acción... Y la concluye bien, con un mensaje final bien traído.

Peter H. Reynolds. Leos (So Few of Me, 2006). Barcelona: Serres, 2006; 30 pp.; col. Mira y aprende; trad. de Raquel Mancera; ISBN: 84-7871-653-X. [Vista del libro en amazon.es]

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domingo, 29 de abril de 2007

Jiménez Lozano:
«No hay que confundir una tragedia con un fracaso literario, ni hay que diferenciar tanto el esfuerzo de un escritor del de un cirujano, o de un trabajador en una cadena de producción. (...) A mi pequeño nivel de escritura, no hay sombra de épica (...). Si sale sale, y si no sale no sale, no pasa nada; lo que no pueden decir el cirujano ni el trabajador en cadena, lógicamente. ¿Todavía querrían más privilegios quienes escriben?».

José Jiménez Lozano. Los cuadernos de letra pequeña.

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sábado, 28 de abril de 2007

Una anécdota que me gustó leer en Escritores de cine, de José María Aresté, la protagoniza James Cain. Después de que adaptaran, no muy felizmente, una de sus novelas al cine, «cuando le preguntaban si no estaba indignado por lo que habían hecho a su libro, él, señalando a una estantería donde había un ejemplar, decía: “A mi libro no le han hecho nada. Está allí”».

José María Aresté. Escritores de cine (2007). Barcelona: Espasa, 2007; 447 pp.; col. Espasa Hoy; ISBN: 84-670-2305-8.

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viernes, 27 de abril de 2007

Un libro distinto a lo habitual, una especie de ensayo biográfico, que se tituló en castellano El Bajísimo. San Francisco de Asís, de Christian Bobin. A pesar de lo que puede sugerir ese título, el Bajísimo es Dios, según se indica cuando se cuenta el cambio de vida de San Francisco de Asís: «Ni Dios padre con sus tambores, ni el Altísimo con su voz de rayo. Sólo el Bajísimo que susurra al oído del durmiente, que habla como sólo él puede hablar: en voz muy baja. Un jirón de sueño. El piar de un gorrión. Y eso basta para que Francisco renuncie a sus conquistas y regrese a su país. Unas palabras llenas de sombra pueden cambiar la vida».

Christian Bobin. El Bajísimo. San Francisco de Asís (Le Très-Bas, 1992). Barcelona: Thassàlia, 1997; 118 pp.; col. El imaginario; traducción de Manuel Serrat Crespo; ISBN 84-8237-082-0.

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jueves, 26 de abril de 2007

Sigo con lo de ayer y anteayer. «Lo más interesante en los cuentos de hadas es considerar lo que son, lo que para nosotros han llegado a ser, y los valores que el largo proceso de la alquimia del tiempo ha creado en ellos», dice Tolkien. Y, después de citar a un prologuista de una edición inglesa de los cuentos de Asbjörsen y Moe que habla de que «hemos de contentarnos con la sopa que se nos pone delante, sin desear ver los huesos del buey con que se ha hecho», continúa: «Yo entiendo por sopa el cuento tal cual viene servido por su autor o narrador, y por los huesos las fuentes o el material, aun cuando (por extraña fortuna) se llegue con certidumbre a descubrirlos. Con todo, naturalmente, no me opongo a la crítica de la sopa como tal sopa».

J. R. R. Tolkien. Árbol y Hoja.

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miércoles, 25 de abril de 2007

A propósito del libro citado ayer hay un chiste académico que se puede aplicar al exceso de análisis que, a veces, sufren los cuentos de hadas. Es el del investigador que, después de toda una vida trabajando sobre La Iliada y La Odisea, va y descubre que su autor no fue Homero sino un griego que vivió en la misma época y ciudad y que, casualmente, se llamaba igual.

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martes, 24 de abril de 2007

A los adultos interesados en el mundo de los cuentos populares les puede dar pistas la recopilación comentada de Maria Tatar, Los cuentos de hadas clásicos anotados. La edición es magnífica y, en particular, es un acierto pleno la generosa selección de ilustraciones. La presentación y las notas que acompañan a cada cuento dan a conocer las distintas interpretaciones que han recibido, revelan la visión tan sexualizada de algunas, y muestran la tendencia de las últimas décadas a cuestionar los papeles tradicionales.

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lunes, 23 de abril de 2007

Vladimir Radunsky
,
un ilustrador excelente, como se puede ver en El perrito creció, ha publicado hace poco El gran bazar, un producto que más que un álbum es una especie de divertimento del autor. En él se proponen actividades más o menos creativas: pintar bigotes a unas caras, ilustrar una historia, escribir un relato que se acomode con unas ilustraciones, preparar recortables... Sin duda puede haber quienes lo disfruten pero, en mi caso al menos, jamás se me ocurriría pagar dinero por un álbum así. (Y aprovecho la ocasión para rectificar una errata de Bienvenidos a la Fiesta, donde aparece Randunsky en vez de Radunsky).

Vladimir Radunsky. El gran bazar (Le grand bazar, 2006). Madrid: Kókinos, 2006; 100 pp.; trad. de Isabelle Torrubia; ISBN: 84-96629-04-X.

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domingo, 22 de abril de 2007

Antón Chéjov: «Odio la mentira y la violencia en todas sus formas. [...] El fariseísmo, la cerrazón y la arbitrariedad no sólo reinan en las casas de los comerciantes y en los calabozos; yo las intuyo también en la ciencia, en la literatura, entre los jóvenes... Por el mismo motivo no siento una predilección especial por los gendarmes ni por los carniceros ni por los científicos ni por los escritores ni por los jóvenes. Considero un prejuicio las insignias y las etiquetas. Mi sancta sanctorum es el cuerpo humano, la salud, el intelecto, el ingenio, la inspiración, el amor y la libertad absoluta; liberarme de la violencia y de la mentira bajo cualquier forma: ése es el programa al que me atendría si fuese un gran artista».

Antón Chéjov. Sin trama y sin final: 99 consejos para escritores.

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sábado, 21 de abril de 2007

En el capítulo IX de Un puente sobre el Drina, cuando comienza el año 1878, se introduce un personaje que dominará buena parte de la narración hasta el final: Alí-Hodja, un hombre joven y sanguíneo en aquella fecha, descendiente de quienes cuidaron la Hostería de Piedra durante siglos. Cuando, años adelante, la construcción del ferrocarril reduce mucho el tráfico a través del puente de piedra y acelera las vidas de la gente que le rodea, él «respondía malhumorado, a los que se felicitaban por la velocidad con que ahora podían zanjar sus asuntos, calculando las economías de tiempo y de dinero logradas, que lo que cuenta no es el tiempo que el hombre economiza, sino cómo emplea el tiempo economizado: si lo emplea para hacer el mal, valdría más que no dispusiese de él. Trataba de probar que lo principal no es ir deprisa, sino saber adónde se va y por qué, concluyendo que la velocidad no significa siempre una ventaja.

—Si vas al infierno, vale más que vayas despacio —decía, con amargura, a un joven comerciante—. Eres un imbécil si crees que el alemán ha gastado dinero y ha introducido máquinas solamente para que puedas viajar y resolver tus asuntos más deprisa. Tú ves únicamente que te desplazas, pero no te preguntas lo que la máquina arrastra consigo, aparte de ti y de tus semejantes. Eso no puede entrarte en la cabeza. Viaja, viaja por donde quieras, pero me temo que ese viaje puede proporcionarte uno de estos días alguna amarga decepción. Llegará el momento en que los alemanes te transportarán allá donde tú no querías ir y donde nunca habrías podido imaginar que podrías ir».

Ivo Andrić. Un puente sobre el Drina.

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viernes, 20 de abril de 2007

Como hace unas semanas hablé de un relato periodístico en cómic de Joe Sacco, hay quienes me recordaron otro sobre la guerra que hace unos años asoló la ex-Yugoslavia, titulado Gorazde, zona protegida. Sobre él diría lo mismo que ya comenté a propósito de su relato acerca de Palestina: aumenta un poco la comprensión de las cosas, muestra el poder del cómic, centra demasiado la historia en el propio periodista...

Y eso me trajo a la memoria una obra literaria poderosa que, cuando tuvieron lugar aquellos conflictos, recomendé con frecuencia: Un puente sobre el Drina, una novela firmada por Ivo Andrić, premio Nobel de 1961.

En la ciudad de Visegrad, Bosnia, el año 1566 se comenzó la construcción de un gran puente de piedra sobre el río Drina para comunicar los lados musulmán y cristiano de la ciudad y, con él, se construyó también la gran Hostería de Piedra para dar alojamiento a los viajeros. La narración cuenta multitud de historias que «presenció» el puente desde aquél año hasta su voladura durante la primera Guerra Mundial, y, al hilo de cada una, se van desgranando interesantes consideraciones de toda clase. Como esta: «A partir del momento en que un gobierno experimenta la necesidad de prometer a sus súbditos, por medio de anuncios, la paz y la prosperidad, hay que mantenerse alerta y esperar que suceda todo lo contrario».

Ivo Andrić. Un puente sobre el Drina (Na Drini Cuprija, 1945). Barcelona: Nuevas ediciones de Bolsillo, 2000; 499 pp.; col. Ave Fénix; trad. de Luis del Castillo Aragón, revisada por René Palacios More; ISBN: 84-8450-122-1.

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jueves, 19 de abril de 2007

Al mencionar hace unos días Reventones y Alambretes, de André Maurois, recordé una de las amenas y jugosas biografías que escribió: la del primer ministro inglés Disraeli, «una existencia de esperanzas fallidas y de energías desperdiciadas», si hemos de creer su propio juicio al final de su vida, y también un magnífico retrato de la época victoriana. Una de las anécdotas que se cuentan: el momento en el que Disraeli tomó la decisión de involucrar a su país en la construcción del canal de Suez y comunica a Rothschild que necesita cuatro millones de libras al día siguiente. «Rothschild, que se está comiendo unas uvas, toma un grano, escupe la piel y dice: “¿Qué garantía? —El Gobierno británico. —Las tendréis”».

André Maurois. La vida de Disraeli (La vie de Disraeli, 1927). Madrid: Palabra, 1997, 2ª ed.; 284 pp.; col. Ayer y Hoy de la Historia; trad. de Manuel Morera; ISBN: 84-7118-954-2.

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miércoles, 18 de abril de 2007

He visto Apocalypto, de Mel Gibson. Me ha parecido trepidante como película de aventuras pero me hubiera gustado más contención a la hora de mostrar la violencia, por más que la avalen testimonios históricos como el de Bernal Díaz del Castillo respecto a los aztecas.

Pero traigo aquí ese comentario para señalar su contraste con Taínos (Morning Girl), una novelita que firmó Michael Dorris y que tuvo un gran eco en los EE.UU., donde ganó multitud de premios. En ella se presentaban unos niños indígenas en un marco idílico y la llegada de los españoles con que terminaba la historia era un mal presagio. A la contra, en la película se nos habla de un mundo lleno de crueldad en el que la llegada de los españoles es un signo de un nuevo comienzo.

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martes, 17 de abril de 2007

A la derecha, una fotografía de Justino Diez de una escultura-homenaje que hay a la historia y a la película de El maravilloso Mago de Oz en Valladolid: una especie de andamio de cine con una casita en lo alto, el momento en que el vendaval se lleva la casa de Dorothy. Aunque a mí me gusta, pienso que no toda buena escultura pública es una buena escultura urbana, que una rotonda con mucho tráfico no es el sitio adecuado (mejor sería un parque, por ejemplo), y que los habitantes de la ciudad no están especialmente vinculados al libro de Baum o a la película basada en su obra. A mí me parece que es como dar un buen libro en un momento inoportuno a la persona inadecuada. Pero políticamente la cosa se puede plantear como una forma de introducir fantasía en la meseta castellana, o como una manera creativa de promover la lectura de libros menos conocidos. Ahora falta que las autoridades locales propongan a Kansas que dediquen allí una escultura o una calle a una obra de Delibes...

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lunes, 16 de abril de 2007

Otro libro tridimensional de Robert Sabuda, basado esta vez en El maravilloso Mago de Oz, de Frank Baum, y tan espectacular y atractivo como su versión de Alicia en el país de la maravillas.

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domingo, 15 de abril de 2007

Hablando de Bach, dice Coetzee que, «en un primer sentido, el clásico es aquel que supera los límites del tiempo, que retiene un significado para las épocas venideras, que vive. En un segundo sentido, una buena parte de la música de Bach pertenece a lo que vagamente se denomina “los clásicos”, la parte del canon de la música europea que aún se interpreta con relativa frecuencia en todo el mundo, aunque no demasiado a menudo ni ante auditorios particularmente masivos. El tercer sentido de “clásico”, el sentido que Bach no cumple, es que no pertenece al renacimiento de los denominados “valores clásicos” que dominó el arte europeo a partir del segundo cuarto del siglo XVIII».

Continuando con Bach, se pregunta luego que, como «la historia de la oscuridad y del silencio no es exactamente la historia de la verdad sino la historia de las capas depositadas en el transcurso de la historia», ¿cuáles son los límites de una relativización histórica de un clásico? Y se responde que «es posible mantener viva la música y que goce de buena salud en el marco de los círculos profesionales a pesar de que el público no sea consciente de ello, ni siquiera en el campo de las personas con formación». Por eso, afirma, «si hay algo que permita confiar en la condición de clásico de Bach es el proceso de prueba al que ha sido sometido dentro de los círculos profesionales». Y, continúa, «me atrevería a sugerir que clásico en música es aquel que emerge inerme del proceso de ser puesto a prueba día tras día». Este criterio «expresa confianza en la tradición de la prueba, una confianza en que los profesionales no dedicarán trabajo y atención, generación tras generación, a mantener piezas musicales cuyas funciones vitales han terminado».

J. M. Coetzee. Costas extrañas: ensayos, 1986-1999.

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sábado, 14 de abril de 2007

A propósito de las descripciones de la naturaleza explica Chéjov que «deben dejarse a un lado lugares comunes del tipo: “El sol poniente, sumergiéndose en las olas ya oscuras del mar, inundaba de un oro purpúreo, etc., etc.”, “las golondrinas, volando sobre la superficie del agua, piaban alegremente”». Un suceso de efecto fuerte, como un destello de relámpagos lejanos, basta «con recordarlo una sola vez, como de pasada, sin subrayarlo, de otro modo la impresión se debilita y se destruye el estado de ánimo del lector».

El autor ruso dice también que «hay que fijarse en los pequeños detalles y reagruparlos de tal manera que el lector, cerrando los ojos, vea el cuadro delante de él. Por ejemplo, podré comunicar la impresión de una noche de luna si escribo que en el dique del molino un casco de botella centelleaba como una radiante estrella y la sombra de un perro o de un lobo rodaba como una peonza, etc. La naturaleza aparece animada siempre que no se recurra a comparaciones entre sus manifestaciones y las acciones humanas».

En otro momento indica que se ha de evitar el antropomorfismo, asimilar la naturaleza al hombre, como cuando se afirma que «el mar respira, susurra, habla, está desconsolado, etc.; esas asimilaciones hacen las descripciones bastante monótonas, unas veces empalagosas y otras oscuras; en las descripciones de la naturaleza el color y la expresión se alcanzan sólo con la sencillez, con frases sencillas del tipo “el sol se puso”, “empezaba a oscurecer”, “llovía” y otras por el estilo».

Antón Chéjov. Sin trama y sin final: 99 consejos para escritores.

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viernes, 13 de abril de 2007

Explica Chesterton que un truco propio de la literatura sentimental es el de describir detalles tales como el de los ojos de la chica la primera vez que él la vio (a una distancia enorme, por cierto), el de mencionar el encanto de rasgos que nadie sabe muy bien qué significan como «el andar ligero»... Sin embargo, los grandes escritores actúan de otra manera: «Dante, al ver a su dama en las alturas, se sintió como un monstruo legendario que, al probar una comida extraña, se había convertido en un dios. Y Homero, que se contentó con dejarnos escuchar las quejas de los troyanos contra la causa de la guerra de Troya, y después el gran silencio, lleno de luz y comprensión, que se abatió sobre ellos cuando Helena se asomó a la muralla».

G. K. Chesterton. «Las convenciones de la novela», Correr tras el propio sombrero (On Lying in Bed and Other Essays). Barcelona: El Acantilado, 2005; 628 pp.; selección y prólogo de Alberto Manguel; trad. de Miguel Temprano García; ISBN: 84-96489-27-2. El artículo original está en All I Survey.

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jueves, 12 de abril de 2007

A propósito de algunas explicaciones psicológicas que salpican no pocos relatos, he aquí un comentario de Chéjov:

«Un psicólogo no debe pretender que entiende lo que no entiende. Es más, un psicólogo no debe dar la impresión de que entiende lo que nadie entiende. No seamos charlatanes y digamos con franqueza que en este mundo no se entiende nada. Sólo los imbéciles y los charlatanes creen comprenderlo todo».

Antón Chéjov. Sin trama y sin final: 99 consejos para escritores.

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miércoles, 11 de abril de 2007

Dice Dámaso Alonso: «Los antiguos conocían un secreto: que el arte omite siempre».

Y Adam Zagajewski: «Según cuentan, Stendhal dijo que la literatura es el arte de seleccionar y que su primer mandamiento es "laisser de côté", dejar de lado lo innecesario».

Y David Mamet: «Para mí lo que distingue realmente a un escritor serio de otro que no lo es, es su capacidad de prescindir de cosas».

Dámaso Alonso. Poesía española: ensayo de métodos y límites estilísticos.
Adam Zagajewski. La razón y las rosas, en En defensa del fervor (Obrona żarliwości, 2002). Barcelona: Acantilado, 2005; 215 pp.; trad. de J. Sławomirski y Anna Rubió; ISBN: 84-96489-15-9.
La frase de David Mamet está en el libro de José María Aresté, Escritores de cine (2007). Barcelona: Espasa, 2007; 447 pp.; col. Espasa Hoy; ISBN: 84-670-2305-8.

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martes, 10 de abril de 2007

Acabo de leer los libros de Marianne Curley titulados El círculo de fuego y la trilogía LOS GUARDIANES DEL TIEMPO. Como son bastante flojos hay quienes me preguntan cómo es posible que triunfen...

Pero yo no tengo la respuesta, aunque sí se me ocurre al respecto que también yo leí con pasión las novelas de aventuras de Karl May y Emilio Salgari, y sólo cuando volví a ellos muchos años después me di cuenta de sus numerosos fallos. Es decir, creo que a nadie debería sorprenderle que un lector joven lea y disfrute obras que, con criterios de calidad, valen poco.

Supongo, por tanto, que la cuestión tiene bastante que ver con el «quidquid recipitur ad modum recipientis recipitur»: con que hay un tipo de libros que alguien joven lee siempre con interés; con que si alguien disfruta con libros pobres es que ha recibido una formación literaria deficiente... Ahora bien, tampoco hay que descartar que algunos lectores, incluso aunque alguien les haya puesto en contacto con las mejores obras y les haya enseñado a distinguir por qué unas son mejores y otras peores, sigan leyendo relatos malos con entusiasmo. Por un lado, las adicciones son así. Por otro, yo conozco adultos (con grandes cualidades) que sólo leen thrillers o ven películas (que yo considero) de ínfima calidad; y yo mismo prefiero escuchar canciones country o rock que son incomparables con grandes obras clásicas. Por otro, a veces es necesario que pase tiempo...

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lunes, 9 de abril de 2007

Enganchando con una nota de hace unos días, un excelente álbum: El astrónomo, de Loren Long, a partir del poema de Walt Whitman «When I heard the learn'd astronomer...».

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domingo, 8 de abril de 2007

«A veces una enunciación contundente arroja una luz más deslumbrante que un discurso más complejo. Por ejemplo, cuando Baudelaire dice que “la verdadera cultura no consiste en el gas, ni en el vapor, ni en cualquier otro invento, consiste en disminuir los efectos del pecado original”. O cuando dice Flaubert que las edades de la humanidad han sido paganismo, cristianismo e idiotismo; y Eliot cuando avisa que de que “el humanismo es una ilusión porque desconoce que los hombres no soportan mucha realidad”. Son contundencias que revelan una verdad radical. Luego puede tomarse esa verdad con las precauciones o disimulos o torcimientos que se quiera, pero así son las cosas».

Un día como hoy, a ese texto de José Jiménez Lozano en Advenimientos, yo le añadiría otra cita más, tomada de la carta primera de San Pablo a los Corintios: «si Cristo no ha resucitado, inútil es nuestra predicación, inútil es también vuestra fe. (...) Y si tenemos puesta la esperanza en Cristo sólo para esta vida, somos los más miserables de todos los hombres».

José Jiménez Lozano. Advenimientos (2006). Valencia: Pre-Textos, 2006; 215 pp.; col. Narrativa Contemporánea; ISBN: 84-8191-770-2.

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sábado, 7 de abril de 2007

Adam Zagajevski: «A la pregunta de si la música europea tiene un centro, si, en otras palabras, hay alguna obra o un fragmento que sea el corazón “absoluto” de la música, B. respondió: Sí, por supuesto, el aria “Erbarme Dich” de la Pasión según san Mateo, de Bach».

Adam Zagajevski. En la belleza ajena.

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viernes, 6 de abril de 2007

En su relato El estudiante, Chejóv cuenta el día en que Iván Velikopolski, seminarista e hijo del sacristán, vuelve a casa un día de frío, Viernes Santo. «A su alrededor todo estaba desierto y mostraba un aspecto especialmente sombrío». Piensa en la pobreza y el hambre y la ignorancia y la soledad y el sentimiento de opresión de los campesinos, existente desde siempre «y aunque pasaran otros mil años la vida no mejoraría». Pasa junto a unas mujeres que se calientan en una hoguera. Y, al arrimarse también él para calentarse, comenta cómo en una noche igual a esa el apóstol Pedro también se calentó las manos..., y recuerda su negación de Jesucristo. Observa entonces cómo las mujeres se conmueven. Luego se marcha y empieza a pensar que si se han conmovido no fue porque él lo hubiera contado muy bien, sino por la relación que aquel episodio tenía con el presente. «Una súbita alegría agitó su alma (...). El pasado, pensaba, estaba al ligado al presente por una cadena ininterrumpida de acontecimientos que se sucedían. Y tenía la sensación de que acababa de ver los dos extremos de esa cadena: al tocar uno de ellos, había vibrado el otro». Y, más tarde, «pensaba que la verdad y la belleza, que habían guiado la vida humana en el huerto y en el patio del sumo pontífice y habían perdurado de manera ininterrumpida hasta el día presente, constituirían por siempre lo más fundamental de la vida humana y de todo cuanto había sobre la tierra. Un sentimiento de juventud, de salud y de fuerza —sólo tenía veintidós años— y una dulce e inefable esperanza de felicidad, de una misteriosa y desconocida felicidad, se apoderaron poco a poco de él, y la vida se le antojó maravillosa, encantadora, imbuida de un elevado sentido».

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jueves, 5 de abril de 2007

Jiménez Lozano: «Bocherini (...) escribía Laus Deo en todos sus manuscritos de música, incluidos, por lo tanto, los de divertimento, naturalmente. Los historiadores de la música, o quienes presentan una obra suya, suelen decir, por esto, que era un hombre particularmente piadoso; pero no se deduce necesariamente. Quizás no encontraba a nadie mejor a quien dedicárselo, o nadie que lo pudiera juzgar mejor, o a quien pudiera agradar más. Quizás era puro realismo el suyo».

José Jiménez Lozano. Los cuadernos de letra pequeña.

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miércoles, 4 de abril de 2007

En la línea de recordar relatos antiguos de autores de prestigio, como el de ayer o los citados la semana pasada de Virginia Woolf y de Henri Bosco, otro del que por ahora no se ha hecho una nueva edición, es Reventones y alambretes, de André Maurois. Este simpático relato, escrito poco después de la segunda Guerra Mundial, habla con buen humor de la fuerza de los prejuicios, y de las tonterías en las que a veces se basa la animadversión entre los pueblos y que desencadenan conflictos que luego todos lamentamos.

Los protagonistas son los hermanos Doble, Edmundo y Teodorico, de nueve y diez años. El primero es muy gordo y entusiasta de las comidas, como la madre, y el segundo es muy delgado, como el padre. Se pelean continuamente pero se quieren mucho. En una excursión al campo descienden por una misteriosa escalera y llegan a un mundo dividido en gente de dos tipos, los Reventones y los Alambretes, cuyas diferencias son irreconciliables y están en conflicto debido a la isla de Revembrete: sería peligroso para los Alambretes si perteneciese a los Reventones y al revés; además, unos quieren que se llame Alanventón y otros que se llame Revembrete.

Con la misma intención que tuviera Erich Kästner cuando escribió por las mismas fechas La conferencia de los animales, Maurois intentó enviar un mensaje de paz y convivencia, elogiar la diversidad de los modos de ser y actuar, y formular su esperanza de que una nueva generación fuera más sensata.

André Maurois. Reventones y alambretes (Patapoufs et Filifers, 1948). Barcelona: Labor, 1986, 4ª ed.; 134 pp.; col. Labor Bolsillo Juvenil; ilust. de Fritz Wegner; trad. de Inocencio Tejedor; ISBN: 8433584138.

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martes, 3 de abril de 2007

Cómo se salvó Wang-Fó
es un antiguo relato de Marguerite Yourcenar que había publicado hace años Alfaguara, y que ha vuelto en una cuidada edición de Gádir que, además, cuenta con unas luminosas ilustraciones de Georges Lemoine.

Su protagonista es el anciano pintor Wang-Fó, un hombre con la capacidad de comunicar vida a lo que pinta. Cuando, un día, él y su discípulo Ling son conducidos al palacio imperial a presencia del Hijo del Cielo, este le reprocha que, al crecer aislado y en un palacio adornado por sus bellas pinturas, luego aborreció la realidad gris que fue conociendo. Además le dice que también envidia su capacidad de hacerse amar por la gente. Por esas razones lo condena pero no sin que, antes, termine una pintura inacabada.

Historia que Yourcenar extrajo de uno de los Cuentos orientales que había compuesto a partir de viejos cuentos chinos. Es un relato poético cuya resolución es un tanto escapista y se ve venir, pero que interesa igualmente por estar muy bien contada y porque sirve para reflexionar sobre la belleza del arte y su doble capacidad de ocultarnos o de ayudarnos a ver la realidad.

Marguerite Yourcenar. Cómo se salvó Wang-Fó (Wang-Fó fut sauvé, 1938, revisada en 1963). Madrid: Alfaguara, 1987; 32 pp.; col Juvenil Alfaguara; ilust. de Verónica Rubio; trad. de Emma Calatayud; ISBN: 8420445169. Nueva edición en Madrid: Gádir, 2006; 55 pp.; ilust. de Georges Lemoine; trad. de Emma Calatayud; ISBN: 84-935237-3-9.

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lunes, 2 de abril de 2007

Un buen álbum de argumento inusual: Zap, un pez pintado, de Paz Rodero y José Morán. Su protagonista es un pequeño pez pintado «que curioseaba por todas partes buscando quién sabe qué», y sube a la superficie para seguir investigando. Entonces descubre que su inmenso mar no es más que una pequeña pecera y desea fuertemente salir de la pecera. Pero, cuando su deseo se cumple, sigue haciéndose preguntas...

Las vistosas y bien compuestas ilustraciones, bien integradas con el texto, lucirían más en una edición de formato grande. El toque posmoderno de ver al propio pintor pintando viene obligado esta vez por un argumento que va más lejos de lo normal en este tipo de relatos pues el pequeño Zap se plantea cuestiones de altura: «¿Y si el Universo era un simple decorado pintado, como la pecera, o el dedo, o la niña que leía un libro sobre un pez llamado Zap?», y... «¿quién había pintado a Paz la pintora?». La resolución se acomoda bien a la realidad: hay cuestiones difíciles de comprender para un pequeño pez pintado...

Paz Rodero. Zap, un pez pintado (2007). Texto de José Morán. Madrid: San Pablo, 2007; 56 pp.; ISBN: 84-285-3031-9.

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domingo, 1 de abril de 2007

Dice Chéjov: «La naturaleza humana es imperfecta, de modo que sería extraño que sobre la faz de la tierra sólo hubiera hombres justos. Creer que el objetivo de la literatura consiste en separar “el grano” de la paja de los granujas significa negar la literatura misma. La literatura artística se llama así precisamente porque pinta la vida como es en realidad. Su fin es la verdad incondicional y honrada».

Y en otro momento: «Nunca se debe mentir. El arte tiene está grandeza particular: no tolera la mentira. Se puede mentir en el amor, en la política, en la medicina; se puede engañar a la gente, incluso a Dios; pero en el arte no se puede mentir».

Antón Chéjov. Sin trama y sin final: 99 consejos para escritores (Senza trama e senza finale: 99 consegli di escritura, 2002). Barcelona: Alba, 2005; 103 pp.; col. Alba clásica; edición de Piero Brunello; trad. de Víctor Gallego Ballestero; ISBN: 84-8428-253-8.

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