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Notas de abril de 2009 :: bienvenidosalafiesta ::    
bienvenidos a la fiesta
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jueves, 30 de abril de 2009

Años sesenta, Estados Unidos. El mundo editorial descubre al público juvenil como filón y objetivo de sus estrategias comerciales. Por primera vez el gobierno norteamericano destina fondos para dotar bibliotecas, con gran satisfacción de las editoriales. En los colegios empieza la presión para que se recomienden libros actuales —los chicos no leen, los clásicos son aburridos, etc., ese discurso que tantos repiten porque les parece natural pero que tiene mucho de inducido, sobre todo cuando la conclusión es «démoles libros de ahora»—. Son años de protesta juvenil. Triunfa West Side Story. En ese ambiente llegó un libro: Rebeldes, de Susan Hinton. El éxito que obtuvo, aunque por encima de su mérito literario, se apoyaba en otros méritos reales: la escritora tenía entonces diecisiete años, conocía el tema del que hablaba —peleas entre bandas juveniles—, y supo contarlo bien, con una mezcla equilibrada de crudeza y de poesía, y con un sentimentalismo disculpable. Aun pasarían unos años hasta que Coppola convirtiera la historia en una película.

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miércoles, 29 de abril de 2009

La serie de novelas a las que pertenece La Casa de la Pradera, de Laura Ingalls Wilder, son buenos relatos acerca del Oeste norteamericano tal como lo vivieron algunos pioneros o, si se quiere, tal como lo recordaron sus descendientes. Hay relatos con otras perspectivas, que más adelante incluiré, pero estos son excelentes y, para juzgarlos, conviene no guiarse por el recuerdo de la serie televisiva de los ochenta. Ahora que Noguer vuelve a editar libros de su catálogo, esperemos que le llegue pronto el turno a estos.

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martes, 28 de abril de 2009

Aprovecho que acabo de ver, en una librería, una edición reciente de Canciones de nana y desvelo, de Carmen Conde, para incluir una breve reseña de ese libro y de otras antologías de Gabriela Mistral, dos poetas de referencia en la literatura infantil en castellano.

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lunes, 27 de abril de 2009

Nuevo álbum de Serge Bloch y Davide Cali: El enemigo. Dentro de los que, de un modo u otro, tratan sobre la guerra o, mejor, sobre sentimientos humanos en la guerra, ocupará un buen lugar no tanto por su argumento, que aunque sea bueno ya suena conocido, como por la original y sutil realización gráfica.

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domingo, 26 de abril de 2009

Dos textos que me gustan.

Uno de Stevenson: «La verdadera sabiduría es saber estar siempre acordes con nuestra edad y cambiar de buen talante según las circunstancias van cambiando».

Otro de Jean Guitton: «Debemos pensar la existencia como estando jerarquizada, guardando siempre el sentido de los órdenes encadenados uno con otro y los sacrificios obligatorios. No se puede saber todo, hacer todo y decir todo. No se pueden tener las ventajas del ocio y las de la gloria, las del poder y las de una buena oposición (...), las del laico y las del clérigo, las de una salud fuerte y las de una endeble. Y cuanto más ascendemos más es necesario elegir no saber, no hacer, no escuchar, no recibir tampoco ni esperar...».

R. L. Stevenson. Virginibus puerisque y otros ensayos (Virginibus puerisque and Other Papers). Madrid: Alianza, 1994; 232 pp.; col. El Libro de Bolsillo; trad. de Eulalia Galvarriato; ed. de José Polo y Ana Pinto; ISBN: 84-206-0664-2.
Jean Guitton. Aprender a vivir y a pensar (Aprendre à vivre et à penser, 1957). Madrid: Encuentro, 2006; 95 pp.; col. Bolsillo; trad. de Javier Martín; ISBN: 84-7490-799-5.

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sábado, 25 de abril de 2009

En su Autobiografía, redactada poco antes de morir y publicada póstumamente, Chesterton vuelve sobre las mismas cuestiones que trató en Ortodoxia, siguiendo esta vez un hilo más o menos cronológico, pero aportando muchas opiniones sobre distintas personas y cuestiones. Entre otras, hace observaciones de interés acerca de sus propios libros, que pueden ayudar a comprender un poco mejor su pensamiento.
También se pone de manifiesto su gran sentido de la amistad y su caballerosidad alegre, aunque mantenga siempre intacta su libertad de juicio para decir lo que le parece. En este sentido, de su Autobiografía, como de los libros que recopilan artículos y ensayos, se deduce lo que siempre subrayan sus biógrafos: Chesterton sabía discutir o disentir con amabilidad y categoría intelectual, un rarísimo arte que, por lo que se ve, también dominaban algunos de sus antagonistas como Wells —«uno de los hombres más divertidos para compartir una broma», un tipo en estado de reacción excesiva o, «para emplear el nombre que más le podría fastidiar, un reaccionario permanente»—, o como Shaw —un personaje que «está mejor cuando se siente antagonista. Podría decir que cuando se equivoca es cuando está mejor. Podría añadir también que generalmente se equivoca. O, más bien, que todo en él es equivocado, excepto su propia persona»—.

Por supuesto, no faltan sus características digresiones en las que se revela su gran capacidad dialéctica. En particular, aconsejo al lector que preste atención a sus lúcidas consideraciones acerca del culto moderno al niño; o acerca de las misteriosas transformaciones que sufre un niño cuando entra en la adolescencia y que le hacen pasar de un estado en que quiere aprenderlo casi todo a un estado posterior en el que quiere no saber nada. Otro ejercicio útil es poner en un contexto actual las consideraciones que hace después de la primera guerra mundial: que la única guerra que se puede admitir es una guerra de defensa, que la clase de guerra que merece su desprecio es la que se dirige a dominar pequeñas naciones para controlar su petróleo o su oro, y que sin embargo puede comprender una guerra cuando el destino moral de la humanidad está en juego.

En esta obra se ven muy bien las razones por las que Chesterton fue y sigue siendo tan querido: era literario en el sentido de que no caía nunca en un didactismo insultante para el lector, argumentaba sus posiciones con brillantez y sentido del humor, y a la vez era claro al manifestar sus opiniones y convicciones. Un párrafo lo autorretrata: «Como apologista soy lo contrario de apologético. En tanto que un hombre puede estar orgulloso de una religión arraigada en la humildad, estoy muy orgulloso de mi religión; estoy especialmente orgulloso de aquellas partes que suelen llamarse vulgarmente superstición. Estoy orgulloso de verme trabado por dogmas anticuados y esclavizado por credos profundos (...), pues sé muy bien que son los credos heréticos los que han muerto y que sólo el dogma razonable vive lo bastante para que se le llame anticuado. Estoy muy orgulloso de lo que la gente llama clericalismo; puesto que hasta ese término accidental de insulto conserva la verdad medieval de que un sacerdote, como cualquier otro hombre, debía de ser un clérigo. Estoy muy orgulloso de lo que la gente llama Mariolatría, porque ha introducido en la religión durante las edades más oscuras, ese elemento de caballería que ahora se interpreta mal y de manera trasnochada, como feminismo. Me enorgullezco de ser ortodoxo acerca de los misterios de la Trinidad y de la Misa; estoy orgulloso de creer en la Confesión; estoy orgulloso de creer en el Papa».

Notas en las que aparecen textos tomados de este libro son: Viajeros y excursionistas.

G. K. Chesterton. Autobiografía (Autobiography, 1936). Buenos Aires: Espasa, 1939; 311 pp.; prólogo y trad. de Antonio Marichalar. Nueva edición en Barcelona: Acantilado, 2003; 437 pp.; trad. de Olivia de Miguel; ISBN: 84-96136-25-6.

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viernes, 24 de abril de 2009

He pasado un buen rato con Mendel el de los libros, un relato cortito de Stefan Zweig. Su protagonista es Jakob Mendel, un judío de Galitzia que, siendo joven, «había venido del este a Viena a estudiar para rabino, pero pronto había abandonado al riguroso Dios único, Jehovah, para entregarse al politeísmo brillante y multiforme de los libros. Por entonces había encontrado el café Gluck, que poco a poco se convirtió en su taller, en su cuartel general, en su puesto de trabajo, en su mundo. Solitario como un astrónomo que en su observatorio contempla cada noche, por la diminuta abertura de su telescopio, las miríadas de estrellas, sus misteriosas evoluciones, su cambiante confusión, cómo desaparecen y vuelven a encenderse, Jakob Mendel miraba a través de sus gafas y desde aquella mesa cuadrada ese otro universo de los libros, que asimismo gira eternamente y renace transformado, aquel mundo sobre nuestro mundo». El narrador cuenta cómo conoció a Mendel, un «fenómeno bibliográfico», «un catálogo universal sobre dos piernas», y qué fue de su vida. Los próximos fanáticos de los libros, ¿existirán?, ¿cómo serán?

Stefan Zweig. Mendel el de los libros (Buchmendel, 1929). Barcelona: Acantilado, 2009; 57 pp.; col. Cuadernos; trad. de Berta Vias Mahou; ISBN: 978-84-96834-90-3.

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jueves, 23 de abril de 2009

Después de mencionar a Blyton, una escritora muy diferente: la brasileña Lygia Bojunga Nunes Si a Blyton no le importan los conflictos sociales ni los problemas dramáticos que puedan tener los niños, a Nunes sí le importan mucho y, mientras que a la inglesa le interesa entretener a sus lectores, ella busca concienciarlos y por eso sus temas a veces resultan incómodos. Sea como sea, son libros serios en su intención, literariamente cuidados, y agudos en su presentación de algunas cuestiones. Me doy cuenta de que la contraposición entre las dos escritoras es un tanto artificial pero sirve como presentación periodística de un contraste típico entre dos formas de concebir la literatura infantil y juvenil: a mí me parecen necesarias ambas.

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miércoles, 22 de abril de 2009

Me han preguntado algunas veces por qué no está Enid Blyton en esta página y la respuesta es fácil: porque voy poco a poco introduciendo autores y libros y no le había buscado hueco hasta el momento. Hace años leí con gusto muchos libros suyos y, en los últimos años, he vuelto a leer algunos y he intentado recoger opiniones de sus «lectores naturales» para ver si su tirón seguía siendo el mismo. Mi opinión actual, la que pongo en la reseña, es que sus libros siguen enganchando a muchos lectores hoy, lógicamente no tanto como en el pasado cuando su dominio era hegemónico (al menos en algunos ambientes), y que son bastante más eficaces y están bastante mejor construidos que otras novelitas de pandilla que resuelven intrigas misteriosas, y que supuestamente son más actuales. Incluso la misma lejanía en el tiempo que se percibe al leerlos ahora también actúa como una especie de conservante de su sabor.

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martes, 21 de abril de 2009

Un autor optimista: William Steig. No conozco edición en España, sí edición en español, de Sylvester and the Magic Pebble, un relato-álbum divertido y bien armado que fue polémico cuando se publicó en 1969 por la caracterización que hace de los policías, ni tampoco de Irene la valiente, también un álbum-relato estupendo. Algunos libros de Steig como los mencionados se caracterizan, más que muchos otros, por ser híbridos entre álbumes y relatos basados sólo en las palabras: como álbumes, porque cuentan la historia con las imágenes y hay cosas que dicen las ilustraciones pero las palabras no mencionan; como relatos basados en la narración con palabras, porque se juega mucho con que hay cosas importantes que no se ilustran pero sí se dicen.

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lunes, 20 de abril de 2009

Incorporo los datos de nuevas ediciones de La grúa y El grúfalo, y, sobre todo, la traducción al castellano de un clásico de Paul Rand y Ann Rand: Sé muchas cosas.

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domingo, 19 de abril de 2009

Uno. Auguste Dupin, el detective creado por Edgar Allan Poe, «es antes que nada un gran lector, un nuevo tipo de lector (...). Como en Hamlet, como en Don Quijote, la melancolía es una marca vinculada en cierto sentido a la lectura, al exceso de los mundos irreales, a la mirada caracterizada por la contemplación y el exceso de sentido. Pero no se trata de la locura, del límite que produce la lectura desde el ejemplo clásico del Quijote, sino de la lucidez extrema. Dupin es la figura misma del gran razonador. La lectura no es aquí la causa de la enfermedad, o su signo; más bien toma la forma de una diferencia, de un rasgo distintivo; parece más un efecto de la extrañeza que su origen». Dupin es «el que sabe ver (lo que nadie ve). O, mejor, el que sabe leer lo que es necesario interpretar, el gran lector que descifra lo que no se puede controlar».

Otro. En Anna Karenina, Tolstoi «construye la imagen de lo que podríamos llamar la lectora de novelas que descifra su propia vida a través de las ficciones de la intriga, que ve en la novela un modelo privilegiado de experiencia real. Se manifiesta así una tensión entre la experiencia propiamente dicha y la experiencia de la lectura. Y entonces aparece el bovarismo, la ilusión de realidad de la ficción como marca de lo que falta en la vida. Se va de la lectura a la realidad o se percibe la realidad bajo la forma de la novela, con esa suerte de filtro que da la lectura».

Ricardo Piglia. El último lector (2005). Barcelona: Anagrama, 2005; 190 pp.; col. Narrativas hispánicas; ISBN: 84-339-6877-7.

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sábado, 18 de abril de 2009

En la conclusión de El hombre eterno, Chesterton se refiere al libro que pretende criticar y rebatir: Un esbozo de la Historia (Outline of History), de H. G. Wells. Allí señala que si un esbozo es «una especie de perfil que puede llegar a constituir una única línea, como en una caricatura donde las características que sobresalen dan forma a la simplicidad de la silueta», el libro de Wells no se puede considerar un esbozo porque no hay en él «una correcta proporción entre lo cierto y lo incierto, lo que juega un papel importante y lo que no tiene relevancia, lo normal y lo extraordinario». Más aún, sigue Chesterton, «no creo que sea el reflejo más auténtico del pasado afirmar que la Humanidad se desvanece en la naturaleza, que la civilización se diluye en la barbarie, que la religión se funde con la mitología, o que nuestra propia religión se confunde con las religiones del mundo. En pocas palabras, no creo que la mejor manera de hacer un esbozo sea borrar las líneas».

Por el contrario, en la visión de la historia que Chesterton presenta en dos partes, tituladas «Sobre la criatura llamada hombre» y «El hombre llamado Cristo», se dibuja con claridad la gran línea de que, «en la misma forma de las cosas, hay algo más que el mero crecimiento natural: hay una finalidad» y, por tanto, detrás hay un creador; y no sólo eso sino que, además, ese misterioso creador del mundo lo ha visitado en persona. Para desarrollar sus argumentaciones Chesterton recurre a sus abundantes armas dialécticas y a su gran dominio de la historia cultural y de las ideas, como se aprecia sobre todo en su poderoso análisis sobre lo que significaron la cultura griega y el imperio romano. El resultado es un libro que también descubre las razones del atractivo de Chesterton: no sólo la contundencia respetuosa de su exposición sino también su modo literario de presentar las cosas, con acentos de sugerencia y descubrimiento.

En el comienzo, Chesterton se dirige al «peor juez de todos», al hombre más dispuesto a juzgar: «el cristiano escasamente formado, que gradualmente se convierte en agnóstico agresivo, para terminar en una animadversión de la que nunca entendió el principio; frustrado por una especie de heredado aburrimiento hacia no se sabe qué, y cansado de oír lo que nunca ha escuchado». Para que pueda ver a la Iglesia en perspectiva y no deformadamente, le sugiere a ese lector un esfuerzo imaginativo: intentar verla desde fuera, como si el cristianismo fuera una doctrina oriental (lo que por otro lado es), para que compruebe que así las cosas que se ven desde fuera coinciden con lo que se dice desde dentro.

Al hilo de su argumentación va recordando cosas que deberían ser elementales pero que, sin embargo, se olvidan con facilidad: —que la Iglesia se justifica no porque sus hijos no pequen sino precisamente porque lo hacen; —que al dejar de creer en el alma se deja de creer en la mente; —que el verdadero pesimismo «no consiste en cansarse del mal sino del bien» y que «la desesperanza no reside en el cansancio ante el sufrimiento sino en el hastío de la alegría»; —que «se necesita una verdad para crear una tradición» y «se necesita una tradición para crear una convención»; —que toda mitología es una búsqueda y que no es que difiera de la religión y de la realidad, sino que es otra realidad igual que «un cuadro puede parecer un paisaje pero es un cuadro», etc.

Al final, Chesterton incluye unos apéndices para precisar afirmaciones de su libro y en ellos también deja claro lo consciente que era de los límites de su obra: «En cierto sentido este estudio tiene la intención de ser superficial. Es decir, no está concebido como un estudio de cosas que necesitan ser estudiadas. Es más bien un recordatorio de cosas que se ven con tanta rapidez que prácticamente se olvidan con la misma celeridad. La moraleja de este libro, según una forma de hablar, es que los primeros pensamientos son los mejores, de la misma forma que un resplandor nos podría revelar la existencia de un paisaje, con la torre Eiffel o el Cervino alzándose sobre él, como nunca volvería a alzarse a la luz del día».

Con esta perspectiva, que no niega la necesidad de profundizar más, para mí y muchos lectores es claro que Chesterton consigue su propósito: «sugerir que el cristianismo, apareciendo en medio de la sociedad pagana, tenía todo el carácter de algo único e incluso sobrenatural», indicar que «no se parecía a las demás realidades y que, cuando más lo estudiamos, menos parecido le encontramos», apuntar que ninguna otra explicación del mundo en que vivimos tiene tanto sentido como la cristiana.

Notas en las que aparecen textos tomados de este libro son: Extremos que se tocan, El humo de la explosión, Un puente y no una ruptura.

G. K. Chesterton. El hombre eterno (The Everlasting Man, 1925). Madrid: Cristiandad, 2004; 348 pp.; trad. de Mario Ruiz Fernández; ISBN 10: 84-7057-488-4. Hubo una edición anterior en Obras completas, tomo I; Barcelona: Plaza & Janés, 1967; de la p. 1445 a la p. 1674 de 1676 pp.; trad. de Fernando de la Milla.

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viernes, 17 de abril de 2009

No recomendaría Un chiquillo y otros más que a quienes ya son buenos conocedores de Henry James. El libro, iniciado con la intención de componer un recuerdo de su hermano William James, se transformó en unas memorias de infancia del propio Henry en busca de mostrar cómo nacieron y se desarrollaron sus intereses literarios y artísticos. Lo cierto es que acaba resultando arduo y que muchas digresiones tienen poco atractivo salvo, para la clase de lector que soy yo, algunas consideraciones acerca de la influencia que tuvieron en él autores como Dickens o acerca del entusiasmo que le provoca Töpffer, algunas observaciones al paso como la de que para él Londres le recordaba más a William Hogarth que a George Cruikshank, y, sobre todo, las referencias que hace a la educación que les dio su padre, a quien lo único que le importaba es que no fuera mogigato: «solo le importaba la virtud que más o menos se avergonzaba de su nombre», tenía «el más fuerte instinto para lo humano y el más vivo rechazo hacia lo literal».

A quien tenga interés en los hermanos James, le gustará conocer «Para que sirven los novelistas», un artículo en el que Chesterton los compara y dice: «Me parece que donde falló William James es exactamente donde triunfó Henry James: al crear con sombras suaves y casos dudosos todo un argumento. Eso puede hacerse muy bien en una novela, pues sólo exige ser excepcional. No puede hacerse en la filosofía, pues debe exigir ser universal. El pragmatismo [de William James] falla porque es un cosmos hecho de retazos. Pero los cuentos son mejores si se los hace de retazos, especialmente cuando son muy extraños». Es decir, «el error de William James reside en que no puso, como su hermano, sus ideas en novelas, donde tal oportunismo es muy apropiado. Trató de crear un sistema cósmico con esos accidentes y ese oportunismo, y el sistema no es sistemático. La comparación sugiere que los novelistas, después de todo, pueden tener cierta utilidad».

Henry James. Un chiquillo y otros (A Small Boy and Others, 1913). Valencia: Pre-Textos, 2000; 376 pp.; col. Narrativa Clásicos; prólogo, trad. y notas de José Manuel Benítez Ariza; ISBN: 84-8191-331-6.
G. K. Chesterton. «Para qué sirven los novelistas». El hombre común y otros ensayos sobre la modernidad (The Common Man, 1950). Buenos Aires: Lohlé-Lumen, 1996; 240 pp.; no conozco el traductor; ISBN: 950-724-589-8. En librodot.com.


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jueves, 16 de abril de 2009

Cuando leí Mao y yo recordé dos libros sobre la misma época.

Uno, La chica del pañuelo rojo, de Jili Jiang, que se puede considerar literatura juvenil, por lo que tiene de testimonio de una niña y por su carácter de introducción a obras mayores.

Otro, el famoso Cisnes salvajes, donde su autora, Jung Chang, cuenta la vida en China en el siglo XX a través de la historia de tres mujeres: su abuela, su madre y ella misma. La narración se desarrolla desde 1909, fecha del nacimiento de su abuela en una China feudal, hasta que, sesenta y nueve años después, su nieta abandona el país para cursar estudios en Londres. En medio del relato, ágil, vivo y con momentos de gran dureza, abundan consideraciones de sentido común —«no tardé en descubrir que el aburrimiento podía ser tan agotador como el trabajo más duro»—; de sana rebelión —«podía comprender la ignorancia, pero me negaba a aceptar su glorificación y mucho menos su autoridad»—; de intuición inteligente —«me sentí como las ranas del pozo en una leyenda china, quienes afirmaban que el tamaño del cielo era el de la redonda abertura del redondel»—.

Jung Chang. Cisnes salvajes (Wild Swans, 1991). Barcelona: Circe, 2003, 17ª impr.; col. Biografía Circe; trad. de Gian Castelli Gair; ISBN 10: 84-7765-073-X.

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miércoles, 15 de abril de 2009

Una sucesora de Edith Nesbit en Inglaterra, que no alcanza su altura pero que merece ser recordada: Pamela Lyndon Travers, la autora de Mary Poppins, un ejemplo más de cómo una película famosa puede oscurecer y deformar un libro valioso.

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martes, 14 de abril de 2009

Como el origen del humor que llamamos nonsense lo solemos poner en autores como Edward Lear y Lewis Carroll, y como una buena parte de sus representantes más conocidos son de habla inglesa, es fácil dejar de lado a grandes escritores del género en otros idiomas. Por eso conviene recordar, entre otros, a dos hermanos checos: Josef ČAPEK y Karel ČAPEK.

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lunes, 13 de abril de 2009

Hay álbumes que no pasarán a la historia pero que están bien hechos y cumplen sus funciones de atraer, entretener y avivar la imaginación. Un ejemplo es El gran libro de los regalos mágicos, un álbum simpático en el que tres ilustradoras combinan su imaginación y su talento para presentar distintas posibilidades (que a pesar de la sugerencia visual de la cubierta no hay por qué limitar a una época como la navideña). En la izquierda va un texto breve y en la derecha la imagen que lo ilustra. Por ejemplo: una barra de bomberos para bajar en un segundo de tu cuarto al salón, una sortija que cambia de color cuando va a cambiar el tiempo, un pasadizo secreto que se adapta a cualquier pared, un equipo de duendes cocineros para preparar la cena, una poción que da a todos los platos el sabor que tú elijas, una mesilla de noche come-monstruos, un balón de fútbol que no rompe nada, etc.

Nathalie Choux, Mandana Sadat, Rémi Saillard. El gran libro de los regalos: los regalos que más te harán soñar son los que no existen (L’incroyable catalogue de Noël, 2007). Madrid: SM, 2008; 90 pp.; trad. de Teresa Tellechea; ISBN: 978-84-675-2909-8.

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domingo, 12 de abril de 2009

Dos textos de Claudio Magris que me gustan.

Uno. «El maestro es tal porque, aun afirmando sus propias convicciones, no quiere imponérselas a su discípulo; no busca adeptos, no quiere formar copias de sí mismo, sino inteligencias independientes, capaces de ir por su camino. Es más, es un maestro sólo en cuanto que sabe entender cuál es el camino adecuado para su alumno y sabe ayudarle a encontrarlo y a recorrerlo, a no traicionar la esencia de su persona». Un verdadero maestro nunca se deja llevar por «la retórica de la transgresión tan cara a los espíritus banales, que creen afirmar su propia originalidad tirando desperdicios por la ventanilla sólo porque lo prohíbe un rótulo», y sabe tratar a sus alumnos «sin altivez ni miramiento, corrigiéndoles y haciéndose corregir por ellos, sin buscar la falsa confianza que impide dicha relación».

Dos. «Contar con auténticos maestros es una suerte extraordinaria, pero también es un mérito, porque presupone la capacidad de saberles reconocer y saber aceptar su ayuda; no sólo dar, también recibir es un signo de libertad, y un hombre libre es quien sabe confesar su debilidad y coger la mano que se le ofrece».

Claudio Magris. «Maestros y alumnos». Utopía y desencanto – Historias, esperanzas e ilusiones de la modernidad (Utopia e disincanto. Storie, speranze, illusioni del moderno, 1999). Barcelona: Anagrama; 1999; 364 pp.; col. Argumentos; trad. de J. A. González Sáinz; ISBN: 84-339-6148-9.

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sábado, 11 de abril de 2009

Chesterton
se planteó escribir Ortodoxia como contestación al desafío que le hicieron: después de publicar Herejes hubo quien le dijo que debía dar razón de las cosas en las que creía. Compuso entonces una especie de autobiografía espiritual en la que contó su itinerario interior hacia la fe y, de paso, hizo una defensa razonada del catolicismo, religión que no abrazaría del todo hasta más de una década después.

En este sentido, el de ser un libro que contiene lo nuclear del pensamiento de Chesterton, se puede considerar como el mejor para conocerle. En otro sentido, es un libro que marca un antes y un después en la vida de Chesterton: a partir de su publicación ya fue, a los ojos del público y también porque muchas veces adoptó esa postura expresamente, un abanderado de la fe cristiana. Debido a su enorme y prolongado impacto muchos consideran Ortodoxia uno de los libros clave del siglo XX pero, el que lo sea y el que muchos lo vean como un libro que merece ser releído varias veces a lo largo de la vida, no es sólo por su eco sino por lo que tiene de obra maestra de retórica, en sus argumentos y en su forma literaria de presentarlos.

Chesterton presenta el descubrimiento de su fe como el viaje de un hombre que sale de su casa para terminar volviendo a ella y verla entonces con ojos nuevos. Defiende la capacidad de asombro, la importancia de saber contemplar las cosas como quien lo hace por primera vez, la obligación de la gratitud y la necesidad de adoptar ante la vida un optimismo bien fundado. Pone la fe católica frente a otras formas de pensamiento, dice que sólo ella es la explicación a tantas cosas misteriosas como encontramos en la vida y la compara con una llave que se adapta perfectamente a la cerradura y que abre la puerta. Subraya la importancia de la caída original y acentúa la falta de consistencia con la que razonamos y actuamos los hombres en muchas ocasiones: es clarificadora su imagen de cómo los hombres somos capaces de talar las ramas en las que estamos sentados. Con buen humor y ejemplos convincentes rebate tópicos ambientales y, contra ciertas apariencias y no poca propaganda, presenta el cristianismo como el lugar de la libertad y la alegría duraderas.

Muchas de las frases más citadas de Chesterton están aquí: —«La cruz se abre a los cuatro vientos: es como la señal del camino para los libres caminantes»; —«El mundo moderno está poblado por las viejas virtudes cristianas que se han vuelto locas. Y se han vuelto locas, de sentirse aisladas y de verse vagando a solas»; —«Cuando amamos una cosa, su alegría es una razón para amarla, y su tristeza es una razón para amarla más»; —«(El pecado del pesimista, el antipatriota cósmico), es que no ama lo que pretende corregir y carece de una primaria y sobrenatural lealtad a las cosas»; —«(El pecado del optimista) estriba en que, defendiendo el honor del mundo, se ve en el caso de defender lo indefendible»; —«Un cristianismo sin dogmas es como un hombre sin huesos»; —«Este es el asombro de la religión: haber transformado un barco hundido en un submarino».

La edición que cito podría estar más de acuerdo con el hecho de que Ortodoxia es una de las obras más importantes de Chesterton. La valiosa pero antigua traducción de Alfonso Reyes es mejorable, algunas notas explicativas no vendrían mal, el comentario de la contracubierta no resume con acierto el contenido de la obra... En cualquier caso, la potencia de la obra de Chesterton, y de Ortodoxia en particular, puede con todo y es un ejemplo ilustrativo de cómo, frente a los éxitos literarios que son como la espuma, hay otros que son como las grandes corrientes marinas que influyen continuamente y todo lo cambian.

Notas en las que aparecen textos o ideas tomadas de este libro son: El artista ama sus limitaciones, Una interesante conexión (donde se remite a una posible influencia en Salinger y en Golding), Dogmáticos y tolerantes.

G. K. Chesterton. Ortodoxia (Orthodoxy, 1908). Barcelona: Alta Fulla, 2000, 2ª ed.; 187 pp.; col. Ad litteram; trad. de Alfonso Reyes; ISBN 10: 84-7900-123-2. Nueva edición en Barcelona: Acantilado, 2013; 216 pp.; trad. de Miguel Temprano García; ISBN: 978-8415689508. [Vista de esta edición en amazon.es]

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viernes, 10 de abril de 2009

Sergio Pitol: «Las mejores páginas de la literatura poseen algo de auroral y a la vez de inescrutable. Todos, como lectores, hemos asistido en algún momento a ese prodigio. Deslumbrados, atónitos, emocionados, hemos sido conscientes del milagro que se desprende de una página, (...), página cuya belleza es materialmente imposible de explicar en su totalidad. Pienso en un cuento brevísimo de Chéjov: El estudiante».

Sergio Pitol. El arte de la fuga (1996). Barcelona: Anagrama, 1997; 303 pp.; col. Narrativas hispánicas; ISBN: 84-339-1054-X.

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jueves, 9 de abril de 2009

En Cartas del diablo a su sobrino, después de que Orugario manifestase su temor a que las personas inteligentes lean los libros de sabiduría de los antiguos y pudiesen así llegar a descubrir vestigios de la verdad, el maestro Escrutopo le tranquiliza indicándole que tal posibilidad es pequeña. En realidad, le dice, (modifico un poco el texto), «la única cuestión que con seguridad no se plantearán nunca será la que trata sobre la verdad de lo leído; en cambio se formularán preguntas acerca de las influencias y dependencias, acerca de la evolución del correspondiente escritor, acerca de su influencia histórica, etc.». Así, comentaba el entonces cardenal Ratzinger, «la cuestión acerca de si lo expresado por el autor es verdadero, y hasta qué punto lo es, sería una cuestión nada científica; se saldría del ámbito de lo probable y demostrable y recaería en la ingenuidad del mundo precrítico». Pero no tiene por qué ser así y por supuesto se puede ir más allá de una sabiduría de apariencias: «El hombre no está preso en un gabinete de espejos de las interpretaciones; él puede y debe irrumpir hacia lo real, que se halla detrás de las palabras y que a él se le muestra en las palabras y por medio de ellas».

Joseph Ratzinger. Fe, verdad y tolerancia. El cristianismo y las religiones del mundo (Glaube, Warheit, Toleranz. Das Christentum und die Weltreligionen, 2003). Salamanca: Sígueme, 2006, 6ª ed.; 237 pp.; trad. de Constantino Ruiz Garrido; ISBN: 84-301-1519-6.

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miércoles, 8 de abril de 2009

Es una buena noticia que se vuelvan a publicar libros del catálogo de Noguer. Uno de los que ha salido ya es Jim Botón y Lucas el maquinista, de Michael Ende, con una portada clásica y apropiada. Otro, con una portada de la que no se puede decir lo mismo, es Orzowei, un Tarzán juvenil (para mí) más atractivo que su modelo, de Alberto Manzi.

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martes, 7 de abril de 2009

El balonazo,
de Belén Gopegui, está en la tradición de los libros infantiles donde un grupo de chicos se unen para conseguir algo aparentemente imposible: por ejemplo, El zoo de Pitus. Es un libro bien escrito, con diálogos acertados, golpes de humor leves y un planteamiento amable y serio a la vez.

Su protagonista es Daniel, un chico de unos diez años que se hace amigo de Maxama, un inmigrante senegalés que vende discos en la calle. Daniel le hace algunos favores y Maxama le da consejos para que juegue mejor al fútbol. Cuando detienen a Maxama, Daniel y sus amigos de clase intervienen.

El relato se presenta en tercera persona, desde dentro de Daniel, un protagonista reflexivo y sereno, tal vez demasiado, pero natural. El principal interés del narrador es hacer consideraciones de interés para comprender mejor el mundo: que en la vida real no siempre ganan los buenos, que no hay segunda parte para intentar arreglar las cosas, etc. Esto funciona porque Daniel tiene unos padres sensatos y razonadores, una profesora prudente, y unos amigos que son buenos y pacíficos como él.

El aficionado al fútbol conectará bien con las muchas referencias deportivas, verá que los comentarios al respecto son certeros, y los lectores como yo pensarán que las jugadas y situaciones de un partido no son para leerlas sino para verlas.

Belén Gopegui. El balonazo (2008). Madrid: SM, 2008; 185 pp.; col. El barco de vapor, serie naranja; ISBN: 978-84-675-3003-2.

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lunes, 6 de abril de 2009

Dos magníficos álbumes pop de hace algún tiempo, aparentemente muy sencillos pues casi no tienen texto y casi no tienen historia, que no están en el mercado español, son Freight Train y Truck, de Donald Crews.

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domingo, 5 de abril de 2009

Junto con las Crónicas de Narnia, Cartas del diablo a su sobrino, una ingeniosa presentación de la vida cristiana (pero creo que de cualquier vida) desde la perspectiva del diablo, es el libro más popular de C. S. Lewis. En su prólogo afirma el autor que, aunque «nunca había escrito con tanta facilidad, nunca escribí con menos gozo», pues adoptar la actitud mental de un diablo le «producía una especie de calambre espiritual». No atribuye sus conocimientos de cómo funcionan las tentaciones a grandes estudios filosóficos o teológicos sino a su propio mundo interior. También en Mero cristianismo dirá que resulta «una tontería pensar que las personas buenas no saben lo que es la tentación. Son los que mejor lo saben». Justamente ahí está también el secreto del Padre Brown.

C. S. Lewis. Cartas del diablo a su sobrino (The Screwtape Letters, 1942). Madrid: Rialp, 1993, 2ª ed.; 140 pp.; col. Literaria; trad. de Miguel Marías; ISBN: 84-341-2985-2.

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sábado, 4 de abril de 2009

El año 2001 se publicó por primera vez Basil Howe, una novela corta que Chesterton escribió cuando tenía veinte años. El manuscrito estaba entre los papeles y cuadernos que conservó su secretaria, Dorothy Collins, hasta su fallecimiento el año 1989. Fue descubierto años después por un especialista en Chesterton que lo publicó con un prólogo explicativo que no está en la edición española. Esto tiene inconvenientes —algunos lectores desearían saber más cosas— pero también ventajas —deja que la novela se defienda por sí misma—.

Dejando de lado que la profundidad y el ingenio de muchos diálogos y consideraciones van mucho más allá de lo que uno espera de un autor tan joven, el primer punto de interés de Basil Howe es que se trata de una novela diferente a otras de su autor: su núcleo es un enamoramiento y sus aires, salvando muchas distancias, recuerdan algo a las novelas de Jane Austen. En la primera parte su protagonista, un joven de 19 años tan inteligente como extravagante, conoce a las tres hermanas Grey y conecta especialmente con la pequeña y rebelde Gertrude. En la segunda parte, cinco años después, el joven Basil, ya un periodista de 23 años, recupera el trato con la chica mientras un lejano primo suyo, Valentine Amiens, se enamora de la responsable y seria hermana mayor, Catherine.

El segundo punto de interés, sobre todo para los seguidores de Chesterton, está en lo que muestra de su mente y de sus ideas cuando era muy joven. Por una parte se supone que hay algo de autobiográfico en la historia, no sólo porque su autor tuviera rasgos y reacciones de Basil y Valentine, igual que los podía tener de sus detectives posteriores, sino porque se describen situaciones que muy probablemente vivió de joven. Por otra, en la narración se apuntan temas que más tarde tratará extensamente: al final hay unos interesantes intercambios de opiniones entre Valentine y Basil, uno a favor de la Edad Media y el otro a favor de la propia época, uno en contra del periodismo y la publicidad y otro que hace notar su predilección por ambos (argumentos que aparecerán poco después en los artículos publicados en The Defendant).

El tercero, ya para cualquier lector, es que, aunque la novela tenga fallos de consistencia semejantes a los de otras novelas suyas —diálogos inteligentes pero tal vez excesivos, estructura episódica e incompleta, personajes poco acabados, etc.—, tiene una frescura particular. El motivo tal vez está en que aquí Chesterton no tiene más interés que el de contar algo y, a su modo peculiar, lo hace bien: consigue transmitir la tensión propia de la inseguridad, el temor y la exaltación que se pueden dar en los momentos en los que nace y se asienta el amor. Además, el personaje de Basil tiene mucha gracia (chestertoniana): «Yo soy tan vago que apenas tengo tiempo de hacer nada»; «me temo que les he impedido hacer toda clase de cosas que no querían hacer. Yo mismo tengo que ir a acabar de tumbarme en la hierba»; «la mejor manera de parar una barca, en mi opinión —observó científicamente— es amarrar una orilla a la misma. Así se queda bien paradita».

G. K. Chesterton. Basil Howe (1894, publicado por primera vez en 2001). Córdoba: El Olivo azul, 2009; 138 pp.; trad. y notas de Diana Pérez García; ISBN: 978-84-936637-5-9.

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viernes, 3 de abril de 2009

Con un retraso de años desde que me lo recomendaron, he leído Las montañas de la mente, de Robert Macfarlane, excelente libro. El autor explica cómo, en tres siglos, cambia la percepción de las montañas que se tenía en Occidente. Hace notar que «nuestra respuesta al paisaje está condicionada en gran medida por la cultura. Es decir, cuando contemplamos un paisaje, no vemos lo que hay sino principalmente lo que creemos que hay. Atribuimos al paisaje cualidades que no posee intrínsecamente —decimos que es salvaje, por ejemplo, o inhóspito—, y lo valoramos en consecuencia». Habla de las lecturas infantiles y juveniles que hicieron crecer en él la admiración hacia los grandes montañeros: «Me fascinaban las dificultades que afrontaban y soportaban aquellos hombres», «me parecían los viajeros ideales: inmutables ante la adversidad y sencillos como personas», «hombres increíblemente valientes que avanzaban hacia la brillante luz de lo desconocido». Y, alternándolo con anécdotas personales, muestra cuáles fueron los sucesivos progresos científicos y técnicos que se produjeron durante los siglos XVIII y XIX y que fueron cambiando las sensaciones, emociones e ideas del público referentes a unas montañas que, cada vez más, «son en realidad producto de una colaboración entre la forma física del mundo y la imaginación humana: las montañas de la mente».

Robert Macfarlane. Las montañas de la mente: historia de una fascinación (Mountains of the Mind, 2003). Barcelona: Alba, 2005; 358 pp.; col. Supervivencias; trad. de Concha Cardeñoso Sáenz de Miera; ISBN: 84-8428-244-9.

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jueves, 2 de abril de 2009

Más de uno, si oye hablar de relatos infantiles de hace un siglo, seguramente piensa en historias sobre niños felices o sobre niños desgraciados que, gracias a una casualidad de la fortuna, cambian el rumbo de sus vidas. Algo de esto hay: en aquella época muchos niños lo pasaban mal y por tanto muchas novelas hablaban de chicos que lo pasaban bien; igual que hoy muchos chicos lo pasan bien y muchas novelas hablan de niños que lo pasan mal. Pero, para no quedarse aprisionados mentalmente con los clichés, viene bien echar un vistazo a Los muchachos de la calle Pal, un relato de 1906 del húngaro Férenc Molnár, y Siete chicos australianos, otro de 1894 de Ethel Turner.

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miércoles, 1 de abril de 2009

Otro escritor-editor que impulsó la literatura infantil en Estados Unidos en el siglo XIX después de Mary Mapes Dodge: Frank Stockton. Además, sus relatos de fantasía son estupendos: divertidos, ingeniosos, con un humor que no pierde actualidad. No sé hasta qué punto influyó en Edith Nesbit porque tienen un registro irónico-bromista muy parecido.

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