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Notas de abril de 2012 :: bienvenidosalafiesta ::    
bienvenidos a la fiesta
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lunes, 30 de abril de 2012

Un álbum editado en español, pero no en España, basado en un relato popular de origen africano: Por qué los mosquitos zumban en los oídos de la gente, de Leo y Diane Dillon.

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domingo, 29 de abril de 2012

Richard Sennett:
 «“Artesanía” designa un impulso humano duradero y básico, el deseo de realizar bien una tarea, sin más. La artesanía abarca una franja mucho más amplia que la correspondiente al trabajo manual especializado. Efectivamente, es aplicable al programador informático, al médico y al artista; el ejercicio de la paternidad, entendida como cuidado y atención de los hijos, mejora cuando se practica como oficio cualificado, lo mismo que la ciudadanía. En todos estos campos, la artesanía se centra en patrones objetivos, en la cosa en sí misma. Sin embargo, a menudo las condiciones sociales y económicas se interponen en el camino de disciplina y compromiso del artesano: las escuelas pueden no proporcionar las herramientas adecuadas para hacer bien el trabajo y los lugares de trabajo pueden no valorar verdaderamente la aspiración de calidad. Y aunque la artesanía recompense a un individuo con una sensación de orgullo por el trabajo realizado, esta recompensa no es simple. A menudo el artesano tiene que hacer frente a conflictivos patrones objetivos de excelencia: el deseo de hacer algo bien sólo por hacerlo bien puede verse obstaculizado por la presión de la competencia, la frustración o la obsesión».

Sennett piensa, después de una vida de investigaciones sociológicas, que la gente necesita puntos mentales y emocionales firmes, o valores, con los que sopesar qué cosas valen la pena: necesita un ancla cultural asentada, entre otros puntos, en el espíritu artesanal que defiende. Y afirma que, como «todos los seres humanos desean tener la satisfacción de hacer algo bien y todos desean creer en lo que hacen», y como ni en el trabajo, ni en la educación ni en la política, las nuevas condiciones sociales satisfacen ni pueden satisfacer ese deseo, «el triunfo de la superficialidad en el trabajo, en las escuelas y en la política, me parece frágil. Tal vez la rebelión contra esta cultura debilitada constituya nuestra próxima nueva página de la historia». Ojalá.

Richard Sennett. El artesano (The Craftsman, 2008). Barcelona: Anagrama, 2009; 406 pp.; trad. de Marco Aurelio Galmarini; ISBN: 978-84-339-6287-4.
Richard Sennett. La cultura del nuevo capitalismo (The culture of the new capitalism, 2006). Barcelona: Anagrama, 2006; 185 pp.; col. Argumentos; trad. de Marco Aurelio Galmarini; ISBN: 84-339-6244-2.

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sábado, 28 de abril de 2012

Dice Chesterton que «Pickwick fue una obra concebida en parte por otros, pero en último extremo completada por Dickens. El misterio de Edwin Drood, su último libro, lo concibió Dickens, pero lo completaron otros. Los papeles póstumos del club Pickwick demostró lo mucho que podía hacer Dickens con las sugerencias ajenas; El misterio de Edwin Drood demuestra lo poco que pueden hacer unas personas ajenas con las sugerencias de Dickens».

En esa novela se describe la desaparición del joven arquitecto Edwin Drood después de una noche de fiesta en la que celebraba la reconciliación con su enemigo Neville Landless, en la casa de su tío John Jasper. De los enigmas que se plantean, enseguida resulta evidente que Drood no ha desaparecido por maquinaciones de su rival sino por las de su tío, que parece tener por él una extraña inclinación.

En el prólogo que puso a esta obra, Chesterton dice que «el cielo quiso que Dickens fuese el gran melodramático, de manera que incluso su final literario lo fue»: que la única novela que Dickens no terminó fuese la única que necesitaba un final es como la última broma de un elfo al despedirse de este mundo. «A Dickens se le concedió, en suma, un final tan extraño como sus comienzos literarios. Empezó completando la antigua novela de viajes; terminó inventando la nueva novela de detectives».

Luego discute las distintas soluciones que intentaron dar al enigma de la desaparición de Drood algunos críticos y novelistas, para concluir que ninguna es completamente satisfactoria. A fin de cuentas, si algunos puntos nos parecen sugerentes puede ser que estén ahí para que resulten engañosos: en un caso como este «cualquier cosa que escribiera Dickens podía significar, o no, lo contrario de lo que dice». Sea como sea, es curioso que «un cuento acabado puede conceder a un hombre la inmortalidad desde el punto de vista literario, pero un cuento sin terminar implica otra inmortalidad más esencial y extraña». [Tomo los textos entrecomillados de la traducción del texto que figura en Cómo escribir relatos policiacos.]

Charles Dickens. The Mistery of Edwin Drood (1870). Edición en castellano, titulada El misterio de Edwin Drood, que contiene los capítulos que hizo Dickens y luego una continuación de Leon Garfield, en Barcelona: Edhasa, 1983; 538 pp.; col. Narrativas modernas; ilust. de Anthony Maitland; prólogo de Edward Blishen; trad. de Elena Rius; ISBN: 84-350-1002-3.

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viernes, 27 de abril de 2012

En la biografía de Roy Campbell de la que hablé, se menciona una carta de Virginia Woolf descalificando a T. S. Eliot cuando tuvo noticia de su conversión, a la que también se refiere Jiménez Lozano en un apunte de sus diarios. Habla de que Virginia Woolf tuvo una entrevista con Canetti en la que le decía: «“Pobre y querido Tom, de quien bien puede decirse que, de ahora en adelante, ha muerto para nosotros”, y explicó a Vanessa Bell: “Quiero decir que hay algo obsceno en que una persona viva se siente junto al fuego y crea en Dios”. Y —sigue Jiménez Lozano— hoy esto es algo incontrovertible, y forma parte del ideario progresista cosmopolita. Pero un cristiano, decía Kierkegaard, se pone a la puerta de su casa a fumar su pipa y a ver pasar el mundo con todas estas historias. Y Kierkegaard, desde luego, admiraba la honestidad intelectual y moral de un ateo serio en un ámbito de cristiandad más bien fácil. Los agnosticismos y otras seguridades elegantes como las de “los Bloomsbury” son mucho más fáciles y no precisan seriedad alguna». Esto de las seguridades elegantes, por cierto, es también una idea del diálogo que mantienen Negro y Blanco.

José Jiménez Lozano. Los cuadernos de Rembrandt (2010). Valencia: Pre-Textos, 2010; 233 pp.; ISBN: 978-84-92913-52-7.

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jueves, 26 de abril de 2012

En El asesinato como diversión, de Fredric Brown, se cuenta que un día comienzan a suceder asesinatos que coinciden con unos guiones inéditos que Bill Tracy, guionista de un popular serial de radio titulado Los millones de Millie, había preparado para que fueran una nueva serie radiofónica que se titularía El asesinato como diversión. Las coartadas de Tracy tampoco son realmente fuertes y, por tanto, no se puede reprochar a los amables policías que tengan sus sospechas.

El mismo Tracy cuenta el relato, que resulta intrigante al principio, aunque la resolución final se basa en información que se había ocultado al lector (y que un protagonista que no estuviera medio borracho, día sí día también, habría adivinado antes). Sea como esa, es una narración amena, que da idea de la gran soltura narrativa de Brown, que contiene diálogos chispeantes y, al mismo tiempo, una crítica del bajo nivel de los seriales radiofónicos y una reivindicación del trabajo de los reporteros periodísticos (de aquellos lejanos años cuarenta).

Fredric Brown. El asesinato como diversión (Murder can be fun, 1948). Barcelona: RBA, 2011; 222 pp.; col. Serie Negra; trad. de María de Nardi; ISBN: 978-84-9006-136-7.

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miércoles, 25 de abril de 2012

Aún no había puesto aquí a José Antonio del Cañizo, uno de los más populares autores españoles de las últimas décadas gracias a sus relatos de ingenio bienhumorado como, entre otros, los que se contienen en Oposiciones a bruja y otros cuentos.

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martes, 24 de abril de 2012

Aunque personalmente no me gusta que una colección se llame Valores, ni que los títulos anuncien la lección educativa que se desea obtener, es necesario reconocer que una buena parte del público desea claridad en determinados mensajes y que, por tanto, tiene sentido comercial plantear los libros así, aparte de que todos los libros son educativos en un sentido u otro. Sea como sea, El tigre y la tolerancia, El oso y la solidaridad, El gorila y el esfuerzo y El león y la valentía, son buenas historias de José Morán que cuentan con imágenes de tres ilustradores expertos en escenarios naturales y en figuras de animales, como Jesús Gabán, Paz Rodero y Ulises Wensell (los dos últimos álbumes).

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lunes, 23 de abril de 2012

Álbumes de los que animan y enseñan a disfrutar de la pintura, y de las visitas a los museos, son los que James Mayhew comenzó con El museo de Carlota.

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domingo, 22 de abril de 2012

Me parece sugerente y luminosa esta idea de Zygmunt Bauman: «El primitivo Gran Hermano, aquel sobre el que escribiera George Orwell, presidía fábricas fordistas, cuarteles militares y una infinidad de otros panópticos grandes y pequeños, del tipo de los de Bentham y Foucault. Su único deseo estribaba en no dejar salir a nuestros antepasados y en devolver al rebaño la oveja descarriada. El Gran Hermano de los reality shows televisivos se preocupa exclusivamente de dejar fuera —y, una vez fuera, fuera para siempre— a los hombres y a las mujeres sobrantes: los no aptos o menos aptos, los menos inteligentes o los menos entusiastas, los menos dotados y los menos ingeniosos.

Al viejo Gran Hermano le preocupaba la inclusión, la integración, disciplinar a todas las personas y mantenerlas ahí. La preocupación del nuevo Gran Hermano es la exclusión: detectar a las personas que “no encajan” en el lugar en el que están, desterrarlas de ese lugar y deportarlas “al sitio al que pertenecen” o, mejor aún, no permitir que se acerquen lo más mínimo». El nuevo Gran Hermano es «el santo patrón de todos los gorilas, tanto al servicio de un club nocturno como de un Ministerio del Interior»; el viejo Gran Hermano es «el santo patrón de los carceleros».

Zygmunt Bauman. Vidas desperdiciadas. La modernidad y sus parias (Wasted Lives, 2004). Barcelona: Paidós, 2005; 171 pp.; col. Estado y Sociedad; trad. de Pablo Hermida Lozano; ISBN: 84-493-1671-5.

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sábado, 21 de abril de 2012

Nuestro común amigo
fue la última novela que Dickens completó y fue una especie de regreso a sus primeras tramas, pero si en La pequeña Dorrit volvió a la forma de los primeros libros, pero no a su espíritu, aquí volvió tanto a su espíritu como a su forma. También se puede decir que si el mundo que Dickens presenta es cada vez más sucio y polvoriento según avanzan sus novelas, alcanza la cumbre al llegar a las montañas de basura donde se desarrolla esta historia.

En ella todo comienza cuando un hombre llamado Gaffer Hexam, cuya ocupación es recoger cadáveres del Támesis para robarlos y luego entregarlos a las autoridades, encuentra el cuerpo de John Harmon, un joven que volvía a Inglaterra para heredar la fortuna que su padre había hecho recogiendo basuras. A partir de ahí, la herencia de Harmon pasa al hombre de confianza de su padre, Nicodemus Boffin. Este coge como secretario a un joven desconocido llamado John Rokesmith; además, lleva a vivir a su casa a la joven Bella Wilfer, la que supuestamente habría sido esposa de John Harmon. Entran luego en escena un rival de Gaffer Hexam en el río, un pícaro que intenta robar a Boffin llamado Silas Wegg, y un personaje más que rocambolesco que recompone huesos llamado Venus. Otro hilo narrativo sigue a Lizzie Hexam, la joven y amable hija del barquero, sobre la que se interesan un abogado de clase alta, Eugene Wrayburn, y un maestro, Bradley Headstone, que es el tutor del hermano pequeño de Lizzie.

Al margen de que las coincidencias para que todo resulte bien urdido y relacionado entre sí sean abundantes, algunos personajes y actuaciones son poco creíbles. En concreto, dice Chesterton que no es nada convincente ni el personaje de Silas Wegg ni un tramo de la novela en el que se produce un cambio de personalidad de Boffin. Por otro lado, y como es habitual en Dickens, son memorables algunos personajes muy secundarios y algunas escenas como al margen de la trama principal, por ejemplo unos diálogos que se dan en reuniones de alta sociedad y un lacayo de aspecto fúnebre que aparece unas pocas veces en ellas, y que mientras anuncia que «la comida está servida», el narrador indica que tal vez esté añadiendo por lo bajo un «a ver si os envenenáis, desdichados».

Entre las excelentes observaciones una es la que se hace a propósito del hombre de negocios, míster Podsnap: «el mundo moral y hasta el mundo geográfico de míster Podsnap es un mundo extremadamente limitado, y aunque deba su prosperidad al comercio internacional, este caballero considera el nombre de los otros países como un error y pone a las costumbres extranjeras esta observación: “No son inglesas”, suprimiéndolas con su ademán acostumbrado». Otra es el comentario de Lizzie a su pretendiente: «Si yo le inspiro los sentimientos que podría inspirarle una señora, concédame el respeto que ella tendría el derecho de exigirle. Soy una simple obrera y estoy demasiado lejos de usted y de su familia para que nada pueda acercarnos. ¡Sería noble, por su parte, que esa distancia la considerara usted como si yo fuera una reina!».

Si en otras novelas Dickens era crítico con las enseñanzas de maestros torpes, aquí lo es con un maestro que no es torpe pero sí está muy pagado de sí mismo. Bradley Headstone es un gran antagonista de los que ganan el interés del lector. Hay rasgos originales en su concepción: si otros villanos piensan rápido, Headstone piensa despacio; si el origen de muchos está en los bajos fondos, el de Headstone está en la respetable clase media. Otro personaje bien concebido es el pupilo de Headstone, el hermano de Lizzie, un chico de comportamiento egoísta y cruel pero con un punto de vista de la vida de una sorprendente bajeza. Es singular que Dickens, que era un reformador social y radical que defendía enérgicamente la necesidad de la educación popular, viera tan claro el hecho de que la educación democrática moderna puede tan fácilmente despojar al educando de las virtudes más democráticas.

Charles Dickens. Our Mutual Friend (1864-1865). Una edición en castellano, titulada Nuestro común amigo, está en Madrid: Espasa Calpe, 2008; 708 pp.; col. La otra orilla; trad. de C. Miró; ISBN: 978-84-670-2712-9. Otra edición, titulada Nuestro amigo común, está en Barcelona: Mondadori, 2010; 1088 pp.; col. Grandes clásicos; trad. de Damián Alou Ramis; ISBN 13: 978-8439722236.

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viernes, 20 de abril de 2012

Roy Campbell
(1901-1957) fue un importante poeta sudafricano de vida revuelta, personalidad controvertida, y una obra poderosa, bien descritas en la excelente biografía de Joseph Pearce. En ella sigue su vida cronológicamente, con simpatía y admiración, pero sin esconder ni suavizar los sucesos y rasgos menos elogiables de su conducta y de su personalidad. Cuando corresponde incluye trozos de sus poemas, para explicar algunas cuestiones puramente literarias, o para señalar qué defendía o contra quién escribía: comprender bien todo esto requeriría leer la obra original de Pearce y saber mucho inglés pues Campbell no es un poeta fácil.

El título de la edición española no me parece un acierto (aunque tenga su lógica comercial) pues es menos equilibrado que el original inglés, que se refiere a uno de los aspectos más interesantes del libro: la pintura de todo el panorama literario e intelectual de la Inglaterra de la época; las tormentosas relaciones de Campbell con el grupo de Bloomsbury; su enemistad con Auden y su relación cordial con Eliot; sus contactos con Tolkien y Lewis, entre muchos otros, y su gran afinidad con Dylan Thomas —a quien promovió como poeta y con quien compartió muchas correrías alcohólicas—; etc. Campbell queda dibujado como un hombre cordial, que daba gran valor a la amistad y que tenía facilidad para tratar y comprender a la gente sencilla, pero inmisericorde a la hora de la sátira pública con sus enemigos literarios o políticos, lo que le valió críticas feroces y silencios clamorosos.

Al margen del indudable interés que pueda tener para quienes deseen conocer su obra poética —Pearce da sus valoraciones e indica lo que fueron diciendo al respecto sus contemporáneos—, un aspecto que da gran atractivo al libro para muchos es que la vida de Campbell se lee como lo que fue: una impresionante aventura. Vivió temporadas en Francia, en España, en Portugal; tuvo continuos agobios económicos y anduvo siempre al límite; se volvió un entusiasta defensor de la tauromaquia, también para incomodar a sus conocidos ingleses; se convirtió al catolicismo durante su estancia en Jávea; luego, poco tiempo antes del comienzo de la guerra Civil, se trasladó a Toledo y allí los carmelitas le dejaron un arcón con las obras originales de san Juan de la Cruz para que lo custodiase; además, en un momento comprometido, hizo la promesa interior de traducir a san Juan de la Cruz al inglés si su familia se salvaba, como así fue (y dicen los expertos que su traducción resultó ser extraordinaria); se alistó como voluntario en la segunda Guerra Mundial; se instaló, años después, en Portugal; y falleció en un accidente de automóvil en España.

Joseph Pearce. Roy Campbell. “España salvó mi alma” (Bloomsbury and beyond. The friends and enemies of Roy Campbell, 2001). Madrid: LibrosLibres, 2012; 406 pp.; trad. de Roberto H. Bernett; ISBN: 978-84-92654-74-1.

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jueves, 19 de abril de 2012

Reseña de la trilogía
que comienza con Los juegos del hambre, que me pidieron con motivo del estreno de la película, y que amplía un poco la que titulé Circo romano por televisión.

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jueves, 19 de abril de 2012

El año 2010 recibí una felicitación de Navidad muy singular. Su autor, Echeve, acaba de publicar Plan B. 25 actividades gratuitas para tiempos de crisis, un libro distinto a lo habitual. No es necesario reseñarlo porque sería difícil decir algo distinto a lo que se indica en el blog que ha preparado el mismo autor. Se puede añadir que está muy bien escrito, que los veinticinco puntos negros de la portada no están colocados casualmente, y subrayar que la contracubierta anuncia que Plan B «se parece a una colección de partituras» y que, «como todo lo inútil, se orienta a la práctica».

Echeve. Plan B. 25 actividades gratuitas para tiempos de crisis (2012). Palencia: Peripecia Editorial, 2012; 118 pp.; ISBN: 978-84-615-6955-7.

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miércoles, 18 de abril de 2012

Ciudad de huérfanos,
de Avi, es Nueva York en 1893. El protagonista es Maks, un chico de trece años que vende periódicos, un noticiero. Su familia es de origen danés y está compuesta por su madre, su padre, que trabaja en una fábrica de zapatos, igual que su hermana Agnes, enferma; su hermana Emma, que trabaja en el hotel Waldorf; y sus tres hermanos pequeños. Por un lado, Maks, como el resto de los noticieros, está amenazado por una banda liderada por un tal Bruno. Por otro, a su hermana Emma la acusan un día de robar un reloj y la llevan a la cárcel. Un día que a Maks lo acorrala Bruno sale a defenderle una chica llamada Willa y Bruno huye. Y, con ayuda de Willa, Maks hará frente a los dos problemas.

Buen relato: el argumento es ameno y está bien hilado; no sólo los momentos de acción sino que las situaciones de vida cotidiana tienen intensidad; los personajes atraen y casi todos son creíbles; el casi se puede aplicar a un detective adulto que ayuda a Maks. El tono coloquial y explicativo puede cansar un poco, pues el narrador usa con exceso expresiones tipo «te voy a contar...», «no lo olvides», «lo que quiero decir es que…», «te estarás preguntando por…», etc. Todo se cuenta en presente, parece que con la intención de dar viveza e inmediatez a los incidentes y, sobre todo, a las descripciones, precisas y claras, de los ambientes de Nueva York en la época: las viviendas donde se hacinaban muchos inmigrantes, la sordidez de las Tumbas (que era la prisión de Manhattan), la vida y el tráfico en las calles, los lujos del hotel Waldorf y sus novedades, sorprendentes para Maks, como las duchas y los ascensores.

Avi. Ciudad de huérfanos (City of Orphans, 2011). Barcelona: Bambú, 2012; 394 pp.; col. Exit; trad. de Anna Cabeza; ISBN: 978-84-8343-173-3. [Vista del libro en amazon.es]

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martes, 17 de abril de 2012

Elzbieta
es una muy buena ilustradora y eso se aprecia también en Turelí, Tureló, una narración ingenua y amable que cuenta siete momentos protagonizados por un niño y una niña muy parecidos, Lilí y Totó, junto con un pajarito que acaba construyendo su nido en un árbol. Las figuras están dibujadas en negro sobre fondos blanco y amarillo, y las escenas, muy simples, tienen frescura. Como relato, para mí al menos, no tiene mucho sabor pero, como es un texto para ser leído a y con niños pequeños en voz alta, su encanto dependerá mucho del espíritu de juego y del talento lector del adulto que lo transmita. No sé cuánta es la gracia y la sonoridad del original francés.

Elzbieta. Turelí, Tureló (Petit-frére et petite-soeur, 2001). Barcelona: Ekaré, 2011; 98 pp.; trad. de Verónica Uribe; ISBN: 978-84-939138-4-7.

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lunes, 16 de abril de 2012

No es una caja,
de Antoinette Portis, es un álbum que muestra bien el mundo imaginativo de un niño, cómo su cabeza va por caminos impensables para los adultos, o para ciertos adultos.

La dedicatoria dice: «Para todos los niños que juegan con cajas de cartón». Luego, en cada par de dobles páginas se repiten diálogos semejantes: en la página de la izquierda va una pregunta de adulto: «¿qué haces sentado en esa caja?», y en la derecha se ve al protagonista, digamos que un conejo, con la caja en la mano; en la siguiente página izquierda el conejo dice: «no es una caja», y en la derecha se ve al conejo y a la caja silueteados en negro casi en la misma postura que en la ilustración anterior pero, encima, silueteado en rojo, sobre la caja y envolviendo al protagonista, un coche de carreras.

Las imágenes son sencillas, y las preguntas y las respuestas encajan siempre bien. La portada y la contraportada, igual que las páginas donde van las preguntas del adulto, tienen la textura del papel propio de las cajas de cartón, como para mostrar la visión realista de las cosas y para contrastar con los colores y la textura de las páginas que presentan la imaginación del niño.

Antoinette Portis. No es una caja (Not a box, 2006). Vigo: Factoria K, 2008; 28 pp.; trad. de Chema Heras y Pilar Martínez; ISBN: 978-84-96957-22-0. Nueva edición en Kalandraka, 2017; ISBN: 978-8484643258. [Vista del álbum en amazon.es]

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domingo, 15 de abril de 2012

El párrafo que más me ha gustado de Un simple vestido de fiesta, de Christian Bobin, es uno de «Ve Jonás, te espero», donde el narrador habla de los dos extremos de su vida de lector, la Biblia y los periódicos, y en el que dice: «No se puede leer bien en una tempestad. No puedes leer más de una línea o dos en esas páginas agitadas por el viento, atormentadas por el soplo de una ausencia preferible a cualquier otra cosa. La lectura de la Biblia es un punto extremo en tu vida de lector, esa vida bajo las ruinas. El otro punto es la lectura del periódico. El periódico es una lectura negra, espesa, inmóvil. La Biblia es una lectura blanca, luminosa, rutilante. En el periódico lees todo ya que nada es esencial. Vas metódicamente del rostro de los gobernantes a las piernas de los atletas, de América del Sur hasta los confines de la China, de la cotización del dólar a las cifras del paro. La lectura del periódico es una cosa seria, sin consecuencias en la vida como todas las cosas serias. En la Biblia, tan sólo lees una frase y es como una gota de alcohol puro, como una lágrima de los ángeles. Abres el libro, pones el dedo al azar en la página, el dedo cae en un pez, una palmera o un cordero. Lees, vas de tu vida a la vida, del presente simple al presente pluscuamperfecto».

Christian Bobin. Un simple vestido de fiesta (Une petite robe de fête, 1991). Madrid: Árdora, 2011; 127 pp.; trad. de José y Tono Areán; ISBN: 84-88020-46-8.

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sábado, 14 de abril de 2012

Dice Chesterton que Grandes esperanzas fue la mejor de las últimas novelas de Dickens. Los especialistas señalan que es la menos sentimental de sus novelas; que es la que tiene una estructura narrativa más cuidada —no hay detalles innecesarios, están empleados con habilidad los contrastes y las repeticiones como pautas narrativas—; que está reconstruido con especial coherencia el ambiente de la época, las primeras décadas del siglo XIX; que es también la que más episodios de violencia contiene; y que, junto con David Copperfield, es la única novela que Dickens escribió en primera persona. Sin embargo, dice Chesterton, si todos los libros de Dickens podrían haberse titulado Grandes Esperanzas, el único al que dio ese nombre fue justo el único en el que las esperanzas nunca se cumplieron. En este libro, frente a otros, Dickens estaba intentando ser como un observador despegado e incluso cínico de la vida humana, por más que aquí su cinismo sea el cinismo amable de la vejez y no el cinismo duro de la juventud.

Comienza cuando el narrador, Pip, un niño huérfano y asustadizo, tiene un encuentro con un preso fugado al que consigue alimentos y una lima. Pip vive con su hermana y su cuñado, un bondadoso herrero que le quiere como si fuera su hermano mayor. Poco después, un misterioso benefactor le permite abandonar su vida como aprendiz de herrero y marchar a Londres, a la tenebrosa mansión de una rica y solitaria señora para ser el compañero de juegos de una niña seca, hermosa y altiva, con la que Pip aprende que sus manos son bastas y sus botas demasiado gruesas. Y Pip, poco a poco, se hará un caballero, un gentleman de la Inglaterra victoriana.

La novela describe cómo las circunstancias pueden corromper a un chico joven que, poco a poco, acaba por estar sólo preocupado de su estatus social y se ve dominado por el orgullo de pertenecer a una clase: se puede decir que, por primera vez en los libros de Dickens, el héroe desaparece. Si la mayoría de las acciones de Nicholas Nickleby se cuentan para mostrar que es heroico, las de Pip se cuentan para mostrar que no lo es; si de Sydney Carton, en Historia de dos ciudades, se dice que, con todos sus defectos y vicios, fue un héroe, de Pip se acaba diciendo que, con todas sus cualidades, fue un esnob. Con todo, la fuerza de Dickens asoma incluso a pesar de sí mismo: su amor por la humanidad real, esa humanidad que los filántropos no aman, la humanidad de los cocheros y de los vendedores ambulantes y de los que viajan en tercera clase, surge siempre: un personaje como el aprendiz de Trabb, el sastre, no lo podrían describir jamás ni George Eliot ni Thackeray. La grandeza literaria de Dickens está en la energía y la fuerza que comunica a personajes comunes, en su capacidad de mostrar la alegría de la vida sentida por aquellos que no tienen nada más que la vida, justo lo que Pip odia y teme en el insolente aprendiz de Trabb.

Como en otras novelas, en esta no faltan observaciones referentes a la educación y el mundo interior de los niños. Una, cuando Pip le dice a Joe que ha mentido pero que las mentiras que contó en su relato «habían sido producto de todo aquello aunque no sabía cómo», y Joe le dice: «Hay una cosa de la que puedes estar seguro, Pip —dijo Joe tras un rato de reflexión— y es que las mentiras son mentiras. De donde quiera que salgan, no debieran haber salido y provienen del padre de la mentira que en definitiva es lo mismo. No mientas nunca más. Ese no es el camino para dejar de ser ordinario, hijo. Y en cuanto a lo de ordinario, no lo veo nada claro. No eres ordinario en algunas cosas. Por ejemplo, eres extraordinariamente pequeño. También extraordinariamente estudioso».

Otra: «En el mundo en el que viven los niños, quienquiera que sea quien los críe, no hay nada que se perciba ni se sienta tan agudamente como la injusticia. Tal vez sean nimias las injusticias a los que los niños se ven expuestos, pero el niño es pequeño, su mundo es pequeño y el caballo de cartón es para él tan alto como un caballo irlandés». Y otra más: «Si el miedo a no ser comprendido se agazapa en el corazón de otros muchachos en grado parecido al que lo hacía el mío —lo cual considero probable, pues no tengo razones especiales para considerarme una monstruosidad—, ahí se debe encontrar la llave de muchas extrañas reservas».

Charles Dickens.
Great Expectations (1860-1861). Edición española, titulada Grandes esperanzas, en Madrid: Cátedra, 1985; 480 pp.; col. Letras universales; edición de Pilar Hidalgo; trad. de María Engracia Pujals; ISBN 13: 978-84-376-0519-7. Nueva edición en Barcelona: Alba, 2010; 526 pp.; col. Alba Minus; trad. de R. Berenguer; ISBN: 84-8984612X. Otra en Madrid: Alianza, 2011; 784 pp.; col. El Libro de Bolsillo; trad. de Miguel Ángel Pérez Pérez; ISBN 13: 978-84-206-5495-9. Y otra más en Barcelona: Nuevas ediciones de bolsillo, 2008; 664 pp.; col. Clásica; trad. de Jonio González; ISBN 13: 978-84-8346-988-0.

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viernes, 13 de abril de 2012

Así como Autorretrato con radiador y El Bajísimo me deslumbraron, no me ha pasado lo mismo con Un simple vestido de fiesta, varios relatos cortos de Christian Bobin acerca de la lectura. Hay momentos en los que (me parece a mí) falta claridad, otros en los que sobra énfasis, y otros en los que las afirmaciones suenan exageradas: son problemas propios de un estilo tan aforístico, como de fogonazos. Creo que las tres cosas, unidas con la fuerza y capacidad de sugerencia del autor que hacen que leerle siempre resulte provechoso, se pueden apreciar en dos párrafos.

Uno, cuando en la Presentación se dice: «La frontera entre los lectores y los demás, está más cerrada todavía que la del dinero. El que no tiene dinero carece de todo. El que está sin lectura carece de la carencia. El muro entre ricos y pobres es visible. Puede desplazarse o hundirse por zonas. El muro entre los lectores y los demás está mucho más hundido en la tierra, ante la vista. Hay ricos que no tocan ni un libro. Hay pobres que están devorados por la pasión de leer. Dónde están los pobres y dónde están los ricos. Dónde están los muertos y dónde están los vivos. Es imposible de decir».

Otro, cuando en «Y que le dejen en paz», se afirma: «El estado de crisis es el estado natural del mundo: guerra tras guerra, invento tras invento, volumen de ventas sobre tasas de suicidios, hambrunas sobre perfumes de lujo. En el mundo todo se mezcla. En el mundo todo pega con todo, salvo el amor. El amor no pega con nada. No está en ninguna parte. Escasea. Escasea como el pan en los periodos de guerra, como el aliento en las gargantas de los moribundos. Escasea como el tiempo en los juegos de la infancia. Y es que para amar hace falta tiempo, tanto tiempo que el tiempo no basta para responder a las necesidades de nuestro amor, a nuestras demandas de voz, de sangre, de sangre láctea en el firmamento. El cometa del amor sólo pasa rozando nuestro corazón una vez cada eternidad. Hay que estar vigilante para verlo».

Christian Bobin. Un simple vestido de fiesta (Une petite robe de fête, 1991). Madrid: Árdora, 2011; 127 pp.; trad. de José y Tono Areán; ISBN: 84-88020-46-8.

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jueves, 12 de abril de 2012

Katrina,
de la finlandesa Sally Salminen, es una novela con fuerza y una protagonista comparable con las de tantas novelas de Willa Cather. Cuenta la vida de una mujer de Österbotten, una región de Finlandia, que se deja deslumbrar por la simpatía de un marinero que un día llega a su pueblo, por lo que se casa y se marcha con él lejos, a Åland. Una vez allí, se da cuenta de que su marido, una buena persona, es el hazmerreír del pueblo por su palabrería y su afición a presumir, y que sus promesas eran completamente vanas. Pero hace frente a su nueva situación: trabaja duramente en distintas casas del pueblo, educa a sus hijos e incluso va viendo los aspectos buenos que tiene su marido. Y, llegado el momento, reivindica con entereza lo que se le debe: «una mujer debe hacerse valer tanto como un hombre y hasta más», dice Katrina al capitán Nordkvist cuando le reclama las deudas que ha contraído con ella.

Todo se cuenta con paso tranquilo para meter al lector en el mundo interior de Katrina, toda una personalidad, que acaba ganándose a sus vecinos y, también, el respeto de los hombres más ricos del pueblo. Hay momentos tensos, como corresponde a la vida de pueblos marineros que viven inquietos por la suerte de quienes se han embarcado, y como es propio, también, de quienes han de hacer frente a situaciones climatológicas extremas. Al principio de la historia Katrina se propone ser feliz, llegar a vencer la miseria en la que vive, y demostrar «a todo el mundo que tenía fuerza para hacer florecer su dicha aún en el corazón de aquellas desnudas rocas», pero su historia se parece poco a los grandes novelones románticos pues los acentos amables de la narración no esconden la dureza en ningún momento.

Sally Salminen. Katrina (1936). Madrid: Palabra, 2012; 526 pp.; col. Roman; trad. de Francisco Torres Ferrer y L. Vegas López; ISBN: 978-84-9840-581-1.

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miércoles, 11 de abril de 2012

La casa del Ángel de la Guarda,
de Kathy Clark, cuenta lo que vivieron la tía y la madre de la autora, en Budapest, durante los años 1944 y 1945.

Susan y Vera tienen doce y diez años cuando, en diciembre de 1943, la policía detiene a su padre para llevárselo a un campo de trabajos forzados. Poco después, en febrero de 1944, la madre se deja convencer por una amiga para mandar a sus hijas al convento de las Hermanas de la Caridad. Allí, junto con otras 120 niñas judías, viven a la espera de que termine la guerra. La historia dice cómo era la vida en el convento, las amistades y aprendizajes de las niñas, las precauciones que las monjas toman por si los soldados llegan a entrar en el convento, como así acaba ocurriendo, los momentos de peligro que corren y las noticias que les llegan de las cosas que pasaban en el exterior.

La narración, que respira verosimiltud, es sobria y tensa. Todo se cuenta desde la perspectiva de Susan, preocupada de cuidar de su hermana pequeña e inquieta por preservar su identidad judía entre las monjas. Tienen relieve también una prima mayor de Susan y una chica gitana que un día se une a ellas. Pero son personajes notables, sobre todos, la superiora y la hermana Agnes, una mujer alegre y comprensiva, de quien las niñas aprenden que hay distintos modos de ser valiente.

Kathy Clark. La casa del Ángel de la Guarda: un refugio para niñas judías (The Guardian Angel House, 2006). Barcelona: Bambú, 2011; 241 pp.; trad. de Noemí Risco; ISBN: 978-84-8343-127-6.

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martes, 10 de abril de 2012

En El lobo rojo, de Friedrich Karl Waechter,  un perro recuerda su vida: nace en una familia acomodada, siendo un cachorro se cae de la carreta en que lo llevan un día nevado de invierno, lo rescata luego una loba que lo une a su camada de lobeznos, por lo que crece como un lobo y aprende a cazar como ellos. Cuando los lobos viajan hacia el Oeste, igual que los que huyen de la guerra, la loba cae en una trampa y el perro queda herido, pero una niña, Olga, lo recoge y le pide a su padre que lo cure, cosa que hace. Se convierte así en el perro de la niña pero un cartel, en ruso, avisa que ha crecido entre lobos. Nos enteramos entonces que es Olga la que está escribiendo su historia.

Relato sereno, que deja un poso de melancolía, pero que tiene fuerza, tanto en su argumento como en su composición gráfica. No tiene particulares intenciones de aleccionar sobre nada sino, simplemente, mostrar de modo realista el transcurso de la vida del perro y de los hombres con los que se ha relacionado y, tal vez, sugerir paralelismos entre los comportamientos animales y los humanos. La narración alterna dibujos en color y dibujos en blanco y negro. Es un buen recurso que, al final, todas las imágenes de la vida del perro aparezcan, en una sola página en cuadros reducidos, como recordando todo lo contado antes.

Friedrich Karl Waechter. El lobo rojo (Der rote Wolf, 1998). Salamanca: Lóguez, 2011; 58 pp.; trad. de L. Rodríguez López; ISBN: 978-84-96646-71-1.

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lunes, 9 de abril de 2012

Un ejemplo de lo bien que resultan los osos polares como protagonistas de álbumes está en Osito polar, ¡vuelve pronto!, de Hans de Beer, un álbum de hace tiempo.

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domingo, 8 de abril de 2012

Luigi Giussani:
 «Decía Newman que las conversiones no son otra cosa que el descubrimiento más profundo de aquello que ya antes se quería verdaderamente. Toda conversión verdadera es una profundización. El extraño concepto de la novedad que [hoy] está en boga olvida que toda experiencia de novedad verdadera y, por consiguiente, de conquista, es necesariamente una comparación con algo que permanece, porque de otro modo no sería novedad, sino disolución, polvo».

Luigi Giussani. Educar es un riesgo (Il rischio educativo, 1977, revisado en 1995). Madrid: Encuentro, 2006; 138 pp.; trad. de José Miguel Oriol; ISBN: 84-7490-787-X.

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sábado, 7 de abril de 2012

En contraste con otras novelas de Dickens, Historia de dos ciudades tiene un argumento más lineal, sin derivaciones de su hilo principal, y tiene acentos más sombríos, casi sin rasgos de humor. Su estilo es más retórico, algo que, suponen los especialistas, tuvo su origen en la costumbre que había ido adquiriendo Dickens de realizar lecturas en voz alta de sus obras.

Acción que se desarrolla entre 1775 y 1789. Comienza cuando el enviado de un banco inglés viaja a París para traerse con él de regreso a Londres al doctor Manette, un hombre que ha estado en prisión casi veinte años y está en un estado de salud lamentable. Pasan los años y, cuando ya se ha recuperado y su hija se ha casado con un joven de origen francés, todos deben acabar volviendo a París en el momento en el que la revolución está en su punto más alto.

Para escribir su historia Dickens se apoyó en la investigación histórica de Carlyle acerca de la Revolución francesa. Pero, dice Chesterton, mientras Carlyle recogía cuidadosamente los documentos y verificaba las referencias, Dickens sólo tomaba sus ideas de la gente; mientras Carlyle era escocés y estaba históricamente conectado con Francia, Dickens era un inglés para quien Londres era la capital del mundo y, por supuesto, no entendía que París pudiera ser la capital de Europa o que todos los caminos conducen a Roma… En teoría se diría que Carlyle era sabio y Dickens un ignorante, pero Dickens comprendió lo que no comprendió Carlyle y su presentación de la Revolución francesa se aproxima probablemente mucho más a la revolución francesa real que la visión que dio Carlyle.

Carlyle siempre supone que cuando se producen las tragedias el hombre que las provoca es trágico; Dickens sabe que quienes provocan las peores tragedias son cómicos, como por ejemplo Quilp (Almacén de antigüedades). Carlyle era sutil pero no sencillo, y la Revolución francesa fue algo simple que un hombre sencillo pero no sutil como Dickens sí pudo ver, igual que vio, y dijo a los propietarios de esclavos norteamericanos, que la crueldad y el abuso de un poder irresponsable son las peores pasiones humanas. Por eso Dickens, cuando escribe una historia sobre la Revolución francesa, no hace que la revolución en sí misma sea una tragedia pues sabe que un estallido rara vez es una tragedia y que generalmente, gracias a él, se impide la tragedia. Todas las tragedias verdaderas son silenciosas (y al decir esto Chesterton estaba pensando en el despojo silencioso que, durante siglos, sufrió el pueblo inglés a manos de sus clases altas). Por eso, en su obra, Dickens condena la crueldad de la Revolución pero no sin antes presentar la crueldad de los aristócratas que provocó y legitimó la rebelión de las clases populares.

Charles Dickens. A Tale of Two Cities (1859). Edición española, titulada Historia de dos ciudades, en Madrid: Cátedra, 2001; 512 pp.; col. Letras universales; edición de Pilar Hidalgo; trad. de Juan Jesús Zaro Vera; ISBN 10: 84-376-1953-X. Otra edición está en Madrid: Alianza, 2011; 624 pp.; col. El Libro de bolsillo; trad. de Salustiano Masó; ISBN 13: 978-84-206-6577-1.

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viernes, 6 de abril de 2012

Volviendo a lo señalado en El nombre definitivo, La importancia del nombre, y Plenitud de la vida humana, un texto de Jiménez Lozano dice: «Parece que el pintor de iconos Andrei Rubliev decía que “se puede llegar al fondo de las cosas, sólo hay que llamarlas por su nombre”; y claro está que es así. La cuestión está en averiguar su nombre, y en saber llamar luego. Probablemente es un don, y Maurice Blanchot, hablando de Kafka, comenta: “Esa forma de plegaria que es escribir”. Al fin y al cabo como pintar iconos. El más maravilloso es el que no fue pintado por nadie. Es decir, aquel cuyo autor, de tanto nombrar eficazmente el mundo y las cosas, no tiene nombre».

José Jiménez Lozano. Los cuadernos de letra pequeña (2003). Valencia: Pre-Textos, 2003; 248 pp.; col. Narrativa Contemporánea; ISBN: 84-8191-516-5.

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jueves, 5 de abril de 2012

El Sunset Limited,
de Cormac McCarthy, es una obra de teatro en su origen, o una novela en forma dramática, que presenta un diálogo que tiene lugar en un cuarto de un gueto negro de Nueva York, entre dos hombres, Blanco y Negro. La breve presentación dice del primero que tiene mediana edad y del segundo que es corpulento. Se irá deduciendo del diálogo que Negro salvó a Blanco de arrojarse al paso del tren, el Sunset Limited; que Negro tuvo un pasado turbulento pero una experiencia en la cárcel le hizo convertirse, y que Blanco es un profesor culto y desesperado. Toda la conversación es un intento, por parte de Negro, de convencer a Blanco de que no intente suicidarse de nuevo.

Si muchos lectores ya sabían del enorme talento del autor para las descripciones y para los diálogos lacónicos, aquí podrán comprobar su maestría para construir un largo combate dialéctico entre dos personajes que tienen voces completamente distintas: una cálida y de argot, otra desgarrada y culta. Y, como corresponde a un autor cuidadoso, verán que deja que cada uno de sus personajes hable con toda la fuerza que tienen sus argumentos, vitales los de uno e intelectuales los de otro, y que no intenta forzar más de la cuenta el pulso que ambos sostienen.

En mi opinión, una clave del diálogo, donde se reflejan actitudes de fondo, está en el comentario de Blanco: «creo en la preponderancia del intelecto»; y en la réplica de Negro: «antes de empezar a leer la biblia yo también estaba en el rollo de la preponderancia» (…). No tanto como usted, pero bueno. (…) Me quité de encima todo aquello y lo dije: Por favor, ayúdame, dije. Y él me ayudó». En otro momento Negro sí le dice a Blanco cuál es su problema: «La luz está en todas partes, lo que pasa es que usted no ve más que sombra alrededor. Y la sombra es usted. Usted hace la sombra».

Otra clave, donde se ve quien lleva la iniciativa, se puede apreciar en otros comentarios de Negro. Uno: «no tengo ni puñetera idea de por qué Dios es como es. No sé por qué me habló a mí. Yo no lo hubiera hecho»; otro: «si Dios es Dios le puede hablar a su corazón en cualquier momento. Le diré más: si me habló a mí (y ya le digo yo que lo hizo), es que puede hablarle a cualquiera»; y un tercero, quizá el mejor: «La cosa no va de ser virtuoso. Lo único que hace falta es estar callado. No puedo hablar por boca del Señor, pero la experiencia que he tenido me hace creer que él habla al que está dispuesto a escuchar. No es necesario que sea virtuoso».

Al leer el libro, para mí el más impactante desde hace mucho tiempo, he pensado que McCarthy podría haberse inspirado en aforismos de Nicolás Gómez Dávila. Así, y entre otros, Blanco encaja de lleno con el que dice que «Si no se suicida, el ateo no tiene derecho a creerse lúcido»; y los razonamientos de Negro respiran la convicción de que «La sabiduría se reduce a no enseñarle a Dios cómo se deben hacer las cosas».

Cormac McCarthy. El Sunset Limited (The Sunset Limited, 2006), Barcelona: Mondadori, 2012; 112 pp.; trad. de Luis Murillo Fort; ISBN: 978-84-397-2502-2.

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miércoles, 4 de abril de 2012

Una buena novela histórica de la que, a pesar de su contenido, no conozco edición en castellano: I, Juan de Pareja, de Elizabeth Borton de Treviño. El convincente narrador y protagonista pinta bien, de modo pausado y respetuoso, la personalidad y la vida de Velázquez, de un modo que hace pensar al lector que «bien pudo ser así».

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martes, 3 de abril de 2012

Que los niños son «formidables observadores» a los que no les gusta la confusión es una idea básica de Writing with Pictures, de Uri Shulevitz, un muy buen manual de cómo se ha de preparar y cómo ha de ser un álbum ilustrado. Con orden y sentido práctico, pues abundan los ejemplos de su propio trabajo y de otros ilustradores, el autor transmite su experiencia y explica los pormenores de la construcción de los álbumes.

Uno de los puntos en los que insiste es que una historia infantil en un álbum ha de ser comprensible y estar bien contada. Habla de que el problema real de un autor de álbumes es tener un unclear thinking y que su objetivo, al desarrollar una secuencia de imágenes, ha de ser hacerla tan clara y precisa como ha de serlo la señalización de una carretera. Además, la claridad en la comunicación es básica para que un lector disfrute.

Otra idea que subraya es la de que la primera obligación de cualquier autor es el libro en sí mismo y no su audiencia: «un libro feliz hace feliz a su autor», dice. Pero esto lo complementa con que las buenas historias infantiles han de satisfacer a sus lectores y ayudarles a crecer, pues pueden enseñar, tranquilizar, fortalecer, inspirar, entretener…, objetivos que no se alcanzan cuando sus desenlaces los dejan frustrados o desalentados.

Uri Shulevitz. Writing with Pictures. How to Write and Illustrate Children’s Books (1985). New York: Watson-Guptill Publications, 1985; 271 pp.; ISBN: 0-8230-5935-9.

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lunes, 2 de abril de 2012

Reflejo
,
de Jeannie Baker, tiene una realización tan asombrosa como la de otros álbumes de la autora pero, esta vez, no sólo es inteligente sino también original: al menos yo nunca había visto dos álbumes en uno, preparados para ser «leídos» a la vez, uno de izquierda a derecha y otro de derecha a izquierda... Pongo a la derecha la contraportada del álbum, que es la portada para la lectura de derecha a izquierda.

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domingo, 1 de abril de 2012

Zygmunt Bauman:
«Tanto la supresión de los deseos “naturales” como el fomento o la construcción de los deseos artificiales son para el mercado de consumo lo que las tierras vírgenes para un agricultor: un imán, la promesa de una rápida expansión y de abundantes riquezas nuevas obtenidas con un esfuerzo comparativamente menor. De hecho, ésa es la práctica habitual de la industria médica y farmacéutica: determinadas condiciones humanas no comercializadas (y consecuentemente no rentables) se convierten en territorios de potencial (y provechosa) explotación en cuanto se consigue reclasificarlas como patologías. Y las ocasiones de tales reclasificaciones surgen cada vez que los departamentos de I + D de las empresas dan con un nuevo aparato o con una nueva receta capaz de proporcionar respuestas a preguntas que nadie se habían planteado hasta entonces, de modo que la secuencia de los acontecimientos obedece a la regla siguiente: “tenemos una respuesta… ¿cuál podría ser la pregunta?”»

Zygmunt Bauman. El tiempo apremia (Living on Borrowed Time, 2009). Conversaciones con Citlali Rovirosa-Madrazo. Barcelona: Arcadia, 2010; 331 pp.; trad. de Elisenda Julivert; ISBN: 978-84-937025-8-8.

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