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Notas de abril de 2014 :: bienvenidosalafiesta ::    
bienvenidos a la fiesta
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miércoles, 30 de abril de 2014

Un álbum-cómic excelente: Lección de pesca, un relato escrito en 1963 por Heinrich Böll e ilustrado por Émile Bravo. Una verdadera lección: tanto si atendemos a la historia como si lo hacemos a su confección gráfica.
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HayashiHipo.JPG
martes, 29 de abril de 2014

Cuando se quiere contar una historia que oscila entre la vida real y la vida imaginativa de un niño, los ilustradores suelen emplear los marcos, de distintas maneras, para mostrar las transiciones entre ambas. Ejemplos paradigmáticos son Donde viven los monstruos o En el desván, entre otros.

Pero no siempre tiene que ser así. En Un hipopótamo en la bañera, de Akiko Hayashi y Kyoko Matsuoka, un álbum japonés con unos dibujos extraordinarios, no hay un criterio gráfico distintivo para separar la vida ordinaria de la vida del niño en medio de sus creaciones fantásticas. En él vemos a un chico que se baña y todo a su alrededor se transforma: empiezan a surgir de su bañera todo tipo de animales —una tortuga, dos pingüinos, una foca...— que, además, le piden que los lave bien detrás de las orejas…

Dejando al margen las peculiaridades del baño en Japón —que se comentan brevemente al final— a mí la historia me ha recordado otro álbum de argumento parecido y donde tampoco hay un criterio reconocible para separar los dos mundos. Es una historia de Fulvio Testa titulada Es hora de salir donde, al principio, vemos un velero que navega por el mar mandado por el capitán Nic, y luego escenas de viaje, desembarco en tierra, animales, selva, ruidos… Y, al final, en la última ilustración, descubrimos al capitán Nic de la aventura, en la bañera con sus animales y demás…

El primer álbum no pone marcos a las ilustraciones y deja que, del exotismo de todo lo que ocurre, el lector deduzca que la imaginación del niño es lo que crea todo lo que se ve. El segundo álbum, sin embargo, presenta todas las ilustraciones recuadradas, tanto las de la imaginación del niño como la última de la realidad: el autor no usa el marco para sugerir, con él, que la realidad está bien acotada y, sin él, que la imaginación se expande más allá de cualquier marco; como para decirnos que toda la vida es, al fin, una y la misma.

Akiko Hayashi. Un hipopótamo en la bañera (1982). Texto de Kyoko Matsuoka. Madrid: Lata de Sal, 2013; 44 pp.; trad. de Suevia Sobral Santiago; ISBN: 978-84-941136-8-0.
Fulvio Testa. Es hora de salir (Time to Get Out, 1993). Barcelona: Timun Mas, 1993; 32 pp.; col. La nube de algodón; trad. de Concha Cardeñosa; ISBN: 84-480-0032-3.

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lunes, 28 de abril de 2014

Dos álbumes más, publicados hace algún tiempo, de Mo Willems: Knuffle Bunny y Knuffle Bunny Too. No están editados en España, aunque sé que hay edición en castellano. Tienen argumentos divertidos y realistas, y su realización gráfica es sobresaliente y poco habitual: dibujos graciosos de los personajes sobre fotografías en blanco y negro de los escenarios donde suceden las cosas, que son calles y lugares de Nueva York.

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KeeganRostroBat.JPG
domingo, 27 de abril de 2014

Después de las notas que dediqué al libro de Jacqueline de Romilly sobre Tucídides, traigo ahora varias acerca de El rostro de la batalla, de John Keegan, un libro clásico, de 1976, dentro de la historiografía militar.

Contiene cinco capítulos: uno introductorio acerca de la forma propia de los historiadores de hablar de las batallas; tres más sobre Agincourt, Waterloo y El Somme, como batallas representativas de las que usaban armas blancas, armas de proyectiles y armas de proyectiles múltiples; y un capítulo final titulado «El futuro de la batalla». El autor se propone, según indica, «recuperar el concepto de “pieza de batalla” y sugerir otros caminos posibles, lejos de los estereotipos por los que —debido a la costumbre y a la imitación irreflexiva— ha venido transitando durante tanto tiempo».

Da idea de su enfoque la respuesta que se da a sí mismo cuando se pregunta: «¿Qué tienen en común todas las batallas?». Y se responde: «No se trata de algo “estratégico”, ni “táctico”, ni material, ni técnico. No es algo que revele ningún mapa coloreado, ni ninguna colección de estadísticas comparativas de fuerzas y de bajas, ni siquiera ninguna lectura paralela de los clásicos militares (…). Lo que las batallas tienen en común es humano: el comportamiento de hombres que tratan de reconciliar su instinto de autoconservación, su sentido del honor y el logro de un objetivo por el que otros hombres están dispuestos a matarle. Por lo tanto, el estudio de la batalla es siempre un estudio del temor y generalmente del valor; siempre del mando, generalmente de la obediencia; siempre de la obligación, a veces de la indisciplina; siempre de la ansiedad, a veces del júbilo y la catarsis; siempre de la duda, la incertidumbre, la falta de información y el error, generalmente también de la fe y a veces de la visión; siempre de la violencia, a veces también de la crueldad, el autosacrificio, la compasión; y, por encima de todo, es siempre un estudio de la solidaridad y generalmente también de la desintegración: porque la batalla está orientada a la desintegración de grupos humanos. Pero no es sólo un estudio para el sociólogo o el psicólogo; quizá, esa es la verdad, no debería ser un estudio adecuado para ninguno de los dos. Porque los grupos humanos en la batalla, así como la calidad y la fuente de la tensión que sufren, han sido extraídos de la vida (…). Las batallas pertenecen a momentos definidos de la historia, a las sociedades que preparan los ejércitos que las llevan a cabo, a las economías y a las tecnologías que sostienen a esas sociedades. La batalla es un sujeto histórico, cuya naturaleza y evolución sólo pueden entenderse por medio de una amplia perspectiva histórica».

John Keegan. El rostro de la batalla (The Face of Battle. A Study of Agincourt, Waterloo and the Somme, 1976). Madrid: Turner, 2013; 380 pp.; col. Noema; trad. de Juan Narro Romero; ISBN: 978-84-15832-11-9.


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sábado, 26 de abril de 2014

Zygmunt Bauman: «De acuerdo con su concepto original, la “cultura” no debía ser una preservación del statu quo sino un agente de cambio; más precisamente, un instrumento de navegación para guiar la evolución social hacia una condición humana universal. El propósito original del concepto de “cultura” no era servir como un registro de descripciones, inventarios y codificaciones de la situación imperante, sino más bien fijar una meta y una dirección para las iniciativas futuras. El nombre “cultura” fue asignado a una misión proselitista que se había planeado y emprendido como una serie de tentativas cuyo objeto era educar a las masas y refinar sus costumbres, para mejorar así la sociedad y conducir al “pueblo” —es decir, a quienes provenían de las “profundidades de la sociedad”— hacia sus más altas cumbres. La “cultura” se asociaba a un “rayo de luz” que pasaba “bajo los aleros” para ingresar a las moradas del campo y la ciudad, llegando a los oscuros escondrijos del prejuicio y la superstición que, como tantos otros vampiros (se creía), no sobrevivirían a la luz del día». Y termina Bauman este párrafo citando literalmente a Matthew Arnold: «la cultura es la pasión por la belleza y la inteligencia, y (más aún) la pasión por hacerlas prevalecer».

Zygmunt Bauman. La cultura en el mundo de la modernidad líquida (Culture in a Liquid Modern World, 2011). Madrid: FCE, 2013; 101 pp.; trad. de Lilia Mosconi; ISBN: 978-84-375-0697-5.

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TarttJilguero.JPG
viernes, 25 de abril de 2014

Hace unos días algunos medios publicaron una reseña mía de El jilguero, de Donna Tartt. Publico aquí ese mismo comentario, algo ampliado, y más adelante daré dos razones, que tienen que ver con la clase de lector que soy, para explicar algo más por qué me ha parecido una obra grandiosa.

Novela muy larga, con numerosas referencias literarias y artísticas. Igual que las dos novelas anteriores de la escritora —El secreto (1992), un homicidio turbio en un campus universitario, y Un juego de niños (2002), una niña de doce años que investiga el ahorcamiento de su hermano cuando ella era pequeña— también esta tiene un lenguaje muy cuidado y una gran calidad narrativa. Pero si con aquellas obras el lector podía pensar que no merecía la pena invertir tanto tiempo de lectura como pedían, con esta novela no es así: quienes la lean con atención y, eso sí, soporten los pormenores de la caída en los infiernos del héroe —alcohol, drogas, sexo, robo—, encontrarán una historia rica y bien construida, y tendrán como recompensa un poderoso e infrecuente desenlace.

El narrador y protagonista se llama Theodore Decker, y es un superviviente de un atentado en el museo metropolitano de arte de Nueva York, en el que falleció su madre, cuando tenía doce años. Sin saber bien por qué, Theo huyó del lugar llevándose una pequeña pintura holandesa: El jilguero, de Carel Fabritius, un discípulo de Rembrandt. Luego, Theo pasó unos meses en casa de Andy, un compañero de colegio de la alta sociedad neoyorquina, y entró en contacto con Hobie, un restaurador de muebles antiguos, y una chica llamada Pippa, también víctima del atentado. Cuando el padre de Theo, alcohólico y jugador, que les había dejado a él y a su madre años atrás, reaparece con su novia, drogadicta, y lo reclama, debe irse con él a Las Vegas. Allí conoce a Boris, un chico ruso, que será su compañero en todo tipo de excesos. Después de que muera su padre, Theo vuelve a Nueva York, donde se aloja con Hobie y, años después, termina llevando la parte comercial de su negocio. Antes de su boda con la hermana pequeña de su antiguo amigo Andy, fallecido, aparece un chantajista que conoce las estafas que ha hecho Theo, y reaparece Boris al frente de una banda que trafica con drogas y obras de arte. Theo termina yendo a Amsterdam arrastrado por Boris para resolver los problemas que le causa el cuadro de Fabritius: está obsesionado con él y, a lo largo de los años, lo ha ido escondiendo en distintos sitios y ha ido creciendo su fundado temor a que lo descubran.

La escritora ha dicho muchas veces que sus principales referencias literarias son Dickens y Stevenson. Y, en efecto, su novela es dickensiana por su melodramatismo, su extensión, la esperanza que deja en el lector y, sobre todo, por los muchos y bien perfilados secundarios: en especial, el asombroso Boris y el afable Hobie, pero también otros que desempeñan un papel menor como el superdotado Andy o su altiva madre, la señora Barbour. También es stevensoniana por la construcción medida de frases y párrafos, así como por la precisión descriptiva, sea de toda clase de drogas y de su forma de consumo, sea de muebles antiguos y de sus técnicas de restauración o de falsificación. Además, si la segunda novela de Tartt fue criticada por sus problemas estructurales —el desarrollo y el desenlace no parecían estar bien conectados— no puede decirse lo mismo esta vez: incluso aquellas cosas que se le podrían reprochar tienen, al final, una buena justificación.

Entre las no pocas referencias literarias explícitas tal vez la más destacada sea El idiota, de Dostoievski. Boris, un tipo que podría estar en cualquier relato del autor ruso o de Flannery O’Connor, recuerda su lectura de aquella novela y señala cuánto lo alteró leer que toda la bondad del príncipe Mishkin sólo sirvió para provocar una catástrofe. De ahí concluía que «si a veces se obtiene el mal de las buenas acciones» tampoco está claro que de las malas acciones sólo se obtenga el mal, que a veces puedes hacerlo todo mal y aun así salen las cosas bien: por tanto, dice, nunca se decidió a trazar una línea firme entre el «bien» y el «mal» pues nunca están desconectados uno del otro. Más adelante será Hobie quien apunte que «la coincidencia es la manera que tiene Dios de permanecer anónimo» y que tal vez por eso sean los jugadores los que mejor entienden las cosas: «¿No merece todo una apuesta? ¿No sale a veces el bien de alguna extraña puerta trasera?».

Pero Dostoievksi está presente, sobre todo, en que El jilguero vuelve a su idea de con qué facilidad una belleza falsa sustituye a la verdadera belleza y puede hablar engañosamente al hombre. Pues bien, tanto la capacidad del arte para llevarnos a la belleza y a la verdad, como sus poderes de seducción y la facilidad con la que nos mentimos a nosotros mismos, se representan en el apego fetichista de Theo al cuadro de Fabritius. A ese cuadro un personaje lo describe como «una réplica maestra a toda la idea del trampantojo»: una broma, como las de todos los grandes maestros, «Rembrandt, Velázquez. Lo último de Tiziano. Construyen la ilusión, el truco…, pero te acercas un poco más y se desintegra en pinceladas. Abstracto, como de otro mundo. Una clase de belleza totalmente diferente y mucho más profunda. Es y no es».

Se lo explica Hobie a Theo más adelante: «¡Idolatría! Amar tanto los objetos puede acabar destruyéndote. (…) ¿Y no es (…) el propósito de los objetos, de las cosas hermosas, ponerte en contacto con una belleza más grande? Esas primeras imágenes que te abren de par en par el corazón y te pasas el resto de tu vida persiguiéndolas o intentando capturarlas de nuevo, de un modo u otro». No amamos las obras de arte por razones de tipo intelectual del tipo que sea, sigue Hobie: «Esa no es la razón por la que alguien ama una obra de arte. Es un susurro secreto desde un callejón: “Pss. Eh, chico. Sí, tú”». Y de lo que se trata, dirá Theo luego, es de reconocer «esa grandeza en el mundo pero no del mundo, una grandeza que el mundo no entiende. Ese primer destello de pura otredad en cuya presencia floreces una y otra vez».

Además, la novela enlaza con otras grandes novelas norteamericanas —Huck Finn, El guardián entre el centeno…— donde vemos chicos que tienen problemas graves debido a sus padres: de los personajes de cuyo pasado se nos habla en El jilguero ninguno tuvo una infancia pacífica y un padre y una madre que se llevasen bien y que viviesen de verdad pendientes de sus hijos. Las secuelas que les dejó el atentado a Theo y a Pippa, se dice implícitamente, son ínfimas comparadas con las que les dejaron unos padres irresponsables, tantas veces violentos y alcohólicos. Seguramente también a esto, y no sólo a la idolatría por el arte, se refería la autora cuando decía, en una entrevista reciente, que su novela comenzó con un estado mental: el pensamiento de que vivimos en una atmósfera de corrupción, de que «algo va mal en un lugar tan elegante como Park Avenue, algo que une oscuramente a Ámsterdam y Nueva York».

La novela identifica también uno de los orígenes de esa corrupción de la sociedad cuando señala que hoy se lanza «un mensaje curiosamente inalterable» cuando alguien se plantea qué debe hacer: «Todos los psiquiatras, todos los orientadores de profesión y todas las princesas de Disney saben la respuesta: “Sé tú mismo”. “Haz lo que te diga el corazón”». Ahora bien, continúa Theo, «lo que quisiera que alguien me explicara es lo siguiente: ¿qué pasa si da la casualidad de que tienes un corazón que no es de fiar? ¿Y si el corazón, por sus propios motivos insondables (…), te lleva directo a un bonito espectáculo de ruina, autoinmolación y catástrofe?». Unas preguntas a las que Theo dará su respuesta en las extraordinarias últimas páginas de su relato.

Donna Tartt. El jilguero (The Goldfinch, 2013). Barcelona: Lumen, 2014; 1148 pp.; trad. de Aurora Echevarría; ISBN: 978-84-264-2243-9. [Vista del libro en amazon.es]

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jueves, 24 de abril de 2014

Acabo de poner en amazon (solo en amazon, por ahora) La esperanza del rescate, un libro-guía sobre William Golding. En él, como en los anteriores sobre Dostoievski y McCarthy, doy unos datos biográficos, hago un comentario de conjunto de su obra, y reseño cada una de sus novelas. Las primeras páginas —índice, presentación e introducción del libro— están en este pdf. La cubierta es, como las de anteriores libros, de Rodrigo Zaparaín.
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miércoles, 23 de abril de 2014

Un álbum español de hace años: La piedra arde, con ilustraciones de Luis de Horna y texto de Eduardo Galeano. Una de las razones para recordarlo es su calidad gráfica. Otra, el hecho de ser un relato con contenido político, algo poco habitual en los álbumes.

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martes, 22 de abril de 2014

He puesto datos de nuevas ediciones de Cocina de noche y La piedra extraordinaria.

También, de que ha salido ¡Otra vez!, edición en castellano de Again.
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lunes, 21 de abril de 2014

He leído que Olivia y las princesas, un nuevo álbum del personaje creado por Ian Falconer, ha levantado cierta polvareda. La historia cuenta que Olivia tiene una crisis de identidad. No desea llegar a ser una princesa rosa como sueñan todas sus amigas y su objetivo en la vida es ser especial. Hace todo tipo de pruebas, tiene muchos pensamientos al respecto, y al final toma una gran decisión. Las críticas vienen de un exceso de susceptibilidad que ve ofensas en cualquier comentario casual y, sobre todo, de no apreciar la ironía final del relato (que apunta contra la ignorancia cómica de su misma protagonista)... Sea como sea, es un relato que, como era de esperar, tiene unas ilustraciones magníficas y divertidas.

Ian Falconer. Olivia y las princesas (Olivia and the Fairy Princess, 2012). Santiago de Chile: Fondo de Cultura Económica, 2012; 34 pp.; col. Los especiales de A la orilla del viento; trad. de Clara Stern; ISBN: 978-956-289-100-4.
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domingo, 20 de abril de 2014

La segunda parte de La desaparición de la niñez, de Neil Postman, centrada por completo en la sociedad norteamericana, tiene los acentos pesimistas habituales de otros libros del autor y es lúcida en muchas de sus observaciones. En su opinión, bien explicada, el fin de la niñez como institución empieza cuando se van concretando todas las ideas implícitas en el descubrimiento del telégrafo. «La niñez se basaba en los principios de la información administrada y el aprendizaje consecutivo. El telégrafo inició el proceso de arrebatar al hogar y a la escuela el control de la información. Modificó el tipo de información a la que accedían los niños, su calidad y su cantidad, sus secuencias y las circunstancias en que era experimentada».

Luego, «paralelamente al desarrollo de la comunicación eléctrica, se desplegó (…) la revolución gráfica: el surgimiento de un mundo simbólico de imágenes, caricaturas, carteles y anuncios. Sumadas, las revoluciones electrónica y gráfica representaron un ataque no coordinado pero poderoso al lenguaje y a la alfabetización». Esto llegó a su cumbre, sigue Postman, con la universalización de la televisión: con ella se «borra de tres maneras la divisoria entre niñez y adultez, las tres relacionadas con su accesibilidad indiferenciada: en primer lugar, porque no exige instrucción para comprender su forma; en segundo lugar, porque no plantea demandas complejas a la mente ni al comportamiento; y, en tercer lugar, porque no divide a su público». Se puede decir que «la televisión recrea las condiciones de comunicación que existían en los siglos XIV y XV».

Así que, según Postman, el niño tal como lo entendieron muchos en el pasado es una especie en vías de extinción. Entre otras manifestaciones, afirma, esto se nota cuando vemos la fusión cada vez mayor entre las perspectivas infantiles y las adultas, o cuando comprobamos que lo que entretiene al niño también divierte al adulto. Postman no ve con agrado ni optimismo esta evolución (y eso que él no llegó a ver los cambios de las dos últimas décadas), y piensa que este ocaso de la niñez supone la decadencia definitiva de la cultura norteamericana. También termina indicando, con poca fuerza pero con claridad, que las esperanzas sólo residen allí donde las familias cumplen bien su misión educativa: en este punto, al leerle he recordado algunas observaciones de Tras la virtud.

Neil Postman. La desaparición de la niñez (The Disappearance of Childhood, 1982). Barcelona: Círculo de Lectores, 1988; 206 pp.; trad. de Margarita Cavándoli; ISBN: 84-226-2695-0.

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BaumanCultura.JPG
sábado, 19 de abril de 2014

Explica Zygmunt Bauman en La cultura en el mundo de la modernidad líquida que tanto los creadores como los receptores del arte hoy adoptan una distancia irónica o cínica. Y continúa:

«Si se dice algo en relación con la superioridad de una forma de arte sobre otra, se expresa sin pasión y sin brío; por otra parte, las visiones condenatorias y la difamación son menos frecuentes que nunca. Tras este estado de las cosas se esconde una sensación de vergüenza, una falta de confianza en sí mismo, una suerte de desorientación: si los artistas ya no tienen a su cargo tareas grandiosas y trascendentes, si sus creaciones no sirven a otro propósito que brindar fama y fortuna a unos pocos elegidos, además de entretener y complacer personalmente a sus receptores, ¿cómo han de ser juzgados si no es por el bombo publicitario que acaso reciben en un momento dado? Tal como sintetizó diestramente Marshall McLuhan esta situación, “el arte es cualquier cosa que le permita a uno salirse con la suya”. O tal como Damien Hirst —actual niño mimado de las más elegantes galerías londinenses y de quienes pueden darse el lujo de ser sus clientes— admitió cándidamente al recibir el Premio Turner, prestigioso galardón británico de arte: “Es asombroso lo mucho que se puede hacer con un promedio escolar regular en artes, una imaginación retorcida y una sierra”». (De Hirst se habla también, como era de esperar, en el libro comentado en Un gran juego (1)).

Zygmunt Bauman. La cultura en el mundo de la modernidad líquida (Culture in a Liquid Modern World, 2011). Madrid: FCE, 2013; 101 pp.; trad. de Lilia Mosconi; ISBN: 978-84-375-0697-5.

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viernes, 18 de abril de 2014

El sacrificio reúne varias conferencias de René Girard en las que, atendiendo a lo que dicen los mitos védicos y los relatos judeo-cristianos, pone de manifiesto la diferencia radical entre lo mítico y lo evangélico. Explica los mecanismos de unanimidad del chivo expiatorio, comunes a la estructura de todos los mitos: unos mecanismos que los mitos asumen pero no entienden y que, sin embargo, los Evangelios reflejan y desactivan. La explicación de Girard acerca de la vinculación entre la violencia y lo sagrado resultará más clara y luminosa en esta exposición, para quien se tome la molestia de leerle con calma, que en la de otros libros anteriores. En este comentario y en esta reseña se dicen más cosas que me ahorran el trabajo de dedicar más tiempo a elaborar esta nota.

René Girard. El sacrificio (Le sacrifice, 2012). Madrid: Encuentro, 2013; 105 pp.; col. Bolsillo; trad. de Clara Bonet Ponce, revisión y versión de Ángel J. Barahona y David García Ramos; introd. de Ángel Barahona; ISBN: 978-84-9920-151-1.

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jueves, 17 de abril de 2014

Se suele decir que uno de los mejores artículos de Gay Talese, contenido en Retratos y encuentros, es «Frank Sinatra está resfriado». Es bueno, sí, pero no es el que representa mejor el estilo que Talese reclama como propio y el que afirma que le gusta más: el de hablar de los perdedores o de la gente que desempeña trabajos ocultos o menos reconocidos. En esta dirección, del mismo libro yo escogería «Dos malas noticias», un artículo gracioso centrado sobre todo en un redactor de obituarios llamado Alden Whitman, pero que, de paso, menciona rasgos propios de quienes hacen ese trabajo en los periódicos.

Así, habla del «astigmatismo ocupacional que aqueja a muchos redactores de obituarios», que les hace pensar que «si han escrito o leído por anticipado la necrológica de alguien, acaban por pensar que dicha persona murió también por anticipado»; o que, «después de escribir una muy buena necrológica anticipada, su orgullo de autor es tanto que no ve la hora de que esa persona caiga muerta para poder contemplar su obra maestra en letras de molde». Más adelante indica que lo anterior puede deberse a que hubo una época en la que «los editores no les pagaban a sus escritores de necrológicas, contratados con frecuencia a destajo, hasta que el sujeto del óbito no hubiera fallecido; o, como solían formularlo en esos tiempos, no hubiera “entregado el alma”, “pasado a mejor vida” o “dejado este mundo”». Incluso sucedía de vez en cuando, sigue, que «durante la espera, en Noticias Locales hacían la que ellos llamaban una porra macabra, en la que cada cual ponía cinco o diez dólares y le apostaba a la persona de la lista de necrológicas anticipadas que creía que iba a morir primero».

En el texto Talese comenta el trabajo del señor De Vaulchier, un bibliotecario investigador jubilado que fue una especie de lector profesional e las páginas de obituarios de los diarios del área metropolitana de Nueva York, que concluyó que «si se ha de creer únicamente lo que sale en el Times, entonces los individuos con la más alta tasa de mortalidad son los presidentes de juntas directivas»; y señala que, en ese mismo periódico, «los almirantes suelen ser objeto de necrológicas más largas que los generales, que a los arquitectos les va mejor que a los ingenieros, que a los pintores les va mejor que a los demás artistas y que siempre parecen morirse en Woodstock, Nueva York. Las mujeres y los negros casi nunca parece que se mueran».

Gay Talese. Retratos y encuentros (Portrais and Encounters, artículos escritos entre 1961 y 2003). Madrid: Alfaguara, 2010; 348 pp.; trad. de Carlos José Restrepo; ISBN: 978-84-204-0602-2.

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miércoles, 16 de abril de 2014

Un álbum de hace ya treinta años que se ha publicado hace poco en castellano: La filarmónica se viste, de Marc Simont y Karla Kuskin. Valioso y divertido para todos, por la calidad y la simpatía de los dibujos, e informativo y sugerente para los niños, pues es un librito de los que hacen comprender un poco más un trabajo, de los que muestran no tanto el trabajo como las personas que lo realizan, y de los que pueden hacer pensar al lector joven un «a mí me gustaría estar ahí en el futuro».

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martes, 15 de abril de 2014

No hace mucho mencioné Mimí, un buen libro sobre lo que supone para un niño la muerte de un ser querido. Un álbum reciente sobre lo mismo es El árbol de los recuerdos, de Britta Teckentrup. En él se habla de un zorro que había tenido una vida larga y feliz, y «se quedó dormido para siempre», «tranquilo y en paz». Luego llegan Búho y todos los amigos de Zorro y lo recuerdan, tristes y silenciosos. Cada uno de los animales evoca su trato con el fallecido: «Coneja sonrió cuando contó la historia de cómo Zorro había jugado con ella al escondite entre las altas hierbas», etc. Y, cuando crece una planta justo donde murió los demás animales «supieron que Zorro seguía estando con ellos».

La historia está bien resuelta gráficamente. Las imágenes tienen el mismo tono amable y cálido que respira el argumento. Habrá lectores que considerarán tonto, e incluso muy tonto, que algunos animales, como los conejos, recuerden con tanto cariño al zorro: usar animales para reflejar comportamientos y sentimientos humanos tiene unas limitaciones que sólo se pueden saltar los que ignoran cómo son los animales, o los acostumbrados desde muy pequeños al mundo Disney. También, como apunté al hablar de Mimí, esta es una de esas ficciones que hablan a los niños de la muerte con el buen deseo de tranquilizarlos y la desdramatizan en exceso. Cada uno tiene su experiencia pero, a estas alturas, a mí me parece claro que una cosa es huir de cualquier pedagogía del miedo y otra mirar para otro lado como si no sucediera nada: algunos planteamientos así a niños pueden tener, y en muchos casos tienen, un efecto bumerán inesperado.

Britta Teckentrup. El árbol de los recuerdos (The Memory Tree, 2013). Madrid: Nube Ocho, Pepa Montano, 2013; 24 pp.; trad. de ; ISBN: 978-84-616-4733-0.


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lunes, 14 de abril de 2014

¡Voy a comedte!, de Laure du Faÿ y Jean-Marc Derouen, es un álbum magnífico para contar en voz alta pero también para contemplar porque las imágenes son excelentes y muy divertidas.

Su principal protagonista es un lobo que acecha entre los árboles a la espera de su próxima víctima. Un conejito sonrosado que pasa por allí, sorprendido por el «¡Voy a comedte!» con que le asalta el lobo, le repregunta «¿puedes repetir lo que has dicho?»… Y convence al «enorme y malvado lobo» que debe arreglarse la boca y que, si le espera un poco, enseguida vuelve. El lobo no tiene más suerte con un conejito «dojo» poco después. Pero este sí parece que vuelve y, cuando salta sobre él…

La narración es muy clara. Tercero, porque las palabras van en blanco sobre negro, o en negro sobre blanco y, para determinadas palabras, se usa un tipo de letra mayor. Segundo, porque las figuras de los personajes son graciosas, las ilustraciones están bien compuestas, y también hay personajillos pequeños que observan lo que ocurre, o que pasan por allí, en las que los lectores pueden fijarse. Y primero porque tiene un argumento bienhumorado, unos textos bien pensados para ser leídos en alto, y un satisfactorio desenlace a tono con el relato.

Laure du Faÿ. ¡Voy a comedte! (Ze vais te manzer, 2012). Texto de Jean-Marc Derouen. Madrid: Kókinos, 2012; 36 pp.; trad. de Miguel Ángel Mendo; ISBN: 978-84-92750-86-3. [Vista del libro en amazon.es]

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domingo, 13 de abril de 2014

La desaparición de la niñez, de Neil Postman, es un libro de hace tiempo que vale la pena conocer. Su primera parte, la mejor y más duradera, es una historia a grandes rasgos de la niñez como institución. Las consideraciones de la segunda parte sobre la desaparición de la niñez en los Estados Unidos, siendo válidas en muchas cosas, se han visto desbordadas por los avances tecnológicos de las últimas décadas.

El autor habla de que los griegos, «aunque no inventaron la niñez, anduvieron lo bastante cerca para que dos milenios después, cuando se inventó, pudiéramos reconocer sus raíces». Luego explica que los romanos tuvieron una conciencia de la niñez superior a la de los griegos pues establecieron la relación entre niñez y pudor: «la niñez no puede existir sin una idea bastante desarrollada del pudor». Después se detiene en la Edad Media, cuando no había escuela, imprenta, ni pudor, ni normas de cortesía, ni secretos: el niño tenía acceso a todas las formas de comportamientos comunes a su cultura como, dice, algunas pinturas de Brueghel ponen de manifiesto.

Un siguiente paso vino dado por la invención de la imprenta, que creó una nueva definición de la adultez basada en la competencia para la lectura. «La imprenta capta, domestica y transforma el tiempo y, en el proceso, modifica la conciencia que la humanidad tiene de sí misma». Se comprueba entonces que, «donde la capacidad de leer y escribir tenía un valor alto y persistente, había escuelas, y donde había escuelas, el concepto de niñez se desarrolló rápidamente. Por eso la niñez surgió antes y con un perfil más definido en las Islas Británicas» pues, «en un periodo relativamente corto, los ingleses transformaron su sociedad en una isla de escuelas», y ya en 1660 había una escuela cada 4.400 habitantes. El auge de la niñez como institución, que creció gracias también a la influencia de algunos pensadores como Locke y Rousseau, llegó a su punto álgido en las primeras décadas del siglo XX y Postman cifra su decadencia, en Estados Unidos, a partir de 1950, cuando la televisión se puede considerar que es ya universal.

Neil Postman. La desaparición de la niñez (The Disappearance of Childhood, 1982). Barcelona: Círculo de Lectores, 1988; 206 pp.; trad. de Margarita Cavándoli; ISBN: 84-226-2695-0.

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sábado, 12 de abril de 2014

Otra de las ideas que trata George MacDonald en «La imaginación fantástica» es la de los significados de los cuentos de hadas. Plantea la pregunta que le podría formular un padre: «Supongamos que mi hijo me pregunta qué significa el cuento de hadas, ¿qué debo contestarle?», y le responde:

«Si usted no sabe qué significa, ¿qué hay más sencillo que decírselo? En cambio, si usted encuentra un significado, debe comunicárselo. Una genuina obra de arte ha de significar muchas cosas. Cuanto más verdadero sea su arte, más significados tendrá. Por ejemplo, si uno de mis dibujos dista tanto de ser una obra de arte que, a modo aclaratorio, debe especificar por escrito esto es un caballo, ¿qué importancia tiene que ni usted ni su hijo sepan qué significa? Es menos importante transmitir un significado que despertar un significado. Si ni siquiera despierta su interés, déjelo estar; tal vez haya ahí algún significado, pero no para usted. Insisto, si usted no puede reconocer un caballo cuando lo ve, el nombre escrito al pie no le servirá de mucho. En cualquier caso, no es tarea del pintor enseñar zoología.

Pero es probable que sus hijos no le molesten con respecto al significado. Ellos descubren aquello que son capaces de descubrir; más, sería pedirles demasiado».

Georges MacDonald. Cuentos de hadas (Fairy Tales). Girona: Atalanta, 2012; 239 pp.; col. Ars brevis; trad. de Ana Becci; prólogo de Javier Martín Lalanda; ISBN: 978-84-939635-4-5.

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viernes, 11 de abril de 2014

Debido a reseñas como esta y esta, busqué La vida ondulante, de Ramon Eder. A modo de aperitivo, algunos aforismos que se contienen en él, de los que yo tomé nota, son:

—Esas mujeres vestidas como Dior manda.
—Sonreír es vencer la ley de la gravedad.
—El sentido moral se adquiere en la infancia al repartir la merienda con los hermanos.
—Haber tenido una infancia feliz es un serio obstáculo para el resto de la vida. Solo se puede ir a peor.
—Los niños nos obligan mágicamente a inclinar la cabeza.
—No hay que ser ingratos con los libros que nos hicieron felices en la infancia. Esos libros que ahora no leemos nos aficionaron a la lectura y nos enseñaron a leer.
—Es agradable que un escritor nos cuente su vida siempre que ponga bien los adjetivos.
—La vanidad para un escritor es como la gordura para una bailarina.
—El que publica un libro y no recibe ninguna crítica siempre podrá pensar que ha dejado al mundo atónito.

Ramón Eder. La vida ondulante: hablando en plata, ironías y pompas de jabón (2012). Madrid : Renacimiento, 2012; 123 pp.; ISBN: 978-84-8472-662-3.

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jueves, 10 de abril de 2014

El cementerio de barcos,
de Paolo Bacigalupi, es una distopía más pero algo mejor que otras.

Mundo futuro. Golfo de México. Playa de Bright Sands. Antiguos petroleros y mercantes encallados o hundidos. Mucha gente malvive trabajando como desguazadores. Nailer, de 17 años, pertenece a una cuadrilla de adolescentes que se ocupan de sumergirse para llegar a lugares difíciles y recuperar algunos materiales como las conducciones de cobre. Su padre, Richard, es alcohólico y, en ocasiones, es extraordinariamente violento con él. Encuentra un cierto apoyo en su jefa, una chica un poco mayor llamada Pima, y en la madre de Pima, Sadna, una mujer sensata y fuerte. Un día Nailer se ve atrapado en un depósito de petróleo y tiene un accidente. No puede trabajar unos días y, además, hay un gran huracán, después del cual Pima y él descubren descubren un clíper de lujo averiado entre las rocas y, en su interior, todos los tripulantes muertos menos una chica joven que resulta ser la heredera de una gran familia, Nita. Se puede decir que ahí comienza el relato: Nailer elige hacer caso a la chica y acompañarla para que pueda volver con su padre. Va con ella a Nueva Orleans, junto con Tool, un «medio hombre» diferente a otros, mientras Richard y los rivales del padre de Nita los persiguen.

Como suele ocurrir, abundan las descripciones de detalles intrascendentes, algunos necesarios para situar al lector pero muchos otros no, y son demasiados los pensamientos y emociones de los protagonistas difíciles de imaginar, dadas las situaciones tan raras y tan límites que tienen que vivir. Se podría discutir también el acierto de algunas metáforas que desean transmitir al lector las dificultades del héroe —una avalancha de petróleo como «un torrente de ébano», la potencia de un huracán tropical con el empuje de un carro de combate del viejo mundo…—. Luego, la religiosidad sincrética de los personajes es tan artificiosa que hace pensar en que ha sido concebida por alguien cuyas fuentes son las ideas que le han dejado la lectura del New York Times o los programas de televisión de la CNN (por poner ejemplos lejanos, pero podríamos decir la lectura de El País y de El Mundo).

Dicho esto, hay que añadir que la historia se sigue bien, que Nailer está bien dibujado, que la violencia que se desata en algunos momentos tiene la lógica propia del argumento, que son interesantes los «medio hombres» —«engendros del diseño genético»— y en especial la figura de Tool —alguien que aprende a tomar sus propias decisiones—, que son atractivos los escenarios —el mundo de los barcos al principio y Nueva Orleans después—. Además, los conflictos de lealtades personales se plantean bien: una chica de su cuadrilla que quiere hacerse con el puesto de Náiler decide no prestarle ayuda cuando la necesita; eso hace que Náiler decida no actuar igual cuando ha de tomar una decisión semejante. Bien, expuesto este planteamiento de la trama que me ha parecido interesante, debo añadir que temo a la continuación —pedirá mucho tiempo de lectura, ya conozco a los personajes, las perspectivas que se abren al final no me atraen mucho…—, pero le daré una oportunidad.

Paolo Bacigalupi. El cementerio de barcos (Ship Breaker, 2010). Barcelona: Plaza Janés, 2012; 345 pp.; trad. de Manuel de los Reyes; ISBN: 978-84-01-35254-6.

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miércoles, 9 de abril de 2014

Artist to artist, 23 Major Illustrators Talk to Children About Their Art,
es un libro preparado por el Museo de Eric Carle, en el que 23 ilustradores famosos escriben una carta dirigida a chicos o chicas que piensan en ser artistas. Todos ellos hablan de cómo empezaron a dibujar o pintar, de alguna persona que tuvo importancia para que siguieran ese camino, de la necesidad de trabajar mucho, etc. Cada carta, que ocupa un folio, se acompaña de algunas ilustraciones de su autor, siempre con algún o algunos autorretratos.

Así, Mitsumasa Anno les habla de la importancia de mirar profundamente a la propia cultura para encontrar en ella la inspiración y las raíces del poder que les hará capaces de crear buenas imágenes.

Robert Ingpen cita a N.C. Wyeth para señalar la diferencia entre un pintor y un ilustrador: el ilustrador somete su inspiración a un fin determinado y el pintor no tiene por qué. Por eso, continúa, el trabajo de un ilustrador es un oficio. Pero, eso sí, si el trabajo del ilustrador es como el de unir puntos con una línea para obtener luego un dibujo, el ilustrador ha de ser capaz de poner los puntos primero.

Maurice Sendak señala que si tiene (tenía) un don inusual no es el de que sepa dibujar mejor que otros —«nunca he sido tan tonto para engañarme respecto a eso»—. Más bien es, dice, el de que recuerda cosas que otra gente no recuerda: los sonidos, los sentimientos y las imágenes —«la cualidad emocional»— de algunos momentos particulares de su infancia.

Chris van Allsburg habla de que había trabajado siempre como escultor y que, cuando hizo su primer álbum —Jumanji— sabía poco de técnica pictórica pero sí de dibujo con lápiz porque así era como preparaba los bocetos de sus esculturas. Por eso le hacían gracia, viene a decir, los elogios que recibió por su originalidad de haber hecho su álbum con lápiz de carboncillo, cuando en realidad es que no habría sabido hacerlo de otro modo.

Varios autores. Artist to artist. 23 Major Illustrators Talk to Children About Their Art (2007). New York: Philomel Books, 2007; 112 pp.; ISBN: 978-0-399-24600-5.

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martes, 8 de abril de 2014

Otro álbum importante de los que se publicaron en España en los noventa, y que tampoco está en el mercado, creo, es El temible Safrech, de Javier Serrano y Ricardo Alcántara. Es un buen relato sobre miedos infantiles y el poder curativo de la risa.

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lunes, 7 de abril de 2014

Entre los álbumes valiosos publicados en España hace tiempo, y que ahora no están en el mercado, uno que todavía no había puesto aquí todavía es Adiós, ¡y buena suerte!, de Gusti y Ricardo AlcántaraEs una historia que plantea bien el temor que siempre produce dejar atrás algunas seguridades.

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domingo, 6 de abril de 2014

Actualización: la selección de álbumes en Flipboard ahora es de 56 álbumes. A ella le he añadido una nueva selección de otros 56 álbumes imprescindibles.

He publicado en Aceprensa En el país de Cormac McCarthy, un artículo (de pago) que resume la introducción a El secreto de la belleza.

Dentro de pocas semanas, a ese librito y a La discrección del bien, espero añadirles otro sobre William Golding.

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domingo, 6 de abril de 2014

Jacqueline de Romilly: «En Píndaro, la libertad poética se encuentra vinculada a un deseo, sin duda deliberado, de dificultad. En la tragedia griega, casi no hay nada que no derive de las condiciones materiales de la obra y de la necesidad en que el autor se encontraba de no hablar más que por la mediación de los personajes. En el diálogo platónico, los caracteres mismos del pensamiento explican el margen entre las ideas formuladas y las conclusiones sugeridas. Pero estas diferentes condiciones desembocan siempre en un arte igualmente complejo y sutil, en una confianza igualmente exigente en la perspicacia del lector. Y es necesario concluir que esta perspicacia existía, que era natural contar con ella y no decirlo todo, ya que estaba habituada a comprender, aun cuando no se hubiera dicho todo».

Ese clima intelectual explica que, aunque los ideales de Tucídides eran la claridad y el racionalismo, también se propusiera «sacar partido de los recursos que las habituales exigencias de perspicacia ponían a su disposición». Para conseguirlo, dice Jacqueline de Romilly, primero Tucídides «se sitúa deliberadamente en condiciones análogas a aquellas en las que se encontraba Esquilo: se abstiene de comentarios personales y deja hablar a los hechos» sin añadirles análisis ni explicaciones; pero luego, gracias a la firmeza de una composición que introduce relaciones y contrastes o activa ecos y sugerencias, consigue no sólo que la narración sea luminosa en sí misma sino que también se desprenda de ella una interpretación de conjunto.

Jacqueline de Romilly. Tucídides. Historia y razón (Histoire et raison chez Thucydide, 1967). Madrid: Gredos, 2013; 255 pp.; col. Biblioteca de estudios clásicos; trad. de Jordi Terré; ISBN: 978-84-249-1114-0. [Vista del libro en amazon.es]


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sábado, 5 de abril de 2014

En el mismo texto que mencioné días atrás, para explicar qué moralidad debe aplicar un autor en el interior de las ficciones de fantasía que inventa, George MacDonald afirma lo siguiente: «En el mundo moral (…) un hombre puede vestirse con nuevas formas, y emplear libremente su imaginación (…) pero no debe inventar nada. No le está permitido, por ningún motivo, subvertir sus leyes. (…) Las leyes del espíritu humano deben conservarse y prevalecer tanto en este mundo como en cualquier otro que el hombre sea capaz de inventar. No sería ningún delito imaginarse un mundo en el cual todo se repeliese en lugar de atraerse, pero estaría mal escribir un cuento que representara a un hombre supuestamente bueno que siempre cometiera malas acciones, o a un hombre supuestamente malo que [siempre] hiciera cosas buenas: la idea en sí misma no se rige por ninguna ley. Un hombre puede inventar en el terreno de las cosas físicas; sin embargo, en el terreno de las cosas morales, debe obedecer y trasladar sus leyes a su mundo inventado».

Georges MacDonald. Cuentos de hadas (Fairy Tales). Girona: Atalanta, 2012; 239 pp.; col. Ars brevis; trad. de Ana Becci; prólogo de Javier Martín Lalanda; ISBN: 978-84-939635-4-5.

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viernes, 4 de abril de 2014

Pero ¿qué será de este muchacho? es un librito de memorias, escrito en el año 1981, en el que Heinrich Böll recuerda sus años escolares entre 1933 y 1937, los finales de su bachillerato. El título alude a la preocupación que tenían por él sus padres y amigos. Me ha resultado interesante por la soltura con la que Böll cuenta las cosas y por el panorama que describe, tan distinto al de otras obras sobre la época, y porque la condición de autor comprometido de Böll me atrae.

Sin embargo, está escrito con una voluntad irónico-crítica que le perjudica. Al principio Böll indica que, aunque es «desconfiado frente a las declaraciones autobiográficas, mías y de otros», y aunque su relato esté «cronológicamente embrollado», garantiza la atmósfera y la situación, y también los hechos que narra. Pero al leerlo es difícil no pensar que, cuando habla de la «aversión invencible» por los nazis, política y estética, que tanto él como su familia sentían entonces, sus juicios están muy condicionados por los acontecimientos posteriores. También es difícil no pensar que, al hablar de los pensamientos críticos que tenía entonces hacia determinados comportamientos de los católicos alemanes, no los esté viendo de acuerdo con la carga de toda la historia posterior y a la luz de sus posicionamientos actuales.

Estas reflexiones que yo al menos me hacía cuando pasaba las páginas creo que se deben al tono: no es tanto que el autor busque hacerse a sí mismo personalmente mejor de lo que era, que no es así, sino que todo suena como si quisiera reforzar su posición actual con un ¿veis como esto ya se veía venir?, ¿veis como ya nos dábamos cuenta? Naturalmente, puedo estar confundido, pero lo que aceptaría bien si fuera la recreación ambiental propia de una novela —como podrían ser Sin novedad en el frente o como Espada de honor—, no lo veo tan claro, y no lo acepto tan bien, en un relato autobiográfico.

Heinrich Böll. Pero ¿qué será de este muchacho? (Was soll aus dem jungen Bloss werden? oder: Irgendwas mit Büchern, 1981). Barcelona: Galaxia Gutenberg, Círculo de Lectores, 2013; 99 pp.; trad. de Joan Fontcuberta; ISBN: 978-84-15472-39-1 y 978-84-672-5208-8.
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jueves, 3 de abril de 2014

He leído Antares, novela marinera de Francisco Díaz Valladares, a raíz de este buen comentario de Darabuc, donde se apuntan reflexiones interesantes. El hilo de la historia, que se dice allí con más detalle, es que una chica termina embarcada en el remolcador que capitanea su padre, sin que él lo sepa, justo cuando se dirige a rescatar a un pesquero desconocido y se avecina una tormenta. El relato gustará a quienes son aficionados al género. La narración es buena, el argumento tiene tensión, hay información sobre las interioridades del barco y sobre el funcionamiento de las mafias que introducen inmigrantes africanos en España. Además, está conseguida la, por momentos, irritante protagonista, que es quien cuenta lo sucedido unos años después.

Es cierto que a una parte de los lectores jóvenes actuales la lectura les puede costar. Esto se debe, creo, primero a que muchos llevan mal que se les narren por escrito cosas que preferirían ver —recorridos por el barco sobre todo—, aunque también se puede pensar que bastantes pormenores podrían suprimirse sin detrimento de la narración, pero que los expertos en barcos echarían de menos. Pero, sobre todo, se debe a que los niveles de crudeza en mucha novela juvenil actual son muy altos y los lectores acusan cualquier descenso a los niveles propios de aventuras construidas al modo de las antiguas, como es el caso. Sea como sea, escenas de acción y violencia no faltan y la novela es entretenida.

Francisco Díaz Valladares. Antares (2012). Zaragoza: Edelvives, 2012; 214 pp.; col. Alandar; ISBN: 978-84-263-8605-2.

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miércoles, 2 de abril de 2014

Historias secretas en la noche, de Joan Manuel Gisbert, empieza cuando Konrad, el Ecuánime, señor de Warlavia, convoca un concurso para cubrir la plaza de maestro de narraciones de su reino. El relato del primero de los dos participantes, Ismal, se titula «El mensajero de los siete reinos» y trata sobre un hombre con el oficio de mensajero que nunca había dejado de cumplir un encargo. Después de oírlo, la segunda narradora, Nubis, pretende retirarse, pero las reglas le obligan a contar su historia y así lo hace: su relato, titulado «La princesa de Babilonia», trata sobre una princesa bondadosa cuya vida y reino están amenazados. Al final, el Ecuánime se plantea cómo recompensar a dos narradores tan excepcionales cuando las condiciones imponen que sólo uno puede vencer y el otro tiene que marcharse.

Libro que se lee con gusto y que deja un poso de amor por las buenas historias y, también, del valor que tiene la preocupación bondadosa por los demás. En él queda patente una vez más el talento del autor para construir relatos intrigantes y enigmáticos. Tanto la historia que actúa de marco como los dos relatos que se contienen en ella se cuentan con calma y acentos algo solemnes, como sin humor, pero eso es apropiado pues encaja bien con los contenidos. Las ilustraciones en blanco y negro añaden un punto de misterio más a distintos pasos de los argurmentos.

Joan Manuel Gisbert. Historias secretas en la noche (2011). Madrid: Oxford, 2011; 197 pp.; col. El árbol de la lectura; ilust. de Francisco Solé; ISBN: 978-84-673-5468-3.

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martes, 1 de abril de 2014

En El hombre niebla, de Tomi Ungerer, se cuenta una historia nostálgica de ambiente irlandés. Esta vez el autor no usa un registro irónico, deja de lado su fama de ser «la pesadilla de los pedagogos», y cuenta una historia satisfactoria para todos.

Finn y Cara, dos hermanos, viven en un pueblo costero cercano a la isla de la Niebla. Su padre tiene una canoa pequeña, una curragh, en la que un día salen juntos a navegar. Aunque les advierte de que tengan cuidado pues las corrientes son traicioneras, la niebla les envuelve y acaban en la isla. Y, una vez allí, las cosas no suceden como esperaban.

Las ilustraciones, en tonos grises, marrones y azules, van en la derecha y el texto en la izquierda. Hay también algunas dobles páginas, sin texto. La narración es buena: las palabras con las que se cuenta todo son sencillas y el autor deja que la magia que se desprende del relato recaiga sobre unas imágenes ensoñadoras y sobre la fuerza que tiene un argumento tradicional y eficaz.

Tomi Ungerer. El hombre niebla (Fog Man, 2012). Salamanca: Lóguez, 2013; 48 pp.; trad. de Ester Sebastián López; ISBN: 978-84-96646-91-9.

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