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Notas de mayo de 2008 :: bienvenidosalafiesta ::    
bienvenidos a la fiesta
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sábado, 31 de mayo de 2008

Gerard Genette: «Me parece algo necia la actitud que consiste en apreciar las obras del pasado por su grado de anticipación del gusto actual, transformación pueril de la idea de progreso artístico, como si el mérito de A fuera siempre el de anunciar a B que, a su vez, no tendría valor si no fuera porque anuncia a C que, a su vez...» Un autor posee su propio valor, «que no se reduce a presagiar a otros».

Gérard Genette. Nuevo discurso del relato (Nouveau discours du récit, 1993). Madrid: Cátedra, 1998; 117 pp.; col. Crítica y estudios literarios; trad. de Marisa Rodríguez Tapia; ISBN: 84-376-1603-4.

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viernes, 30 de mayo de 2008

Botchan
es un relato del escritor japonés Natsume Soseki, cuya obra más conocida es Kokoro (1914). La introducción y una nota previa del traductor informan sobre la vida del autor y la importancia de su obra. Tal vez es desorientador ponerla en paralelo con Huckleberry Finn y El guardián entre el centeno: Botchan es un relato en primera persona pero el narrador no es un adolescente y sus dificultades en la vida tienen que ver sobre todo son su carácter y su cortedad, y no con problemas afectivos graves.

En los primeros capítulos conocemos algunas cosas de la infancia y juventud de Botchan, el protagonista: algunas anécdotas que revelan su carácter impulsivo y su falta de sensatez; la relación tensa con sus padres pues su hermano mayor es el favorito; el afecto que le tiene Kiyo, la sirvienta de la casa, que le aprecia y confía en él plenamente. En los siguientes, la narración se centra en su primer año como profesor en una escuela de provincias, donde su modo de ser atrae las bromas de los alumnos y le granjea una relación difícil con sus colegas, a los que nombra con apodos como Camisarroja, Calabaza, Puercoespín, etc. Le costará trabajo saber quiénes son buenas personas y cuáles no.

La narración es cortante y directa, con muchas admiraciones y comentarios del narrador que dan a conocer sus reacciones explosivas, algunas veces exteriores y siempre interiores. El personaje no es atractivo aunque sufre un proceso de cambio y maduración a lo largo de la novela que le hace caer en la cuenta de sus errores anteriores e ir ganándose un poco al lector. Sus andanzas se leen bien y son entretenidas pues su atolondramiento y las barrabasadas en las que participa son memorables si uno las contempla desde lejos.

Además, el relato puede interesar porque muestra un poco la cultura japonesa en la época Meiji, las décadas finales del XIX y principios del XX en las que Japón vivió un tenso proceso de occidentalización. En relación a ese tiempo, y a partir de la obra de Soseki, Jiro Taniguchi y el guionista Natsuo Sekigawa prepararon unos excelentes cómics titulados La época de Botchan (1984 a 1991; cinco volúmenes editados por Ponent Mon, Alicante, 2005-2006).

Natsume Soseki. Botchan (1906). Madrid: Impedimenta, 2008; 234 pp.; trad. de José Pazó Espinosa; introd. de Andrés Ibáñez; ISBN: 978-84-935927-7-6.

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jueves, 29 de mayo de 2008

El escándalo del Padre Brown
es la última colección de relatos del Padre Brown. En su origen, esta recopilación, que Chesterton publicó poco antes de su fallecimiento, contenía ocho casos, titulados con el que inicia la colección; a ellos, en la edición de Valdemar de 2007, se añaden dos más que no habían sido entregados para su publicación.

Como es habitual, todos estos relatos hablan de que las cosas no son lo que parecen, no sólo porque quienes parecen sospechosos al principio luego no resultan serlo, sino porque la realidad es más compleja de lo que a simple vista se ve. Es certero el título pues, aparte de ser el del primer relato y de mostrar en él cómo la conducta del protagonista resulta escandalosa si se presenta parcialmente, también se corresponde con el impacto que causan sus juicios, a veces tan políticamente incorrectos, sobre los modos de pensar y sobre los personajes que triunfan en nuestro mundo. Así, en La persecución del señor Blue el P.B. manifiesta que siente «simpatía por las personas que son inútiles y fracasadas según propia confesión, tal vez porque hay tantas personas inútiles y fracasadas sin confesarlo».

La contundencia del P.B. contra quienes se han enriquecido injustamente tiene aquí una formulación escandalosa: en La persecución del señor Blue, afirma que, considerando la forma en que se había enriquecido el asesinado, e incluso considerando el modo en que la mayor parte de los millonarios han amasado sus fortunas, cualquiera es sospechoso de hacer algo tan natural como asesinarlos. En La máscara de Midas se habla de uno de esos magos de la modernidad, «un genio de las finanzas cuyos «robos eran robos a miles de pobres». También hay un caso, La punta de un alfiler, «el enigma más complejo y extraño al que me he enfrentado» según afirma el P.B., en el que se habla con simpatía de un aristócrata cuya mala conciencia le hace volver sobre sus pasos anteriores.

Entre las pautas de conducta o actitudes en la vida que se pueden destacar, una es la de El problema insoluble, cuando el Padre Brown afirma que «no es generoso hacer de la paciencia de Dios con nosotros un cargo contra Él». Otra, muy interesante, es cuando en La punta del alfiler apunta que hay gente que no puede ver la solución de un problema porque no pueden ver ni siquiera el problema. Otra más, que proclama en El hombre verde, es esta: «No hay nada malo en tener ambiciones, pero él tenía ambiciones y las llamaba ideales. El viejo sentido del honor enseñó a los hombres a sospechar del éxito; a decir: “Esto es un beneficio, debe ser un soborno”». Y otra, que vuelve al planteamiento central de su obra Herejes, es la de El crimen del comunista, cuando el P.B. aclara que una vida no puede «estar en lo justo» si los planteamientos que la sustentan están equivocados.

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miércoles, 28 de mayo de 2008

Hace unas semanas falleció Ollie Johnston, el último animador de las películas clásicas de Walt Disney, Bambi entre otras. Esa noticia es un pretexto tan bueno como cualquier otro para recomendar Bambi, el libro del austriaco Felix Salten, un relato menos conocido de lo que merece debido, seguramente, a que la versión en cine llegó a mucha gente antes de que conocieran el libro y luego llegó ya en cine a varias generaciones que nunca supieron que había un libro previo. Pero es un relato valioso que, entre otras cosas, trata con talento y acierto sobre la muerte de la madre del protagonista, y no al modo de Marcelino pan y vino sino con una visión puramente natural.

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martes, 27 de mayo de 2008

Rectifico un poco el contenido de El hombre que plantaba árboles, de Jean Giono: en ediciones anteriores había leído que la historia se inspiraba en un personaje real; en un epílogo a la edición última de Olañeta se habla de cómo al autor le pidieron un personaje real que resultara inolvidable y él se inventó un personaje tan inolvidable que resultara real para los lectores...

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lunes, 26 de mayo de 2008

El subtítulo de El libro de los libros, de la artista francesa-italiana Sophie Benini, es Cómo se hace un libro. A partir de algunas experiencias en talleres infantiles, con tono simpático y cómplice, la autora da explicaciones e ideas acerca de cómo preparar manualmente un libro compuesto con texto e imágenes. Propone usar materiales cotidianos e insólitos, da ideas en relación al uso de los colores, plantea las dos posibilidades de preparar unas ilustraciones a partir de un texto o la de poner texto a unas ilustraciones, etc.

Libro que puede ser divertido y útil para muchos aunque, con toda sinceridad, me parece insuficiente un comienzo (y un planteamiento) en el que se propone al lector «¿por qué no te dejas llevar, no te dejas arrastrar, no te dejas emocionar por las cosas que te rodean?». Eso lo hacen ya muchos niños sin esfuerzo, como se muestra en un mini-relato como Arte, pero en otra clase de libros tal vez el hincapié no se ha de poner tanto en «ser creativos» como en el trabajo que se necesita para llegar a escribir o a dibujar y pintar bien (al respecto puede verse Una reliquia fosilizada). Pero, al margen de mis pensamientos, el libro está bien.

Sophie Benini Pietromarchi. El libro de los libros (The Book Book. A Journey into Bookmaking, 2007). Barcelona: Thule, 2008; 133 pp.; col. Trampantojo; trad. de Aloe Azid; ISBN: 978-84-96473-84-3.

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domingo, 25 de mayo de 2008

Una cita más de Erich Auerbach, que se puede sumar a las suyas de los dos domingos anteriores —El estilo clásico y el estilo bíblico y Un género radicalmente nuevo— y a otras sobre la Divina Comedia de hace unas semanas: la concepción dominante de la realidad en la Edad Media europea era la interpretación «figural», una «interpretación según la cual la vida terrenal es del todo real, posee la realidad de la carne en la que advino el Logos, pero toda su realidad no es sino umbra y figura de lo auténtico, de lo futuro, de lo definitivo y verdadero que, revelando y preservando la figura, contiene la realidad verdadera. De este modo no se percibe el acontecer terrenal como algo definitivo ni como una realidad autosuficiente, ni como un eslabón en la cadena de un desarrollo en el que de un acontecimiento o del efecto conjunto de varios emanan otros nuevos, sino que dicho acontecer se contempla, ante todo, en una conexión directa y vertical con un orden divino del que participa y respecto del cual también él será en el futuro una realidad acaecida y consumada. Es así como el acontecer terrenal de la profecía real o de la figura forma parte de la realidad que se consumará inmediata y perfectamente en el futuro. Pero esta realidad no es sólo futura, sino que a los ojos de Dios y en el más allá está eternamente presente, de tal forma que allí la realidad desvelada y verdadera existe desde siempre, intemporalmente. A la luz de todo esto, la obra de Dante se manifiesta como un intento de abarcar poética y sistemáticamente la totalidad de la realidad universal».

Erich Auerbach. Figura (Figura. Sacrae Scripturae Sermo Humilis, 1938). Madrid: Trotta, 1998; 147 pp.; col. Minima Trotta; trad. de Yolanda García Hernández y Julio A. Pardos; prólogo de José M. Cuesta Abad; ISBN: 84-8164-229-0.

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sábado, 24 de mayo de 2008

George Steiner: «Nací con una grave limitación en el brazo y la mano derechos, limitación que mi madre se negó a aceptar y contra la que luchó toda su vida. En nuestros días se permite a un niño ser zurdo. El tratamiento que me reservaron no tenía comparación posible con las actuales prácticas. Me ataban, recuerdo, la mano izquierda a la espalda y aprendía a escribir y a pintar con mi mano derecha, que estaba prácticamente paralizada. Tardé seis meses en aprender a atarme los cordones de los zapatos, algo que dejaba muy desolada a mi madre. No se advierte que para hacer un nudo es necesario utilizar ambas manos. Finalmente conseguí vencer aquella dificultad y agradezco a mi madre haberme insuflado todo lo que hay en mí de voluntad y autoridad. Le debo también mis vacilaciones ante todas las terapias llamadas modernas».

George Steiner en diálogo con Ramin Jahanbegloo (George Steiner-Ramin Jahanbegloo. Entretiens, 1992). Barcelona: Mario Muchnik, 1994; 226 pp.; trad. de Manuel Serrat Crespo; ISBN: 84-7979-187-X.

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viernes, 23 de mayo de 2008

Lo esencial en las novelas históricas «no es la documentación histórica sino la reconstrucción de un marco histórico desde una perspectiva nostálgica», dice Carlos García Gual. En ellas al lector se le invita «a reconsiderar una cierta época y a revalorizar intelectual y sentimentalmente ciertos hechos o figuras del pasado que dramatiza». Y, «si este género falsea siempre la psicología de sus personajes, modernizándola», lo hace mucho más cuando usa la fórmula autobiográfica, que potencia más aún la radical ambigüedad.

Pensaba eso al leer Un sepulcro en el cielo, un relato de Vintila Horia en el cual El Greco cuenta su vida: sus amores, sus relaciones con Felipe II, Miguel de Cervantes, Benvenuto Cellini y otros; sus pensamientos acerca del momento histórico que le tocó vivir... Es una novela verdaderamente rica e interesante, que da idea del poder literario y de los conocimientos de su autor, pero también un ejemplo de sobreinterpretación: el personaje se ve a sí mismo y a su época por encima de sus posibilidades de comprensión. Por ejemplo, poco después del hundimiento de la Armada Invencible, un personaje le dice al Greco, a propósito de su cuadro más famoso: «Este cuadro no es el entierro del señor de Orgaz sino del proyecto universal de España. Lo que los dos sanos llevan a la tumba no es el cuerpo de un ser humano, sino el peso, vencido por la vida, de una conquista que hubiera cambiado la luz del mundo y hasta sus entrañas». Demasiado, pienso yo. Con todo, es una novela valiosa y que me ha interesado.

Carlos García Gual. «Luces y sombras. Novela histórica y biografía apologética», Sobre el descrédito de la literatura y otros avisos humanistas (1999). Barcelona: Península, 1999; 319 pp.; col. Ficciones; ISBN: 84-8307-192-4.
Vintila Horia. Un sepulcro en el cielo (1987). Barcelona: Planeta, 1987; 277 pp.; col. Narrativa; ISBN: 84-320-7190-0.

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jueves, 22 de mayo de 2008

El secreto el Padre Brown
es la cuarta colección del personaje y contiene diez nuevos casos que comienzan por un primer capítulo con ese título. En ella, el autor intenta entrar más a fondo en los misterios del alma humana y en cuestiones como la naturaleza del pecado y del perdón. El título se refiere al secreto de la particular técnica detectivesca del protagonista, que también tiene que ver con la bondad y la sabiduría propia de un sacerdote cuyo principal interés no es descubrir a nadie sino congraciarlo con Dios.

Esto se manifiesta en que, mientras un detective se alegra con un delincuente al que descubre o desenmascara, el P.B. se alegra con un pecador que se convierte y desea subrayar la diferencia entre la manera limitada e incluso mezquina de perdonar de los hombres y la grandeza del perdón de Dios. Así, cuando en La penitencia de Marne una mujer le indica que no se puede perdonar todo, que «hay un límite en la caridad humana», el P.B. le confirma que, en efecto, «lo hay, y esta es la verdadera diferencia que existe entre la caridad humana y la divina»: los hombres con frecuencia «sólo perdonan aquellos pecados que no creen verdaderos» como por ejemplo un duelo convencional; en definitiva «perdonan porque no hallan qué perdonar».

Entre las claves para enfrentarse a los casos que se le plantean, el P.B. subraya la importancia de razonar bien y en La luna roja de Meru dice: «La razón nos proviene de Dios y cuando las cosas son poco razonables, créame, es que sucede algo». En otro momento habla de observar las cosas desde la distancia justa: en La canción del Pez Volador dice que «a veces una cosa está demasiado cerca para que la veamos» como una mosca en el ojo del que mira por un telescopio. En ese mismo caso reconoce que la casualidad también cuenta pues comenta que «todo crimen depende de que alguien no caiga en la cuenta o no se despierte lo bastante pronto». Y, como en otras ocasiones, indica que no cualquiera puede cometer cualquier crimen: en El secreto de Flambeau explica cómo «el hombre mundanal, cuya vida existe sólo en función de este mundo, sin creer en ningún otro, cuyos éxitos y placeres mundanales son todo cuanto pueda arrebatar a la nada, ése es el hombre que realmente hará cualquier cosa, si está a punto de perder el mundo entero sin sacar ningún provecho de él. No es precisamente el hombre revolucionario, sino el respetable, quien cometería cualquier crimen para salvar su reputación».

Entre las fuertes andanadas que hay en esta colección contra los prejuicios de clase, una se dirige contra ciertas creencias que muchos asumen acríticamente y que parecen extendidas por los propios interesados: en La desaparición de Vaudrey el P.B. dice que «la mitad de la política moderna estriba en unos ricos que hacen víctima de un chantaje a los pobres» y comenta lo increíble que resulta el pensar que un hombre rico puede actuar en política desinteresadamente porque, supuestamente, no tiene ya nada que ganar: es una opinión insultante e increíble «que los ricos no quieren ser más ricos, que a un hombre sólo se le puede sobornar con dinero», y por tanto que los pobres tienen más inclinación a robar...

Otra va contra la inmoralidad de quienes se mueven sólo por el dinero: en El hombre de dos barbas afirma que «en principio no existen profesiones y tipos buenos o malos. (...) Pero si es verdad que hay un cierto tipo de hombre que se inclina a desoír a Dios, es éste el tipo del hombre de negocios. No posee ningún ideal social ni, mucho menos aún, religioso; no posee ni las tradiciones del caballero ni la lealtad que hermana a los de una profesión. Todos aquellos alardes de haber hecho un buen negocio no eran más que alardes de haber engañado a una persona».

Y otra contra quienes hablan de honradez pero son herederos de una historia que no tiene nada de honrada. En La luna roja de Meru el P.B. afirma que «hay caballeros ingleses que han robado antes y a quienes el Gobierno y la ley han protegido (...). Al fin y al cabo, no es el rubí la única piedra preciosa en el mundo que ha cambiado de dueños; ha sucedido igual con otras piedras preciosas, con frecuencia más esculpidas que un camafeo y tan decoradas como flores», y al decir esto señala la iglesia que tiene a sus espaldas.

Un toque a los fascinados con cuestiones orientales está en ese mismo caso, La luna roja de Meru, cuando lady Mounteagle le dice al P.B. «no me vayas a decir que no comprendes que todas las religiones son una misma cosa», y el P.B. le responde: «Si lo son, me parece un poco descabellado tener que ir al centro de Asia para hablar de una».

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miércoles, 21 de mayo de 2008

Me alegra la nueva edición de un relato que William Faulkner escribió para niños, El árbol de los deseos —que no es genial pero está bien y es un ejemplo más de la conclusión de Apostar seguro—, así que cuelgo su reseña y la de su obra póstuma Los rateros, otro más de los relatos norteamericanos deudores de Huck Finn, pero de los mejores.

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martes, 20 de mayo de 2008

Hoja de papel,
de Francisco Hinojosa, es un relato simpático y amable sobre un caballo maravilloso, un tipo de argumento que abunda en la literatura infantil. No me ha gustado tanto como otros del autor, La peor señora del mundo en especial, pero me ha gustado.

El narrador, un chico que vive con sus padres en una casa de campo al lado de un pueblo, cuenta cómo un día, al volver de la escuela, vio un caballo blanco al que su familia decidió llamar Hoja de Papel. Resultan infructuosas las gestiones para encontrar a su dueño y Hoja de Papel lo cambia todo, en sus vidas y en la vida del pueblo. Incluso el talante de la gente cambia: hasta «el más enojón de mi escuela» hace las paces con Leonora, su peor enemiga.

La voz narrativa de niño contribuye a involucrar más al lector tanto en la ilusión que provoca el caballo como en el temor a perderlo. Es un acierto que los misterios que rodean al caballo, en su origen y en su comportamiento, sólo se insinúen pero no se confirmen.

La edición tiene algo de álbum pues las ilustraciones ocupan muchas páginas y dobles páginas completas. Casi todo el texto va en blanco sobre fondo negro y, algunos tramos en los que el texto comparte página con las ilustraciones, va en blanco sobre fondo azul; en las ilustraciones destaca la calidad del dibujo y no tanto los colages.

Francisco Hinojosa. Hoja de papel (2005). México: Fondo de Cultura Económica, 2005; 40 pp.; col. Los especiales de a la orilla del viento; ilust. de Rafael Barajas, El Fisgón; ISBN: 968-16-7573-8.

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lunes, 19 de mayo de 2008

Un tipo de álbumes de gran éxito son los que tratan acerca de la adopción. Uno reciente, que me parece modélico, por su equilibrado texto y sus emotivas ilustraciones, es La mejor familia del mundo, de Susana López y Ulises Wensell.

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domingo, 18 de mayo de 2008

Erich Auerbach: 
«En la antigüedad el estilo elevado y sublime se llamaba sermo gravis o sublimis; el bajo, sermo remissus o humilis, y ambos debían permanecer estrictamente separados. Por el contrario, en el mundo cristiano ambos están fundidos ya desde un principio, particularmente en la encarnación y la pasión de Cristo, en las cuales tanto la sublimitas como la humilitas cobran inaudita realidad y se funden por completo». La crítica estética que los paganos ilustrados de los primeros siglos hacían a las narraciones evangélicas procedía del asombro que les causaba la pretensión de que un estilo tan bárbaro pudiera contener la verdad. Esa crítica tuvo dos efectos. Uno, que hubo padres de la Iglesia que buscaron mejorar su estilo. Otro, que a ellos mismos les abrió los ojos a la peculiar grandeza de la Escritura, que crea «un género radicalmente nuevo de sublimidad, que no excluye lo cotidiano y bajo, sino que lo incorpora, de suerte que tanto en su estilo como en su contenido se realiza una fusión directa de lo más bajo y de lo más alto».

Erich Auerbach. Mímesis. La representación de la realidad en la literatura occidental (Mimesis: Dargestelle Wirklichkeit in der Abendländischen Literatur, 1942). México: Fondo de Cultura Económica, 1996, 6ª reimpr.; 533 pp.; col. Lengua y estudios literarios; trad. de de I. Villanueva y E. Ímaz; ISBN: 968-16-0282-X. [Vista del libro en amazon.es]

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sábado, 17 de mayo de 2008

Umberto Eco:
 «El mundo de la literatura es tal que nos inspira la confianza de que hay algunas proposiciones que no pueden ponerse en duda, y nos ofrece, por lo tanto, un modelo (todo lo imaginario que quieran) de verdad. Esta verdad literal se refleja sobre las que llamamos verdades hermenéuticas: al que dijera que d’Artagnan estaba devorado por una pasión homosexual hacia Porthos, (...) podríamos contestarle siempre que en los textos a los que nos referimos no es posible encontrar ninguna afirmación, ninguna sugerencia, ninguna insinuación que nos permita abandonarnos a estas derivas interpretativas. El mundo de la literatura es un universo en el cual es posible llevar a cabo tests para establecer si un lector tiene sentido de la realidad o es presa de sus alucinaciones».

Umberto Eco. Sobre literatura (sulla Letteratura, 2002). Barcelona: RqueR, 2002; 347 pp.; trad. de Helena Lozano Miralles; ISBN: 84-932721-1-6.

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viernes, 16 de mayo de 2008

A raíz de un comentario sobre una novelita de Henning MankellFiltros mentales europeos—, una lectora de la web me habló de Aké. Los años de la niñez, unas memorias infantiles de Wole Soyinka. Apoyo la recomendación: es fascinante la visión del mundo del pequeño protagonista, tanto aquellos aspectos propios de quien está creciendo y todo lo ve como nuevo, como los que reflejan las muchas peculiaridades de su entorno familiar y vecinal. Eso sí, el libro no está en el mercado y ha de buscarse en bibliotecas.

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jueves, 15 de mayo de 2008

En La incredulidad del Padre Brown, la tercera colección de casos del personaje, no aparece Flambeau. Son ocho relatos, los más largos de todos, que se publicaron doce años después del libro anterior, cuando Chesterton era más famoso y ya se había convertido al catolicismo. De modo indirecto ambas cosas se reflejarán en las historias: varias se desarrollan en los EE.UU. y hablan de la fama y de las impresiones del P.B. en ese país —con sucesos moldeados por el viaje que había hecho allí el autor—, y también los comentarios de carácter apologético del P.B. son más.

Todos tienen que ver con la credulidad de los escépticos y la incredulidad del héroe: en cada uno se da un suceso aparentemente sobrenatural —un fantasma, una maldición familiar, una resurrección...— que algunas personas creen pero no el P.B. Así, en El milagro de la calle de la Media Luna afirmará: «Creo que hay tigres que devoran hombres, aunque no los vea por la calle. Pero si busco milagros, sé muy bien dónde encontrarlos».

Se subraya de nuevo, dentro de las claves interpretativas del Padre Brown, su insaciable deseo de conocer la verdad: en La resurrección del P.B., se dice que «toda la vida se había dejado llevar por una sed intelectual de verdad, aunque fuera en cosas insignificantes. A veces lograba controlarla apelando al sentido de la proporción; pero nunca desaparecía». En sentido contrario, también una vez más se recuerda el interés y la habilidad de los delincuentes para disfrazarse: en El puñal alado se advierte cómo «cuando alguien te recibe en batín siempre piensas que estás en su casa» y no se te ocurre sospechar lo contrario.

En esta y en las posteriores colecciones de relatos, compuestos después de ásperas batallas periodísticas y judiciales que su hermano Cecil y el mismo autor habían tenido debido a sus denuncias contra políticos y hombres de negocios, en la obra de Chesterton y en sus casos del Padre Brown aumentarán las referencias al modo de pensar y de actuar propio de quien ocupa posiciones de poder. En El fantasma de Gideon Wise se habla de tres millonarios que, «en medio de un derroche de decoración rococó que jamás nadie contemplaba, y de una algarabía de pájaros exóticos que jamás nadie escuchaba, y de una abundancia de hermosas tapicerías y de un laberinto de lujosa arquitectura, los tres hombres estaban sentados comentando que el éxito se basaba en la prudencia y el ahorro, así como en el cuidado de la economía y el autocontrol».

Un ataque más al cientificismo está en El sino de los Darnaways, cuando el P.B. dice: «yo no sabría con qué quedarme si me dan a elegir entre la superstición científica de usted o la otra superstición mágica. Da la impresión de que con cualquiera de las dos, la gente acaba paralítica, incapaz de mover piernas o brazos o de salvar su vida o su alma».

Una nueva referencia a un modo de pensar extendido entre periodistas está en La maldición de la cruz de oro, cuando un personaje dice de sí mismo: «Yo no creo en nada; soy periodista —respondió aquel personaje melancólico—, soy Boon, del Daily Wire».

Una mención de la ignorancia de mucha gente acerca de su propia historia está en La maldición de la cruz de oro, un relato en el que el P.B. hace notar el desconocimiento lleno de prejuicios infundados acerca de la Edad Media de sus interlocutores. Se podría considerar un torpedo en la misma dirección, aunque sobre todo se dirige contra una moda propia de su tiempo, un comentario del P.B. en El puñal alado replicando a quien comenta que el budismo es más cristiano que el propio cristianismo: «esa afirmación basta por sí sola para arrojar un horrible y espectral rayo de luz sobre su idea del cristianismo».

Entre las pautas de comprensión de la vida y de comportamiento que da el P.B., tres joyas. En El milagro de la calle de la Media Luna el P.B., cuando le indican que un milagro del que le hablan acabará con el materialismo de mucha gente, responde: «¿No irá usted a decirme que ponga al servicio de la religión lo que, en mi opinión, no es más que una mentira? (...) Es posible que pueda utilizar una mentira al servicio de la religión, pero no al servicio de Dios». En El puñal alado, el P.B. dice a un personaje que no se amilane: «Los demonios siempre intentan vencernos haciendo que nos demos por vencidos»; y, en otro momento: «Sabe usted que soy consciente de que en todas las religiones hay todo tipo de personas: gente buena en religiones malas y gente mala en religiones buenas».

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miércoles, 14 de mayo de 2008

Por su calidad literaria, y por sus aires de memorias ficcionadas, El vaso de plata, de Antoni Marí, recuerda obras como las Pequeñas memorias de Tarín, de Rafael Sánchez Mazas, o Las musarañas, de José Antonio Muñoz Rojas, o, también, escenas de El Rey Mago y su elefante, de Aquilino Duque. Como ellas, evoca con elegancia el mundo de sentimientos encontrados de la infancia y la adolescencia, contra el fondo de los ambientes y las relaciones humanas propias de tiempos pasados en España. El comentario que abre la obra como prólogo, de Ignacio Martínez de Pisón, es certero pero, a mi juicio, es más respetuoso dejar que la obra llegue al lector sin presentarle ninguna interpretación previa.

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martes, 13 de mayo de 2008

El sonido de los colores
y Desencuentros, de Jimmy Liao, se pueden alinear con Emigrantes, de Shaun Tan, por su solidez y consistencia tanto gráficas como argumentales, por su carácter híbrido entre los álbumes y las novelas gráficas, y porque también buscan unos destinatarios más bien jóvenes o adultos. Además, igual que Emigrantes, son relatos que merece la pena no sólo conocer sino también tener: son muy ricos de contenido y están editados con el cuidado que merecen las obras que perdurarán.

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lunes, 12 de mayo de 2008

El popular historietista norteamericano Patrick McDonnell comenzó a ilustrar álbumes infantiles a partir de 2005. El segundo, titulado Arte, trata sobre un chico llamado Arte, superactivo, que pinta y pinta toda clase de garabatos, dibujos, manchas..., hasta que, al despertarse, ve sus folios pintados pegados en el frigorífico, pues «su madre adora el arte de Arte». Es un álbum simpático, con guiños al clásico de Crockett Johnson, Harold and the Purple Crayon, y que trata de un modo parecido el mismo tema de El punto, de Peter Reynolds. Pero aunque la historia no suene original lo cierto es que los dibujos y las composiciones tienen mucho dinamismo, y tanto el relato como el personaje contagian entusiasmo y simpatía.

Patrick McDonell. Arte (Art, 2006). Barcelona: Serres, 2008; 44 pp.; trad. de Belén Cabal; ISBN: 9788498670592.

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domingo, 11 de mayo de 2008

Dice Eric Auerbach que Homero «no conoce ningún segundo plano. Lo que él nos relata es siempre presente, y llena por completo la escena y la conciencia». En su obra no hay ningún procedimiento subjetivo-perspectivista, «creador de primeros y segundos planos» como sí lo hay, por el contrario, en las narraciones bíblicas. Esos dos estilos contradictorios, el homérico y el bíblico, pueden sintetizarse así: «Por un lado, figuras totalmente plasmadas, uniformemente iluminadas, definidas en tiempo y lugar, juntas unas con otras en un primer plano y sin huecos entre ellas; ideas y sentimientos puestos de manifiesto, peripecias reposadamente descritas y pobres en tensión. Por el otro, las figuras están trabajadas sólo en aquellos aspectos de importancia para la finalidad de la narración, y el resto permanece oscuro; únicamente los puntos culminantes de la acción están acentuados, y los intervalos vacíos; el tiempo y el lugar son inciertos y hay que figurárselos; sentimientos e ideas permanecen mudos, y están nada más que sugeridos por medias palabras y por el silencio; la totalidad, dirigida hacia un fin con alta e ininterrumpida tensión y, por lo mismo, tanto más unitaria, permanece misteriosa y con trasfondo».

Erich Auerbach. Mímesis. La representación de la realidad en la literatura occidental (Mimesis: Dargestelle Wirklichkeit in der Abendländischen Literatur, 1942). México: Fondo de Cultura Económica, 1996, 6ª reimpr.; 533 pp.; col. Lengua y estudios literarios; trad. de de I. Villanueva y E. Ímaz; ISBN: 968-16-0282-X. [Vista del libro en amazon.es]

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sábado, 10 de mayo de 2008

«Roman Jakobson dice que en los lenguajes particulares se encuentran las estructuras universales de todo lenguaje. Dice también que hay que sacar la conclusión de que los lenguajes son, a la vez, autónomos e interdependientes de una manera casi natural, que el estudio de una lengua puede hacerse históricamente. Que el estudio del lenguaje puede concebirse por la descripción de una estructura estática. Evidentemente, declara también, los conjuntos se mueven, pero no se mueven de un día para otro, no se mueven más que muy lentamente.

Así, pues, hay, a la vez, sincronía y diacronía. Hay que saber, declara también, que el lenguaje humano es biológico y cultural a la vez, mientras que el lenguaje de los animales es únicamente biológico. Así, el niño puede hablar el noruego, si vive en un medio noruego; el portugués, si vive en un medio portugués; mientras que el perro no habla noruego, no habla portugués, no habla, como todos los perros, más que el lenguaje perro.

Estoy asombrado por la enorme importancia científica que hoy se da a estas verdades, bastante simples, a fin de cuentas. Al cabo de cierto tiempo, nos enseña Jakobson (y esto es una cosa asombrosa, la única cosa asombrosa), nos enseña que hasta hace relativamente poco tiempo no existía la filosofía del lenguaje, que hasta hace alrededor de medio siglo los lingüistas no se preguntaron que es la lingüística. ¿Qué es lo que han podido hacer hasta ahora? Imaginen a los médicos preguntándose, por fin, qué es la medicina. Pues los lingüistas no se habían preguntado nunca qué es el lenguaje. Es como si no se hubiesen dado cuenta, hasta últimamente, de que los hombres hablaban. Incluso no sabían que el lenguaje es el pensamiento. Verdaderamente, sólo a los artistas y a los poetas se les debe preguntar cosas nuevas y verdades profundas».

Ahora sólo haría falta saber qué le parecía el teatro de Eugène Ionesco a Roman Jakobson.

Eugène Ionesco. Diarios – Diario en migajas – Presente pasado, pasado presente (Journal en miettes, 1967; Présent passé, passé présent, 1968). Madrid: Páginas de Espuma, 2007; 409 pp.; col. Voces/Ensayo; trad. de Marcelo Arroita-Jauregui; ISBN: 978-84-95642-94-3.

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viernes, 9 de mayo de 2008

Misterio y Maneras
recoge una serie de textos de Flannery O’Connor. Incluye conferencias formales y otras intervenciones, que habían sido preparadas para coloquios y que fueron organizadas luego por los editores a partir de borradores. El subtítulo lo aclara un poco: «Prosa ocasional, escogida y editada por Sally y Robert Fitzgerald». Tres de ellos —Naturaleza y fin de la narrativa, La Iglesia y el escritor, Introducción a la biografía de Mary Ann— se habían publicado ya, junto con varios relatos, en El negro artificial y otros escritos (cosa que no entiendo muy bien teniendo en cuenta que los dos libros han sido publicados por la misma editorial).

Es un libro indispensable para, en primer lugar, quien esté interesado en la escritora y desee conocer explicaciones suyas acerca de sus cuentos. Será útil para quien quiera reflexionar en qué consisten la literatura y el trabajo literario cuando uno se los toma en serio. Dará muchas ideas a cualquier profesor de literatura: son excelentes los textos titulados La enseñanza de la literatura y La literatura en el instituto.

Y, además de otras cosas, puede aclarar a ciertos lectores cuál es la razón de la violencia en sus relatos (o en la de autores como Cormac McCarthy): «Sospecho que las razones para usar tanta violencia en la literatura contemporánea varían según cada escritor, pero he descubierto que, en mis cuentos, la violencia tiene la extraña capacidad de devolver a mis personajes a la realidad, y de prepararlos para aceptar su momento de gracia. Tienen la cabeza tan dura que esto es casi lo único que funciona». Pero no sólo con los personajes, también con los lectores: «He descubierto que quien lee lo que escribo es un público que da poco crédito a la gracia o al demonio. Descubres a tu público a la vez y de igual forma que a tu tema».

Flannery O’Connor. Misterio y Maneras (Mystery and Manners, 1969). Madrid: Encuentro, 2007; 236 pp.; col. Literatura; edición de Guadalupe Arbona, trad. y notas de Esther Navío; ISBN: 978-84-7490-894-7.

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jueves, 8 de mayo de 2008

La sabiduría del Padre Brown
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y no sagacidad como a veces se ha traducido, es la segunda tanda de doce relatos del protagonista, los más cortos de todos. Si en el primer libro se subrayaba su inocencia, en este segundo se alaba su sabiduría, entendida como la capacidad de saber distinguir la realidad de las apariencias. En los casos se subraya una y otra vez que las cosas no son lo que parecen, que los muchos datos pueden ocultar la verdad, que los delincuentes son como actores que intentan vivir varias vidas distintas.

Algunas claves interpretativas del detective se declaran, por ejemplo, en El duelo del doctor Hirsch: «Siempre me resulta más fácil comprender las pruebas morales que las demás». O en El extraño crimen de John Boulnois: «Yo doy mucho valor a las ideas imprecisas. Lo que más me convence son todas esas cosas que “no constituyen pruebas”. Creo que la imposibilidad moral es la mayor de las imposibilidades». En otro momento, en ese mismo caso, afirma: «Boulnois es capaz de cometer un asesinato, pero no este asesinato».

Se puede formular lo anterior de otra manera: la importancia de aprender a observar la realidad tal como es de modo que ninguna máscara nos oculte las cosas. En El dios de los gongos el P.B. hace notar cómo un plan habitual de los ladrones es «conseguir que todo el mundo esté mirando otra cosa». Pero de él mismo se nos indica, en El duelo del doctor Hirsch, que si bien su cara «era de lo más vulgar y corriente», «podía resplandecer de ignorancia y también de perfecta sabiduría», y «siempre se producía un destello cuando se le caía la máscara de la tontería y se le colocaba en su lugar la máscara de la sagacidad».

Uno de los muchos casos en los que Chesterton demostrará su conocimiento desde dentro del mundo periodístico es El hombre del pasaje, donde, ante unas «excepcionales circunstancias, la prensa se vio atrapada entre la honradez y la veracidad». Pero tal vez el más destacado sea La peluca roja, en el que se nos cuenta que para el redactor jefe del Daily Reformer «su emoción más frecuente era la de continuo temor: temor a pleitos por difamación, temor a perder publicidad, temor a las erratas de imprenta, temor al despido. Su vida era una serie de agobiantes compromisos entre él mismo y el propietario del periódico, un anciano incondicional de los folletines, con tres ideas fijas y equivocadas, y el competentísimo equipo de trabajo del que se había rodeado para llevarle el periódico; algunos de sus miembros eran hombres brillantes y con gran experiencia y, lo que es todavía peor, auténticos partidarios de la línea política del periódico».

En esta serie también abundan los científicos como rivales intelectuales del P.B., bien sea como delincuentes o bien como detectives que buscan resolver el mismo caso. Eso permite al autor atacar actitudes cientificistas, como en El error de la máquina, donde su héroe afirma: «¡Los científicos son tan sentimentales! ¡Y seguro que los científicos norteamericanos lo son todavía más! ¿Quién, si no un yanqui, iba a pretender demostrar nada basándose en los latidos del corazón? Desde luego, tienen que ser tan sentimentales como un hombre que se crea que su mujer está enamorada de él sólo porque se ruboriza». Pero también Chesterton aprovecha la ocasión presentar una cara de los científicos que conviene no perder de vista: en El cuento de hadas del Padre Brown, se dice que «no hay gente tan aficionada a colgarse todas las condecoraciones como los científicos... como sabe cualquiera que haya asistido a una recepción de gala de la Royal Society».

Dentro de las que podríamos llamar pautas vitales que da el P.B. señalo dos. En La cabeza del César, el P.B. dice que «lo que a todos nos asusta más es un laberinto que no tenga centro. Por eso el ateísmo no es más que una pesadilla». En La peluca roja el P.B. dice: «dondequiera que haya hombres que se dejan dominar sin más ni más por el misterio, es porque se trata del misterio de la iniquidad. Si el demonio le dice que hay algo tan espantoso que no se puede mirar, mírelo. Y si le dice que hay algo tan terrible que no se puede oír, óigalo. Si cree usted que hay alguna verdad insoportable, sopórtela».

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miércoles, 7 de mayo de 2008

Una de las novelas de Katherine Paterson, ¡Sal a cantar, Jimmy Jo!, habla de un chico con un don particular para la música, country en ese caso. De lo mismo, pero en Madrid, con un protagonista estudiante de flauta travesera que tiene un talento especial, un don «más fuerte que el engaño», habla un absorbente relato de Santiago Herraiz titulado Nocturno.

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martes, 6 de mayo de 2008

Hace tiempo leí unos álbumes ilustrados cuyo texto era de Eugène Ionesco y no les hice mucho caso: como no entendí a donde iba el autor no me parecieron acertados. Pero recientemente he vuelto a leer esos cuatro relatos, que su autor tituló Cuentos para niños con menos de tres años y que publicó como entradas de su Diario, y me han gustado mucho. Además, aunque no soy un asiduo lector de obras de teatro, leí varias suyas y eso me abrió más los ojos a las peculiaridades e intereses del autor que también se revelan en esos cuentos. Tal como están, dentro del Diario y leídos en conjunto, son para adultos; leídos o contados a un niño en voz alta, tal como se plantean las cosas dentro de los mismos cuentos, sí pueden ser para lectores pequeños.

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lunes, 5 de mayo de 2008

Actualizo el comentario relativo a Sibylle von Olfers debido a la edición de tres álbumes suyos reunidos en un único volumen: Las más bellas historias de Sibylle von Olfers.

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domingo, 4 de mayo de 2008

Cuenta Dostoievski a un amigo que se propone visitar los lugares de su primera infancia y adolescencia, y el interlocutor se pregunta qué recuerdos tienen, si es que tienen alguno, los jóvenes de hoy. Y el escritor sigue:

«Que los niños de hoy también tienen recuerdos sagrados no tiene ninguna duda, pues de lo contrario se habría secado la vida viva. El hombre no podría vivir sin ese algo sagrado y precioso que le aportan los recuerdos de infancia. (...) Puede tratarse incluso de recuerdos penosos y amargos, pero hasta los sufrimientos vividos se transforman después en algo sagrado para el alma. El hombre, en general, está hecho de tal manera que ama los sufrimientos que ha padecido. Además, la necesidad le lleva a marcar mojones en su pasado que le permitan orientarse más tarde en la vida y sacar conclusiones de conjunto, con miras al buen orden y edificación personal. En ese sentido, los recuerdos más intensos e influyentes son casi siempre los que se conservan de la infancia».

Más adelante: «Sin algún vestigio de algo positivo y bello el hombre no puede salir de la infancia y entrar en la vida; sin algún vestigio de algo positivo y bello no se puede poner a una generación en el camino de la vida». Por eso, continúa, «cualquier padre responsable y razonable sabe (...) que, delante de sus hijos, en la vida cotidiana, debe abstenerse de cierta incuria (...) en las relaciones familiares, de cierta falta de disciplina y permisividad; que debe prescindir de hábitos nocivos y perniciosos, y, sobre todo, no desentenderse nunca de la opinión que los hijos puedan formarse de él, de la impresión desagradable, negativa y cómica que con tanta frecuencia despierta en su ánimo nuestra despreocupada conducta en el seno del hogar. ¿Me creeréis si os digo que un padre responsable a veces debe reeducarse por completo en consideración a sus hijos?».

Fiódor Dostoievski. Julio-Agosto de 1877, Diario de un escritor (Dnevnik pisatelia, 1873-1880). Barcelona: Alba, 2007; 630 pp.; col. Alba Maior; trad., selección, introducción y notas de Víctor Gallego Ballestero; ISBN: 978-84-8428-354-6.

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sábado, 3 de mayo de 2008

Gerard Genette: «Leonardo decía, con extraña ingenuidad: “La pobre música, apenas interpretada, se evapora. La pintura, perennizada por el empleo del barniz, subsiste”. Resulta difícil acumular tantos errores en tan pocas palabras: resulta más fácil perennizar una música (por notación) que una pintura, como atestigua el estado en que “subsiste” (casi “apenas pintada") una pintura como, precisamente, la pobre “Cena” del citado Vinci, a quien costaron a menudo muy caras, y muy pronto, sus imprudentes innovaciones técnicas».

Gérard Genette. La obra del arte (1996). Barcelona: Lumen, 1997; 310 pp.; col. Palabra crítica; trad. de Carlos Manzano; ISBN: 84-264-2373-6.

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viernes, 2 de mayo de 2008

En mi selección personal de grandes relatos cortos —El capote, La perla, El viejo y el mar, El estudiante, Los lisiados serán los primeros, Fiesta en el jardín, El silencio del mar, El perseguidor, La muerte de Iván Ilich...— ocupa un puesto de honor El amuleto, de Conrad Meyer, una impresionante historia de amistad y lealtad.

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jueves, 1 de mayo de 2008

El candor del Padre Brown
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o la inocencia en otras traducciones, es una cualidad del Padre Brown que tiene dos caras: una, relacionada con su porte y su modo de comportarse, es la que hace que muchas personas que le rodean —delincuentes, policías, o cualquiera—, no se lo acaben de tomar en serio; otra, relacionada con sus actitudes vitales, es la que le hace intentar comprender y convertir al delincuente, la que ve la bondad como el único remedio para él, hasta el punto de que con frecuencia no hará nada por atraparlo.

Una de las ideas básicas, en esta primera colección de relatos en la que se presentaba tanto al detective como a Flambeau, un ladrón reconvertido luego en investigador privado que será en muchos casos una especie de ayudante, es que la línea que separa al delincuente de quien le persigue es, a veces, muy estrecha. Esto se verá no sólo en Flambeau sino también en la evolución del jefe de policía de París Valentín, que pasa de ser el mejor policía del mundo en el primer relato a ser un criminal en el siguiente.
La explicación de lo anterior es la misma que dará el P.B. cuando aclara por qué intuye algunas cosas: en El martillo de Dios un tipo le pregunta si acaso él no será el diablo en persona y le responde: «Soy un hombre. En consecuencia, todos los diablos residen en mi corazón». Pero la técnica detectivesca del P.B. se basa no sólo en la comprensión del corazón humano sino también en el amor a la razón. Así, en La cruz azul el P.B. afirmará que «lo más increíble de los milagros está en que acontezcan; sólo el ignorante en motores puede hablar de motores sin petróleo; sólo el ignorante en cosas de la razón puede creer que se razone sin sólidos primeros principios».

A lo largo de toda la historia del P.B. irá marcándose cada vez más un rasgo: la defensa de las personas de clase humilde y el ataque a quienes actúan con prejuicios de clase social. En relación a esto, en esta primera colección hay un caso donde se habla de que «los aristócratas no viven de tradiciones sino de modas», El martillo de Dios, en el que cuando el médico dice al herrero «modere usted su lenguaje», el herrero le contesta contundentemente: «Que modere su lenguaje la Biblia y yo moderaré el mío».

Otra idea que aquí aparece todavía poco, pero que será relativamente habitual, es lo equivocados que son los juicios de la historia o, si se quiere, cuánta ignorancia histórica se aprecia en muchos comentarios. Así, en La muestra de “La espada rota” el P.B. habla de un personaje ya fallecido y dice: «Sus estatuas de mármol han de entusiasmar por siglos y siglos las almas inocentes y orgullosas de los niños; su tumba olerá a lealtad, como huele a lirios. Millones de hombres que no lo conocieron amarán como a un padre a ese hombre que fue tratado como un andrajo por los pocos que lo conocieron».

En esta primera colección aún no hay casos que, más adelante, abundarán: los que tienen periodistas y actores como protagonistas. Eso sí, son numerosas las observaciones del P.B. que indican pautas de comportamiento llenas de un sentido común sereno. Como ejemplo, en Los pecados del príncipe Sarradine, afirma: «Hemos dado un mal paso, y hemos llegado a mal sitio (...). Pero no importa: a veces hace uno bien con el simple hecho de ser la única persona buena en un mal sitio».

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jueves, 1 de mayo de 2008

Esta vez no es un niño sino un fotógrafo atento el que intuye que tal vez las cosas no son lo que parecen. Eso me hace pensar en que, a veces, es sutil la diferencia entre saber mirar y mirar más de la cuenta. Supongo que otra misión de la buena literatura es la de inculcarnos prudencia y cautela en los juicios.

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