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Notas de mayo de 2012 :: bienvenidosalafiesta ::    
bienvenidos a la fiesta
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jueves, 31 de mayo de 2012

«Sólo debemos leer para descubrir lo que debemos releer eternamente», dice Nicolás Gómez Dávila, aunque si aplicamos el aforismo no a la eternidad sino a esta vida, lo podemos terminar, más modestamente, con un «para descubrir aquello que compensa releer». Lo he pensado al leer El pábilo vacilante, entradas de Rayos y Truenos entre 2008 y 2011 que, así, en el contrastado formato de libro en papel, supongo que ganarán nuevos lectores pero que, me parece, disfrutarán más quienes las habían leído ya.

A los nuevos lectores que tenga el libro hay que decirles que su autor cumple con creces el primer mandamiento estético que, según dice, le transmitió su madre: el de no aburrir al prójimo. Que sabe, como decía Robert Bresson, convocar la emoción resistiéndose a la emoción y sin dejarse aturdir por ese concepto tan triste de la tristeza que algunos tienen. Que propone y procura «que los puntos de vista no se conviertan en puntos de mira», como se aprecia en el diagnóstico de la crisis económica que figura en Demografía y ecografía. Que no sólo hace comentarios literarios y poéticos luminosos sino que también, a veces, da útiles pistas a los estudiosos del folclore popular como en Nanalogía. Y que no se priva de hacer originales sugerencias educativas para padres con niños pequeños como él mismo: «Viejo lector de cómics, cuando entro en un cuarto con ella en brazos enciendo dando un leve toque con su cabecita en el interruptor. Se hace la luz, y le digo “¿ves?”. (Que se vaya acostumbrando a usar la cabeza para encender las bombillas de las ideas brillantes)».

aquí se puede leer una reseña completa.

Enrique García-Máiquez. El pábilo vacilante (2012). Sevilla: Renacimiento, 2012; 253 pp.; ISBN: 978-84-8472-673-9.

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miércoles, 30 de mayo de 2012

Al leer Un perro llamado Vagabundo recordé otro relato mejor, Pobby y Dingan, de Ben Rice, que también intentaba lidiar con presencias sobrenaturales que se perciben pero se desconocen.

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martes, 29 de mayo de 2012

Soy feliz,
de Jimmy Liao, viene a ser un catálogo de preocupaciones, formuladas de modo amable y humorístico, como con la intención de relativizarlas y verlas de modo positivo. A lo largo de sus páginas asistimos a multitud de momentos de la vida, unos realistas y otros imaginativos, donde aparecen inquietudes de toda clase: unas muy tontas, otras más serias, otras trascendentes; unas de niño, otras de joven, otras de adulto. Se formulan a veces en primera persona, por la misma figura que vemos en la imagen; a veces en segunda, como por parte del adulto que ve al niño de la ilustración y se dirige a él; a veces en tercera por parte de un narrador externo.

Normalmente cada escena muestra una preocupación. Algunas ilustraciones ocupan la doble página completa, otras los dos tercios de la doble página, en otros casos hay dos, tres y hasta seis viñetas en cada página. En algunas ocasiones son dos las imágenes en contraste, como dos instantes de la vida del mismo personaje. También hay dobles páginas con afirmaciones por decenas del tipo: «me preocupa que los tigres se extingan», «me preocupa que el congelador no funcione», «me preocupa que mis hijos se conviertan en drogadictos»… Quien conozca los demás libros de Liao verá que no hay temas nuevos en este y que, como en otros álbumes suyos, tampoco parece tener aquí la intención de formular una historia coherente.

Jimmy Liao. Soy feliz (Don’t Worry, Be Happy, 2011). Granada: Barbara Fiore, 2012; 128 pp.; trad. de Jordi Ainaud i Escudero; ISBN: 978-84-15208-19-8.

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lunes, 28 de mayo de 2012

Un álbum gracioso y sabio, no publicado en España, basado en un relato de origen yídish: Siempre puede ser peor, de Margot Zemach.

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domingo, 27 de mayo de 2012

Adam Zagajewski:
«No soy enemigo de la poesía libre, sabia y magnífica que sepa unir lo cercano con lo lejano, lo alto con lo bajo, lo terrenal con lo divino, una poesía que sea capaz de registrar los movimientos del alma, las reyertas entre amantes y una escena callejera en una gran ciudad, pero también oír los pasos de la historia y las mentiras de un tirano, una poesía que no nos falle cuando llegue la hora de la verdad.
Sólo me enoja la poesía pequeña y pusilánime, obtusa y rastrera, una poesía que escucha servilmente lo que le sopla el espíritu de la época, aquel burócrata desidioso que revolotea a ras de tierra envuelto en una nube sucia de ilusiones».

Adam Zagajewski. «Contra la poesía», En defensa del fervor (Obrona żarliwości, 2002). Barcelona: Acantilado, 2005; 215 pp.; trad. de J. Sławomirski y Anna Rubió; ISBN: 84-96489-15-9.

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sábado, 26 de mayo de 2012

A Handful of Authors
contiene 37 artículos de Chesterton de tema literario que habían sido publicados en distintos medios. Los recopiló y publicó, después de su muerte, su secretaria Dorothy Collins. Hay unos pocos sobre cuestiones genéricas, como la poesía, el espíritu de Londres, o las novelas históricas. En otros trata puntos que había tocado ya, o que tocaría, en las biografías correspondientes de Browning, Dickens, Stevenson, o Blake.

La mayoría comenta obras o cuestiones propias de autores ingleses, también citados por él en otros sitios, como Shelley, Thackeray, Meredith, Gilbert, Jacobs, Newman, Lewis Carroll, Edward Lear O como Tennyson, a quien califica como un espléndido imitador de las mejores imitaciones, un hombre que «podía haber sido algo más que un poeta si no hubiese buscado ser algo más que un poeta», un autor en el que se ven las limitaciones del poeta que se arroja en brazos de su propia época. O como Macaulay, de quien afirma que era un hombre con la musa de la historia, igual que Walter Scott, que «poseía la imparcialidad viviente de la imaginación y no la muerta imparcialidad de la razón», un hombre que «puede calumniar a sus oponentes pero no los empequeñece nunca» pues tenía el deseo de que sus villanos estuvieran a la altura de sus héroes. O como Ruskin, de quien lamenta que cayese en esa inversión propia del esteta: tomar lo serio ligeramente y lo ligero seriamente. Y no puede faltar Oscar Wilde, tan aficionado a tener muchas caras, y entre ellas admitía la correcta, tan ansioso de multiplicar sus almas, y entre ellas una que debía ser salvada, tan deseoso de todas las cosas maravillosas y, por tanto, incluso de Dios.

También habla sobre autores norteamericanos. Así, dedica un artículo al humor «montañoso y apocalíptico» de Twain; otro a comentar el afán paródico de O. Henry, un escritor cómico excesivamente culto al que, si no fuera norteamericano, se le podría llamar bizantino; y otro a indicar la sorpresa que le produjo la calidad de Mujercitas, de Louise Alcott, una escritora que no teme comparar con Jane Austen pues, dice, aunque haya diferencia de nivel tiene un talento equiparable al suyo para captar el punto de vista femenino.

Entre los escritores europeos que menciona, de Cervantes destaca su gran imparcialidad, «el alma verdadera de la gran literatura», pues «la literatura conoce a todos los hombres pero no juzga a ninguno. Son los muertos quienes serán juzgados y las criaturas literarias nunca mueren». A Victor Hugo lo califica de místico, un hombre que abolió la palabra insignificante pues es imposible que algo signifique nada. Y de Dumas señala que era un autor con la desnudez de los gigantes y con una de las marcas propias de un clásico, como Shakespeare o Dickens, que también son autores con libros o tramos malos que son muy malos pero que, sobre todo, también tienen libros malos que son muy largos.

G. K. Chesterton. A Handful of Authors. Essays on Books and Writers (1953). London: Sheed and Ward, 1953; 253 pp.

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viernes, 25 de mayo de 2012

Un segundo ejemplo de «serie juvenil distópica» —la que, ahora mismo, parece destacar más—, es la que se inició con Divergente, la primera novela de Veronica Roth —que la escribió con 22 años—, que continúa con Insurgente, recién publicada en los EE.UU. y que no he leído, y a la que parece que seguirá una tercera entrega en 2013.

Una Chicago del futuro está dividida en cinco facciones: Cordialidad, Abnegación, Osadía, Erudición, Verdad. Cuando llegan a los 16 años todos han de participar en la Ceremonia de la Elección: en ella confirman que desean seguir en su facción o bien que desean ser trasladados. Los nuevos incorporados pasan, en sus facciones respectivas, por un periodo de aprendizaje, y los que no superan las pruebas son expulsados y pasan a ser una especie de parias. La protagonista, Beatrice Prior, pertenece a Abnegación pero, sin que sus padres lo sepan, elige Osadía y decide llamarse Tris a partir de entonces. Pero, antes de hacerlo, pasa por unas pruebas que revelan que es una divergente: la persona que lo descubre le advierte, misteriosamente, que nunca lo diga pues, para las autoridades, sería una persona difícil de categorizar y potencialmente peligrosa. Esta es la presentación de la historia. La novela luego cuenta el entrenamiento de Beatrice para ser miembro de Osadía: ha de superar pruebas de temeridad suicida, ha de aprender a combatir físicamente y a utilizar armas, ha de lograr un férreo dominio emocional y un completo control mental. Hace amigos y se gana enemigos; tiene un tutor que la protege y del que se enamora. También se va desplegando una intriga de gran alcance que, al final, estalla y prepara el terreno a la próxima novela.

La novela tiene muchos parecidos con otras obras —como El Dador, Harry Potter y Los juegos del hambre sobre todo, pero también con historias que cuentan un entrenamiento salvaje para cuerpos de combate—. La protagonista y narradora resulta convincente aunque sorprende que una chica tan lista y (normalmente) sensata exclame un «ahora lo entiendo» ante algunas cosas. En cuanto a la construcción de personajes resulta obvio que la maldad de algunos se acentúa para que luego al lector también le apetezca que reciban su merecido... Todo se cuenta en tiempo presente y con sobriedad, cosa que se agradece, aunque algunas veces chirría cuando la narradora dice cosas del estilo «me aprieta con el pulgar la suave piel de encima de mi antebrazo».

Como es sabido, la novedad en este tipo de novelas no está en los argumentos, pues hay relatos de ciencia-ficción más o menos parecidos desde hace tiempo, sino en la brutalidad de muchos pasajes argumentales en libros que se promocionan en colecciones juveniles. Así, en Osadía, todos buscan emociones continuas y extremas: no son capaces de coger y abandonar un tren de forma normal sino que siempre han de hacerlo en marcha y jugándose la vida. Cuando a Tris la convencen de incorporarse a una incursión nocturna con sus compañeros se «pregunta si se trata de una misión suicida disfrazada de juego». El entrenamiento por el que ha de pasar incluye peleas salvajes con sus compañeros y tener que hacer frente a desafíos y situaciones extremadamente crueles. A Tris le ayuda su tutor —en este ambiente no es de extrañar que no haya juego limpio—, con quien su relación amorosa termina incluyendo momentos abiertamente sexuales.

La novela quiere representar, y no lo hace mal, algunas dificultades propias de los adolescentes cuando desean afirmar su personalidad frente a su entorno, cuando se proponen averiguar por qué razones se han de comportar de una manera y no de otra, y cuando se inquietan por formar o no parte de un grupo en el que desean ser aceptados. Tris va dando cuenta de su mundo de sentimientos interiores en conflicto y, se puede decir, de la gran falta de coherencia de la educación que ha recibido, llena de recomendaciones concretas de por dónde ir pero sin ningún mapa de dónde estamos y a dónde vamos. Por ejemplo, para ella resulta un gran descubrimiento que el valor moral es más valioso y necesario que el valor físico. Pero, sea como sea, la forma morbosa en que su relato atrae a los lectores jóvenes —con descripciones de acciones insensatas y momentos de intensa violencia— es descaradamente comercial y, en mi opinión, merece iguales críticas a las que hice a Los juegos del hambre.

Veronica Roth. Divergente (Divergent, 2011). Barcelona: Molino, 2011; 483 pp.; trad. de Pilar Ramírez Tello; ISBN: 978-84-272-0118-7.

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jueves, 24 de mayo de 2012

Cuando los libros de Harry Potter triunfaron, en las novelas juveniles proliferaron los jóvenes magos adolescentes; cuando lo hicieron Crepúsculo y sus secuelas, las ficciones se llenaron de vampiros, hombres-lobo y demás híbridos con problemas amorosos; ahora que Los juegos del hambre ha impuesto una nueva moda, le toca el turno a las series a caballo entre la fantasía y la ciencia-ficción que han dado en llamarse «distópicas», es decir, ambientadas en futuros difíciles y conflictivos.

Un ejemplo es el libro primero de una nueva serie: Después de la nieve, de S. D. Crockett, que se sitúa el año 2059, en la sexta edad del hielo y en un mundo controlado por un poder dictatorial. El confuso narrador, un chico de 15 años llamado Willo, comienza su relato haciéndonos saber que su familia, que no está en casa cuando él ha vuelto de caza, vivían en las montañas al margen del mundo controlado por el gobierno. Al ponerse a buscarlos, encuentra una chica de 13 años, Mary, que se marcha con él. Después, terminan entrando en una ciudad escondidos en un camión de transporte. Allí un tipo descubre que Willo sabe coser pieles con gran destreza, por lo que le ofrece trabajo y eso facilita que, poco a poco, tanto él como el lector vayan comprendiendo el mundo que le rodea y descubriendo cosas del pasado y del padre de Willo.

En cierto sentido es un notable debut novelístico: el relato en sí mismo, sobre todo al comienzo, tiene originalidad y fuerza. En otro sentido, es pronto para decir si es un notable debut literario: por supuesto, no es, como la promoción indica ridículamente, un «clásico moderno» y, además, no es posible saber mucho de la destreza de un autor cuando la voz narrativa es la de un chico ignorante que habla muy raro. Además, no facilitan la lectura sus diálogos extraños con una calavera de perro que lleva colgada y que cumple una función como de voz de la conciencia o de diosecillo particular. En la segunda parte, cuando Willo está en la ciudad —que no nos sorprende que tenga un aire Blade Runner—, el tono va cambiando y se producen descubrimientos y coincidencias que colocan a Willo en medio de la revuelta que parece avecinarse.

Sorprende que la novela plantee, sin anestesia, un mundo futuro dominado por los chinos: cuando llegó el cambio de clima, dice, «fueron los chinos quienes construyeron reactores nucleares mientras nosotros levantábamos parques eólicos y paneles solares»… Está bien, al menos para mi gusto, que los renegados deseen un mundo en el que, afirma el líder, «la gente tiene que volver a hacer las cosas con sus propias manos y a pensar por sí misma». Pero, y ojalá me confunda, el argumento de la segunda mitad de la novela me pareció algo deshilachado, ya con lugares comunes, y poco prometedor para el futuro. Veremos.

S. D. Crockett. Después de la nieve (After the Snow, 2012). Madrid: MacMillan, 2012; 296 pp.; trad. de Jaime Valero; ISBN: 978-84-1543-008-7.

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miércoles, 23 de mayo de 2012

Un perro llamado Vagabundo
es la primera novela de su autora, Sarah Lean.

A partir de un día en el que su colegio promovió un día de silencio patrocinado —unos voluntarios no hablan en todo el día y sus compañeros recaudan fondos, curiosa fórmula por cierto—, la muy habladora y revoltosa Cally se queda en silencio durante semanas, por lo que todos a su alrededor empiezan a preocuparse. La razón para su silencio, como al principio queda claro, es que su madre ha muerto hace poco, ella la echa mucho de menos, e incluso tiene como apariciones suyas algunas veces, pero su padre no quiere ni oír hablar de la cuestión: «es hora de que olvidemos el pasado y dejemos de inventar cuentos tontos. Es hora de crecer». A todo esto, el padre de Cally también decide que se cambien de casa, y en la nueva tienen como vecinos a una comprensiva mujer y a su hijo Sam, un chico ciego, casi completamente sordo, y asmático; y en sus vidas aparecen un mendigo llamado Jed y un misterioso perro al que llaman Vagabundo.

El atractivo de la historia es, sobre todo, que Cally es una narradora excepcional: por su calidez, por lo bien que cuenta las cosas, porque da con imágenes certeras —«a veces el silencio puede ser algo tan incómodo como tener que meter todas las cosas en cajas de cartón», «la señora Brooks brillaba como una tostada con mantequilla»—. Su mérito es que resulta un intento positivo de acercarse a una realidad difícil como es la muerte de alguien muy querido, por más que los planteamientos de los personajes resulten insuficientes y el hecho de que Dios exista o no ni se mencione. Su principal defecto, habitual en este tipo de relatos, es la enorme perspicacia de varios personajes: de la misma narradora, de uno de sus profesores, de Jed, y, sobre todo, de Sam.

Sarah Lean. Un perro llamado Vagabundo (A Dog Called Homeless, 2011). Barcelona: Noguer, 2012; 191 pp.; trad. de Ariadna Castellarnau Arfelis; ISBN: 978-84-279-0148-3.

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martes, 22 de mayo de 2012

En relación a los álbumes que tratan de ayudar a comprender la naturaleza, tal vez los mejores sean aquellos que, simplemente, presentan de forma simpática y amable algunos rasgos propios de los animales. Un buen ejemplo , de hace tiempo, es Stelaluna, de Jannel Cannon.

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lunes, 21 de mayo de 2012

El dragón Zog,
de Axel Scheffler y Julia Donaldson, es un álbum divertido en la larga tradición irónica que abrió El dragón perezoso.

Zog es un pequeño dragón que asiste a su colegio y ha de aprender las habilidades características de los dragones: el primer año volar, el segundo rugir, el tercero arrojar fuego, capturar una princesa en el cuarto año y salir a combatir contra caballeros deseosos de liberar princesas en el quinto. En cada una de las primeras pruebas tiene un accidente del que sale ileso gracias a una voluntariosa chica que aparece por allí. En la cuarta, es la misma chica la que se ofrece a ser la princesa (Pearl en el original, Alelí en la traducción española). Y en la quinta…

El argumento es simpático y los versos que acompañan las imágenes son graciosos. La composición de las dobles páginas y la personalidad gráfica de los héroes son tan acertadas como acostumbra el ilustrador. Como es habitual en los libros infantiles hoy, Alelí es una chica independiente que se las ingenia, con amabilidad y simpatía, para domesticar al dragón y conseguir lo que desea.

Axel Scheffler. El dragón Zog (Zog, 2010). Texto de Julia Donaldson. Madrid: Macmillan, 2012; 40 pp.; trad. de Roberto Aliaga; ISBN 13: 978-84-15426-20-2.

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domingo, 20 de mayo de 2012

Adam Zagajewski:
«Leyendo a los escritores contemporáneos, amargos e irónicos, me hago esta pregunta: ¿por qué tenemos que volver de nuevo a Nietzsche? Porque parece que no cabe duda de que ellos proceden de Nietzsche, los fascinó ese gran estilista, ese grande, magnífico saboteador. Y me hago también esta pregunta: qué hay al otro lado, más allá de la inquietud, más allá de la tristeza, inspirada e irónica. Porque, después de todo, no se trata —sólo un niño podría razonar de esta manera— de que, a un lado, se encuentren esos profundos, guasones y agudos genios, y, al otro, exclusivamente la rutina, la mediocridad, la cotidianidad, trajes grises, poetas poco interesantes, el tedio de la ortodoxia y el parlamento, el tedio de los pintores académicos, pastores de voz profesionalmente impostada, la Iglesia, los organismos oficiales, los bancos, los consorcios internacionales y, pagados por ellos, obedientes profesores que cantan la virtud, la familia y la libreta de ahorro. No, esta ecuación es mucho más complicada.

Al otro lado hay quizá también desesperación, tanta que busca el fuego, la claridad, la afirmación, que busca la expresión, y no la encuentra, o sólo con el mayor de los esfuerzos. ¡Pero es que no se trata aquí de un concurso de oratoria!».

Adam Zagajewski. En la belleza ajena (W cudzym pięknie, 2000). Valencia: Pre-Textos, 2003; 248 pp.; col. Narrativa contemporánea; trad. de Angel Enrique Díaz-Pintado Hilario; ISBN: 84-8191-568-8.

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sábado, 19 de mayo de 2012

Quien esté interesado en conocer más cosas de Dickens, los hechos de su vida y las posibles vinculaciones entre ellos y los incidentes que aparecen en sus novelas, puede leer la ordenada biografía escrita tiempo atrás por Peter Ackroyd y que se ha publicado en castellano no hace mucho. Aparte de las cuestiones personales, en ella se tratan con amplitud los pormenores de la confección de sus obras, de sus relaciones con editores e ilustradores, de las aventuras editoriales a las que se lanzó, de sus viajes y sus giras para leer teatralmente algunos tramos de sus obras.

Ackroyd habla de aquellos asuntos en los que Dickens abrió camino: así, con Las aventuras de Pickwick revolucionó la forma de vender y presentar la ficción narrativa, no porque la fórmula fuera desconocida sino por la novedad de escribir un texto original y ponerlo a la venta mensualmente al precio de un chelín; o con Oliver Twist publicó «la primera novela de la literatura inglesa con un niño cómo héroe o protagonista de la intriga». Menciona dos rasgos que, personalmente, me atraen: uno, que la genialidad de Dickens se afianzó en el ambiente de cultura popular que se respiraba en las calles de Londres; otro, que a lo largo de sus novelas presenta niños desvalidos que actúan como revulsivos de nuestra conciencia. Y aunque cita sólo dos veces a Chesterton, una para indicar que, probablemente, sea el mejor crítico de las obras de Dickens, se pueden detectar muchas huellas suyas en las apreciaciones que se hacen.

Peter Ackroyd. Dickens: el observador solitario (Dickens, 1990). Barcelona: Edhasa, 2011; 703 pp.; col. Biografía; trad. de Gregorio Cantera; ISBN: 978-84-350-2800-4.

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viernes, 18 de mayo de 2012

El puño invisible,
de Carlos Granés, es un valioso ensayo que muestra una panorámica del origen y la evolución que han sufrido las vanguardias artísticas y culturales a lo largo del siglo XX. En capítulos cortos el autor presenta los representantes y las ideas de fondo de cada una y apunta también algunos de sus resultados.

Así, y entre otras cosas, el autor hace notar la «delgada línea roja que separa el terrorismo cultural del terrorismo real» y cómo las soflamas de algunos intelectuales como Breton o Sartre, «sobre todo las del segundo, fueron combustible de absurdas carnicerías en Latinoamérica». Habla de personajes que, después de intentar derrocar al sistema, se pasaron a él con armas y bagajes con la intención de ganar cuanto más dinero mejor. Explica cómo la victimización racial, o feminista, o la que sea, no sólo no elimina las barreras entre grupos sino que las eleva y fortalece. Indica las consecuencias absurdas del relativismo que asegura que todo es digno de igual reconocimiento. Señala cómo el multiculturalismo no deja de ser una posición de condescendencia y menosprecio hacia personas a las que se considera incapaces de razonar. Al final de la exposición es difícil no estar de acuerdo con el autor cuando afirma que «no se puede premiar sistemáticamente la estupidez y esperar que esto no traiga consecuencias sociales y culturales».

Un reproche menor, que no altera la calidad del trabajo que hay detrás, es el de que, con alguna frecuencia, los adjetivos elogiosos que se usan son inexactos. Creo que no se puede decir que Kerouac y seguidores eran una generación sabia y desesperada: lo último sí, sabia no. O, más claro aún, este párrafo: «no deja de ser curioso que una lúcida intelectual como Sontag haya considerado que para hacer la revolución en Estados Unidos se debía desertar de las aulas —fábricas de trabajadores dóciles— y consumir drogas que disminuyeran la claridad, la eficacia y la productividad»: al menos en esto, lúcida precisamente, no.

Carlos Granés. El puño invisible. Arte, revolución y un siglo de cambios culturales (2011). Madrid: Taurus, 2011; 488 pp.; ISBN: 978-84-306-0905-5.

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jueves, 17 de mayo de 2012

Los interesados en George MacDonald agradecerán conocer el rico ensayo filosófico y teológico que le ha dedicado Ricardo Aldana. En él se subraya que tuvo gran influencia sobre Chesterton, un lector niño fascinado por La princesa y los trasgos; sobre Tolkien, a quien también cautivaron ese libro y su continuación La princesa y Curdie, y que además tomó de los escritos de MacDonald parte de sus ideas para su famoso ensayo acerca de los cuentos de hadas; o sobre C. S. Lewis, cuyo regreso a la fe cristiana comenzó a partir de la lectura casual de Phantastés, y cuya devoción por MacDonald lo llevó a convertirle en protagonista de su relato El Gran Divorcio. También se comentan las obras de MacDonald que Lewis consideraba más destacadas: Phantastes, La princesa y los trasgos, La princesa y Curdie, La llave de oro, Lilith y La princesa perdida (también titulada The Wise Woman), aparte de La historia de Nycteris y Photogen. Y, sobre todo, se desarrolla la explicación del talento particular de MacDonald para crear imágenes que, por sí mismas, sin pesos alegóricos, nos hacen notar la riqueza oculta de la realidad que tenemos alrededor.

Ricardo Aldana. George MacDonald (2011). Madrid: Fundación Maior, 2011; 52 pp.; col. Acercarse; ISBN: 978-84-936777-3-2.

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miércoles, 16 de mayo de 2012

Un libro excelente, que tenía en lista para leer desde hace tiempo pero que se había ido quedando atrás: Una vaca, dos niños, trescientos ruiseñores, de Ignacio Sanz.

El relato está basado en dos sucesos de la vida del poeta chileno Vicente Huidobro. Para su viaje a Europa en 1916, en el trasatlántico Tierra del Fuego, hizo embarcar a una vaca para que sus hijos pequeños tuvieran leche fresca en el trayecto. Y para su regreso a Chile, siete u ocho años después, lleva trescientos ruiseñores, pues pretende poblar con ellos Chile, y pide a sus hijos, Vicentito y Nela, que los cuiden durante la travesía.

El libro atrae porque lo que se cuenta es verdaderamente singular, y porque lo hacen muy bien tanto el narrador en tercera persona que se ocupa de la primera parte, como los hijos del poeta que redactan el diario de a bordo del viaje de regreso, en días alternos. Además, la narración respira simpatía pues las extravagancias de poeta y los lujosos caprichos de millonario de Huidobro se tratan con amabilidad comprensiva. Pero, en ese contexto, pierden fuerza las consideraciones del poeta sobre la belleza y la poesía: «una necesidad, un sueño que hay que perseguir».

Ignacio Sanz. Una vaca, dos niños, trescientos ruiseñores (2010). Zaragoza: Edelvives, 2010; 167 pp.; col. Ala Delta; ilust. de Patricia Metola; ISBN: 978-84-263-7532-2.

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martes, 15 de mayo de 2012

Ya que vengo citando álbumes compuestos con la intención educativa de hacer que los niños amen la naturaleza, y con la intención crítica de hacerlos conscientes de algunos abusos, uno importante de hace tiempo es, o fue, Hey! Get Off Our Train, de John Burningham, un autor que aquí, como hace también en otros álbumes, narra ordenadamente alternando ilustraciones como dibujos —cuando presenta escenas de vida real— con otras pictóricas —para los momentos «imaginativos»—.

Al principio vemos a un niño que se acuesta con su perro de peluche y, a los pies de la cama, deja un tren de juguete. A continuación presenciamos su sueño: viaja con el perro en el tren y van haciendo sucesivas paradas —con buen tiempo para un picnic, con niebla para jugar a fantasmas, con sol para bañarse, con nieve para jugar a tirarse bolas, etc.—. En cada una se les une un animal que se queja de algo. Así, el elefante se lamenta de los cazadores que buscan sus colmillos y «pronto no quedará ya ninguno de nosotros»; la morsa, de la contaminación del agua y también de los cazadores; la cigüeña, de que desaparecen pantanos; el tigre, de que desaparecen los bosques; el oso, de que hay quienes buscan sus pieles para hacer abrigos…

John Burningham. Hey! Get Off Our Train (1999). London: Red Fox, 1999; 48 pp.; ISBN: 0-09-985340-X.

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lunes, 14 de mayo de 2012

La campeona mundial de mantenerse despierta,
de Sean Taylor y Jimmy Liao, es un excelente bedtime por su texto y por sus imágenes.

Stella tiene que irse a la cama pero ni la cerdita Rosa, ni el ratón Amperio ni Sapo de Trapo están por acostarse, e incluso Rosa dice de sí misma que es la campeona mundial de mantenerse despierta. Así que Stella va proponiendo algo distinto a cada uno de sus juguetes para conseguirlo: a Rosa que se imagine que la almohada es un barco; al ratón, que la caja en la que le mete es un tren; a Sapo de Trapo que la cesta de los juguetes es un globo.

Los personajes resultan entrañables y las ilustraciones son luminosas y están compuestas con la maestría propia de Liao. Van recuadradas la que recogen la vida normal de Stella y sus muñecos, las que presentan a Stella charlando con cada uno de sus juguetes sólo presentan las figuras sobre fondo blanco, y son a sangre las que recogen los relatos imaginativos que Stella cuenta a sus juguetes.

Jimmy Liao. La campeona mundial de mantenerse despierta (The World Champion of Staying Awake, 2011). Texto de Sean Taylor. Granada: Barbara Fiore, 2011; 40 pp.; trad. de Carlos Andreu y Albert Vitó; ISBN: 978-84-15208-07-5.

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domingo, 13 de mayo de 2012

Dice Wayne Booth que no hay mejor tema novelesco que el de un hombre bueno enfrentado a decisiones morales importantes. Ahora bien, sigue, «nuestro actual descuido de términos morales como “hombre bueno” y “hombre malo” es sin duda infortunado si nos conduce a descuidar el papel que el juicio moral juega en la mayoría de nuestra lectura de valía. (…) No podemos evitar juzgar a los personajes que conocemos como moralmente admirables o despreciables, igual que no podemos evitar juicios sobre su habilidad intelectual. Podemos decirnos que no condenamos la estupidez y la depravación, pero creemos que los hombres no deberían ser estúpidos y depravados. Podemos explicar la conducta del villano refiriéndola a su circunstancia, pero incluso explicarlo es admitir que es algo que requiere excusa».

Wayne C. Booth. La retórica de la ficción (The Rhetoric of Fiction, 1961). Barcelona: Antoni Bosch, 1974; 423 pp.; versión española, notas y bibliografía de Santiago Gubern Garriga-Nogues; col. Ensayo; ISBN: 84-7162-631-4.

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sábado, 12 de mayo de 2012

En Appreciations and Criticisms of the works of Charles Dickens se recogen prólogos de Chesterton a estas obras: Sketches by Boz, Pickwick Papers, Nicholas Nickleby, Oliver Twist, Old Curiosity Shop, Barnaby Rudge, American Notes, Pictures from Italy, Martin Chuzzlewit, Christmas Books, Dombey and Son, David Copperfield, Christmas Stories, Bleak House, Child’s History of England, Hard Times, Little Dorrit, A Tale of Two Cities, Great Expectations, Our Mutual Friend, Edwin Drodd, Master Humprhey’s Clock y Reprinted Pieces.

Anteriormente a este libro, Chesterton había publicado ya una biografía sobre Dickens, por lo que los comentarios que hace aquí a sus obras no son extensos y normalmente se centran en algún o algunos aspectos que le interesa resaltar. Así consigue su objetivo de poner a Dickens en perspectiva: cuál es su estatura en comparación con sus contemporáneos; cuáles son los méritos y cuáles los fallos de sus relatos, tanto los literarios como los que se refieren a sus apreciaciones humanas o históricas; qué personajes están conseguidos y cuáles no; qué críticas sociales o históricas son justas y cuáles están algo desenfocadas.

En la introducción, Chesterton dice que las novelas de Dickens pueden ser leídas en cualquier orden. Es más, que cualquier orden de capítulos también sirve, pues cada parte es tan divertida y está tan viva que las novelas se pueden leer hacia atrás: «esto no es caos, es eternidad». Pero, al mismo tiempo, es cierto que para comprender mejor algunas obras, es útil saber cuáles van primero y cuáles van después. Un ejemplo es el de que, después de que se le reprochara el haber pintado de forma tan oscura al judío Fagin en Oliver Twist, se sintió obligado a ser más justo con los judíos y a presentar personajes amables: el viejo Aaron de Nuestro común amigo no es que sea una exageración de las virtudes judías, sino que no es un personaje terrenal y, como muchas peticiones públicas de perdón, no suena muy convincente.

Chesterton subraya que Dickens hizo notar los cambios sociales y el núcleo de algunos acontecimientos históricos de forma instintiva, mucho mejor que los muy educados, que novelistas como Thackeray o historiadores como Carlyle. Subraya también que Dickens siempre vio a sus personajes, en especial a sus personajes de baja condición social, como personas, individualmente, y nunca se le ocurrió escribir novelas de tipo sociológico. E indica que sus teorías fueron menos importantes que sus creaciones, porque era un genio, aunque el pensara que sus teorías eran más importantes, porque era un hombre.

G. K. Chesterton. Appreciations and Criticisms of the works of Charles Dickens (1911).

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viernes, 11 de mayo de 2012

En su momento mencioné Cómo saborear un cuadro, de Victor Stoichita. Otro libro reciente del autor con el que he aprendido mucho es La invención del cuadro, un estudio de la pintura europea entre entre 1522 y 1675, desde la revuelta iconoclasta de Wittenberg, organizada por Andreas Bodenstein von Karlstadt, hasta un cuadro de Cornelius Norbertus Gijsbretchs que representa el reverso de un cuadro. En él están bien explicados los sofisticados ejercicios metapictóricos a los que se dedicaron entonces muchos pintores, como por ejemplo los cuadros de gabinetes de coleccionista; o los cuadros que a su vez contenían cuadros, o mapas, o espejos, con intención de reflexionar acerca de la condición de la imagen; o las «complicadas escenificaciones autorreflexivas» que presentaban el arte como proceso y como producto, hasta llegar a la cumbre que supusieron escenas de taller como Las meninas (1656) y El arte de la pintura (1666). Entre otras cosas, viene bien para caer en la cuenta de que muchos artistas posmodernos son verdaderos principiantes en sus ejercicios metafictivos.

Victor I. Stoichita. La invención del cuadro. Arte, artífices y artificios en los orígenes de la pintura europea (2011). Madrid: Cátedra, 2011; 506 pp.; col. Ensayos de Arte Cátedra; trad. de Anna María Coderch; ISBN: 978-84-376-2854-7.

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jueves, 10 de mayo de 2012

La librería ambulante,
de Christopher Morley, es una novela bien escrita, con un original argumento, optimista y bienhumorada, de las que gustan mucho a los entusiastas de los libros y la lectura.

La narradora es Helen McGill, una mujer soltera, de casi 40 años, que vive con su hermano Andrew en una granja familiar. Pero Andrew publica un libro con el que triunfa e inicia su carrera de escritor, lo que lleva consigo empezar a viajar y a descuidar las labores de la granja. Por eso, cuando un tal Roger Mifflin va en busca de Andrew para venderle su carromato-librería pero no lo encuentra, es Helen quien decide comprarla, sin que lo sepa su hermano, para dejar la granja una temporada y dar un giro a su vida.

En su periplo se suceden los incidentes y Helen, poco a poco, descubre los talentos de Roger, «una especie de misionero itinerante» de los libros, «un conversador incansable», «jovial como un saltamontes hogareño». Además, entre las muchas cosas que aprende sobre los libros y sobre la forma de venderlos, es perfecto el comentario de Roger acerca de los editores que no comprenden su trabajo y su política de precios: «los editores “me escriben cartas sobre la política de los precios fijos y yo les respondo hablándoles de mi política del mérito fijo. Que publiquen un buen libro y verán como yo lo vendo a buen precio”». Y entre las observaciones de interés, una que se puede aplicar a los intentos que vemos alrededor de estirar el significado de algunas palabras, es la de un chiste de Lincoln que Roger cuenta: «Si llamáis pata a la cola, dijo Abe, ¿cuántas patas tiene un perro? Cinco, me diréis. No, diría Abe, porque llamar pata a una cola no hace que la cola se convierta en pata».

Christopher Morley. La librería ambulante (Parnassus on Wheels, 1917). Cáceres: Periférica, 2012; 182 pp.; trad. de Juan Sebastián Cárdenas; ISBN: 978-84-92865-50-5.

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miércoles, 9 de mayo de 2012

Nueva edición de Gallinas supergallinas, el primer relato que publicó Dick King-Smith. No es el mejor de los suyos pero es gracioso, da idea de su ingenio y sus dotes narrativas, y vale la pena conocerlo. Su argumento es que, en un corral de gallinas especialmente dotadas, pues llevan años lidiando con unos espabilados zorros, nacen tres hermanas con unas cualidades más excepcionales todavía. Así que, después de una incursión sangrienta de los zorros, preparan un plan para darles una lección.

La narración es simpática y son muchos los golpes humorísticos, como el que las gallinas se pongan nombres tomados de palabras de granja o de rótulos que pueden leer, como Abonos, Exquisitos, Carruaje, Central, Prohibidoel, Cuidadocon, Fertilizantes, Lácteos, etc. (no sé si será de aquí de donde toman la idea los personajes de Terry Pratchett en El asombroso Mauricio y sus roedores sabios; igual que no sé si King-Smith preparó su historia un poco a la contra de El superzorro, de Roald Dahl).

Como corresponde a quien conoce bien el mundo animal, el autor no sólo describe bien muchas cosas de la vida de granja, sino que presenta unas relaciones que bien pueden llamarse realistas, y que no son nada disneyanas, entre zorros y gallinas: estas mueren cuando los zorros entran en el corral y, cuando pueden desquitarse, las gallinas lo hacen también del modo más incisivo y cruel que pueden.

Dick King-Smith. Gallinas supergallinas (The Fox Busters, 1978). Barcelona: Noguer, 1989, 3ª ed.; 111 pp.; col. Cuatro Vientos; ilust. de Julia Díez; trad. de Alvaro Forqué; ISBN: 84-279-3138-7. Nueva edición en 2011; 144 pp.; col. Noguer infantil; ISBN: 978-84-279-0121-6.

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martes, 8 de mayo de 2012

Ya que hablé hace unos días de Animales amenazados, pongo un buen álbum sobre cuidado de la tierra que se publicó hace tiempo, y que creo que no está disponible ahora en castellano: ¡Maravillosa Tierra!, de Nick Butterworth y Mick Inkpen.

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lunes, 7 de mayo de 2012

Ya dije
que que no conozco casi álbumes que hablen del uso cotidiano de una biblioteca pública, pero sí algunos sobre bibliotecas sorprendentes. De estos, uno simpático es Murciélagos en la biblioteca, de Brian Lies.

Es un relato en versos (del tipo: «¡Vamos todos de aventura; hoy es noche de lectura!», «Siempre que alguien nos avisa / vamos allá, a toda prisa») acerca de una colonia de murciélagos a los que les encanta ir de noche a la biblioteca. Una vez allí, los viejos van a sus sitios predilectos y los jóvenes, más revoltosos, curiosean por distintos sitios. Otros «hacen formas con las sombras / o ruedan por las alfombras». Otros ven que «Hay libros fenomenales / que son tridimensionales». Y van entrando en distintos libros: Abran paso a los patitos, El mago de Oz, Alicia, El viento en los sauces, etc.

No tengo claro si este tipo de libros sólo animan a los que ya están animados o si logran llegar, siquiera mínimamente, a quienes necesitan ser estimulados. En cualquier caso, es un buen intento de presentar el mundo de los libros amablemente y, como siempre, supongo que una buena lectura compartida sí puede atraer un poco a la lectura (al menos a quien tenga simpatía por los murciélagos).

Brian Lies. Murciélagos en la biblioteca (Bats at the Library, 2008). Barcelona : Juventud, 2009; 30 pp.; trad. de Carlos Mayor; ISBN: 978-84-261-3725-8.

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domingo, 6 de mayo de 2012

Richard Sennett:
 «Deberíamos sospechar de las pretensiones del talento innato, no entrenado. “Podría escribir una buena novela sólo con tener tiempo suficiente” o “sólo con poder concentrarme”, es en general una fantasía narcisista. Por el contrario, volver una y otra vez a una acción permite la autocrítica. La educación moderna teme que el aprendizaje repetitivo embote la mente. Temeroso de aburrir a los niños, ansioso por presentar estímulos siempre distintos, el maestro ilustrado evitará la rutina; pero todo eso priva a los niños de la experiencia de estudiar según sus propias prácticas arraigadas modulándolas desde dentro.

El desarrollo de la habilidad depende de cómo se organice la repetición. Por eso en la música, como en los deportes, la duración de una sesión de práctica debe juzgarse con cuidado: la cantidad de veces que se repite una pieza depende del tiempo durante el cual se pueda mantener la atención en una fase dada del aprendizaje. A medida que la habilidad mejora, crece la capacidad para aumentar la cantidad de repeticiones. Es lo que en música se conoce como "regla de Isaac Stern"; este gran violinista declaró que cuanto mejor es la técnica, más tiempo puede uno ensayar sin aburrirse. Hay momentos de hallazgos repentinos que desbloquean una práctica que estaba atascada, pero esos momentos están integrados en la rutina».

Richard Sennett. El artesano (The Craftsman, 2008). Barcelona: Anagrama, 2009; 406 pp.; trad. de Marco Aurelio Galmarini; ISBN: 978-84-339-6287-4.

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sábado, 5 de mayo de 2012

En sus comentarios a las obras de Dickens, Chesterton se refiere también a Master Humphrey’s Clock, a Child’s History of England y a otro libro titulado Reprinted Pieces, al que concede menos valor.

Master Humphrey’s Clock fue un semanario editado y escrito por Dickens en el que aparecieron relatos cortos y, también, las entregas sucesivas de Almacén de Antigüedades y Barnaby Rudge. Con ese mismo título se preparó una antología de relatos que, sin duda, tiene interés para los entusiastas del autor pues, aparte de que vienen a poner como un marco a varias novelas, revelan cuáles eran las cosas que ocupaban su cabeza. Además, y como no son textos de los Dickens habría presumido, el hecho de que se publicaran en su momento también dice algo propio del mundo editorial: a un escritor de éxito los editores no le piden algo sino que le piden cualquier cosa.

Child’s History of England, un libro que Dickens escribió pensando en sus hijos, primero apareció en entregas mensuales y luego lo publicó en tres volúmenes, uno por año. En él abarcó desde el año 50 antes de Jesucristo hasta 1689, y le añadió un capítulo final que resumía lo sucedido desde esa fecha hasta la coronación de la reina Victoria. Es un libro de interés por lo que nos dice acerca de la mente de Dickens, común entre quienes se tenían por los más avanzados de su época. Su fallo no está en que aplique a los sucesos históricos unas reglas sencillas para decir lo que está bien y lo que está mal en cada momento histórico, sino en la total ignorancia que Dickens tiene de las circunstancias en la que habría que aplicar esas reglas.

Charles Dickens. Master Humphrey’s Clock (1840-1841); Child’s History of England (1851-1853); Reprinted Pieces.

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viernes, 4 de mayo de 2012

Actualizo el comentario al conjunto de las novelas de Alatriste, de Arturo Pérez-Reverte, con ocasión de la publicación de la última: El puente de los asesinos (2011). En ella se cuenta la preparación, en 1626, de «un golpe de mano en Venecia, por Navidad. Ajuste de cuentas con aquellos comedores de hígado encebollado, tornadizos como cantoneras de todo trance».

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jueves, 3 de mayo de 2012

He puesto datos de nuevas ediciones de La selva de Sara, Misty de Chintoteague, El signo del castor, y A orillas del río Plum. También he añadido los datos de una edición en castellano, que no conocía ni conozco, de La nueva Jerusalén.

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miércoles, 2 de mayo de 2012

Buenos ejemplos de libros infantiles que, hace unas cuantas décadas, hablaban de diversidad cultural y del choque entre pasado y modernidad son algunos de Ann Nolan Clark como Secret of the Andes, sobre un niño inca, y Santiago, sobre un chico indígena guatemalteco.

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martes, 1 de mayo de 2012

Salvemos a los animales,
de Frances Barry, es un álbum que comienza mostrando un elefante y diciendo: «Me gustaría salvar a todos los animales en peligro de extinción. Salvaría al Elefante Africano, que vive en la sabana» y, al mover la solapa, se ve al elefante duchándose con un texto que añade: «y se ducha en los pantanos» y otro, en tipografía distinta y más pequeña, que añade datos y dice que hay cazadores que buscan sus colmillos de marfil. A continuación el narrador dice que «salvaría al rinoceronte negro», al que cazan por sus cuernos; al Tigre de Amur, buscado por su piel; al Oso polar, en peligro por el calentamiento global; al delfín Héctor, amenazado por las redes de pesca, y así hasta diez especies.

Álbum muy bien hecho: las ilustraciones, compuestas con collages, son excelentes. Están bien conseguidos el efecto, digamos que de tridimensionalidad, que se da con la simulación de texturas distintas, y el de sorpresa y descubrimiento cuando se pasan las solapas. Al final, se dan también unos consejos (de muy distinto valor...) sobre lo que cada uno puede hacer para contribuir a salvar animales y cuidar el medio ambiente. Queda para los educadores señalar la diferente categoría de los motivos de preocupación —no es lo mismo que unos pescadores atrapen un delfín entre sus redes de pesca que matar un animal por pura crueldad o por pura codicia, por ejemplo—; e indicar la incoherencia que puede haber al comparar la inquietud que sentimos por unos animales vistosos, con la que no sentimos por otros seres que no nos alarma que mueran, porque no los vemos o porque son molestos: basta pensar en el álbum que cité ayer.

Frances Barry. Salvemos a los animales (Let's Save the Animals: A flip the flap book, 2010). Barcelona: Juventud, 2012; 13 h. con solapas; trad. de Teresa Farran; ISBN: 978-84-261-3856-9.

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