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Notas de mayo de 2014 :: bienvenidosalafiesta ::    
bienvenidos a la fiesta
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sábado, 31 de mayo de 2014

Ramón Gaya: «Las pinturas rupestres representan el mismo concepto de pintura que ha habido siempre, no puede haber otro concepto. La creación, claro, se va tiñendo de unas maneras diferentes en cada momento, pero se trata de un teñido, nada más. Pero los bisontes de Altamira son la misma pintura que la de Tiziano o que la nuestra, o tendría que serlo si no lo es. Se trata de un río inacabable que no podemos cortar». (…)

«La pintura viene como de un manantial originario, tiene sus formas, su dibujo, claro, pero esa corriente, ese río que es la pintura no puede ser interrumpido. El arte verdadero está unido a lo sagrado, como la vida misma. Como es en el caso de Velázquez, o de Fidias, no así en el de Kandinsky; y no hay que entender de lo sagrado para darse cuenta de que es así. Están todos los matices de la realidad, en el aire notamos colores, pero no se puede reducir todo a unos pocos colores.

Algunos encuentran reiterativo lo último mío, y no encuentran reiterativo a Miró o a tantos otros artistas modernos. El artista es reiterativo, el tema es siempre el mismo, lo raro sería lo contrario. En una ocasión dije: “Yo no me repito, insisto”».

Ramón Gaya. De viva voz. Entrevistas (1977-1998) (2007). Valencia: Pre-Textos, 2007; 402 pp.; selección y presentación de Nigel Dennis; ISBN: 978-84-8191-787-1.

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viernes, 30 de mayo de 2014

He leído Mi vida querida, una colección de relatos de Alice Munro. Es mi primer contacto con la autora y no creo que sea el último. Coincido con esta reseña, a la que añadiría que los toques sutiles que resuelven los relatos me han parecido sobresalientes. En particular, estoy muy de acuerdo con lo que allí se indica del buen sabor literario que dejan los textos autobiográficos del final. Dos momentos que me han gustado especialmente son: uno, en «El ojo», cuando la narradora señala el momento en el que la insistencia de su madre para dirigir sus sentimientos, siendo niña, logra justo el efecto contrario y empieza a «aceptar hasta qué punto las ideas que mi madre se hacía de mí podían distar de las mías»; otro, en «Vida querida», que repite una idea que también figura en otro lugar, cuando, al narrar un incidente, la escritora reflexiona y apunta: «Podría pensarse que fue demasiado. El negocio al traste, la salud de mi madre a peor. En la ficción no funcionaría».

Alice Munro. Mi vida querida (Dear Life, 2012). Barcelona: Lumen, 2013; 333 pp.; trad. de Eugenia Vázquez Nacarino; ISBN: 978-84-264-2139-5.

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jueves, 29 de mayo de 2014

La librería encantada, de Christopher Morley, es una novela simpática como la que la precede, La librería ambulante, pero en ella casi no tiene protagonismo la heroína de la primera, Helen. El relato comienza cuando Helen y su marido Roger son ahora unos felices libreros de Brooklyn. Un amigo de Roger, un hombre rico enamorado de los libros, les propone que contraten a su hija Titania con el fin de que conozca mejor la vida y se aficione a la lectura. Un publicista que trabaja en la Agencia de Publicidad Materia Gris, Aubrey Gilbert, le propone a Roger hacer una campaña de publicidad para vender más libros, posibilidad que Roger rechaza de plano. Pero Aubrey se hace asiduo a la librería cuando conoce a Titania, algo que coincide con que se marcha Helen fuera durante una temporada, y con que desaparece un libro de forma curiosa.

La narración es fluida. Los hilos policiales y amorosos son poco consistentes. Sin embargo, la historia se salva por las reflexiones y comentarios de Roger. Es cierto que algunos son desmedidos, e incluso tontos, como el de que la Biblia es para él una decepción pues «nunca ha hecho por la humanidad lo que debería haber hecho»; o el de que «los libros son la respuesta a todas nuestras perplejidades»; o su ingenua convicción «de que la felicidad futura del mundo depende en no poca medida de los libreros y los bibliotecarios». En cambio, tiene observaciones magníficas. Así, le dice al publicista: «el negocio de los libros es muy distinto a otros. La gente no sabe que quiere los libros. Usted, por ejemplo. Basta con mirarlo un instante para darse cuenta de que su mente padece una tremenda carencia de libros y, sin embargo, ahí sigue, dichosamente ignorante». O, en otro momento, comenta un libro de humor popular del siguiente modo: «La risa y la oración son los dos hábitos más nobles del hombre. Es lo que nos separa de las bestias. Reírse de bromas fáciles es tan deleznable como rezar ante falsos ídolos. Reírse con Fatty Arbuckle es degradar el espíritu humano». En otra ocasión, a un amigo le cuenta por carta un secreto: «Nunca he leído el Rey Lear, y me he abstenido de hacerlo a propósito. Si alguna vez llego a enfermar gravemente sólo tendré que decirme a mí mismo: “No puedes morirte todavía; aún no has leído el Rey Lear”. Eso me haría sanar, sin duda alguna».

Christopher Morley. La librería encantada (The Haunted Bookshop, 1919). Cáceres: Periférica, 2013, 2ª ed.; 312 pp.; trad. de Juan Sebastián Cárdenas; ISBN: 978-84-92865-70-3.

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miércoles, 28 de mayo de 2014

Madre solo hay una y aquí están todas, de Raquel Díaz Reguera, vuelve a la bien probada fórmula de Abuelas de la A a la Z. En sus páginas aparecen treinta tipos de madre, como las Nadasetira, que «inventaron el reciclaje antes de que se pusiese de moda»; las Semecaelacasaencima, para las que «cualquier excusa es buena para salir del piso»; las Creativas, encantadas de haberse conocido y en su salsa en las fiestas de disfraces del cole; las Ejecutivas, que combinan los asuntos laborales y los pediátricos como si tal cosa, etc. No faltan dobles páginas especiales, con tipos de bolsos, formas de levantarte y de acostarte que tienen las madres, los mejores inventos de las madres, un test «descubre qué tipo de madre eres»… Es un gran ejemplo de álbum regalable con éxito seguro.

Raquel Díaz Reguera. Madre solo hay una y aquí están todas (2013). Barcelona: Lumen, 2013; 96 pp.; col. Lumen infantil; ISBN: 978-84-48-3657-3. [Vista del libro en amazon.es]

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martes, 27 de mayo de 2014

Gato rojo, Gato Azul es un gran debut en el mundo de los álbumes de Jenni Desmond. La autora domina el medio y construye bien su historia, un buen relato de celos y rivalidad, pero también de amistad y aprendizaje.

Gato Rojo y Gato Azul vivían en la misma casa, uno en el piso de abajo y otro en el piso de arriba. Siempre se peleaban entre sí pero Rojo deseaba ser tan inteligente como Azul y Azul deseaba ser rápido y ágil como Gato Rojo. Se suceden los intentos infructuosos de cada uno de ser como el otro… hasta que ven la forma de aprender uno del otro. Pero…

Álbum que tiene frescura. La narración, que combina escenas de todos los tamaños, está bien llevada y tiene mucho dinamismo. Tanto las figuras de los personajes como los escenarios donde se les ve son como esbozos desmañados pero bien reconocibles. La tipografía es uniforme con las salvedades de que los nombres de los protagonistas van en azul o en rojo siempre, y de que, algunos sonidos, van como a mano. La historia se complementa con el toque de algunos ratoncillos que aparecen a veces y, sobre todo, con un final excelente, que hace comenzar de nuevo el relato: las guardas del final contienen, en pequeño, como un nuevo álbum entero.

Jenni Desmond. Gato rojo, Gato Azul (Red Cat, Blue Cat, 2012). Madrid: Lata de Sal, 2013.; 36 pp.; trad. de Lata de Sal; ISBN: 978-84-941136-5-9.

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lunes, 26 de mayo de 2014

Tres álbumes de poesía.

Taquititán de poemas contiene veintiocho poemas cortos, de autores venezolanos, sobre animales, naturaleza, juegos de niñez y juegos de palabras. Son variados, rítmicos, bienhumorados, simpáticos. Están bien acompañdos por unas ilustraciones alegres y amables, de Ana Palmero.

De Caminaditos, de María Cristina Ramos, hay aquí una buena reseña. Son cinco poemas, cada uno de los cuales cuenta un paseo. Las ilustraciones de Elisa Arguilé acompañan bien el texto y añaden elementos nuevos a los que puede atender el lector.

Y Disparate, un álbum ilustrado por Gerald Espinoza que pone imágenes a un pequeño poema humorístico de Eugenio Montejo que habla de «un país de donde todo iba al revés», un ejemplo más de lo que ya he dicho en más ocasiones: en el caso de que hacer un álbum sea una buena opción, ¿no sería mejor un libro más sencillito?, pues muy pocas personas se plantearán comprar o regalar un álbum así.

Varios autores. Taquititán de poemas (2013). Selección de poemas: María Elena Maggi y Mª Francisca Mayobre. Barcelona: Ekaré, 2013; 44 pp.; ilust. de Ana Palmero Cáceres; ISBN: 978-980-257-356-1. [Vista del libro en amazon.es]
María Cristina Ramos. Caminaditos (2013 el libro; 2009 los poemas). Madrid: Los cuatro azules, 2013; 60 pp.; ilust. de Elisa Arguilé; ISBN: 978-84-937295-5-4. [Vista del libro en amazon.es]
Eugenio Montejo. Disparate (2012). Barcelona: Ekaré, 2013; 24 pp.; ilustraciones de Gerald Espinoza; ISBN: 978-84-940256-0-0.

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domingo, 25 de mayo de 2014

Le pregunta su interlocutor a Viktor Frankl si rezaba en el campo de concentración y cuando le responde que sí, le repregunta si eso le daba fuerza. Esta es su respuesta:

«No me atrevo a afirmarlo, y no es que con ello quiera indicar que no me ha dado fuerza. Casi diría que me sentía contento de tener fuerza para orar. Pero lo que considero oración en mi vida y para mi vida es hasta tal punto no-utilitario, que no podría decir si eso me ha dado fuerza. Orar significa para mí ver realmente las cosas sub specie aeternitatis, es decir, con absoluta independencia de mí mismo; la oración es para mí más bien una consagración, ver las cosas en una perspectiva que les confiere potencialmente un sentido, a pesar de todas las atrocidades. Cabría decir que el hombre es el ser que ha inventado las cámaras de gas, pero también el ser que ha entrado en esas mismas cámaras de gas con una oración en los labios; por ello me veo obligado a preguntar: ¿qué habrían podido pedir para sí estos hombres, qué habrían podido implorar, suplicar? Nada en absoluto, pues sabían muy bien que no hay noticia de que una muerte en la cámara de gas se haya suspendido alguna vez en el último momento. Pero esa era la verdadera oración, ese fiat, ese amen, la incondicionalidad que ahí se expresa».

Viktor Frankl y Pinchas Lapide. Búsqueda de Dios y sentido de la vida. Diálogo entre un teólogo y un psicólogo (Gottsuche und Sinnfrage. Ein Gespräch, 2005). Barcelona: Herder, 2005; 156 pp.; trad. de Gilberto Canal Marcos; ISBN: 84-254-2404-6.

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sábado, 24 de mayo de 2014

Julio Rodríguez Chico, a quien muchos aficionados al cine siguen en su blog La mirada de Ulises, ha publicado Guía fácil para entender el cine. Contiene un prólogo y un epílogo, «Títulos de crédito» y «El último plano», y ocho capítulos: «El cine mudo», «La llegada del cine sonoro y del musical», «El cine de entretenimiento y evasión», «El cine de emociones fuertes», «La comedia», «El cine comprometido», «El cine serio y trascendente», «El cine de animación». En los varios apartados que contiene cada uno, el autor habla de los rasgos que caracterizan a los distintos géneros, se detiene a comentar varias pelícutas importantes y propone algunas otras. Más que útil para tener una visión de conjunto y para ver cine de una forma un poco más reflexiva.

Julio Rodríguez Chico. Guía fácil para entender el cine (2013). Madrid: Mestas, 2013; 256 pp.; ISBN: 978-84-92892-45-7.

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viernes, 23 de mayo de 2014

El título La educación de Oscar Fairfax replica el de La educación de Henry Adams, el libro que también es la referencia intelectual de Fairfax. Su autor, Henry Adams, fue biznieto de John Adams y nieto de Quincy Adams, dos presidentes norteamericanos, y luego embajador y alto cargo del gobierno estadounidense; tuvo muchos amigos en distintas administraciones norteamericanas y fue profesor de historia en Harvard. Adams se refiere a sí mismo en tercera persona y, a lo largo de sus selectivas memorias, va señalando las experiencias que marcaron no tanto su vida como lo que denomina su educación. Su libro está considerado una de las grandes obras norteamericanas de no-ficción del siglo XX y, sin duda, es básico para quien desee conocer la historia política de la Norteamérica de la segunda mitad del siglo XIX.

Sin embargo, en mi caso, ni el interés histórico del libro, ni su indudable calidad narrativa y de lenguaje, fueron suficientes para superar el rechazo que me provoca su tono continuamente quejoso: resulta molesto que alguien con todos los privilegios sociales a su alcance no vea más que motivos para lamentarse y echar la culpa siempre a otros o al empedrado. Así, en el libro abundan frases como «la educación que había recibido no tenía relación con la educación que necesitaba»; «para desgracia de este joven en particular, las ventajas sociales eran su único capital en la vida»; «el principal prodigio de la educación consiste en que no echa a perder a todos cuantos concierne, maestros y aprendices»… Sus experiencias de la vida política le resultan también decepcionantes y, sobre todo, una y otra vez lamenta que se cumpla «la regla de que un amigo en el poder es un amigo perdido». Con todo, no es una lectura de la que me arrepienta y seguro que hay muchos que la disfrutarán.

Henry Adams. La educación de Henry Adams (The Education of Henry Adams, 1907). Barcelona: Alba, 2001; 561 pp.; col. Clásica Maior; trad., introducción, cronología y notas de Javier Alcoriza y Antonio Lastra; ISBN: 84-8428-045-4.

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jueves, 22 de mayo de 2014

Nueva edición de Vamos a calentar el sol, la continuación de Mi planta de naranja lima, de José Mauro de Vasconcelos, con una nueva traducción castellana. Aquí está una buena reseña: tal como en ella se dice, la novela continúa contando el crecimiento de Zezé, ya sin el encanto del primer relato, pero con calidez y situaciones conseguidas. Es, sobre todo, un relato en el que abundan muchos momentos de vida colegial; Zezé tiene ahora dos fantasiosos amigos que le aconsejan y consuelan, un sapo y un galán cinematográfico, y, en la vida real, sobre todo cuenta con un profesor de su colegio marista en el que confía y con el que se siente comprendido. La novela termina cuando tiene ya quince años, ha conocido a una chica, y sus amigos imaginarios han desaparecido ya de su vida.

La narración es simpática pero tiene un tono afectuoso y tierno que con frecuencia suena empalagoso. La emotividad a flor de piel del protagonista es excesiva, o al menos así suena. Por otro lado, el hecho de que la historia tenga su inspiración en la propia vida del autor no la mejora: son más fáciles de aceptar los autoelogios a la propia bondad y al buen corazón cuando se habla de un niño, como en Mi planta de naranja lima; pero resulta más costoso hacerlo cuando el protagonista es un adolescente inquieto que no para de hacer gansadas. Por otro lado, se ve que al narrador no le basta con ponernos delante los hechos sino que, además, hay terceros personajes que, una y otra vez, insisten en la gran generosidad, bondad, ternura, etc. de Zezé, y el mismo Zezé no deja de señalar con frecuencia que no ha tenido cariño en toda su vida cuando su propia narración lo desmiente a cada paso.

José Mauro de Vasconcelos. Vamos a calentar el sol (Vamos Aquecer o Sol, 1974). Barcelona: Libros del Asteroide, 2014; 325 pp.; trad. de Carlos Manzano; ISBN: 978-84-15625-74-2.

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miércoles, 21 de mayo de 2014

Zoom, de Andrea Ferrari, comienza cuando Ana, una chica de 17 años, lee una noticia del periódico en la que se cuenta, con admiración, cómo el Papá Noel de una tienda de juguetes tuvo una maravillosa intuición y actuó con extraordinaria rapidez para salvar de morir atropellado a un pequeño malabarista que lucía su destreza en medio del tráfico. A partir de ahí, averiguamos que el padre de Ana murió hace poco; que su madre está muy deprimida y gana un sueldo miserable; que su silenciosa hermanita Cecilia, de ocho años, pasa tiempo con una generosa pero muy habladora vecina; y que Ana se plantea ganar dinero en la campaña de Navidad ofreciéndose para trabajar como papá Noel en la tienda pues el anciano que normalmente lo hacía, un vecino, está inválido. Poco a poco conoceremos a más amigos de Ana y algunas de las personas que trabajan en la tienda.

La historia es intrigante y cordial a la vez. Mete al lector en los mundos interiores de sus personajes y aviva continuamente los deseos de pasar la página pues está construida con gran habilidad: el narrador va llevando al lector adelante y atrás, abriendo interrogantes que, ordenadamente, van respondiéndose. Así, al final del capítulo uno se dice: «Pero para que esa película se entendiera habría que retroceder. Apretar la tecla rewind y buscarle un principio a la historia». Luego, el capítulo 2 comienza: «Un principio posible sería veinte días atrás…»; y, al final, el narrador dice: «Ana va a quedar con un pie en el aire mientras se abre paso a otro personaje importante en esta historia». Y en el capítulo 3, después de arrancar con un «Lo que Orlando más odia es la gorra», hay un segundo bloque que se abre diciendo: «para entender exactamente qué pasa en su cabeza…». Y así, con un lenguaje en el que no faltan expresiones argentinas típicas, entre pulsaciones más o menos largas de rewind y fast forward, el relato va quedando completamente anudado.

Andrea Ferrari. Zoom (2013). Madrid: SM, 2013; 129 pp.; col. Gran Angular; ISBN: 978-84-675-6306-1. [Vista del libro en amzon.es]

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martes, 20 de mayo de 2014

Hilda y el trol y Hilda y el gigante de medianoche son dos cómics simpáticos firmados por Luke Pearson. La protagonista es una chica de pelo azulado que vive, junto con su madre, arquitecta, en una casa en medio del campo, en escenarios nórdicos en los que aparecen, con toda naturalidad, hombrecillos de madera, espíritus del mar, trols y gigantes. Hilda tiene también un curioso animalito de compañía llamado Brizna, con cola como de zorro y cuernecillos.

En el primer álbum, al comienzo del cual hay un plano del entorno de la casa, Hilda encuentra una roca-trol un día y se pone a dibujarlo; le sorprende una tormenta y, para poder regresar, necesitará pedir ayuda a su vecino el hombrecillo de madera; además, el trol se presentará después en su casa y Hilda se teme lo peor. En el segundo álbum suceden dos historias que hacen eco una en otra: la primera, que a Hilda y a su madre desean echarles unos pequeños elfos, a los que no ven, porque han invadido sus tierras; la segunda, que Hilda cree ver a un curioso gigante merodeando por los alrededores de su casa y tarda en saber qué busca.

Narraciones gráficamente muy bien construidas. El autor usa un número variable de viñetas por página, cambia de tamaño y forma las viñetas y usa o no recuadros de acuerdo con el momento del relato, y a veces, al principio y al final, ocupa una página completa con alguna ilustración. Al margen de su dependencia de otros dibujantes de cómic, al autor se le ha vinculado con Miyazaki y Tove Jansson, entre otros, y sí, sus historias y personajes tienen cierto parecido. También, algunas imágenes recuerdan a ilustraciones de Tolkien. La protagonista es típica —una niña decidida y segura de sí misma que no teme a nada…— pero no así las historias que protagoniza. Las narraciones podrían ser inquietantes y, de hecho, hay momentos que parecen amenazadores pero, al final, todo es de lo más amable.

Luke Pearson. Hilda y el trol (Hildafolk, 2010). Granada: Barbara Fiore, 2013; 35 pp.; trad. de Carles Andreu y Albert Vitó; ISBN: 978-84-15208-42-6.
Luke Pearson. Hilda y el gigante de medianoche (Hilda and the Midnight Giant, 2011). Granada: Barbara Fiore, 2013; 38 pp.; trad. de Carles Andreu y Albert Vitó; ISBN: 978-84-15208-43-3.


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lunes, 19 de mayo de 2014

El cambalache, con ilustraciones de Andrew Joyner y texto de Jan Ormerod, es un relato simpático sobre celos infantiles.

Carolina, la cocodrilita protagonista, está celosa porque su madre no para de hacerle carantoñas al bebé cocodrilo. Así que un decide ir a una tienda de bebés para «hacer un cambalache», es decir, cambiar al bebé cocodrilo por uno que no babee. Prueba con un bebé panda, pero es demasiado quisquilloso para comer; un bebé elefante, que salpica demasiado; dos pequeños tigres gemelos, que son agotadores; un bebé jirafa ni se lo plantea pues su madre necesita bebés escamosos; un bebé cerdo tampoco, pues su madre adora los bebés verdes…

Si el argumento y el texto son graciosos, los dibujos de los personajes y sus hazañas también lo son. Abundan las escenas urbanas abigarradas, en las que aparecen toda clase de animales humanizados, muy bien representados. Al final, como era de esperar, se resuelve muy bien el conflicto de Carolina.

Andrew Joyner. El cambalache (The Swap, 2013). Texto de Jan Ormerod. Barcelona: Ekaré, 2014; 32 pp.; trad. de María Francisca Mayobre; ISBN: 978-84-941716-2-8.

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lunes, 19 de mayo de 2014

En mi experiencia, una de las mejores cosas de Ilustratour, que este año 2014 se anuncia con más contenidos que nunca, es que facilita conocer a expertos ilustradores y reconocidos autores de álbumes ilustrados. En particular, a mí siempre me interesa mucho escuchar a quienes tienen a sus espaldas una larga carrera como creadores o cocreadores de álbumes ilustrados infantiles, de los que previsiblemente no se presente fácilmente otra oportunidad de ver y oír de cerca, como es el caso, este año, de Rotraut Suzanne Berner. Y, pocas horas después de poner esta nota, leo esta minientrevista con ella.

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domingo, 18 de mayo de 2014

Viktor Frankl:
«En el lenguaje de la logoterapia aparecen varias ideas de “sentido”. Por una parte, se trata del sentido de la vida, de intentar dar un sentido a la vida, de llenar la vida de sentido. Por otra, en la intención de la logoterapia se entiende cada vez más por “sentido” el sentido concreto de una determinada persona que se encuentra enfrentada a una situación concreta. Este sentido es siempre único e irrepetible: único, por cuando sólo puede realizarse ahora, pues la situación es cambiante, y la vida una cadena de situaciones transitorias, y, por tanto, de posibilidades de sentido. Por eso el sentido, la posibilidad concreta de sentido, es algo único. Irrepetible, no sólo porque no vuelve de nuevo, sino también porque es insustituible. Por tanto, el sentido cambia de hora en hora y de hombre a hombre, ininterrumpidamente. Esta inconmensurabilidad configura también nuestra responsabilidad. Por eso debemos realizarlo.

En ninguna parte lo he visto más bellamente expresado que en el maestro Hillel: “si no lo hago yo, ¿quién lo hará? Y si no lo hago yo ahora, ¿cuándo debería hacerlo?”. Por una parte tenemos la singularidad de la persona; por la otra, la irrepetibilidad de la situación, y en tener lugar, la autotrascendencia. En realidad, si sólo hago algo para mí mismo, para mi tranquilidad interior, o bien para experimentar sensaciones de placer o de poder, de poco me sirve. No estoy siendo hombre, pues en ese momento y de ese modo no me trasciendo a mí mismo. En la práctica, al menos en una situación terapéutica, únicamente cabe hablar de un sentido particular. Claro que existe un sentido de la vida e incluso un sentido del mundo, que no vamos a abordar de momento. El sentido del mundo, del universo, es un super-sentido, imposible de captar intelectualmente. (…) Ni siquiera el sentido de la vida puede ser comprendido racionalmente.

Los sentidos particulares, al igual que el sentido de la vida, se comportan respecto al sentido global de la existencia de la misma manera en que los distintos planos de una película lo hacen con respecto a su totalidad. La película tiene un sentido global que sólo descubrimos si contemplamos todas las secuencias de imágenes. Así, en el mejor de los casos, el sentido de la vida únicamente se nos descubre al final del trayecto. Eso en nada cambia el hecho de que el sentido de la vida entera en modo alguno puede realizarse si no somos capaces de apreciar claramente el significado de cada secuencia concreta. Eso quiere decir que, si no cumplimos hic et nunc el sentido, según nuestro mejor ver y entender, resulta muy dudoso que lleguemos a realizar, al menos en su totalidad potencial, el sentido global de la existencia».

Viktor Frankl y Pinchas Lapide. Búsqueda de Dios y sentido de la vida. Diálogo entre un teólogo y un psicólogo (Gottsuche und Sinnfrage. Ein Gespräch, 2005). Barcelona: Herder, 2005; 156 pp.; trad. de Gilberto Canal Marcos; ISBN: 84-254-2404-6. [Vista del libro en amazon.es]

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sábado, 17 de mayo de 2014

He pensado en las habituales peticiones de dinero público por parte de quienes afirman de sí mismos que son la cultura (como si fueran por eso superiores a otros ciudadanos, como si a la cultura no perteneciéramos todos, como si la cultura no la hiciéramos entre todos), y, por tanto, porque son la cultura, se atribuyen a sí mismos un supuesto derecho a privilegios económicos, al leer esto de Zygmunt Bauman:

«Las primeras financiaciones del arte por parte de las autoridades, así como otras iniciativas que hoy se enmarcarían bajo la rúbrica de “política cultural”, aparecieron un buen par de siglos antes de que se acuñara el término “cultura”, de modo que podemos conjeturar que el concepto se forjó a partir de la iniciativa y la ambición de los reyes. El concepto francés de culture emergió como un nombre colectivo para los esfuerzos gubernamentales en pos de fomentar el aprendizaje, suavizar y mejorar los modales, refinar los gustos artísticos y despertar necesidades espirituales que el público no había sentido hasta entonces, o bien no era consciente de que las sentía. La “cultura” era algo que algunas personas (la elite instruida y poderosa) hacían o se proponían hacer para otras personas del “pueblo” o la “gente común”, en ambos casos privados de educación y poder. En sus primeros tiempos, la “cultura” francesa era una noción de cierto carácter mesiánico, que ponía de manifiesto intenciones proselitistas: ilustrar, abrir los ojos, convertir, refinar, perfeccionar. Esta vocación mesiánica fue apropiada desde el primer momento por las autoridades estatales, o quizá confiada a ellas».

Zygmunt Bauman. La cultura en el mundo de la modernidad líquida (Culture in a Liquid Modern World, 2011). Madrid: FCE, 2013; 101 pp.; trad. de Lilia Mosconi; ISBN: 978-84-375-0697-5.

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viernes, 16 de mayo de 2014

Después del buen sabor de boca que me dejó Louis Auchincloss en El rector de Justin, leí La educación de Oscar Fairfax, que me ha parecido una novela de menor entidad aunque la haya leído con interés. Son unas memorias ficticias del protagonista, un hombre culto de la alta sociedad norteamericana, que comienzan en 1908 cuando es un niño todavía, hablan luego de su vida estudiantil y de sus ambiciones literarias, cuentan algunas cosas de su vida profesional en un despacho de Wall Street, y se centran por último en su padrinazgo de un joven brillante. La narración es fluida y refleja bien los ambientes políticos y de negocios donde se mueve el protagonista. Lo más jugoso, sin embargo, es el proceso de descubrimiento de sí mismo y su creciente conciencia de qué valores son verdaderos y cuáles son falsos.

El narrador en su juventud comprueba, y en sus memorias reprueba, que haya quienes consideren de modo indulgente que alguien, por tener un talento excepcional, viva de acuerdo con unos estándares morales distintos al resto de los mortales; los hechos, por otra parte, dejan claro que tal postura se acepta cuando eso afecta a otros pero se detesta cuando afecta a uno mismo. También acaba cayendo en la cuenta, gracias a que su mujer no tiene pelos en la lengua para decirle lo que piensa, de que vive más para los libros que para la gente, que es «alguien a quien le preocupa el destino de Anna Karenina y, sin embargo, ni siquiera ve al mendigo en la calle». Ya en su madurez, Fairfax señala el «peligro de considerar las instituciones educativas solamente a la luz de las ventajas sociales» como lamentablemente las enfoca su joven protegido.

Louis Auchincloss. La educación de Oscar Fairfax (The Education of Oscar Fairfax, 1995). Barcelona: Libros del Asteroide, 2008; 249 pp.; trad. de Pilar Mañas Lahoz; ISBN: 978-84-935914-1-0. [Vista del libro en amazon.es]

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jueves, 15 de mayo de 2014

Otro buen artículo recogido en Retratos y encuentros que sirve para explicar el periodismo literario de no-ficción que practicó Gay Talese es «Orígenes de un escritor de no ficción», un texto donde rememora el nacimiento de su vocación profesional particular.

Indica que, cuando era estudiante de periodismo, veía que sus profesores «tenían pareceres muy definidos sobre lo que constituía una “noticia” y cómo presentar la información noticiosa. Las “cinco Ws”: who, what, when, where, why [quién, qué, cuándo, dónde, por qué] eran las preguntas que para ellos debían responderse de manera sucinta e impersonal en los primeros párrafos de un artículo. Como yo a veces me resistía a esa fórmula y trataba en cambio de comunicar la noticia a través de la experiencia personal del individuo más afectado por ella (influenciado sin duda más por los escritores de ficción que más me gustaba leer que por los adeptos a la ficción “objetiva”), nunca fui el preferido del profesorado». Dice que actuaba entonces así, no porque fuera un estudiante rebelde, sino porque se sentía indeciso «sobre quién y qué era importante».

Hace una distinción entre curiosidad y fisgoneo y se manifiesta a favor de la primera y en contra del segundo. «El fisgoneo representa principalmente los intereses de los espíritus mezquinos, el talante de picaflor de los periodistas sensacionalistas y hasta de escritores y biógrafos establecidos que no desperdician ninguna oportunidad de empequeñecer a los grandes nombres, de hacer público el desliz verbal de un personaje, de armar un escándalo por cualquier retozo sexual suyo, así no tenga ninguna relevancia en la actividad política o de servicio público del personaje en cuestión». En cambio, la curiosidad según Talese se asienta sobre otro talante: «Nunca escribí sobre nadie por quien no sintiera un grado considerable de respeto, respeto que es manifiesto en los trabajos que me tomo en mi escritura y en tratar de entender y expresar sus puntos de vista y las fuerzas históricas y sociales que conformaron su carácter, o falta de carácter».

Gay Talese. Retratos y encuentros (Portrais and Encounters, artículos escritos entre 1961 y 2003). Madrid: Alfaguara, 2010; 348 pp.; trad. de Carlos José Restrepo; ISBN: 978-84-204-0602-2.

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miércoles, 14 de mayo de 2014

Consejos para niñas pequeñas, de Mark Twain, un librito con ocho pequeños párrafos del autor norteamericano, tiene los acentos irónico-bromistas que se le suponen, acentuados por las buenas ilustraciones de Vladimir Radunsky. Es decir, que su sentido del humor, tal vez rompedor para oídos decimonónicos (si asumimos que aquella época era un poco lerda), es más para lectores un poco mayorcitos (que, orgullo cronológico aparte, seguramente están mucho más dispuestos a ooohhhs y aaahhhs admirativos que aquellos lectores antiguos). La edición está en la línea del momento de publicar relatos y relatitos de autores clásicos con ilustraciones modernas, y de convertir cualquier texto en una especie de álbum. Entiendo que se dirige a compradores con muchas posibilidades económicas y que deseen un libro con pocas letras, o que tal vez haya dinero público para incorporarlo a un montón de bibliotecas. Tal vez esté siendo un poco exagerado pero, sea como sea, estamos en el caso de algo que intenta parecer más de lo que es, una broma que se viste de libro, e inflar tanto algo así es, o al menos suena, pretencioso.

Mark Twain. Consejos para niñas pequeñas (Advice to Little Girls, 1865). Madrid: Sexto piso, 2014; 22 pp.; ilust. de Vladimir Radunsky; trad. de Raquel Vicedo; ISBN: 978-84-15601-54-8.

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martes, 13 de mayo de 2014

Melric, el mago que perdió su magia, es un relato de 1979 de David Mckee que se acaba de publicar en España. Su protagonista es Melric, el mago del rey, un personaje al que vemos siempre con su túnica roja con estrellitas doradas. Se nos cuenta que, gracias a él, todo marchaba bien en el reino. Pero una mañana se levantó tarde y los hechizos no le funcionaban, por lo que la gente tuvo que intentar hacer las cosas por sí mismos, con poco acierto. Así que Melric decide ir a ver a su hermana Mertel para que le devuelva su magia, pero empieza mal porque tampoco le sale la magia que siempre usaba para viajar y ha de ir a pie…

Buen relato que, como se puede suponer, habla de aprender a enfrentarse a las dificultades uno mismo. Tal como suele actuar con sus héroes, McKee hace que Melric, salvo en una doble página en la que se le ve más pequeño, tenga siempre un tamaño parecido, también pequeño: en escenarios distintos, en medio de la gente, en salones del palacio, o en la naturaleza. Esto hace que veamos muchas cosas a su alrededor: que podamos fijarnos en las otras historias que ocurren y que comprendamos mejor las consecuencias del problema de Melric. El autor compone también las dobles páginas de distintas maneras: con ilustraciones de formas y tamaños variados, con los bloques de palabras dispuestos en distintos lugares.

David McKee. Melric, el mago que perdió su magia (Melric, The Magician Who Lost his Magic, 1979). Barcelona: Ekaré, 2014; 36 pp.; trad. de Araya Goitia Leizaola; ISBN: 978-84-941716-5-9.

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lunes, 12 de mayo de 2014

Los sueños de la jirafa, de Xan López Domínguez, un álbum amable sobre cómo las imaginaciones del niño enriquecen la vida del adulto.

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domingo, 11 de mayo de 2014

Viktor Frankl:
«La educación debería impulsar en el joven el proceso de búsqueda de sentido. En efecto, la tarea de la educación no debe consistir únicamente en transmitir conocimientos sino también en afinar la conciencia del joven a fin de hacerlo suficientemente sensible para percibir las posibilidades de sentido y las exigencias de cada situación concreta. Sobre todo en una época en la que para muchos hombres parecen haber perdido su valor los diez mandamientos, es preciso capacitar al hombre para percibir los diez mil preceptos que se encierran en las diez mil situaciones a las que se ha de enfrentar.

Pero la educación misma no puede dar sentido. En realidad, el sentido no puede ser dado en absoluto, pues ha de ser hallado. No cabe “prescribir” un sentido. No se trata de eso, además de ser imposible, tampoco es ésa su finalidad y función. En principio, bastaría ya con que se dejara de bloquear el proceso de búsqueda de sentido. Tampoco el psiquiatra tiene la misión, por así decirlo, de devolver a los hombres la capacidad de creer y de conducirlos a la religión. Bastaría también con que los psiquiatras dejaran de predicar que Dios no es otra cosa que una imagen del padre, y la religión una neurosis obsesiva de la humanidad. Y sería bueno, igualmente, que los pedagogos cesaran de airear una imagen del hombre que mina en los jóvenes la normal orientación al sentido, todo su entusiasmo».

Viktor Frankl y Pinchas Lapide. Búsqueda de Dios y sentido de la vida. Diálogo entre un teólogo y un psicólogo (Gottsuche und Sinnfrage. Ein Gespräch, 2005). Barcelona: Herder, 2005; 156 pp.; trad. de Gilberto Canal Marcos; ISBN: 84-254-2404-6.
[Vista del libro en amazon.es]

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sábado, 10 de mayo de 2014

Uno de los conceptos que Zygmunt Bauman explica con claridad en La cultura en el mundo de la modernidad líquida es el de multiculturalismo. Escribe que «la nueva indiferencia ante la diferencia se presenta como una aprobación del “pluralismo cultural”: la práctica política formada y respaldada por esta teoría se define con el término “multiculturalismo”. Parece inspirarse en el postulado de la tolerancia liberal y el respaldo a los derechos de las comunidades a la independencia y a la aceptación pública de sus identidades elegidas (o heredadas), pero en realidad actúa como una fuerza socialmente conservadora. Lo único que consigue es disfrazar la desigualdad social —un fenómeno que difícilmente obtendría la aprobación general— de “diversidad cultural”, es decir, un fenómeno que merece respeto y atento cultivo.

Mediante esta operación lingüística, la fealdad moral de la pobreza se transforma mágicamente, como tocada por la varita de un hada, en el encanto estético de la diversidad cultural. En el camino se pierde de vista el hecho de que cualquier lucha por el reconocimiento está condenada al fracaso si no se basa en la redistribución. También se deja de advertir que el llamado a respetar las diferencias culturales brinda escaso confort a muchas comunidades privadas del derecho a la independencia en virtud de su desventaja y condenadas a dejar que sus “propias” decisiones sean tomadas por otros poderes más sustanciales». Este multiculturalismo políticamente correcto —«un saber que sirve para pensar pero que rara vez —o quizá nunca— es el tema sobre el cual se piensa»—, continúa, «al igual que el anterior racismo, se empeña en sofocar la conciencia moral y aceptar la desigualdad humana como un hecho que excede las capacidades de intervención humana (en el caso del racismo) o como condición con la cual no se debe interferir, por deferencia a sus venerables valores culturales».

Zygmunt Bauman. La cultura en el mundo de la modernidad líquida (Culture in a Liquid Modern World, 2011). Madrid: FCE, 2013; 101 pp.; trad. de Lilia Mosconi; ISBN: 978-84-375-0697-5.

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viernes, 9 de mayo de 2014

La traductora de Delhi no está lejos explica, en un prólogo, quién es su autor, Ruskin Bond —un escritor muy popular en India, con algunas obras infantiles y juveniles famosas, y escasamente conocido en España—. En el epílogo, el autor dice que escribió esta novela en los años 60, cuando dejó su pueblo para mudarse a Delhi, que luego abandonaría para instalarse en las montañas; y que, más adelante, la rehízo para publicarla en 1994 primero, y algo modificada de nuevo en 2004.

Su protagonista es un joven escritor de novelas de misterio, Arun, que sueña con dejar su pueblo, Pipalnagar, e irse a Delhi. Tiene algunos amigos muy singulares y, sobre todo, uno con el que vive: Suraj, un chico epiléptico de 18 años. También vive con los dos, por temporadas, una joven prostituta llamada Kamla. El relato no es más que una sucesión de incidentes y de personajes hasta que Arun, que es quien lo cuenta todo, tiene al fin la oportunidad de irse a Delhi.

Se comprende la falta de popularidad de Bond en muchos países pues tanto este libro como El camino del bazar —creo que es el único libro infantil suyo que se ha publicado en España, en SM, ya en el año 86— pintan un mundo con mucho colorido local, sí, pero distante y, por tanto, por el que sólo algunos tendrán curiosidad e interés. Delhi no está lejos es como un cuadro de costumbres y un conjunto de reflexiones acerca de la forma en que ve a la gente y las cosas el narrador.

Este pinta bien el enorme bullicio de su ciudad y al final resume su forma de hacer frente a la vida del siguiente modo: «quiero seguir viviendo, regocijándome como un pagano en todo lo que es físico» pero con la convicción firme de que esta vida terrena «no importa lo larga que sea, nunca podrá satisfacer mi corazón». Y no le falta el buen humor: «Nos encontramos con Pitamber bailando en medio de la carretera. Estaba muy contento y bastante borracho.
—¿Por qué estás bailando en la carretera? —le pregunté.
—Porque soy feliz. Por esto —dijo Pitamber.
—¿Y qué es lo que te hace tan feliz, amigo mío?
—Estar bailando en la carretera —contestó».

Ruskin Bond. Delhi no está lejos (Delhi es not far, 1960-1994). Madrid: Automática Editorial, 2012; 139 pp.; trad. y prólogo de María López González; ISBN: 978-84-15509-03-5.

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jueves, 8 de mayo de 2014

Los flamboyanes de Thika: memorias de una infancia africana, de Elspeth Huxley, son los recuerdos de la escritora de su infancia en Kenia, en los años previos a la primera Guerra Mundial. Empiezan cuando sus animosos padres, Robin y Tilly, se instalaron en una granja situada en Thika, unos kilómetros al norte de Nairobi. Su objetivo era convertirla en una floreciente plantación, una tarea que resultaría mucho más difícil, pero también más rica y variada, de lo que suponían.

La narración tiene calidad y unos acentos cordiales que, sin embargo, no impiden que se ponga de relieve la dureza de muchos sucesos. El objetivo de la escritora no es tanto hablar del mundo interior de la niña que era entonces, aunque sí dé pinceladas de su mundo interior y de sus reacciones, como reflejar las vidas de sus padres y vecinos europeos y de las gentes del lugar con las que se relacionan. Así, de los kikuyu la narradora dice que «recorrían el territorio sin que parecieran poseerlo, o tal vez debería decir sin dejar huella en él. A nosotros eso nos sorprendía: no habían aspirado a recrear, alterar o dominar el territorio ni a tenerlo bajo control». Para los masái, comenta, «la gloria de un hombre residía en sus manadas y rebaños, y si carecía de gloria, ¿qué clase de hombre era? A riesgo de perderlo todo, cualquier masái se creía capaz de defender lo suyo contra todos los contendientes, incluso contra el Gobierno».

Un aspecto de interés es ver con qué ironía se pone de relieve la mentalidad de los europeos en aquella época y lugar. Así, dice Tilly: «Cada vez que veo a una mujer kikuyu subir trabajosamente una colina con un bebé y un fardo de productos a la espalda que pesan un centenar de libras, me siento culpable»; y un vecino le replica: «¡Qué ridiculez! No son más que indígenas. ¿Esperas rebajarte a su nivel?». En esa misma conversación, Tilly dice que están allí para inculcar un poco de civilización, y hacer desaparecer la mugre, la enfermedad y la superstición…, a lo que otro colono replica: «En mi caso no vine a civilizar a nadie. Vine (…) para hacer fortuna. Luego volveré y me lo gastaré todo allí. Si eso ayuda a civilizar a alguien me alegraré por ello, pero también me sorprenderá». O cuando Tilly también manifiesta su convicción de que los indígenas aprenderán de los europeos a tratar a las mujeres con respeto, otro le dice que no cree tal cosa: «si hay una cosa que le sorprende de verdad [a un tal Ahmed] es la manera en que se comportan nuestras damas (..) Le horrorizan (…) en primer lugar sus contestaciones, y después su pereza. Ver a un hombre trabajar mientras una mujer se repantinga ofende su sentido del decoro».

Elspeth Huxley. Los flamboyanes de Thika: memorias de una infancia africana (The Flame Tress of Thika. Memories of an African Childhood, 1959). A Coruña: Ediciones del Viento, 2013; 349 pp.; trad. de Beatriz Iglesias Lamas; ISBN: 978-84-15374-54-1.

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miércoles, 7 de mayo de 2014

El héroe de WondLa, de Tony DiTerlizzi, continúa con las aventuras de Eva Nueve en el planeta Orbona, tal vez la Tierra en un futuro muy lejano. Es un libro que conviene leer después del primero; se podría decir que no sólo después sino justo a continuación del primero para recordar bien a los personajes que aparecieron entonces. Incluso he pensado que tal vez sería mejor esperar a que aparezca el tercer volumen para leer los tres seguidos...

Al final del libro anterior Eva Nueve había entrado en contacto con un chico llamado Hailey que venía en una nave espacial un poco antigua. Al comienzo de esta historia los lleva, a ella y a Rovender, a Nueva Ática, un lugar donde, aparentemente, todo es armonía. Pero enseguida queda claro que la felicidad que supuestamente hay allí, y tanto control como ejerce Cadmus Pryde, el fundador de la colonia, esconde algo turbio. Por tanto, Eva, Rovender, Hailey y una tal Eva Ocho —que había llegado tiempo atrás a la ciudad— terminan huyendo y siendo perseguidos por los guerrobots y otros seres que Cadmus envía tras ellos.

El libro tiene iguales cualidades que la primera entrega. En primer lugar, claridad narrativa y buenas descripciones de personajes singulares y de ciudades o escenarios como los de La Guerra de las Galaxias. Pero, sobre todo, pues es lo más distintivo de la serie y lo que la pone por encima de otras, las ilustraciones magníficas con las que se da comienzo cada capítulo, aparte de algunas otras en el interior, inspiradas en las de Denslow para los libros de Oz. También hay toques de buen humor en el lenguaje que usan las adolescentes de Nueva Ática: «¡Clóname!», «¡qué electromoción!», «¡qué pirotécnico!», «¡me dejas completamente cortocircuitada!»…; y ejemplos de moda funcional y futurista, como las «emotiprendas, para demostrar tus verdaderos sentimientos», o las «utilitúnicas con climatifibras termotintadas».

El libro sigue las pautas habituales de las segundas entregas de este tipo de distopías: se responden algunas preguntas planteadas en la primera novela, la protagonista ya no es una niña y ha madurado, se descubre una conspiración en marcha, y los acontecimientos se van dirigiendo hacia que sea ella precisamente quien lidere una rebelión en la que su figura será la que aglutine a los pueblos sojuzgados —«el liderazgo no se hereda, se gana con las acciones. Tú te comportas como un líder, Eva Nueve. Como un héroe. Eres mi WondLa»—. La narración acentúa el valor de la lealtad y la amistad y, naturalmente, el respeto a la naturaleza: «la tierra no le pertenece a nadie. Nosotros pertenecemos a la tierra. El planeta debe ser libre para respirar y crecer, igual que nosotros respiramos y crecemos».

Tony DiTerlizzi. El héroe de WondLa (A Hero for WondLa, 2012). Madrid: Hidra, 2013; 445 pp.; trad. de Adela Padín Romero; ISBN: 978-84-15709-07-7. [Vista del libro en amazon.es]

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martes, 6 de mayo de 2014

Libros, de Murray McCain y John Alcorn, se publicó en 1962 y se ha editado en español hace poco. Es interesante para nostálgicos, lo es también porque John Alcorn fue una referencia del diseño en los años cincuenta y sesenta, y lo es por lo que tiene de homenaje a los libros. Algunas de las explicaciones que da sobre los libros son divertidas —«los libros tienen parte de fuera & de dentro»—, otras se han quedado algo atrás —«¿has visto alguna vez un libro sin palabras?»—, y las referencias literarias que se dan son de libros o personajes que muchos chicos de ahora no entenderán —el oso Yogui, el viaje de Henri a París…—. Es decir, es un tipo de libro que interesará a los adultos que sepan aprovecharlo para compartirlo con lectores pequeños, y que puedan apreciar la originalidad de su diseño: el autor se apoya sobre todo en los colores amarillo y magenta, juega con muchas tipografías distintas e incluye algunos dibujos, y compone las sucesivas páginas de modos muy variados.

Murray McCain y John Alcorn. Libros (Books! 1963). Barcelona: Gustavo Gili, 2013; 44 pp.; col. Los cuentos de la cometa; trad. de María Serrano; ISBN: 978-84-252-2641-0.

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lunes, 5 de mayo de 2014

Los muñecos de papel, con ilustraciones de Rebecca Cobb y texto de Julia Donaldson, es un estupendo álbum que aparentemente se dirige a prelectores pero, en realidad, es de los que tocan la tecla madre-hija como, por ejemplo, lo hace Algún día. En él, una niña y su madre hacen juntos unos muñecos recortados en papel. Luego, la niña juega con ellos y sus otros juguetes. Hasta que, un día, un niño invade sus juegos y rompe sus muñecos. Pero entonces…

Los dibujos de los personajes son amables. La secuencia de la historia es ordenada. Las dobles páginas están bien compuestas. En muchas vemos distintas escenas de la niña, y a veces también de su madre, jugando con los muñecos. Las ilustraciones ocupan la doble página completa cuando se representa la vida propia de los muñecos y en dos momentos más, bien escogidos.

La historia trata con acierto del mundo imaginativo de un niño y de cómo sus juegos infantiles enriquecerán mucho sus recuerdos. Pero el aspecto que hace del relato un álbum para madres y abuelas es que habla de cómo los juegos que una niña compartió con su madre pasan, a su vez, a ser los juegos que la niña, cuando es madre, vuelve a compartir con su hija. Supongo que el texto original de Donaldson es más sonoro y rítmico que la traducción castellana.

Rebecca Cobb. Los muñecos de papel (Paper Dolls, 2012). Texto de Julia Donaldson. Madrid: B de Blok, 2013; 32 pp.; trad. de Roser Ruiz; ISBN: 978-84-15579-13-7.

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domingo, 4 de mayo de 2014

He activado de nuevo, con otra orientación, el blog primer cuaderno de notas, dedicado a enlaces, noticias y breves comentarios sobre LIJ.

He cambiado algunas cosas del aspecto del blog segundo cuaderno de notas y he actualizado también un poco las revistas en Flipboard.

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domingo, 4 de mayo de 2014

En El rostro de la batalla, John Keegan habla, como no podía ser menos, de las narraciones de batallas de César y de Tucídides. En los relatos del primero, los hombres son autómatas; en los del segundo, son seres humanos, afirma. En César sus subordinados son de cartón piedra, mientras en Tucídices son individuos con sus propias voluntades. «César no nos dice nada sobre su ejército, salvo que obedece a sus órdenes; lo más interesante, según se deduce de la narración, es que él mandaba. El ejército de Tucídides, en cambio, es una de esas instituciones interesantes en sí mismas, con hábitos reconocibles pero no uniformes (“Los ejércitos grandes tienden a hacer”, es decir, que los pequeños quizá no; “todos los ejércitos se parecen en esto”, es decir, que pueden no parecerse en otras cosas); y esos hábitos son el producto de la conducta humana y de los distintos tamaños. En suma, mientras que la historia de César es particular, la de Tucídides es general; una forma de arte, en todos los aspectos, más útil, más difícil, y más reveladora». De hecho, dice, el relato de Tucídides tiene «un nivel artístico y científico que los historiadores europeos no han vuelto a alcanzar hasta hace doscientos años».

Hace notar cómo «las batallas son extremadamente confusas. Por ello, ante la necesidad de darle sentido a algo que no entiende, hasta el más inteligente —y quizá especialmente el más inteligente—, al constatar que no posee el lenguaje y las metáforas que necesita, mirará lo que otros hayan hecho ya en circunstancias parecidas, para conducir su propia pluma». No es necesario insistir en cómo a veces eso falsea los relatos. Asi, para quienes tengan en la cabeza la batalla de Agincourt según la cuenta Shakespeare en Enrique V —y se puede añadir: según la representa la película de Kenneth Branagh basada en ella—, Keegan dice cómo el relato de Agincourt ha quedado como un ejemplo de la victoria del débil sobre el fuerte, del soldado de a pie sobre el caballero montado, de la resolución sobre la grandilocuencia, del acorralado y alejado de su casa frente al propotente y engreído, como una muestra de la superioridad moral inglesa y un entrañable ingrediente del evanescente mito nacional…, pero que sin embargo fue una historia de matarifes en acción y de una atrocidad absoluta.

Una de las ideas que Keegan maneja con fuerza es la de que no pocos historiadores otorgan «a matanzas inútiles el calificativo de “decisivas”, dando por sentado que han decidido algo y sin tomarse la molestia de especificar el qué». Señala que «las batallas, o más aún las derrotas, son decisivas de manera inmediata, porque matan a algunos de estos hombres y disuaden a los restantes —por un periodo más o menos largo— de querer luchar más». Pero luego distingue las consecuencias de una batalla y de una derrota según el tipo de batalla: son de distinto tipo dependiendo de si la mayoría de los combatientes son hombres extraídos de la clase gobernante, como en el ejército feudal o en la milicia patricia; de si los guerreros son un grupo de especialistas, como en la Europa dinástica y predinástica; de si los ejércitos los componen los jóvenes debido al reclutamiento general. Y al final concluye que «la escala de la Primera y la Segunda Guerra Mundial ha determinado que no se puedan categorizar aún todas esas consecuencias, ni medir sus dimensiones» aunque, por lo que sabemos, sí podemos afirmar que «la utilidad de la batalla futura es ampliamente dudosa».

John Keegan. El rostro de la batalla (The Face of Battle. A Study of Agincourt, Waterloo and the Somme, 1976). Madrid: Turner, 2013; 380 pp.; col. Noema; trad. de Juan Narro Romero; ISBN: 978-84-15832-11-9.

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sábado, 3 de mayo de 2014

A diferencia de lo que se comprendía por cultura en el pasado, dice Zygmunt Bauman que «hoy la insignia de pertenencia a una elite cultural es la máxima tolerancia y la mínima quisquillosidad. El esnobismo cultural consiste en negar ostentosamente el esnobismo. El principio del elitismo cultural es la cualidad omnívora: sentirse como en casa en todo entorno cultural, sin considerar ninguno como el propio, y mucho menos el único propio». Para sintetizar, continúa, «la cultura de la modernidad líquida ya no tiene un “populacho” que ilustrar y ennoblecer, sino clientes que seducir. En contraste con la ilustración y el ennoblecimiento, la seducción no es una tarea única, que se lleva a cabo de una vez y para siempre, sino una actividad que se prolonga de forma indefinida. La función de la cultura no consiste en satisfacer necesidades existentes sino en crear necesidades nuevas, mientras se mantienen aquellas que ya están afianzadas o permanentemente insatisfechas. El objetivo principal de la cultura es evitar el sentimiento de satisfacción en sus exsúbditos y pupilos, hoy transformados en clientes, y en particular contrarrestar su perfecta, completa y definitiva gratificación, que no dejaría espacio para nuevos antojos y necesidades que satisfacer».

Zygmunt Bauman. La cultura en el mundo de la modernidad líquida (Culture in a Liquid Modern World, 2011). Madrid: FCE, 2013; 101 pp.; trad. de Lilia Mosconi; ISBN: 978-84-375-0697-5.

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viernes, 2 de mayo de 2014

Tal como dije cuando puse la reseña de El jilguero, indico ahora dos razones por las que ha sido una novela con la que he conectado muchísimo.

Una tiene que ver con haber sido lector, en los dos últimos años, especialmente, de tantos libros de Dostoievski y Cormac McCarthy, y de haber pensado y escrito sobre ellos. Que la novela de Tartt es muy deudora de Dostoievski es evidente. Que lo es de McCarthy, para mí también lo es, y no solo porque ambos sean sureños. Esto se relaciona con que la novela de Tartt aborda de forma muy comprensiva —algunos pensarán que demasiado— las vidas de sus personajes, especialmente las de los más desastrados, lo que también me ha recordado uno de mis relatos cortos favoritos, El perseguidor, de Julio Cortázar, cuyo protagonista se dio a la droga en busca de una felicidad que sólo encontraba en los momentos más altos y extáticos de su interpretación musical. Pues bien, El jilguero recuerda que al arte —como a la droga, o a la bebida, o al sexo—, muchas veces sólo se les pide que cumplan la que se califica en El perseguidor como la peor de las misiones de la música: ponernos un biombo y sacarnos del mundo un par de horas. Al mismo tiempo sugiere poderosamente cómo quienes recurren a esas vías de escape, sin saberlo están buscando afanosa e infructuosamente una trascendencia o una felicidad que intuyeron o que intuyen, pero el precio que pagan por eso es el de un dolor personal y ajeno que puede llegar a ser intolerable. En esto hay una idea dostoievskiana que McCarthy formula diciendo que en la belleza del mundo hay un secreto: el corazón del mundo late a un coste terrible y el dolor del mundo y su belleza se mueven en una relación de «equidad divergente», y «en este temerario déficit podría exigirse en última instancia la sangre de multitudes por la visión de una única flor».

Otro motivo por el que me ha gustado El jilguero tiene que ver con las consideraciones que varias veces he puesto aquí acerca de la forma tan incompleta en que se trata la muerte en los libros infantiles y juveniles: lo he comentado, últimamente, al hablar de Mimi, de El árbol de los recuerdos, y de Un monstruo viene a verme. En esta dirección hay un momento en el cual el narrador de El jilguero reflexiona y fantasea con el recibimiento que su madre les hará a un amigo suyo y a él cuando mueran, y dice: «Quizá sea estúpido expresar siquiera tales esperanzas. Por otra parte, quizá es más estúpido no hacerlo». Luego, más adelante, cuando sueña con su madre, justo en el momento más crítico de su vida, sigue: «Allí, en su sonrisa, estaba la respuesta a todas las preguntas, la sonrisa anterior a la Navidad de alguien que tiene un secreto demasiado maravilloso para dejarlo escapar así sin más: “Bueno, tendrás que esperar para verlo, ¿no?” Pero justo cuando ella estaba a punto de hablar, echándome un exasperado y afectuoso aliento que yo conocía muy bien, cuyo sonido podía oír incluso ahora, desperté». Y entonces «las campanas de la iglesia más cercana tocaron con un estruendo tan violento que me erguí de pánico, buscando a tientas las gafas. Había olvidado que día era: Navidad».

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jueves, 1 de mayo de 2014

Después de Mimi y El árbol de los recuerdos, un libro que vuelve al tema de la muerte, pero de manera muy distinta, es Un monstruo viene a verme, de Patrick Ness.

La madre de Conor, de trece años, tiene cáncer y no está respondiendo bien al tratamiento. El comportamiento de Conor en el colegio es el de alguien ausente pero eso no impide que un compañero de clase le acose, algo que los profesores más o menos captan, pero que Conor niega para evitar líos. Además, un día le ocurre algo pesadillesco: el tejo de su jardín cobra vida y se le aparece, de forma muy amenazadora, y le dice que la va contar tres relatos pero que, al final, él tendrá que confesarle una verdad que no ha contado antes nunca. A todo esto, cuando a su madre la ingresan en el hospital, vuelve unos días su padre desde los Estados Unidos, donde vive con su nueva mujer, y toma las riendas enérgicamente su abuela, y ninguna de las dos cosas a Conor le sienta bien.

La trama es tensa. Están bien entrelazados los hilos: relaciones familiares, vida escolar, temores y pesadillas del protagonista. Se introduce bien al lector en la tormenta emocional por la que pasa Conor y resultan verosímiles sus explosivos estallidos de furia, rebelión y dolor. Acompañan la historia unas ilustraciones en blanco y negro diseñadas para que vayan integradas con el texto y así contribuyan a reforzar lo que se nos cuenta del estado interior angustioso del chico. Está demasiado exagerado, para mi gusto, el papel del árbol en la historia: tal vez un tono más sereno y menos enfático hubiera sido mejor. En cualquier caso, la narración se lee con interés y es honrada en la forma en que plantea la situación tan dolorosa por la que pasa el protagonista, por más que sea uno más de los muchos relatos que no hablan para nada del después de la vida o de los sentimientos interiores de los protagonistas al respecto.

Patrick Ness. Un monstruo viene a verme (A monster calls, 2011). Barcelona: Debolsillo, 2012; 222 pp.; ilust. de Jim Kay; trad. de Carlos Jiménez Arribas; ISBN: 978-84-9989-890-2.

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