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Notas de junio de 2009 :: bienvenidosalafiesta ::    
bienvenidos a la fiesta
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martes, 30 de junio de 2009

Otro relato sobre hormigas: Chiquilinga o la gloria de ser hormiga del panameño Rogelio Sinán. Es una obrita teatral, que leí en su momento por estar considerada como históricamente importante dentro de su ámbito, un criterio de selección ineludible y complicado pues debo decir que no me atrajo mucho.

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lunes, 29 de junio de 2009

Un álbum modélico entre los muchos que presentan el ciclo de la vida: Ha llegado la primavera, de Taro Gomi. Se podría calificar de informativo y poético al mismo tiempo. Actualmente no hay disponible una edición en castellano, me parece.

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ViolaPasiones.jpg
domingo, 28 de junio de 2009

Dice Bill Viola a Hans Belting: «Hoy en día todos nosotros tenemos un mundo visual muy amplio en nuestro interior. (...) Somos bases de datos vivientes que almacenan imágenes —coleccionistas de imágenes—, y estas imágenes no dejan de transformarse y crecer cuando están en nuestro interior. El acto de la percepción es, para mí, solamente el primer paso de la experiencia del arte. En su mayor parte, la historia y la crítica del arte se escriben desde la perspectiva del observador de la obra de arte, desde la posición del observador externo. Como sabes, el término “estética” procede del griego antiguo, y tiene que ver con sentir las percepciones, en particular las visuales, en tanto que están relacionadas con el placer, la belleza y el gusto. Ese es el objetivo cuando uno levanta el tenedor y prueba un bocado de comida: la saborea. Pero en realidad esto es sólo el principio. Es mucho más importante lo que ocurre cuando la comida entra en el cuerpo, cuando se digiere y se asimila como energía. (...) La nutrición, al fin y al cabo, se convierte en el aspecto más importante de las imágenes, no tanto el gusto».

Catálogo de la exposición Bill Viola – Las Pasiones (2003). Concepto, John Walsh; textos, Peter Sellars, John Walsh; conversación, Hans Belting y Bill Viola; fuentes y notas, Bill Viola; documentación visual, Kira Perov; exposición producida por The J. Paul Getty Museum, Los Ángeles y organizada en Madrid por la Fundación "La Caixa". Barcelona: Fundación La Caixa, 2004; 247 pp.; ISBN: 84-7664-868-5.

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sábado, 27 de junio de 2009

Alarmas y digresiones
contiene treinta y nueve artículos que Chesterton publicó en el Daily News. Tres han sido publicados en Fábulas y Cuentos: «Las tres edades» (que se corresponde con «Acerca de las gárgolas» en la edición que menciono, y con el título inglés original «On Gargoyles»), «Cómo encontré al Superhombre» y «El arco largo» (título que corresponde al inglés original, «The Long Bow», y que en Fábulas y Cuentos se titula «La prolongada ceremonia»...).

En el introductorio, «Acerca de las gárgolas», cuenta una historia que viene a ser como una especie de gran historia del arte a grandes trazos y, en ese contexto, presenta el libro como unos «fragmentos de fútil periodismo que aquí colecciono como restos de un naufragio» y equipara su trabajo con el de quien esculpe gárgolas para una catedral. En su caso porque, dice, no sabe hacer otra cosa y tiene que dejar para otros los ángeles y los arcos y las agujas, aunque sepa bien cuál es el estilo arquitectónico y, naturalmente, cuál es el destino final de la catedral en cuya construcción colabora.

Varios textos sacan partido humorístico a la circunstancia de que acababa de dejar Londres para trasladarse a vivir al campo. Es el caso de «La rendición de un cockney», donde Chesterton indica sus preferencias por Londres frente al campo, pero señala que se rinde (ante su mujer, a la que no menciona) y cambia su residencia para vivir en Battersea; en ese marco, como ejemplo de la «superioridad» de lo urbano frente a lo rural apunta que llamar «nabo» a un hombre puede ser divertido pero no respetuoso, mientras que para elogiar su firmeza y rectitud usamos «la más noble metáfora cockney» y le llamamos «ladrillo».

No hay, en esta colección de artículos, ninguno que trate directamente de autores u obras literarias, pero sí hay varios sobre cuestiones anejas. Así, acerca de los cuentos de miedo, en «La pesadilla» explica que, para disfrutarlos, la salud mental del lector es esencial pues si alguien cuerdo puede tontear con la locura, a quien está enfermo no se le puede permitir jugar con la cordura; en otros lugares hablará de que «sólo la cordura es la que puede ver en la locura incluso una violenta poesía» («La abuela del dragón», Enormes minucias). O, en «Las tres clases de hombres», —un artículo que comento en Criterios para la elección de los buenos libros—, habla de que los poetas son aquellos hombres que comparten los sentimientos populares más genuinos y pueden expresarlos de tal manera que parecen ser las cosas extrañas y delicadas que en realidad son, y, al hacerlo así, hacen que el pueblo se sienta sabio.

Ese último artículo se puede alinear con otros que salen en defensa de la gente común, como «La ciudad roja»: «Es estúpido decir que la mayoría de la gente es estúpida. Es como decir que la mayoría de la gente es alta, cuando es obvio que alto puede sólo significar más alto que la mayoría de la gente. Es absurdo denunciar que la mayoría de la humanidad está por debajo del promedio de la humanidad». De modo parecido, en «La filosofía del curioseo» se rechaza el esnobismo del gusto que se aprecia en quienes sólo no saben ver el fondo de las cosas, en quienes si conocieran a Simon de Montfort sólo se darían cuenta de su acento francés o si vieran a Nelson sólo apreciarían que le falta un brazo.

«Simmons y el nexo social» es uno de los muchos textos de Chesterton que resulta luminoso para comprender mejor la mente juvenil: «Los muchachos, como los perros, tienen una especie de ritual romántico que no constituye siempre su yo verdadero. Y ese ritual romántico es, por lo general, el ritual de no ser romántico; la pretensión de ser mucho más masculinos y materialistas de lo que son. En su yo profundo los muchachos son muy sentimentales. La cosa más sentimental en el mundo es ocultar sus propios sentimientos haciendo demasiado caso de ellos. El estoicismo es el producto más directo del sentimentalismo; y los escolares son individualmente sentimentales pero colectivamente estoicos».

Da idea de la imaginación efervescente de Chesterton «La gloria del gris», que comienza con un comentario acerca de que los pintores ingleses son los mejores para pintar el Tiempo y deriva hacia un elogio del gris como el color con más posibilidades de todos. «El triunfo del asno» trata uno de sus temas recurrentes: el de la perspectiva, el de cómo nos confundimos una y otra vez al pensar que lo pequeño es grande y lo grande pequeño, que lo serio es cómico y lo cómico serio. Y el artículo sobre «La rueda» —«un animal que siempre está de pie sobre su cabeza; solamente que lo hace tan rápido que ningún filósofo ha podido jamás averiguar cuál es su cabeza»—, ejemplifica la extraordinaria capacidad de observación de Chesterton para detectar y para sacar provecho de las paradojas: la rueda es «la sublime paradoja», pues una de sus partes está siempre yendo hacia delante mientras la otra lo hace hacia atrás, y por eso su condición es semejante a la del alma humana y la de cualquier comunidad política: la necesidad de tener referencias tanto «de lo que está delante como de lo que está detrás», de tener «una parte en el cielo en perpetua e impotente transición, y una parte que perpetuamente humilla su cabeza en el polvo».

G. K. Chesterton. Alarmas y digresiones (Alarms and Discussions, 1910). En Obras completas, tomo I; Barcelona: Plaza & Janés, 1967; de la p. 937 a la p. 1091 de 1676 pp.; trad. de Teresa Reyles. Nueva edición en Barcelona: Acantilado, 2015; 192 pp.; trad. de Miguel Temprano; ISBN: 978-8416011667 . [Vista del libro en amazon.es]

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viernes, 26 de junio de 2009

Chico de barrio
es la única novela de Ermanno Olmi, un conocido guionista y director de cine perteneciente a la tradición del neorrealismo italiano. La compuso con ocasión de una enfermedad, que le obligó a dejar el cine por un tiempo, y en ella dejó constancia de sus recuerdos de infancia y adolescencia durante la segunda Guerra Mundial, cuando vivía con sus padres en Bovisa, un barrio obrero de las afueras de Milán. La historia es sencilla pero está bien contada y respira veracidad. Se narran sucesivas escenas cortas en las que se presentan a los padres del narrador, a su hermano y a sus vecinos; en ellas se contienen anécdotas, normalmente pequeñas, que reflejan las inquietudes y curiosidades propias del crecimiento del protagonista, contra el telón de fondo de la guerra y las privaciones y sufrimientos del momento. No es una obra genial pero sí es una historia honrada.

Ermanno Olmi. Chico de barrio (Ragazzo della Bovisa, 2004). Barcelona: Libros del Asteroide, 2009; 181 pp.; trad. de Carlos Manzano; ISBN: 978-84-936597-7-6.

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jueves, 25 de junio de 2009

Otra visión de los ancianos en nuestra sociedad, que se puede sumar a que ofrece Arrugas, es la de Luisito, de Susanna Tamaro.

Anselma, una mujer mayor, antigua maestra, vive sola y encuentra compañía y consuelo en un papagayo abandonado. Le pone Luisito porque su mejor amiga fue una compañera de estudios que se llamaba Luisita. En esa situación, en la que la presencia de Luisito redimensiona las cosas de nuevo, evoca su pasado y se lamenta un tanto de su presente, en particular del comportamiento de su hijo, su nuera y sus nietos.

Es un relato sencillo, fluido y eficazmente construido. Transmite simpatía por la protagonista y, en ese clima, conduce al lector a la identificación con ella, aunque incidiendo en exceso, creo yo, en los acentos tipo «a dónde vamos a ir a parar». En cualquier caso, seguro que muchos lectores conectarán bien con un episodio en el que Anselma impone su autoridad de maestra en una clase difícil, igual que con sus reflexiones a propósito del comportamiento maleducado de sus nietos, que sus padres consienten y no corrigen: «Gracias, la palabra mágica —como les decía a los alumnos: mágica porque abría todas las puertas y cerraba con delicadeza las que debían cerrarse—, había desaparecido del mundo civilizado».

Susana Tamaro. Luisito (Luisito. Una storia d’amore, 2008). Barcelona: Seix Barral, 2009; 144 pp.; trad. de Guadalupe Ramírez; ISBN: 978-84-322-3184-1.

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miércoles, 24 de junio de 2009

Veo una nueva reedición de Mi familia y otros animales, de Gerald Durrell, un buen pretexto para poner aquí un comentario de ese libro, unas fascinantes memorias de infancia llenas de gente rara —como dice la madre del autor—, y otro de El paquete parlante, para mí el mejor de los libros infantiles del autor entre los que conozco, que por otra parte son todos ellos divertidos y de buen nivel.

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martes, 23 de junio de 2009

La amiga más amiga de la hormiga Miga
,
de Emili Teixidor, es otro relato simpático sobre hormigas.

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lunes, 22 de junio de 2009

Cómo el ratón descubre el mundo al caerle una piedra en la cabeza
,
de Etienne Delessert, es un álbum deudor de las teorías pedagógicas de Jean Piaget (un poco como los de Margaret Wise Brown lo fueron de Lucy Sprague Mitchell). Años después del ratón de Delessert, hubo un topo que descubriría otros aspectos menos agradables de la vida.

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domingo, 21 de junio de 2009

Me ha gustado leer las Cartas de Joseph Roth, y descubrir cómo se define a sí mismo: como un europeo, un mediterráneo, un romano y un católico, un humanista y un hombre del Renacimiento, un francés oriental, un racionalista con religión, un católico con cerebro judío, un auténtico revolucionario... Son también más que interesantes sus juicios sobre muchos escritores del momento —algunos exagerados, muchos otros certeros—, así como sus cartas dolientes a Stefan Zweig —«yo mismo soy un muro de lamentaciones, un montón de escombros»— que revelan lo que, de otro modo, vuelca en su magnífico relato La leyenda del santo bebedor.

Pero, ahora, quería mencionar algunas de las grandes lecciones para periodistas que da el autor austríaco. Así, en una carta a Bernard von Brentano, el 2 de febrero de 1926, le habla de que no debe quejarse de que le corten sus artículos, y le dice: «Usted no es un solista, sino un cantor de coro. Tiene que adaptarse. Puede discutir en detalle la razón de este corte o de aquél, pero, como principio, debe ceder. Con ese amor celoso por cada línea que emite, puede que llegue a ser un genial poeta; un buen periodista, jamás. El asunto al que dedica su artículo es sagrado. Su artículo es un medio para el objetivo. El asunto y usted, que lo escribe, son más que el artículo, en la misma medida que es usted más que el aire que exhala».

Y, más adelante, justifica que no le hayan publicado un artículo pues «no era bueno. (...) Era flojo, inorgánico, era la descripción de un camino, pero no el camino. Tiene usted buenas ocurrencias, buenas imágenes, buenos giros; pero no crecen unos en otros. Escribe usted eslabones de cadena desunidos. (...) Aprenda usted transiciones naturales. En los poemas, el sentimiento y el ritmo fraguan lo que está suelto. En la llamada prosa, es precisamente la coherencia la que debe crear el sentimiento».

Joseph Roth. Cartas (1911-1939) (Briefe 1911-1939, 1970). Barcelona: Acantilado, 2009; 686 pp.; edición y notas de Hermann Kesten; trad. de Eduardo Gil Bera; ISBN: 978-84-96834-85-9.
Joseph Roth. La leyenda del santo bebedor (Die legende vom heiligen Trinker, 1939).Barcelona : Anagrama, 1999, 6ª ed.; 92 pp.; col. Panorama de Narrativas; trad. de Michael Faber-Kaiser; prólogo de Carlos Barral; ISBN: 84-339-3006-0.

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sábado, 20 de junio de 2009

Enormes minucias
recopila treinta y nueve artículos que Chesterton publicó en el Daily News desde 1901. Entre ellos están algunos de sus ensayos más conocidos y de ahí que una selección de textos extensa como Correr tras el propio sombrero recoja más de una decena de sus capítulos. En el prólogo a un libro posterior (Maestro de Ceremonias), Chesterton se refirió al título inglés original, Tremendous Trifles, como ejemplo de uno de sus peores defectos literarios: su gusto por la aliteración.

«Enormes minucias» es también el artículo inicial y de presentación del libro; en él se cuenta la historia de dos niños a los que un mago transforma, a uno en un gigante que puede atravesar continentes y océanos, y a otro en un pigmeo que medía poco más de media pulgada; y el autor señala que, mientras el propósito de autores como Kipling es mostrar cuántas cosas extraordinarias puede ver un hombre si se mueve como un gigante, el suyo es mostrar cómo muchas cosas extraordinarias son completamente ordinarias y un hombre cualquiera puede verlas con tal que se fije un poco. En esa misma línea, de aprender a mirar alrededor, «Ventajas de tener una pierna» habla de que uno sólo puede ser feliz si aprende a disfrutar con los límites que la vida misma le impone y si descubre que las contrariedades forman parte inseparable de la felicidad. Y también, de otro modo, en «Los doce hombres» habla de las dificultades que tenemos para ver las cosas como son debido al acostumbramiento; en ese artículo, compuesto cuando formó parte de un jurado, defiende esa institución a partir de una de esas «paradojas que deberían enseñarse a todo niño que balbucea», la de que «mientras más mira el hombre a una cosa, menos la ve (...) y quien más sabe de una cosa es quien menos sabe de su significado»: los jueces y demás personas que trabajan administrando justicia se han acostumbrado a su tarea y «no ven al prisionero sino al hombre de siempre en el sitio de siempre; no ven el pavoroso estrado del tribunal, sino el lugar de su trabajo».

Magníficos ejemplos de cómo debemos aprender continuamente a razonar sobre lo que vemos están en «El viento y los árboles» y en «En el mundo al revés». En ellos analiza la misma pregunta: ¿es el viento el que mueve los árboles o son los árboles los que crean el viento al agitar sus hojas? En el primero habla de que «los árboles representan y significan todas las cosas visibles y el viento las invisibles»: «el viento es la filosofía, religión, revolución; los árboles son ciudades y civilizaciones»; no podemos ver el viento, podemos ver que hace viento; cuando «la gente empieza a decir que sólo las circunstancias materiales han creado las circunstancias morales, han impedido toda posibilidad de cambio serio. Porque si las circunstancias me han hecho a mí íntegramente imbécil, ¿cómo puedo estar seguro siquiera de tener razón para alterar estas circunstancias?». En el segundo, a partir de leer un cartel con la pregunta «¿deben casarse los dependientes de comercio?», señala su semejanza con otras como ¿favorece al Imperio la democracia? ¿es el Arte benéfico para la pintura al fresco?, ¿mejorarán los pies a las botas?, ¿conviene a los sombreros tener cabezas dentro?, ¿lesionan las manos a los bastones? Y es que, al hablar continuamente de «aspectos económicos y de necesidades físicas», acabamos poniendo la verdad patas arriba: hoy «el hombre no dice (...) ¿pueden los hombres casados soportar la moderna posición de dependientes de comercio?, sino ¿deben los dependientes casarse? El esclavo no dice: ¿son esas cadenas dignas de mí? El esclavo, científicamente, y satisfecho, dice: ¿soy siquiera digno de estas cadenas?».

Dos famosos artículos sobre los cuentos de hadas, un tema recurrente para Chesterton, son «La abuela del dragón» y «El ángel rojo». En el primero habla de un hombre que no creía en los cuentos de hadas, no en el sentido de que no hay calabazas que se conviertan en carrozas, sino en el de que se deben contar a los niños: «uno de los errores intelectuales que pueden clasificarse extraordinariamente cerca de los pecados mortales ordinarios». En el segundo, que cito en La sabiduría de los cuentos populares, se refiere a quienes dicen que los cuentos de hadas atemorizan a los niños, olvidando cómo son los niños y la importancia de los cuentos de hadas para la salud mental de los niños.

En «Echado en la cama», uno de los muchos textos que Chesterton escribió para distinguir lo importante de lo secundario, hace notar lo ridículo y asombroso que resulta, por ejemplo, considerar la limpieza como algo esencial y la santidad como una ofensa, o escandalizarse porque alguien vaya contra lo indicado como saludable, como por ejemplo fumar o quedarse en la cama, y al mismo tiempo dar por buenas otras conductas verdaderamente condenables: «si hay algo peor que la debilitación moderna de la gran moral, es la fortificación moderna de la pequeña moral».

Y, entre los artículos que tratan sobre las relaciones del ciudadano con el poder y, sobre todo, de la forma en que las personas que ocupan los poderes públicos tratan al ciudadano, se pueden destacar «Vislumbre de mi país», donde habla de que Inglaterra es un país donde los ciegos guían a quienes ven con claridad, o «El busilis de la yedra», donde, a propósito de unas declaraciones de lord Balfour sobre que la Cámara de los Lores era un reflejo del verdadero espíritu de Inglaterra, Chesterton señala su sorpresa de que afirme tal cosa pues Balfour, «el más capaz de los políticos ingleses», sabe que casi todos los Lords que no son Lords por accidente, son «idiotas a quienes él mismo ha despreciado y aventureros a quienes él mismo ha ennoblecido».

G. K. Chesterton. Enormes minucias (Tremendous Trifles, 1909). En Obras completas, tomo I; Barcelona: Plaza & Janés, 1967; de la p. 1285 a la p. 1443 de 1676 pp.; trad. de Rafael Calleja. Nueva edición en Sevilla: Renacimiento, 2011; 264 pp.; col. Clásicos y modernos; prólogo de Juan Lamillar y trad. de Vicente Corbí; ISBN: 978-84-15177-00-5.

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viernes, 19 de junio de 2009

En la misma línea de María y yo, dos relatos más sobre niños discapacitados escritos por sus mismos padres: uno, del escritor francés Jean-Louis Fournier es ¿Adónde vamos, papá?; otro, del también escritor Màrius Serra, se titula Quieto.

Jean-Louis Fournier habla de sus dos hijos, discapacitados física e intelectualmente, con un fuerte humor irónico, a veces un tanto negro, que le sirve para subrayar los aspectos positivos de las situaciones que ha debido afrontar. Un ejemplo extremo es cuando dice que Mathieu, el mayor, «no tiene muchas distracciones. No mira la televisión; no la necesita para volverse retrasado mental».

Màrius Serra habla de su hijo, con parálisis cerebral, usando acentos parecidos a los de Fournier pero dejando traslucir más, en ocasiones, el enfado cuando algo le incomoda: él mismo lo reconoce cuando comenta que «esta rabia, que es mía y siempre será mía, me puede transformar en guerrillero de mi causa, capaz de cometer las mismas arbitrariedades que denuncio, o aún peores». En mi opinión es innecesariamente ofensivo un capítulo donde vuelca esa rabia contra la Iglesia Católica, y hubiera sido prescindible otro capítulo con procacidades, pero, en cualquier caso, yo estoy agradecido al autor por lo que transmite: por declarar tan abiertamente el amor incondicional a su hijo y por su valor social para, como dice Fournier, homenajear en su libro a unos chicos que «no ven el mal en ningún lado, como los inocentes» y enfrentarse a quienes procuran hacerlos desaparecer de la vista y de la vida.

Y una visión, humanamente parecida pero muy diferente en cuanto a su alcance, es el poema de Miguel D'Ors titulado Belinha (1958-2005).

Jean-Louis Fournier. ¿Adónde vamos, papá? (Où on va, papa?, 2008). Barcelona: Destino, 2009; 136 pp.; trad. de Palmira Freixas; ISBN: 978-84-233-4123-8.
Màrius Serra. Quieto (Quiet, 2008). Barcelona: Anagrama, 2008; 156 pp.; col. Narrativas hispánicas; versión del autor; ISBN: 978-84-339-7183-8.

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jueves, 18 de junio de 2009

Un relato que nos enseña el alfabeto de la gratitud: María y yo,  una narración en cómic en la que su autor, Miguel Gallardo, habla de su hija María, de 12 años, autista. A partir del pretexto argumental de un fin de semana que pasa con ella en un hotel de Gran Canarias, se muestran tanto las pautas de comportamiento de María como las reacciones de todo tipo de quienes la rodean. Además de lo que tiene de declaración de amor de un padre a su hija, es un libro útil porque desmonta tópicos hollywodienses sobre el autismo y porque una sociedad como la nuestra necesita descubrir la felicidad que proporcionan personas como María.

El autor emplea unos dibujos sintéticos, en negro y con toques de color rojo en algunos momentos, y con una rotulación en mayúsculas apretadas. La misma sobriedad de los dibujos, unida con la distancia e incluso desgarro con el que todo se cuenta, dan a la historia el poder conmovedor de la vida misma, un poder que seguramente no se obtendría con recursos gráficos o narrativos más sofisticados o más abiertamente sentimentales. El relato contiene la sugerencia del paralelismo entre las dificultades de comunicación con los demás que tiene María, centrada en su propio mundo, con las que su padre parece tener con los turistas alemanes que ocupan el hotel.

Además, María y yo, igual que Arrugas, no es sólo un ejemplo de cómo hablar de sentimientos profundos sin caer en ninguna ñoñería sino, también, una demostración práctica más de la potencia que puede tener el cómic como medio para retratar algunas realidades humanas, no más literalmente pero seguramente con mucha más fidelidad que otros medios.

Miguel Gallardo. María y yo (2007). Bilbao: Astiberri, 2007; 64 pp.; ISBN 13: 978-84-96815-40-7.

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miércoles, 17 de junio de 2009

He citado ya varias veces El ratón y su hijo, de Russel Hoban, una obra muy elogiada por la crítica, por su calidad literaria y su contenido reflexivo-intelectual a la vez que bromista, pero con una más que comprensible poca aceptación entre niños y jóvenes, a quienes muchas bromas existencialistas del autor se les escapan. En cualquier caso no hay que perderlo de vista dentro de los libros sobre juguetes que cobran vida y sobre ratones que salen a descubrir el mundo (El ratón Manx, Guillermo ratón de biblioteca, etc.). A la derecha una ilustración de la obra original, de Lillian Hoban.

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martes, 16 de junio de 2009

Los conejos
es un álbum con imágenes de  Shaun Tan y texto de John Marsden, de los que tratan sobre la devastación que podemos provocar los hombres. La historia tiene resonancias universales pero tal vez sólo haya podido nacer a partir del pasado de Australia, marcado por el exterminio de aborígenes cuando comenzaron a instalarse allí los europeos, por el daño provocado por la plaga de conejos que asoló el país hace décadas, por la particular sensibilidad de hoy hacia pasajes tan tristes de la propia historia y hacia el deterioro del medio ambiente. El narrador colectivo de la historia son los animales nativos de un país desolado que cuentan cómo se fue destruyendo su país desde que fueron colonizados por los conejos, que en la historia son unos seres angulosos sin cuello, con una especie de vestido que semeja una levita dieciochesca, que llegan en barcos también de hace tres o cuatro siglos.

Los cada vez más numerosos seguidores de Shaun Tan disfrutarán con sus óleos y sus diagramas, sus campos devastados y sus futuristas paisajes urbanos... Su talento para provocar extrañeza y curiosidad, con sus potentes composiciones y los aires surrealistas de sus escenarios llenos de multitud de detalles curiosos y humorísticos en cada escena, consiguen que la narración impacte y deje huella en el lector.
Por otro lado, el álbum se resiente de que el texto, aunque tenga fuerza pues Marsden es un buen escritor, está compuesto para transmitir un mensaje de condena obvio casi sin matices. En ese sentido puede ser alineado con las obras que plantean un conflicto social y en las que, dice David Mamet, se plantea una pregunta del tipo «“¿Cómo podemos remediar el maltrato conyugal, el sida, la sordera, la intolerancia religiosa o racial?”» para inducir en el espectador o lector una respuesta como «“Veo las opciones que me presentan y decido (junto con el autor) cuál es la correcta. Si yo me encontrase en el lugar de los que están sobre el escenario, me inclinaría por la opción correcta: me pondría del lado del héroe o de la heroína antes que del malo”». Es decir: así como «el melodrama genera una ansiedad que se vive desde una posición de seguridad, la obra de conflicto social propone indignación (las noticias de televisión ofrecen ambas cosas). En estos falsos dramas nos abandonamos al deseo de sentirnos superiores a los acontecimientos y a la historia; es decir, al orden natural». Al final, esa «es la recompensa que se recibe por asistir a una obra de conflicto social».

Shaun Tan. Los conejos (The Rabbits, 1998). Texto de John Marsden. Cádiz: Barbara Fiore, 2009; 30 pp.; trad. de Carles Andreu y Albert Vitó; ISBN: 978-84-936778-2-4. [Vista del libro en amazon.es]

David Mamet. Los tres usos del cuchillo: sobre la naturaleza y la función del drama (Three uses of the knife: on the nature and purpose of drama, 1998). Barcelona: Alba, 2001; 111 pp.; trad. de María Faidella Martí; ISBN: 84-8428-101-9.



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lunes, 15 de junio de 2009

Revolución,
de la ilustradora francesa Sara, es un gran álbum (casi) sin palabras de hace ya un tiempo pero que yo he leído pocas semanas atrás. En él vemos a unos guerrilleros, todos silueteados en negro sobre blanco, entre los que destaca uno o una con pañoleta roja que lleva una bandera negra con un león rojo. A continuación se nos muestra cómo plantan esa bandera en lo alto de un monte y cómo son hechos prisioneros. Luego, el león baja de la bandera y va en busca del guerrillero, al que disparan pero huye montado en el león, que vuelve a subirse a la bandera ya con el guerrillero encima para siempre.

Todas las ilustraciones, a doble página, parecen hechas a base de recortes para crear las siluetas de los guerrilleros, los soldados, la bandera o los fusiles. Todas están compuestas en negro y rojo sobre blanco, una herencia de las serigrafías de hace ya décadas que asociamos con el aspecto visual del cartelismo de las primeras décadas del siglo. La continuidad del paso de página, en ocasiones, está reforzada gráficamente: por ejemplo, se ve a un soldado disparar sobre el fugitivo en una doble página, en la doble página siguiente se ven las balas surgir desde la izquierda. Es magnífico lo bien que, con tanta economía de medios, se recogen y transmiten las emociones propias de la historia. El núcleo está bien atrapado: el combatiente cuyo heroísmo queda para siempre vinculado con la bandera bajo la que luchó. Cabe decir que resulta confusa la cubierta, donde debajo del nombre de la ilustradora, Sara, figura el título, Revolución —quien no conoce a la ilustradora piensa en Sara como la protagonista de la revolución que se anuncia— y la especie de boina o pañoleta roja del protagonista le hacen parecer una chica, algo que desmiente una de las pocas palabras del interior: «prisionero».

Una consideración al margen: como en estos tiempos es toda una rareza un álbum que presenta con simpatía la idea de combatir hasta la muerte por una causa, y cómo el álbum ha sido muy elogiado por sus indudables méritos, podemos preguntarnos cuál habría sido la recepción de los críticos si su estética fuera otra, si en vez de pañoleta el guerrillero llevara gorro, si en vez de un león en la bandera figurase un águila, si los colores no fueran rojo y negro...

Sara. Revolución (Révolution, 2003). Barcelona: Libros del Zorro Rojo, 2007; 64 pp.; ISBN: 978-84-96509-85-6.

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domingo, 14 de junio de 2009

En su ensayo biográfico sobre Gógol, Nabokov habla del poshlust o poshlost, que define como aquello «que no sólo es obviamente baladí, sino también lo que es falsamente importante, lo falsamente hermoso». Así, en los anuncios publicitarios el poshlost surge no cuando exageran o se inventan la gloria de un artículo, sino cuando sugieren «que el colmo de la felicidad humana puede comprarse» y que, con la adquisición de ese artículo, el comprador se ennoblece.

En otro lugar, en una entrevista, cuando le preguntan por ese concepto vuelve a precisar que con él se refiere a «basura cursi, vulgares clichés. “Filisteísmo” en todos sus aspectos, imitaciones de imitaciones, falsas profundidades, pseudoliteratura tosca, deficiente y deshonesta...». Pero, continúa, si aparte de tales ejemplos obvios, «deseamos restringirnos a los escritos contemporáneos, tenemos que buscar el poshlost en el simbolismo freudiano, las mitologías apolilladas, el comentario social, los mensajes humanistas, las alegorías políticas, la preocupación excesiva por la clase o la raza, y las generalidades periodísticas que todos conocemos». «El poshlost llama poeta al señor Vacío y gran novelista al señor Fanfarrón», y sus flores son frases como «el momento de la verdad» o adjetivos como «existencial» (usado seriamente).

Vladimir Nabokov. Opiniones contundentes (Strong opinions, 1973). Madrid: Taurus, 1977; 179 pp.; col. Persiles; trad. de María Raquel Bengolea. ISBN: 8430620990.

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sábado, 13 de junio de 2009

All Things Considered
reúne treinta y cinco artículos que Chesterton publicó en su columna semanal del Illustrated London News antes de 1908. Unos comentan polémicas públicas que tenían lugar entonces, otros se refieren a libros que tenían éxito, algunos contestan a críticas por algún artículo anterior.

En Correr tras el propio sombrero están «Correr tras el propio sombrero», «Cuentos de hadas» y «El culto a los ricos», tres textos bien seleccionados porque son magníficos y porque inciden en puntos claves para Chesterton: la necesidad de vivir la vida cotidiana como una gran aventura, la gran enseñanza ética que contienen los cuentos de hadas, el humillante servilismo con el que muchos tratan hoy a los poderosos.

Se pueden destacar también tres artículos sobre cuestiones literarias o, mejor, sobre la moralidad o inmoralidad de las obras literarias. En «La controversia Zola» Chesterton afirma que no le preocupa la inmoralidad de Zola sino su moralidad: al identificar la lujuria con la vida hizo que ambas fueran repugnantes y, por tanto, «hizo algo peor que animar al pecado: animar al desánimo». En «Tom Jones y la moralidad» recuerda que, para escritores como Fielding o como Shakespeare, igual que para pintores como William Hogarth, una obra moral no era una obra sobre gente buena y amable sino una obra que trataba sobre gente inmoral, pero, eso sí, ni ellos ni sus lectores se confundían: «lo correcto es correcto, aunque nadie lo haga; lo equivocado está equivocado, aunque todos estén equivocados en ese punto». En «La doncella de Orleans» compara las afirmaciones injuriosas y ofensivas de Voltaire acerca de Juana de Arco con las comprensivamente condescendientes de Anatole France: afirma que prefiere las primeras y condena el método de France, el mismo que había utilizado Ernest Renan, de «explicar los relatos de orden sobrenatural que tienen fundamento por el método de inventar relatos de orden natural que no tienen fundamento».

Hay también varios artículos que, directa o indirectamente, describen bien el misticismo adulador en el que nuestra sociedad envuelve a los poderosos. En «La falacia del éxito» critica los libros y artículos en torno al éxito, tanto por la reverencia con la que sus autores y lectores se postran ante el misterio del millonario, como por ser libros que hablan de cómo triunfar pero que han sido escritos por hombres que, indudablemente, no triunfarán escribiendo. En «Sobre el secreto político» habla de que la clase gobernante de Inglaterra es como una casta sacerdotal cuyos miembros piensan ser los únicos capaces de pronunciar las palabras impronunciables, los únicos que conocen las cosas importantes. Vuelve a lo mismo en «Pensamientos acerca de Koepenick», donde, a raíz de un incidente militar, habla de que el verdadero Parlamento es un parlamento secreto que conduce privadamente nuestra vida pública.

Otra idea que repite, hablando sobre cuestiones periodísticas o sobre temas educativos, es cómo en nuestra sociedad no llamamos a las cosas por su verdadero nombre, y cómo, en la educación que damos, no proponemos positivamente a los chicos que digan la verdad. En «El muchacho», a propósito de una broma que un joven gastó de pintar de rojo una estatua, señala el miedo del periodismo a dar explicaciones morales simples de forma que puede calificar un acto como loco, bestial, vulgar, idiota..., pero de ningún modo lo llamará malo; y habla de que el mismo sistema de partidos está fundado sobre la base de que decir la verdad completa no importa. En «Limericks y consejos de perfección» comenta que con frecuencia criticamos a la prensa amarilla como exagerada, excesivamente sentimental, anárquica, analfabeta, y muchas otras palabras larguísimas, pero no recalcamos la única objeción que verdaderamente importa: que miente.

Luego, siempre resulta interesante observar no sólo el modo en que Chesterton alcanza el núcleo de las cuestiones que trata sino también su forma de aclarar los pasos en falso y las implicaciones de algunos razonamientos. En «El error de la imparcialidad» cuenta el caso de una persona que le reta a que dé nombres de gente inteligente que creyera en los milagros; cuando Chesterton le habla de Descartes, Samuel Johnson, Newton, Faraday, Newman, Pasteur, Browning..., su oponente le responde que no valen porque todos eran cristianos; es decir, continúa Chesterton, «primero me desafía a que encuentre un cisne negro y luego él descarta todos los cisnes que yo encontré porque eran negros (...); el argumento viene a ser (...): “todos los hombres que importan llegan a mi misma conclusión, y si ellos llegan a tu conclusión, entonces no cuentan”». En «Demagogos y mistagogos» indica que vivimos en una época no de demagogos sino de mistagogos, esos sacerdotes antiguos que supuestamente iniciaban a los grandes misterios: si algunos artistas contemporáneos de Miguel Ángel se declaraban grandes artistas aunque no tuvieran éxito, no se les ocurría, como ahora, declararse grandes artistas precisamente por no tener éxito; y en esto vemos también un rasgo propio de nuestro tiempo, que parece democrático, pero que tiene un positivo sesgo contra los gustos populares.

G. K. Chesterton. All Things Considered, 1908.

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viernes, 12 de junio de 2009

En lugar seguro,
de Wallace Stegner, es una buena novela sobre la relación entre dos matrimonios, que se inicia cuando los maridos son profesores en la Universidad de Madison, poco antes de la segunda Guerra Mundial, y se prolonga durante varias décadas. El narrador es uno de los protagonistas, escritor, que rememora el pasado justo cuando la mujer de su amigo está en los últimos días de su enfermedad. No son pocos los elogios merecidos que ha recibido esta novela pero yo aquí la traigo para resaltar algo que me ha gustado: que uno de los sumandos de la historia es la poliomielitis de la mujer del narrador, que la dejó paralítica poco después de dar a luz y que, a los ojos de algunos, condicionó su vida, sin entender, dice, «que mis cadenas no son cadenas, que a lo largo de los años la parálisis de Sally ha sido una triste bendición. Ha hecho de ella más que lo que era; le ha permitido darme más de lo que nunca hubiera sido capaz de darme teniendo salud; me ha enseñado, como mínimo, el alfabeto de la gratitud». En los próximos días hablaré de más relatos de distinto tipo que nos enseñan lo mismo a todos.

Wallace Stegner. En lugar seguro (Crossing To Safety, 1987). Barcelona: Libros del Asteroide, 2008; 392 pp.; trad. de Fernando González; ISBN: 978-84-936597-1-4.

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jueves, 11 de junio de 2009

Once cuentos para pasar un buen rato: Esto no es un cuento y otros cuentos, de O. Henry. Aunque unos son mejores que otros, todos son entretenidos y tienen los rasgos propios del autor —buena narración, buen humor, final con un giro sorprendente—, y en todos hay toques excelentes como, por ejemplo, éste: «su nombre sonaba como una llave cuando la introduces del revés, pero yo le llamaba McClintock, que era lo más parecido a ese ruido» (La oferta y la demanda). Si hubiera que optar por uno me quedaría con El momento de la victoria, con un protagonista que «tenía el aspecto decaído de un chico que se alimenta con leche desnatada» pero se termina comportando como un héroe arrollador por un motivo inesperado.

O. Henry. Esto no es un cuento y otros cuentos (No Story; The Higher Pragmatism; To Him who Waits; Rus in Urbe; The Rose of Dixie; Thimble, Thimble; The Moment of Victory; Supply and Demand; He also Serves; The Head Hunter; A Poor Rule). Sevilla: Barataria, 2008; pp.; col. Bárbaros; trad. de Pablo Manzano; ISBN: 978-84-95764-84-3. En inglés, todos ellos están en Options (1909).

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miércoles, 10 de junio de 2009

Ahora que Javier de Navascués ha comenzado su propio blog —una suerte para todos y, en particular, para todos los que siguen la literatura hispanoamericana— es un buen momento para recordar una de las excelentes recomendaciones-descubrimientos que le debo: Cuentos de cipotes del salvadoreño Salarrué. Son relatos sobre niños tan inclasificables como encantadores.

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martes, 9 de junio de 2009

Como el otro día lo mencioné como un buen ejemplo de la idea de viajar para volver a casa (en el comentario a Sin principio ni fin, de Avi), cuelgo la reseña de ¡Qué bonito es Panamá!, junto con otros libros de Janosch.

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lunes, 8 de junio de 2009

La señora y el niño,
de Kaatje Vermeire y Geert de Kockere, cuenta cómo nace una relación de amistad entre un niño y una señora mayor. Las ilustraciones sugieren un ambiente de barrio socialmente deteriorado; su composición, con diferentes texturas y elementos entremezclados, habla de un mundo recompuesto a base de retazos. El texto indica cómo el niño siente, al mismo tiempo, temor y curiosidad acerca de una enorme mujer de la que, al principio, piensa que debe comer niños; todo lo que ve de su comportamiento le intriga y, poco a poco, su percepción cambia. Mientras las ilustraciones subrayan el misterio y la inquietud que le causa la señora cuando pasea o cuando la ve en su balcón, el texto presenta las cosas en tercera persona pero desde la perspectiva del niño. Hay que aguardar a la mitad del álbum para que, por fin, el chico vea la cara de la señora perfilada, un día en el que se le caen unas naranjas y el niño se agacha para ayudarle a recogerlas y ella le sonríe.

Buen álbum, aunque la concepción del relato, del texto y de las imágenes, por separado y conjuntamente, responden más al gusto de un adulto que de un lector pequeño. Estamos lejos de un álbum que trata de lo mismo pero busca más directamente ser afectuoso como Guillermo Jorge Manuel José, por ejemplo.

Kaatje Vermeire. La señora y el niño (De vrouw en het jongetje, 2007). Texto de Geert De Kockere. Cádiz: Barbara Fiore, 2008; 32 pp.; trad. de Carles Andreu y Albert Vitó; ISBN: 978-84-936778-0-0.

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domingo, 7 de junio de 2009

Hay relatos en los que se habla de la primera vez en que un niño descubre la injusticia o el engaño. Un ejemplo, muy bien contado, está en las memorias de Janet Frame:

«La visita al odontólogo señaló el final de mi infancia y mi introducción en el mundo amenazador de las contradicciones, en el que las palabras dichas y escritas conquistaron un poder especial. (...)
Me llevaron al dentista, donde pateé y me debatí, convencida de que me sucedería algo horrendo. El facultativo, en lo recio de mi resistencia, hizo una seña a la enfermera, que se acercó con una linda toalla de color rosa.

—Huele esta toalla tan bonita —me pidió con amabilidad.

Me incliné a olerla con toda la inocencia, y comprendí muy tarde, al notar que me dormía, que me habían embaucado. Jamás he olvidado aquel engaño, ni mi asombrada incredulidad de que me hubiesen traicionado de aquella forma, de que la frase “Huele esta toalla tan bonita”, sin asomo de algo malo, hubiese servido para meterme en una especie de emboscada, de que ellos no hubieran significado realmente “Huele esta toalla tan bonita” sino “Te haré dormir mientras te arranco el diente”. ¿Cómo fue? ¿Cómo unas cuántas palabras amables pudieron hacer tanto daño?».

Janet Frame. Un ángel en mi mesa (An Angel at my Table, 1989; edición que reúne tres libros anteriores: To the Is-Land, 1982; An Angel at my Table, 1984; The Envoy from Mirror City, 1985). Barcelona: Seix Barral, 2009; 475 pp.; col. Biblioteca Formentor; trad. de Juan Antonio Gutiérrez-Larraya, Ana Mª de la Fuente y Elsa Mateo Edición; ISBN: 978-84-322-2839-1.

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sábado, 6 de junio de 2009

El acusado
es una recopilación de dieciocho artículos que Chesterton publicó en The Speaker. Su segunda edición comienza con una «Defensa de una nueva edición» en la que habla de que las cosas primero deben ser amadas para que luego se puedan mejorar, desarrollo de la idea que ya comentara en la «Introducción» de que la disposición optimista es mucho mejor que la pesimista si uno desea de verdad cambiar las cosas. En castellano varios están publicados en Correr tras el propio sombrero: «En defensa de la novela de quiosco», «Defensa del absurdo», «Defensa de la farsa», «Defensa de las novelas de detectives». Los demás son: «Defensa de los votos arriesgados»; «Defensa de los esqueletos»; «Defensa de la publicidad»; «Defensa de los planetas»; «Defensa de la pastora de porcelana»; «Defensa de la información útil»; «Defensa de la heráldica»; «Defensa de las cosas feas»; «Defensa de la humildad»; «Defensa del argot»; «Defensa del culto al niño»; «Defensa del patriotismo».

Todos ellos son un intento de ver la cara positiva de realidades que, con frecuencia, se critican; y, al mismo tiempo, de mostrar cómo, con frecuencia, lo que se critica no es lo que verdaderamente merece ser criticado. Es como si Chesterton tuviera una especie de talante caballeresco que le hace ponerse al lado del agredido para combatir a quienes tienden a presentar las cosas como peores de lo que son, y un espíritu que por encima de todo procura ver las cosas sin el conformismo propio del acostumbramiento. En general sigue también la pauta de tomar partido por los más débiles frente a cualquier posición de superioridad esnob o, simplemente, irreflexiva. Así, explica las razones lógicas del gusto mayoritario de las novelas baratas, habla de la riqueza y el colorismo del lenguaje de jerga de los menos cultos, juzga como sanísimo el ser sentimentales ante los niños, etc. A lo largo de su vida Chesterton publicará bastantes más artículos con el mismo espíritu y con títulos que comienzan también por «Defensa de...».

A veces el título no responde con exactitud al contenido y, aunque sí comienzan con él, luego derivan en otra cosa. Por ejemplo, «Defensa de la pastora de porcelana» termina siendo un elogio de los méritos de la novela pastoril, idea que desarrollará en El hombre eterno; «Defensa de los votos arriesgados» acaba en una justificación entusiasta del compromiso matrimonial (idea que aparecerá de nuevo en «En la Plaza de la Bastilla», Enormes minucias, cuando dice que «las cosas de más valor en lo humano son las cosas irrevocables»; y por supuesto en La superstición del divorcio); «Defensa de la heráldica» habla de lo que se ha perdido con la desaparición del colorido propio de un mundo aristocrático y con la llegada del igualitarismo ramplón, en el que al ciudadano común no se le dice «“eres tan bueno como el duque de Norfolk” sino que, con una fórmula supuestamente más democrática, se le contenta con un “el duque de Norfolk no es mejor de lo que tú eres”».

Sin embargo, en otros artículos título y contenido encajan perfectamente. «Defensa de la humildad» presenta el arte de ver todas las cosas del universo tal como son en realidad: de un tamaño inconmensurable; igual que las ve un niño de cuento de hadas que no teme hacerse pequeño, y justo al contrario de cómo las ve un «sabio que pone su fe en la magnitud y en la ambición» y que «se va haciendo más y más grande, como un gigante, lo que significa tan sólo que las estrellas se van haciendo más y más pequeñas». «Defensa del patriotismo» contiene la famosa cita de que decir «my country, right or wrong» es como decir «mi madre, borracha o sobria», una bobada cósmica, y subraya que resulta demencial que un inglés ame a su país por su espíritu comercial o por su expansión imperial en lugar de amarlo por ser el país de Shakespeare o Newton, un verdadero motivo por el que sentirse justamente orgulloso.

G. K. Chesterton. The Defendant, 1901. Edición en castellano, titulada El acusado, en Sevilla: Espuela de Plata, 2012; 196 pp.; col. Literatura universal; trad. de Victoria León Varela; ISBN 13: 978-84-15177-50-0.

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viernes, 5 de junio de 2009

Un libro encontrado sin buscarlo y sin conocerlo de nada en los estantes de una librería y que resulta toda una revelación: Tú di que eres uno de ellos, el primer libro de de Uwem Akpan, un escritor nigeriano, sacerdote jesuita desde 2003, que posee un máster en escritura creativa por una universidad norteamericana y es actualmente profesor en un seminario en Zimbabue. Son cinco relatos que se caracterizan por tener niños en el centro de sus tramas y por ser de una enorme dureza. Algunos fueron publicados antes en The New Yorker.

«Festín de Navidad» se desarrolla en Nairobi: el narrador es un chico de doce años que, años después, habla de que los pocos ingresos en su casa los traía su hermana mayor, adolescente y prostituta en la calle, y de ellos dependían sus futuros estudios. En «Engordar para ir a Gabón» también cuenta las cosas un chico de diez años que, junto con su hermana pequeña, y debido a que sus padres han fallecido de SIDA, vive con su tío y descubre que planea venderlos como esclavos. En «Qué lenguaje es ese», dos niñas etíopes de clase alta, muy amigas, son obligadas por sus familias a no volver a tener relación entre sí pues una es cristiana y la otra musulmana. En «Coches fúnebres de lujo», situado durante la guerra civil en Nigeria, un chico musulmán de padre cristiano huye hacia el sur en un autobús donde intenta que nadie vea que su mano está cortada. En «La habitación de mis padres», que se desarrolla en Ruanda, la narradora es una niña de nueve años hija de un hutu y una tutsi, que cuenta lo que pasa y no comprende cuando la persecución se desencadena y su madre le pide que cuide de su hermano pequeño Jean.

El autor narra con claridad, con viveza en los diálogos y sobriedad en las descripciones ambientales. No es morboso cuando ha de contar los momentos más críticos y, al mismo tiempo, no intenta suavizar sus explosivas historias lo más mínimo. Se ve que tiene la voluntad de presentar situaciones vitales extremas, tal como son o como fueron para mucha gente, pero es cuidadoso para no echar las culpas a nadie de modo simplificado. No parece tampoco que pretenda obtener conclusiones sino, más bien, dar voz a los niños y dejar que hablen al lector los mismos hechos que cuenta y los finales sin anestesia en los que se acaba la infancia de sus protagonistas.

Uwem Akpan. Tú di que eres uno de ellos (Say you’re one of them, 2008). Madrid: El tercer nombre, 2009; 379 pp.; trad. de María Alonso del Yerro; ISBN: 978-84-96693-53-1.

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jueves, 4 de junio de 2009

Hasta el momento he mencionado varias «novelas de profesor» con protagonistas jóvenes, como Vigo es Vivaldi o El último día de mi vida. Sumo a ellas, ahora, Una habitación en Babel, de Eliacer Cansino, una novela valiosa que me ha hecho pensar en el trabajo del profesor tal como lo describe Daniel Pennac en Mal de escuela.

En un pueblo andaluz llamado Alfarache hay una torre alta en la que viven personas muy distintas cuyas vidas acaban entrelazadas. Entre otros, Gil, un anciano muy culto con una larga historia detrás; Ángel, un profesor de filosofía del instituto; y varios alumnos suyos: Berta, Nor, guineano, Stéfano, italiano, Rashid, marroquí. Todo comienza con la desaparición de un diario de Berta y sus intentos por recuperarlo, y luego con la de Nor, que deja de ir a clase para ir a esperar la llegada de su hermano en una patera. Al enterarse, Ángel y Rashid van en su busca.

La historia engancha pues está escrita con cuidado y se describen de modo convincente los distintos episodios, el mundo interior del profesor —el personaje central y el más acabado—, y los conflictos que tienen sus alumnos inmigrantes —sus problemas de adaptación y los derivados de relacionarse con las redes mafiosas que canalizan las salidas de sus países y su instalación en España—. El relato tiene un comienzo un tanto engañador, con un episodio protagonizado por Berta y su amigo Marcos, y una fugaz aparición de un chico llamado Lolo que no tiene continuidad, pero enseguida se centra en Ángel, el profesor. Se presentan bien su trabajo y su mente ocupada en el debate sobre si ha de implicarse más o no en ayudar a Nor; se reflejan bien momentos de clase y de vida colegial; vienen a cuento las explicaciones al paso y son certeras las referencias literarias.

Eliacer Cansino. Una habitación en Babel (2009). Madrid: Anaya, 2009; 252 pp.; ISBN: 978-84-667-8445-0.

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miércoles, 3 de junio de 2009

Dos obras de teatro infantil español que, tiempo atrás, leí y me gustaron: Asamblea General, de Lauro Olmo y su mujer Pilar Enciso; y La verdadera y singular historia de la princesa y el dragón, de José Luis Alonso de Santos. Las traigo aquí por haber visto hace poco, en una librería, una nueva edición de la primera historia. Y, también, porque a su modo y a su nivel, ambas ejemplifican afirmaciones de David Mamet como estas: «El teatro es una herramienta política de lo más útil; es un lugar al que vamos a escuchar la verdad»; «la finalidad del teatro no es abordar temas principalmente sociales sino espirituales»; «la función del teatro es abordar las preguntas de “¿Cuál es nuestro lugar en el universo?” y “¿Cómo podemos vivir en un mundo en el que sabemos que vamos a morir?”».

Conversaciones con David Mamet (David Mamet in conversation, 2001). Barcelona: Alba, 2005; 320 pp.; col. A trayectos; edición de Leslie Kane; trad. de Isabel Ferrer Marrades; ISBN 13: 978-84-8428-271-6.

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martes, 2 de junio de 2009

Una misión que pueden tener las adaptaciones puede ser el dar a conocer obras antiguas poderosas a... lectores adultos que, de otro modo, no las leerán nunca. Pensaba eso al leer, hace unos días, una excelente versión adaptada de Los viajes de Gulliver, un relato tan apropiado para todos aquellos interesados por la vida política pero cuya versión original puede resultarles desanimante (por muy adultos que sean). Para unos puede ser una forma de hacerse cargo de su contenido, de su argumento completo, de la ferocidad crítica del autor. A otros, más específicamente interesados en la literatura infantil y juvenil, les puede servir para darse cuenta del origen de muchas ideas que aparecerán en relatos de fantasía posteriores. Los autores de la edición que cito, el adaptador, Martin Jenkins, y el ilustrador, Chris Riddell, son competentes y saben bien lo que tienen entre manos.

Jonathan Swift. Gulliver. Adaptación y reducción del texto de Martin Jenkins e ilustraciones de Chris Riddell para una edición de 2004. Barcelona: Vicens Vives, 2005; 144 pp.; trad. de Susana Camps; ISBN: 84-316-8012-1.

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lunes, 1 de junio de 2009

El hilo de Ariadna,
con texto de Javier Sobrino e ilustraciones de Elena Odriozola, es un álbum que, por su minimalismo —un estilo que parece sencillo pero que es el más sofisticado—, y por su texto intimista acerca del dolor interior de una niña —es decir, un relato que no es tanto para niños sino sobre niños—, tendrá más eco en los adultos, creo yo.

Ariadna sale de casa enfadada y, con el ovillo que lleva en el bolsillo, juega o se imagina distintas cosas: que se columpia de un árbol, que construye un puente, que hace de equilibrista, que juega a la comba con sus amigas... Se ve que trata de retrasar el momento de volver a casa.

Relato compuesto con gran dominio de los recursos propios del género-álbum. Los elementos con los que se cuenta son los justos: la figura de la protagonista y las formas que adopta el hilo según sus evasiones mentales para olvidar lo que le duele. La continuidad gráfica de la historia se asegura porque el hilo sale y entra de las páginas siempre por el sitio apropiado. Al final, la puerta entreabierta de la casa de Ariadna deja ver un fondo del mismo color que el vestido de Ariadna y que las guardas finales.

Elena Odriozola. El hilo de Ariadna (2009). Texto de Javier Sobrino. Barcelona: Thule, 2009; 28 pp.; ISBN: 978-84-92595-02-0.

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