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Notas de junio de 2010 :: bienvenidosalafiesta ::    
bienvenidos a la fiesta
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miércoles, 30 de junio de 2010

Haber hablado hace poco de una aprendiz de naturalista como Calpurnia es un pretexto tan bueno como cualquiera para traer aquí El delfín de Corubicí, del naturalista costarricense Anastasio Alfaro. Es un clásico infantil de principios de siglo, desconocido en España, que me interesó cuando lo leí hace años.

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AlfauCuentos.jpg
martes, 29 de junio de 2010

Un libro con cuentos elaborados al modo de los relatos tradicionales: Cuentos españoles de antaño. Su autor, Felipe Alfau, un español emigrado a los Estados Unidos, los publicó en inglés en 1929.

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SayGrandfather.jpg
lunes, 28 de junio de 2010

Sumo uno más a los álbumes autobiográficos ya mencionados: Grandfather's Journey, de Allen Say. Es la historia de un abuelo japonés contada por su nieto norteamericano.

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domingo, 27 de junio de 2010

Algunos escolios de Nicolás Gómez Dávila sobre Arte.

Sobre arte en general:

—«La estética, como la historia, da verdades sin dar recetas».

—«La obra de arte no resuelve sino problemas artísticos».

—«En arte no puede haber herejías: el acierto estético es la ortodoxia».

—«Comunicación o expresión no son fines, sino meramente medios, de la obra de arte».

—«La índole de la obra de arte puede depender de condiciones sociales, pero su calidad estética de nada depende».

Sobre arte moderno:

—«La pintura no-figurativa es el realismo de nuestro tiempo.
Lo abstracto es el único medio dado a la imaginación para afrontar su destino».

—«Las extravagancias del arte moderno están enseñándonos a apreciar debidamente las insipideces del arte clásico».

—«Recordemos al admirador de lo contemporáneo que las obras de arte más admiradas por sus contemporáneos suelen ser las que la posteridad observa con mayor ironía».

—«El titanismo del arte moderno comienza con el titanismo heroico de Miguel Ángel y concluye con el titanismo caricatural de Picasso».

—«Haber convertido en fórmula el horror a la fórmula caracteriza el arte moderno».

—«El verdadero mérito del arte moderno está en habernos abierto los ojos para los estilos no-clásicos».

Y otro más, larguísimo para los estándares del autor, con una interesante distinción:

—«Rango cultural y rango estético de la obra de arte son categorías distintas.
El rango cultural depende de la calidad de la cultura a la que la obra pertenece, el rango estético depende de la calidad de la obra.
Obras de bajo rango estético pueden tener alto rango cultural, porque llevan consigo los valores de la cultura insigne a la que pertenecen.
Inversamente, obras de rango cultural bajo, pueden ser redimidas por su excelencia estética».

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sábado, 26 de junio de 2010

Decía Chesterton que la sustancia moral de la libertad está en que el hombre no está pensado para ser, sin más, un receptor pasivo de buenas leyes o buenas condiciones de vida, como un árbol en un jardín, sino que está pensado para que tenga el placer activo y principesco de actuar como el jardinero que selecciona lo que planta y que diseña y organiza su jardín. De ahí que la forma más popular de indicar donde reside la idea de la libertad humana es la de hablar del hombre como «creador». De hecho, en inglés, se usa la palabra «make» para la mayoría de las cosas en las cuales la libertad es esencial, como un paseo por el campo, «makes his way», hacer amigos, «makes a friend», o el amor, «making love». Y, por eso, en su sentido espiritual primigenio, la libertad designa lo divino que hay en el hombre o, dicho de otro modo, su condición de artista. («The Free Man», A Miscellany of Men)

De otra manera, con más exuberancia de la que yo pongo aquí, el protagonista de uno de sus relatos desarrolla la idea de la libertad así: «¿Es siempre un rasgo generoso devolver a un pájaro la libertad? ¿Qué es exactamente la libertad? Primero y ante todo es la facultad de ser uno mismo». Bajo ciertos conceptos, el pájaro, en su jaula, es libre. Es libre de estar solo. Es libre de cantar. «En la selva, sus plumas le serían arrancadas y su voz enmudecería para siempre». Por eso se puede «pensar que el ser uno mismo, que es sinónimo de libertad, es la limitación de uno mismo. Estamos limitados por nuestros cuerpos y por nuestros cerebros, y si nos evadimos dejamos de ser nosotros mismos, e incluso, quizá de ser algo». Podemos comprender el recorrido de los pensamientos que llevan a alguien a soltar al pájaro y simpatizar con el amor a la libertad que hay en el fondo de esa actuación. Pero hay un punto donde ese amor a la libertad se hace locura: «el hombre que rompe una pecera simplemente porque la considera una prisión, cuando es el único ambiente de vida posible para los peces, (...) vive ya en un mundo fuera de la razón». Y, para que la libertad no se vuelva insensatez, lo que no se puede perder de vista, continúa diciendo el mismo personaje, es que «el hombre es un ser viviente» y toda su felicidad consiste en apreciar la vida como un regalo, en valorarla y comprenderla como lo que es, como una «sorpresa», y en acogerla con gratitud, pues nos viene de fuera y de alguien ajeno a nosotros mismos. «Estos límites son las líneas del placer humano» (El poeta y los lunáticos - Episodios de la vida de Gabriel Gale)

Una nota, no chestertoniana, sobre lo mismo: La medida de la libertad.

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SosekiKokoro.JPG
viernes, 25 de junio de 2010

Como hace poco hablé de Soy un Gato y, tiempo atrás, de Botchan, pongo ahora la otra novela de Natsume Soseki que conozco, y la que más me ha gustado a pesar de su premiosidad, Kokoro. En la edición que cito abajo hay una extensa introducción que da muchas explicaciones acerca de la importancia del autor, de las características generales de su obra, y de las particularidades de Kokoro, la más celebrada de sus novelas.

El narrador de las dos primeras partes de la novela es un estudiante universitario que nos cuenta el inicio y desarrollo de su relación con Sensei, un hombre mayor sin trabajo conocido, a quien acaba convirtiendo en su guía intelectual y moral; y la larga enfermedad de su padre, a quien quiere pero cuya rusticidad contrapone con la elegancia que atribuye a Sensei. La tercera parte es una larga carta de Sensei en la que le revela el enigma de su pasado.

El título, «Kokoro», es una palabra intraducible pues significa muchas cosas a la vez: corazón, mente, interior, espíritu, alma, sentimientos, voluntad, sensibilidad… Con ella, el autor indica su voluntad de mostrar los mundos interiores del narrador, por un lado, y de Sensei, por otro. A los personajes principales no les da nombre para reforzar su condición de arquetipos y cuenta las cosas muy lentamente, poniendo delante del lector lo que sucede como en esos cuadros japoneses donde todo se ve siempre con la misma perspectiva y a igual distancia. Y es que, aunque hay escenas excelentes, no todo es igualmente significativo, y un lector occidental quizá piense, como es mi caso, que casi bastaría con la tercera parte, la que contiene la confesión de Sensei, y que incluso esta podría condensarse. Además, a una mente que tenga conceptos básicamente cristianos no le resultará fácil asumir la propuesta del suicidio como si fuera la salida más digna para remediar una traición del pasado, ni unos planteamientos tan solemnemente centrados en uno mismo.

De todos modos, y al margen de su valor histórico, es una interesante novela pues significa un acercamiento a un modo distinto de comprender la existencia humana, recoge bien la necesidad que un chico joven tiene de adultos de referencia, muestra con talento cómo quien sufre una dolorosa traición puede acabar siendo él mismo traidor, habla con honradez y convicción de cómo una culpa del pasado no reparada puede acabar consumiendo una vida.

Natsume Soseki. Kokoro (1914). Madrid: Gredos, 2009; 335 pp.; col. Biblioteca Básica Gredos; introducción, trad. y notas de Carlos Rubio; ISBN 13: 978-84-249-3593-1. Nueva edición en Madrid: Impedimenta, 2014;  304 pp.; trad. de Yoko Ogihara y Fernando Cordobés; ISBN: 978-8415979128. [Vista del libro en amazon.es]

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LiMoyingNieve.jpg
jueves, 24 de junio de 2010

Otro libro más sobre lo que significó crecer en un mundo comunistaNieve en primavera, una narración autobiográfica de Moying Li, que puede unirse a historias como La chica del pañuelo rojo, de Jili Jiang, o Mao y yo, de Chen Jiang.

La autora, hoy en Estados Unidos, cuenta su infancia y adolescencia en China y, en especial, todo lo que supuso, para ella y su familia, la Revolución Cultural que ocurrió cuando ella tenía doce años. Habla de sus estudios de idiomas, de su refugio en la literatura, del cambio que significó en su vida encontrar al señor Hu, un antiguo editor y traductor. Tiene gran peso la figura de la abuela, Lao Lao, cuyo nombre de pila, Zhen, significa Lealtad.

El libro está bien narrado, con calma y con viveza. Al emplear un tono sereno, cumple bien su función testimonial: hablar de un mundo que conocemos poco, dar a conocer vidas de gente que ha sufrido, mostrar la inhumanidad de la ideología comunista. Toda la historia subraya cómo el apoyo familiar terminó siendo el único refugio de libertad contra los abusos del poder.

Li, Moying. Nieve en primavera (Snow Falling in Spring, 2008). Barcelona: Bambú, 2009; 204 pp.; col. Vivencias; trad. de Noemí Risco; ISBN: 978-84-8343-091-0.

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KellyCalpurnia.jpg
miércoles, 23 de junio de 2010

La evolución de Calpurnia Tate,
de Jacqueline Kelly, es una premiada novela infantil norteamericana, bien escrita y bien construida, simpática y amena. Es la primera de su autora, médico de profesión.

Se desarrolla en 1899, en Fentress, ciudad al sur de Austin, Texas. La narradora, una lista chica de casi doce años, es Calpurnia Virginia Tate, familiarmente Callie Vee, la intermedia de siete hermanos —«¿podéis imaginaros algo peor?»—. Su familia es pudiente; su padre posee una máquina limpiadora de algodón y no interviene mucho en su vida diaria; su madre desea que aprenda cocina y bordado —«un trabajo de mojigatos»— y que se prepare para su futura presentación en sociedad; cumple un importante papel la cocinera mulata de la casa, Viola; y el personaje decisivo es su abuelo, un naturalista seguidor de las teorías darwinistas que hace de Calpurnia su discípula y colaboradora.

La novela retrata la familia y la sociedad en la que vive la protagonista por medio de una sucesión de incidentes, los mejores de los cuales son, normalmente, aquellos donde no asoma ninguna otra intención que la de contar la historia. La principal tensión viene de los choques entre los deseos de Calpurnia de hacer unas cosas y los deseos de su madre de que aprenda y haga otras. Además, su abuelo y ella descubren una nueva especie de algarrobo y esperan que las sociedades científicas lo reconozcan. Otros episodios tienen que ver con los enamoramientos de sus hermanos, y otros podrían llamarse costumbristas, por ejemplo el drama familiar cuando uno de los pequeños, encargado de alimentar a los pavos, se da cuenta de qué ocurrirá con ellos el día de Acción de Gracias.

Hay bastantes descripciones, sencillas y bien hechas, de los animales y plantas que observan y estudian Calpurnia y su abuelo. Este personaje, a pesar de su artificiosidad, está conseguido, porque tiene gracia y porque justifica bien cómo se puede desarrollar una vocación científica como la de Calpurnia. También se puede considerar acertado el personaje de la madre, pues sus motivaciones, al menos parcialmente, se hacen comprensibles, y su hija las llega también a comprender. Los otros tienen menos entidad: tal vez alguno gane peso en la, o las secuelas que se avecinan.

La novela tiene tramos dedicados a las observaciones de campo y a las anotaciones en su libreta de Calpurnia: no a todos los lectores les atraerán igual pues ralentizan la narración y tienen el claro propósito de avivar el interés por el trabajo científico. Tiene otros pasajes dedicados a los intensos sufrimientos de Calpurnia cuando tiene que cocinar o bordar y cuando piensa en que su futuro sea como el de su madre —«¡oh, qué monotonía!»—; su rechazo alcanza el máximo cuando recibe como regalo de Navidad el libro La ciencia del ama de casa. Con todo, en relación a estos aspectos la novela no está muy desequilibrada: la pesadez del trabajo científico no se disimula por completo —«en nombre de la Ciencia estuve limpiando cacas de oruga»—; la vida familiar se presenta bien, aunque el cariño como motivo para enfrentarse a los trabajos más pesados no se subraye; y, a pesar de sus lamentos, Calpurnia no pierde mucho de vista su condición de chica de clase alta muy privilegiada.

Se justificarían mejor algunas cosas (también las escasas frases cursis como «sentí el primer y gélido azote de la pena en torno a mi corazón») si en algún sitio se indicara que, como se puede suponer, todo está contado años después, aunque intentando reproducir las cosas tal como la protagonista las vivió. Cada capítulo está encabezado por una cita de El origen de las especies, algo que le da un tono culto pero que resulta tan innecesario como un ornamento barroco (útil para reconocer el estilo y para que algunos lectores se sientan cómodos, pero que si se quita no se pierde nada e incluso se ganaría claridad). En cuanto a su valor como lectura infantil, igual que de otras novelas semejantes, tal vez conviene advertir que la mejor forma de comprender otras épocas no es una novela que habla del pasado con anteojeras de hoy, aunque pueda divertir e incluso ser útil en ese sentido, como es este caso. Al respecto suele ser reveladora la comparación con novelas escritas en aquella época con protagonistas niñas norteamericanas, que sufren las mismas ataduras sociales que Calpurnia y que a su modo intentan sacudírselas, pero que no buscan ganar puntos ante los lectores de hoy (el ejemplo más clásico es Mujercitas).

Jacqueline Kelly. La evolución de Calpurnia Tate (The Evolution of Calpurnia Tate, 2009). Barcelona: Roca editorial, 2010; 268 pp.; trad. de Isabel Margelí; ISBN: 978-84-9918-103-5.

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martes, 22 de junio de 2010

Otro
relato acerca del Camino de Santiago, de hace unos años, esta vez en plan humorístico y con personajes con acento gallego, es La Gallina de la Paz, de Gloria Sánchez.

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Murakami999.jpg
lunes, 21 de junio de 2010

999 hermanas ranas se mudan de charca,
de Yasunari Murakami y Ken Kimura, es un álbum que se puede poner como ejemplo de que, cuando un hilo argumental absurdo nos acaba gustando, el mérito ha de darse casi por completo a la categoría del ilustrador, que logra sostener el interés del lector con tanto acierto.

En la misma página del título va el texto que introduce la historia: «Llegó la primavera. En una pequeña charca mamá rana dio a luz 999 huevos». Cuando los renacuajos crecen y no caben, deciden trasladarse. Salen de la charla, forman una larguísima fila, y comienzan los encuentros inesperados.

Relato curioso, gracioso y con un final feliz que dejará satisfechos a sus lectores. La narración es gráficamente clara gracias al uso generoso del espacio en blanco y a cómo las ilustraciones logran representar sintéticamente a la multitud de personajes que aparecen.

Yasunari Murakami. 999 hermanas ranas se mudan de charca (999-hiki, no Kyodai no Ohikkoshi, 2003). Texto de Ken Kimura. Granada: Barbara Fiore, 2010; 40 pp.; trad. de Marina Bornas Montaña; ISBN: 978-84-937506-0-2.

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LewisEternoDisimulo.jpg
domingo, 20 de junio de 2010

Lo eterno sin disimulo
contiene una miscelánea de artículos, discursos y réplicas de C. S. Lewis: Apologética cristiana (1945), Respuestas a preguntas sobre el cristianismo (1944), ¿Por qué no soy pacifista? (1940), El dolor de los animales (1950), Fundación del Club Socrático de Oxford (1943), Religión sin dogma (1946), ¿Es importante el teísmo? (1952), Réplica al doctor Pittenger (1958), Esclavos voluntarios del Estado del bienestar (1958), Cartas.

Algunas citas:

—«He comprobado que nada más peligroso para la propia fe que la labor de un apologista. Ninguna doctrina sobre la fe me parece tan fantasmal e irreal como la que he defendido con éxito en un debate público». (Apologética cristiana)

—«Yo solía pensar que una doctrina “cruel” era sostener que la desgracia y el infortunio eran “castigos”. Pero en la práctica descubro que, cuando nos vemos en apuros, tan pronto como los consideramos un “castigo”, se vuelven más fáciles de soportar. Si consideramos este mundo como un lugar destinado sencillamente para nuestra felicidad, lo hallaremos totalmente inaguantable. Pensemos en él como lugar de preparación y corrección y no nos parecerá tan malo». (Respuestas a preguntas sobre el cristianismo)

—«La doctrina de que la guerra es siempre un gran mal parece implicar una ética materialista, la creencia de que la muerte y el dolor son los mayores males. Yo no creo que lo sean. Yo creo que la supresión de una religión más alta por una más baja, o incluso la de una cultura más elevada por una más baja, es un mal mucho mayor». (¿Por qué no soy pacifista?)

C. S. Lewis. Lo eterno sin disimulo (Timeless at Heart). Madrid: Rialp, 1999; 176 pp.; col. literaria; trad. de José Luis del Barco; prefacio de Walter Hooper; ISBN: 84-321-3234-9.

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sábado, 19 de junio de 2010

Chesterton
habló mucho del recorte progresivo de libertades por medio de leyes que se presentan como beneficiosas para los ciudadanos. A eso se refería el comentario recogido en la nota Prohibido fumar y, en esa misma línea, se podría citar el de que nuestros gobernantes no parecen perseguir el dictar buenas leyes para refrenar a gente mala sino malas leyes que ha de soportar la gente buena («Thoughts Around Koepenick», All Things considered).

Ya mencioné también su observación de que si no fijamos un principio por el que las diferencias entre las distintas libertades pueden ser contrastadas, las distintas libertades serían un argumento contra la libertad («On Liberties and Lotteries», All is Grist). Hace notar lo mismo, de otra manera, cuando dice que no se pueden pedir ventanas en nombre de la libertad y de la luz sin caer en la cuenta de que las ventanas necesitan estar en una pared (La superstición del divorcio).

Una explicación más larga —que tiene su origen en que en su época estaban en vigor distintas leyes contra el consumo de bebidas alcohólicas— está en este texto: «Dondequiera que tracemos la línea, la libertad sólo puede ser libertad individual; y las libertades más individuales han de ser las últimas libertades que podamos perder. Hoy en día, sin embargo, son las primeras que perdemos. Y no es cuestión de trazar la línea en el lugar inadecuado, sino de empezar en el final equivocado. ¿Qué son los derechos del hombre, si estos no incluyen el normal derecho a regular su propia salud en relación con los riesgos normales de su dieta y su vida cotidiana? Nadie podrá hacernos creer que la cerveza sea un veneno como el ácido prúsico (...). Su uso y abuso es obviamente una cuestión de criterio personal. No se trata en absoluto de trazar una línea entre la libertad y el exceso. Si esto fuera un exceso, entonces no existiría libertad. Pues es obviamente imposible encontrar ningún otro derecho más individual o privado. Decir que un hombre tiene derecho a voto pero no voz para elegir su cena es como decir que tiene derecho a su sombrero pero no a su cabeza». (Lo que vi en América)

Y, como Chesterton tiene por costumbre, vuelve a la idea comparando la situación de su tiempo con la del pasado: es un hecho propio del mundo moderno que «hoy los movimientos morales son más completa y despiadadamente represivos que las formas pasadas de misticismo y fanatismo, que comúnmente afectaban solo a pocos. Los hombres de la Edad Media soportaban ayunos terribles pero a ninguno se le hubiera ocurrido prohibir el alcohol a todos». («Un asceta suelto», El Pozo y los charcos)

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BellocEstadoServil.jpg
viernes, 18 de junio de 2010

Poco a poco, en los últimos años, he ido leyendo libros históricos y ensayísticos de Hilaire Belloc. No todos: porque son muchísimos, porque algunos tratan los mismos temas de forma un tanto repetitiva, porque su contundencia y sus acentos pedagógicos no siempre lo hacen simpático. Pero sí muchos: su dominio de la historia es abrumador, su elocuencia es formidable, y no hay duda de su sinceridad aunque a veces parezca que combate el sesgo de unos con su propio sesgo. Como Chesterton, pero con menos tacto, Belloc era un personaje que opinaba libremente y razonaba bien sus opiniones, y que no se dejaba intimidar en un ambiente donde las opiniones dominantes no eran las suyas.

Su pensamiento acerca de cuestiones políticas y sociales lo formuló, sobre todo, en tres obras que fueron muy influyentes: The Party System (1911), escrito en colaboración con Cecil Chesterton; El Estado Servil (1912) —ahora por fin publicado en España— y, años más tarde, Ensayo para la restauración de la propiedad (1936), del que hay algunos ejemplares en la red de bibliotecas públicas españolas. Las ideas de rechazo hacia el sistema de partidos propio de Inglaterra —Belloc fue unos años diputado— son las mismas que Chesterton formularía en sus artículos repetidamente. Las ideas de los otros dos libros también están recogidas en muchos artículos y obras de Chesterton, sobre todo en The Outline of Sanity. Pero fue Belloc quien primero las formuló en El Estado Servil.

En este libro, sin duda el mejor de los tres citados, propugnaba la necesidad de conseguir un sistema económico más justo de distribución de la propiedad que corrigiera los abusos históricos que se habían producido en Gran Bretaña, y que habían conducido a una sociedad oligárquica como pocas. Para Belloc el hecho de que la mayoría de los hombres y mujeres de un país no sean dueños de su propio destino —como quien tiene tierras propias, o negocios u oficios con los que mantenerse—, y dependan del escaso sueldo que les dan grandes empresas o el Estado, significa una dependencia que acaba siendo, o puede con facilidad acabar siendo, una nueva forma de esclavitud. En La restauración de la propiedad, muchos años después, habló de que su propuesta no pretendía restaurar el poder adquisitivo sino la libertad económica e intentó dar algunas soluciones concretas. Y, como había dicho ya Chesterton cuando hablaba de que veía el distributismo como un movimiento moral, también Belloc indicaba la necesidad de una sumar esfuerzos locales, particulares y pequeños: la tarea principal no es, decía, la de «construir la maquinaria para la reacción que permita alcanzar una vida recta, sino la de impulsar el espíritu de esa reacción en una sociedad que casi ha olvidado lo que significan la propiedad y sus libertades concomitantes».

Hilaire Belloc y Cecil Chesterton. The Party System (1911).
Hilaire Belloc. El Estado Servil (The Servile State, 1912). Madrid: El Buey Mudo, 2010; 200 pp.; trad. de Bruno Jacobella; ISBN 13: 978-84-937789-2-7
Hilaire Belloc. La restauración de la propiedad (The Restoration of Property, 1936). Buenos Aires: Poblet, 1949; 121 pp.; col. Biblioteca de Economía Social; trad. de Alfredo Walker.

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BradleyFlavia.jpg
jueves, 17 de junio de 2010

Flavia de los extraños talentos,
de Alan Bradley, es un libro descompensado en aspectos de su construcción pero con un tirón fuera de lo común, aparte de ser un ejemplo de cómo se puede poner un título en castellano más certero que el original.

1950, verano, pequeña ciudad inglesa llamada Bishop's Lacey. En la gran casa de Buckshaw vive la familia De Luce, compuesta por el padre, viudo, completamente absorto en su ocupación de filatelista; las hijas mayores, Ophelia and Daphne, absortas a su vez con sus intereses amorosos y sus lecturas de novelones; y la protagonista y narradora, Flavia, que se pasa el tiempo en un laboratorio heredado de su madre, a la que no llegó a conocer pues falleció en una expedición aventurera cuando ella era muy pequeña. Un día, Flavia oye una violenta y confusa conversación entre su padre y un desconocido a quien encuentra moribundo, a la mañana siguiente, en su huerto.

La novela, que al principio parece tener aires góticos por el misterioso caserón donde viven los De Luce y por las inquietantes jugarretas que Flavia gasta a sus hermanas, se convierte luego en una novela policiaca que se centra en aclarar no sólo los misterios del presente sino también los del pasado. Todo se desarrolla con claridad, aunque parecen excesivos tanto los enredos como las deducciones a lo Sherlock Holmes de Flavia, empeñada en ganar la carrera de los descubrimientos al inspector Hewitt.

Pero lo sobresaliente de la historia está en Flavia, que cuenta las cosas muy bien, tiene unos excepcionales conocimientos de química, y es descarada, mentirosa, entrometida e insistente hasta decir basta. Sin duda, va excesivamente por encima de su edad en sus conocimientos científicos, en sus observaciones sarcásticas, y en sus numerosos comentarios sobre música o sobre literatura; además, no desfallece ni un momento y se pasa la novela oyendo mucha información confidencial como casualmente. Pero sus explicaciones, a propósito de casi cualquier cosa, no tienen desperdicio. Por ejemplo, cuando habla de que una de las claves de su investigación estuvo en el «tetracloruro de carbono», «uno de los compuestos químicos más fascinantes del mundo», explica sus peculiaridades indicando que «en el tetracloruro de carbono (que es uno de sus muchos nombres), cuatro átomos de cloro juegan al corro de la patata con un átomo de carbono». O, en un momento en el que se bloquea en sus conjeturas, comenta: «necesitaba encontrar un catalizador de alguna clase, como había hecho Kirchoff, por ejemplo, quien había descubierto que, si se hervía almidón en agua, seguía siendo almidón, pero que si se añadían unas cuantas gotas de ácido sulfúrico se transformaba en glucosa. En una ocasión había repetido el experimento para convencerme de que funcionaba, y sí, funcionaba. Las cenizas a las cenizas; el algodón al azúcar. Una pequeña ventana a la Creación».

Alan Bradley. Flavia de los extraños talentos (The Sweetness at the Bottom of the Pie, 2007). Barcelona: Planeta, 2009; 423 pp.; trad. de Montse Triviño; 423 pp.; ISBN: 978-84-08-08846-2.

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CescoCaballo.jpg
miércoles, 16 de junio de 2010

Años atrás leí varios libros de Federica de Cesco. De todos ellos seleccioné, para Bienvenidos a la Fiesta (libro) Bajo el viento de la Camarga, un relato antiguo que me pareció que tenía autenticidad. Esto es lo que, a mi modo de ver, no hay en El niño que soñaba con un caballo, un relato recientemente publicado en castellano.

Feria de Abril en Sevilla. Felipe, doce años, desea un caballo a toda costa y le gusta dibujar caballos. Un día ve, montada en un caballo como el de sus dibujos, a una niña de once años, gitana (sin él saber que lo es: algo que parece raro en un chico sevillano), que se llama Alba, y charla con ella. Más tarde, cuando un amigo le dice a Felipe que los gitanos venden caballos, pide a su padre que se lo compre. Su padre, un hombre iracundo, al principio no quiere pero, al fin, accede, para encontrarse con que ni Alba ni su madre quieren vender el caballo.

La historia tiene tensión, está bien retratado el sufrimiento de Pablo por el alejamiento de su madre y por el nuevo noviazgo de su padre, y algunos toques ambientales suenan correctos. Pero están muy marcados los trazos caricaturescos de los personajes cuyos comportamientos se desean criticar, y resulta muy obvia la intención de combatir los tópicos antigitanos —aunque al presentar a los gitanos como seres excepcionales y no como gente normal me parece que se logra el efecto contrario—. Además, debo confesar que no llevo bien los consejos a lo Paulo Coehlo que da la madre gitana, Reyes, a Felipe. Una vez le dice: «Estás en la encrucijada de un camino. Atiende la llamada de tu corazón y encontrarás la senda correcta». Otra, más adelante, insiste: «Quien obedece los mandamientos de su corazón, con toda seguridad no se aleja nunca del camino de la justicia». También chirría mucho la clarividencia de Luna: «tienes que quitarte las rejas de la cabeza», le dice a Felipe, «sólo si amas la tierra como a tu verdadera madre y consideras a los animales y a las plantas sus hijos, serás un gitano y te sentirás libre toda tu vida». Demasiado para mí.

Federica de Cesco. El niño que soñaba con un caballo (Der Schicksalsritt, 2006). Madrid: Siruela, 2010; 189 pp.; col. ; trad. de Ángeles Camargo; ISBN: 978-84-9841-364-9.

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BeckTrueheart.jpg
martes, 15 de junio de 2010

La historia secreta de Tom Trueheart
,
es el primer relato infantil del ilustrador Ian Beck. Tiene un argumento ingenioso, está bien contado y los personajes son simpáticos. Está bien la idea que subyace al fondo: un autor que desea ser el protagonista de las historias y un niño lector que acaba por sí mismo los cuentos y siendo él el verdadero protagonista. En parte requiere conocer previamente los cuentos populares en los que se basa y en parte puede conducir a otros lectores a leer esos cuentos después si no los conocían previamente.

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TortillaSopaNada.jpg
lunes, 14 de junio de 2010

Es frecuente que, cada poco, veamos en los escaparates nuevas versiones de viejas historias, que así pueden volver a llegar a las generaciones actuales de lectores con un lenguaje renovado.

Un ejemplo es La tortilla corredora, de Laura Herrera y Scarlet Narciso, recreación chilena de The Gingerbread Man, un cuento popular que, hasta el momento, había citado en esta página en una versión clásica como ¡Corre, corre panecillo!, de Andréi Dúguin y Olga Dúguina y Arnica Esterl, y en una posmoderna como El apestoso hombre queso, de Lane Smith y Jon Scieszka.

Otro es Sopa de nada, de Darabuc y Rashin Kheiriyeh, nueva versión de Stone Soup, o Sopa de piedras, de la que hay en la página un álbum del mismo título firmado por Marcia Brown.

En La tortilla corredora una tortilla escapa primero de unos niños que la quieren comer y de distintos animales que se cruzan con ella después. En Sopa de nada dos pícaros animales, María Zorruna y Juan Gato, llegan a un palacio donde piden comida y se las ingenian para que su avaro dueño, Juan Rata, comparta con ellos una sabrosa sopa hecha con... nada.

Ambas historias comparten varias cosas: que giran en torno a la comida, que sus protagonistas son pícaros, que su rasgo estructural principal es el de repetir lo anterior e incorporar nuevo vocabulario en cada paso del argumento, que son historias sonoras para leer en alto y, en muchos casos, para ser compartidas entre adultos y niños.

La tortilla corredora es un álbum más sencillo, tanto por el argumento como por las ilustraciones, coloristas y con personajes bien reconocibles. Sopa de nada es más rico de vocabulario y sus ilustraciones, basadas en técnicas de serigrafía o imprimación y en colages que crean efectos de relieve, son menos llamativas y requieren más atención: porque tienen poco colorido (como corresponde, por otra parte, a una sopa de nada) y por el tipo de representación con figuras planas.

Scarlet Narciso. La tortilla corredora (2010). Texto de Laura Herrera. Barcelona: Ekaré, 2010; 36 pp.; col. Hojas sueltas; ISBN: 978-84-937212-1-3.
Rashin Kheiriyeh. Sopa de nada (2010). Texto de Darabuc. Pontevedra: OQO, 2010; 36 pp.; ISBN: 978-84-9871-225-4.

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LewisDiabloBrindis.jpg
domingo, 13 de junio de 2010

El diablo propone un brindis
contiene varios artículos, sermones y conferencias de C. S. Lewis: El diablo propone un brindis (1959), El círculo cerrado (1944), ¿Es poesía la teología? (1944), La perseverancia en la fe (1953), Transposición (1944), El peso de la gloria (1941), La obra bien hecha y las buenas obras (1959), Un «lapsus linguae» (1956). Unos son literarios y asequibles a todos y otros son más apologéticos.

El primero de todos, como un apéndice a Cartas del diablo a su sobrino, habla de la mediocridad hacia la que apuntan tantos esfuerzos en nuestra sociedad a causa del uso hipnotizador de la palabra democracia, y de las nefastas consecuencias de poner en el centro de la vida social la clamorosa falsedad de un igualitarismo que provoca el resentimiento ante cualquier superioridad de otros.

Dos citas son:

—«Creo en el cristianismo como creo que ha salido el sol: no sólo porque lo veo sino porque gracias a él veo todo lo demás». (¿Es poesía la teología?)

—«Muchos cuadros, poemas y novelas modernos que hemos conseguido estimar no son obras bien hechas en absoluto, pues no son ni siquiera obras. Son meros charcos de sensibilidad o reflexión derramadas». (La obra bien hecha y las buenas obras)

Otras están en las notas Clientes que nunca tienen razón, La función de los libros, Una opinión sobre la educación.

C. S. Lewis. El diablo propone un brindis (Screwtape proposes a toast and other pieces). Madrid: Rialp, 2002, 4ª impr.; 152 p.; col. literaria; prólogo de Walter Hooper; trad. de José Luis del Barco; ISBN: 84-321-2935-6.

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sábado, 12 de junio de 2010

Chesterton:
«Entre los hombres normales no hay, realmente, muchas opiniones diferentes cuando se trata de los primeros principios de la decencia en la expresión. Todos los hombres sanos, antiguos y modernos, occidentales y orientales, sostienen que en el sexo hay una furia que no podemos correr el riesgo de inflamar; y que, si el instinto debe continuar moderado y sano, debemos asignarle cierto misterio. Pero existen personas que sostienen que pueden hablar de este tema tan fría y abiertamente como de cualquier otro; son aquellos que sostienen que caminarían desnudos por la calle. Pero estas personas no sólo están locas; son, en el más enfático sentido del mundo, absolutamente estúpidas. No piensan; sólo señalan (como los niños) y dicen ¿por qué? Hasta los niños lo hacen sólo cuando están cansados; pero precisamente esta clase de cansancio es lo que en nuestra época pasa no sólo por ser pensamiento, sino por ser pensamiento atrevido e inquieto.

La pregunta ¿por qué no podemos discutir los problemas del sexo fría y racionalmente en cualquier parte? es ociosa y nada inteligente. Es como preguntar: ¿Por qué no camina un hombre con las manos, igual que lo hace con los pies? Es una tontería. Si un hombre caminara sistemáticamente con las manos, éstas serían pies. Y si el amor y la lujuria fuesen cosas de las que pudiéramos hablar todos, sin emoción posible, no serían ni amor ni lujuria, sino otra cosa: una función mecánica o algún deber natural y abstracto que puede existir o no, entre los animales o los ángeles, pero que no tiene nada que ver con la sexualidad de que estamos hablando. Todas las ideas de asir o de gesticular, que nos da el significado de la palabra "mano", dependen del hecho de que las manos son extremidades libres usadas, no para caminar, sino para agitar. Y todo lo que queremos decir cuando hablamos de "sexo" está involucrado en el hecho de que no es una cosa inocente o inconsciente, sino un estímulo emotivo, especial y violento, espiritual y físico al mismo tiempo. Un hombre que nos pide que no sintamos emoción ante el sexo nos pide que no sintamos emoción ante la emoción. Ha olvidado el asunto del que está hablando. Ha perdido el tema de conversación. De él puede decirse, en el estricto sentido de las palabras, que no sabe de qué está hablando». («Lamentos rabelesianos», El hombre común y otros ensayos sobre la modernidad)

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viernes, 11 de junio de 2010

Soy un gato,
de Natsume Soseki, es una prolija novela japonesa, una sátira de la llamada época Meiji, donde se mezclan ideas japonesas y occidentales. Su autor, que había vivido varios años en Inglaterra, logró su primer éxito con esta novela, deudora de relatos europeos con un narrador animal que ofrece su perspectiva de lo que ve.

Un presuntuoso y distante gato sin nombre cuenta la vida de la familia de clase media en cuya casa vive. Su amo es un maestro llamado Kushami. Quienes le visitan con más frecuencia son el irritante bromista Meitei y el doctorando Kangetsu. El gato también incursiona en las casas vecinas, donde tiene relación con otros gatos y se entera de otras vidas. Los once capítulos son episodios más o menos independientes aunque un cierto hilo conductor es el posible compromiso matrimonial de Kangetsu con una chica vecina.

Buena parte del libro contiene conversaciones extensas, entre los personajes humanos, sobre temas variados: muchos lectores confirmarán la opinión, que da el gato varias veces, de que son «insoportablemente aburridas» (por si alguien no tuviera claro el concepto, esto es lo que significa, novelísticamente hablando, harakiri). Abundan las observaciones irónicas del narrador acerca de algunos comportamientos humanos, aunque no son especialmente incisivas y suelen aportar poco: por ejemplo, dirá que, en su opinión, «no hay costumbre más indecente entre los humanos que dormir con la boca abierta». Los hallazgos sabios del gato tampoco son deslumbrantes: «descubro ahora lo ajustado que es ese adagio que asegura que lo que tiene que ser será». La descripción de la vida gatuna del narrador es más simpática pero también resulta poco atractiva.

En fin, dejando de lado el interés histórico y costumbrista de la novela, y señalando que seguramente la traducción no puede captar muchos matices de lenguaje, tal vez lo más jugoso sean algunas observaciones comparativas entre la mentalidad japonesa y la occidental, por ejemplo, a la hora de abordar los problemas generacionales: más activa, y por tanto más frustrante, la occidental, más pasiva y paciente, o fatalista, la japonesa.

Natsume Soseki. Soy un gato (Wagahai wa neko de aru, 1905). Madrid: Impedimenta, 2010; 656 pp.; trad. de Yoko Ogihara y Fernando Cordobés; ISBN 13: 978-84-937601-5-1.

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jueves, 10 de junio de 2010

Recientemente ha fallecido Alan Sillitoe, el autor de La soledad del corredor de fondo, un buen relato corto parcialmente semejante a El guardián entre el centenoun chico listo que, desde un reformatorio, nos habla de la vida tal como él la ve; un chico también que no sólo ve al educador en un bando opuesto al suyo sino que aprecia con claridad que no se mueve por ayudarle seriamente a él, sino por motivos egoístas...

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miércoles, 9 de junio de 2010

La canción de Shao Li,
de Marisol Ortiz de Zárate, es un relato entretenido e interesante.

La protagonista, Natalia, cuenta lo que les sucedió a ella y a su hermano Airon en Londres, el año 2013, cuando tenía unos doce años. Natalia había sido seleccionada para participar en un programa televisivo titulado «Un minuto de gloria», que tendría lugar el día de Nochebuena, pero, en el viaje en metro desde el aeropuerto hasta el centro de Londres, se pierden y vagan por la ciudad durante horas. Natalia vuelve atrás algunas veces para contar hechos de su infancia que explican su situación actual, y, en particular, su amistad con una niña china llamada Shao Li.

La historia tiene tensión, es deudora de los relatos populares donde los niños se pierden en el bosque y han de reencontrar su camino y, a su modo, también se podría llamar dickensiana. Pero todo encaja bien: es destacable la naturalidad de la narración y de los diálogos, son verosímiles los hechos y los pensamientos y sentimientos de la narradora. Es oportuna también la forma en que se denuncian, indirectamente, los modos de actuar propios de muchas empresas televisivas junto con la complicidad de quienes ven sus programas.

(Entre paréntesis, tanto en relación a esta novela como a estas otras, viene a cuento este artículo).

Marisol Ortiz de Zárate. La canción de Shao Li (2009). Barcelona: Bambú, 2010, 2ª ed.; 153 pp.; col. Exit; ISBN: 978-84-8343-058-3.

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martes, 8 de junio de 2010

Vice Versa or a Lesson to Fathers
,
de F. Anstey, fue una novela de finales del siglo XIX, al mismo tiempo de fantasía, por el recurso que desencadena la historia, y muy realista, por la forma en que presenta la vida colegial inglesa de la época. C. S. Lewis, que había pasado un tiempo en un colegio semejante, la elogió como la mejor novela escolar que había leído. Y sigue siendo amena para cualquiera e instructiva para padres, como pretendía su autor.

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lunes, 7 de junio de 2010

Leonardo
es un álbum de Wolf Erlbruch, cuyo protagonista es un niño que, por un lado, siente pasión por los perrros pero, por otro, le dan un miedo enorme. Cuando le conceden la oportunidad de pedir un deseo lo tiene claro: convertirse en perro. Eso le permite ver la realidad con otra perspectiva.

Relato aparentemente sencillo que me ha recordado historias de Michael Ende que también hablan de controlar los deseos, o de qué ocurre cuando nuestros deseos se cumplen, o de la importancia de saber bien lo que queremos y por qué lo queremos. Es, en ese sentido, un álbum útil para mostrar un poco el otro lado de algunas cosas y para enseñar a combatir las ansiedades tontas. Es también un álbum para los amantes de los perros. Además, la realización gráfica es magnífica, también por la claridad narrativa de las ilustraciones, como uno espera ya siempre de Erlbruch.

Wolf Erlbruch. Leonardo (Leonard, 1991). Barcelona: Takatuka, 2009; 36 pp.; trad. de Patricio de San Pedro Marín; ISBN: 978-84-936766-8-1.

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domingo, 6 de junio de 2010

Dios en el banquillo
contiene varios artículos, sermones y conferencias de C. S. Lewis: Milagros (1942), El dogma y el universo (1943), El mito se hizo realidad (1944), Religión y Ciencia (1945), Las leyes de la naturaleza (1945), El gran milagro (1945), ¿Hombre o conejo? (1946), El problema del señor «X» (1948), ¿Qué debemos hacer con Jesucristo? (1950), ¿Debe desaparecer nuestra imagen de Dios? (1963), ¿Sacerdotisas en la Iglesia? (1948), Dios en el banquillo (1948), No existe un «derecho a la felicidad» (1963).

Dos citas:

—En el cristianismo «lo que se hizo realidad fue un mito que conserva todas las propiedades del mito en el mundo de los hechos». (El mito se hizo realidad)

—«El hombre moderno es un juez extraordinariamente benévolo: está dispuesto a escuchar a Dios si Este es capaz de defender razonablemente que es el Dios que permite la guerra, la pobreza y la enfermedad. El proceso puede terminar, incluso, en la absolución de Dios. Pero lo importante es que el hombre está en el tribunal y Dios en el banquillo. (Dios en el banquillo)

Notas en las que aparecen referencias a este libro: Los hombres honestos, El poder de un autor.

C. S. Lewis. Dios en el banquillo (God in the dock). Madrid: Rialp, 2002, 3ª impr.; 128 pp.; col. literaria; prólogo de Walter Hooper; trad. de José Luis del Barco; ISBN: 84-321-3098-2.

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sábado, 5 de junio de 2010

En uno de los artículos más duros de Chesterton que recuerdo explica el por qué de su desprecio hacia quienes hablaban en su época de «control de la natalidad».

Primero, decía, porque es una expresión «débil, indecisa y cobarde», que no busca controlar ningún nacimiento sino que no haya nacimientos que controlar, por lo que, quienes la usan, deberían hablar de «prohibición de la natalidad». Segundo, porque es un modo de actuar «débil, indeciso y cobarde» pues si lo que afirman es correcto deberían llevar hasta el final lo que proponen y actuar como los eugenistas, y «el camino de acción obvio para los eugenistas es actuar con los bebés como actuarían con los gatos. Permitan que todos los bebés nazcan, para después ahogar a los que no nos gustan». Y la tercera razón para el desprecio, la más fuerte, era esta: «mi desprecio hierve hasta convertirse en mala conducta cuando oigo la sugerencia común de que se impiden los nacimientos porque la gente desea estar libre para ir al cine o comprar un tocadiscos o una radio. Lo que me hace desear caminar sobre esa gente como si fueran felpudos es que usen la palabra libre».

La ironía del asunto está en «lo que marca la modernidad de las tres opciones: la impotencia de los que las reciben. (...) Las tres forman parte de un mecanismo centralizado que les suministra a los hombres lo que sus patrones piensan que deben recibir». «Pero un chico es precisamente el signo y sacramento de la libertad personal. Es una tierna voluntad libre agregada a las voluntades del mundo; es algo que sus padres han producido libremente y que libremente acuerdan proteger. Ellos pueden sentir que cada diversión que les proporciona —que a veces es considerable— verdaderamente proviene de él y de ellos y de nadie más. Ha nacido sin la intervención de ningún jefe o señor. Él es una creación y una contribución en su propia y creativa contribución a la creación. (...) La gente que prefiere los placeres mecánicos a semejante milagro, está exhausta y esclavizada. Prefieren la escoria antes que la fuente primigenia de la vida. Prefieren la última, torcida, indirecta, copiada, repetida y exhausta creación de nuestra agonizante civilización capitalista, a una realidad que es el único rejuvenecimiento para cualquier civilización. Son ellos los que abrazan las cadenas de su vieja esclavitud; es el niño el que está listo para el nuevo mundo». («Bebés y distributismo», El Pozo y los charcos)

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viernes, 4 de junio de 2010

Textos,
de Nicolás Gómez Dávila, recoge sus únicos textos largos publicados, aunque no entregados por él a la imprenta, y que, supuestamente, y al menos parcialmente, son el texto implicito al que se refieren sus Escolios. Aunque esta última sea su obra importante, en las páginas de Textos explicita de otro modo algunas de sus ideas, con lenguaje rico y singular. Me gustaría saber mejor sus fuentes aparte de las que a veces, muy pocas, señala él mismo. Ya se ve que no es fácil cuando formula como ideal, en los escolios, que «no recurrir a fuentes de segunda mano es la definición correcta de scholarship», o cuando indica que «la erudición no consiste en aducir infinidad de referencias, sino en obligar al lector a sentir que podríamos hacerlo».

He aquí algunos párrafos de Textos:

—«Sin duda los lugares comunes enuncian proposiciones triviales, pero desdeñarlos como meros tópicos es confundir las soluciones insuficientes que proponen con las interrogaciones auténticas que incansablemente reiteran. Los lugares comunes no formulan las verdades de cualquiera, sino los problemas de todos».

—«Tanto capitalismo y comunismo, como sus formas híbridas, vergonzantes, o larvadas, tienden, por caminos distintos, hacia una meta semejante. Sus partidarios proponen técnicas disímiles, pero acatan los mismos valores. Las soluciones los dividen, las ambiciones los hermanan. Métodos rivales para la consecución de un fin idéntico. Maquinarias diversas al servicio de igual empeño». (Véanse las ideas acerca del Gran Negocio y el Gran Gobierno que salen en Todos mareados).

—«Todo acto se inscribe en una multitud simultánea de contextos; pero un contexto unívoco, inmoto, y último, los circunscribe a todos. Una noción de Dios, explícita o tácita, es el contexto final que los ordena. (...) Ninguna situación concreta es analizable, sin residuos, o dilucidable, coherentemente, mientras no se determine el tipo de fallo teológico de la estructura». (Una frase del Cardenal Manning que impresionó y guió a un joven Hilaire Belloc fue la de que todo conflicto humano, al fin, es teológico).

—«La cultura, en efecto, es el conjunto de actividades encauzadas hacia sí mismas como meta. La cultura es omisión o negligencia de la meta propia a cada actividad, y la atribución substitutiva de la actividad como propia meta de sí misma. La cultura religiosa no es ocupación con lo sagrado, sino como la religión; la cultura filosófica no es preocupación de la verdad, sino de la filosofía. La cultura estética no es creación, sino información y culto».

—«Los hombres llamados prácticos no son, necesariamente, hombres capaces de acciones eficaces, sino hombres incapaces de consideraciones teóricas. (...) Nadie recuerda las catástrofes que el hombre práctico desata, porque ninguna teoría las apadrina». (Véase Gobernantes que añaden confusión a la confusión)

Nicolás Gómez Dávila. Textos (1954, 1959; y un texto póstumo de 1995). Girona: Atalanta, 2010; 160 pp.; ISBN: 978-84-937247-7-1.

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jueves, 3 de junio de 2010

En su momento leí Los juegos del hambre, de Suzanne Collins, y ahora he leído En llamas, la continuación de la historia.

En la primera se presenta una sociedad dictatorial futura donde, anualmente, son seleccionados por sorteo un chico y una chica de cada uno de los doce estados para luchar entre sí hasta que sólo quede uno vivo; esto tiene lugar en un estadio un tanto especial —con bosques y lagos y todo tipo de escenarios— desde donde los combates son retransmitidos en directo a todo el país; la protagonista y narradora, Kaniss, se presenta por su estado para sustituir a su hermana pequeña, que había sido la elegida. En la continuación, después de una introducción algo más larga, los protagonistas vuelven al estadio para competir de nuevo a muerte, pero la rebelión contra el poder está en marcha y Katniss, sin ella saberlo, se ha convertido en la bandera de los rebeldes, digamos que parece anunciarse como un nuevo Espartaco.

Como bastantes escritores que han tenido éxito en las últimas décadas, también en este caso la autora fue durante años guionista de programas televisivos: una experiencia que, sin duda, facilita el trabajo de confeccionar novelas que lleguen bien a los lectores jóvenes. Las dos son narraciones absorbentes y bien construidas, que tocan muchas teclas apropiadas para conectar con el público: elección de los rasgos de los distintos protagonistas, enamoramientos cruzados, presentación de chicas con grandes habilidades físicas para la lucha, gran atención a cuestiones de vestuario y maquillaje, etc. Pero, como ya comenté en Novelas inquietantes o sociedad inquietante, son relatos que me parecen morbosos y socialmente dañinos pues pienso que la representación en ficciones de los programas televisivos que juegan con la curiosidad acerca de las vidas de otras personas, o de los espectáculos del tipo que sea donde se producen accidentes terribles y muertes, les da carta de normalidad y facilita más todavía su aceptación social.

Una especie de prueba de que también se busca eso está en que quienes los escriben, o los publican, o los elogian, no dan explicaciones sencillas y directas, que todos podríamos entender aunque no compartiéramos, del tipo «escribo, (o publico, o leo) novelas así porque son las que me gustan», o «porque quiero ganar dinero» en el caso de los autores y editores. Por el contrario, las explicaciones que abundan contienen coartadas educativo-culturales-morales, como, por ejemplo, «son novelas que reflexionan sobre la injusticia, pues en ellas los pobres son los oprimidos y la chica lucha por salvar a su hermana pequeña y a su familia», o «son una forma inteligente de acercar a la juventud a los viejos mitos griegos, como el del Minotauro», o «qué instructivos relatos para que los lectores jóvenes se den cuenta de la crueldad inhumana del Circo Romano y así nunca se vuelva a repetir», etc.

Suzanne Collins. Los juegos del hambre (The Hunger’s Games, 2008). Barcelona: Círculo de lectores, 2009; 379 pp.; trad. de Pilar Ramírez Tello; ISBN: 978-84-672-3563-0.
Suzanne Collins. En llamas (Catching Fire, 2009). Barcelona: Molino, 2010; 487 pp.; trad. de Pilar Ramírez Tello; ISBN: 978-84-2720-000-5.


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miércoles, 2 de junio de 2010

Esconderse en un rincón del mundo
es otro libro singular de Jimmy Liao. Tiene un orden global pero, en realidad, tal como el texto de la contracubierta indica, se ve que la principal preocupación del autor es reflejar inquietudes pasadas o presentes de su propio mundo interior. De paso, también parece querer abrir las puertas a una mejor comprensión del mundo imaginativo de un niño y realizar una defensa del valor curativo de la fantasía o, dicho de otro modo, del poder transformador que puede tener la fantasía para enfrentarse a la vida cotidiana.

En la primera página vemos a un gato en una ventana. Las dos dobles páginas siguientes presentan sucesivos momentos de un niño vistiéndose como para ir al colegio mientras va dirigiéndose al lector. Una doble página en negro sirve de introducción al mundo imaginativo del niño, que luego se despliega en varias dobles páginas más. Cada nueva sección se abrirá de nuevo con una doble página que contiene varios momentos consecutivos del niño hablando al lector: yendo hacia el colegio, subiendo una escalera, encima o debajo de una especie de asteroides, en distintos momentos como volando; y, finalmente, como huyendo de una corriente de agua que casi lo alcanza —una evocación de «El héroe de Haarlem», la historia del niño holandés que taponó un dique con la mano, que se cuenta en Los patines de plata, de Mary Mapes Dodge—, escena seguida por otra doble página en negro que precede a la escena final del niño en la cama, con su gato. La página final muestra el mismo gato negro del comienzo en la ventana.

El objeto del libro es mostrar distintos lugares interiores en los que se refugia el protagonista o, también, una niña, tal vez dependiendo del tipo de escena. Así, al niño lo vemos en situaciones que sugieren o evocan El Principito o Charlie Brown; a la niña en un bosque saliendo de un armario como Lucy accediendo al bosque en las Crónicas de Narnia. Lo que más importa no es el desarrollo argumental, pues casi no hay tal cosa, sino cada una de las escenas, tan extraordinariamente sugerentes e imaginativas como acostumbra el autor, muchas con un conejito en algún lado, algunas con una enorme diferencia de escala entre la niña o el niño y otros seres u objetos de su entorno —como para subrayar los sentimientos de soledad y de pequeñez—.

Jimmy Liao. Esconderse en un rincón del mundo (How to Own a Corner, 2009). Granada: Barbara Fiore, 2010; 104 pp.; trad. de Jordi Ainaud i Escudero; ISBN: 978-84-937506-1-9.

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martes, 1 de junio de 2010

Dos nuevos libros de Jimmy Liao: La noche estrellada y Esconderse en un rincón del mundo. De momento, he incluído en la ficha del autor La noche estrellada, un relato contado con laconismo en las palabras y brillantez en las imágenes. Mañana diré algunas cosas acerca del segundo, un libro intimista con parecidos motivos a los de El sonido de los colores y Hermosa soledad, igual que los de La noche estrellada. Las historias de Liao tienen todas fuertes acentos de melancolía que, en otras manos, me podrían llegar a resultar cargantes, pero que, en su caso, quedan más que justificados porque su trabajo como ilustrador es incomparable.

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