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Notas de junio de 2012 :: bienvenidosalafiesta ::    
bienvenidos a la fiesta
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sábado, 30 de junio de 2012

Chesterton hacía notar que alguna gente que piensa y escribe acerca de la educación no suele pensar y escribir sobre los niños reales. Decía que un niño es más débil que un hombre si se trata de pelear o de conocer el mundo, pero que de ningún modo es más débil en su voluntad o en su deseo. Por eso, a quienes sostienen que no hay que señalarles lo malo sino hacerles atractivo lo bueno les hacía notar que eso, dicho así, no tiene mucho sentido: los niños tienen más vida que nosotros, lo que no tienen es ley. Lo que tenemos que decirles a los niños es que si rompen la flor no crecerá de nuevo. No necesitamos tanto enseñarles a admirar la flor como enseñarles el mal de romperla. No necesitamos insistirles en que admiren el valor, pues ya lo admiran. Necesitamos enseñarles cosas como el molesto proceso de lavarse, pues los niños no caen en el pesimismo sino en los charcos. No necesitamos, tampoco, enseñarles nuevas verdades o enseñarles a ser reformadores. El niño necesita conocer las cosas que son fijas, no las que están cambiando: debemos enseñarle la belleza y no la moda; debemos enseñarle que diga la verdad que conoce y olvidarnos de tanta palabrería acerca de animarle a buscar la verdad que no conoce.

G. K. Chesterton. «Moral Education in a Secular World», artículo del 30 de mayo de 1908, The Illustrated London News, Collected Works volumen XXVIII.

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viernes, 29 de junio de 2012

Así termina el último de los ensayos de Simon Leys que se recogen en La felicidad de los pececillos:

«No dejamos de asombrarnos del paso del tiempo: “Pero ¡cómo! ¡Si parece que era ayer cuando ese padre de familia era aún un chaval con pantalón corto!”. Lo cual viene a demostrar que el tiempo no es nuestro elemento natural. ¿Es posible imaginar a un pez que se asombre de que el agua moje? Es que nuestra verdadera patria es la eternidad; nosotros no somos más que visitantes de paso en el tiempo.

Eso no impide que sea en el tiempo en donde el hombre construya la catedral de Chartres, pinte el techo de la Capilla Sixtina o toque una cítara de siete cuerdas, lo que inspiró la fulgurante intuición de William Blake: “La Eternidad está enamorada de las obras del tiempo”».

Simon Leys. La felicidad de los pececillos: cartas desde las Antípodas (The bonheur des petits poissons, 2008). Barcelona: Acantilado, 2011; 140 pp.; col. El acantilado; trad. de José Ramón Monreal; ISBN: 978-84-92649-88-4.

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jueves, 28 de junio de 2012

Un relato corto emocionante acerca del dolor de una niña: Celeste & Lálinha, de José Cardoso Pires. Para mí es un misterio que una novelita tan buena no se pueda encontrar ahora en las librerías.

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jueves, 28 de junio de 2012

A propósito de Ilustratour 2012, que mencioné días atrás, vale la pena echar un vistazo al programa de actividades de Ilustratourfamiliar y a todas las exposiciones de las que los organizadores hablan aquí.

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miércoles, 27 de junio de 2012

Un personaje infantil danés de hace muchas décadas cuyos libros en castellano están agotados: Bibi, de Karin Michaëlis.

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martes, 26 de junio de 2012

Todavía no había puesto aquí libros de Hazel Townson, como Pánico con lunares y El fantasma de la escuela, relatos infantiles de trastadas, de los que hacen reír con ganas.
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lunes, 25 de junio de 2012

Si alguien, en vez de animales humanizados prefiere personajes humanos en los libros para prelectores puede optar por Teo, de Violeta Denou, no tan antiguo como Miffy,  pero sí de más edad que Maisy o el señor Coc.

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domingo, 24 de junio de 2012

Cuentas


La historia de mi estupidez llenaría muchos volúmenes.

Unos estarían dedicados a la acción en contra de la conciencia,
como el vuelo de una falena que, aunque lo supiera,
igualmente tendría que alcanzar la llama de la vela.

Otros se ocuparían de las maneras de ahogar la ansiedad,
el murmullo que advierte pero que no es escuchado.

Trataría de manera independiente la satisfacción y el orgullo,
cuando era aquel que creía,
así que avanzaba a paso victorioso sin sospechar nada.

Y todo tendría como tema el deseo. Si fuese
el mío propio. Pero no. Por desgracia,
me alentaba porque yo quería ser como los otros.
Sentía miedo ante lo que era salvaje y arrogante en mí.

Ya no escribiré la historia de mi estupidez
porque es tarde y se hace difícil llegar a la verdad.

Czesław Miłosz. En «Himno de la perla» (1982), Tierra inalcanzable. Antología poética (2011). Barcelona: Galaxia Gutenberg – Círculo de lectores, 2011; 438 pp.; trad., selección y prólogo de Xavier Farré; ISBN: 978-84-8109-935-5 y 978-84-672-4454-0.

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sábado, 23 de junio de 2012

Decía Chesterton que toda educación es religiosa y lo es especialmente si es una educación que pretende ser no religiosa. La razón está en que o se enseña una doctrina definida acerca del universo, lo cual es teología, o se da una por supuesta, lo cual es misticismo. Hay una atmósfera religiosa en todas las escuelas, y en todas las calles, y en todas partes: ni el alma ni el cuerpo pueden respirar en el vacío. Esto resulta claro si pensamos en que lo más básico en la educación es enseñarle al niño las verdades que creemos que son igualmente verdaderas cualquiera que sea su modo de ser. Es decir, enseñarle un código moral, que creemos que es aplicable a todos los niños, y enseñárselo a este niño concreto precisamente porque es aplicable a todos. Si ser un torturador o un ladrón parece ser una parte de su personalidad, debemos decirle que no deseamos personalidades que sean torturadores o ladrones, conclusión que sólo puede proceder de que creemos en una religión o en una filosofía que prohíbe o desaconseja vivamente tal cosa. Esto también nos dice que, a la conocida distinción acerca de que la educación es sacar cosas fuera y la instrucción es meter cosas dentro, se puede añadir, respetuosamente, que sólo Dios sabe lo que hay que sacar fuera pero que nosotros somos razonablemente responsables de aquello que ponemos dentro.

G. K. Chesterton. «The Peasant and Proletarian Education», The Illustrated London News, artículo del 26 de julio de 1924, Collected Works, volumen XXXIII, y «Returning to Our Grandfathers», articulo del 19 de julio de 1922, Collected Works, volumen XXXII.

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viernes, 22 de junio de 2012

Una vez mencionadas algunas novelas juveniles distópicas, puede venir bien echar una mirada hacia atrás.

El rasgo argumental más característico de Los juegos del hambre es el de ser un concurso televisivo, seguido con pasión por la gente, donde los protagonistas jóvenes compiten hasta la muerte. No pocos comentaristas han hecho notar que ya Stephen King basó dos novelas suyas antiguas —de las que publicó con el seudónimo de Richard Bachman— en lo mismo: La Larga Marcha y El fugitivo. Ambas tienen lugar en un mundo futuro dictatorial donde la televisión es un instrumento de control. En la primera no se indica el año y la segunda tiene lugar en 2025. Como suele suceder con las novelas de ciencia-ficción del pasado, se comprueba pronto que los avances técnicos que se imaginaron entonces han sido muy distintos de los que luego se han producido.

La Larga Marcha es una competición televisada para todo el país. En ella cien chicos han de andar hacia el sur ininterrumpidamente, comenzando en el norte de Maine, a una velocidad mínima de 6,5 km por hora. Pueden recibir hasta tres avisos si bajan el ritmo, y cada aviso se puede borrar si luego se camina una hora sin recibir un nuevo aviso, pero, al cuarto, los soldados que acompañan la marcha matan al concursante. Gana el que sobrevive. La narración se centra en Ray Garraty y en los conocidos que hace durante la marcha, cuyo pasado y motivos para estar allí, van desgranándose. Cada capítulo tiene una cita introductoria tomada de concursos televisivos o de competiciones deportivas reales.

El fugitivo es Ben Richards, un hombre desesperado por la enfermedad que sufre su hija pequeña —consecuencia de que la tierra sufre unos graves problemas de contaminación—, que se presenta voluntario para uno de los muchos concursos televisivos que hay. Es elegido para el concurso más dramático, el que sigue todo el país, en el cual ha de ponerse a huir mientras es perseguido a muerte por un equipo de especialistas y puede ser denunciado por cualquiera que le reconozca. Recibirá 100 dólares por cada hora que logre sobrevivir y mil millones si sobrevive durante un mes. Pero, hasta el momento, ningún participante ha vivido más de ocho días.

La Larga Marcha, la primera novela escrita por King aunque no fue la primera que publicó, da idea de su ímpetu narrativo. En ella, las formas de hablar y algunas situaciones son burdas, pero no tanto como en El fugitivo, donde, quien más quien menos, tiene siempre una revista de perversiones entre las manos, cosa que contrasta con el comportamiento fiel del héroe hacia su mujer. Es mejor novela la primera y es un thriller cinematográfico de persecución la segunda. Ambas están bien estructuradas para ir aumentando la tensión y en las dos van aclarándose los pasados de los héroes al hilo de los sucesos que van ocurriendo.

No son novelas que yo recomendaría —aunque sí serían buenos ejemplos para mostrar por qué King tiene tanta fuerza y tanto éxito— pues abusan de lo morboso innecesariamente, pero, en mi opinión, son novelas muchísimo mejores que las recientes Los juegos del hambre o Divergente. Las razones están, aparte de que sean anteriores y más originales, en la honradez del planteamiento. Por un lado, King nunca dijo ni pretendió que sus relatos fueran para jóvenes aunque sean chavales los protagonistas de La Larga Marcha. Por otro, lleva sus novelas al desenlace que deben tener: devastador en un caso y hollywodiense en el otro, pero sin pretender alentar falsas esperanzas en ninguno.

Además, las dos novelas reflejan bien que la canallez está también en los participantes y en los espectadores: «La razón de que esto sea tan terrible es precisamente su trivialidad, ¿comprendes? Hemos vendido nuestra alma por cuatro banalidades», dice un concursante de La Larga marcha, novela donde la Multitud adquiere por momentos categoría de protagonista. En fin, casi se podría sospechar, dada la inteligencia y la ironía reconocidas de King, que ha escrito sus historias para que sus propios lectores se vean en el espejo.

Stephen King. La larga marcha (The Long Walk, 1979). Barcelona: Plaza & Janés, 1998; 350 pp.; trad. de Hernán Sabaté; ISBN: 84-402-2363-3. Otra edición en Barcelona: Debolsillo, 2008, 4ª ed.; 349 pp.; ISBN: 978-84-9793-001-7.
Stephen King. El fugitivo (The Running Man,1982). Barcelona: Martínez Roca, 1986; 257 pp.; trad. de Hernán Sabaté; ISBN: 84-270-1031-1.

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jueves, 21 de junio de 2012

El corredor del laberinto
y Las pruebas, de James Dashner, son las dos primeras novelas de una trilogía de ciencia-ficción.

En la primera un chico de dieciséis años llamado Thomas aparece, sin recordar nada de su pasado, en el Claro, un lugar rodeado por muros donde viven unas decenas de chicos que, como él, llegaron tiempo atrás, uno al mes, en sus mismas condiciones. Tom ve que cada uno tiene allí un trabajo adaptado a sus condiciones y que, algunos, los corredores, entran cada día en el Laberinto, un lugar fuera del Claro que cambia continuamente, para intentar hacer un mapa que les permita saber cómo escapar. Es un lugar peligroso pues allí han de hacer frente a los Laceradores, una especie de robots de lo más dañinos. Pero, poco después de la llegada de Tom, llega una chica, Teresa, y todo cambia. Se ve que, detrás de todo, está una organización que se llama a sí misma CRUEL (WICKED).

En la segunda novela, los supervivientes están en un escenario diferente. Si el Laberinto era la Fase 1 de una serie de pruebas que debían superar, ahora comienzan la Fase 2: han de viajar hasta un lugar donde, supuestamente, recibirán la cura para una enfermedad, el Destello, que está asolando el mundo y que termina volviendo locos a quienes la contraen. Mientras atraviesan unos parajes devastados y abrasadores Tom y sus amigos averiguan que, igual que les ocurrió a ellos, hubo un grupo de chicas, con un chico, que tuvieron que hacer frente a sus mismas pruebas y que también viajan hacia el mismo lugar. Hay encuentros con seres muy raros y traiciones inesperadas.

Novelas donde todo está en manos del poder fabulador del autor y en su capacidad de imaginar nuevos giros y situaciones pues, se podría decir, nada de lo que sucede se deriva de lo anterior. La primera es intrigante y la segunda tiene tramos que parecen de película de zombies. El hecho de que los protagonistas sean chicos sin memoria que han tenido que crearse un lenguaje más o menos propio propicia que usen palabras extrañas cuya traducción castellana suena rara. La evolución de algunos personajes es poco creíble pero el hecho de que todos estén más o menos controlados a distancia significa que pueden hacer cualquier cosa completamente distinta a lo esperado.

La narración es buena aunque no falten frases enfáticas poco acertadas. Como suele pasar, las peleas de los héroes con criaturas robóticas intimidantes parecen imaginadas para ser filmadas y no para ser contadas por escrito. La acción no tiene respiro y el humor es escaso. Se suceden las situaciones límite y, por eso, los comentarios acerca de las emociones de los protagonistas no son nada convincentes. La violencia es mucha pero, frente a novelas recientes del género, a falta de ver qué ocurre en la tercera entrega, las reflexiones morales del protagonista parecen ir en una dirección correcta: mientras sus compañeros se dejan llevar, más o menos, y aceptan la explicación de que han de seguir luchando para sobrevivir pues más adelante lo comprenderán todo, él no ve nada claro que se puedan realizar experimentos de ninguna clase con seres humanos.

James Dashner. El corredor del laberinto (The Maze Runner, 2009). Madrid: Nocturna, 2010; 524 pp.; trad. de Noemí Risco Mateo; ISBN: 978-84-938013-1-1.
James Dashner. Las pruebas (The Scorch Trials, 2010). Madrid: Nocturna, 2011; 490 pp.; trad. de Noemí Risco Mateo; ISBN: 978-84-939200-0-5.

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miércoles, 20 de junio de 2012

Hay libros infantiles que algunos llaman «perturbadores»: los que, como tratan temas un tanto vidriosos, dependen mucho de los receptores; los que, aunque tengan calidad y sean interesantes, pueden causar problemas a lectores menos maduros. Un ejemplo de hace tiempo que a mí me parece valioso es Un toque especial, de Anne Fine, sobre una niña conflictiva.

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martes, 19 de junio de 2012

En el país de la memoria blanca
es una novela gráfica con texto de Carl Norac y unas extraordinarias ilustraciones del canadiense Stéphane Poulin, magníficamente armadas para construir la narración. Sin embargo, el argumento es un poco confuso y las palabras que acompañan las imágenes suenan grandilocuentes. La trama es que, en un mundo habitado y dominado por perros —que visten y se comportan como seres humanos—, los gatos actúan como terroristas y son perseguidos. Un personaje, llamado Rousseau, superviviente de un atentado, se despierta con la cara cubierta de vendas en un hospital y, con ese aspecto, vuelve a una inquietante vida cotidiana pero sin acordarse de nada, la «memoria blanca».

Después de Maus no es un problema construir una narración seria y «realista» con personajes animales. Pero, en este caso, el argumento ejemplifica cómo «menos habría sido mucho más»: si se hubiera dejado todo el peso a las imágenes y se hubieran puesto unas pocas palabras que no intentaran amplificar nada y que cumplieran una mínima función de apoyo, e incluso si se retirasen algunos tramos que no añaden nada significativo, estaríamos ante un relato algo raro y a la vez previsible, pero al que la potencia de las ilustraciones harían sugerente y más que destacable. Al menos, eso me parece. Y otras opiniones que he recogido van en esa misma dirección.

Stéphane Poulin. En el país de la memoria blanca (2011). Texto de Carl Norac. Granada: Barbara Fiore, 2012; 128 pp.; trad. de Goedele de Sterck; ISBN: 978-84-15208-18-1.

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lunes, 18 de junio de 2012

Uno de los personajes más populares entre prelectores es el cocodrilito señor Coc, de Jo Lodge. Sus libros están bien compuestos, son simpáticos, tienen solapas y desplegables, y tratan todos los temas que uno pueda imaginar. A la derecha, portada de uno de los álbumes que ha salido este año en España.

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domingo, 17 de junio de 2012

BibliotecaOnline ha puesto los libros de la derecha en formato epub para dispositivos Apple: aquí se ven en ePubSpain y en iTunes.

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domingo, 17 de junio de 2012

Tarea


En el temor y en el temblor pienso que cumpliría mi vida
Sólo si me decidiera a hacer una confesión pública,
Revelando el engaño, el mío y el de mi época:
Nos estaba permitido hablar con el grito de enanos y demonios,
Pero las palabras puras y respetables estaban prohibidas
Bajo un castigo tan severo que si alguien se atrevía a pronunciarlas
Ya podía considerarse perdido.

Czesław Miłosz. En «Desde donde el sol sale hasta donde se pone» (1974), Tierra inalcanzable. Antología poética (2011). Barcelona: Galaxia Gutenberg – Círculo de lectores, 2011; 438 pp.; trad., selección y prólogo de Xavier Farré; ISBN: 978-84-8109-935-5 y 978-84-672-4454-0.

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sábado, 16 de junio de 2012

Como en otras recopilaciones, entre los artículos que Chesterton publicó en The Illustrated London News entre 1923 y 1928, los hay sobre muchas cuestiones.

Dedicó algunos al bolchevismo, cuyo ascenso preocupaba entonces a muchos. En uno insistía en que, a la hora de criticarlo, el argumento real era que no respetaba los derechos de los hombres, que hundía todas las ideas de justicia individual en un mar de materialismo y fatalismo impersonales: en definitiva, que trataba a los hombres como medios para fines y, por tanto, era una pura esclavitud (24 de febrero de 1923).

Otro tema del momento era el de la Prohibición o Ley Seca. En uno de los textos la pone como ejemplo de cómo una moda moral puede ser impuesta por una minoría; además señala que los hombres tienen perfecto derecho a decir que su moda es sincera, pero no deben esperar que todo el mundo diga que es evidente, no deben presentarse a sí mismos como idealistas morales y mucho menos tratar a los demás como si fueran moralmente inferiores (29 de septiembre de 1928).

Entre los de otras clases, hay varios sobre historia de Inglaterra y sobre aspectos de la forma de ser de los ingleses. En uno señala lo tonto que es el patriota inglés que presume de que nunca presume (28 de marzo de 1925); en otro —donde habla de algunos argumentos absurdos que se suelen usar en la vida pública— dice que England es Elfland (26 de marzo de 1927); en otro ataca dos prejuicios contradictorios e idiotas de los ingleses: el de ponerse al lado del «hombre civilizado» frente al indio en Norteamérica y ponerse al lado del indio frente al español en Hispanoamérica (20 de marzo de 1926).

Naturalmente, no faltan los de crítica de la vida social y política. En uno señala como muchos tienen un punto ciego en el cerebro que les impide reconocer en el lujo un eterno enemigo de la libertad: cuando los políticos no eligen la libertad contra el lujo, sino la libertad por amor al lujo, el resultado es que la corrupción alcanza el corazón del gobierno (3 de marzo de 1928). En otro indica que, igual que una marca de la tiranía es estirar la ley, una marca de las nuevas tiranías es hacer leyes que puedan ser estiradas (17 de marzo de 1923).

G. K. Chesterton. Collected Works, volume XXXIII, The Illustrated London News 1923-1925. San Francisco: Ignatius Press, 1990; 699 pp.; edited by Lawrence J. Clipper; ISBN: 0-89870-274-7.
G. K. Chesterton. Collected Works, volume XXXIV, The Illustrated London News 1926-1928. San Francisco: Ignatius Press, 1991; 669 pp.; edited by Lawrence J. Clipper; ISBN: 0-89870-294-I.

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viernes, 15 de junio de 2012

Otro libro norteamericano de fantasía sobre un mundo paralelo al nuestro que, tal vez porque me pareció más original y más sencillo, me dejó bastante mejor sabor que La puerta oculta, fue Fablehaven, de Brandon Mull. Es el primero de una serie y el único que he leído, pues son largos y, aunque me haya gustado, mi entusiasmo por lo que pueda venir es descriptible.

En él se habla de dos hermanos, niño pequeño y niña mayor, que, debido a que sus padres se han de ir de viaje, quedan al cargo de su abuelo, que vive en Fablehaven, una casa grande con un jardín y un bosque propios, y con unos sirvientes de lo más misterioso. Una vez allí, el abuelo se comporta de manera distante hasta que Kendra y Seth averiguan que viven en «un refugio para criaturas místicas», o mágicas, de los pocos que hay en la tierra, y que el abuelo es el administrador, una tarea transferida de cuidador en cuidador a lo largo de años.... Bueno, y que tal vez les toque a ellos el mismo trabajo en el futuro.

La historia está bien contada y los personajes son atractivos. La rivalidad entre los hermanos se plantea con acierto. La construcción es notable aunque su armazón básico sea tan conocido ya. El choque que se da entre «buenos» y «malos» está planteado con inteligencia: el abuelo explica a sus nietos que las criaturas mágicas de Fablehaven son, simplemente, no malvadas, pues pueden ser capaces de actos buenos pero no por los motivos que nosotros consideraríamos adecuados. Por ejemplo, «los duendes no arreglan las cosas para ayudar a la gente. Arreglan cosas porque se lo pasan bien arreglando cosas».

Algunos choques dialécticos son excelentes. Así, cuando Seth se escapa al bosque desobedeciendo unas órdenes estrictas de su abuelo, este le descubre y le castiga de acuerdo con lo que le había dicho antes. A lo cual Seth replica:
«—(...) ¡Pero tú nos mentiste! ¡Tener miedo de unas garrapatas es un motivo bastante débil para permanecer alejados del bosque! Yo sólo pensé que nos estabas tratando como a bebés.
—Deberíais haberme hecho saber vuestro disgusto —replicó el abuelo—. ¿No fui claro respecto de las normas o de las consecuencias?
—No fuiste claro respecto de las razones —contestó Seth.
—Es un derecho mío. Yo soy vuestro abuelo. Y esta es mi propiedad.
—Y yo soy tu nieto. Deberías haberme dicho la verdad. No estás dando, precisamente, buen ejemplo».

Brandon Mull. Fablehaven (2009). Barcelona: Rocaeditorial, 2009; 303 pp.; col. Rocajuvenil; trad. de Inés Belaustegui; ISBN: 978-84-9918-033-5.

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jueves, 14 de junio de 2012

Junto a las series de ciencia-ficción distópicas que mencioné, a las que volveré con otros ejemplos, otras series que plantean lo mismo de otro modo son las que hablan de que, a nuestro alrededor y en nuestro mundo, hay mundos mágicos paralelos. Un autor con famosas obras del primer tipo como El juego de Ender y sus secuelas, Orson Scott Card, acaba de comenzar una serie del segundo tipo con La puerta oculta. A mí me ha cansado un poco, por las razones que diré, pero es probable que, sin tantas lecturas del género fantástico detrás y si no esperase más del autor, mi reacción sería distinta, pues lo cierto es que sólo un escritor experto es capaz de fabricar un entretejido tan laborioso de muchos elementos ya conocidos y mantener la tensión narrativa. Tampoco me ha convencido del todo su protagonista, un chaval que crece y aprende, muy especial, eso sí, pues es un mago teleportador, pero aquí sin duda estoy influido también por mi pasado lector.

Es decir: he pensado en ¡Tigre! ¡Tigre! (Tiger!, Tiger!, 1955), de Alfred Bester, al ver un protagonista con el don de teleportarse, de trasladarse de un sitio a otro sólo con visualizar el lugar de destino; en la multitud de relatos donde conviven gente normal y unos magos que pululan alrededor que, en este caso, como en las novelas de Rick Riordan, tienen que ver con los dioses griegos y sus descendientes; la última parte se parece mucho a las novelas colegiales donde aparece un chico nuevo con dotes más que singulares… También son ya un lugar común los chicos protagonistas excepcionales, con dotes ocultas para ellos mismos pero que sí aprecian algunos adultos, unos como a la espera de que sea el deseado por generaciones de westilianos para que abra la puerta ente Westil y Midgard (la Tierra), y otros temerosos de que lo sea. Y tampoco me convence que, para resolver los problemas de un argumento que se basa en infracciones continuas del espacio-tiempo, todo dependa de una historia en paralelo, que tiene lugar en otro mundo y en otra época.

Orson Scott Card. La puerta oculta: una novela de los Magos Primigenios (The Lost Gate, 2010). Barcelona: Planeta, 2012; 366 pp.; trad. de J. E. Álamo; ISBN: 978-84-450-0001-4.

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miércoles, 13 de junio de 2012

A veces viene bien poner en contraste relatos escritos para entretener y para ensalzar al héroe, como El secuestro, con relatos escritos para dejar constancia de los sufrimientos de una situación real y cercana, como Paso a paso, de la colombiana Irene Vasco.

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martes, 12 de junio de 2012

En Ilustratour 2012, el mes de julio, entrevistaré a Nina Christensen, una especialista danesa en literatura infantil. Así que, aprovechando la ocasión, pongo aquí a Ole Lund Kirkegaard, un autor del que, tiempo atrás, seleccioné dos libros: La aventura volante de Hodia y Tarzán de goma.

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lunes, 11 de junio de 2012

Una novela gráfica, casi sin palabras, excelente: La ventana, del taiwanés Sean Chuang. Es un relato a la vez duro y esperanzador, un alegato contra los conflictos bélicos pero sin darse aires de alegato, contado con ritmo tranquilo y de forma muy eficaz.

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lunes, 11 de junio de 2012

Un artículo en Aceprensa, Ray Bradbury, la poesía de la ciencia-ficción, con ocasión de su fallecimiento.

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domingo, 10 de junio de 2012

A Jiménez Lozano le parece «muy claro que el lenguaje de diseño de hoy está absolutamente reducido a instrumento y comunicación, y para él las imágenes y los símbolos no existen, y hay que repetir que no son comprendidos, si se los oye o se los lee. El lenguaje se torna cada día más abstracto y, por lo tanto, más fácil de manipular y de hacerle decir incluso lo contrario de lo que dice. Y, para comprobarlo, sólo es preciso pensar en el lenguaje políticamente correcto, del que ya decía Tucídides que se utilizaba para nombrar los crímenes de otro modo. Un lenguaje simbólico y lleno de imágenes no permite estos jueguecitos verbales o encubrimientos de realidades a veces terribles».

Ese lenguaje simbólico y con imágenes es el propio de un buen relato, que «debe ser una historia que acontezca cada vez que se lea, no un documento. Lo escrito como libro (acontecimiento) siempre es susceptible de ser presentizado y reinterpretado y, por tanto, tornado contemporáneo, y el mismo libro rejuvenece al lector porque le dice siempre algo nuevo. Y el relato de una injusticia, por ejemplo, tiene la virtud de situar a la víctima, al menos en el acto de la escritura, y luego en el acto de la lectura, en el centro del mundo, haciendo comulgar a los que lean con su sufrimiento o con su esperanza o su alegría, en su caso. Una narración verdadera no pasa; una noticia, una información, una comunicación, un documento de cualquier tipo sí pasan, quedan en un archivo. A un documento le afecta la gloria del mundo, que pasa; la narración no tiene gloria de mundo».

Guadalupe Arbona. Las llagas y los colores del mundo. Conversaciones literarias con José Jiménez Lozano (2012). Madrid: Encuentro, 2011; 163 pp.; ISBN: 978-84-9920-109-2.

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sábado, 9 de junio de 2012

En un artículo sobre Ibsen decía Chesterton que la religión es una rara y definida convicción acerca de lo que nuestro mundo es realmente, mientras que la superstición es sólo la aceptación sensata de lo que obviamente es. Los campesinos cuerdos y los cazadores sanos son supersticiosos porque son sanos y están cuerdos: la superstición nace de un razonable temor a lo desconocido y, por tanto, puede ser vista como el lado creativo del agnosticismo. Mientras el hombre supersticioso ve con claridad que el universo es algo que ha de ser temido, el hombre religioso mantiene, paradójicamente, que el universo es algo en lo que podemos confiar. El temor es, ciertamente, la cosa más obvia y, por eso, el temor de Dios es el comienzo de la sabiduría…, pero no el final.

En otros textos decía que las supersticiones son una especie de sombríos cuentos de hadas que nos contamos a nosotros mismos para tratar de expresar el misterio de las extrañas leyes de la vida; que nunca se puede desarraigar del todo la superstición por la sencilla razón de que la superstición es completamente razonable dado que cualquier movimiento intelectual, y cualquier proceso lógico, terminan conduciendo al borde de lo que llamamos lo Desconocido, y justamente ahí empieza nuestra curiosidad poética. Por eso, en un mundo que no tiene ni las ventajas de tener una religión ni las ventajas de no tenerla —o, dicho de otro modo, que no proporciona ni la ventaja de vivir unidos ni la ventaja de ser de verdad independientes—, proliferan modas que se denominan modernas pero que no son más que viejas supersticiones enmascaradas.

G. K. Chesterton. «Ibsen», A Handful of Authors; «The Death of Edward VII», «Superstition and Modern Justice – Jesuits», «On Modern Sabbatarianism», Illustrated London News, articulos del 28 de mayo de 1910, del 6 de octubre de 1906, y del 20 de junio de 1908, Collected Works, volúmenes XXVII y XXVIII.

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viernes, 8 de junio de 2012

Con los claros acentos autobiográficos de todas las narraciones de Thomas Wolfe, en Una puerta que nunca encontré se presentan cuatro textos titulados, cada uno, con una fecha: octubre de 1931, de 1923, de 1926, y abril de 1928. En el primero, el narrador está con un anfitrión rico, acerca del que ironiza y a quien le cuenta su vida en el barrio armenio de Brooklyn. En el segundo se centra, sobre todo, en su regreso a su ciudad natal cuando su padre ha muerto hace ya un tiempo. En el tercero habla del tiempo que vivió en Inglaterra y es el único de los relatos con acentos algo distintos y con momentos divertidos. El cuarto se corresponde con la época en la que vivió en una calle donde había un gran almacén al que llegaba y de donde partía cada día una flota de camiones.

Son textos publicados antes de Del tiempo y del río, un libro extenso donde cada una de estas escenas, levemente cambiadas, tuvieron su hueco. Por eso, quien no haya leído ese libro tiene aquí, como en el recientemente publicado El niño perdido, otra oportunidad de probar a Wolfe: descripciones urbanas en el primer capítulo, del campo y de personajes de su ciudad natal en el segundo, una irónica y divertida pintura de aspectos de la vida inglesa en el tercero, y un elogio con tintes épicos de los camioneros cuyo trabajo nocturno da vida a Norteamérica. Todo está unificado, también como es habitual en Wolfe, por lo que indica el título: por los lamentos del narrador ante la imposibilidad de aquietar su corazón y encontrar la puerta para entrar a un mundo donde llevar «una vida afortunada y feliz como jamás has visto».

Como Eugene Gant en Del tiempo y el río, también este narrador sin nombre pasa horas y horas en la gran biblioteca de la universidad leyendo libros como un poseso, para terminar completamente desalentado: «quería saberlo todo, y me volví loco cuando descubrí que no podía conseguirlo». Su desmesura incluso le impide ver los momentos en los que puede tener la solución que busca entre las manos, como cuando se lamenta de la muerte de su padre y concluye así: «supe que cada hombre que ha vivido sobre la faz de la tierra ha buscado y busca a su padre, y supe que incluso cuando el padre ha muerto, su hijo lo busca incansablemente hasta por las calles de la mala vida, con tal de encontrarlo, y supe que el hijo nunca pierde la esperanza y siente que algún día verá de nuevo el rostro de su padre».

Thomas Wolfe. Una puerta que nunca encontré (No Door, 1937). Cáceres: Periférica, 2012; 101 pp.; col. Largo recorrido; trad. de Juan Sebastián Cárdenas; ISBN: 978-84-92865-54-3. [Vista del libro en amazon.es]


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jueves, 7 de junio de 2012

John Grisham
terminaba el primer libro de Theodore Boone con el caso resuelto pero con el juicio en los tribunales a la espera. El secuestro no continúa con aquel caso sino que viene a ser un paréntesis. April Finnemore, la amiga de Theo, desaparece por la noche sin dejar rastro y después de una última conversación telefónica con él de la que no se deducía que pudiera suceder nada semejante. Donde la policía no acierta sí lo hará Theo, ayudado por su tío Ike y un compañero de clase. Para quien no hubiera leído el primer libro la narración contiene todas las aclaraciones necesarias sobre Theo, su familia y los ambientes en los que se mueve.

Aunque no tenga una especial tensión, el relato es entretenido y quien esté atrapado por el estilo propio del autor y por su personaje lo disfrutará. El seguidor de Grisham encontrará una escena típica en el enfrentamiento dialéctico entre Theo y un policía que intenta hacer valer su autoridad sin buenos argumentos. Otro tema frecuente del autor está en que, por más que Theo sea un chico educado para «enfrentarse a la verdad a cara descubierta, a no guardarse nada dentro, a soltarlo todo y ya está: todo lo que pudiera venir después sería mucho mejor que mentir u ocultar la verdad», la vida luego es más complicada y, por unas u otras causas, al final no lo hace.

Además, yo he recordado al inefable Greg en la escena en que la madre de Theo, preocupada cuando ve a su hijo preocupado, le dice:
«—¿Quieres hablar de ello?»
Ahhh, la gran pregunta. Theo negó con la cabeza y dijo:
—No, preferiría no hablar de ello. Sólo empeoraría las cosas.
Su madre sonrió.
—Muy bien, lo entiendo».

John Grisham. El secuestro (Theodore Boone: the abduction, 2011). Barcelona: Montena, 2012; 219 pp.; trad. de José Serra; ISBN: 978-84-8441-873-3.

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miércoles, 6 de junio de 2012

Julius Blom, del finlandés Bo Carpelan, es un libro con un protagonista característico de muchos relatos infantiles nórdicos: sereno, reflexivo, educado... Es como un estereotipo que supongo que será real e ideal al mismo tiempo.

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TanCrewVisor2.jpg
martes, 5 de junio de 2012

El visor,
basado en un texto de Gary Crew, es el primer álbum ilustrado de Shaun Tan. Tristan, un chico curioso que busca y al que le gustan los objetos extraños, un día encuentra una caja con multitud de artefactos para aumentar, enfocar e iluminar. Y, entre ellos, está un curioso visor que, al ponerlo en marcha, resulta ser como una especie de «caja negra» visual de la historia de la humanidad.

Tanto la historia como las imágenes tienen un punto misterioso e inquietante, al menos para quien acceda por primera vez al mundo propio del ilustrador. Los autores explican, al final, algunos pormenores sobre la realización y contenido del álbum, en sí mismo un producto «menor», pero que tiene interés para quienes, como yo, aprecien la imaginería futurista-surrealista de Tan.

Shaun Tan. El visor (The viewer, 1995, revisión en 2011). Texto de Gary Crew. Granada: Barbara Fiore, 2012; 36 pp.; trad. de Carlos Andreu y Albert Vitó; ISBN: 978-84-15208204.

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lunes, 4 de junio de 2012

Conducir es fácil,
de Fernando Pérez Hernando, es un álbum que, al abrirlo, presenta un volante que se ha de agarrar por ambos lados. Luego, el lector ha de seguir las instrucciones que le va dando el texto: girar a la izquierda, girar a la derecha, etc. Al final, si supera todas las pruebas, bastante fáciles, el lector se gana su permiso de conducir.

En la línea de Un libro, de Hervé Tullet, el autor demuestra el poder de sugerencia de los libros con una broma simpática. Es sencilla, sí, pero, que yo sepa, es original. Además, es fácil comprobar cómo los lectores que al principio exclaman ¡vaya bobada!, siguen el juego hasta el final sin parar de reír.

Fernando Pérez Hernando. Conducir es fácil (2012). Madrid: A Buen Paso, 2012; 32 pp.; col. Ilustrados; ISBN-13: 978-8493941444.

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domingo, 3 de junio de 2012

Una observación de Jiménez Lozano acerca de lo que podemos esperar de la literatura:

«La literatura como crítica sociológica o política, como “arma cargada de futuro” que decían los camaradas de la poesía, no va más allá de comportarse con un componente de lucha en ese sentido social y político, y pienso que para eso hay otros medios que son los adecuados.

Los griegos ofrecían las tragedias como “catarsis” a su público, pero este ya no es el caso. A nuestro mundo no le importa nada de nada y, con frecuencia, todo eso de las denuncias son un bla-bla-bla de politiquería y negocio. Adorno decía que todo lo que en política no es teología es negocio, y algo así puede decirse de la literatura.

Lo que cabe esperar es que si se cuenta lo injusto de algún modo se esté haciendo justicia y se contagie el deseo de la misma, y si, a la vez, se ofrece hermosura, como debe ser, se ofrece un tejadillo como poco contra el odio, un rinconcillo de alegría, un trozo de vida».

Guadalupe Arbona. Las llagas y los colores del mundo. Conversaciones literarias con José Jiménez Lozano (2012). Madrid: Encuentro, 2011; 163 pp.; ISBN: 978-84-9920-109-2.

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sábado, 2 de junio de 2012

En el mundo de la literatura infantil se suele discutir qué autores son los que conectan con los niños y cuáles no, qué historias comprenden mejor y cuáles no.

Chesterton decía que los niños pueden disfrutar con todo, incluso con una guía telefónica: eso es el reino de los cielos, disfrutar las cosas sin comprenderlas. Para ejemplificarlo señalaba que, cuando era niño, recitaba de memoria versos de Shakespeare, sin enterarse de lo que decía pero fascinado por sus resonancias sonoras y épicas: por eso, concluye, se podría decir que Shakespeare es un autor para todas las edades. En cambio, señalaba, eso no se puede afirmar de otra clase de poetas, y ponía como ejemplo a Milton, cuyo estilo controlado no es tan fácil que lo aprecie un niño: no es que un niño no pueda disfrutar con Milton, precisaba, sino que no puede hacerlo con lo que cabría llamar el Miltonismo de Milton.

Decía también que los niños pueden divertirse, y se divierten, con una obra como Los viajes de Gulliver sin necesidad de ver la sátira que la historia contiene, del mismo modo que no tienen que comprender el té para disfrutar de la fiesta del té del Sombrerero Loco en Alicia. Hay autores —y Chesterton hablaba en este caso de Sir William Gilbert— que pueden ver las cosas ligeramente torcidas pero que la magia del niño está en que ve las cosas casi rectas. Ambos dan así testimonio de la verdad pero el humorista lo hace por exageración y el niño sin exagerarla nada. Un ejemplo está en que si hiciéramos a un niño la pregunta que hizo Pilatos a Jesucristo sobre ¿qué es la verdad?, el niño nos miraría con sorpresa y diría algo así como «decir las cosas correctas», que es la única respuesta posible además del silencio de Cristo. La fortaleza del niño está no en el hecho de que resuelve una dificultad sino en que no ve ninguna dificultad.

G. K. Chesterton. «The Taste for Milton» y «The Genius of Gilbert», A Handful of Authors.

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JimLozLlagas.JPG
viernes, 1 de junio de 2012

Dos observaciones de Jiménez Lozano sobre Dostoievski:

—«Dostoievski pertenece al orden de escritores que dejan una decisiva huella en uno, lo que no significa que arrase o colonice ni nuestro pensamiento ni nuestra sensibilidad o gusto estético. Ningún escritor se apoderó jamás de las ánimas de los lectores como él, ninguno las ha trastornado tanto, ninguno las ha hecho bajar de tal modo a los infiernos o sentir la pureza de la inocencia y la belleza del mundo. Ningún otro escritor ha logrado que la vida de un lector suyo quede escindida entre un antes y un después de haberse encontrado con sus libros».

—«El crítico y amigo de Dostoievski, Nikolái Strájov, le dice que tiene su escritura un gran inconveniente, y éste es el de que posee una gran abundancia de ideas, sentimientos e historias, con una o muy pocas de las cuales otros escritores compondrían un libro; pero eso mismo hace que uno aprenda a leer para hacerse cargo de todo lo que a primera vista no se ve. Así que Dostoievski enseña a leer, a ver si una escritura es pura superficie lisa o un mundo con recovecos que son otros tantos mundos».

Guadalupe Arbona. Las llagas y los colores del mundo. Conversaciones literarias con José Jiménez Lozano (2012). Madrid: Encuentro, 2011; 163 pp.; ISBN: 978-84-9920-109-2.

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