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Notas de julio de 2006 :: bienvenidosalafiesta ::    
bienvenidos a la fiesta
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lunes, 31 de julio de 2006

Un álbum tridimensional de unas características muy especiales: Alicia en el país de las maravillas, una versión del clásico de Lewis Carroll a cargo del gran especialista en «pop-ups» Robert Sabuda. Asombroso y espectacular para cualquier edad, aunque no es apto para cualquier clase de manos.

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domingo, 30 de julio de 2006

Andréi Tarkovski:
«La mejor relación entre la política y el arte la definió un Luis de Francia, no me acuerdo cuál, cuando dijo: “Yo hago mucho por el arte: nunca intervengo”».

Rafael Llano. Andréi Tarkovski: vida y obra, volumen I.

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sábado, 29 de julio de 2006

Cuando escucho a Nelly Furtado I’m like a bird, una bonita canción, pienso en qué desgastada está, y qué boba me parece, la imagen «libre como un pájaro»...

En fin, menos mal que luego llega Natalie Imbruglia y me reconcilia un poco con las cancioncillas pop:

«There's more important things
Than making sure your watch looks just right
And second hand opinions
Don't make you look any smarter
Don't you think
Don't you think
Don't you think that maybe
it's time, yes it's time
Time you started thinking
Time you started thinking...»

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viernes, 28 de julio de 2006

Cuanto más tiempo pasa más me afianzo en la idea de que, si en mi mundo ideal no habría premios literarios de ninguna clase, menos aún habría premios institucionales. Por un lado, considero preferible que los libros se defiendan por sí mismos, incluso con el riesgo de que algunos buenos libros desaparezcan. Por otro, tenemos ya una gran experiencia de que, si hay que desconfiar siempre de los premios que una industria se da a sí misma, según el modelo de los Oscar, más aún hay que hacerlo de los que otorga un jurado nombrado por el poder político de turno, el que sea. Pues incluso sobre los que podrían ser más merecidos recae ya la sospecha de que se ha usado el dinero público con intereses ideológicos, o para promocionar a los amigos o para pagar favores, sean personas o sean empresas.

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jueves, 27 de julio de 2006

El mes pasado mencioné a Aubrey Beardsley con ocasión de un libro de Roger Lancelyn Green. De su vida se habla un poco en la biografía de Joseph Pearce sobre Oscar Wilde, su amigo desde 1891, y allí se indica la probabilidad de que, debido a su influencia, el estilo de Beardsley se volviera más satírico y siniestro. Lo cierto es que su aparición pública en 1893 fue comparada con la de William Blake poco más de un siglo antes y que durante unos años fue la bandera gráfica del «decadentismo» inglés. Además, el hecho de que muriera con veinticinco años, así como su conversión al catolicismo pocos años antes de su muerte, y después de haber hecho algunas ilustraciones que habían causado escándalo, contribuyeron a darle una influencia desproporcionada para su juventud.

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miércoles, 26 de julio de 2006

He recibido quejas quejosas de mis críticas a las novelas de aventuras fantásticas.

Unas dicen que yo no sería capaz de escribir nada semejante: es cierto, pero, como afirma el ya citado Reich-Ranicki, ni un ornitólogo sabe volar ni un pájaro sabe ornitología. Otras indican que si un libro lo leen millones de lectores algo tendrá, argumento cuya inconsistencia se ve con tal de que se aplique hasta el final en no pocas cosas. Y otras, por último, piensan que desprecio ese tipo de libros cuando es justo al contrario: cuando uno critica algo con fuerza es porque le interesa mucho y no porque lo desprecie.

En el otro lado están quienes opinan que dedico demasiado espacio a las aventuras fantásticas y argumentan que no son más que una moda. Es cierto, lo son, como, después del éxito de El mundo de Sofía, lo fueron los libros de conocimientos disfrazados de novelas. Más aún: son una moda que dejará tras de sí pocos productos perdurables pues la fantasía es el género literario que pide más trabajo y más categoría por parte de su autor, como Tolkien explicó teóricamente y mostró prácticamente (y como se puede demostrar ya con la experiencia que tenemos). Pero si no hablas de las cosas cuando están de moda quizá no lo hagas ya nunca.

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martes, 25 de julio de 2006

Un coeficiente de desviación que se ha de aplicar a la hora de juzgar mis críticas a libros infantiles y juveniles es que, para mí, el argumento o las escenas de un libro con frecuencia son ya conocidos pero no así para el niño al que se destina; y que algunos relatos, que apelan a recursos propios de algunas películas con éxito entre niños y jóvenes, pueden gustarles a ellos pero a mí no. Dicho de otro modo: quien ha leído mucho pierde la frescura del lector para quien cada libro es nuevo, y a él puede no gustarle una historia que, sin embargo, puede cumplir muy bien su función entre sus destinatarios naturales.

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lunes, 24 de julio de 2006

Dos nuevos álbumes de Eric Carle: La araña hacendosa, un clásico que ahora se traduce, y Diez patitos de goma, un álbum reciente.

En el primero la araña teje su tela sin hacer caso a los animales que le preguntan..., hasta el final; en el segundo distintos animales marinos saludan a los patitos de goma perdidos en el Océano. En el primero conocemos el nombre y los sonidos propios de los distintos animales, y vamos tocando los hilos en relieve de la araña; en el segundo, también conocemos a más animales marinos y, al final, al lector le aguarda una sorpresa sonora.

Mejor el primero que el segundo, pero en ambos casos los entusiastas del autor disfrutarán y aprenderán.

Eric Carle. La araña hacendosa (The Very Busy Spider, 1984). Madrid: Kókinos, 2006; pp.; trad. de Esther Rubio; ISBN: 84-88342-96-9.
Eric Carle. Diez patitos de goma (The Little Rubber Ducks, 2005). Madrid: Kókinos, 2006; 32 pp.; trad. de Miguel Ángel Mendo; ISBN: 84-88342-80-2.

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domingo, 23 de julio de 2006

En sus memorias cuenta el crítico alemán Marcel Reich-Ranicki una minianécdota que ha llegado a ser universalmente citada pero que, afirma, le sucedió a él. Después de mucho tiempo sin verle, un día se topó con un escritor y comenzaron a charlar. El escritor hablaba sin parar y, después de una hora, se dirige al crítico: no paramos de hablar de mí, ahora vamos a hablar de usted. «Dígame, ¿qué le ha parecido mi último libro?».

Marcel Reich-Ranicki. Mi vida (Mein Leben, 1999). Barcelona: Galaxia Gutemberg – Círculo de lectores, 2000; 534 pp.; trad. de José Luis Gil Aristu; ISBN: 84-8109-303-3.

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sábado, 22 de julio de 2006

A quienes me preguntan por libros recientes... con frecuencia les doy una respuesta que no les atrae.  Y es esta, el mismo comentario que hace Kafka a un interlocutor: «Se lastra usted demasiado con cosas efímeras. La mayoría de estos libros modernos no son más que trémulos reflejos del hoy que se apagarán enseguida. Debería leer libros más antiguos. A los clásicos. (...) Lo antiguo vuelve hacia el exterior su valor más íntimo: perdura. Lo únicamente nuevo es la caducidad misma, que hoy se presenta hermosa para mañana parecer ridícula. Es el camino de la literatura».

Gustav Janouch. Conversaciones con Kafka (Gesprache mit Kafka, 1968). Barcelona: Destino, 1999, 2ª impr.; 348 pp.; col. Áncora y Delfín; trad. de Rosa Sala; ISBN: 84-233-3165-2.

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viernes, 21 de julio de 2006

En el libro citado días atrás, La Rosa Blanca, se hace referencia también a Wilm Hosenfeld, el capitán alemán que salvó al protagonista de El pianista del gueto de Varsovia, el extraordinario y conmovedor relato de Wladyslaw Szpilman. De allí tomo un texto de una carta que escribe a su esposa: «Lo que aquí, en Varsovia, está sucediendo con los judíos no te lo puedes ni imaginar. Desde que hay hombres sobre la Tierra no ha habido nada igual. Es como para perder la fe y la esperanza. ¡Qué bajo hemos caído! (...) Es un mundo sin Dios, sin responsabilidad moral».

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jueves, 20 de julio de 2006

Me ha parecido muy buena la biografía que firma Joseph Pearce sobre Oscar Wilde. Siguiendo el hilo de su vida, intentando aclarar de qué hay constancia y de qué no en todo lo que se ha dicho de su biografiado, analizando con cuidado sus obras, se ve que Joseph Pearce desea subrayar sobre todo dos cosas. Una, que «una de las paradojas de su vida y su obra es el que haya que captar al verdadero Wilde por lo que dijo en su obra mucho más que por lo que dijo, o por lo que se supone que dijo, en su vida». Otra, la huella que dejó en Wilde su rechazo a convertirse al catolicismo siendo joven, el sorprendente número de personas de su entorno que, a lo largo de su vida, acaban entrando en la Iglesia Católica o volviendo a ella, y su conversión final. Cuando al personaje de El abanico de lady Windermere, lord Darlington, autor de la definición del cínico como «un hombre que conoce el precio de todo y el valor de nada», se le dice que todo el mundo es bueno, responde: «No, todos estamos en la cloaca, pero algunos de nosotros miramos a las estrellas». La propuesta de Pearce es mirar con Wilde a las estrellas y no mirarle, ni mucho menos quedarse con él, en la cloaca.

Joseph Pearce. Oscar Wilde: La verdad sin máscaras (The Unmasking of Oscar Wilde, 2000). Madrid: Ciudadela, 2006; 396 pp.; trad. de Ana Pérez Galván; ISBN: 84-934669-2-1.

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miércoles, 19 de julio de 2006

Como en semanas atrás hablé de algunos libros relacionados con el mundo clásico, no está de más recordar unos álbumes de cómic que hoy, cuando ya no es nada fácil encontrarlos, siguen contando con adeptos entusiastas que los buscan para comprarlos a sus hijos: los protagonizados por Álix y firmados por Jacques Martin, uno de los ayudantes destacados de Hergé en Tintín.

Además, quien esté interesado en el estilo minucioso del autor, como quienes tengan interés en álbumes de conocimientos acerca del mundo antiguo, disfrutarán con los álbumes que Martin firma, junto con su discípulo Rafael Moralès, en torno al antiguo Egipto. En estos casos no hay aventuras y Álix sólo aparece como espectador: por ejemplo, a la derecha, contemplando los colosos osíricos al norte del primer patio del templo de Ramsés III.

Jacques Martin y Rafael Moralès. Egipto - Los viajes de Alix (2003). Barcelona: Glénat, 2004; dos álbumes, 56 pp.; trad. de Lucas Vermal Ahumada; ISBN: 84-8449-496-9 y 84-8449-497-7.

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martes, 18 de julio de 2006


Se cumplen ahora cuarenta años de El Zoo de Pitus, de Sebastiá Sorribas, un libro de gran difusión en el momento de su publicación, quizá debida también a unas circunstancias sociales muy concretas, pero que ha quedado como un buen ejemplo de historia para primeros lectores: a primera vista no parece genial, pero es sencilla, positiva y, sobre todo, pasan los años y sigue gustando a sus lectores naturales. Y esto no es normal con esta clase de relatos.

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lunes, 17 de julio de 2006

Acabo de leer La princesa Dragón, un álbum firmado por David Wiesner. Es una nueva versión de un cuento popular inglés, en la que un rey viudo se casa con una bruja que, celosa, convierte a la bella hija del rey en un dragón. Cuando el dragón causa el pánico entre la población, un sabio indica que para deshacer el encantamiento debe volver el hermano de la princesa.

Las acuarelas de Wiesner son elegantes y detallistas, algo acarameladas quizá. Están compuestas hábilmente, pues integran bien los párrafos de texto y se presentan enmarcadas en blanco, y así, a la vez que asoman al lector a otro mundo también le dicen que tiene delante una historia que no tiene que ver con su realidad.

Sin embargo, como es una nueva versión de un álbum que Wiesner y su mujer publicaron hace casi veinte años, y Wiesner ha recorrido un camino largo desde entonces, el lector que conozca sus otros álbumes, como es mi caso, sentirá decepción... Un prejuicio de crítico.

David Wiesner. La princesa Dragón (The Loathsome Dragon, 2005). Texto de David Wiesner y Kim Kahng. Barcelona: Juventud, 2006; 32 pp.; trad. de Christiane Reyes; ISBN: 84-261-3533-1.

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domingo, 16 de julio de 2006

En 1862 decía Lincoln de sí mismo: «Soy muy poco dado, cualquiera que sea la ocasión, a decir nada a menos que espere que resulte algún bien de ello» (frase que se podría haber traducido mejor, por cierto). En esa dirección, afirman los editores de sus discursos, su insistencia en el perdón, el arrepentimiento, la observancia del sábado o la acción de gracias, quizá estuvieran motivadas porque intentaba evitar para su gente y su país lo que en Macbeth —la obra de Shakespeare que Lincoln prefería—, se manifestaba como el destino de quienes eran traidores sin saberlo y la triste situación de quienes temen conocerse a sí mismos.

Abraham Lincoln. El Discurso de Gettysburg y otros escritos sobre la Unión. Madrid: Tecnos, 2005; 264 pp.; col. Clásicos del pensamiento; estudio preliminar, traducción y notas de Javier Alcoriza y Antonio Lastra; ISBN: 84-309-4247-5.

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sábado, 15 de julio de 2006

Mientras corro, en mi reproductor suenan primero los Bee Gees y luego Abba... Y al volver a casa busco un comentario de Kafka que recordé cuando sonaban cancioncillas como You should be dancing y The Dancing Queen:

«La raíz de la palabra sensualidad es sentido. Eso tiene un significado muy concreto. El hombre sólo puede llegar a alcanzar el sentido a través de lo sensorial. Naturalmente, este camino también es arriesgado: se le puede dar prioridad al medio sobre el fin. Entonces se llega a la sensualidad, que es precisamente la que desvía nuestra atención del sentido».

Gustav Janouch. Conversaciones con Kafka (Gesprache mit Kafka, 1968). Barcelona: Destino, 1999, 2ª impr.; 348 pp.; col. Áncora y Delfín; trad. de Rosa Sala; ISBN: 84-233-3165-2.

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viernes, 14 de julio de 2006

Cuando leí los libros de Bailly mencionados ayer, pensé que, además de ser algo antiguos, eran apasionados en exceso, no el mejor contrapeso para las obras de Dumas. Por eso, busqué un enfoque más nítido de la época en la gran investigación histórica de John Elliott sobre El Conde Duque de Olivares, Gaspar de Guzmán (1587-1645), el oponente de Richelieu. Además de un panorama completo de la España del siglo XVII, Elliott realiza frecuentes comparaciones entre ambos políticos: «Sus métodos de gobierno fueron curiosamente similares», sus «políticas parece que hubieran sido fabricadas en el mismo molde»; ambos pensaban que «una política confesional militante (...) no respondía sencillamente a las complejidades de la vida de la Europa del siglo XVII»; ambos ansiaban «por ver coronadas con la paz sus respectivas carreras»... No obstante, «en el vocabulario de Olivares, la palabra “Estado” ocupaba un lugar menos prominente que en el del cardenal Richelieu»; en su comportamiento había «una prudencia que a veces rayaba en timidez, y, desde luego, carecía de la saña implacable que caracterizara (...) a Richelieu»; Olivares trató con guante blanco a Cataluña, lo que no hizo Richelieu con el Languedoc; ambos se empeñaron en una política exterior ambiciosa, pero «Richelieu podía atribuirse el mérito, a diferencia del conde-duque, de contar con una política exterior y unos logros militares (...) que empezaban a llevar la impronta del triunfo»... Y sus legados fueron bien distintos: «mientras que Richelieu dejaba en Francia algún vislumbre de victoria final, la España de Olivares se enfrentaba directamente a la derrota».

John H. Elliott. El Conde Duque de Olivares - El político en una época de decadencia (The Count-Duke of Olivares - The Statesman in an Age of Decline, 1986). Barcelona: Crítica, 1991 (6ª edición); 720 pp.; colección Serie Mayor; trad. de Teófilo de Lozoya; ISBN: 84-7423-439-5.

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jueves, 13 de julio de 2006

En mis recuerdos como lector de doce y trece años durante los meses de verano ocupan un lugar destacadísimo, además de El conde de Montecristo, Los tres mosqueteros y Veinte años después. Son de las pocas lecturas de aquellos años que, pasado el tiempo, no sólo me han vuelto a gustar sino que me han parecido mejores. No así la tercera novela de los mismos protagonistas, El vizconde de Bragelonne, donde las obsesiones conspirativas de Dumas alcanzan cotas enfermizas. Pero, como suele decirse que los franceses no conocen bien su propia historia porque han leído demasiado a Dumas (en fin, habría que discutir si eso es o no peor que desconocer la propia historia por no haber leído nada), una vez las leí al mismo tiempo que unas biografías de Richelieu y de Mazarino firmadas por Auguste Bailly, las que tenía a mano entonces.

Richelieu, a quien Dumas describe como un político malévolo y un cardenal indigno, es una figura clave de su tiempo: para engrandecer Francia fue capaz de todas las alianzas y de todas las intrigas, su frágil salud no le impidió un trabajo desbordante y ejercer «la dictadura más completa que jamás hubo ejercido un ministro»; y él fue quien puso las bases de la fuerte monarquía francesa de esos siglos y del Estado centralizado que hoy conocemos y que Napoleón llevó a su cenit. Su sucesor, el cardenal (pero no clérigo) Julio Mazarino (1602-1661), despreciado e ignorado por la corte, mantendría el diseño imperial de Richelieu en tiempos huracanados y prepararía el terreno a Luis XIV, el Rey Sol.

Si en Los tres mosqueteros Dumas manifiesta por Richelieu el respeto y admiración que siempre merece un adversario inteligente, no hace lo mismo con el italiano Mazarino en Veinte años después: pero es que, dice Bailly, «muy pocos pudieron perdonar a Mazarino haber venido de Italia para gobernar a Francia, haber detentado durante sus últimos años un poder superior al de su predecesor, haber sido amado por una reina, haber amasado unas riquezas ante las cuales la imaginación permanece confusa, haber triunfado de todo y de todos por la intriga, el disimulo y el desprecio. (...) Pero gracias a él, en adelante Francia estaba hecha».

Auguste Bailly. Richelieu (1934). Madrid: Espasa, 1969; 224 pp.; col. Austral; trad. de María Luisa Pérez Torres. 84-239-1433-X.
Auguste Bailly. Mazarino (1935). Madrid: Espasa, 1969; 215 pp.; col. Austral; trad. de Felipe Ximénez de Sandoval; ISBN: 84-239-1444-5.

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miércoles, 12 de julio de 2006

He leído recientemente Ascanio, una novela de Alexandre Dumas que para mí era desconocida, basada en episodios de la vida de Cellini. Escrita un año antes pero claramente inferior a Los tres mosqueteros y otras, quizá porque el «negro» de Dumas aquí no era Auguste Maquet, en ella se da lo mejor y lo peor del autor: acción imparable y personajes arrebatadores, junto con retórica y melodramatismo excesivos y la característica inmoralidad del héroe de Dumas. En cualquier caso, también a este relato se le puede aplicar el comentario que Stevenson hizo, a propósito de El conde de Montecristo: que si es cierto que en las novelas de Dumas con frecuencia los personajes no son más que marionetas y que a veces es patente cómo la mano huesuda del titiritero las gobierna ante nuestros ojos..., también lo es que resulta difícil encontrar otros libros del mismo tipo en los que se respire una atmósfera tan inconfundible de leyenda. Seguiré con Dumas.

Alexandre Dumas. Ascanio (1843). Mataró: Ediciones de Intervención Cultural, 2006; 392 pp.; trad. de Emilio Hernández Valdés; ISBN: 84-96356-64-7.

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martes, 11 de julio de 2006

En ciertos sentidos se puede calificar Hacia el norte, de Donna Jo Napoli, de novelita «ejemplar» de mucha LIJ actual.

El protagonista es un chico de doce años llamado Alvin, bajito, listo, sobreprotegido por su madre. En clase les encargan un trabajo sobre un afroamericano famoso y Alvin elige a Matthew Henson, un explorador del Polo Norte del equipo de Peary al que, según se nos dice, no se le dio todo el reconocimiento que merecería. El chico, harto de los temores de su madre, estudia bien cómo llegar a los lugares que frecuentó Henson, se lleva el dinero que tenía para comprar una bicicleta, y, con suerte y algunas ayudas, desde Washington consigue llegar a donde viven los «inuit», a quienes también les atrae Alvin por ser el primer chico negro que ven. Un solitario y experto trampero le acoge bajo su protección y, con él, aprende lo necesario para sobrevivir allí. La novela termina con Alvin regresando a casa en junio.

La ejemplaridad está en que todo parece indicar que la novela es un relato preparado para consumo escolar en determinados ambientes y, también, que su confección ha sido apresurada: una buena parte de sus defectos podría corregirse con una elaboración mayor. Es una pena, porque el núcleo del relato está bien: las descripciones de la vida en el Ártico y la información sobre la vida de Henson y las costumbres de los inuit. Pero, además de otras cosas, se debería haber justificado mejor que Alvin haga el viaje que hace, llegue al Ártico y viva varios meses allí, oculto de todos; y el final no debería cortarse abruptamente diciendo, sin más, que Alvin regresa.

Donna Jo Napoli. Hacia el norte (North, 2004). Barcelona: Destino, 2005; 277 pp.; col. La isla del tiempo; trad. de Isabel Campos Adrados; ISBN: 84-08-05765-0.

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lunes, 10 de julio de 2006

Gumer y la piedra de fuego
es un álbum que sigue la estela de los anteriores de su autor, el ilustrador suizo Marcus Pfister: también en él usa el recurso de colocar un objeto cuyo brillo atrae. Cuando el ratoncito Gumer encuentra una piedra maravillosa, que da luz y calor, todos sus congéneres tienen entonces el mismo deseo de poseer piedras semejantes, y a partir de ahí la historia se bifurca en dos, físicamente también: las hojas del álbum están cortadas en dos y las de la mitad inferior siguen una rama de la historia que habla directamente de generosidad y de un estilo vital ecológico, podríamos decir; las de la mitad superior hablan de lo mismo pero en negativo: de las consecuencias de la codicia... Una curiosidad: en castellano el protagonista y el anciano sabio se llaman Gumer y Matusalén, en la versión inglesa Milo y Balthazar, en la francesa, Justine y Barnabé, en la alemana Mats y Balthasar.

Marcus Pfister. Gumer y la piedra de fuego (Milo and the Magical Stones, 1997). Irún: Alberdania, 2005; 26 pp.; trad. de Lola Erkizia; ISBN: 84-96310-83-3.

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domingo, 9 de julio de 2006

Andréi Tarkovski:
«El problema de la palabra presente o ausente se encuentra reiteradamente en mis películas. Eso es así porque la palabra, ese don que hemos recibido, tiene un poder absolutamente extraordinario: puede convertirse en fuente de acciones hermosas o perversas. Pero hoy ha perdido casi todo su valor. El mundo está lleno de charlatanes. En eso que llamamos información, de la que decimos estar necesitados —la radio y la televisión—, en los comentarios continuos, en la infinidad de periódicos, en todo eso podemos echar en falta un punto de vista fundamental. Muchos suponen que el hombre debe saber toda suerte de cosas, tener todo tipo de información, pero en verdad no tiene de ello ninguna necesidad desde el punto de vista del conocimiento, son perfectamente inútiles. Pero moriremos atormentados por el ruido de este parloteo informativo».

Rafael Llano. Andréi Tarkovski: vida y obra, volumen 2.

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sábado, 8 de julio de 2006

Alejandro Llano: «Según Platón, el bien no tolera las apariencias. Sólo se alimenta de realidades. Nunca basta con parecer excelente: hay que serlo de verdad. Porque una excelencia fingida constituye en moral un contrasentido. No así en el arte».

Alejandro Llano. La vida lograda (2002). Barcelona: Ariel, 2003, 2ª impr.; 208 pp.; col. Filosofía; ISBN: 84-344-1232-2.

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viernes, 7 de julio de 2006

En la misma línea de rigor a la hora de confeccionar una biografía, como la mencionada de Muriel Spark sobre Mary Shelley, traigo aquí un comentario al paso que hace Evelyn Waugh en el rico retrato que hace de su amigo Ronald Knox, un converso del anglicanismo que llegó a ser capellán católico en Oxford, autor de muchos libros y de traducción inglesa más leída de la Biblia en las últimas décadas. Contando la última etapa de su biografiado comenta un irónico Waugh: «Ahora que sabemos con certeza que aquellos diez felices años vividos en Mells iban a ser los últimos, tal vez se pudieran contemplar como bañados por una luz otoñal. (...) Pero él nunca los consideró de este modo».

Evelyn Waugh. Ronald Knox (The life of Ronald Knox, 1959). Madrid: Palabra, 2005; 372 pp.; col. Ayer y hoy de la historia; trad. de Gloria Esteban Villar; ISBN: 84-8239-949-7.

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jueves, 6 de julio de 2006

La cita de Lincoln del pasado domingo no fue casualidad sino una preparación del terreno para comentar Ángeles Asesinos, la extraordinaria novela sobre la Guerra Civil norteamericana de Michael Shaara. Más madera para los que, como Lincoln y el coronel Chamberlain, piensen que la libertad no es sólo una palabra. Gran acierto la ilustración de portada de Howard Pyle.

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miércoles, 5 de julio de 2006

Cuando uno recibe un libro que acaba de publicar y, todo contento, lo abre, existe un noventa por cien de posibilidades de ver una errata o de descubrir un descuido especialmente molesto. Me ha pasado ya varias veces y he comprobado que a otros también les ha ocurrido lo mismo. Menos mal que una página web permite remediarlo rápido e incluso mejorarlo: aquí está una versión ampliada de la voz de Edgar Allan Poe.

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martes, 4 de julio de 2006

Las novelitas escolares para primeros lectores son, por su misma lógica, limitadas. Los problemas que se plantean son siempre los mismos, las anécdotas que suceden son parecidas, las conclusiones que se obtienen casi no varían entre uno u otro relato. Por tanto, a mi modo de ver, un autor debe ser consciente de lo que importa en ellas: la naturalidad y la cercanía (pero sin caer en la ordinariez), que tengan gracia (pero que no intenten tener demasiada), que estén bien escritas (pero sin pretensiones poéticas o estructurales fuera de lugar), que transmitan algo positivo (pero sin énfasis ni lecciones sobreañadidas)... Y debería ser consciente de que, al menos a un lector adulto como yo, le provocan una gran desconfianza e incluso irritación que haga chistes fáciles o que caiga en ciertas complicidades con el niño (al ponerse demagógicamente de su parte), o con el adulto (al decirle justo lo que desea oír para que desee comprar el libro al chico).

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lunes, 3 de julio de 2006

Entre los libros para los más pequeños pocos tienen la calidad de los que firma Dick Bruna y que protagoniza Miffy (Nijntje en el original holandés, Miffi en inglés). Su serie, que comenzó en los años 60, fue pionera en el uso del formato pequeño y cuadrado, en esos libros que, por su tamaño y por su calidez, facilitan que un niño se encariñe con ellos como con un juguete. Con la categoría de su trabajo, Bruna dejó claro, también, qué libros para los más pequeños merecen el calificativo de clásicos y son un lujo en cualquier biblioteca.

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domingo, 2 de julio de 2006

Escrupuloso como no suelen serlo los políticos, Abraham Lincoln dijo en su mensaje anual al Congreso del año 1862: «La ocasión está llena de dificultades y hemos de estar a la altura de la ocasión. Como nuestro caso es nuevo, hemos de pensar de nuevo y actuar de nuevo. Hemos de liberarnos a nosotros mismos y entonces salvaremos a nuestro país». Y, comentan los editores de estos discursos, que «liberar», según el diccionario del doctor Johnson y por tanto la mente de Lincoln, es un término shakespeariano que significaba tanto restaurar la libertad como liberar de la esclavitud.

Abraham Lincoln. El Discurso de Gettysburg y otros escritos sobre la Unión. Madrid: Tecnos, 2005; 264 pp.; col. Clásicos del pensamiento; estudio preliminar, traducción y notas de Javier Alcoriza y Antonio Lastra; ISBN: 84-309-4247-5.

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sábado, 1 de julio de 2006

«Los prejuicios, como los cuerpos olorosos, tienen una doble existencia, sólida y sutil al mismo tiempo: sólidos como las pirámides, sutiles como el vigésimo eco de un sonido o como el recuerdo de unos jazmines que en otro tiempo llenaron de aroma la oscuridad».

George Eliot. Middlemarch.

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