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Notas de julio de 2008 :: bienvenidosalafiesta ::    
bienvenidos a la fiesta
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jueves, 31 de julio de 2008

Cuando Chesterton publicó su biografía sobre Dickens provocó una nueva consideración del escritor victoriano hasta el punto de que un editor decidió volver a publicar nuevas ediciones de todos sus libros e invitó a Chesterton a prologarlos. Con el paso del tiempo, los especialistas en Dickens consideran que la mejor obra que se ha escrito sobre él sigue siendo la de Chesterton. Para la mayoría de los lectores de Chesterton, también sigue siendo esta su biografía más conocida, algo lógico pues Dickens es un autor tan popular que se pueden contrastar las propias opiniones con las del libro y darse cuenta de qué acertados son sus juicios. Y para quien desee hacerse cargo de cómo Chesterton va siempre a la busca del núcleo de la obra y la personalidad de su biografiado, es una buena recomendación la de comenzar por esta obra.

Aspectos que se destacan en ella están en el comentario que hay en esta página web a las novelas de Dickens: su talento para crear personajes secundarios inolvidables, su capacidad de conmover y de divertir al mismo tiempo, su conexión total con la gente común, etc. En cuanto a su personalidad, Chesterton señala que lo esencial en su carácter era «que el sentido común iba unido con una sensibilidad descomunal», pero eso se precisa bien: «por sentido común entendemos una sensibilidad debidamente repartida en todas las direcciones normales, mientras que sensibilidad viene a significar la receptividad especializada en una sola dirección. Y aquí está la inconveniencia, porque la sensibilidad en sí no es lo malo, sino la especialización; esto es, la falta de sensibilidad para todas las demás cosas. (...) A este equilibrio de las sensibilidades es a lo que llamamos sentido». Esa capacidad de conectar de lleno con las emociones de la gente justifica que Chesterton hable de Dickens como de «un conductor de multitudes» que «consiguió lo que quizá no haya logrado verdaderamente ningún estadista inglés: levantar al pueblo». A eso le ayudó mucho también su talante positivo: para Dickens «el optimista es mucho mejor reformador que el pesimista; el que está persuadido de que la vida es excelente es el que más la modifica».

Como en todas las biografías que firma Chesterton, también en esta sitúa históricamente al autor, contrasta sus méritos con los de otros escritores, y hace muchas observaciones literarias luminosas. Ese modo de plantear la crítica, no tanto de observar los defectos o los trucos del autor como de atender a su mundo interior y al de su público, sirve para dar al lector una perspectiva más justa. Por otra parte merece ser destacado una vez más que a Chesterton le gusta incidir en la condición de hombre común de sus biografiados, y en que su éxito se debe también a que son hombres que sufren y se alegran como los demás pero, eso sí, saben expresar luego esos sentimientos con un gran talento poético: es significativa la frase de que «Dickens permanecerá como señal imperecedera de lo que ocurre cuando un gran genio de las letras tiene un gusto literario coincidente con el del común de los hombres».

G. K. Chesterton. Charles Dickens (1906). Valencia: Pretextos, 1995; 210 pp.; trad. de Emilio Gómez Orbaneja; ISBN: 84-8191-052-X.

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miércoles, 30 de julio de 2008

Otro personaje de Goscinny, en este caso junto con Jean Tabary, fue Iznogud, un político inolvidable.

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martes, 29 de julio de 2008

Un álbum muy especial, de hace años, que trata de sentimientos adultos: Cuaderno de una espera, de Arcadio Lobato y Lourdes Huanqui. De paso aprovecho para recomendar El valle de la niebla, un álbum excelente del mismo ilustrador, actualmente descatalogado en castellano pero no en inglés, como se puede ver a la derecha.

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lunes, 28 de julio de 2008

Siguiendo con una posible ordenación de los álbumes por edades, en las notas no hago secciones temáticas para los álbumes de primeros lectores y de lectores niños, pues esas divisiones ya figuran en los listados por edades y, además, esa separación es difícil de calibrar por más que algunos relatos toquen temas correspondientes sobre todo a esas edades.

Luego, dejando de lado aquellos que requieren conocimientos que normalmente no están al alcance de una mayoría de niños —por ejemplo, históricos como Rosa Blanca o artísticos como Las plumas del dragón—, donde sí hago grupos especiales relacionados con la edad es en los álbumes que, por distintas razones, valoran especialmente los adultos.

Unos son los satíricos cuyos principales destinatarios son sobre todo los educadores, como Ahora no Fernando. Otros son los posmodernos que contienen guiños irónicos o referencias directamente adultas, como El soldadito de plomo. Otros son los que reflejan emociones de adulto, como el El hilo de la vida.

Y otros, que pueden ir en la sección anterior pero que también podrían tener sección propia, son los que tratan sobre los sentimientos propios de padres y madres, sobre todo de madres. Un ejemplo es La mejor familia del mundo pero también los de Jane Dyer, Te quiero, niña bonita, sobre la adopción, o Siempre pienso en ti, sobre el afecto madre-hijo: tal vez algo blandos pero que consiguen en muchos casos hacer temblar el corazón...

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domingo, 27 de julio de 2008

En su pormenorizado análisis del libro del Génesis, después de comentar el relato del Paraíso y la Caída, Gerhard von Rad indica: «Nada tan sorprendente como la reserva, la sobriedad, la frialdad de la historia bíblica si se la compara con los exuberantes y chillones colores de los mitos de otros pueblos. Todo este relato apunta a la vida postparadisíaca —la mujer, el padre, la madre, los animales, la labranza, la fatiga, el parir—, y no a cosas remotas y pasadas. En ningún pasaje se permite el narrador descripciones de corte mitológico».

Gerhard von Rad. El libro del Génesis (Das erste Buch Mose. Genesis, 1972). Salamanca: Sígueme, 1988, 3ª ed.; Col. Biblioteca de Estudios Bíblicos; trad. de Santiago Romero; ISBN: 84-301-0459-3.

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sábado, 26 de julio de 2008

En La Razón Creativa, un estudio filosófico sobre la creatividad siguiendo las aportaciones del filósofo norteamericano Charles S. Peirce (1839-1914), hay un apéndice titulado La educación creativa que tiene un público potencial mucho mayor del propio de un libro así. En él Sara Barrena se propone mostrar algunas conclusiones prácticas de lo que ha desarrollado en el libro e indicar cómo habría de ser una educación que forme personas verdaderamente creativas, con capacidad de abducir (razonar creativamente), de atención, de detectar los problemas, de tomar decisiones, de trabajar en comunidad, de ver la ciencia y el saber como algo vivo... «No se trata de tener a los alumnos haciendo ejercicios para fomentar la creatividad, como decirles que tiene que pensar qué estarían hablando entre sí el cuchillo y la mantequilla, o describir qué sentiría una carta viajando por el correo (tomo ejemplos de la vida real) sino de enseñar lo que hay que enseñar de forma creativa, de mostrar a los alumnos en qué situaciones pueden emplear una lógica diferente, abductiva, para resolver un problema real, cómo pueden crear y evaluar posibilidades».

Sara Barrena. La Razón Creativa. Crecimiento y finalidad del ser humano según C. S. Peirce (2007). Madrid: Rialp, 2007; 318 pp.; col. Vértice; ISBN: 978-84-321-3660-3.

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viernes, 25 de julio de 2008

José Jiménez Lozano:
 «Hay una industria cultural que decide según el espíritu del tiempo, el espíritu del pueblo, que es decir según intereses políticos por un lado, y comerciales por el otro; y esa industria tiene todo el poder, prestigia y borra de la existencia, y, desde luego, reparte basura y desechos, haciendo creer además a las gentes que se las está descubriendo un mundo».

José Jiménez Lozano, en el prólogo-coloquio a la recopilación de relatos de Flannery O´Connor titulada Un encuentro tardío con el enemigo. Madrid: Encuentro, 2006; 340 pp.; col. Literatura; trad. y notas de Gretchen Dobrott; prólogo-coloquio de Guadalupe Arbona con José Jiménez Lozano; ISBN: 84-7490-782-9.

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jueves, 24 de julio de 2008

Chesterton
no estudió literatura sino arte y sus primeros artículos fueron sobre crítica de arte. No es por tanto extraño que dedicara su segundo ensayo biográfico al pintor y escultor George Frederick Watts (1817-1904), tal vez el artista más apreciado en Inglaterra en las décadas finales de la época victoriana. El libro no está traducido al castellano: aunque uno de sus tramos significativos está en la recopilación de textos titulada Correr tras el propio sombrero eso no da idea de su contenido global.

En su obra Chesterton hace referencias a su modo particular de abordar esta y sus otras biografías: que las pequeñeces de la vida de su héroe le importan poco pues sus virtudes públicas son más significativas que sus debilidades privadas, y que le interesa desvelar qué creía el autor y por qué actuó como lo hizo. En cuanto a su estructura, contrariamente a lo que había hecho en su biografía sobre Browning y a lo que haría en sus biografías posteriores, no dividió el libro en capítulos que orientaran al lector dando a cada uno el título de una época o de un aspecto del biografiado, pero sí trata con orden distintos aspectos: el espíritu de la época victoriana, las ideas de Watts, su trabajo como pintor, como escultor, como retratista, etc.

En primer lugar apunta que, como todos los grandes victorianos, Watts era un hombre seguro de tener razón, que creía que las verdades abstractas son los principales asuntos de los que debe ocuparse un hombre, que tenía un gran afán didáctico y que practicaba una especie de utilitarismo cósmico, es decir, que consideraba que cualquier cosa que se pudiese llamar arte o filosofía tenía relación con un bien de carácter general. Chesterton indica que intentaba llegar, con sus obras, a las mismas grandes realidades que abordan la literatura y la filosofía, y de ahí también sus pinturas como alegorías, muy populares en su época y verdaderamente singulares. Y, tanto en esos casos como cuando habla de su condición de retratista, pues pintó cuadros de todos los victorianos famosos —Browning, Carlyle, William Morris, Matthew Arnold, el cardenal Manning, John Stuart Mill...—, Chesterton subraya su talento para dar con algo verdaderamente nuclear, de su tema o de la personalidad del retratado. Así, por ejemplo, en su alegoría del comercio Watts no pinta una gran institución sino «la visión de un gran apetito»: su cuadro no habla del Comercio como tal sino de lo que nuestra sociedad llama y entiende como Comercio, el insaciable dios del dinero, Mammon.

Chesterton alaba su ambición de intentar que sus cuadros fueran inteligibles no sólo en su época sino siempre; señala con agrado que Watts unía esa gran ambición artística con una modesta consideración de sí mismo, como lo prueba «el espléndido hecho de que por tres veces rehusase recibir un título»; y también advierte al lector que no se deje atrapar por los elogios que rinde a Watts pues, con todo, hay diferencia entre las intenciones de Watts y sus obras pictóricas, no siempre brillantes.

Una de las citas más famosas de Chesterton está en este libro: «la nueva escuela de arte y pensamiento se viste a sí misma con aires audaces y profiere blasfemias como si fuera necesario ser valeroso para decir una blasfemia. Hay una sola cosa que requiere valentía y es la de afirmar la verdad obvia». Frase que, años más tarde, Orwell transformaría en aquello de que nuestros tiempos son de tal naturaleza que afirmar lo obvio se ha convertido en el primer deber de cualquier persona inteligente

G. K. Chesterton. G. F. Watts (1904). Edición en castellano en Sevilla: Espuela de Plata, 2011; 208 pp.; col. Literatura universal; prólogo de Jaime García-Máiquez; trad. de Aurora Rice; ISBN: 978-84-15177-08-1.

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Goscinny, Lucky Luke y Morris.
miércoles, 23 de julio de 2008

Después de Astérix es el turno de introducir a Lucky Luke, el personaje creado por Morris, cuyas mejores historias, las contadas por Goscinny, componen una parodia completa y desternillante de las aventuras del Oeste.

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martes, 22 de julio de 2008

Otro buen relato de un caballo extraordinario con una estrella de cinco puntas en la frente: Danko, el caballo que conocía las estrellas, de José Antonio Panero.

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lunes, 21 de julio de 2008

Una segunda forma global de ordenar los álbumes es por edades. Aunque a muchos les parece la clasificación más neta también abundan quienes, como yo, piensan que es la menos obvia.

Entre los álbumes a los que sí podemos asignar edades claras están muchos dedicados a prelectores. Ejemplos típicos son los abecedarios o los álbumes sobre números, aunque a veces sea evidente que los autores buscan otro público y, quien tenga como único propósito el de enseñar las letras y vocabulario a los niños, puede ganar tiempo y ahorrar dinero usando libros sin sofisticación gráfica e imaginativa, aunque perderá otras cosas. Otro grupo claro de álbumes para prelectores lo forman muchos tipo «bedtime», entre los que a su vez se pueden distinguir los que son de tipo ritual —por ejemplo Buenas noches luna o Cierra los ojos—, o los que simplemente son una historia para contar antes de dormir —como el supergracioso Buenas noches Gorila, de Peggy Rathman—.

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domingo, 20 de julio de 2008

Incluyo en la página web el artículo El papel educativo de los relatos infantiles, que nació a partir de un comentario que me hicieron en un coloquio. En definitiva se trata, creo yo, de usar cada cosa según su función propia, las llaves inglesas como llaves inglesas y los martillos como martillos.

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sábado, 19 de julio de 2008

El comentario de hace unos días de Flannery O’ConnorPara comprender la literatura presente— puede unirse al de Gerard Genette acerca del alumno al que preguntan si ha leído Madame Bovary y responde «No personalmente», es decir, «no, pero tengo un amigo que ha visto la película».

Gérard Genette. La obra del arte (1996). Barcelona: Lumen, 1997; 310 pp.; col. Palabra crítica; trad. de Carlos Manzano; ISBN: 84-264-2373-6.

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viernes, 18 de julio de 2008

Un buen relato español de amor juvenil: Helena o el mar del verano, de Julián Ayesta. Además, también da idea de la diferencia entre un bachillerato de antes y uno de ahora...

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jueves, 17 de julio de 2008

La biografía que Chesterton dedicó a Robert Browning, su primer libro importante, fue un encargo de un editor a quien le habían gustado los poemas y ensayos que había publicado antes. Fue recibida con elogios por la prensa y por los críticos, que apreciaron en ella una voz propia que habría que tomar en serio en adelante, por los conocimientos literarios que demostraba y por el atrevimiento de sus enfoques. Leída hoy, es un modo de comprender al mismo Chesterton: en su Autobiografía dijo que con este libro expuso muchos puntos de vista suyos sobre la libertad, la poesía, el optimismo, la esperanza, etc. Además, algunas cualidades que Chesterton atribuye a Browning se parecen sospechosamente a las suyas: memoria como la biblioteca del British Museum, un don particular para detectar la poesía de las historias policiacas, etc.

Al comienzo de su obra, Chesterton hará la observación, que luego desarrollará más en su biografía de Chaucer, de que un biógrafo es como un detective que busca descubrir la verdad. Así, dice que Browning parecía pedante pero en realidad no lo era y siempre fue una persona natural: no era oscuro «a causa de «su orgullo, sino a causa de su humildad. No era ininteligible porque sus pensamientos fueran vagos, sino porque eran obvios para él»; y lo explica así: «El hombre intelectualmente engreído no se hace a sí mismo incomprensible, porque está tan enormemente impresionado por la diferencia que existe entre la inteligencia de sus lectores y la suya, que les habla con esmerada repetición y lucidez».

En lo que se refiere a la obra de Browning, además de detallar sus logros y fracasos en los poemas que escribió, subraya su afán de probar siempre lo más difícil, de intentar las métricas más raras para llegar a dominarlas. A Browning «le importó la forma más que a ningún otro poeta inglés le importó jamás. Siempre estaba tejiendo, modelando e inventando formas nuevas. Entre todos sus poemas, de doscientos a trescientos, apenas sería una exageración decir que la diversidad de métricas asciende a la mitad de los poemas». Así como hay otros grandes poetas que se sentían «satisfechos de usar formas viejas, mientras tuviesen la seguridad de que sus ideas eran nuevas», Browning no: «en cuanto tenía una idea nueva, trataba de construir una nueva forma para expresarla». Y es que Browning, dice Chesterton, amaba su trabajo y sus herramientas mucho más que la recompensa que obtenía del trabajo; era una persona interesada en el arte como algo vivo: deseaba saber cómo están hechas las cosas y, por eso, hablaba mucho con los artistas del oficio de artista pues pensaba que «hay ciertas cosas que sabe un pintor de quinta categoría y que no sabe un crítico de primera categoría».

Pero la finura en el análisis de Chesterton no está sólo en colocar a su biografiado en su marco histórico y en las acertadas comparaciones con otros autores que presenta: también se nota en las observaciones en que matiza con cuidado qué críticas tienen lógica y cuáles no. Así, dice: «Un hombre publica una serie de poemas vigorosos, sorprendentes y únicos. Los críticos los leen, y deciden que ha fracasado como poeta, pero que es un filósofo notable y un lógico. Luego proceden a examinar su filosofía y muestran que no es filosófica, y examinan su lógica y muestran con gran triunfo que es ilógica, pero “transcendental e inepta”. En otras palabras, primero se denuncia a Browning por ser un lógico y no un poeta, y luego se le denuncia por insistir en ser un poeta cuando se ha decidido que ha de ser un lógico». O bien, como se dice que Browning es, a veces, grosero en sus obras, Chesteron aclara que tal grosería «siempre la emplea para expresar cierta furia saludable y cierto desprecio hacia las cosas enfermizas, egoístas o indignas. El poeta parece tener la impresión de que hay algunas cosas de las que sólo puede hablarse con palabras de muladar»; y continúa: «Browning siente, y tal vez en cierto modo justamente, que lo mejor que podemos hacer con un sentimiento esencialmente bajo es despojarlo de sus afectaciones y declararlo con bajeza, y que el barro de Chaucer es mejor que el veneno de Sterne».

Chesterton explica que la concepción de Browning del universo puede expresarse a partir de la fábula de los cinco ciegos que fueron a visitar a un elefante, y uno piensa que toca un árbol, otro que toca una serpiente, otro una pared, y el que toca la cola una cuerda, y que toca el colmillo una especie de sable... Mientras «para el artista impresionista de hoy no somos ciegos que andan tientas en torno a un elefante sino maniáticos aislados en celdas separadas y soñando con árboles y serpientes sin razón y sin resultado» Browning creía que el elefante es un elefante y allí estaba sin lugar a dudas. Este modo de ver la realidad se complementa, en el caso de Browning, y en el de Chesterton, con el optimismo vital de quien sabe que «la existencia es una cosa buena que —como la digestión— a veces anda mal».

En el texto abundan ese tipo de frases características de Chesterton por lo gráficas y por lo contundentes, como cuando habla de Browning como de un hombre «belicosamente orgulloso de sus amigos», un hombre con «lujuria de lealtad». Eso sí, cuando aplica su entusiasmo a mundos que no conoce tan bien como el inglés puede resbalar un poco, como se aprecia en los elogios exagerados a Garibaldi, Mazzini o Cavour.

G. K. Chesterton. Robert Browning (1903). En Obras completas, volumen IV. Barcelona: Plaza & Janés, 1962; de la p. 7 a la 183 de 1261 pp.; trad. de Simón Santainés. Nueva edición en Sevilla: Espuela de plata, 2010; 232 pp.; col. Clásicos y modernos; trad. de Vicente Corbí; ISBN 13: 978-84-96956-54-4.

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miércoles, 16 de julio de 2008

Esperaba más de René Goscinny: Los primeros pasos de un guionista genial, un resumen de la vida de Goscinny centrado en su faceta de dibujante, la que intentó en sus años jóvenes. También apunta los datos de su carrera posterior como editor y guionista para subrayar su genialidad en ambos apartados, pero es un aspecto que prácticamente no se trata. En cualquier caso está bien, también porque ayuda a darse cuenta de que una parte de su talento como editor y guionista procedía de su conocimiento de todos los aspectos del trabajo de confección de un cómic.

En las próximas semanas iré poniendo los comentarios a sus personajes de cómic. Empiezo por los veinticuatro álbumes de Astérix que firmó y los cuelgo de la voz del dibujante, Albert Uderzo.

Aymar du Chatenet y Christian Marmonier. René Goscinny: Los primeros pasos de un guionista genial (La première vie d'un scénariste de génie, 2007). Barcelona: Norma, 2007; 300 pp.; trad. de Lucía Bermúdez; rotulación de Joan Moreno; ISBN: 978-84-9847-262-2.

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martes, 15 de julio de 2008

Maurice Sendak
contribuyó con sus ilustraciones al encanto de los relatos de Meindert Dejong, una de cuyas novelitas, La colina que canta, es sobre un niño y un caballo, y otra, ...Y entonces llegó un perro, obviamente sobre un perro, pero un tanto especial.

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De A Hole is to Dig.
lunes, 14 de julio de 2008

Aunque no se refleje así en las secciones temáticas, también cabría preparar una historia de los álbumes siguiendo el hilo de los autores que consideramos decisivos, debido no a un álbum particular sino al conjunto de su trabajo en el terreno particular de los álbumes. Ya he citado a Leo Lionni, Eric Carle, John Burningham, Anthony Browne o Chris Van Allsburg, entre otros. Sin embargo, si hubiera que mencionar al autor clave casi todo el mundo estaría de acuerdo en dar un nombre: Maurice Sendak. Y ya, de paso, habría que hablar también de Ruth Krauss, esposa de Crockett Johnson y autora de álbumes históricos con su marido y con Sendak, entre otros ilustradores.

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domingo, 13 de julio de 2008

Comentando la escena del Génesis en la que Adán pone nombre a los animales (2, 19-20), Gerhard von Rad dice: «El centro de gravedad del pasaje no está en la invención de vocablos sino en esa íntima apropiación cognoscente e interpretadora que se produce en el lenguaje. Resulta muy interesante ver cómo aquí el lenguaje no es considerado un medio de comunicación sino una capacidad de orden espiritual con cuya ayuda ordena el hombre conceptualmente el ámbito de su vivir. Hablando concretamente: si el hombre dice “buey” no sólo ha inventado la palabra “buey”, sino que además ha entendido como “buey” tal o cual criatura y la ha insertado como su auxiliar en el mundo de sus nociones y en el marco de su existencia».

Gerhard von Rad. El libro del Génesis (Das erste Buch Mose. Genesis, 1972). Salamanca: Sígueme, 1988, 3ª ed.; Col. Biblioteca de Estudios Bíblicos; trad. de Santiago Romero; ISBN: 84-301-0459-3.

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sábado, 12 de julio de 2008

«El alumno está rodeado por todas partes de las realidades de su tiempo, pero carece de perspectiva desde la que mirarlas. Como la universitaria que escribió en un trabajo sobre Lincoln que éste fue al cine y le pegaron un tiro, muchos estudiantes entran en la universidad sin saber que el mundo no se hizo ayer. Sus estudios empiezan en el presente y no se sumergen en el pasado más que esporádicamente, cuando parece necesario o inevitable». Por tanto, anima Flannery O’Connor a los profesores, intentad que el alumno «llegue a la literatura contemporánea con esta experiencia [de la literatura del siglo XIX] a sus espaldas, y estará mucho más capacitado para ver y abordar las exigencias más complicadas de la mejor literatura del siglo XX».

En otro momento de la misma conferencia dice: «El profesor de letras de secundaria cumplirá con su responsabilidad si proporciona al alumno la oportunidad de guiarle, a través de la mejor literatura del pasado, hasta la comprensión de la mejor escritura del presente, con el tiempo. Enseñará literatura, no estudios sociales, ni pequeñas lecciones de democracia, ni las costumbres de otras tierras. ¿Y si el alumno no lo encuentra de su gusto? Bien, lo lamentaremos. Infinitamente. Pero no debe tenerse en cuenta su gusto: se está formando».

Flannery O’Connor. «La literatura en el instituto», Misterio y Maneras (Mystery and Manners, 1969). Madrid: Encuentro, 2007; 236 pp.; col. Literatura; edición de Guadalupe Arbona, trad. y notas de Esther Navío; ISBN: 978-84-7490-894-7.

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viernes, 11 de julio de 2008

En 1902 Chesterton publicó Twelve Types, breves ensayos acerca de Charlotte Brontë, William Morris, Byron, Pope, Francisco de Asís, Rostand, Carlos II, Stevenson, Carlyle, Tolstoi, Savonarola y Scott. Amplió su obra en 1908, titulándola esta vez Varied Types, con nuevos comentarios esta vez acerca de Bret Harte, Alfredo el Grande, Maeterlinck, Ruskin, la reina Victoria, el emperador alemán, Tennyson y Elizabeth Barrett Browning.

En algunos casos, los comentarios tuvieron origen en alguna biografía o estudio sobre uno de esos autores que a Chesterton le parecía desenfocado. En otros dedicaba atención al tema debido a un suceso reciente, como la muerte de la reina Victoria, o a un aniversario. Queda como permanente el talento de Chesterton para ir al núcleo de la obra de su biografiado o su agudeza para tratar un punto relevante.

De algunos personajes, como San Francisco de Asís y Stevenson, Chesterton publicó más adelante biografías extensas. A otros, como Charles II y Alfredo el Grande, dedicó espacio en su posterior Historia de Inglaterra. De los restantes ingleses habló de nuevo en su obra sobre la época victoriana, pero también los mencionó con generosidad en las biografías de Browning, Watts, Dickens y Stevenson. De Bret Harte, Rostand, Tolstoi, Savonarola y Maeterlinck, trata sólo algún aspecto que le interesa, bien para mostrar su acuerdo o bien para mostrar su desacuerdo, como con la propuesta de Tolstoi de «volver a la naturaleza».

De momento sólo apunto aquí cómo, a propósito de Edmond Rostand y su Cyrano de Bergerac (1897), Chesterton responde a quienes tienen dificultades para sobrellevar una obra en la que los personajes hablan en verso. Con una traducción muy libre dice: «Es un gran error suponer que hablar poéticamente o en verso es un modo antinatural de hablar. Al contrario, todos deberíamos hablar así en los momentos más intensos de nuestra vida y, si no lo hacemos, es porque nuestra capacidad de manejar el lenguaje es muy deficiente. Las canciones no son una forma de hablar más angosta o artificial sino que, al contrario, son las conversaciones cotidianas las que son un modo de cantar fracturado y tartamudeante. Cuando vemos a los personajes de Cyrano de Bergerac hablando en verso no estamos oyendo nuestro lenguaje disfrazado o distorsionado sino nuestro lenguaje perfeccionado y completo».

G. K. Chesterton. Twelve Types, (1902); Varied Types (1908). Edición, en castellano, titulada Tipos diversos, en Sevilla: Espuela de Plata, 2011; 184 pp.; col. Clásicos y modernos; trad. de Victoria León; ISBN: 978-84-15177-22-7.

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jueves, 10 de julio de 2008

Comenzaré mañana una serie de reseñas o comentarios sobre las diez biografías, más bien ensayos biográficos, que publicó Chesterton. Con excepción de la de Blake, que ya puse hace tiempo, las iré colgando por orden cronológico, una cada semana. Además, incluiré otras tres obras que reúnen perfiles de distintos personajes: Varied Types, The Victorian Age of Literature, —dos libros no traducidos pero disponibles en la red—, e Historia de Inglaterra.

En mi opinión las mejores son las literarias —Browning, Dickens, Stevenson, Chaucer—, y las que me convencen menos son las de Francisco de Asís y Tomás de Aquino. Algunas las he leído después de conocer buena parte de la obra de los biografiados —Dickens, Stevenson, Blake—, otras me han llevado a conocerla —Browning, Chaucer—, y otras me han servido para conocer mejor a Chesterton —Watts, Shaw, Cobbett—.

En general, todas son útiles no sólo para conocer cosas del biografiado sino también porque dan orientaciones para enjuiciar el arte, la literatura, la historia o distintos aspectos de la vida. Con esa intención las he leído y las comento, y no con la de discutir muchos juicios artísticos o literarios de Chesterton, cosa que requeriría un interlocutor más experto.

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miércoles, 9 de julio de 2008

Yakari
,
de Job y Derib, es un personaje de cómic con un caballo extraordinario, un sueño para cualquier niño, de antes o de ahora. Pongo datos de los álbumes que conozco pero hay más.

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martes, 8 de julio de 2008

Un buen relato más sobre caballos: Misty de Chincoteague, de Marguerite Henry.

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Harold and the purple crayon.jpg
lunes, 7 de julio de 2008

Una primera forma de organizar los álbumes es atender a la cronología. Por un lado están los álbumes históricos: aquellos que, siendo anteriores a 1950 o 1960, sobreviven porque significaron un avance y porque nos siguen gustando. Por otro están los que podemos calificar de hitos por algún motivo: por su modo de tratar un argumento, porque introducen un estilo particular, por la novedad que significaron...; en definitiva, porque podemos colocarlos a la cabeza de muchos otros semejantes. Un álbum histórico y también un hito es Harold and the Purple Crayon, de Crockett Johnson.

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domingo, 6 de julio de 2008

Nicolae Steinhardt:
 «El siglo XX ha visto, además de calamidades, todos los humos del infierno y de la demencia, ha visto que el infierno puede existir, que puede pasar en cualquier momento de lo virtual a lo real. El abismo, las situaciones límites, la angustia salida a la calle y apostada en todas las esquinas le han enseñado al hombre común del siglo XX que el diablo existe y que está cerca de él. Por lo tanto, el siglo XX es el mejor preparado para llegar a ser cristiano.

El cristianismo no es una estupidez melosa. Hay algo que el príncipe Mischkin —el idiota [de Dostoievski]— no es: no es tonto. Lo sabe todo, entiende a todos, conoce el mal como pocos. Pero de ello no saca la conclusión del cinismo, la irresponsabilidad y la desesperanza, sino que deduce la solución de la bondad, de la defensa del derecho de los otros y de la humildad del yo: la triple solución cristiana. La única posible si tenemos dos dedos de frente y si miramos a la realidad de cara».

Nicolae Steinhardt. El diario de la felicidad (Jurnalul Fericirii, 1991). Salamanca, Sígueme, 2007; 634 pp.; trad. de Viorica Patea, Fernando Sánchez Miret y George Ardeleanu; ISBN: 978-84-301-1658-4.

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sábado, 5 de julio de 2008

«La poesía es un vehículo de moral, verdad y belleza, pero el poeta no apunta a esas cosas, sino sólo a la fuerza verbal interna. El poeta en cuanto tal sólo intenta escribir un poema y, por regla general, no es el artista sino el ego del artista, el que se aleja de la obra que le es propia para lanzarse a la zaga de fuegos fatuos seductores». Y sigue Northrop Frye: «La belleza en el arte es como la felicidad en la moral: puede acompañar al acto, pero no puede ser el fin del acto, del mismo modo que uno no puede “buscar la felicidad”, sino sólo algo que pueda darla. Apuntar a la belleza produce, en el mejor de los casos, lo atractivo: la cualidad de belleza representada por la palabra “encantadora”, cualidad que depende de una elección cuidadosamente circunscrita tanto del tópico como de la técnica. Un pintor religioso, por ejemplo, puede producir esta cualidad sólo mientras las iglesias sigan encargando Vírgenes: si una pidiera una crucifixión tendría que pintar, en cambio, la crueldad y el horror».

Northrop Frye. Anatomía de la crítica (Anatomy of Criticism, Four Essays, 1977). Caracas: Monte Avila Editores, 1991, 2ª ed.; 497 pp.; trad. de Edison Simons; ISBN: 980-01-0504-2.

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viernes, 4 de julio de 2008

Novelas o colecciones de relatos que más me han gustado de los últimos meses:

    El vaso de plata. Antoni Marí.
    La otra gente. Pedro Antonio Urbina.
    Trilogía polaca. Henry Sienkiewicz.
    La piel de los tomates. José Jiménez Lozano.
    Michael Kohlhaas. Heinrich von Kleist.

Y libros de no-ficción:

    Misterio y Maneras. Flannery O’Connor.
    El diario de la felicidad. Nicolae Steinhardt.
    La noche quedó atrás. Jan Valtin.
    Diario de un escritor. Fiodor Dostoievski.
    Escolios escogidos. Nicolás Gómez Dávila.
    Sobre arte y literatura. Joseph Joubert.

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jueves, 3 de julio de 2008

Libros infantiles (o reediciones) que más me han gustado en los últimos meses:

    Los guardianes del pasado. P. R. Gomez.
    El árbol de los deseos. William Faulkner.
    No era el único Noé. Magolo Cárdenas.
    Kazan, perro lobo. James Oliver Curwood.

Y juveniles:

    Nocturno. Santiago Herraiz.
    Mimus. Lilli Thal.
    Los chicos de diciembre. Michael Noonan.
    Hood. Stephen Lawhead.
    Cuando Hitler robó el conejo rosa. Judith Kerr.

Y novelas gráficas:

    La invención de Hugo Cabret. Brian Selznick.
    Los hermanos negros. Hannes Binder, basado en la novela de Lisa Teztner.
    Desencuentros. Jimmy Liao.
    El sonido de los colores. Jimmy Liao.

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miércoles, 2 de julio de 2008

Los mejores álbumes para prelectores y primeros lectores que he leído (o releído pues en algunos casos son reediciones) en los últimos meses:

    ¡Oh! y ¡Ah! Josse Goffin.
    Las más bellas historias de Sibylle von Olfers. Sibille von Olfers.
    El zorrito. Georg Hallensleben y Kate Banks.
    Ojobrusco. Maurizio Quarello y Darabuc.
    Lágrimas de cocodrilo. André François
    La mejor familia del mundo. Ulises Wensell y Susana López
    Flicts. Ziraldo.
    ¡Me como esa coma! Emilio Urberuaga y José Antonio Millán.
    Pablo el artista. Satoshi Kitamura.
    Arte. Patrick McDonell.
    El jardín subterráneo. Cho Sunkyung.
    La merienda del señor Verde. Javier Sáez Castán.

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BlytheCantoBall.jpg
martes, 1 de julio de 2008

En la escena de la derecha, un detalle de una de las estupendas ilustraciones del interior de El canto de las ballenas, el lector-espectador queda encandilado por la fascinación de la niña y desea ver lo que atrae tanto su atención: es una forma magnífica de dar a la narración un impulso hacia delante... Pero ese recurso propio del paso de página de los álbumes está en parte desactivado porque la cubierta del álbum había dado antes de tiempo la respuesta.

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martes, 1 de julio de 2008

Comenta Chesterton que las calles en las que vivimos son «abigarradas, de rayas, de puntos, moteadas y a retales como una colcha», pero en ellas «los colores se presentan mal conectados, en una escala equivocada y, por encima de todo, por motivos equivocados».

Y, para explicar esto propone comparar las «gigantescas trivialidades que hay en los anuncios publicitarios con esas minúsculas y tremendas pinturas en las que los medievales registraban sus sueños; pequeñas pinturas donde el cielo azul es algo mayor que un único zafiro y los fuegos del infierno sólo una manchita pigmea de oro. La diferencia aquí no es únicamente que el arte del cartelismo sea por naturaleza más rápido que los manuscritos iluminados; no es siquiera que el artista estuviera sirviendo a Dios, mientras que el artista moderno está sirviendo a los señores. Es que el viejo artista luchaba por transmitir la impresión de que los colores eran realmente cosas significativas y preciosas, como joyas y piedras de talismán. El color solía ser arbitrario, pero era siempre definitivo. Si un pájaro era azul, si un árbol era dorado, si un pez era plateado, si una nube era roja, el artista conseguía transmitir que esos colores eran importantes y casi penosamente intensos; todo el rojo vivo y el oro ardían en el fuego. Ése es el espíritu con respecto al color que las escuelas deben recuperar y proteger si realmente quieren que los niños se interesen o encuentren un placer en él. No es tanto un exceso de color; es más bien, por así decirlo, una especie de ardiente ahorro. (...) Esta es la dura tarea que tienen por delante los educadores en esta cuestión en particular: deben enseñar a la gente a saborear los colores como hacen con los licores. Tienen el difícil trabajo de convertir a los borrachos en catadores».

Y, más adelante, sigue: «El color marrón terroso del hábito del monje se escogía para expresar trabajo y humildad, mientras que el marrón del sombrero del oficinista no se escogió para expresar nada. El monje pretendía decir que se había vestido de polvo. Estoy seguro de que el oficinista no quiere decir que se corona de arcilla». «El armiño blanco quería expresar pureza moral; los chalecos blancos, no». «La cuestión no es que hayamos perdido los matices de los colores, sino que hemos perdido la capacidad de sacarles el mejor partido. No somos como niños que hayamos perdido su caja de colores y nos hayamos quedado sólo con un lápiz gris. Somos como niños que hemos mezclado todos los colores de la caja y hemos perdido el papel de las instrucciones. Aún así (no lo niego), uno se puede divertir».

G. K. Chesterton. «El arco iris roto», Lo que está mal en el mundo (What´s Wrong with the World, 1910). Madrid: Ciudadela, 2006; 208 pp.; col. Ciudadela ensayo; trad. de de Mónica Rubio Fernández, ISBN: 84-934669-7-2.

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