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Notas de julio de 2009 :: bienvenidosalafiesta ::    
bienvenidos a la fiesta
Archivo por temas:
viernes, 31 de julio de 2009

Entre los relatos cuyo narrador es un chico desequilibrado —como Flores para Algernon o El guardián entre el centeno— y que, por tanto, debemos leer con especial atención, no hay que perder de vista Lección de alemán, de Siegfried Lenz.

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jueves, 30 de julio de 2009

Fantasía de aventuras,
de Antonio Sánchez Escalonilla, es un libro dedicado a estudiar las novelas y películas de aventuras en marcos fantásticos.

En la primera parte se analizan las características del género. En la segunda se habla de obras literarias de Barrie, Lewis, Tolkien, Dahl y Rowling. Y en la tercera, la mejor con diferencia, se habla de películas subdivididas con acierto en cuatro secciones: «El misterio del origen», con atención a las primeras películas de Steven Spielberg; «El misterio del destino», centrado en Night Shyamalan y sus obras; «El misterio de la libertad», dedicado a George Lucas y La Guerra de las Galaxias; y «El misterio de la inmortalidad», acerca de Tim Burton y sus películas.

Debo comenzar por decir que cualquiera que, como yo, tenga más interés en los libros que en las películas pensará que faltan referencias literarias importantes, que la inclusión de ciertas obras en ese género concreto es problemática, y que algunas observaciones al paso requerirían más precaución. También pienso que yo no uniría libros y películas en un mismo análisis por razones obvias, más allá de que tenga cierta lógica comparar líneas y recursos argumentales. Luego, tal vez sean demasiadas las novelas y todavía más las películas que se citan al hilo de la exposición: jerarquizaría más el contenido si sólo se citasen obras imprescindibles.

Pero, dicho esto, me parece natural que haya quienes observen los libros en función de las películas posteriores, pues así leen los libros originales tanto quienes las hacen como una mayoría de aficionados al cine. Además, aquí es donde sobresalen los puntos fuertes del libro: el esquema temático del autor para organizar y presentar las distintas aventuras es luminoso y revela un buen trabajo de reflexión detrás; los análisis de películas son excelentes en sí mismos y ganan al ser colocados en un marco más amplio; son clarificadores los diagramas que muestran los andamiajes para la construcción de los guiones de películas.

Antonio Sánchez Escalonilla. Fantasía de aventuras. Claves creativas en novela y cine (2009). Madrid: Ariel, 2009; 402 pp.; ISBN: 978-84-344-1311-5.

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miércoles, 29 de julio de 2009

La perla negra
,
de Scott O’Dell, es una muy buena historia con un protagonista que tenía «un sueño tan loco que tan sólo un hombre muy joven y muy tonto podía tenerlo».

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martes, 28 de julio de 2009

Chitty Chitty Bang Bang
,
de Ian Fleming, se publicó en castellano en los años setenta pero (me parece que) ya no está en el mercado. Es un relato que se puede recordar porque la historia es graciosa, los acentos del narrador son simpáticos, y, dentro de la mini-historia de la literatura infantil, creo que es la primera sobre un coche que vuela.

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JungeSerQuinto.jpg
lunes, 27 de julio de 2009

Ser quinto
,
de Norman Junge y Ernst Jandl es un álbum estupendo: un mini-relato intenso y unas ilustraciones económicas y bien pensadas. Un ejemplo de cómo algunos autores eligen no contar lo que para otros sería el núcleo de la historia y así ponen a trabajar la imaginación del lector-espectador.

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domingo, 26 de julio de 2009

Will Ladislaw, un personaje de Middlemarch, la novela de George Eliot, afirma que «hay muchas cosas en la apreciación del arte que dependen de gustos adquiridos. (...) El arte es un lenguaje muy antiguo con muchos estilos artificiosos y a veces el principal placer que se obtiene surge del hecho mismo de reconocerlos». Dejando de lado que ese placer, como dice el mismo personaje, «está compuesto de muchos hilos diferentes» y también «está ligado en parte al hecho de dedicarse uno mismo a pintarrajear algunas cosas y a tener por ello cierta idea del proceso utilizado», se puede abundar, con Paul Ricoeur, en que el primer componente del placer que nos produce un texto, es el de reconocer. Esa «satisfacción del reconocimiento la construye un autor en su obra de forma que luego la experimenta el lector. A su vez, ese placer del reconocimiento es un fruto del placer que el espectador siente en la composición según lo necesario y lo verosímil. Estos mismos criterios “lógicos” se construyen en la obra y se ejercen por el espectador a la vez». En otro momento Ricoeur explica cómo, en las obras de teatro y por extensión en otras artes visuales, «el placer de aprender pasa por la contemplación». Por eso, si no hay nada que reconocer, si no hay una educación previa que merezca ese nombre, no hay placer posible y, en consecuencia, uno se puede ahorrar insistirles a los niños en la importancia de que lean.

George Eliot. Middlemarch. Un estudio de vida en provincias (Middlemarch. A Study of Provincial Life, 1872). Barcelona: Alba Editorial, 2000; 890 pp.; col. Clásica Maior; trad. de José Luis López Muñoz; ISBN: 84-84280195.
Paul Ricoeur. Tiempo y narración I. Configuración del tiempo en el relato histórico (Temps et Récit. L’histoire et le recit, 1983). Madrid: Cristiandad, 1987; 377 pp.; serie Libros Europa; trad. de Agustín Neira; ISBN: 84-7057-415-9.


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ChestertonUtop.JPG
sábado, 25 de julio de 2009

The Utopia of Usurers,
el único libro de Chesterton que durante su vida no se publicó en Inglaterra sino en Estados Unidos, contiene artículos tomados del Daily Herald que se pueden leer en el contexto del escándalo Marconi. Tanto los nueve que van encabezados por el título del libro, como dos que son poemas, y como los otros diecisiete, son de crítica de los poderosos y de defensa de quienes sufren sus abusos, aunque tampoco se priva de atacar el servilismo de muchos. En su mayoría son ideas que desarrollará más extensamente en Eugenics and other Evils y The Outline of Sanity.

Después de un comienzo en el que Chesterton dice alinearse con los profetas que han anunciado malos augurios, no porque tenga sus dotes sino porque, como ellos, también él hablará enfadado y de cosas que confía en que no lleguen a ser ciertas, va tocando temas conocidos por sus lectores habituales. Dado el hilo conductor, son apropiados para ver de nuevo cómo a veces Chesterton se deja llevar por su espíritu de periodista combativo y enfatiza demasiado argumentos que son sólo de conveniencia o acentúa en exceso lo puramente irónico: por ejemplo, cuando manifiesta su preferencia por los pequeños comercios frente a los grandes por razón de su eficacia; o cuando bromea con el predicador de la eugenesia tan interesado en ayudar a los padres a seleccionar genéticamente a sus hijos pero que no triunfó, ni mucho menos, en escoger a sus propios padres.

Pero, en mi opinión, son defectos que no desmerecen ni su brillantez ni su valentía cuando arremete ferozmente contra quienes dividen a la gente entre quienes están encima y quienes están debajo, y que además tratan lo público como si fuera su propiedad privada («The Mask of Socialism»). O cuando afirma sin pestañear que la gente más ignorante de la Inglaterra moderna está entre la clase más alta, y, especialmente, la clase media alta («The Empire of the Ignorant»). O al explicar sus temores de que la sociedad evolucione hasta la situación en que se permitirá a un hombre fumar en la prisión a la que se la ha conducido precisamente por fumar («The Evolution of the Prison»). O al desmontar el argumento de quienes se jactan de tratar bien a los trabajadores señalando que, sí, los cuidan tan bien como a caballos de carreras pero no les dan más propiedades personales que a los caballos de carreras («The Lash for Labour»). O al señalar formas de practicar «The Art of Missing the Point» (El arte de no ir al grano, podríamos decir) en la vida política y explicar el motivo: «el punto es generalmente un punto agudo que, además, es agudo por ambos lados» y, por tanto, los partidos políticos suelen arreglárselas conjuntamente para evitarlo. O al criticar la pasividad de mucha gente y asegurar que la principal degradación de la clase media es la desaparición del apetito por la libertad («The Dregs of Puritanism», Los posos del puritanismo). O al señalar que la palabra «rebelión» no sirve para el movimiento social que cree necesario, pues haría falta un nombre que declare no que las tiranías modernas son malas sino que son literalmente intolerables («The New Name»).

G. K. Chesterton. The Utopia of Usurers, 1917. Edición en castellano, titulada La utopía capitalista y otros ensayos, en Madrid: Palabra, 2013; 176 pp.; col. Biblioteca Palabra; trad. de Álvaro Gutiérrez Valladares; ISBN: 978-8498408508.

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viernes, 24 de julio de 2009

Para dar más información sobre un maestro como Joseph Roth —después de hablar de sus Cartas y de obras de ambiente judío como Job y El Leviatán—, hablo ahora un poco de novelas en las que retrata el hundimiento del imperio austrohúngaro en las primeras décadas del siglo XX y sus consecuencias sociales y psicológicas. La principal sin duda es La marcha Radetzky, que tiene una especie de secuela en La cripta de los capuchinos, pero a mí me gustan mucho dos relatos cortos sobre lo mismo que son Fuga sin fin y El busto del emperador.

En la primera se cuenta la vida del oficial austríaco Franz Tunda, que cae en poder de los rusos en 1916 y es enviado a un campo de prisioneros a Irkutsk; luego huye de allí junto con un polaco y vive oculto unos años; más tarde se une a un grupo de revolucionarios soviéticos y obtiene un puesto en la nueva administración rusa; y cuando vuelve a Austria y allí se ve también desplazado, decide marcharse a París. En la segunda el protagonista es el conde Morstin, un hombre que no entiende ni acepta de buen grado la disolución del imperio austro-húngaro después de la Gran Guerra, y menos aún la consecuencia de que su pueblo de Galitzia se anexione a Polonia y deje de pertenecer al imperio; por eso pone un busto del viejo emperador Francisco José a la entrada de su casa y sigue saludándolo respetuosamente hasta que las nuevas autoridades le obligan a retirarlo.

Roth muestra que hay momentos históricos en los que mucha gente siente que se queda sin tierra bajo los pies: lo vemos en Tunda, un hombre de treinta y dos años, sano y despierto, joven y fuerte, que se siente sin embargo completamente superfluo y fuera de sitio allá donde va; y en Morstin, un personaje idealista y estrafalario retratado con ternura e ironía, y cuya conducta y opiniones indican también una gran lucidez. Y sus novelas son un ejemplo de cómo presentar el pasado yendo más allá de la nostalgia: buscando las raíces de la mediocridad del presente y de los males que parece depararnos el futuro.

Joseph Roth. La marcha de Radetzky (Radetzkymarsch, 1932).Barcelona : Edhasa, 1989; 348 pp.; col. Narrativas Edhasa; trad. de Arturo Quintana; ISBN: 84-350-0542-9.
Joseph Roth. La cripta de los Capuchinos (Die Kapuzinergruft, 1938). Barcelona: El Acantilado, 2002; 219 pp.; col. Narrativa del Acantilado; trad. de Jesús Pardo; ISBN: 84-95359-74-X.
Joseph Roth. Fuga sin fin (Die Flucht onhe Ende, 1927). Barcelona: Acantilado, 2003; 167 pp.; col. Narrativa del Acantilado; trad. de J. L. Vernal revisada por José Vivar; ISBN: 84-96136-00-0.
Joseph Roth. El busto del emperador (Die büste des Kaisers, 1934). Barcelona: Acantilado, 2003; 59 pp.; col. Cuadernos del Acantilado; trad. de Isabel García Adánez; ISBN: 84-96136-19-1.

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jueves, 23 de julio de 2009

Minders of Make Believe,
de Leonard Marcus, es una historia de la literatura infantil y juvenil (LIJ) en Estados Unidos. El subtítulo, «Idealistas y emprendedores que han moldeado la Literatura infantil norteamericana», indica la perspectiva del autor: no tanto la de observar a los autores y a los libros como la de atender al trabajo de personas que fueron relevantes en el sector, debido a su empuje personal o al puesto que ocupaban en instituciones y empresas editoriales. El autor organiza su material en nueve capítulos, dos dedicados a los siglos XVIII y XIX y cada uno de los siete restantes a una década del siglo XX; el último a 1980 y 1990. Se centra en personas que marcaron épocas, como la escritora y editora del siglo XIX Mary Mapes Dodge, la directora de la Biblioteca Pública de Nueva York durante las primeras décadas del siglo XX, Anne Carroll Moore, o las editoras al frente de las secciones de libros infantiles y juveniles de grandes editoriales; y habla extensamente de las iniciativas editoriales y los libros que tuvieron más éxito.

El libro está bien documentado y escrito con amenidad. El tono es sereno aunque las antipatías del autor se aprecien en los malos augurios con los que arrancan los capítulos sobre las épocas de Nixon y Reagan. Los acentos se ponen en la transformación progresiva de la industria editorial y en el crecimiento de la LIJ en su interior. Debido al enfoque y al material disponible no todas las épocas y situaciones que se tratan están igual desarrolladas, ni tampoco se analizan cuestiones como el peso del mundo del cómic y del cine y de las series televisivas en la LIJ. Cabe suponer que hay sobreinterpretaciones: un intercambio de opiniones críticas de los años cincuenta puede ser leído ahora como si hubiera sido una gran tormenta; tal vez algunas iniciativas se presentan como significativas, aparte de por otras razones, porque el autor las conoce más. El último capítulo habla del impacto de Harry Potter pero se trata poco de los años noventa: el mayor valor del libro está en la presentación ordenada de lo sucedido desde los años veinte hasta finales de los ochenta.

El autor desea mostrar la LIJ como uno de los factores de más peso en la configuración de la sociedad norteamericana tal como es hoy. Esto es obvio en el sentido de que los niños que leyeron en los cuarenta la historia de Ferdinando, un toro pacifista y amante de las flores, fueron los hippies de los cincuenta. O en el de que los niños que disfrutaron con Donde viven los monstruos y luego leyeron las primeras novelas específicamente dirigidas a jóvenes en los sesenta y setenta, son quienes ocuparon después los puestos directivos en la industria que gira en torno al libro. Pero las cosas van más allá pues la LIJ ha sido siempre quien ha dado los últimos pasos para conseguir ampliar los márgenes de lo socialmente aceptable: una sociedad cambia cuando a los niños se les enseñan como normales los comportamientos adultos que a la generación anterior se les presentaban como inconvenientes.

Leonard Marcus. Minders of Make Believe (2008). Houghton Mifflin Harcourt, 2008; 416 pp.; ISBN-13: 978-0395674079.

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miércoles, 22 de julio de 2009

He incluido datos de nuevas ediciones de Amé a Jacob, Corazón, El Dador, Dailan Kifki, Aventuras de “La mano negra”.

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martes, 21 de julio de 2009

Ha vuelto a publicarse hace poco Veva, un relato de Carmen Kurtz realmente divertido. Tal vez cueste más que se reedite también Fanfamús: los fanfamuses, dice la narración, «son los niños que por una u otra razón no llegaron a nacer. Pequeñas criaturas deseadas a veces, otras indeseadas, que habitan un LUGAR placentero al abrigo de cualquier necesidad, libres de todo rencor». Este particular Fanfamús tiene una relación especial con su hermano Colin, paralítico cerebral. Raro argumento y raros personajes en la literatura infantil...

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lunes, 20 de julio de 2009

Un álbum superdivertido: The day Jimmy´s Boa Ate the Wash, de Steven Kellogg y Trinka H. Noble. Sé que hay edición en castellano en Estados Unidos titulada El día que la boa de Jimmy se comió la ropa. Para el estudio de la técnica narrativa en los álbumes es un ejemplo poco habitual de superposición de puntos de vista: el del narrador del álbum, el de la niña narradora dentro de la historia, y el de la madre que oye la historia que le cuenta su hija; y cada uno de los tres se compone, a su vez, de lo que afirma el texto y lo que muestran las imágenes.

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domingo, 19 de julio de 2009

David Mamet:
«El arte que conozco con el que se puede comparar [mi trabajo como dramaturgo] es [el de] la talla de madera. Empiezas a tallar un trozo de madera y pronto el objeto cobra vida propia. Parte de la habilidad para tallar la madera consiste en saber cuándo la madera te dice hacia dónde quiere ir. Obviamente será un pato si has empezado a tallar un pato, pero el tipo de madera determinará en gran medida el tipo de pato que será. Y al escribir dramas se da un fenómeno parecido. Empiezas con una idea, se convierte en otra cosa, y tu habilidad consiste en aprender a escuchar el propio material».

Y, en otro momento, lo dice así: «Cuando escribo una obra, lo que intento es escribir esa obra. En cuanto al efecto..., no es que no me interese, pero en realidad mi cometido no es manipular al público, ya sea por un motivo político o para conseguir que le “guste” mi obra. Mi cometido con la obra se cumple de acuerdo con su propio silogismo lógico. Si esto es así, aquello es asá. Ésa es la diferencia entre un dramaturgo y un creativo publicitario. El creativo publicitario debe preocuparse, como nos dice el señor Ogilvy, sólo por el efecto que causará en el lector o el espectador, para convencerlo de que compre el producto o el servicio anunciado. Si al creativo publicitario le preocupan los premios que va a recibir o el prestigio que adquirirá en el mundo de la publicidad o incluso la belleza estética del anuncio —sin pensar en su capacidad de influir en el espectador—, esa persona no está cumpliendo con su cometido. La dramaturgia es todo lo contrario».

Conversaciones con David Mamet (David Mamet in conversation, 2001). Barcelona: Alba, 2005; 320 pp.; col. A trayectos; edición de Leslie Kane; trad. de Isabel Ferrer Marrades; ISBN 13: 978-84-8428-271-6.

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sábado, 18 de julio de 2009

The Appetite of Tiranny
(Sobre el concepto de barbarie, según una edición en castellano de 2012) reúne seis textos que Chesterton escribió, al comienzo de la primera Guerra Mundial, con la intención de atacar las actuaciones políticas y bélicas de Alemania, las justificaciones que sus propagandistas difundían y las ideas de fondo en las que se apoyaban. Antes de ser reunidos en un libro habían sido publicados como artículos en el London Daily Mail; cinco habían compuesto un folleto con el título The Barbarism of Berlin, y tres más llevaron el encabezamiento de Letters to an Old Garibaldian, pues el promotor de la independencia italiana, dirá Chesterton, «si no fue siempre sabio sí fue un héroe al final de su vida cuando tomó postura, espada en mano, para compartir el destino de Francia» frente a la Alemania de Bismarck.

The Crimes of England son doce textos donde Chesterton señala cuáles fueron, a su juicio, los grandes crímenes de Inglaterra en su historia: no haber combatido a Federico el Grande, haber derrotado a Napoleón aliados con Blücher, no haber impedido que Bismarck se anexionara territorios de Dinamarca y luego de Francia, haber cedido la isla de Heligoland a los alemanes en 1890 en un trueque entre potencias imperialistas, haber elogiado y copiado la educación y las leyes prusianas... Y, al final, Chesterton se alegrará de poder decir que Inglaterra ha cambiado e intervenido en la guerra gracias a lo que sus dirigentes habían olvidado: a «los ingleses, hombres sencillos con motivos sencillos, el principal de los cuales es el odio de la injusticia».

Dada la intención y el momento en que fueron publicados, ambos libros, aparte de lo que revelan de la capacidad dialéctica y la cultura de Chesterton, son muy combativos y, por eso, dejan más al descubierto sus debilidades, las que podemos considerar objetivas y las que le pueden atribuir quienes sean incapaces de leer las cosas en su contexto.

Entre las primeras, la más importante tal vez sea su inquina contra los prusianos que, debido a la imposición de su estilo a la Alemania unificada, con frecuencia se vierte por extensión sobre los alemanes: hay a veces acentos de duro resentimiento que, por más que aquí y en otros sitios intente suavizar con bromas, sólo son comprensibles por la situación de conflicto bélico. Otra es que su estilo discutidor a veces le traiciona pues, al modo de su admirado Samuel Johnson, pensaba que no es lo mismo exagerar un error que exagerar una verdad, un poco al modo de un caricaturista. También un historiador señalará que sus panorámicas históricas, siendo tan sugerentes, parecen excesivamente audaces, lo cual no quiere decir inexactas; y un crítico literario, tal como hizo notar uno a propósito de este libro, dirá que Chesterton aplica su estilo particular a cualquier tema y, tal vez, un libro como este requeriría otros acentos.

Entre las segundas, una es acusarle de generalizar a partir de algunos sucesos que provocaron la ira popular y empujaron al país a la guerra —agresiones en el interior de una iglesia y de un colegio infantil cuando Alemania invadió Bélgica, el hundimiento de un barco de pasajeros con muchos muertos—, pero así es como lo vivió la opinión pública de su época. Otra es reprocharle su concepto caballeresco de la guerra que le hacía sostener que algunas acciones justifican ir al combate: a eso Chesterton responde bien, ya en este libro pero más aún en su Autobiografía cuando rememora estos años, que una guerra defensiva es la única no sólo admisible sino, a veces, la única posibilidad de actuar bien.

Con todo, esta clase de reproches a Chesterton han de ponerse en su sitio pues sus comentarios fueron premonitorios y certeros: «estamos luchando para evitar un futuro alemán para Europa. Un futuro que sería más angosto, más malvado, menos sano, menos capaz para la libertad y para la risa, que cualquiera de las peores partes del pasado europeo». Además, se puede citar a un contemporáneo suyo tan lúcido como Joseph Roth cuando, en una carta a Stefan Zweig del 22 de mayo de 1933, le dice: usted «no ha visto a los prusianos, como yo. Los conozco del frente. Es verdad todo lo que contaron de las atrocidades en Bélgica. ¡Es verdad! Los prusianos son los representantes del infierno químico, el infierno industrializado en el mundo. Mal rayo les parta»; y, en otra del 7 de noviembre de 1933, insiste: «Se trata de una lucha a vida o muerte entre la cultura europea y Prusia. ¿De veras no lo ve usted?».

Luego, al margen ya de las cuestiones más circunstanciales de un libro circunstancial, podemos quedarnos con otras cosas. Una, los elogios razonados de Chesterton a los cuentos de los Grimm, a los que sin embargo califica como la mejor obra literaria de Alemania (otro ejemplo de cómo su impulso dialéctico le lleva más lejos de lo prudente). Otra, un juicio al paso muy certero: la principal falta inglesa del siglo XIX no fue la indecisión en la acción sino en el pensamiento, «lo que algunos llaman dogma». Otra más, la defensa de su propio patriotismo: «He pasado gran parte de mi vida criticando y acusando a los gobernantes y las instituciones de mi país: pienso que es, con mucho, lo más patriótico que un hombre puede hacer».

G. K. Chesterton. The Appetite of Tyranny, 1915; The Crimes of England, 1915. Otra edición del primero de los dos libros, en castellano, se titula Sobre el Concepto de barbarie, y está en Sevilla: Renacimiento, 2012; 179 pp.; col. Clásicos y modernos; prólogo de Miguel de Unamuno; edición de Emilio Quintana; traducción de Héctor Oriol; ISBN: 978-84-15177-61-6.
La cita de Joseph Roth está en sus
Cartas (1911-1939) (Briefe 1911-1939, 1970). Barcelona: Acantilado, 2009; 686 pp.; edición y notas de Hermann Kesten; trad. de Eduardo Gil Bera; ISBN: 978-84-96834-85-9.

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viernes, 17 de julio de 2009

Otro libro más acerca del alfabeto de la gratitud, que leí hace tiempo, es Joana, del poeta catalán Joan Margarit. En poemas que conmueven a cualquiera, también a los que como yo sabemos tan poco de poesía, el autor vuelca sus sentimientos después del fallecimiento de su hija Joana: «Deficiente, y andabas con muletas: / nunca hubo para mí muchacha más hermosa».

En la introducción, el autor explica los rasgos de su hija, una persona «incapaz de rencor, de orgullo, de cualquiera de las más ínfimas señales de la maldad». Indica también qué significó para él ser su padre: cómo, al «estar siempre junto a lo más delicado y bondadoso que puede ofrecer la vida», obtuvo un enriquecimiento enorme pues lo que le ofrecía Joana era tanto que llegó un momento en el que ya no era capaz de decir quién cuidaba a quién.

Los poemas podrían llamarse narrativos pues recogen detalles de la vida cotidiana, y tienen por eso la capacidad de llegar a cualquier lector con un mínimo de sensibilidad. Revelan cómo una enferma como Joana puede hacer mejores a quienes tiene alrededor, aunque también eso sea una consecuencia de la categoría humana de sus padres y de personas como su cuidadora «Mari que, embarazada, / se negó a someterse a prueba alguna / porque a ella jamás le preocupó / dar a luz a una niña como tú».

Y es curioso que, aunque los acentos del autor son un tanto desesperanzados, pues se ve separado de su hija por «el abismo del nunca más», el lector (o un lector como yo, al menos) puede acabar la lectura de sus poemas con una sensación completamente distinta: un amor así es un definitivo, y no un fugaz, «triunfo sobre el nunca más».

Joan Margarit. Joana (2002). Madrid: Hiperión, 2008, 2ª impr.; 117 pp.; col. Poesía Hiperion; ISBN 10: 84-7517-721-2.

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jueves, 16 de julio de 2009

La magia de los libros infantiles,
de Seth Lerer, intenta ser una especie de historia de la Literatura infantil y juvenil (LIJ) enfocada desde la recepción de los libros. Con ese libro, su autor, un profesor de literatura comparada de prestigiosas universidades norteamericanas, ha recibido el Premio Nacional de la Crítica en su país, por lo que de más está decir que ha recibido abundantes elogios.

En sucesivos capítulos habla de las lecturas infantiles en la antigüedad, del eco perdurable de las fábulas de Esopo, de las lecturas de los niños en la Edad Media, del impacto que causaron el puritanismo y las teorías pedagógicas de John Locke en la literatura infantil, del éxito de Robinson Crusoe y sus posteriores imitaciones, de los libros de ambiente colegial y de aventuras juveniles del siglo XIX, del peso de las teorías de Darwin en muchos autores, del género del nonsense representado por Edward Lear y Lewis Carroll, de los cuentos de hadas y sus interpretaciones, de las historias con niñas como protagonistas, de las obras decisivas de la Inglaterra de principios de siglo XX —El viento en los sauces, los cuentos de Beatrix Potter, Winnie the Pooh, etc.—, de las instituciones de la literatura infantil norteamericana y en particular de las bibliotecas, y de obras norteamericanas de las últimas décadas.

Para mí, los mejores capítulos son los primeros, en particular los dedicados a las fábulas de Esopo y a la influencia de Locke —no en vano el autor empezó su carrera como medievalista—, pero no puedo decir que me hayan gustado, ni esos ni los demás, aunque sí me han interesado bastantes cosas y piense que el libro será útil para quien ya esté introducido en el mundo de la LIJ. A cualquier lector culto le puede aportar un esquema histórico básico y buenos análisis sobre libros concretos, pero me temo que pronto se sentirá confuso y cansado del vagabundeo discursivo al que se abandona el autor, de sus numerosas reiteraciones y preguntas retóricas y, también, de los párrafos supuestamente poéticos con los que cierra cada capítulo, ininteligibles para quien no capte las frases entreveradas que se refieren a muchos libros infantiles.

Además, las observaciones valiosas pierden fuerza y se diluyen en medio de otras afirmaciones más que discutibles. Por ejemplo, es verdad que Darwin influyó en autores como Charles Kingsley o Edgar Rice Burroughs, pero es muy aventurado el salto con triple tirabuzón que da el autor para unirlo con el Dr. Seuss. O, se puede decir que The Cat in the Hat encarna (yo diría que más bien conecta con) el estilo transgresor de diversión destructiva que se puso de moda en los años cincuenta, pero dudo mucho que lo que enseñe, o lo que los lectores han entendido siempre, sea que «el niño puede tener una vida llena de color (...); y que, mientras la madre esté fuera, todos podemos ser todo lo rosita que podamos» (si yo entiendo bien la traducción).

La edición contiene no pocas erratas y supongo que también lo es el comentario acerca de la «pequeña revista familiar que Lewis Carroll confeccionó para sus hijos» pues Carroll sí tuvo varios hermanos pequeños —para los que preparó revistas— pero ni se casó ni tuvo hijos.

Seth Lerer. La magia de los libros infantiles – De las fábulas de Esopo a las aventuras de Harry Potter (Children’s Literature. A reader’s history, from Aesop to Harry Potter, 2008). Barcelona: Ares y Mares, 2009; 590 pp.; trad. de Teófilo de Lozoya y Juan Rabasseda; ISBN: 978-849892-004-8.

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miércoles, 15 de julio de 2009

De los relatos de fantasía de Joan Manuel Gisbert que he leído, todos de buen nivel, sigo recomendando más que cualquier otro sus primeras novelas de aventuras fantásticas, Escenarios fantásticos y El misterio de la isla de Tökland, pues aún recuerdo cuando los leí y cómo me fascinaron por su originalidad.

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belloc02.jpg
martes, 14 de julio de 2009

Hilaire Belloc
,
el combativo amigo de Chesterton, historiador y ensayista, fue también autor de varios libros de poemas humorísticos de nonsense que muchos consideran los mejores después de, y junto con, los de Edward Lear. No están traducidos al castellano, que yo sepa, pues no son fáciles de versionar y buena parte de la crítica que destilan tiene peculiaridades propias del momento y del lugar en que fueron publicados. La ventaja es que sus distintos libros de Cautionary Tales pueden leerse y verse íntegros en la red.

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lunes, 13 de julio de 2009

Son muchos los relatos que hablan del mundo interior del niño, poblado por amigos imaginarios y por sueños que vive como reales. Uno, sensacional, es Mi dinosaurio, de Mark Alan Weatherby.

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domingo, 12 de julio de 2009

Para explicar las videograbaciones de Bill Viola, dice Peter Sellars: «La cámara lenta es el proceso mismo de la filosofía, la consideración cuidadosa de los detalles más diminutos. De forma incluso más esencial, la cámara lenta conduce hacia la vía de la ilustración misma. En las culturas esotéricas de todo el mundo, es la ralentización gradual de la respiración lo que permite que la mente y el corazón funcionen de un modo más expansivo dentro de una nueva conciencia, sosegando y aquietando pasiones y deseos, permitiéndoles ser experimentados como fenómenos transitorios de mayor alcance. El escultor medieval que dice tres plegarias entre cada golpe de cincel; o la mujer Pueblo, madre de cinco hijos, que encuentra el tiempo para entrar en el ámbito sobrehumano de la paciencia y tejer, en una serie de gestos ritualizados, una pequeña cesta que tiene la geometría del cosmos... Estos son los puntos de enfoque que practican aberturas en el mundo. (...) Este es el rastro que estamos siguiendo», en esa línea se sitúa el trabajo de Viola. Y, en otro lugar, afirma el mismo Viola: «Si eres un pintor que trabaja en la tradición de la imagen óptica, como hacían los maestros antiguos, entonces, debido a las exigencias que impone el hecho de transmitir con toda meticulosidad de detalles ese mundo, con dibujos hechos a mano, tendrías que tomarte el tiempo de detenerte en cada objeto y reflexionar sobre él. Esto, unido al predominio de las realidades religiosas y espirituales en la vida cotidiana, permitía que estos artistas viesen a través de la superficie material del objeto hasta llegar a las capas simbólicas que se encuentran más abajo. Hoy en día, observamos esas pinturas y, a menos que estemos especialmente formados para ello, vemos sólo una representación óptica. El acto de pintar tal como se practicaba en aquel modo puede ser una especie de ritual de contemplación y oración realizado físicamente». De un modo semejante, dice Viola, con algunos trabajos suyos, intenta «llegar a la fuente original de mis emociones y a la naturaleza de la expresión emocional misma», intenta «utilizar un medio visual para representar cosas invisibles».

Catáologo de la exposición Bill Viola – Las Pasiones (2003). Concepto, John Walsh; textos, Peter Sellars, John Walsh; conversación, Hans Belting y Bill Viola; fuentes y notas, Bill Viola; documentación visual, Kira Perov; exposición producida por The J. Paul Getty Museum, Los Ángeles y organizada en Madrid por la Fundación "La Caixa". Barcelona: Fundación La Caixa, 2004; 247 pp.; ISBN: 84-7664-868-5.

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sábado, 11 de julio de 2009

A Miscellany of Men
contiene treinta y siete artículos que Chesterton publicó en el Daily News. No hay ninguno directamente literario. Casi todos tratan de cuestiones sociales y políticas y, en unos cuantos, hay referencias a personalidades y sucesos del momento, como Cecil Rhodes o las huelgas en las minas de carbón, pero todos pueden leerse sin necesidad de conocer los antecedentes. En este sentido, si lo piensa uno bien, tanto en relación a esta recopilación como a otras del autor, es asombroso que podamos leer sus textos de hace un siglo con admiración no sólo por su destreza literaria sino por el acierto y actualidad de sus análisis.

En general hablan de aprender a pensar las cosas correctamente y con frecuencia señalan cómo a veces razonamos mal o cómo hay gente interesada en hacernos razonar mal. De hecho, al final se incluye un último artículo que se titula «El autor enfadado: su adiós», en el que señala que todos los textos anteriores los escribió para decir a los racionalistas que no fueran irracionales. Ahí ofrece una colección de vetos que titula «“No digas” para dogmáticos o Cosas de las que estoy cansado», como por ejemplo: —No digas un nombre y luego un adjetivo que lo contradiga (como «deseo un patriotismo sin fronteras», algo equivalente a «deseo un pastel de carne sin carne»); —No digas palabras secundarias como si fueran palabras primarias (así, Felicidad es una palabra primaria y Progreso es una palabra secundaria, por lo que es absurdo preguntarse «¿la Felicidad contribuye al Progreso?»); —No digas que «no hay un verdadero credo pues cada credo se cree a sí mismo correcto y a los demás equivocados» (pues si las opiniones sobre quien ganará una carrera son muchas y todas están equivocadas menos una, sostener que la variedad de credos te impide aceptar cualquier credo es una posición poco inteligente); etc.

Entre los que afirman que hay quienes intentan que razonemos mal e incluso crean las condiciones para que lo hagamos, se puede citar «El votante y las dos voces», acerca de la corrupción que significa el bipartidismo para la democracia: en una verdadera democracia el hombre común decidiría sobre qué votar y no tendría sus opciones limitadas a elegir entre un partido u otro; en nuestras democracias se nos proponen dos cursos de actuación pero, no por casualidad, ambos son seguros siempre para quienes controlan los resortes de las instituciones. Otro artículo en la misma línea es «El hombre libre», donde se define la libertad en su sentido espiritual primario y luego en su sentido político para concluir qué poco puede influir el ciudadano común en el curso del estado, y más aún cuando un un hombre puede decir en público una vigésima parte de lo que afirma en privado.

No faltan opiniones contundentes sobre cuestiones sociales: habla en favor de los mineros que se ponen en huelga, en «El escocés sentimental»; ataca ferozmente a los clasistas inconscientes con el cerebro reblandecido en «El tonto»; ironiza contra los turistas ingleses con aires de superioridad que admiran el arte italiano sin admirar a los italianos en «El aristocrático ‘Arry». Pero, si hubiera que mencionar uno en esta dirección, mi elección sería «El hombre en la cima», donde califica de calamitosos a los hombres de negocios y políticos que «no tienen ni las virtudes y ni siquiera los vicios de los tiranos, sino sólo sus poderes», y que aún encima tienen la desfachatez de poner al mismo nivel lo bueno para el comercio con lo bueno para la nación, como si los ciudadanos tuvieran la obligación de trabajar de forma que los hombres ya ricos se hagan todavía más ricos.

A los interesados en el arte les recomendaría «El mistagogo», donde se proclama la necesidad de la claridad mental: quien realmente piensa que tiene una idea siempre tratará de explicarla mientras que el charlatán que no tiene ideas «hablará de cosas impronunciables, indefinibles, impalpables y sutilmente indescriptibles». En mi opinión es certero el enfoque de «El detective divino», donde compara la Iglesia con el detective privado que corrige los descubrimientos del policía oficial: explica que si la Iglesia, como institución, lamentablemente a veces se contagió del uso de la crueldad que era común en la sociedad en la que vivía, también como institución se caracterizó porque, frente a la maquinaria de castigo creada por el Estado, puso en marcha una maquinaria para el perdón, una maquinaria para descubrir y perdonar los crímenes.

Un último punto a subrayar de nuevo es la capacidad de Chesterton para unas sensacionales descripciones poéticas: del fuego en «El hombre que piensa hacia atrás», del arte gótico en «El arquitecto de lanzas», o de la lluvia en «El romántico en la lluvia» (incluido en Correr tras el propio sombrero). Y, por cierto, al leer este último artículo, donde se describe por extenso que la lluvia todo lo transforma en espejos, pensaba en las páginas sobre lo mismo que aparecen en El bosque animado y me preguntaba si Wenceslao Fernández Flórez pudo haberlo leído.

G. K. Chesterton. A Miscellany of Men, 1912.

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viernes, 10 de julio de 2009

Ya que cité hace poco el epistolario de Joseph Roth, y ya que las últimas semanas he citado varios testimonios y novelas con chicos discapacitados como protagonistas principales o secundarios, viene (más o menos) a propósito hablar de Job y El Leviatán, dos novelas cortas de Roth de las que dedicó al judaísmo centroeuropeo de las primeras décadas del siglo. En ellas trata temas que le preocupaban, como el sufrimiento de los justos y la facilidad que los hombres tenemos para dejarnos arrastrar hacia conductas autodestructivas.

El protagonista de la primera, Mendel Singer, es un rabino de un pequeño pueblo ruso, está casado y tiene cuatro hijos. Cuando crecen, uno se alista, otro se marcha a América, la hija lleva una vida poco acorde con los consejos de sus padres y el pequeño Menuchim, que había nacido con una enfermedad desconocida, sigue sin recuperarse. Cuando su hijo le manda buenas noticias desde América, Mendel irse allí con su mujer y su hija, y dejar a Menuchim al cuidado de unos vecinos. En América todo parece ir bien al principio pero luego estalla la primera guerra mundial y las desgracias caen sobre él como sobre Job. Asombrosamente, al final de su vida verá el cumplimiento de una profecía que a él y a su mujer les habían hecho acerca de Menuchim: «El dolor le hará sabio. La deformidad, bondadoso. La amargura, tierno. Y la enfermedad, fuerte».

El protagonista de la segunda es Nissen Piczenik, un judío rico que comercia con corales en la ciudad ucraniana de Progrody. Piczenik siente una gran nostalgia del mar y tiene la teoría propia de que los corales los cuida, en el fondo del mar, el mítico Leviatán, un monstruo marino que se menciona en el Libro de Job.

Ambos son relatos de madurez del autor, poderosos, muy bien contados, de los que se puede decir lo mismo que dijo Chesterton sobre el bíblico Libro de Job: que su «principal belleza intelectual (...) consiste en que todo él gira en torno a ese deseo de conocer la realidad; el deseo de saber lo que es, y no sólo lo que parece».

Joseph Roth. Job. Historia de un hombre sencillo (Hiob. Roman eines einfache Mannes, 1930). Barcelona: Acantilado, 2007; 218 pp.; trad. de Berta Vias Mahou; ISBN: 978-84-96489-81-3.
Joseph Roth. El Leviatán (Der Leviathan, 1934). Madrid: Siruela, 1992; 64 pp.; trad. de Miguel Sáenz; ISBN: 84-7844-127-1.
La cita de Chesterton está en Correr tras el propio sombrero y en Maestro de ceremonias (G.K.C. as M.C., 1929). Buenos Aires: Emecé, 2006; 218 pp.; col. Emecé ensayo; trad. de María Manuela Conde; ISBN: 950-04-2767-2.

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jueves, 9 de julio de 2009

El juramento de los Centenera,
de Lydia Carreras, se sitúa en los comienzos del siglo XX y empieza cuando todos los hermanos Centenera menos una, emigran a Argentina después de que fallezcan sus padres. El mayor es Francisco, de unos dieciocho años, vienen luego los gemelos Salvador y Domingo, el cuarto es Josep, el narrador, y la quinta es María, una chica enferma mental a la que deben cuidar y vigilar constantemente. Cuando María desaparece durante los últimos días de la travesía, los hermanos hacen desesperados pero infructuosos intentos de averiguar qué ha pasado con ella y, como no logran nada, juran no volver sobre la cuestión: sobre todo, no decírselo a su hermana Lupe, que se quedó en España recién casada. Pero Josep, el segundo, termina diciéndoselo a una amiga y, a partir de ahí, un juez toma el asunto en sus manos.

Relato tenso, con un narrador convincente. Están bien recogidas, primero la obsesión de los hermanos por olvidarlo todo y abrirse camino, y luego la forma en que se les impone la necesidad de afrontar sus vidas en su nuevo país con la verdad por delante. Tienen personalidad propia muchos personajes: el hermano mayor responsable, la señora enfrascada en sus medicinas y su ambicioso cuñado, la bordadora venida a menos con un sobrino espabilado, el misterioso pastor evangélico, el juez íntegro, etc. Se podría pensar que la historia deja flecos sueltos, como el motivo del interés tan grande que se toma el juez, y que cabrían unos desarrollos más extensos de personajes y ambientes, pero la historia tiene fuerza y las peripecias de la búsqueda enganchan hasta un buen desenlace.

Lydia Carreras. El juramento de los Centenera (2007). Zaragoza: Edelvives, 2007; 190 pp.; col. Alandar; ISBN: 978-84-263-6626-9.

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miércoles, 8 de julio de 2009

Viernes o la vida salvaje
,
de Michel Tournier, es un libro juvenil que se publicó cuando muchos autores jugaban a invertir los papeles tradicionales de las historias clásicas. Se ve que esto no le acababa de gustar a Gerard Genette cuando señalaba que, ante este relato, «yo estoy solo ante el texto y me siento dos: el niño al que el texto apunta y el adulto al que le da. De ahí infiero que es bizco». En cualquier caso, es una buena historia.

Gerard Genette. Palimpsestos: la literatura en segundo grado (Palimpsestes, 1982). Madrid: Taurus, 1989; 519 pp.; col. Teoría y crítica literaria; trad. de Celia Fernández Prieto; ISBN: 84-306-2195-4.

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martes, 7 de julio de 2009

Por distintas razones, los osos y los ositos dan mucho juego en los libros infantiles. Entre otros, hay osos protagonistas en El milagro del oso o El oso que no lo era; osos juguetes en No quiero el osito, Osito, ¿dónde estás? o The Idle Bear; osos humanizados en El libro del Osito, Un cuento de Oso o ¿No duermes Osito?... Y, entre los últimos, tal vez la serie de libros más popular para primeros lectores, naturalmente después de Winnie the Pooh, es la de Osito, con texto de Else Minarik e ilustraciones de Maurice Sendak. Y, ya puestos, quien desee saber el origen de la popularidad de los ositos como juguetes infantiles lo encontrará en wikipedia en la voz Teddy Bear.

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lunes, 6 de julio de 2009

Joseph had a Little Overcoat
,
de Simms Taback, es un álbum que cuenta una vieja canción yídish con mucha gracia y utilizando muy bien el recurso de sucesivas perforaciones en las páginas para introducir cada paso de la historia.

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domingo, 5 de julio de 2009

Vuelvo a citar a Chéjov y a Flannery O'Connor a propósito de la creación literaria.

Chéjov: «Todo lo que tiene un carácter temporal, todas las pullas dirigidas a los críticos y a los liberales de la época, todas las anotaciones críticas que aspiran a la exactitud y a la actualidad, y todos los llamados conceptos profundos, diseminados aquí y allá: ¡qué ingenuo y vulgar es todo eso en nuestros días! Un novelista, un artista, debe omitir todo lo que tiene un significado transitorio».

O'Connor: «Si el escritor se centra en crear una obra de arte, una obra que sea buena en sí misma, se esmerará en el control de todo exceso, de todo lo que no contribuya a este sentido esencial, a este propósito. No se puede crear una obra de arte cediendo a la sensiblería, o a la propaganda, o a la pornografía, porque son excesos que llaman la atención sobre sí mismos y distraen del conjunto de la obra».

Antón Chéjov. Sin trama y sin final: 99 consejos para escritores (Senza trama e senza finale: 99 consegli di escritura, 2002) . Barcelona: Alba, 2005; 103 pp.; col. Alba clásica; edición de Piero Brunello; trad. de Víctor Gallego Ballestero; ISBN: 84-8428-253-8.
Flannery O’Connor. Misterio y Maneras (Mystery and Manners, 1969). Madrid: Encuentro, 2007; 236 pp.; col. Literatura; edición de Guadalupe Arbona, trad. y notas de Esther Navío; ISBN: 978-84-7490-894-7.

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sábado, 4 de julio de 2009

El juicio del Dr. Johnson
es una obra teatral cuyo protagonista principal es uno de los personajes históricos que más admiraba Chesterton, el polifacético autor del siglo XVIII Samuel Johnson, y cuyo núcleo señala que lo verdaderamente importante de la vida son las cuestiones domésticas y familiares y no las aparentemente más trascendentales disputas sociales y políticas.

En el primer acto, el matrimonio Swift, agentes norteamericanos enviados a Inglaterra para que propaguen las ideas revolucionarias, desembarcan en la costa escocesa, donde casualmente conocen al Dr. Johnson y a su amigo y biógrafo James Boswell, entre otros. En el segundo acto vuelven a coincidir en la casa de los Swift, en Londres, y entran en escena el filósofo Edmund Burke y el cínico John Wilkes (un personaje que históricamente fue parlamentario y alcalde de Londres, y que Chesterton construye a partir de las personalidades de Oscar Wilde y James Whistler). El tercer acto se desarrolla en el café El Gallo Rojo, cuando el cerco a los espías se estrecha y el doctor Johnson está preocupado por la inestable situación de los Swift.

Según parece, esta pieza nunca se representó a pesar del éxito popular que Chesterton había tenido con Magia, y a pesar de ser una obra mejor: más equilibrada como pieza teatral, más consistente argumentalmente, con espadachineos verbales y diálogos equiparables a los de las conocidas comedias de salón de Oscar Wilde. Tal vez influyó su contenido crítico con la frivolidad cínica: «Sería, desde luego, inconcebible, que alguien quisiera incurrir en la miserable y repulsiva depravación de invocar el nombre de la verdad, como acaba de hacer Mr. Wilkes, en el mismo momento de estar afirmando algo falso», dice Johnson; y que Wilkes es un político rastrero que piensa que la gente tiene «la misma dignidad de una jaula de monos». En cualquier caso, la obra se lee con gusto aunque conectarán mejor con ella quienes estén familiarizados con el Dr. Johnson, una figura que lo llena todo.

Chesterton formula con fuerza e ingenio los argumentos del repulsivo Wilkes, por ejemplo cuando le hace decir que «Las llamas del infierno sólo se pintan en las puertas para asustar a los estúpidos. Tras ellas se esconden las flores de un paraíso terrenal, el paraíso de los sabios. Allí nos desprendemos de las viejas cadenas de la superstición sin ni siquiera advertirlo...». Además, en los diálogos se contienen comentarios reales de Johnson, de Boswell, y de Burke; quien haya leído la monumental biografía de Boswell recordará, por ejemplo, una escena que aquí ocurre cuando Johnson, en Escocia, mira el paisaje y señala que no ve sublimidad por ninguna parte, a lo que su acompañante, Grant, le dice: «Me temo que eso se debe a sus prejuicios hacia nuestro país, Dr. Johnson. Sé que es usted un paladín de la gran causa de la religión. ¿No se le ha ocurrido pensar que, después de todo, Dios también creó Escocia?». Y entonces Johnson responde: «Pero, señor, debe usted recordar que la creó para los escoceses. (...) Y las comparaciones son odiosas, pero Dios también creó el Infierno».

G. K. Chesterton. El juicio del Dr. Johnson (The Judgment of Dr. Johnson, 1927). Sevilla: Espuela de Plata, 2009; 164 pp.; col. El teatro moderno; trad. de Victoria León; prólogo de Dale Ahlquist; ISBN 13: 978-84-96956-44-5.

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viernes, 3 de julio de 2009

Novelas o relatos que más me han gustado de los últimos meses:

   Hacia otro verano. Janet Frame.
   La casa de los siete tejados. Nathaniel Hawthorne.
   Cinco novelas cortas. Antón Chéjov.
   Mendel el de los libros. Stefan Zweig.
   Tú di que eres uno de ellos. Uwem Akpan.
   Lo que arraiga en el hueso. Robertson Davies.
   Luisito. Susana Tamaro.
   En lugar seguro. Wallace Stegner.

De no ficción:

   Resistencia y sumisión. Dietrich Bonhoeffer.
   Catón el Viejo. Eugenio Corti.
   Cartas. Joseph Roth.

Cómic-Novelas gráficas:

   Arrugas. Paco Roca.
   María y yo. Miguel Gallardo.

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jueves, 2 de julio de 2009

Libros infantiles (algunos son reediciones) que más me han gustado en los últimos meses:

   El balonazo. Belén Gopegui.
   Sin principio ni fin. Avi.
   El comisario Cattus y la guerra en las tierras altas. Luis Ramoneda.
   El prodigioso viaje de Edward Tulane. Kate DiCamillo.
   Cosmic. Frank Cottrell Boyce.
   MAX MALABAR. Eoin Colfer.

Y juveniles (o no tanto):

   El Águila de la Novena Legión. Rosemary Sutcliff.
   Los pequeños hombres libres. Terry Pratchett.
   Tobi Lolness. Los ojos de Elisha. Timothée de Fombelle.
   Las ruinas de Gorlan, El puente en llamas. John Flanagan.
   Una habitación en Babel. Eliacer Cansino.
   Krabat y el molino del diablo. Otfried Preussler
   Orzowei. Alberto Manzi.
   Me voy con vosotros para siempre. Fred Chappell.
   El último unicornio. Peter Beagle.

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miércoles, 1 de julio de 2009

Los mejores álbumes para prelectores leídos (o releídos pues en algunos casos son reediciones) en los últimos meses:

   Un niño, un perro y una rana. Mercer Mayer.
   Sé muchas cosas. Paul y Ann Rand.
   La casa más grande del mundo. Leo Lionni.

Y para primeros lectores:

   Perros y gatos. Steve Jenkins.
   El gran libro de los regalos. Nathalie Choux, Mandana Sadat, Rémi Saillard.
   El oso con la espada. Gianluca Foli y Davide Cali.
   La historia de Noé. Elena Odriozola y Stephanie Rosenheim.

Y para lectores más mayores:

   La libreta del dibujante. Mohieddin Ellabbad.
   El hilo de Ariadna. Elena Odriozola y Javier Sobrino.
   Mao y yo: el pequeño guardia rojo. Chen Jian Hong.
   El enemigo. Serge Bloch y Davide Cali.
   Revolución. Sara.
   La señora y el niño. Kaatje Vermeire y Geert De Kockere.

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