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Notas de agosto de 2007 :: bienvenidosalafiesta ::    
bienvenidos a la fiesta
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viernes, 31 de agosto de 2007

Otra novela de Willa Cather es El canto de la alondra. En este caso la protagonista es Thea, una chica de Colorado que acaba yéndose del pueblo para estudiar música y triunfa como cantante de ópera. Se nos presenta como una mujer que ha nacido para las sacudidas de los rompeolas, como una persona que «detestaba las cosas difíciles pero no dejaba pasar ni una» y «no descansaba hasta haberlas dominado».

Pues Thea declara esto: «Si amas las cosas buenas visceralmente, lo bastante para renunciar por ellas a todo lo que hay que renunciar, entonces tienes que detestar la pacotilla con igual fuerza. ¡Te digo que existe un odio creativo! Un desprecio que te impulsa a cruzar el fuego, a arriesgarlo todo y perderlo todo, que te hace, con mucho, mejor de lo que creías poder ser».

Willa Cather. El canto de la alondra (The Song of the Lark, 1915). Valencia: Pre-Textos, 2001; 536 pp.; col. Narrativa Clásicos; prólogo de José María Marco; trad. de Eva Rodríguez-Halffter; ISBN: 84-8191-386-3.

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jueves, 30 de agosto de 2007

Nueva edición del singular libro de Richard Hughes, Huracán en Jamaica. No apto para quienes creen en la inocencia sin mancha de los niños.

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miércoles, 29 de agosto de 2007

No sólo los autores de aventuras marineras, del pasado y del presente, son deudores del capitán Frederic Marryat, sino que también lo son los autores de novelitas históricas con niños como protagonistas.

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martes, 28 de agosto de 2007

Entre los relatos infantiles escritos en español, ninguno fue tan popular y tuvo tanto éxito, y pocos tienen tanta calidad y tanta fuerza como Marcelino pan y vino, de José María Sánchez Silva.

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lunes, 27 de agosto de 2007

Después de un chico agobiado como Leo, y de uno angustiado como Ramón, ahora es el turno de Prudencia se preocupa, un álbum de un experto en relatos para prelectores como Kevin Henkes, que da una solución diferente.

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domingo, 26 de agosto de 2007

Joseph Ratzinger: «San Agustín afirmó (…) que un Estado que se mida a sí mismo únicamente por sus propios intereses, y no por la justicia misma, por la verdadera justicia, no se diferencia estructuralmente de una banda de ladrones bien organizada —puesto que para ella el bien de la banda constituye la norma y medida de sus acciones, independientemente del bien de los demás—. Echando una mirada retrospectiva a la época colonial y a los perjuicios que dejó en el mundo, podemos ver que incluso estados muy organizados y civilizados se aproximaban de alguna manera a la esencia de una banda de ladrones, porque pensaban atendiendo solamente a lo que era bueno para ellos, y no a lo que era bueno en sí mismo. Una libertad garantizada de esta manera tiene entonces en sí misma algo de la libertad de los ladrones. No es la verdadera libertad, la libertad verdaderamente humana. En la búsqueda de la verdadera medida, debe tenerse bien presente a la humanidad entera y —como vamos viendo cada vez con mayor claridad— no sólo a la humanidad de hoy sino también a la de mañana».

Joseph Ratzinger. Fe, verdad y tolerancia. El cristianismo y las religiones del mundo.

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sábado, 25 de agosto de 2007

Después de citas sobre lo mismo de Chéjov, de Christian Bobin, de Jiménez Lozano, aquí va una de Stevenson:  «No me inspiran simpatía los vulgares lamentos de la clase artística. Quizá olvidan el sistema de aparcería de los campesinos, ¿o piensan que no cabe trazar paralelismos?»

R. L. Stevenson. Ensayos literarios.

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viernes, 24 de agosto de 2007

Una buena parte del atractivo de las novelas de Willa Cather es que, en primer plano, hay siempre personalidades inolvidables. En Pioneros es Alexandra, la mayor de los Bergson, una familia de colonos de origen sueco instalada en Nebraska, que se hace cargo de la marcha de la granja y de la educación de sus hermanos Oscar y Lou cuando fallece su padre. La narración remarcará la diferencia sustancial entre Alexandra y sus hermanos que, «como la mayoría de sus vecinos, estaban destinados a seguir una senda ya trazada y no a abrir nuevos caminos en un país nuevo. Un trabajo estable, unos cuantos días festivos, nada en qué pensar, y habrían sido completamente felices. No tenían la culpa de que los hubieran llevado a una tierra salvaje cuando eran niños. Un pionero debía tener imaginación, debía ser capaz de disfrutar con la idea de las cosas más que con las cosas en sí mismas».

Willa Cather. Pioneros (O Pioneers!, 1913). Barcelona: Alba, 2001; 270 pp.; col. Alba Clásica; trad. de Gema Moral Bartolomé; ISBN: 84-8428-099-3.

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jueves, 23 de agosto de 2007

En el pasado cité un comentario acerca del interés de Rudyard Kipling en escribir sobre gente real, sobre gente de verdad. Eso se nota bien en una novela escolar que, para la mente políticamente correcta de algunos resulta incómoda, pero que es representativa de un ambiente y una época, que es un ejemplo sobresaliente de novela escolar, y que además es muy divertida: Stalky & Cia. En ella se cuenta, entre otras cosas, la llegada de un político que, dirigiéndose a la escuela, indica el narrador, «les habló de objetivos brillantes que quedaron tiznados por la huella de sus dedos». Y, si esa escena es de ayer y de hoy, igualmente lo es la del enfrentamiento de rugby entre los chicos de la escuela con un equipo de antiguos alumnos, delante de las familias, de la que se nos cuenta que «la técnica exhibida en el partido pertenece a una época muy superada: las riñas fueron fuertes y largas; las patadas, directas y voluntarias; y alrededor del campo de batalla la escuela en pleno gritaba: “¡Bajad la cabeza y empujad!”. Al final, todos perdieron completamente el recato y las madres de los externos que se acercaron demasiado al borde del campo tuvieron la ocasión de oír expresiones que no figuraban en el programa».

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miércoles, 22 de agosto de 2007

Después de una relectura de varios cuentos de E. T. A. Hoffmann amplío un poco su ficha e incluyo en ella una reseña de El niño desconocido, un relato importante por ser el que precede a historias donde un personaje misterioso irrumpe en la vida de unos niños y los cambia.

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martes, 21 de agosto de 2007

Hace unos meses falleció Lloyd Alexander, autor de las Crónicas de Prydain y de otros relatos de fantasía que no han sido traducidos al castellano. Tal vez ahora...

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lunes, 20 de agosto de 2007

Las estaciones
es otro álbum más de los clásicos de Iela Mari que trata sobre el transcurso del tiempo de una forma semejante al ya mencionado La manzana y la mariposa: el mismo escenario cambia de color y, en él, entran y salen algunos personajes.

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domingo, 19 de agosto de 2007

Según Cyril Connolly, las seis causas interrelacionadas de la mediocridad de la narrativa inglesa en 1936 eran:

—la servil apatía de muchos críticos;

—los autores que se veían obligados a ejercer el periodismo o a producir más libros de la cuenta y no dedicaban a sus libros el adecuado tiempo de gestación;

—la intransigencia de quienes abastecían al público y presionaban a los editores para que publicaran las obras más largas y aburridas de los valores más seguros, una antología si era posible; y si no era posible una antología, una saga, una cabalgata de ciento veinticinco mil palabras;

—la ignorancia de los propios editores, su falta de rigor, su desesperada ambición por publicar un best seller que les costeara la obra maestra con la consiguiente confusión: si el veredicto de la posteridad obsesionaba al escritor popular y el escritor de obras maestras soñaba con Hollywood, el editor mantenía un difícil equilibrio entre una vaga inclinación hacia la buena literatura y el firme deseo de duplicar su capital;

—la imbecilidad de los bibliófilos, que (interesados sólo por la rareza y el estado de conservación del libro, y movidos por ciertas experiencias incompletas de su infancia) se limitaban a echar un vistazo a Howards End o Prufock y corrían en busca de Winnie the Pooh o Beau Geste;

—la bovina indiferencia del público lector, incapaz de desarrollar siquiera la actividad discriminatoria de rumiar.

Nos tranquiliza recordar que esto sucedía en Inglaterra y en 1936. Aquí y ahora hemos avanzado mucho.

Cyril Connolly. Texto tomado, algo recortado y modificado, de «Críticos» (1936), en Obra selecta. Barcelona: Lumen, 2005; pp.; col. Ensayo; trad. de Miguel Aguilar, Mauricio Bach y Jordi Fibla; ISBN: 84-264-1520-2.

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sábado, 18 de agosto de 2007

Chéjov
escribe a su hermano:

«¿Dónde has visto cónyuges como los de tu relato, que discurren conferencias durante la comida? Y ¿cuándo se han celebrado sobre la faz de la tierra semejantes conferencias?

Ten respeto por ti mismo, en el nombre de Cristo, y no dejes correr la pluma cuando tu cabeza esté cansada. No escribas más de dos cuentos por semana, acórtalos y reelabóralos para que la obra quede bien. No inventes sufrimientos que no has experimentado, no describas paisajes que no has visto, ya que en un cuento la mentira resulta más molesta que en una conversación.

Recuerda a cada momento que tu pluma y tu talento te serán de mayor utilidad en el futuro que ahora, así que no los profanes... Escribe y vigila cada línea para no cometer errores».

Antón Chéjov. Sin trama y sin final: 99 consejos para escritores.

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viernes, 17 de agosto de 2007

Una interesante respuesta de Jane Austen al bibliotecario del príncipe regente, que le había sugerido que escribiese una novela histórica: «Estoy tan poco dotada para esa clase de novela como para un poema épico. No podría sentarme seriamente a escribir una novela histórica seria en ninguna circunstancia excepto en la de salvar la vida, y en caso de que fuera indispensable continuarla sin reírme de mí misma ni de otras personas, creo que me ahorcaría antes de acabar el primer capítulo. No, debo limitarme a mi propio estilo y seguir mi camino».

Leído en la obra de Stuart Kelly, La Biblioteca de los libros perdidos (The Book of Lost Books, 2005). Barcelona: Paidós, 2007; 391 pp.; trad. de Miguel Candel y de Marta Pino; ISBN: 84-493-1985-3.

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En Alrededor de la luna
(Jules Verne).
Il. de Émile Bayard.
jueves, 16 de agosto de 2007

En Alrededor de la luna, Jules Verne cuenta qué ocurrió con los tripulantes del Columbiad: al no poder alcanzar la superficie de la Luna, después de orbitar en su torno y observarlo todo, usan los cohetes preparados para amortiguar la caída en la Luna como impulsores para poder volver a la Tierra.

Igual que su novela predecesora es también algo cargante pues Verne, que cuenta con el deseo del lector de saber qué pasará con sus héroes, no deja pasar ni una oportunidad de abrumarle con una enorme cantidad de datos y explicaciones, más aún que en De la tierra a la luna.

También esta vez, como en sus otras novelas primerizas, resultan llamativas tanto la inquebrantable confianza en la ciencia como la mentalidad utilitarista que acompaña esa visión de las cosas pues, aunque los protagonistas sean caballerosos, resulta obvio que, para ellos y el narrador, no todas las vidas humanas tienen igual valor. Sin embargo, si algunos comentarios dan grima, es claro que la humanidad estaba muy lejos todavía de considerar al ser humano como materia desechable, tal como ahora mismo vemos en, por ejemplo, la investigación con embriones.

Jules Verne. Alrededor de la luna (Autour de la Lune, 1870). Madrid: Anaya, 1989; 256 pp.; col. Tus libros; ilust. de Émile Bayard y A. de Neuville; trad. de Sharazad; apéndice de Isabel Cardona; ISBN (10): 84-207-3524-8.

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VerneDeTaLMontaut.JPG
En De la tierra a la luna
(Jules Verne).
Il. de Henri de Montaut.
miércoles, 15 de agosto de 2007

Días atrás decía
que algunos autores de aventuras del XIX transmiten más convicción que los de hoy aunque sea evidente, también para ellos, que sus novelas no son verosímiles. Se ve claro en Verne, del que hace poco he vuelto a leer rápido De la tierra a la luna y su continuación, Alrededor de la luna.

La primera tiene lugar en Baltimore, después de la guerra de Secesión norteamericana. El Gun Club, un club de fanáticos artilleros, decide invertir su entusiasmo en fabricar un proyectil que alcance la luna. Las cosas cambian de dimensión cuando Michel Ardan, un aventurero francés que «vivía en perpetua disposición a la hipérbole», se ofrece a viajar en él y, luego, deciden acompañarle los norteamericanos Impey Barbicane y el capitán Nicholl. La novela termina con el lanzamiento del Columbiad.

Este relato, uno de los primeros de Verne, acaba siendo pesado a causa de la multitud de información que contiene sobre astronomía, balística, cuestiones relativas a la construcción de la nave-proyectil y muchos otros asuntos. Sin embargo, los datos y detalles se acumulan, no para dejar una impresión de seriedad y verosimilitud, sino con la convicción de que lo que se cuenta se acabará realizando... Para la historia queda que, por primera vez, un autor plantea un viaje al espacio no como una fantasía sino como una posibilidad real, y queda también el asombro que produce la exactitud de algunas previsiones.

Jules Verne. De la Tierra a la Luna (De la Terre à la Lune, 1865). Madrid: Anaya, 2004, 1ª ed., 7ª imp.; 256 pp.; col. Tus libros; ilust. de Henri de Montaut; trad. de Marta Alemán Ontalba; apéndice de Isabel Cardona; ISBN: 84-207-3194-3.

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En La escuela de magia
(Michael Ende).
Il. de Bernard Oberdieck.
martes, 14 de agosto de 2007

Michael Ende: «La mayoría de la gente sólo cree que sabe lo que desea. Uno piensa, por ejemplo, que le gustaría ser un médico famoso, o profesor de universidad, o ministro, pero su verdadero deseo, que él no conoce en absoluto, es ser un simple y buen jardinero. Otro piensa que le gustaría ser rico o poderoso, pero su verdadero deseo es ser payaso de circo. Mucha gente piensa, también, que desearía de verdad que a todos los seres humanos del mundo les fuera bien, que todos pudieran ser felices y vivir contentos, que todos fueran amables con los demás, que triunfara la verdad y reinara la paz… Muchos de ellos se asombrarían si conociesen sus verdaderos deseos. Sólo creen que desean todo eso porque les gustaría verse a sí mismos como personas virtuosas o buenas. Pero el que les guste no significa obligatoriamente que lo deseen de verdad. Sus deseos reales se orientan a menudo hacia otras cosas completamente distintas; incluso a veces justamente hacia lo contrario. Por eso jamás están real y completamente de acuerdo consigo mismos. Y como los deseos ajenos son de historias ajenas, ellos jamás viven su propia historia. Y por eso, naturalmente, tampoco pueden hacer magia».

Michael Ende. En La escuela de magia (Die Zauberschule), contenido en Los mejores cuentos de Michael Ende.

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lunes, 13 de agosto de 2007

Recuperación de un relato humorístico en verso con características de álbum: La aventura formidable del hombrecillo indomable, del caricaturista Hans Traxler.

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domingo, 12 de agosto de 2007

«Una vez fueron los árboles a elegirse rey, y dijeron al olivo: Sé nuestro rey. Pero dijo el olivo: ¿Y voy a dejar mi aceite, con el que engordan dioses y hombres, para ir a mecerme sobre los árboles?

Entonces dijeron a la higuera: Ven a ser nuestro rey. Pero dijo la higuera: ¿Y voy a dejar mi fruto sabroso para ir a mecerme sobre los árboles?

Entonces dijeron a la vid: Ven a ser nuestro rey. Pero dijo la vid: ¿Y voy a dejar mi mosto, que alegra a dioses y hombres, para ir a mecerme sobre los árboles?

Entonces dijeron todos a la zarza: Ven a ser nuestro rey. Y les dijo la zarza: Si de veras queréis ungirme rey vuestro, venid a cobijaros bajo mi sombra, y si no, salga fuego de la zarza y devore a los cedros del Líbano» (Jueces 9, 8-15).

Dice Gerhard von Rad que esta fábula, una de las pocas del Antiguo Testamento, declaraba «como sospechosa cualquier forma de monarquía, por no decir intolerable. Sólo un truhán, sólo uno que es incapaz de dar la más mínima contribución al bien común, puede prestarse a ser rey. Y precisamente ése, que no tiene nada que ofrecer, llega a la desfachatez de invitar a los demás a cobijarse bajo su protección e incluso a amenazarlos descaradamente».

Gerhard von Rad. Sabiduría en Israel (Weisheit in Israel, 1982). Madrid: Cristiandad, 1985; 408 pp.; trad. de D. Mínguez Fernández; ISBN: 84-7057-377-2.

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sábado, 11 de agosto de 2007

Wim Wenders: «El cine encierra también este peligro: que puedes aparentar mucho más de lo que hay. (...) De hecho, cuanto más bella parece una cosa en una película, más cautelosos debemos ser: puede que se trate sólo de una apariencia».

Wim Wenders. El acto de ver: textos y conversaciones.

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viernes, 10 de agosto de 2007

Wolfang Iser: «Virginia Woolf comenta sobre Jane Austen, que es “dueña de una emoción mucho más profunda de lo que aparece en la superficie. Nos estimula a aportar lo que no está allí. Lo que ofrece es aparentemente una cosa sin importancia, sin embargo contiene algo que se expande en la mente del lector y dota de la forma de vida más duradera a escenas que son en apariencia triviales. El acento se pone siempre en el carácter. Los giros del diálogo nos mantienen en suspense, como sobre ascuas. Nuestra atención está así dividida entre el momento presente y el futuro...” (...) Lo callado en las escenas aparentemente triviales y los espacios vacíos en la conducción del diálogo estimulan al lector para una ocupación proyectiva del espacio vacío. Llevan al lector hasta lo sucedido y le inducen a representarse lo no-dicho como lo pretendido. De aquí se origina un proceso dinámico, puesto que lo dicho parece sólo hablar realmente cuando refiere a lo que calla». Esta es una de las razones de su maestría.

Wolfang Iser. El acto de leer: teoría y efecto estético.

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jueves, 9 de agosto de 2007

Cyril Connolly: 
«Los críticos que ignoran el estilo están expuestos a englobar a buenos y malos escritores en apoyo de unas teorías preconcebidas. Un experto debería ser capaz de decir cómo es una alfombra examinando una sola de las madejas usadas para tejerla, o una cosecha enjuagándose la boca con una copa de vino. Si lo aplicamos a la prosa, este método tiene una ventaja: un pasaje separado de su contexto queda aislado del resto del libro y no puede depender de la buena voluntad que el autor ha establecido diestramente con el lector. Este aspecto es importante, pues en todos los libros que han sido "best sellers" y luego han fracasado existe esa pericia comercial. El autor ha embaucado al lector conquistando su voluntad al comienzo y estableciendo así una atmósfera favorable para hacerle aceptar un producto inferior: falsos sentimientos, mala escritura o situaciones irreales. Escribir un "best seller" es plantearse un problema de seducción».

Cyril Connolly. «Los próximos diez años», en Obra selecta. Barcelona: Lumen, 2005; 1014 pp.; col. Ensayo; trad. de Miguel Aguilar, Mauricio Bach y Jordi Fibla; ISBN: 84-264-1520-2.

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miércoles, 8 de agosto de 2007

Hay un modo de leer ansioso, propio de los años jóvenes, que describe bien Stanislaw Lem en sus memorias: «Fui Mowgli, por supuesto, y el indio Winnetou, y el Capitán Nemo. Los extraños pasajes se han fijado en mi mente sin motivo aparente. Tras la guerra me hice con un ejemplar de El viaje sin dinero de Uminski, y busqué página tras página hasta dar con la frase más hermosa: “La bala surcó los cielos con su rugido inconfundible”. Se refería a la caza de cocodrilos o rinocerontes (...). ¿Y El valle sin salida? Cosas horribles exudaban en mí cuando lo leí de pequeño. Y qué decir de La llamada de lo salvaje. Su lectura no permitía repantingarse tranquilamente en la cornisa de la ventana o balancear una silla con el pie o estirarme sobre la mesa apoyando los codos sin llegar a inquietarme. Necesitaba la presencia de un adulto para sentirme completamente seguro, e incluso así a veces era horrible. No me gustaba Dickens; era como un otoño lluvioso y sin esperanza. Sin embargo me zambullía en Dumas, y me perdía. Arranqué con inocencia en Los tres mosqueteros, y poco después me parecería que no había tiempo suficiente en la vida para leer esos libros».

Stanislaw Lem. El castillo alto.

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Matilda.
martes, 7 de agosto de 2007

Quizá el autor más popular de literatura infantil en las décadas finales del siglo XX haya sido Roald Dahl. Da pistas comparar sus relatos con otros del género que podríamos llamar de fantasía disparatada: los de Dahl tienen vida siempre, en otros se nota mucho más el artificio.

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lunes, 6 de agosto de 2007

Hay autores que no le cogen el punto a los álbumes ilustrados. Hay otros, sin embargo, que se mueven en ese medio como peces en el agua. Entre ellos está Anthony Browne, que consigue que todos sus álbumes interesen y gusten, aunque no con todos alcance igual altura, como es lógico. Recientemente ha llegado a las librerías Ramón preocupón, una historia simpática sobre un chico tan agobiado como Leo.

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domingo, 5 de agosto de 2007

Romano Guardini:
 «El libro es (...) un discurso que permanece incluso después de haber sido pronunciado: gracias a los signos, que tienen la propiedad de la duración, el lector puede hacer que la palabra se repita continuamente. Naturalmente, de esta forma se hace claro también qué debería ser la lectura: un despertar del discurso hablado. Cuando un hombre de la antigüedad tomaba un libro en sus manos —o mejor, un rollo de escritura; el libro tenía para él una figura distinta que para nosotros—, no leía sólo con los ojos, sino que pronunciaba las palabras a media voz. Tenía de esta forma la garantía de que se hacía evidente la forma entera de la palabra y de la frase. Hablaba y escuchaba al mismo tiempo y, escuchando, controlaba la propia lectura.

Nosotros, hombres de hoy, leemos callando, y con esto corremos el peligro de no captar hasta el fondo el sentido de las palabras. Los ojos se deslizan de un signo a otro, el intelecto se dirige inmediatamente a sus significados; cae el elemento corpóreo. En esto se encuentra el objetivo de aprender a leer, sobre todo cuando se trata de libros en los que es esencial la sonoridad de la palabra; cuando se trata de lenguaje estilísticamente elaborado, sea prosa o poesía. Cosas de este tipo, cuando se leen, habría que referirlas al discurso hablado. La ganancia sería grande».

Romano Guardini. Elogio del libro (Lob des Buches, conferencia de 1948, editado como libro en 1963). Madrid: Encuentro, 1998; 62 pp.; trad. de Carmen Salgado; ISBN: 84-7490-485-4.

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sábado, 4 de agosto de 2007

Christian Bobin: «Aquí, allí, un poco en todos sitios: un pasadizo entre lo visible y lo invisible. Una ventana mal cerrada, una puerta entreabierta por la que llega un poco de luz. Sin lo invisible no veríamos nada, estaríamos en total oscuridad».

O, en otro sitio: «La vida eterna pasa, burlona, por la vida cotidiana. Se hace ver más que oír. Habla el lenguaje de los sordomudos: movimiento de las manos, claridad de los rostros».

Christian Bobin. Autorretrato con radiador. [Vista del libro en amazon.es]

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viernes, 3 de agosto de 2007

Apuntar alto para llegar lejos
fue un artículo que se me ocurrió a partir de una conversación con una investigadora norteamericana que trabajaba en las novelas para «young adults» con la perspectiva de «los jóvenes como “target” de la industria editorial». Cuando me hizo esa descripción de su trabajo pensé que ningún gran escritor del pasado actuó con esa mente y me propuse articular una explicación acerca de qué hablamos cuando hablamos de literatura juvenil, hacer notar las diferencias entre los libros que leían los jóvenes en el pasado y los que hoy se les ofrecen, intentar una propuesta genérica de qué clase de lecturas pueden ser las mejores para jóvenes. Aquí surge la tensión particular que siempre se da entre tener que buscar libros que atraigan a los lectores y tener que apuntar alto.

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jueves, 2 de agosto de 2007

Pocos meses después del artículo citado ayer sobre las novelitas de terror, dado que supuestamente  dominaba la cuestión, me pidieron un artículo acerca de Stephen King. Leí entonces sus novelas más conocidas y algunas más, también charlé con varios fans del autor, y preparé El triunfo de Stephen King o Donde se oculta el miedo. También en este caso iba en busca de una explicación para unos éxitos populares que para muchos son desconcertantes, e intenté pensar un poco en cuál puede ser el efecto social de relatos tan morbosos.

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miércoles, 1 de agosto de 2007

Escribí Novelitas de terror para niños o Para qué se nos ha dado el miedo con ocasión del encargo específico de un artículo acerca de las novelitas de terror de R. L. Stine que inundaban el mercado en los noventa. Para eso leí varias docenas de sus relatos: una ocupación realmente aburrida porque son muy flojos y porque no conecto especialmente con lo gótico. Pero, con ocasión de ese trabajo, charlé con personas que sí les gustan esas historias, pude comprender un poco mejor la cuestión, y pude preparar las respuestas a una pregunta que me habían hecho ya en diversos coloquios: ¿cómo afectan tales relatos a los niños?, ¿por qué les gustan tanto? ¿cómo enfocar esa afición?

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