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Notas de agosto de 2008 :: bienvenidosalafiesta ::    
bienvenidos a la fiesta
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domingo, 31 de agosto de 2008

Dice Carlos García Gual que «Marco Aurelio resulta un tipo de héroe muy poco frecuente en la Historia —entre otras cosas, porque carece de la alegría autoafirmativa y del énfasis jovial de otras grandes figuras—. Es un filósofo de reducida originalidad. Pero la conexión de su posición histórica, su conducta personal y su actitud filosófica, hacen de él una figura atractiva y un ejemplo apasionante de humanidad». Como es sabido, sus Meditaciones reúnen, de un modo a la vez cerebral y cordial, una serie de propuestas para vivir del modo más acertado posible.

Por ejemplo, para quienes tenemos a veces la mente tan ocupada en nada importante y tan abarrotada de imágenes, este comentario: «La mayor parte de las cosas que decimos y hacemos, al no ser necesarias, si se las suprimiese reportarían bastante más ocio y tranquilidad. En consecuencia, es preciso recapacitar personalmente en cada cosa: ¿no estará esto entre lo que no es necesario? Y no sólo es preciso eliminar las actividades innecesarias, sino incluso las imaginaciones. De esa manera, dejarán de acompañar las actividades superfluas». Porque, dirá más adelante, tal «como formes tus imaginaciones en repetidas veces, tal será tu inteligencia, pues el alma es teñida por sus imaginaciones».

Marco Aurelio. Meditaciones (escritas en los últimos años de su vida, hacia el 170). Madrid: Gredos, 1994, 3ª reimpr.; pp.; col. Biblioteca Clásica Gredos; introducción de Carlos García Gual; trad. y notas de Ramón Bach Pellicer; ISBN: 84-249-3497-0.

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sábado, 30 de agosto de 2008

Ha sido una buena y larga lectura el libro de Tony Judt titulado Postguerra: una historia de Europa desde 1945. Aunque no lo he leído con igual atención en todos sus tramos, y aunque me ha parecido inevitablemente plano —muchos personajes y sucesos todos al mismo nivel— y desigual —se ve que algunas cosas el autor las conoce más de cerca o de primera mano, y otras no tanto—, es difícil no sentirse impresionado por un trabajo de síntesis y clarificación tan ambicioso y tan ameno. Para mí los capítulos más interesantes han sido los primeros, los que tratan de las décadas inmediatamente posteriores a la segunda Guerra Mundial. Los de las últimas décadas me han servido para reforzar el esquema mental que ya tenía de los acontecimientos, y no tanto para comprender mejor algunas cosas: como es lógico aquí es donde he notado más la falta de relieve de la obra.

El libro termina con una reivindicación del estudio profesional del pasado por parte de los historiadores y, al hablar de los riesgos que tiene un excesivo culto a la conmemoración, señala que «la memoria es intrínsecamente polémica y sesgada: lo que para unos es reconocimiento para otros es omisión. Además, es una mala consejera en lo que al pasado se refiere». Y luego cuenta un conocido chiste de la era soviética: «Un oyente llama a Radio Armenia para hacer una pregunta: “¿Es posible predecir el futuro?” Respuesta: “Sí. No hay problema. Sabemos exactamente cómo será el futuro. Nuestro problema es el pasado, que siempre está cambiando”».

Tony Judt. Postguerra: una historia de Europa desde 1945 (Postwar. A History of Europe since 1945, 2005). Madrid: Taurus, 2006; 920 pp.; trad. de Jesús Cuéllar, Victoria Gordo del Rey; ISBN: 84-306-0610-6.

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viernes, 29 de agosto de 2008

Me ha defraudado la biografía de Herman Melville de Andrew Delbanco: esperaba más. Sin duda está bien escrita y hay un buen trabajo de documentación detrás. Lógicamente, también queda clara la importancia de Melville y la potencia y novedad de Moby Dick y sus mejores cuentos.

Sin embargo, en mi opinión, acaban siendo absurdas, y hasta risibles, las discusiones sobre algunos temas, que no dicen nada del biografiado y sí mucho sobre las obsesiones de nuestro mundo actual. El autor se toma en serio algunas, aunque las ponga en boca de otros, como cuando alguien habla de una ballena «apabullantemente erótica»; cuando menciona la relación entre Ahab y su obsesión monomaníaca con Hitler o con Osama bin Laden o con Bush; cuando interpreta con claves freudianas algunas peripecias vitales del autor; y no digamos nada de las inevitables referencias a si fue gay o no... Es cierto que, a veces, dice que le parecen improcedentes otras, por ejemplo cuando señala que no se pueden interpretar pasajes de Moby Dick como precursores de la sensibilidad medioambiental de hoy y que la obra no contiene ningún mensaje tipo «salvad a las ballenas»... También he tenido la sensación de que hay una especie de justificación a posteriori de los defectos literarios de Melville: como un intentar aumentar sus méritos más allá de los muchos que ya tiene.

En fin, para mí son mucho más clarificadoras, por ejemplo, la biografía y la introducción crítica de Cátedra que contiene los tres cuentos principales de Melville: Bartleby, el escribiente, Benito Cereno y Billy Budd.

Andrew Delbanco. Melville (Melville. His World and Work, 2005). Barcelona: Seix Barral, 2007; 512 pp.; col. Los tres mundos; trad. de Juan Bonilla; ISBN: 978-84-322-0904-8.
Herman Melville. Bartleby, el escribiente, Benito Cereno, Billy Budd. Madrid: Cátedra, 2000, 4ª ed.; 305 pp.; col. Letras universales; edición de Julia Lavid: ISBN: 84-376-0654-3.

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jueves, 28 de agosto de 2008

La biografía que Chesterton dedicó a san Francisco de Asís, el primer libro que publicó después de su conversión al catolicismo, no me parece tan conseguida como las que tratan sobre personajes literarios. Pienso que los meandros estilísticos de Chesterton y su afición por multiplicar metáforas y ejemplos, no son los recursos más apropiados para una biografía como esta, que contiene más hechos del biografiado que otras del autor, pero que sobre todo se fija en la transición interior del personaje: de ser un soldado a ser un reformador y un trovador de Dios. Contiene, por supuesto, comentarios que perfilan a san Francisco al modo en que un dibujante genial es capaz de retratar a su modelo en dos trazos: «Nunca existió un hombre a quien asustasen menos sus propias promesas»; «todos sus actos fueron siempre inesperados y nunca inapropiados»; en su trato con los demás «parecía, a un tiempo, no estar en guardia y apuntar al corazón», fue como el fundador de un nuevo folclore, de «una especie de infantilismo inspirado que sólo puede compararse con los cuentos de hadas».

Es, en cualquier caso, una obra que permite a Chesterton decir lo que piensa sobre algunas ideas actuales muy difundidas.

Entre otras, habla de una verdadera comprensión de la naturaleza, y afirma que resulta difícil hoy para muchos comprender las alabanzas que le prodigó San Francisco «mientras las identifiquen con el culto a la naturaleza o con el optimismo panteísta». San Francisco amaba a todas las criaturas individuales, con la misma visión de la realidad de los niños: «Un niño comprende sin dificultad que Dios hizo al perro y al gato; y, no obstante, se da cuenta exacta de que la creación de los perros y los gatos, sacándolos de la nada, constituye un proceso misterioso que su imaginación no puede alcanzar. Pero ningún niño os entendería si mezclarais al perro y al gato con todas las demás cosas existentes, para formar con ellas un monstruo de mil patas llamado naturaleza».

También hace notar que se ha de observar la historia y la realidad sabiendo distinguir las cosas probables de las improbables: «No es tanto una cuestión de crítica cósmica acerca de la naturaleza del acontecimiento, como de crítica literaria acerca de la naturaleza de la historia». Y, aplicando este principio a las Cruzadas dice: «El gran duque Godofredo y los primitivos cristianos que conquistaron Jerusalén fueron héroes, si algún héroe existió en el mundo; pero fueron los héroes de una tragedia». Y luego, hablando de los intentos de San Francisco de convertir a los musulmanes, añade: «La mentalidad moderna es difícil de satisfacer; y, generalmente, acusa de feroz al procedimiento de Godofredo, y de fanático al de san Francisco. O sea que proclama impracticable todo método moral cuando acaba de proclamar inmoral todo método practicable».

Lo que sin duda sigue siendo cierto, ahora como en el momento en que Chesterton escribió su libro, es la sorpresa que causa un comportamiento como el de san Francisco, alguien que «nunca vio las cosas según nuestra escala corriente sino con una vertiginosa desproporción que hace rodar la cabeza». Y, en particular, su «amable burla de la idea de posesión», como con «la esperanza de desarmar, con generosidad, al enemigo», como con «la alegría de llevar una entusiasta convicción hasta su extremo lógico» y «el sentido humorístico de sorprender al mundo con lo inesperado»; y también con «esa curiosa y aplastante rudeza que los no mundanos pueden manejar a veces como una maza de piedra», esa que por ejemplo golpea cuando dice que «si poseyéramos bienes, nos serían indispensables armas y leyes para defenderlos».

G. K. Chesterton. San Francisco de Asís (St. Francis of Assisi, 1923). Barcelona: Juventud, 1998, 3ª ed.; 161 pp.; col. Libros de bolsillo Z; trad. de Marià Manent; ISBN: 84-261-0056-2. Otra edición en Madrid: Encuentro, 2012; 168 pp.; trad. de Carmen González del Yerro; ISBN: 978-8499201481.

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miércoles, 27 de agosto de 2008

Después de la buena impresión que me dejó Hood busqué más obras de Stephen Lawhead.

En primer lugar leí Bizancio, una obra de aventuras muy elogiada por los seguidores del autor y... no la terminé: no está bien escrita, se hace prolija porque falta criterio para seleccionar qué contar y qué no, y el protagonista —un monje irlandés del siglo X que viaja a Bizancio y le pasan todo tipo de cosas— no resulta creíble.

Después de Bizancio leí Taliesín y Merlín, los dos primeros libros del ciclo Pandragón, el de más éxito de  Lawhead según parece, una serie de seis novelas donde se cuentan las leyendas artúricas ambientadas en la época final de la dominación romana.

El primero, Taliesín, cuenta en tercera persona las andanzas del personaje, a quien el autor sitúa en el siglo IV después de Cristo, en el interior de la Britania dominada por los romanos. El argumento tiene dos hilos. En uno, el heredero de uno de los pequeños reinos del interior encuentra un chico recién nacido de origen desconocido: Taliesín; luego se casa y adopta al niño que, según los druidas, está predestinado a ser el mayor bardo de la historia. El otro escenario es la Atlántida, donde la princesa Charis, después de que su madre muera asesinada, se hace bailarina y, luego, logra que varios barcos abandonen la Atlántida poco antes de su hundimiento y alcancen las costas de Britania. Más tarde Taliesín y Charis se casarán y tendrán un hijo: Merlín.

El segundo libro, Merlín, está contado en primera persona por el protagonista. Narra su infancia y juventud, sus amores con Ganieda, su papel como consejero del rey Aurelius y luego de su hermano Uther, el nacimiento póstumo del hijo de Aurelius a quien él se llevará consigo y pondrá por nombre Arturo. La narración termina poco después de ese momento, cuando Merlín deja la espada real profundamente clavada en la piedra, en espera de que aparezca quien pueda sacarla, el futuro rey de Britania. Los acentos son quejosos y, al fondo, siempre pende la amenaza de su tía Morgian.

El primer libro es el mejor pues, aunque su ritmo es lento, las cosas se cuentan bien, hay tensión en el argumento y algunas escenas de acción o de particular dramatismo están conseguidas: al autor parece que se le da mejor la tercera persona. El segundo libro es más flojo: algunos episodios podrían suprimirse, los acentos de plañidera de Merlín suenan artificiosos, hay más defectos de adjetivación y más barroquismos descriptivos completamente huecos —por ejemplo: «percibí el sonido de su risa como si se tratara de plata líquida en el aire del atardecer» dice Merlín cuando conoce a Ganieda—. La construcción de personajes de ambas historias no es buena, pues todos hablan bastante igual y, con excepción tal vez de Taliesin y de Charis, no tienen personalidades distintivas. Además, en la traducción hay modismos catalanes.

Uno de los propósitos del autor es el de cristianizar estas leyendas: Taliesín, heredero de los antiguos druidas, se bautiza y ve su vida como una misión encargada directamente por Dios; el mismo espíritu tiene su hijo Merlín, cuyo pensamiento y comportamiento están presididos por el deseo de instaurar un mundo cristiano y por combatir contra los poderes diabólicos que intentan impedirlo. A favor del intento del autor se puede decir que su narración es elegante y que defiende valores de nobleza y caballerosidad. En su contra se han de mencionar varias cosas: una, que conjugar la existencia del Otro Mundo y la magia de los druidas con el mundo sobrenatural cristiano es un empeño más que dudoso; otra, que hay una excesiva insistencia en la cuestión, algo que también se debe a la falta de contención narrativa ya citada; y otra objeción es que con recreaciones así lo respetuoso es no ir mucho más lejos de las leyendas originales, por más que se hayan hecho intentos semejantes con propósitos contrarios.

Stephen Lawhead. Bizancio (Byzantium, 1996). Barcelona: Círculo de lectores, 1999, 3ª impr.; 752 pp.; trad. de Susana Beatriz Cella; ISBN 10: 84-226-7473-4.
Stephen Lawhead. Taliesín (Taliesin, 1987). Barcelona: Timun Mas, 2008; 492 pp.; col. Fantasís épica; trad. de Gemma Gallart; ISBN: 978-84-480-3627-0
Stephen Lawhead. Merlín (Merlin, 1988). Barcelona: Timun Mas, 2008; 583 pp.; trad. de Gemma Gallart; ISBN: 978-84-480-3628-7.

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martes, 26 de agosto de 2008

En lo que se refiere al uso juguetón del lenguaje cabría decir que el particular Dr. Seuss español fue, durante décadas, Gloria Fuertes, autora de muchas poesías infantiles que han sido bien descritas como «palabras subidas a un tiovivo».

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lunes, 25 de agosto de 2008

Si ponemos el foco en que todos los álbumes, de un modo u otro, son educativos, es posible probar una clasificación de contenidos según los tipos de conocimientos y de actitudes que tratan.

Dejando de lado que unos se dirigen más al niño y otros más al adulto, unos los podemos llamar informativos, como más neutros en lo que transmiten, y a otros pedagógicos, como más con el propósito de inculcar algo. En estos apartados se pueden incluir aquellos álbumes que transmiten conceptos —letras, números, colores, formas, tamaños, etc.—, y los que transmiten enseñanzas vitales, aunque lo normal es que unas informaciones se crucen con otras. De momento, entre otros posibles grupos de álbumes de aprendizaje, sí componen una sección temática los que tratan de arte y buscan avivar la sensibilidad estética del lector. Y si hubiera que nombrar al autor de álbumes que mejor ha conjugado divertir y enseñar —sobre todo lenguaje y vocabulario, pero no sólo— en el mundo anglosajón todo el mundo estaría de acuerdo en el Dr. Seuss, un fenómeno editorial sin parangón.

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domingo, 24 de agosto de 2008

A lo largo del verano he leído por primera vez los libros de aforismos y pensamientos de Catón y de La Rochefoucauld, y el Diccionario del diablo de Ambrose Bierce; y he releído tres que recordaba poco, los de Marco Aurelio, de Gracián y de Pascal. Así que, a pesar de que Bierce diga que los aforismos son «sabiduría predigerida» (aunque no por eso deje de colocar los suyos), como también es cierto que muchos son excelentes, en domingos sucesivos pondré unos comentarios y algunas frasecillas.

De Marco Porcio Catón (234-149 a.C.), el primer prosista en lengua latina, me ha gustado su «Cíñete al asunto y te saldrán las palabras»; me parece un buen consejo el «Ayuda en cuanto puedas, incluso a los extraños. Mejor ganar amigos que servir al Estado»; y me gusta más todavía el «No condenes jamás a ningún viejo amigo. Aunque cambie, recuerda: le tenías cariño». Entiendo que a consideraciones así, aunque no sólo a ellas, se refería Marco Aurelio cuando proponía la conveniencia de que, «del mismo modo que los médicos siempre tienen a mano los instrumentos de hierro para las curas de urgencia, así también conserva tú a punto los principios fundamentales para conocer las cosas divinas y las humanas, y así llevarlo a cabo todo, incluso lo más insignificante, recordando la trabazón íntima y mutua de unas cosas con otras. Pues no llevarás a feliz término ninguna cosa humana sin relacionarla al mismo tiempo con las divinas, ni tampoco al revés».

Marco Porcio Catón. Dichos de la sabiduría proverbial romana. Barcelona: Península, 1996; 157 pp.; col. Nuestros contemporáneos; edición latino-castellana, con presentación y trad. de Jordi Cornudella; ISBN: 84-297-4184-4.
Marco Aurelio. Meditaciones (escritas en los últimos años de su vida, hacia el 170). Madrid: Gredos, 1994, 3ª reimpr.; pp.; col. Biblioteca Clásica Gredos; introducción de Carlos García Gual; trad. y notas de Ramón Bach Pellicer; ISBN: 84-249-3497-0.

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sábado, 23 de agosto de 2008

Muchas personas se nutren hoy de la basura televisiva, piensan que la realidad es lo que les muestra la pantalla, usan expresiones trilladas, viven en una realidad virtual al borde de la neurosis, se ven a sí mismos como fragmentados y, sigue David Mamet, «cuando tienen que expresar lo que son o sienten con sus propias palabras, desembocan en la tartamudez y en la desintegración psíquica».

David Mamet. Glengarry Glen Ross (1982, 1983) y Casa de Juegos (House of Games, 1985, 1987). Madrid: Cátedra, 2000; 271 pp.; col. Letras universales; edición de Catalina Buezo, trad. de Catalina Buezo y Elizabeth Gray; ISBN: 84-376-1790-1.

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viernes, 22 de agosto de 2008

En El honor perdido de Katharina Blum, con acentos explicativos y una poderosa ironía, Heinrich Böll narra los acontecimientos que condujeron a que Katharina Blum, una chica que trabajaba en el hogar de los señores Blorna, asesinara al periodista Werner Tötges.

El narrador tiene la intención de mostrar cómo la prensa sensacionalista, el PERIÓDICO, siempre citado con mayúsculas, puede arruinar la vida de una persona. De paso, se revelan las complicidades hipócritas que lo permiten.

Aunque la novela esté un tanto anticuada y tenga un explícito carácter panfletario, ha quedado como un clásico acerca del tema y es también una muestra de la fuerza narrativa del autor.

Un ejemplo de actuación periodística malévola:

«Ella se limitó a decir:
--¿Por qué ha tenido que terminar así?
Pero el PERIÓDICO lo transformó en la frase: “Era inevitable que algún día terminaría así”.
La explicación que dio el periodista a este pequeño cambio en la declaración fue la siguiente:
—Como reportero estoy acostumbrado a ayudar a las personas con dificultades de expresión».

Heinrich Böll. El honor perdido de Katharina Blum o Cómo surge la violencia y a dónde puede conducir (Die verlorene Eher der Katharina Blum oder: Wie Gewalt entstehen und wohin sie führen kann, 1974). Madrid: Espasa Calpe, 1995; 176 pp.; col. Grandes de Bolsillo; trad. de María Teresa Chiclana Otal; ISBN: 8423991229.

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jueves, 21 de agosto de 2008

«Se habla mucho de la perspectiva histórica —dice Chesterton en la conclusión que pone a su Breve  historia de Inglaterra—, pero a mí me parece que hay demasiada perspectiva en la historia, pues la perspectiva hace parecer gigantes a los pigmeos y pigmeos a los gigantes. El pasado es un gigante visto en escorzo cuyos pies miran hacia nosotros, y a menudo son pies de barro». De acuerdo con eso, Chesterton cuenta la historia de su país sin fechas, en dieciséis capítulos, procurando centrarse no en los hechos sino en «la importancia de los hechos», y advirtiendo en su introducción que «los aspectos más olvidados de la historia inglesa no son pequeñas cosas oscuramente veladas por los especialistas, sino grandes cosas que estos ignoran».

Uno de sus intereses principales es desmontar los prejuicios tontos de quienes se creen superiores a sus antepasados. Por eso subraya que si tenemos una imagen bárbara de los primeros siglos de la historia, en parte se debe a que algunos historiadores sólo cuentan la vida de los destructores profesionales y se quejan después de que todo sea destrucción. También incide mucho en que si se intentan dar explicaciones históricas prescindiendo de la fe cristiana no se comprende casi nada, y señala cómo hay un «elemento en la Iglesia, almacenado como dinamita entre sus primeros cimientos», que renueva siempre el mundo, y ahí están los casos de Tomás Becket y Tomás Moro.

En especial Chesterton tiene un particular interés en reinvindicar la Edad media, sobre la que hace muchas consideraciones jugosas. En concreto, véase su afirmación de que los sindicatos actuales son «un fantasma de la Edad media»: «Los viejos gremios, con un mismo objetivo igualitario, exigían de manera perentoria la misma nivelación de los pagos y contratos que tanto se les reprocha hoy a los sindicatos. Pero también exigían, cosa que los sindicatos no pueden hacer, una destreza incomparable que todavía hoy asombra al mundo en las esquinas de los edificios en ruinas o en los colores de las vidrieras rotas». Así, dice Chesterton, los sindicatos modernos son como «un retorno al pasado de hombres que ignoran el pasado, como el acto inconsciente de un hombre que ha perdido la memoria».

Sin duda apreciará más esta obra quien más conocimientos tenga de las cuestiones históricas que sobrevuela. Pero, en cualquier caso, su lectura merece la pena pues los enfoques de Chesterton proporcionan una visión profundamente realista sobre muchos asuntos, y sus formulaciones nos ayudan a reconocer actitudes que se dan también aquí y ahora. Por ejemplo, cuando nos habla de un gobierno que «tuvo que recurrir al sencillo procedimiento de calmar a la gente con promesas y después quebrantar, primero las promesas y luego a la gente, tal como hemos visto hacer tantas veces a los políticos actuales». O cuando nos dice que «los patriotas suelen ir por detrás de su época, pues, acostumbrados a vigilar a sus viejos enemigos, descuidan a los nuevos».

G. K. Chesterton. Breve historia de Inglaterra (A Short History of England, 1917). Barcelona: El Acantilado, 2005; 256 pp.; trad. de Miguel Temprano García; ISBN: 84-96136-93-0.

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miércoles, 20 de agosto de 2008

Ya he mencionado varias veces a Jean-Michel Charlier, compañero en Goscinny en muchas empresas editoriales y creador, entre otros, de un héroe crepuscular del Oeste (o un héroe de un Oeste crepuscular): el Teniente Blueberry, dibujado por Jean Giraud. No es mi héroe favorito —sólo me interesaron sus primeros álbumes— pero a muchos les gusta y sin duda es destacable argumental y gráficamente.

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martes, 19 de agosto de 2008

Unos personajillos que tuvieron éxito durante años: Los pitufos, de Peyo (no sé por qué los traductores convirtieron «Les Schtroumpfs» en «Los pitufos» pero, pasado el tiempo, es como si hubieran dado con la única solución posible). En ellos se ve otra lección más de que una buena parte del éxito de muchas historias infantiles está en dar con una idea sencilla con la que todos conectamos bien, en este caso el multiuso de alguna palabra con la que solucionamos nuestros problemas para expresarnos con propiedad. El pitufo de la derecha, tomado de su página web, lleva una tarta porque en este 2008 los pitufos cumplen cincuenta años.

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lunes, 18 de agosto de 2008

El intento de clasificar los álbumes según contenidos se desparrama en muchas direcciones.

Una opción es la de atender a cuestiones argumentales elementales —Abuelos, Juguetes, Ositos, Gatos, Perros, Cocodrilos, Pingüinos...—, algunas de las cuales ya he mencionado en notas anteriores o se pueden ver entrando en la opción Listados-Contenidos específicos.

Otra es la de atender a los núcleos argumentales básicos como aspectos de la vida familiar, o de la convivencia, o del mundo de las emociones infantiles, temas que fácilmente pueden, a su vez, dividirse mucho más. Así, de afecto familiar, y en concreto de amor entre madres e hijos, un tema muy frecuente, es un buen ejemplo Adivina cuanto te quiero, de Sam McBratney y Anita Jeram.

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domingo, 17 de agosto de 2008

Otro comentario literario de Gerhard von Rad, a propósito del texto bíblico donde se cuenta la destrucción de Sodoma (Lot 19, 26-28), es este: «El arte narrativo del Antiguo Testamento está muy al corriente de las dificultades que envuelve una exposición sugestiva de acontecimientos globales y, por eso, siempre que puede bosqueja de modo indirecto el conjunto mediante detalles; con ello el relato gana viveza. Así pues, nuestro relato se cierra con la descripción de dos hechos aislados que procuran al lector una perspectiva más sobre el horror de lo ocurrido. Son estos hechos la mujer de Lot mirando hacia atrás, y Abraham sumido en la contemplación del país devastado».

Gerhard von Rad. El libro del Génesis (Das erste Buch Mose. Genesis, 1972). Salamanca: Sígueme, 1988, 3ª ed.; Col. Biblioteca de Estudios Bíblicos; trad. de Santiago Romero; ISBN: 84-301-0459-3.

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sábado, 16 de agosto de 2008

Robert Hughes: «Es asombroso que la mitad de la vida consciente de muchos se pase frente al televisor: qué pérdida de tiempo, qué modo de desperdiciar la vida. Y, sin embargo, todos acabamos teniendo la experiencia de cómo la televisión hace que la realidad parezca aburrida, lenta y evitable, y lo vacía todo de significado. Y de cómo aborta la imaginación de los niños al no dejarles nada que imaginar e imponerles estereotipos de modo autoritario».

Robert Hughes. A toda crítica. Ensayos sobre arte y artistas (Nothing If Not Critical, 1990). Barcelona: Anagrama, 2002; 497 pp.; col. Argumentos; trad. de Alberto Coscarelli; ISBN: 84-339-1360-3.

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viernes, 15 de agosto de 2008

Se ha publicado recientemente Narciso Negro, de Rumer Godden, la autora de El ríoun extraordinario relato de memorias de infancia—, y de Hijos del Juevesuna buena historia sobre un chico que quiere ser bailarín de danza, un subgénero popular en el mundo anglosajón—. Que yo sepa, en castellano no hay ahora disponibles más relatos de la autora. En su momento leí La mansión de porcelana, publicado en 1962, la historia de una mansión familiar inglesa; y The fairy doll, un relato de 1956 sobre una niña de la que burlan sus hermanos pero que adquiere seguridad gracias a una muñeca-hada.

Narciso Negro, una oportunidad de que más lectores españoles conozcan a la autora, habla de unas monjas anglicanas enviadas a poner en marcha un convento en un viejo palacio situado en las montañas de Darjeeling, al norte de la India, un lugar maravilloso. Una vez allí, la belleza de las montañas, la bondad y el modo de ser de la gente, las excepciones que se ven obligadas a permitir dada su situación, parecen ir cambiándolo todo. El relato se centra, sobre todo, en el mundo interior de las monjas, cada una con sus propios conflictos personales, y en especial el de la superiora: una brillante joven irlandesa con grandes dotes pero también dura en exceso. Unos choques aumentan y otros se suavizan debido al señor Dean, un occidental acostumbrado a vivir allí que conoce bien las costumbres de los nativos, que si por un lado es rudo y corrupto, por otro es honrado y desea sinceramente ayudar. Rumer Godden matiza la evolución de los estados de ánimo, cuida las descripciones ambientales, construye unos diálogos acerados, y concluye su novela sin un cierre romántico en falso. Está planteada con agudeza la desorientación de las monjas en su nuevo ambiente, que si se acentúa mucho debido a los desafíos que les plantea la convivencia con gente de otra mentalidad, parece tener su origen sobre todo en la falta de recursos interiores.

Rumer Godden. Narciso Negro (Black Narcissus, 1939). Barcelona: Rocaeditorial, 2008; 238 pp.; trad. de Isabel Ferrer y Carlos Milla; ISBN: 978-84-92429-26-4.

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jueves, 14 de agosto de 2008

The Victorian Age in Literature,
de Chesterton, es una obra de historia y crítica literaria (no editada en España que yo sepa) que resulta todo un alarde de conocimientos de los puntos débiles y los fuertes de cada escritor o poeta inglés del XIX, y un poderoso análisis de las líneas de fuerza que configuraban la sociedad inglesa de ese siglo.

Chesterton comienza su libro a partir de la muerte de William Cobbett y lo termina con Stevenson, a quienes años más tarde dedicará sendas biografías. Previene al lector de su tendencia inevitable a que las figuras se le queden pequeñas dentro de un paisaje demasiado grande; y le advierte que su modelo para mostrar lo que ha sucedido no es ir dejando las cosas atrás, como en una carretera, sino revelar el despliegue de la vida, como en un árbol que crece a partir de sus raíces. Empieza con los años en los que triunfa el utilitarismo, un modo de vivir contra el que muchos escritores reaccionaron incluso sin saberlo; y termina con el movimiento decadentista encabezado por Oscar Wilde, cuando crecen la popularidad del pensamiento darwinista y las ideas socialistas. Al margen de las grandes líneas que Chesterton apunta, imposibles de discutir sin ponerse a su nivel de conocimientos de la historia de la época y de los autores que trata, son muchas las observaciones particulares de interés incluso para quien se vea desbordado por el torrente de ideas y de agudezas del autor.

Por ejemplo, es notable la forma en que Chesterton explica la superioridad de las mujeres novelistas de la época. Después de agudas reflexiones acerca de las Charlotte Brontë, su hermana Emily, y George Eliot, a quienes distingue bien de su predecesora Jane Austen, habla de cómo sus novelas, y la novela moderna en general, tratan acerca de una parte de la existencia humana que siempre ha sido un reino propio de las mujeres: la capacidad de apreciar las diferentes personalidades en todos sus matices, el talento no tanto para sentir lo que otros sienten como para sufrir lo que otros sufren, el interés atento por esos rincones de la vida que nos parecen menos vistosos.

Otra consideración a retener es la de que las mayores originalidades de la época victoriana fueron la literatura infantil y el descubrimiento de un nuevo tipo de literatura humorística. De la primera el representante genuino fue George Macdonald, a quien Chesterton describe como un calvinista optimista con el talento de recrear en sus relatos todo el encanto de los cuentos de hadas. El segundo es el «nonsense», un tipo de humor que no busca tanto entretener a niños como conseguir que los adultos vuelvan a recobrar su infancia, cuyos autores clave fueron Lewis Carroll y, más aún, Edward Lear; y es que, dice Chesterton, lo que Goethe no había enseñado a los alemanes nunca, Byron consiguió que los ingleses lo aprendieran: a no tomarse a sí mismos demasiado en serio.

Una pincelada de otra clase, que Chesterton reitera varias veces, es la de lo absurdo que resulta usar el término «precursor» en historia o en literatura. Explica Chesterton que tal calificativo fue inventado para Juan Bautista pues es obvio que sólo se puede aplicar con propiedad en un contexto real o supuestamente divino: de otro modo el precursor sería realmente el fundador. Pero usar este término en la realidad no tiene sentido: porque muchos llamados precursores no querrían tener nada que ver con lo que se les atribuye que han anunciado; porque ha sucedido una y otra vez que algún movimiento social o literario fue sugerido antes por alguien; y sobre todo porque llamar precursor al anunciante es como decir que fue una especie de esclavo que iba corriendo delante de un ejército avisando de su llegada. Intuyo que Borges dedujo de aquí su ingenioso comentario de que los genios crean a sus precursores.

G. K. Chesterton. The Victorian Age of Literature (1913).

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miércoles, 13 de agosto de 2008

Ludwig Bemelmans
fue un buen pintor que publicó en 1939 un álbum infantil que le hizo famoso: Madeline, que años después tuvo varias secuelas muy populares.

Además escribió un relato titulado El Danubio azul, publicado no hace mucho en español, cuyo título se refiere a una cervecería de Ratisbona durante la segunda guerra mundial. El que fuera dueño de la cervecería, Anton Fisher, vive con sus hermanas y una sobrina en una isla del Danubio que no pertenece a nadie. En medio de la cobardía de la gente que se inhibe, Anton mantiene un largo pulso con los jefes nazis locales. El relato es serio pero tiene acentos tragicómicos y, sin ser extraordinario, está bien. Cuenta con varias láminas de ambiente pintadas por el autor.

Ludwig Bemelmans. El Danubio azul (The Blue Danube, 1945). Barcelona: Barataria, 2006; 197 pp.; trad. de Deborah Bonner y Mariano López Carrillo; ISBN: 84-95764-44-X.

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martes, 12 de agosto de 2008

He citado ya de paso a historietistas tan importantes como Jijé y André Franquin. El primero continuó las aventuras de Spirou y Spip, que había empenzado Rob-Vel, y les añadió a Fantasio. El segundo continuó con la historia e inventó el personaje que, para el lector-niño que yo fui, recuerdo como el más fascinante de la historia del cómic: el Marsupilami. Cito sólo los álbumes primeros que firmó Franquin, fáciles de conseguir en bibliotecas, los mejores que yo conozco.

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lunes, 11 de agosto de 2008

Lo que más atrás decía sobre autores decisivos en la historia de los álbumes se puede ver de otro modo: hay fórmulas estilísticas bien determinadas que ha difundido algún autor de prestigio y que han sido continuadas luego por otros ilustradores en su estela. No me refiero a técnicas o estilos pictóricos sino a «marcas de la casa» en las que se da una particular mezcla de técnicas artísticas con recursos gráficos y argumentales más o menos semejantes. Entre otras ya citadas, las de Eric Carle o  Iela Mari, los personajes monos de Anthony Browne o la disposición de tipografía y colages de Lauren Child. Pues otro autor con una fórmula propia, no editado en España según creo, pero sí en español en Estados Unidos, es Ezra Jack Keatsun neoyorquino de padres polacos como Sendak que también abrió caminos nuevos.

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domingo, 10 de agosto de 2008

Luigi Giussani: «Lo que caracteriza a la experiencia es entender una cosa, descubrir su sentido. La experiencia implica, por tanto, la inteligencia del sentido de las cosas. Y el sentido de una cosa se descubre en su conexión con el resto; por eso, la experiencia significa descubrir de qué sirve una determinada cosa para el mundo».

Luigi Giussani. Educar es un riesgo (Il rischio educativo, 1977, revisado en 1995). Madrid: Encuentro, 2006; 138 pp.; trad. de José Miguel Oriol; ISBN: 84-7490-787-X.

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sábado, 9 de agosto de 2008

En un comentario fechado al poco de ingresar en prisión, Nicolae Steinhardt dice: «Fíjate, esto es el surrealismo: los objetos, los mismos de siempre, conocen otro orden, tienen otra finalidad. Es como decir: también se puede de esta manera. Ahora, sí, la tetera es una mujer, la estufa es un elefante... Max Ernst, Dalí, Duchamp... Pero también El grito de Munch. Tengo ganas de gritar, de despertarme de la pesadilla, de volver a nuestro viejo mundo, bueno y tierno, donde las cosas, sensatas, son lo que sabemos que son y responden a la función que les atribuimos desde siempre...».

A lo cual, más tarde añade: «Me sorprende que los surrealistas se hayan pasado todos a las filas del antifascismo, dado que la famosa declaración de Hanns Johst, “cuando oigo la palabra cultura pongo la mano en el revólver”, estuvo precedida de otra del papa del surrealismo, “La acción surrealista más simple consiste en salir a la calle con una pistola en la mano y disparar ráfagas contra la multitud”. (Es un misterio por qué se refugió André Breton en los Estados Unidos precisamente cuando en Europa se estaba realizando su sueño; un misterio más de los que nos superan)».

Paréntesis míos. Uno: siempre había oído que la cita de la cultura y la pistola era de Goebbels y no sabía que era de Hanns Johst, un dramaturgo alemán que enalteció el nazismo, y que fue pronunciada en su obra Shlageter, escrita y escenificada en 1933 para celebrar la victoria de Hitler. Otro: sí sabía que la segunda era del primer Manifiesto surrealista (1924), y pienso ahora de qué modo, tan dramáticamente irónico, podría relacionarse con sucesos como los tiroteos en colegios estadounidenses; y supongo que podría ponerse como ejemplo de que decir bobadas no sale gratis.

Nicolae Steinhardt. El diario de la felicidad (Jurnalul Fericirii, 1991). Salamanca, Sígueme, 2007; 634 pp.; trad. de Viorica Patea, Fernando Sánchez Miret y George Ardeleanu; ISBN: 978-84-301-1658-4.

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viernes, 8 de agosto de 2008

La revolución del arte moderno,
del arquitecto austriaco Hans Sedlmayr, es una obra clásica en la que se analiza el nacimiento del arte contemporáneo. El foco se dirige al constructivismo, el arte abstracto, el surrealismo, el expresionismo, y se concluye que la meta final del arte moderno ha terminado siendo el arte mismo. El autor indica que resulta difícil de comprender que «el arte se haya estado adorando a sí mismo como un valor supremo» y concluye que si no se pretende hacer más que arte al final no se hace arte ninguno. El libro, de 1955, cierra su análisis antes de tiempo, pues ahora tenemos más perspectiva, pero en cualquier caso merece ser conocido.

Hans Sedlmayr. La revolución del arte moderno (Die Revolution der modernen Kunst, 1955). Barcelona: Acantilado, 2008; 229 pp.; trad. de José Aníbal Campos; ISBN: 978-84-96834-36-1.

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jueves, 7 de agosto de 2008

Chesterton
hizo verdaderos equilibrios en su biografía sobre su amigo George Bernard Shaw (1856-1950) para explicar su pensamiento y decir lo que pensaba sobre él y, al mismo tiempo, para salvar su figura intelectual y humana. En ella puso en práctica la teoría de la sátira que había expuesto en Twelve Types con ocasión de un comentario sobre Alexander Pope, a quien califica de gran poeta con un gran don para la sátira política y social, un arte perdido como la alfarería o el fabricar vidrieras porque, dice Chesterton, «para escribir gran sátira, para atacar a un hombre de modo que él sienta el ataque y reconozca su justicia, es necesario tener la magnanimidad intelectual que aprecia tanto los méritos como los defectos del oponente». Eso sí, ya desde el principio dejó claras las limitaciones de su intento: «Es conveniente que haya un continente secreto en el carácter del hombre de quien se escribe. Se conservan así dos cosas muy importantes: la modestia en el biógrafo y el misterio impenetrable en la biografía».

Como siempre, Chesterton perfila el talante de su biografiado con excelentes comparaciones. Así, dice de Shaw y Swift que ambos combinan «la extravagante fantasía con una curiosa especie de frialdad»; ambos se parecen en «una benévola fanfarronería, una piedad con toques de desdén y un hábito de derribar a los hombres por su propio bien». Explica que hay «dos tipos de grandes humoristas: aquellos a los que les gusta ver a un hombre en ridículo y los que odian esta postura. Rabelais y Dickens son de los primeros, Swift y Shaw, de los segundos».

Hace notar que aspirar al realismo puro, como Shaw, es un gran error pues el sentimentalismo es lo más práctico del mundo: «un enamorado racional no se casaría nunca. Un ejército racional saldría corriendo». Eso impide a Shaw hacerse cargo de las contradicciones de la vida y, por tanto, comprender al ser humano tal como es. Así, dice que Shaw es un hombre que «no se acerca a (los cuentos de hadas) como un niño de cuatro años sino en plan de “folclore” como un hombre de cuarenta», que es «vegetariano porque le desagradan los animales muertos más que porque le gusten los animales vivos». Y, a propósito de una famosa réplica de Shaw —«si no celebro mi cumpleaños no sé por qué he de celebrar el de Shakespeare»— Chesterton apostilla que tal vez «si Shaw hubiese festejado siempre el día de su nacimiento podría comprender mejor el de Shakespeare y la poesía de Shakespeare».

Luego, no sin retranca, señala que los ataques de Shaw a Shakespeare son un gran beneficio pues así se puede acabar con la idolatría, con la autocomplacencia de pensar que Inglaterra tiene un poeta por encima de la crítica, una situación realmente dañina tanto para la literatura como para la moral. Es cierto, dice, que Shaw observó los defectos de Shakespeare principalmente a través de sus propios defectos. Pero, en cualquier caso, «hacía falta alguien tan prosaico como él para que resistiese al peligroso encanto de aquella poesía; acaso no sea un error tan grande enviar a un sordo a destruir la roca de las sirenas».

Uno de los contenidos más interesantes de esta obra de Chesterton es su definición y descripción extensa de la paradoja: «algo cuya antinomia o evidente incongruencia está suficientemente clara en las palabras utilizadas y, más generalmente, significa una idea expresada en forma verbalmente contradictoria. Así, por ejemplo, la admirable frase: “El que pierda su vida, la ganará”, es un ejemplo de lo que los modernos entienden por paradoja». Y, para explicar que Shaw no comprende la paradoja en absoluto, pone algunos ejemplos memorables. En concreto, señala que Shaw no comprende «la inevitable paradoja de la niñez. Aun cuando este niño es mucho mejor que yo, debo enseñarle. A pesar de que este ser tiene pasiones mucho más puras que yo, debo dominarle. Aunque Tomasito tiene mucha razón en correr hacia un precipicio, hay que castigarle en un rincón por haberlo hecho. Esta contradicción es la única condición posible para el que tenga que habérselas con niños; todo el que hable de un niño sin darse cuenta de esta paradoja, se encuentra en las mismas condiciones del que habla de un tritón; es decir, que ni siquiera ha visto al animal».

Y, ya lanzado, Chesterton explica cómo la ceguera de Shaw ante la paradoja enturbia su visión de todas las cosas: «No puede comprender el matrimonio porque no es capaz de comprender la paradoja del matrimonio, que la mujer es lo más importante del hogar precisamente por no ser su cabeza. No puede entender el patriotismo, porque no entiende la paradoja del patriotismo, que se es tanto más humano sencillamente por no amar a la humanidad. No comprende el cristianismo, porque no comprende la paradoja del cristianismo: que únicamente somos capaces de comprender realmente todos los mitos cuando sabemos que uno de ellos es cierto».

G. K. Chesterton. George Bernard Shaw (1909). En Obras completas, volumen IV. Barcelona: Plaza & Janés, 1962; de la p. 837 a la 989 de 1261 pp.; trad. de José Méndez Herrera. Nueva edición en Sevilla: Renacimiento, 2010; 192 pp.; col. Biblioteca de la memoria; trad. de José Méndez Herrera; ISBN 13: 978-84-8472-528-2.

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miércoles, 6 de agosto de 2008

Atendiendo a la historia conviene no perder de vista que, antes que los héroes de Goscinny y sus dibujantes, viene Tintín, de Hergé, un personaje y un autor centrales en la historia del cómic.

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martes, 5 de agosto de 2008

Arte para niños,
de Gabriel Martín Roig, es un resumen de historia del arte ordenado y claro que no sólo será útil a los niños... Se comentan algunas cosas de un ejemplo conocido de distintos tipos de arte: pintura rupestre, arte greco-romano, románico, gótico, renacimiento, manierismo, barroco, neoclásico, romanticismo, impresionismo, postimpresionismo, cubismo, futurismo, surrealismo, expresionismo abstracto, op-art y pop-art. Incluye láminas grandes de los cuadros explicados.

Gabriel Martín Roig. Arte para niños. Un repaso de los movimientos y pintores más importantes de la historia (2007). Barcelona: Parramón, 2007; 96 pp.; ISBN: 978-84-342-2771-2.

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lunes, 4 de agosto de 2008

Una tercera forma global de organizar los álbumes es de acuerdo con cuestiones formales.

Dejando de lado rasgos externos obvios —tamaño, formato, pastas...—, otro, al que no he asignado sección propia sería el que podría llamarse, de modo general, «efectos especiales»: de sonido como El grillo silencioso, de texturas como el papel tornasolado de La estrella de Navidad, de troquelados de El pequeño rey de las flores...

Luego, un grupo claro es el de los álbumes que buscan  efectos teatrales como los que solemos llamar tridimensionales, de Lothar Meggendorfer, Jan Pienkovski o Robert Sabuda.

Y otro es el de los que plantean juegos de pura curiosidad y observación, como Martin Handford con su famoso Wally, y como hizo mucho antes Hilary Knight con Where's Wallace?

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domingo, 3 de agosto de 2008

Incluyo en la página el artículo Dios y lo religioso en los relatos infantiles y juveniles, donde hay citas que han aparecido en estas notas en años anteriores. Su redacción responde a la percepción de lo que se indicaba en Ansiedades sueltas, y a la comprobación de que abundan quienes no siguen el prudente consejo de Stevenson de no hablar de aquello que no se comprende cabalmente.

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sábado, 2 de agosto de 2008

Northrop Frye: «Cada vez que la palabra belleza significa encanto o atractivo, como es forzoso que así signifique cuando se hace de ella la intención del arte, se vuelve reaccionaria: trata de restringir ya sea lo que el artista pueda escoger como tema o el método que pueda escoger para tratarlo, y hace entrar en acción a todo el contingente de la gazmoñería para impedir que amplíe su visión más allá de un árido e insípido seudoclasicismo. (...) La compulsión neurótica de embellecerlo todo (...) conduce a un exagerado culto del estilo, a una técnica de hacer que todo en una obra de arte, incluso en un drama, suene a lo mismo, suene como suena su autor en sus momentos más impresionantes. Nuevamente aquí la vanidad del ego ha reemplazado el honrado orgullo del artesano».

Northrop Frye. Anatomía de la crítica (Anatomy of Criticism, Four Essays, 1977). Caracas: Monte Avila Editores, 1991, 2ª ed.; 497 pp.; trad. de Edison Simons; ISBN: 980-01-0504-2.

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viernes, 1 de agosto de 2008

Una imagen que, después de tanto arte y tanto relato gráfico y tanto cine, la leemos ya cargada de significados es la de alguien que se mira en el espejo: una forma de mostrar el momento en que alguien se interroga por el paso del tiempo y por el rumbo de su vida. La imagen de la derecha, de la chica de Desencuentros, lo sugiere también y nos da una especie de respuesta en las sucesivas puertas entreabiertas que ve detrás y en el día nuboso que parece aguardarle. Además, con el haz de luz que baña la cara de la chica su dibujante parece decirle y decirnos que la chica vale más de lo que parece pensar de sí misma y que no la dejará desamparada en el futuro...

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viernes, 1 de agosto de 2008

Dos citas, que resumo y que van en la línea de mostrar que, antes, los chicos y chicas tenían por delante un solo camino de lecturas, difícil e incompleto si se quiere, pero contrastado. Sin embargo, hoy tienen enfrente aquél camino y muchos otros, por lo que si falta la orientación apropiada el resultado final con facilidad es peor.

En su biografía sobre Chaucer propone Chesterton al lector que considere una posibilidad, que «en el caso de Chaucer fue probabilidad»: supongamos que un medieval dispusiese únicamente de tres libros y supongamos que esos libros fueran una versión de las obras de Aristóteles y su filosofía, la Divina Comedia de Dante, la Summa de Santo Tomás de Aquino. Ese lector no poseía libros sino mundos, tres completos universos de pensamiento, o, mejor, tres aspectos de un mismo universo: el positivo y racionalista, el imaginativo y gráfico, el moral y místico e inherentemente lógico. Por el contrario, un lector de hoy puede leer multitud de novelas y poesías sin acercarse ni de lejos al completo estudio de todos los aspectos del mundo real que uno encuentra en los tres libros citados.

En El cierre de la mente moderna dice Alan Bloom que un informático muy cualificado de hoy no necesita recibir, y de hecho no recibe, más educación sobre cuestiones humanistas que la más inculta de las personas. Más aún, la instrucción sobre su especialidad que recibe y los prejuicios que la acompañan, unida con toda esa información que nace y se esfuma en un solo día, le pueden hacer aceptar acríticamente las premisas de la sabiduría del momento y pueden alejarlo de las enseñanzas que personas más sencillas podían absorber antes de fuentes tradicionales. Así, «cuando un joven como Lincoln quería instruirse, las cosas a su alcance que debía aprender eran la Biblia, Shakespeare y Euclides. ¿Estaba en peores condiciones que los que tratan de abrirse paso a través del revoltijo técnico del actual sistema escolar, con su absoluta incapacidad para distinguir entre lo importante y lo que no lo es o, peor aún, cuando intenta determinar que vale más y qué vale menos en función del mercado?».
La conclusión no es que estemos peor que antes, pues en muchos aspectos estamos mejor, sino que para los educadores hay más trabajo que antes por delante y no menos...

G. K. Chesterton. Chaucer, en Obras completas, volumen IV. Barcelona: Plaza & Janés, 1962; 191 de 1261 pp.; trad. de M. J. Barroso-Bonzon.
Allan Bloom. El cierre de la mente moderna (The Closing of the American Mind, 1987). Barcelona: Plaza & Janés, 1989; 395 pp.; col. Hombre y Sociedad; prólogos de Saul Bellow y Salvador Giner; trad. de Adolfo Martín; ISBN: 84-0123008-X.

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