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Notas de agosto de 2009 :: bienvenidosalafiesta ::    
bienvenidos a la fiesta
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lunes, 31 de agosto de 2009

Los álbumes de Jolly Roger Bradfield, que no he conocido hasta hace poco, me han hecho pensar, por sus ilustraciones ricas en detalles y por el tipo de argumentos, en los álbumes de Sven Nordqvist. De los cuatro que se han publicado últimamente, los mejores son El palo de hockey volador y Pastel de crema de pepinillos, aunque también tengan gracia los otros dos: Un león de color lila y Un perfecto caballero para dragones. El autor pone su talento para el dibujo, su espíritu de observación, y su sentido del humor al servicio de unos argumentos simpáticos, que es siempre lo más importante para que una historia dure.

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domingo, 30 de agosto de 2009

Un libro muy poderoso: Dostoievski, filosofía, novela y experiencia religiosa, del filósofo italiano Luigi Pareyson. Quienes ya conozcan las obras del autor ruso lo disfrutarán mucho, y quienes no, o quienes hayan intentado leerlo y no hayan podido, encontrarán en él las claves de su pensamiento y (creo yo que) desearán leerlas después. La primera parte contiene cuatro capítulos: «Novela y filosofía», «El mal», «El bien» y «La libertad». En la segunda el autor vuelve a las mismas ideas en desarrollos titulados «La experiencia de la libertad», «La ambigüedad del hombre» —que contiene clarificadores comentarios acerca de El idiota: «ninguna imagen conviene más a Cristo que su humillación: el absurdo de que Dios haya elegido para encarnarse "la figura de un siervo" no es mayor que el absurdo de elegir a un "idiota" como símbolo de Cristo»—, y «El sufrimiento inútil».

Pareyson muestra que toda la obra de Dostoievski pone frente a frente una libertad entendida como obediencia a Dios y una libertad vivida como servicio al demonio: «el significado último del destino del hombre y de la historia radica en la lucha entre Dios y el demonio, entre el bien y el mal», (...) «el corazón del hombre es la sede de esta lucha y allí se concentra la aguda e implacable investigación de Dostoievski». Explica que la visión de la realidad de Dostoievski «no es optimista porque no minimiza la realidad del mal ni tampoco es pesimista, pues no afirma que el mal sea insuperable»; y el hecho de que las personificaciones del bien sean tan escasas en sus novelas se debe a «la discreción del bien» y a que, al fin, «es el mal mismo quien le rinde testimonio con su propia autodestrucción». Desarrolla con claridad la idea de que, para el autor ruso, la regeneración del hombre se produce «a través del dolor»: «sólo cuando el delito se perfila como castigo, sólo cuando la culpa genera el dolor y el pecado es sentido como un sufrimiento, sólo entonces comienza la obra de la redención y el nacimiento del hombre nuevo». Concibe «la experiencia de la libertad como el núcleo más profundo del hombre y la condición de todos los otros bienes o valores»: «la libertad es el único camino posible hacia el bien», «el bien puede ser negado de dos modos: o por la elección del mal o por la imposición del bien».

Se ve que, para Pareyson, Dostoievski es un autor para nuestros tiempos: «hoy en día, tras la intensa experiencia nihilista del hombre contemporáneo, la afirmación de Dios ya no puede transmitirse a través del dulce y familiar hábito de una costumbre o heredarse en el seguro patrimonio de una tradición. Afirmarla ahora exige el trabajo de una verdadera reapropiación personal (...). Dios debe ser objeto de una auténtica recuperación: es necesario saberlo descubrir en el corazón mismo de la negación», tal como hizo el autor ruso.

En este libro no se contiene «Dimitri confuta Iván», un escrito póstumo del autor que habla del problema del mal y de la ambigüedad de la libertad en clave cristiana, tal como comenta Pablo Blanco en «Los Karamazov discuten» o «Dostoievski vence a Nietzsche».

Luigi Pareyson. Dostoievski, filosofía, novela y experiencia religiosa (Dostoevskij: filosofia, romanzo ed esperienza religiosa, 1993). Madrid: Encuentro, 2008; 296 pp.; col. Ensayos; trad. de Constanza Giménez Salinas; ISBN 13: 978-84-7490-890-9.

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sábado, 29 de agosto de 2009

Fancies versus Fads
son treinta artículos de Chesterton tomados del London Mercury, el New Witness, y el Illustrated London News, que llevan una introducción del autor. El título se refiere a la contraposición que plantea el autor entre fancies, imaginaciones o suposiciones, y fads, novedades o modas: es necesario, dice Chesterton en la introducción, «tener a mano alguna verdad para poder juzgar rápido las filosofías modernas (...) antes de que desaparezcan más rápido aún».

De los artículos más o menos literarios, tres importantes están publicados en Correr tras el propio sombrero: «El romance de la rima», «En defensa de las unidades dramáticas», «Falsa teoría del teatro». Otros son «The slavery of free verse», sobre que la prosa no es una especie de poesía liberada sino que las cosas son más bien al revés; «The Boredom of Butterflies», acerca de que lo artístico nace cuando se toca lo eterno y que cualquier drama depende del mantenimiento o la ruptura de un vínculo, pues incluso la sátira más ligera se basa en un ideal indirecto de fidelidad; y «Milton and Merry England» habla de cómo el gran arte está siempre cerca del sentido común.

Hay varios que tratan sobre cuestiones sociales. A propósito del rechazo hacia la palabra siervos, o sirvientes, en «Wings and the housemaid» señala que de nada vale cambiar nombres que nos suenan mal si no cambiamos las realidades que hay debajo. En «Prohibition and the Press» ataca el argumento de quienes juzgan y atacan algo por sus peores efectos, como era el caso de la bebida en la época de la Prohibición. En «The Mercy of Mr. Arnold Bennett» afirma que decir que no debemos juzgar a nadie y al mismo tiempo proponer que se castigue a quien lo merece por el bien de la comunidad, termina siendo un pretexto para la mayor crueldad. «Strikes and the Spirit of Wonder» es una defensa del derecho a la huelga. Y un anticipo de la novela de Aldous Huxley, Un mundo feliz, está en «The Evolution of Slaves», que trata sobre  los argumentos que preceden a «fabricar una nueva raza de gente indiferente a sus propios derechos», y en «The Sentimentalism of Divorce», donde habla del sexo como el más evidente de los sobornos que se puede ofrecer para esclavizar a alguien.

En otros textos ataca distintas teorías. «Hamlet y el psicoanalista» viene a ser una reducción al absurdo de los intentos de abordar la obra de Shakespeare con las teorías freudianas. «The Meaning of Mock Turkey» es un comentario del materialismo de fondo propio del vegetarianismo que se toma el cuerpo demasiado en serio. Se refiere al feminismo, y al periodismo ignorante que usa continuamente clichés y no piensa lo que dice, en «Shakespeare and the Legal Lady», a propósito de quienes identifican a Portia, la protagonista de El mercader de Venecia, con una moderna abogada. En «The Terror of a Toy» habla de que puestos a prohibir juguetes bélicos habría primero que suprimir a los chicos. En «Is Darwin Dead?» centra su polémica con algunos darwinistas: mientras estos, por hipótesis, tratan de probarlo, él no trata de probar lo contrario sino de señalar que los darwinistas no han probado su tesis del todo. En «The Pagoda of Progress» señala que un verdadero progreso es el que sabe donde hay que parar. En «Much Too Modern History», habla de los historiadores que «cambian la estrechez de una nación por la estrechez de una teoría, o incluso de una moda» y piensan que tienen una filosofía de alcance universal aunque lo único que han hecho es reducir el mundo a su propia estrechez.

Sobre cuestiones educativas se pueden destacar «On Being an Old Bean», acerca de las teorías de que un padre y un hijo deben ser compañeros o camaradas; «The Fear of the Film», en torno al miedo de algunos a los efectos excesivos de las películas en los niños; «Turning Inside Out», donde apunta que la vida privada es más grande y más completa, y más exigente por tanto, que la vida pública, y, por eso, porque no hay papel más insustituible que el de la madre, es contradictorio elogiar el trabajo de la mujer fuera del hogar si se ignora la trascendencia de la labor educativa con sus hijos.

G. K. Chesterton. Fancies versus Fads, 1923.

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viernes, 28 de agosto de 2009

Dos novelas góticas históricamente importantes: El castillo de Otranto, de Horace Walpole, y Drácula, de Bram Stoker. Personalmente no me atrae ninguna, y hay mucha diferencia de calidad entre las dos a favor de Drácula, pero son referencias inevitables.

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jueves, 27 de agosto de 2009

Novelas de aventuras con atractivo permanente: Scaramouche y El capitán Blood, de Rafael Sabatini. Las leí hace tiempo y las volví a leer con gusto hace pocos años a pesar de que les viera ya sus defectos. Merece ser conocida especialmente la primera, también por cómo el autor practica con el lector dobles y triples fintas al modo en que lo hace su héroe con sus enemigos.

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miércoles, 26 de agosto de 2009

Poco después de Johnny Tremain, otro relato norteamericano que presentó un protagonista discapacitado que también tiene que «combatir por fuera y por dentro»: La puerta en la muralla, de Marguerite de Angeli. No es tan bueno como Johnny Tremain pero está bien. A la derecha, una ilustración de la misma autora, de la edición original.

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martes, 25 de agosto de 2009

En un artículo dedicado a explicar la singularidad de Walter de la Mare, Chesterton señala que otros escritores, «ya sean de la escuela inglesa más antigua o de la victoriana de Lewis Carroll y Lear, o de la escuela escocesa posterior de Stevenson y Barrie», se dirigen a los niños con la intención de «crear una especie de cosmos dentro del cosmos, que será libre de males; una esfera de cristal en la cual no habrá ruidos, ni grietas, ni nubes de maldad». En cambio, hay poesías de Walter de la Mare para niños que se desarrollan en una atmósfera que no es sólo emocionante sino escalofriante pues, dice, «apoyan un dedo que no es carnal sobre un nervio que no es del cuerpo, en su manera de sugerir el escalofrío del cambio o de la muerte, o de la antigüedad». Es decir, unos autores parten de la idea de "hacer creer", y escriben para niños que, lógica y legítimamente, aceptan el “hacer creer”, mientras De la Mare no habla de un mundo de ilusión sino de un mundo real cuya realidad sólo puede presentársenos en imágenes: las poesías o los cuentos de hadas de los primeros son los propios del escéptico y los del segundo son los propios del místico.

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lunes, 24 de agosto de 2009

Un álbum irónico genial: Nothing ever happens on my block, de Ellen Raskin. De los que nos ayudan a todos a mirar lo que ocurre a nuestras espaldas y a nuestro alrededor con otros ojos. Eso sí, difícil de conseguir.

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lunes, 24 de agosto de 2009

A propósito de una noticia sobre la retirada de una edición de Tintín en el Congo en una biblioteca pública en Nueva York, un artículo de hoy mismo en Aceprensa: Tintín bajo llave en la biblioteca.

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domingo, 23 de agosto de 2009

Continuando con lo dicho en Melodrama y tragedia y en Elecciones basadas en el contenido y en el valor, se ve que a David Mamet no le caen nada bien las películas y novelas que parecen decirnos «¿sabes valorar esta película u odias a los sordos / gays / negros? Este es el mecanismo (también consciente o inconsciente) del drama comprometido». Y sigue más adelante: «El drama lacrimógeno apela (...) a dos de los puntos débiles del espectador: un deseo de ser políticamente responsable (o estar de moda) y la intención de ser compasivo. (...) El espectador se recompensa a sí mismo por su compasión de la víctima ficticia. La compasión no le ha costado nada; al contrario, ejercitarla ha sido placentero, ha sido un entretenimiento. Aquí el espectador se ha permitido un estallido de emociones y solidaridad que (olvida) sería más problemático si se tratara de individuos reales».

David Mamet. Bambi contra Godzilla (Bambi vs. Godzilla: On the Nature, Purpose, and Practice of the Movie Business, 2006). Barcelona: Alba, 2008; 315 pp.; trad. de Carlos Milla e Isabel Ferrer; ISBN: 978-84-8428-389-8.

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sábado, 22 de agosto de 2009

Después de sus viajes a Irlanda y a Palestina, Chesterton fue a Estados Unidos en 1921 para dar conferencias en distintas ciudades. De su experiencia nació Lo que vi en América, un libro formado por diecinueve capítulos de los cuales hay tres en Correr tras el propio sombrero: «El ideal americano», «Meditación en un hotel neoyorquino», «Meditación en Broadway». Como en sus otros libros de viajes habla de cuál ha de ser el espíritu de un viajero que desea comprender pero, esta vez, sus reflexiones principales —algo laberínticas a veces, según él mismo reconoce— no se centran en ningún conflicto histórico sino en las características propias de Norteamérica y del modo de ser norteamericano, en comparación siempre con Inglaterra y los ingleses.

En relación al talante viajero Chesterton arranca con una primera y sorprendente frase: «Nunca he logrado desprenderme de mi vieja convicción de que viajar nos estrecha la mente». Luego asegurará que un viajero no tiene por qué avergonzarse de que algo extranjero le resulte extraño pero que sí «debería avergonzarse de creer que algo es malo simplemente por ser extraño». Calificará de legítimo que se ría de lo que le resulta incomprensible pero dirá que no tiene «el derecho a reírse de ese algo como si le resultara incomprensible y criticarlo como si lo comprendiera». Hará notar que «un extranjero es aquel que se ríe de todo salvo de los chistes» y que sí, puede reírse de todo «en la medida en que comprenda, con espíritu reverente y religioso, que él mismo es también risible». Recordará que «la impresión más importante de todas es la impresión de lo falsas que pueden llegar a ser las impresiones», que los hombres tenemos una «facultad fatal de observar los hechos sin ser capaces de observar la verdad; de ver el símbolo con la más vívida claridad permaneciendo ciegos a todo cuanto simboliza». Subrayará que «no hemos siquiera empezado a entender a un pueblo hasta que no hemos encontrado en él algo que no entendemos» pues si nos parece «fácil interpretar un determinado carácter, no estamos interpretando más que nuestro propio carácter».

A Norteamérica la retratará como «la única nación del mundo que se ha fundado sobre un credo». Señalará que su singularidad está en lo «lo que llamamos “americanización”», o «la nacionalización de lo internacional», o el hecho de «construir un hogar de vagabundos y una nación de exiliados», y que parte de su anormalidad está en que «este experimento de un lugar para los que carecen de hogar es anormal». Dirá que el gran logro de la civilización americana es que «en ese país hablar de la dignidad del trabajo no es pura palabrería», que en él «hay algo que casi podríamos llamar la santidad del trabajo», pero también advertirá cómo ese rasgo «se halla sujeto a esa ley profunda según la cual cuando algo inferior a lo más alto acaba sacralizándose, tiende también a convertirse en superstición». Bromeará con el activismo norteamericano —«un crítico frívolo podría sugerir que prefieren las sillas mecedoras para no tener que estarse quietos ni siquiera cuando están sentados»—, con su amor por la exageración exuberante —«la misma palabra rascacielos es un admirable ejemplo de mentira americana»—, con los disfraces de su sociabilidad —«no hay nada que a un americano le guste tanto como tener una sociedad secreta y no guardarlo en secreto»—.

Entre los puyazos a los prejuicios anticatólicos de su propio país Chesterton mencionará que el primer experimento de libertad religiosa en el mundo tuvo lugar en el Estado de Maryland: «Lord Baltimore y sus católicos fueron por delante de William Penn y sus cuáqueros en lo que ahora llaman la senda del progreso. Que la primera tolerancia religiosa reconocida en el mundo fuera reconocida por los católicos es uno de esos pequeños datos de los que precisamente no rebosan nuestras historias victorianas». Una de las abundantes y clarificadoras comparaciones que hará entre los distintos modos de ser y reaccionar de ingleses y americanos es esta: «Todo buen americano desea combatir a los representantes que ha elegido. Todo buen inglés desea olvidar a los representantes que ha elegido. (...) Ellos otorgan al presidente los poderes de un rey para que pueda ser un incordio en la política. Nosotros privamos al rey incluso de los poderes de un presidente, precisamente para que no nos recuerde a un político». Mientras «la República Americana es la última monarquía medieval» y en ella «el propósito es que sea el Presidente quien gobierne y asuma todos los riesgos del gobierno», en Inglaterra el Rey es «el único hombre del que [la gente] tiene la certeza de que no les gobierna» y, por eso, «no ha de sorprendernos de que sea popular sabiendo de qué manera les gobiernan».

Chesterton combatía las opiniones de quienes sostenían que las teorías cosmopolitas tendían puentes entre Inglaterra y Estados Unidos: en cualquier caso, decía, «estoy seguro de que no quiero que ese puente sea el del periodismo de argot y la publicidad descarada», esa «gigantesca sombra de América, pero no la luz de América». Afirmaba que «hacer una política completamente cosmopolita es crear una aristocracia de trotamundos», que el internacionalismo es hostil a la democracia y que «el único gobierno puramente popular es el local y está basado en el conocimiento local», y por eso le gustaba un país donde los judíos son judíos y los irlandeses son irlandeses, «exiliados o ciudadanos, pero en ningún momento son cosmopolitas».

Por otro lado, el contenido del libro propicia multitud de frases magníficas: «tradición no significa que los vivos estén muertos sino que los muertos están vivos»; «la opinión pública puede ser un fuego de pradera. Devora todo aquello que encuentra a su paso»; «protestar contra la intervención de la mujer en el hogar sonará siempre como a quejarse de que la ostra sea una intrusa en su concha», entre muchas. Y revela bien su capacidad para ver todas las caras de las cuestiones y para reírse de sí mismo, por ejemplo cuando dice que hay mucha gente a la que ha tratado en su viaje «a las que no admiro y respeto menos sinceramente por mucho que no pueda sino sonreírme al pensar en ellos. Aunque también es cierto lo contrario. Ellos seguramente me habrán olvidado, pero si alguna vez se acuerdan de mí, será sin duda para sonreír».

G. K. Chesterton. Lo que vi en América (What I saw in America, 1922). Sevilla: Renacimiento, 2009; 336 pp.; col. Los Viajeros; trad. de Victoria León; ISBN 13: 978-84-8472-456-8.

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viernes, 21 de agosto de 2009

Un libro decisivo por muchas razones: Las Confesiones, de san Agustín. Fue el primer libro de su género y un modelo para futuros relatos sobre un itinerario interior de maduración. No es extraño que san Agustín escribiera un relato semejante pues, dice Eric Auerbach, él fue el primero, o uno de los primeros, que se dio cuenta de que estaba naciendo un género radicalmente nuevo.

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jueves, 20 de agosto de 2009

Una de las grandes novelas de aventuras: Beau Geste, de P. C. Wren. Es uno de esos raros casos en los que son magníficos el argumento, la estructura y el ritmo de la historia, la caracterización de los héroes y de los malvados. No así sus secuelas, no así.

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miércoles, 19 de agosto de 2009

Una estupenda novela del Oeste cuyo protagonista es un joven indio cheyén: El cazador de caballos, de Mari Sandoz. Su interés también está en su singularidad.

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martes, 18 de agosto de 2009

Siempre se suele presentar Emilio y los detectives como la primera novelita policial infantil. Anterior en el tiempo, pero me parece que no en influencia posterior salvo que ya Kästner se inspirara en ella, fue Kai el de la caja, de Wolf Durian, un relato simpático.

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lunes, 17 de agosto de 2009

Entre los álbumes históricos cuyo contenido es un abecedario, están citados en sus voces correspondientes, y se pueden consultar en la red, The absurd ABC (1872), Baby's own alphabet (1874), y Noah's Ark alphabet (1874), de Walter Crane; y A Apple Pie, una canción infantil inglesa que Kate Greenaway ilustró en 1886. A ellos añado ABC Book, de C. B. Falls, que se publicó en 1923 y que está considerado el primer gran álbum norteamericano.

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domingo, 16 de agosto de 2009

Me ha gustado Bambi contra Godzilla, comentarios de David Mamet sobre distintos aspectos del mundo del cine, donde dice lo que piensa sin cortarse. Como ejemplo, véanse unos párrafos del capítulo «Mujeres, escribir para ellas», que arreglo y recorto un poco: «La falta de sentimentalismo es un mérito en un escritor y distingue a los simplemente buenos de los que tienen algo que decir de verdad. No hace falta [que los escritores se vistan de profetas] para recordarnos las creencias populares de nuestros tiempos: la publicidad ya se ocupa de eso bastante bien. El verdadero escritor no debe escribir lo aceptable, sino lo que es verdad». Eso se aplica, en particular, a la representación de las mujeres en las ficciones de hoy: «la mojigatería política y la emancipación política de las mujeres ha dado lugar a una avalancha de literatura insustancial. (...) Las clases bajas de hoy parecen disfrutar con las representaciones de las mujeres como víctimas sexuales (abusos, violación, acoso); las clases más altas, como víctimas del matrimonio. (...) Sin embargo, la verdadera representación de mujeres tiene en cuenta dos cosas: en qué se parecen las mujeres a los hombres y en qué se diferencian. Porque decir que todas las personas son iguales no equivale a decir que son idénticas, y confundir lo político con lo práctico nos llevó a barbaridades como el programa de autobuses escolares para la promoción de la integración racial de los años setenta y la teoría literaria feminista. (...) Tennessee Williams, Truman Capote, Noël Coward crearon personajes femeninos que eran fantasías masculinas concebidas por hombres homosexuales. Muy agradables, desde luego, pero poco acertadas». En definitiva, dice Mamet, «apliquemos a la literatura (donde las cuestiones de gusto pueden, disons le mot, corromperse con una hipocresía inducida a través de la educación) los mismos criterios que aplicamos a las obras del mundo del espectáculo. En este último hacemos nuestras elecciones verdaderas y sin trabas basándonos en el contenido y el valor, no en la política».

David Mamet. Bambi contra Godzilla (Bambi vs. Godzilla: On the Nature, Purpose, and Practice of the Movie Business, 2006). Barcelona: Alba, 2008; 315 pp.; trad. de Carlos Milla e Isabel Ferrer; ISBN: 978-84-8428-389-8.

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sábado, 15 de agosto de 2009

The Uses of Diversity
reúne treinta y cinco artículos de los que Chesterton publicó en sus columnas del The Illustrated London News y del New Witness en los anteriores doce años. Hay en ellos gran variedad de temas, de ahí el título global. Sobre todo abundan los de tipo literario y artístico pero también los hay sobre cuestiones educativas y sociales.

Entre los literarios, dos homenajean a personajes fallecidos. En el dedicado a «George Meredith», cuya muerte explica como el final real del siglo XIX, hay también referencias de interés a Thomas Hardy, a menudo mencionado junto con Meredith pero que no es de su generación. Otro es «The Romance of Rostand», un elogio a la calidad permanente de la poesía de Edmond de Rostand debido a su claridad: dice Chesterton que no será recordado como uno de los más grandes poetas, porque «cumplió su oficio más con la trompeta que con la lira» pero seguramente fue así porque tenía los mismos gustos que su héroe Cyrano de Bergerac.

Entre los otros destaco tres. «Tennyson» habla del poeta de la ciencia popular cuya «debilidad no fue estar pasado de moda o ir adelantado a la moda, sino estar de moda». «On Historical Novels» trata sobre el prolífico George Henty, el novelista de aventuras históricas para jóvenes más popular del siglo XIX. «The Evolution of Emma», dedicado a lo que dicen las novelas de Jane Austen sobre su época, se centra en Emma, una novela donde vemos en acción «esa única y formidable institución, la Señora Inglesa», una mujer cuya religión es el refinamiento. Es particularmente rico «The Domesticity of Detectives», donde Chesterton compara El cuarto amarillo, de Gaston Leroux, con las novelas protagonizadas por Arsene Lupin, de Maurice Leblanc: mientras las novelas de Leroux son de misterio, las de Leblanc son relatos de aventuras donde se suceden dificultades continuamente; sitúa en paralelo a Wells y Verne, diciendo que hay más cabeza y más atención a la vida en las obras del primero y más vigor aventurero en las del segundo; y entre Scott y Dumas afirma que es mejor el escocés en cuanto a humor y humanidad pero es mucho mejor narrador el francés; también en este artículo apunta Chesterton que «el gran relato policial trata con pequeñas cosas mientras el relato policial malo o tonto generalmente trata con grandes cosas».

Sobre arte, en «The Futurists» hace una crítica graciosa y contundente a ese movimiento artístico —«maravillosas hojas y flores pero sin fruto»—, y explica que no se puede presentar un arte con los términos propios de otro. Sobre cuestiones educativas, en «Pageants and Dress» vuelve a incidir en que, en un mundo lleno de la vulgaridad de la publicidad, «no tenemos por delante la tarea de predicar el color y la alegría a gente que nunca los habían tenido, a puritanos que nunca los han visto ni apreciado, sino una tarea mucho más ardua: «tenemos que enseñar a apreciarlos a quienes siempre los han visto». Sobre teatro, en «The Silver Goblets», después de ironizar sobre las teorías que exigían máxima veracidad, como que Otelo debía ser negro y Shylock judío, e incluso que los cálices debían ser de plata, precisa el significado de la comparación de Shakespeare entre el arte y un espejo e indica que «un espejo selecciona tanto como lo hace el arte; da la luz de las llamas pero no su calor; el color de las flores, pero no su fragancia, las caras de las mujeres pero no sus voces»: es una visión de las cosas pero no un modelo.

Es particularmente gracioso «On Pigs as Pets», donde comenta la noticia (extraña entonces y no tanto ahora) sobre una mujer que tenía un cerdo como mascota para terminar diciendo que con «un entrenamiento apropiado uno puede llegar a tener un cerdo-pastor en vez de un perro-pastor, un cerdo-faldero en vez de un perro-faldero. (¿Se habrá inspirado Dick King Smith en este texto para Babe el cerdito valiente?)

G. K. Chesterton. The Uses of Diversity, 1920.

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viernes, 14 de agosto de 2009

Nabokov: 
«El mal autor de memorias retoca el pasado y esto da por resultado una fotografía con tintes azules o sombras rosadas tomada por en extraño para consolar desgracias sentimentales. El buen autor de memorias, por otra parte, hace lo posible por conservar la mayor veracidad del detalle. Una de las formas en que logra su intento es hallando el punto preciso de su tela para colocar el parche preciso de color recordado».

Frame: «Escribir una autobiografía, que generalmente se considera mirar atrás, también puede ser mirar a través de, porque el paso del tiempo da al ojo propiedades de rayos X. Ocurre también que el tiempo pasado no es tiempo ido, sino tiempo acumulado, y el sujeto se parece a ese personaje del cuento al que por el camino van uniéndose otros personajes, ninguno de los cuales puede ser separado de los demás ni del sujeto, y algunos llegan a adherirse con tanta fuerza que su presencia causa un dolor físico. Agréguense a los personajes todos los hechos, pensamientos y emociones y se obtiene una masa de tiempo que unas veces es un amasijo viscoso y otras, una piedra preciosa más grande que los planetas y las estrellas».

Vladimir Nabokov. Opiniones contundentes (Strong opinions, 1973). Madrid: Taurus, 1977; 179 pp.; col. Persiles; trad. de María Raquel Bengolea. ISBN: 8430620990.
Janet Frame. Un ángel en mi mesa (An Angel at my Table, 1989; edición que reúne tres libros anteriores: To the Is-Land, 1982; An Angel at my Table, 1984; The Envoy from Mirror City, 1985). Barcelona: Seix Barral, 2009; 475 pp.; col. Biblioteca Formentor; trad. de Juan Antonio Gutiérrez-Larraya, Ana Mª de la Fuente y Elsa Mateo Edición; ISBN: 978-84-322-2839-1.

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jueves, 13 de agosto de 2009

Por distintas razones, a pesar de que tengo cierta prevención hacia los melodramas dickensianos, me ha interesado Sencillamente Herny, de Michelle Magorian. Está bien escrito, sus muchas piezas están bien engranadas, no había leído nada de la autora y sabía que tenía libros premiados en Inglaterra que no he visto publicados en España.

La novela se sitúa en 1949, en una ciudad inglesa del sur, cuando la gente sufre las secuelas que ha dejado la segunda Guerra Mundial. El protagonista de la historia es Henry, un chico de quince años cuyo padre fue un héroe de guerra, que vive con su madre, su padrastro, su hermana pequeña Molly, y su abuela, madre de su padre. Los otros personajes principales son Pip, un chico pequeño y alegre, hijo de madre soltera; Jeffries, un chico culto, hijo de un desertor a quien salvó la vida el padre de Henry; Grace, una chica disléxica expulsada de muchos colegios y que tiene una voz extraña; y el profesor Finch y la señora Beaumont son los adultos de referencia, el primero porque obliga a Henry a vencer sus prejuicios y relacionarse con Pip y Jeffries, y la segunda porque actúa como una especie de hada que va solucionando dificultades.

La novela usa los recursos propios de los relatos populares y tiene algo de thriller. Carga el acento en la maldad de los malos y en la bondad de los buenos, que son los que podemos esperar según los criterios políticamente correctos de nuestro momento presente. La escritora domina el ambiente social que retrata, es detallista en la descripción del mundo del cine y de la fotografía según lo van conociendo los personajes, incluye referencias a libros y a libros infantiles de la época, es elegante y sobria en la descripción de situaciones duras. Y, como los personajes atraen, el lector acepta bien las inverosimilitudes psicológicas, las situaciones improbables y las soluciones previsibles.

Michelle Magorian. Sencillamente Henry (Just Henry, 2008). Barcelona: Oniro, 2009; 617 pp.; trad. de Pilar Ramírez Tello; ISBN: 978-84-9754-382-8.

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jueves, 13 de agosto de 2009

A propósito de varias novelas juveniles recientes, un artículo de hoy mismo en Aceprensa: Novelas juveniles inquietantes o sociedad inquietante.

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miércoles, 12 de agosto de 2009

Un libro que me sorprende que no se haya traducido y editado en España es Johnny Tremain, de Esther Forbes, pues, al margen de ser ya un «clásico» norteamericano, es una novelita de aventuras amena y bien ambientada históricamente. Es, también, un libro de los que inician la tendencia en la literatura infantil de poner como protagonista a un chico lisiado que ha de combatir no sólo externamente sino contra sus limitaciones.

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martes, 11 de agosto de 2009

No conozco libros publicados en España del colombiano Rafael Pombo y la edición de Fábulas y verdades que leí hace tiempo, a través del préstamo interbibliotecario, era muy antigua. Pero, ahora, se pueden leer poemas suyos en la red.

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lunes, 10 de agosto de 2009

Álbumes norteamericanos históricos: Andy and the Lion, de James Daugherty, y Make Way for Ducklings, de Robert MacCloskey. Son ese tipo de historias que, a lectores acostumbrados a relatos de apariencia más brillante y de construcción gráfica más sofisticada, les pueden parecer pobres pero que, sin embargo, siguen funcionando mucho más que bien: como con las películas de antes que sí, son en blanco y negro, pero soportan bien el paso del tiempo gracias a un buen guión y a una buena realización.

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domingo, 9 de agosto de 2009

Dos citas sobre aprender a mirar.

Gerard Genette: «Sólo los no-artistas tienen una visión “exacta”, pero esta exactitud es estéril. Sólo la deformación artística es fecunda, porque es reveladora para los no-artistas: “Y ahora, mirad”».

Flannery O’Connor: «Aprender a ver es la base de todas las artes, a excepción de la música. Conozco a un buen número de escritores que pintan, no porque se les dé bien, sino porque les ayuda a escribir. Les obliga a mirar. Narrar consiste muy raramente en decir algo: consiste en contarlo».

Gerard Genette. Palimpsestos: la literatura en segundo grado (Palimpsestes, 1982). Madrid: Taurus, 1989; 519 pp.; col. Teoría y crítica literaria; trad. de Celia Fernández Prieto; ISBN: 84-306-2195-4.
Flannery O’Connor. Misterio y Maneras (Mystery and Manners, 1969). Madrid: Encuentro, 2007; 236 pp.; col. Literatura; edición de Guadalupe Arbona, trad. y notas de Esther Navío; ISBN: 978-84-7490-894-7.

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sábado, 8 de agosto de 2009

En The New Jerusalen están los artículos que tuvieron su origen en un viaje que Chesterton hizo a Tierra Santa, en las Navidades de 1919, invitado por un grupo de judíos sionistas que lo veían como un posible aliado para su causa.

Por un lado es un libro de viajes, colorista por sus descripciones de lugares y ambientes, y que respira el entusiasmo del autor ante la oportunidad de conocer los lugares donde vivió y murió Jesucristo. Chesterton saca partido a lo que le sucede y convierte los incidentes en parábolas: por ejemplo, la extraña casualidad de que nevara en Jerusalén los días que estuvo allí le llevó a «comprender la idea tras de la imagen» y a pensar en lo apropiado que es que la Navidad suceda en invierno y se represente con clima invernal pues «Cristo no es un sol de verano para los prósperos sino un fuego en invierno para los desafortunados». Además, dedica todo un capítulo, y múltiples observaciones incidentales, a «la filosofía del turismo», teniendo en mente sobre todo al excursionista occidental que pasa por alto que «Jerusalén es una pequeña ciudad con grandes cosas mientras la ciudad moderna media es una gran ciudad llena de pequeñas cosas». Señala que «una de las aventuras de viajar consiste no tanto en descubrir que los dichos populares son falsos como en averiguar que significan incluso más de lo que dicen»: uno sólo puede apreciar la fuerza de una frase cuando ve los hechos de los que ha nacido.

Pero, por otro lado, es un libro de análisis histórico-político que resulta clarificador para comprender un poco mejor los conflictos que ya entonces estaban incubándose. Aunque, antes de describir los grupos humanos que habitan Palestina, Chesterton se cura en salud y señala que sus comentarios no son los de quien los juzga, sino los de quien intenta presentar un rápido esbozo, como quien dibuja figuras y trajes en la calle, también se ve que conversó personalmente con las personas más relevantes del país para intentar ver todas las caras de la situación.

Califica el Islam de «religión del desierto», un lugar donde se pierde perspectiva y donde algunas verdades fundamentales se simplifican hasta el punto de que la primera verdad se acaba entendiendo como la última verdad: de ahí que la predicación exaltada de un solo Dios pueda terminar siendo inhumana. Además, afirma, «la filosofía del desierto sólo puede empezar una y otra vez. No puede crecer; no puede tener lo que los Protestantes llaman progreso y los Católicos llaman desarrollo»: de ahí que su evolución a peor acabe siendo una monomanía. Rebate los prejuicios que, sobre las Cruzadas, estaban presentes en las novelas populares de la Inglaterra victoriana, prejuicios que no eran tanto contra los cruzados como contra los cristianos y que llevaban a que, «en los peregrinos medievales cada inconsistencia es una hipocresía, mientras que en los modernos patriotas incluso una infamia es sólo una inconsistencia».

En cuanto a los judíos, a partir de su incuestionable vinculación histórica con Palestina, Chesterton afirmaba que las aspiraciones sionistas de tener una tierra propia le parecían un intento de solución razonable al problema real de los judíos europeos. Al mismo tiempo hace notar con cuidado las dificultades prácticas que veía para la convivencia futura entre todos los habitantes de Palestina y habla con preocupación del futuro. En el último capítulo, dedicado expresamente al sionismo, y que no le quisieron publicar como artículo en su momento, sale al paso de quienes le calificaban de antisemita por sus feroces críticas contra los grandes financieros judíos sin más interés que su propio beneficio (y, por supuesto, sin ningún interés en los desheredados de su propio pueblo). Una comparación que pone para ilustrar la posición de sus acusadores es la de que llamar a Shakespeare antisemita por su pintura de Shylock en El mercader de Venecia, es no haber entendido que el núcleo de su obra es la usura y no la judeidad de Shylock. Pero la polémica no terminará —pues la etiqueta era útil como medio para descalificar sus críticas sin necesidad de atender a si sus razonamientos eran correctos— y Chesterton volverá repetidas veces a esta cuestión en libros posteriores.

G. K. Chesterton. The New Jerusalem, 1920. Hay edición en castellano en Buenos Aires: Agape Libros, 2008, 365 pp.; traducción y notas de Horacio Velasco; ISBN: 978-987-640-005-3.

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viernes, 7 de agosto de 2009

Después de los relatos mencionados ayer, da más idea del nivel de Irmgard Keun su novela, que también se podría llamar diario, Después de medianoche, publicada en Amsterdam en 1937 y ambientada en la Alemania nazi de los años previos. Para comentarla recupero y resumo una reseña que, hace unos años, hizo sobre ella Pedro Antonio Urbina en Aceprensa.

Su protagonista es «una chica de provincias, huérfana, que se marcha de Colonia —de la casa de su tía en la que vivía—, atemorizada por una acusación política de cuyas consecuencias se libra de modo inexplicable. En su lucha por lograr cierta seguridad e independencia, se establece en Francfort, en casa de su hermanastro escritor. Su novio en Colonia iba a poner un estanco para que pudieran vivir juntos; pero es apresado por falsas acusaciones políticas. Una vez libre, y los dos en Francfort, inician la huida a Suiza para crear una familia».

Como Keun había sufrido el secuestro de sus libros anteriores, en «Después de medianoche recoge el ambiente político social que es consecuencia del nazismo reinante, con esa ironía y ese humor crítico penetrantes, agudos e inteligentes, que motivaron la persecución policial de la escritora; recoge también la novela su autobiografía de aquellos momentos: sin duda su relación con Joseph Roth está disfrazada en el caos de sus vivas y expresionistas descripciones».

Además de su carácter de testimonio histórico, la obra de Keun «es una pieza literaria de primera categoría. La rabia ante la injusticia, la inseguridad, el miedo..., traen como consecuencia el desconcierto moral, las ganas desordenadas de vivir, el caos». Todo eso está en la misma estructura de la obra, «en el trazo breve y fuerte de sus muchos personajes, en la variedad de modos de decir, de hablar, hasta de la misma protagonista (recurso frecuente en la literatura alemana moderna): desde la torpeza casi necia de la chica de provincias (recurso magistral en Lenz), hasta la desenvoltura a la moda de la joven sola, siempre Irmgard Keun».

«A veces, la prosa de la autora tiene aliento fuertemente lírico, y hay párrafos de una gran sensibilidad que parecen poemas. Así acaba este libro: "El banco es sumamente duro e incómodo, pero tú estás conmigo. Y ahora vamos a dormir. Cuando nos despertemos, necesitaremos mucha energía. Aún hay estrellas que brillan detrás de espesas nieblas. Mañana, Dios mío, envía un poco de sol"».

Irmgard Keun. Después de medianoche (Nach Mitternacht, 1937). Barcelona: Minúscula, 2001; 162 pp.; col. Alexanderplatz; trad. de Carmen Gauger; ISBN: 84-95587-06-8.

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jueves, 6 de agosto de 2009

De Irmgard Keun (Berlín, 1910-Colonia, 1982), compañera de Joseph Roth un breve tiempo hasta 1939, se publicaron en España hace años dos relatos en colecciones infantiles: La chica con la que no dejaban ir a los niños y El juego de los países (o Niña de todos los países, en una edición de 2010).

Ambos están ambientados en los años treinta y sus narradoras son niñas de unos diez años: en el primero la chica es una revoltosa desesperante para los adultos; y en el segundo la protagonista es otra niña que vive con su madre, de hotel en hotel, en muchas ciudades europeas, mientras su padre, un escritor huido de Alemania, se les une de vez en cuando.

Son relatos que recogen reacciones interiores y modos de redactar que podrían ser propios de una niña pero que claramente la sobrepasan. Ambos cuentan las cosas de modo deslavazado y sucesivo: el interés de la escritora es mostrar el mundo de sus personajes sin intentar ganarse al lector a través de alguna conexión afectiva. En ese sentido no son novelitas atractivas más que para quienes tengan algún interés particular, en los ambientes que se describen, o en la época, o en la propia escritora.

Las menciono porque ambas ejemplifican cómo unas novelitas que tienen valor en sí mismas quedan fuera de sitio en una colección de literatura juvenil y pueden resultar desconcertantes para el lector que las coja guiándose por ese criterio. Sin duda, preceden a otros relatos que sí son infantiles o juveniles, porque tienen con ellos coincidencias argumentales o de recursos narrativos, pero eso no las hace más atractivas ni fáciles. Eso sí, si alguien quiere comenzar con Keun, una buena escritora, le aconsejo que no empiece por estos relatos sino por Después de la medianoche, que comentaré mañana.

Irmgard Keun. La chica con la que no dejaban ir a los niños (Das Madchen, mit dem die Kinder nicht verkehren durften, 1936). Madrid: Alfaguara, 1987; 168 pp.; col. Juvenil Alfaguara; trad. de José M. Rodríguez-Clemente; ISBN: 84-204-4581-9.
Irmgard Keun. El juego de los países (Kind aller Länder, 1938). Madrid: Alfaguara, 1984; 159 pp.; col. Juvenil Alfaguara; trad. de Anton Dieterich; ISBN: 84-204-3911-8. Actualizo esta información en agosto de 2010: nueva edición, titulada Niña de todos los países, en Barcelona: Minúscula, 2010; 165 pp.; col. Alexanderplatz; trad. de Anton Dieterich; ISBN: 978-84-95587-67-1.

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miércoles, 5 de agosto de 2009

En su momento me gustaron las novelas de Hanns Radau sobre las aventuras de Pequeño zorro, el gran cazador y el último jefe. En mi experiencia, los buenos relatos sobre la vida en contacto con la naturaleza tienen siempre un público fiel al que incluso no le importa que sean antiguos sino que, más aún, con frecuencia los valoran mucho precisamente por eso, porque la edad a veces es garantía de que contienen experiencias e información de interés.

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martes, 4 de agosto de 2009

Randall Jarrell
fue un conocido poeta norteamericano que, al final de su vida, escribió varios libros infantiles valiosos que, además, ilustró Maurice Sendak. De los tres que conozco el que más me gusta es El murciélago poeta, sobre «un ratón peludo con alas» con el mismo talento que Frederick.

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lunes, 3 de agosto de 2009

Un álbum con ilustraciones impresionistas y como protagonista una chica tenaz: Mirette on the High Wire, de Emily Arnold McGully.

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domingo, 2 de agosto de 2009

David Mamet:
 «El melodrama distingue con toda claridad entre el bueno y el malo y dice: “Puedes elegir: al malo del sombrero negro, que es un cerdo, o al ángel del sombrero blanco, que es un santo. ¿A cuál prefieres?” Y nosotros contestamos: “Creo que me identificaré con el ángel del sombrero blanco”, y luego, al final del melodrama, nos marchamos y decimos: “Uf, cuánto me alegro de que haya ganado el ángel del sombrero blanco. ¡Me siento de maravilla!”. (...) Pero esa sensación dura hasta que sales por la puerta del teatro».

En cambio «la tragedia dice: “Elige cuál quieres ser. Quienquiera que elijas, te equivocarás, y, por cierto, tampoco tenías la posibilidad de elegir. Eres simplemente humano”». Es decir, «la tragedia es purificadora porque nos enfrenta a nuestra naturaleza humana, a nuestra capacidad de hacer el mal. Y, tras enfrentarnos a esa capacidad de que se nos haga el mal y de hacer nosotros el mal, nos marchamos castigados y, como diría Aristóteles, purificados, en lugar de sentirnos animados incorrectamente a tranquilizarnos, como hace el melodrama».

Conversaciones con David Mamet (David Mamet in conversation, 2001). Barcelona: Alba, 2005; 320 pp.; col. A trayectos; edición de Leslie Kane; trad. de Isabel Ferrer Marrades; ISBN 13: 978-84-8428-271-6.

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sábado, 1 de agosto de 2009

Antes de ser un libro, Irish Impresions fueron artículos que Chesterton publicó en el New Witness con ocasión de un viaje que hizo a Irlanda. Con él, como con sus otros libros de viajes, Chesterton podría decir de sí mismo, con palabras de Joseph Roth, qué clase de trabajo periodístico hacía: «Yo no hago glosas chistosas. Yo dibujo el semblante de una época. (...) Yo soy un periodista, no un informador; un escritor, no un autor de artículos de fondo». Pues, en efecto, Chesterton retrata bien al pueblo irlandés —un país donde «los campesinos pueden hablar como poetas»—, explica su conflicto secular con Inglaterra con perspectiva histórica, presenta el panorama de ideas de la época, rebate argumentos que muchos dan por sentados, y señala el verdadero núcleo de los problemas. En todo momento declara su simpatía sin reservas por Irlanda, y por su revuelta contra el gobierno británico, que comprende bien porque él mismo, dice, de muchas maneras también está en rebeldía contra su propio gobierno.

Un aspecto circunstancial de sus opiniones, que por otra parte dan al libro interés histórico, son las referencias a las discusiones que tenían lugar entonces acerca de la futura ley que devolvería la independencia a Irlanda. Otro —el motivo por el que fue invitado a este viaje— son sus argumentaciones en favor de que los irlandeses debían unirse a los ingleses para combatir en la primera Guerra Mundial. Para explicar esto Chesterton comenzaba diciendo que, «siendo un inglés, esperaba en primer lugar ayudar a Inglaterra; pero no siendo un idiota congénito, no podía comenzar pidiendo a los irlandeses que ayudaran a Inglaterra». Luego razonaba por qué los aliados, al combatir a los alemanes, «estaban más en lo cierto de lo que ellos mismos se daban cuenta; más aún, casi ni tenían derecho a tener tanta razón como tenían». Por eso, concluía, en sus reticencias a combatir con los aliados, «los irlandeses estaban equivocados; quizás equivocados por primera vez», debido a que históricamente los irlandeses se habían aliado con los franceses y los ingleses con los alemanes (la insistente idea de The Crimes of England).

Debido al tema, el libro sirve a Chesterton para desplegar sus ideas sobre la familia y la propiedad, y para declarar, cuatro años antes de su conversión, su simpatía hacia los católicos y su convicción de que «una religión no es la iglesia a la que un hombre va sino el cosmos en el interior del cual vive». Le sirve también para fijar su postura en torno a términos como imperialismo, nacionalismo y patriotismo: sus ideas, sin duda herederas de las discusiones en torno al nacionalismo propias del siglo anterior —algo que también será obvio en su libro posterior sobre Palestina—, causaban irritación tanto en quienes tenían ansias expansionistas como en quienes tenían una visión provinciana. En una dirección, por ejemplo, comenta que un mérito poco reconocido del nacionalismo es que «incluso lo que en él suele calificarse de estrechez no es un obstáculo para la invasión sino para la expansión»; habla del patriotismo como de una virtud natural y que ignorarla, y «fijarse sólo en sus inconvenientes, es como contar las nubes y olvidar el clima», o que no tenerla en cuenta y pensar que todo es cuestión de leyes, es como ver las vallas o muros que delimitan las tierras y no ver el paisaje. En la otra, por ejemplo, señala el error de usar el gaélico «como un arma más que como una herramienta», o subraya que considera un gran error que alguien invoque su condición de «celta» cuando le debería bastar con presentarse como irlandés, además de que «el celticismo, por sí mismo, puede llevar a toda clase de extravagancias raciales».

El último capítulo lo dedica Chesterton al caso de Irlanda del Norte y a comentar la enorme animosidad entre protestantes y católicos en Belfast. Es interesante su observación, apropiada entonces, acerca de que era un error debatir la igualdad política e ignorar que no había igualdad religiosa, cuando debía ser al revés: dar igualdad política primero y debatir luego la cuestión religiosa. También lo es su comentario de que, en Belfast, un protestante que sentía odio hacia los católicos decía de sí mismo, y precisamente por eso, «soy un buen protestante», mientras que un católico con el mismo talante, y también precisamente por eso, se decía a sí mismo «soy un mal católico». Por un lado, esta idea de la profunda maldad del orgullo, que Chesterton ejemplifica en el caso de otros nacionalismos igualmente desnortados, la desarrollará en «Si tuviera un sólo sermón que predicar» (artículo contenido en El hombre común y en Correr tras el propio sombrero). Por otro, este argumento a muchos les sonará porque Primo Levi lo popularizó para contestar a quienes comparaban los horrores de los campos de concentración nazis —sus autores eran «buenos» nazis— y los de los campos comunistas —sus autores eran «malos» comunistas—.

G. K. Chesterton. Irish Impresions, 1919. Edición en castellano, titulada Impresiones irlandesas, en Madrid: More ediciones, 2017; 190 pp.; trad. de Álvaro Gutiérrez; prólogo de Dermot Quinn; ISBN: 978-8494320729; [vista de esta edición en amazon.es]. Otra edición titulada Impresiones de Irlanda, en Sevilla: Renacimiento, 2017; 201 pp.; trad. de Victoria León; prólogo de Antonio Rivero Taravillo; ISBN: 978-84-16981-80-9; [vista de esta edición en amazon.es].
Las frases de Joseph Roth están tomadas de su carta a Renno Reifenberg del 22 de abril de 1926, contenida en
Cartas (1911-1939) (Briefe 1911-1939, 1970). Barcelona: Acantilado, 2009; 686 pp.; edición y notas de Hermann Kesten; trad. de Eduardo Gil Bera; ISBN: 978-84-96834-85-9.
El comentario de Primo Levi en relación a la diferencia entre los horrores comunistas y los horrores nazis está en Primo Levi en diálogo con Ferdinando Camon. Madrid: Anaya & Mario Muchnik, 1995; 134 pp.; col. Europeos sin fronteras; trad. de Celia Filipetto; ISBN: 84-7979-098-9.

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