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Notas de agosto de 2010 :: bienvenidosalafiesta ::    
bienvenidos a la fiesta
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martes, 31 de agosto de 2010

Ya que puse, no hace mucho, a Elena Fortún y Celia, le toca el turno a su sucesora de los años cincuenta, Antoñita la fantástica, de Borita Casas. Como se puede ver en el comentario, los quejosos de ahora pueden comprobar que ya entonces se lamentaban de ¡cómo estaba la juventud!

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ImaiOveja.jpg
lunes, 30 de agosto de 2010

La oveja número 108,
de Ayano Imai, me ha recordado, por el argumento, Cuando los borregos no pueden dormir, de Satoshi Kitamura.

Paula, una niña que ha intentado todos los remedios para dormir, no lo consigue. Se pone a contar ovejas pero la oveja 108 no puede saltar por encima del cabecero de su cama y bloquea el paso de las demás, aunque todas ellas y la misma Paula intentan ayudarle a saltar. Total, que debe encontrar una solución distinta.

Relato gracioso. Las ilustraciones van en recuadros grandes en cada página y el texto va con las imágenes de las páginas izquierdas. Con frecuencia tanto las ovejas como Paula se salen del marco de los recuadros, un recurso que también alude a la confusa frontera entre lo real y lo soñado. Un pequeño acertijo visual completa el libro.

Ayano Imai. La oveja número 108 (The 108 th Sheep, 2006). Madrid: Macmillan, 2010; 24 pp.; no indica traductor; ISBN: 978-84-7942-566-1.

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domingo, 29 de agosto de 2010

Algunos escolios de Nicolás Gómez Dávila sobre los libros del pasado.

Sobre los grandes libros:

—«Los grandes libros tienen cortesía de reyes magnánimos: acogen al lector como si fuese su igual.
El escritor mediocre trata de humillarnos para ocultar su baja posición».

—«El que no confronta su vida a través de los grandes textos la confronta a través de los tópicos de su tiempo.
Toda visión es conquista y no punto de partida; necesita, por lo tanto, aliados».

—«No es entre pequeños en donde nos sentimos grandes, es en la luz de los grandes en donde nos sentimos crecer».

—«Los máximos triunfos literarios son a veces combates de retaguardia».
(Jane Austen, v.g., o Proust)».

Sobre los viejos libros inteligentes:

—«El viejo libro inteligente no se torna nunca obsoleto, porque el nuevo libro inteligente sólo vuelve explícitas ideas que implícitamente englobaba el libro viejo.
La inteligencia es paisaje cuya iluminación varía, pero cuyo relieve no cambia».

—«Las grandes obras necesitan años para emerger del acervo de cadáveres literarios que las asfixian».

—«El tiempo destaca la desigualdad entre los libros con una implacable crueldad».

—«Leídos al cabo de decenios, los libros buenos pueden aburrir, pero los malos no divierten».

—«Mientras los contemporáneos sólo leen con entusiasmo al optimista, la posteridad relee con admiración al pesimista».

—«Sólo las letras antiguas curan la sarna moderna».

—«Sólo en los libros mismos de quienes las inventaron no envejecen las ideas».

Sobre la historia de la literatura:

—«Llamamos historia de la literatura la enumeración de las obras que se evadieron de la historia».

—«Al cabo de unos años, solo oímos la voz del que habló sin estridencias».

—«En las historias de la literatura no son los primeros capítulos los que se apergaminan con los años, sino los últimos».

—«Los colores fuertes, en literatura, se desvanecen con el tiempo; sólo los tonos pálidos son indelebles».

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sábado, 28 de agosto de 2010

Decía Chesterton que, al hablar del pasado más remoto, deberíamos recordar que, «estrictamente hablando, no sabemos nada de los hombres prehistóricos por la sencilla razón de que eran prehistóricos. La historia del hombre prehistórico es una evidente contradicción en los términos. Es ese tipo de sinrazón al que sólo los racionalistas pueden acogerse. Si a mil sacerdotes en su predicación se les ocurriera comentar que el Diluvio fue antediluviano, probablemente se suscitarían comentarios irónicos acerca de su lógica». (El hombre eterno)

Deberíamos tener en cuenta, también, que «no existe ninguna evidencia de que el gobierno primitivo fuera despótico y tiránico. (...) Si existe un hecho que realmente se puede probar, partiendo de la historia que conocemos, es que el despotismo puede ser consecuencia del progreso, de un progreso tardío, muchas veces, y, con más frecuencia, el fin de sociedades altamente democráticas. El despotismo se podría definir como una democracia fatigada. Cuando el cansancio se cierne sobre una comunidad, los ciudadanos se sienten menos inclinados a esa perpetua vigilancia, que con acierto se ha denominado el precio de la libertad, y prefieren colocar un único centinela mientras duermen». (El hombre eterno)

No estaría mal tampoco que pensásemos por qué, entre nosotros, «se desliza demasiado a menudo la pésima costumbre de usar los nombres de épocas pretéritas como términos ofensivos. Si algo no nos gusta, lo llamamos tribal, lo llamamos feudal, lo llamamos medieval, lo tachamos de digno de los Eduardos, lo tachamos de despótico, de oligárquico, de bárbaro o de militarista y hablamos de aristócratas y burócratas como si todas esas cosas fueran lo mismo y el mundo entero las padeciera a excepción de nosotros. Nos olvidamos del hecho evidente de que la mayoría de esas cosas no sólo no van unidas, sino que jamás podrían mezclarse. Es obvio que todo déspota trata de acabar con una aristocracia. Es obvio que toda aristocracia trata de acabar con un déspota». («Los pecados de los príncipes rusos», Lectura y locura)

En definitiva, tal vez deberíamos enfrentarnos con más valor y con más sensatez a nuestro pasado, primero, «porque el pasado está lleno de hechos que no se pueden pasar por alto; de hombres más sabios que nosotros y de cosas realizadas que no podríamos hacer nosotros» (George Bernard Shaw). Luego, porque la mejor forma de comprender las cosas es reconocerlas tal y como fueron: «No soy capaz de convencerme de admirar esa propuesta de que deberíamos cambiar algunos nombres como el de la Estación de Waterloo por delicadeza con los franceses. Si el recuerdo de una victoria nacional debe ser considerado como un insulto internacional, Francia misma debería disculparse ante todos los países de Europa. Un recuerdo de los vencedores no es un reproche para los vencidos» («El código de Napoleón», El color de España y otros ensayos).

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GrubbNocheC.jpg
viernes, 27 de agosto de 2010

La noche del cazador
,
de Davis Grubb, es una novela sobre cuyo argumento se basó una famosa película de suspense de los años cincuenta. No es significativa como «novela de niños», pero toda ella encierra y se dirige a una conclusión de fondo que pocas veces se ha formulado tan bien: la necesidad de protección que tienen los niños en esos momentos en que se ven solos y mudos, incapaces de contar con palabras el miedo que sienten.

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jueves, 26 de agosto de 2010

Mañana de abril
,
de Howard Fast, es una novela entre psicológica y bélica que ha sido a veces comparada con El rojo emblema del valor, de Stephen Crane, y eso es mucho decir; y que, por sus escenarios y argumento, también se puede poner en paralelo con Johnny Tremain, de Esther Forbes. Una lástima que, ahora mismo, sólo se pueda conseguir en bibliotecas. (En fin, la misma dificultad hay con Tony y la puerta maravillosa, otra novelita de Fast que, aunque tenga un marco de fantasía, también puede llamarse «histórica»).

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MasefieldMedianoche.jpg
miércoles, 25 de agosto de 2010

Los personajes de la medianoche
y su secuela, La caja de las delicias, de John Masefield, son unos antiguos relatos de fantasía ingleses, muy valorados por su buen lenguaje y por unos argumentos inquietantes que abrieron camino a otros parecidos. Vale la pena conocerlos por eso, aunque su artificiosidad y la falta de convicción del autor en el poder de sus historias se notan mucho. A la derecha, cubierta de una edición inglesa reciente que no conozco y que, por lo que veo, viene con ilustraciones de Quentin Blake.

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martes, 24 de agosto de 2010

Y, al revés de lo dicho el otro día, también se da que, a partir de los libros que triunfan con un protagonista chico, nacen luego libros de protagonista chica. Un ejemplo: Ramona, de Beverly Cleary.

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HoplitaFonchito.jpg
lunes, 23 de agosto de 2010

El pequeño hoplita,
de Arturo Pérez-Reverte y Fonchito y la luna, de Mario Vargas Llosa, inician una colección que se titula “Mi primer...”(mi primer Pérez Reverte, mi primer Vargas Llosa, etc.) Debo comenzar por reconocer que no siento ninguna simpatía por este recurso comercial, que supongo que será eficaz para quienes compran los libros a partir del prestigio previo de los autores. Además, si soy partidario, siempre, de recomendar los libros uno a uno y por sí mismos, y nunca por el nombre del autor ni por la colección o editorial en la que se publican o por cualquier otra razón, mucho más lo soy en el caso de los libros infantiles. Dejo de lado que no faltan los ejemplos que indican que escribir bien sobre algo no equivale a escribir bien sobre cualquier cosa, y que escribir bien para un cierto público no es igual que escribir bien para cualquier público.

El pequeño hoplita cuenta que, antes de que comience la batalla de las Termópilas, el jefe de los 300 espartanos, manda a un niño que regrese a Esparta a contar lo sucedido. Tal como está, la historia que inventa el autor es poco consistente. Además, el tirón particular que puede tener Pérez-Reverte no es el apropiado para lectores pequeños. En cuanto al contenido, puestos a contarle a un niño algo mayor, tanto cosas de la antigua Grecia como los sucesos de una batalla como la de las Termópilas, tal vez habría que dar más y mejores explicaciones y, para eso, mejor sería usar otros apoyos. En cualquier caso, las ilustraciones de Fernando Vicente son buenas y adecuadas.

Fonchito es un niño que desea dar un beso a Nereida, una niña de su clase; pero, cuando vence su timidez y se lo pide, Nereida le dice que se lo dará si antes baja la luna del cielo y se la regala. El relato es simpático y está contado con el buen lenguaje que se le supone al autor. Esto también quiere decir que gustará más a algunos adultos que a los niños y, dentro de los niños, menos a los niños y más a las niñas. Son excelentes las ilustraciones de Marta Chicote, bien compuestas, y con figuras un tanto modiglianescas.

Arturo Pérez-Reverte. El pequeño hoplita (2010). Madrid: Alfaguara, 2010; 30 pp.; col. Mi primer; ilust. de Fernando Vicente; ISBN: 978-84-204-0568-1.
Mario Vargas Llosa. Fonchito y la luna (2010). Madrid: Alfaguara, 2010; 30 pp.; col. Mi primer; ilust. de Marta Chicote Juiz; ISBN: 978-84-204-0589-6.

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domingo, 22 de agosto de 2010

Algunos escolios de Nicolás Gómez Dávila sobre la lectura.

Sobre los buenos lectores:

—«La literatura toda es contemporánea para el lector que sabe leer».

—«Un poco de polvo sobre un texto ahuyenta al lector común.
Como si un soplo de inteligencia no dejara el mármol limpio».

—«Pocos lectores saben leer sin sentirse vigilados por las modas literarias de su tiempo».

Sobre los malos lectores:

—«La literatura contemporánea, en cualquier época, es el peor enemigo de la cultura.
El tiempo limitado del lector se gasta en leer mil libros mediocres que embotan su sentido crítico y lesionan su sensibilidad literaria».

—«Tal vez no haya necedad parecida a la de pasar la vida leyendo a escritores mediocres porque son nuestros contemporáneos».

—«Con la corrupción del escritor pululan libros malos, con la del lector mueren los buenos».

—«La mediocridad inevitable de lo que se escribe es más explicable que la evitable mediocridad de lo que se lee».

Sobre la lectura:

—«En la intimidad de la lectura el gran escritor no parece limitarnos, sino completarnos».

—«La lectura es droga insuperable, porque más que a la mediocridad de nuestras vidas nos permite escapar a la mediocridad de nuestras almas».

—«Sólo debemos leer para descubrir lo que debemos releer eternamente».

Sobre la relectura:

—«Aprender a leer es descubrir que se debe perpetuamente releer».

—«Sólo se puede releer al que sugiere más de lo que expresa».

—«Tradición, propaganda, casualidad o consejo, escogen nuestras lecturas.
Nosotros sólo escogemos lo que releemos».

—«Releer entierra con frecuencia, y rara vez resucita».

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sábado, 21 de agosto de 2010

Si, en ocasiones, Chesterton defendió lo que solemos llamar sentimentalismo y a las personas que solemos llamar sentimentales, otras veces también señaló cuál es el sentimentalismo engañoso y los comportamientos sentimentales dañinos. Hay referencias al respecto en el artículo Los otros lados de las cosas.

Otra buena descripción de la cuestión está en este texto: «El sentimental es el hombre que quiere comer su dulce y tenerlo. Carece del sentido del honor en cuanto a las ideas; no quiere admitir que hay que pagar por las ideas como por cualquier otra cosa. No quiere admitir que cualquier idea digna, como cualquier mujer honesta, pueda únicamente ser conquistada en sus propios términos, y con su lógica cadena de lealtad. Una idea lo atrae, otra idea lo inspira realmente, una tercera idea lo halaga, una cuarta idea lo recompensa. Las quiere tener todas a la vez en un harén salvaje e intelectual, sin importarle si se pelean y se contradicen entre ellas. (...) Ésta es la esencia del sentimental, que se desvive por gozar de cada idea sin la secuencia, y de cada placer sin la consecuencia». («El sentimental», Alarmas y digresiones)

Entre los ejemplos del persistente e insano intento de conseguir placeres sin pagar por ellos, habló de cómo, en política, hay quien propone ser al mismo tiempo un país cómodo y un país duro, y, en religión, hay quien intenta cantar al mismo tiempo a la Virgen y a Príapo; de cómo los partidarios del amor libre hablan de ofrecerse a sí mismos sin ningún compromiso personal, y de que ya sólo falta que algunos reclamen el derecho a suicidarse un número ilimitado de veces («Defensa de los votos», The Defendant). Criticó al imperialista, que deseaba tener el esplendor del éxito y ninguno de sus peligros, que deseaba extender el cuerpo de Europa pero no su alma, que deseaba esclavizar a otros porque es halagador pero no liberarlos porque implica una responsabilidad («El sentimental», Alarmas y digresiones). Se pronunció contra los planteamientos divorcistas pues lo característico del matrimonio como institución es la lealtad y no la emoción: «puedo entender fácilmente por qué creen en el divorcio. Lo que no entiendo es por qué creen en el matrimonio» («The Sentimentalism of Divorce», Fancies versus fads).

En las discusiones acerca del modo de tratar a los delincuentes, se refirió al sentimental humanitario, el «sentimental inflexible que perora como si el problema no existiese en absoluto, como si la bondad y la suavidad físicas pudieran curarlo todo, como si no hiciese falta otra cosa que hacer mimos a Nerón y dar palmaditas en la espalda a Iván el Terrible»; y añadía que «si la vida suave y cómoda diese virtud a los hombres, las clases que llevan una vida suave y cómoda habrían de ser virtuosas, lo cual es absurdo». Lo distinguió del sentimental brutal, un «sentimental más débil aún (...) que dice “¡Duro con los brutales!”; o que manifiesta con inocente descaro lo que haría él con ciertos hombres, claro es que siempre en el supuesto de que las manos de esos hombres estuviesen bien amarradas». Y, frente a esos planteamientos, endebles y desequilibrados, habló del «sentimental emotivamente decente» que, «lejos de expansionarse acerca de los castigos abominables que podrían infligirse a los criminales, siente acerbamente cuanto mejor sería si no se necesitara hacer nada», pero se da cuenta de que algo hay que hacer: un hombre cuerdo, decía, es «un hombre que puede albergar la tragedia en su corazón y la comedia en su mente». («Los viajeros», Enormes minucias)

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viernes, 20 de agosto de 2010

Comentarios de Ernst Jünger sobre algunos autores y libros que, a mí al menos, me han dado pistas:

—«Maupassant es uno de los autores que aprendo a estimar cada vez más (...). Existe una clase de ligereza que encubre lo difícil y aún inimitable del trabajo, y eso hace que en un primer momento la subestimemos. Sólo el original nos proporciona una idea exacta. En la lectura he visto claramente la perfecta elegancia de una expresión tan sencilla como nous faisons –veía refulgir esa expresión en la frase como un pez que saltara bruscamente del agua. Son insuperables las pointes, las ingeniosas frases finales; arrojan un último destello que vuelve a iluminar el contenido de la narración, proporcionan, por así decirlo, su fórmula».

—Sobre Huracán en Jamaica:  lo leí «hace años con una tensión penosa, como alguien que estuviese contemplando cómo se da a unos niños navajas de afeitar para que jueguen con ellas».

—A propósito de las Memorias de Alejandro Dumas: «lo irritante de tales textos es que su autor no reacciona a las impresiones sutiles y ligeras –percibe únicamente las estridentes, que además acentúa. Uno se pasea así a través de sus libros como a través de prados donde se alzasen flores de tamaño gigantesco, pero faltasen la hierba y el musgo».

—Sobre El Gran Meaulnes: «Es una de las ramas secas con que el Romanticismo se adentra en el siglo XX. Se nota que a cada decenio que pasa resulta más difícil transportar la savia hasta lo alto de las ramas».

Ernst Jünger. Los tres primeros comentarios son de Radiaciones I (Strahlungen I: Gärten und Strassen, Das erste Pariser Tagebuch, Kaukasische Aufzeichnungen, 1979). Barcelona: Tusquets, 1989; 461 pp.; col. Andanzas; trad. de Andrés Sánchez Pascual; ISBN: 84-7223-110-0. El cuarto es de Radiaciones II (Strahlungen II: Das zweite Pariser Tagebuch, Kirchhorster Blätter, Die Hütte im Weinberg -Jahre der Okkupation, 1979). Barcelona: Tusquets, 1992; 605 pp.; col. Andanzas; trad. de Andrés Sánchez Pascual; ISBN: 84-7223-480-0.

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jueves, 19 de agosto de 2010

Cartas de Nicodemo
,
de Jan Dobraczynski, es una novela histórica sobre la vida de Jesucristo que yo leí por primera vez hace ya unos cuantos años. Aparte de ser una reconstrucción imaginativa respetuosa con lo que conocemos. sus grandes aciertos narrativos son la perspectiva y la forma elegidas para contar las cosas.

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miércoles, 18 de agosto de 2010

Un conocido autor de novelas sobre animales: Walt Morey. Dos obras publicadas en España, tiempo atrás, fueron Ben: el oso dócil, y Kavik, el perro lobo. Tienen argumentos parecidos y tocan las mismas teclas emocionales —relación estrecha entre un chico y un animal salvaje—, pero están bien y atraen lectores. Me parece que no están en el mercado español ahora y se han de conseguir en bibliotecas.

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FortunCelia.jpg
martes, 17 de agosto de 2010

En los libros de vida ordinaria es habitual que los que triunfan con una protagonista chica se prolonguen, más tarde, en libros de protagonista chico. Es el caso de unos libros citados tiempo atrás: Stink, el hermanito de Judy Moody, tiene su propia serie. Pero, por citar un ejemplo antiguo: un clásico español como Celia, de Elena Fortún, continuó más tarde con los libros de su hermano Cuchifritín.

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ReyCuriousGeorge.jpg
lunes, 16 de agosto de 2010

Un gracioso y, entre nosotros, poco conocido personaje de álbum: Curious George, de Margret y Hans Augusto Rey, un matrimonio alemán de escritora e ilustrador que huyeron a los EE.UU. poco antes de la segunda Guerra Mundial.

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domingo, 15 de agosto de 2010

Más escolios de Nicolás Gómez Dávila sobre los escritores.

Sobre la relación entre el escritor y la popularidad:

—«El escritor indiferente a la popularidad no pretende ser contemporáneo de los escritores de su tiempo, sino de los escritores que admira».

—«El escritor neto, en cualquier época en que viva, no se preocupa en pertenecer a la literatura contemporánea.
Para el verdadero escritor literatura contemporánea es la que él hace».

—«No hay que escribir para tener lectores sino como si fuéramos a tener lector».

Diferencias entre el buen y el mal escritor:

—«Lo que dice el buen poeta moderno existe sólo como punto de convergencia de una estructura de alusiones».
El mal poeta se contenta con alusiones simuladas.

—«El poeta mediocre inventa sus símbolos. El gran poeta los descubre».

—«El tema del escritor auténtico son sus problemas; el del espurio, los de sus lectores».

Sobre el mal escritor:

—«Cuando la frase y su sentido pueden divorciarse, el escritor ha fracasado».

—«El escritor pierde un mes de indulgencias por cada palabra sobrante».

—«Una pudibundez ridícula no le permite hoy al escritor inteligente tratar sino temas obscenos.
Pero ya que aprendió a no avergonzarse de nada, no debería avergonzarse de los sentimientos decentes».

—«Sin dignidad, sin sobriedad, sin modales finos, no hay prosa que satisfaga plenamente.
Al libro que leemos no le pedimos sólo talento, sino también buena educación».

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sábado, 14 de agosto de 2010

Chesterton
defendió siempre algo que muchas veces se llama sentimentalismo. En primer lugar, porque la gente normal es siempre sentimental en el sentido de que «un sentimental no es más que alguien que tiene sentimientos y no se toma la molestia de inventar otro modo de expresarlos» («En defensa de la novela de quiosco», The Defendant). Luego, porque, al igual que uno de sus personajes, no se veía «capaz de denostar ciertos sentimientos que hacen que el mundo gire, y que las gentes giren con el mundo» (Los árboles del orgullo, en El jardín de humo y otros cuentos de intriga).

En esa línea, de aclarar bien qué se quiere decir cuando se lanza la acusación de sentimentalismo, decía que «no hay que confundir recriminaciones morales con recriminaciones sentimentales» (William Cobbett), y que «es un desatino básico suponer que [alguien] es superficial nada más que por ser emocional» (Chaucer). Señaló que una verdadera crítica literaria nunca usaría la palabra sentimental como un adjetivo descalificador pues «si la literatura sentimental ha de ser condenada debe serlo no por ser sentimental sino por no ser literatura» («Sentimental Literature», The Spice of Life). Y, de un modo parecido, indicó que no tenía sentido criticar a un poeta diciendo que los sentimientos que expresa son lugares comunes: la poesía trata siempre de lugares comunes y es vulgar en el sentido más noble de esa noble palabra; trata de los sentimientos y pensamientos que todos tenemos y, como la religión, es siempre democrática incluso cuando finge lo contrario («Tennyson», Varied Types).

También subrayó que ni el sentimentalismo se identifica con los altibajos anímicos, ni la fe y la confianza en la razón se basan en tener unos sentimientos más o menos fuertes. Por ejemplo, al hablar de si Hamlet era un personaje que tenía fe o no, decía: «Su fe [se nota] en que, por mucho que él no pueda ver que el mundo es bueno, el mundo es, evidentemente, bueno. Su fe [se nota] en que, por mucho que él no pueda ver al hombre como la imagen y semejanza de Dios, el hombre es, ciertamente, la imagen de Dios. El hombre moderno, como la moderna concepción de Hamlet, sólo cree en los estados de ánimo. Pero el verdadero Hamlet, igual que la Iglesia Católica, cree en la razón. Muchos son los optimistas que han loado al hombre cuando su estado de ánimo les inclinaba a loarlo. Sólo Hamlet ha loado al hombre cuando su estado de ánimo le inclinaba a patearlo. Muchos poetas como Shelley y Whitman, han sido optimistas cuando se sentían optimistas. Sólo Shakespeare ha sido optimista mientras se sentía pesimista. Esto es la fe. Aquello capaz de sobrevivir a un estado de ánimo». («La ortodoxia de Hamlet», Lectura y locura)

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viernes, 13 de agosto de 2010

Quienes recuerden la película El puente sobre el río Kwai, deberían darle una oportunidad a la novela original de Pierre Boulle, tan inteligentemente irónica.

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jueves, 12 de agosto de 2010

Algunos de los mejores chistes que conozco se los debo a las tiras de Mafalda, de Quino. A propósito de la importancia de leer, uno es el de Manolito, volviendo de clase, y reflexionando consigo mismo: «Y a mí qué más me da que el Everest sea o no navegable» (cito de memoria).

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miércoles, 11 de agosto de 2010

No sé cuánta pudo ser, o cómo se podría medir, la influencia de obras como Cuentos basados en el teatro de Shakespeare, de Charles y Mary Lamb, en la educación literaria de tantos niños ingleses que la conocieron ya desde los comienzos del siglo XIX. En paralelo sí sé que no hubo obras equivalentes en nuestro ámbito y que, por tanto, en nuestro caso, no tenemos nada qué medir.

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martes, 10 de agosto de 2010

Un excelente relato del Oeste para primeros lectores: El valor de Sarah Noble, de Alice Dalgliesh. La autora, que fue también una importante editora de libros infantiles en Estados Unidos, sabía bien cómo pintar el mundo interior del niño. En este caso, habla del valor interior de una niña (como, por ejemplo, lo hacía Sauce azul, otra novela norteamericana que decía bien en qué consiste el valor). A la derecha, cubierta de una edición norteamericana.

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lunes, 9 de agosto de 2010

Pongo voces de tres ilustradoras de las primeras décadas del siglo XX: Mabel Lucie Attwell, Lola Anglada, Mercè Llimona.

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domingo, 8 de agosto de 2010

Algunos escolios de Nicolás Gómez Dávila sobre artistas y escritores.

Sobre los artistas:

—«Como el acierto estético no depende del artista, ninguna intención del artista lo mancha».

—«Si el artista es del partido del diablo, cada vez que acierta traiciona».

—«Los defectos del artista que se resigna a sus cualidades acaban volviéndose invisibles».

—«El artista auténtico trabaja con mentalidad de artesano».

—«Artista clásico es el que prefiere la perfección a la originalidad».

—«El simple talento es en literatura lo que las buenas intenciones en conducta. (...)»

Sobre el escritor bien educado:

—«El escritor bien educado trata de ser claro.
Pero no achaquemos siempre nuestra ineptitud a su mala educación. Explicar, en vez de aludir, supone desprecio al lector».

—«El escritor bien educado trata de limitarse a lo necesario».

—«El auténtico escritor no busca la perfección por vanidad, sino por cortesía con el lector».

—«El que anhela influir es prolijo.
La brevedad es indicio de respeto al lector».

—«Mientras menos adjetivos gastemos, más difícil mentir».

Sobre el escritor cuidadoso:

—«El escritor procura que la sintaxis le devuelva al pensamiento la sencillez que las palabras le quitan».

—«Desconfiar de la inspiración y confiar en el trabajo, como Baudelaire y Flaubert, no es sucumbir al orgullo, sino someterse a las condiciones de la gracia.
Como el místico a la mortificación ascética».

—«El escritor capaz de ver con claridad lo concreto circula ileso entre las ideas estúpidas».

—«Clásico es el escritor a quien le basta nombrar el objeto para hacérnoslo ver».

O sobre la escritura cuidadosa:

—«La lentitud es la matriz de la calidad».

—«O la metáfora es irremplazable circunloquio o es vicio de dicción».

—«Al texto que dejamos reposar se le desprenden solas las palabras sobrantes».

—«Para escribir bien hay que decidirse a desbordar con tacto el diccionario del idioma en el cual escribimos».

—«La frase perfecta es la que logra con menos gestos señalar más rumbos».

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sábado, 7 de agosto de 2010

Chesterton
señaló con frecuencia cuánto abundan en nuestras conversaciones un tipo de afirmaciones que parecen dejar satisfechas las mentes y detienen el pensamiento: por ejemplo, quien elogia el progreso y ya no considera necesario progresar en su pensamiento un poco más, quien rechaza una queja por ser antigua y ya no piensa que sea necesario decir algo nuevo. (The Outline of Sanity)

En esa línea, de hacer notar las dificultades que a veces tenemos para pensar con rigor, decía que una de las principales incomodidades de nuestro tiempo está en ese montón de pequeños pensamientos, o pequeños dichos que se han divorciado hace tiempo de los pensamientos, que invaden toda la atmósfera en forma comparable a los pequeños insectos: insignificantes y casi invisibles pero innumerables y casi omnipresentes. Es algo que, al mismo tiempo es atmosférico y microscópico, como una nube de mosquitos. No me refiero, decía, a opiniones morales o filosóficas basadas en principios que a uno le parecen equivocados, o que producen resultados que a uno le parecen malvados, ni a teorías científicas y filosóficas, que podrían ser comparadas, según el gusto de cada uno, con leones, elefantes, tigres, buitres, víboras o escorpiones. Me refiero, en particular, a esa especie de casual y conversacional escepticismo, que hace que muchos, sin pensar en absoluto, digan frases frívolas que casi siempre, por una extraña fatalidad, son o suenan como una débil rebelión contra cualidades que los hombres han estimado siempre, por ejemplo cuando alguien afirma que la honradez o el valor son estúpidos y no valen la pena. En ese tipo de frases, que denotan y aceleran la corrupción de toda una cultura, vemos la paradoja que puede ser denominada la omnipresencia de lo insignificante: una mosca es una cosa pequeña, pero las moscas pueden ser una gran cosa, como cuando, en los países tropicales, forman grandes nubes y aparecen en el horizonte llenando por completo el cielo; o esas plagas de pequeñas langostas que afligen muchas tierras de modo más destructivo que una manada de lobos o una estampida de bisontes. Y con el ejemplo tal vez comprendamos mejor por qué el antiguo nombre de Belzebú significa, precisamente, el Señor de las moscas. («On Thoughtless Remarks», All I Survey)

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viernes, 6 de agosto de 2010

Esta reseña
me recordó que no había puesto aquí aún unos cuentos sobre niños y jóvenes del peruano Julio Ramón Ribeyro, que me parecen deslumbrantes, poderosísimos por cómo evocan los sentimientos de la infancia e interesantísimos por cómo retratan el mundo de origen del autor. Volveré a Ribeyro.

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jueves, 5 de agosto de 2010
De la niñez, de Abdelmayid Benyellún, es un relato autobiográfico de una infancia, en Marruecos, hace ya casi un siglo.
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miércoles, 4 de agosto de 2010

Un relato históricamente importante sobre perros fue Lad, un perro, de Albert Payson Terhune. Suena todo un poco sentimental pero a los entusiastas les sigue gustando, también por su verosimilitud en muchas descripciones. Creo que, ahora mismo, está descatalogada, pero es fácil de conseguir en bibliotecas.

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DruonTistu.jpg
martes, 3 de agosto de 2010

Maurice Druon
,
académico francés y autor de conocidas novelas históricas, escribió un relato infantil que, ahora mismo, creo que está descatalogado: Tistú el de los pulgares verdes, un libro pacifista de finales de los años cincuenta, que bien pudo ser una lectura infantil de algunos protagonistas posteriores del movimiento hippie. La portada de la edición francesa, que pongo a la derecha, va más con ese espíritu del libro que la de la edición española que figura en la reseña.

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PaolaClaseDibujo.jpg
lunes, 2 de agosto de 2010

Un álbum autobiográfico más, en este caso acerca del entusiasmo infantil por el dibujo del autor, que ha sido reeditado este año: La clase de dibujo, de Tomie de Paola.

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domingo, 1 de agosto de 2010

Más escolios de Nicolás Gómez Dávila sobre cuestiones literarias.

Sobre la crítica literaria:

—«Cultura literaria es el arte de ver al trasluz de formas convencionales, o de vocablos obsoletos, la autenticidad estética de una obra».

—«Al hablar de un poeta es tonto insistir sobre sus poemas fracasados. Lo normal es que los poemas fracasen.
Un poeta no es más que sus triunfos».

—«De los defectos de un gran escritor se debe hablar con respeto».

—«Mientras un libro no haya perdido su actualidad, nadie sabe si es importante».

—«El enigma de la crítica es que los años la hagan solos».

—«Lo que el artista se propuso se debe tener en cuenta para entenderlo, no para juzgarlo.
No hay estética de la buena voluntad».

—«Al que yerra de buena voluntad se le imputan a la vez su buena voluntad y el error».

Sobre los críticos:

—«Los críticos patriotas les inventan genios a las literaturas pobres.
Nada daña más el gusto que el patriotismo».

—«El pecado mortal del crítico está en soñar secretamente que podría perfeccionar al autor».

—«Una reseña de literatura contemporánea nunca permite saber si el crítico cree vivir en medio de genios o si prefiere no tener enemigos».

—«Entre dos críticos literarios que dicen lo mismo, el uno puede parecernos ilegible y estúpido, el otro delicioso y agudo.
El arte de la crítica es inseparable de la personalidad del crítico».

—«Crítico de talento es ante todo el que despierta en su lector el deseo de leer, o de no leer, el libro de que habla».

—«Al hallar la fuente de una obra, el crítico literario cree descubrir su explicación, cuando meramente tropieza contra su pretexto».

—«Críticas de crítico viejo a nueva excelencia literaria no suelen ser pertinentes, pero generalmente no son falsas».

Sobre la literatura y el buen gusto:

—«El único escritor del XVIII resucitado por la admiración de nuestros contemporáneos ha sido Sade.
Visitantes de un palacio no admiran más que las letrinas».

—«Deploremos menos la obscenidad del novelista actual que su infortunio.
Cuando el hombre se vuelve insignificante, copular y defecar se vuelven actividades significativas».

—«Lo que es cambiante, variable, móvil, no es el gusto, sino el mal gusto».

—«La tarea ineludible de la crítica, mañana, será el resdescubrimiento del gusto».

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