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Notas de agosto de 2012 :: bienvenidosalafiesta ::    
bienvenidos a la fiesta
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viernes, 31 de agosto de 2012

Después de haberlo incluido en El cielo a medio hacer, Nórdica ha vuelto a publicar Visión de la memoria, de Tomas Tranströmer, esta vez como libro independiente. En la nota previa señalé un comentario que hacía sobre abusos en la escuela. Pero, quizá, lo más destacado del libro sea lo bien que se recogen algunos sentimientos infantiles del autor. Por ejemplo, está muy bien descrita su atracción por el Museo de Historia Natural y cómo allí encontraba una magia especial que le ayudó a ver la naturaleza de otro modo: «tuve muchas vivencias de la belleza sin enterarme de ello. Me movía en el gran misterio. Aprendí que el suelo estaba vivo, que hay un interminable mundo reptante y volador que vivía su propia, rica vida, sin preocuparse en lo más mínimo de nosotros». Hay también algunas estupendas descripciones de comportamientos de profesor: el de los que se sentían inseguros ante los alumnos y debían pensar algo así como «no sé si podré ser querido, pero ¡al menos trataré de ser inolvidable!»; o el de los que actuaban como «divas coléricas que podían dedicar parte de la lección a construir una torre de indignación histérica, solamente para poder derramar allí su ira».

Tomas Tranströmer. Visión de la memoria (Minnena ser mig, 1993). Madrid: Nórdica, 2012; 71 pp.; trad. de Roberto Mascaró; ISBN: 978-84-15564-05-8.

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jueves, 30 de agosto de 2012

Y si ayer ponía un libro de los que se refieren a la necesidad que todos tenemos de saber cuáles son nuestras raíces, hoy incluyo otro que habla de la inquietud que causa no saber a dónde vamos: Tuck para siempre, o El misterio del manantial en otra edición en castellano, de Natalie Babbitt.

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miércoles, 29 de agosto de 2012

Entre los muchos libros infantiles y juveniles que hablan de un chico que va en busca de su padre, uno simpático, de hace tiempo, es Piotr, de Jan Terlouw.

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martes, 28 de agosto de 2012

El agujero negro, de Alicia Molina, es un relato mexicano ágil y gracioso que habla de un lugar al que van las cosas cuando se pierden.

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lunes, 27 de agosto de 2012

Los pájaros,
de la ilustradora suiza Albertine y del también suizo Germano Zullo, tiene un cierto parecido argumental a La señora Meier y el mirlo. En varias dobles páginas casi sin texto vemos un camión rojo sobre paisajes naranjas y amarillos que, cuando llega cerca de un cortado, se para. Entonces el conductor abre la puerta del camión y deja salir pájaros. Sólo un pequeño pájaro negro no quiere. El hombre le da de comer, le anima y, al fin, sale y se marcha con los demás. Pero, cuando el hombre regresa...

La narración se sigue sólo con las esquemáticas y equilibradas ilustraciones, que son claras y luminosas. Se podría pensar que hay más imágenes de las que serían necesarias para contar la historia, pero también así se crea un clima de expectación mayor y, por otra parte, el tipo de argumento pide un desarrollo calmado. Personalmente no veo claro que la narración con palabras que corre junto con las imágenes mejore el álbum: incluso diría que lo limita pues impone una forma de entender lo que se cuenta más propia de lectores adultos y que, además, no es la única. En fin, pienso que las imágenes solas bastarían.

Albertine. Los pájaros (Les oiseaux, 2010). Texto de Germano Zullo. Barcelona: Libros del Zorro Rojo, 2012; 66 pp.; trad. de Elena del Amo; ISBN: 978-84-96509-56-6.

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domingo, 26 de agosto de 2012

Gombrich: «Crecer en el seno de una cultura es oír a la gente hablar de platos que nunca hemos probado, de maravillas naturales que jamás hemos visitado, de placeres que todavía nos esperan, y de encuentros que esperamos evitar. Aprendemos a anotar estos rumores en nuestro mapa intelectual, con el que nos embarcamos en la ruta a través de la vida. Evidentemente, no queremos utilizarlo sin reflexión; deseamos probar los avisos y promesas que hemos recibido y absorbido, pero nada de eso podríamos hacer si desconfiáramos desde el principio de cualquier mapa. Cabe que el canon de lugares hermosos nos decepcione, y es posible que una vista famosa no sea ni mucho menos lo que se pregonaba de ella, pero incluso en tales casos sería aventurado llegar a la conclusión de que todos nuestros entusiastas turistas, compañeros de ruta, habían recibido un lavado de cerebro por parte de unos avisados agentes de viajes. También debemos mostrarnos críticos frente a nuestras propias reacciones. El error puede ser nuestro, por no estar con el talante adecuado, y apenas consideremos esta posibilidad dejamos de ser relativistas y subjetivistas totales. Nos alineamos con la tradición contra nuestras propias reacciones. De hecho, podemos pensar que, en lo que a las cumbres del arte se refiere, no somos tanto nosotros quienes ponemos a prueba la obra maestra, como ésta la que nos prueba a nosotros».

E. H. Gombrich. «La historia del arte y las ciencias sociales» (1973), Ideales e ídolos. Ensayos sobre los valores en la Historia y en el Arte (Ideals & Idols, 1979). Madrid: Debate, 2004, 2ª ed.; 224 pp.; trad. de Esteve Riambau i Saurí; ISBN: 84-8306-585-1.

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sábado, 25 de agosto de 2012

Wayne Booth: «Con las novelas satisfacemos intereses de distinta clase: intelectuales, cualitativos y prácticos. Así, las novelas de Jane Austen desarrollan una amplia gama de intereses dentro de un medio ambiente social estrecho. Nuestro interés emocional en Shakespeare se basa en intereses intelectuales, cualitativos y morales. Otro maestro en la misma clase de riqueza es Dostoievski: en sus obras hay una variedad de atractivos intelectuales; estamos cosquilleados por apetencias cualitativas, hemos visto el crimen y pedimos el castigo…; simpatizamos con los personajes… Pero no todas las obras tienen que satisfacerlos todos. Más aún, con frecuencia son incompatibles».

Wayne C. Booth. La retórica de la ficción (The Rhetoric of Fiction, 1961). Barcelona: Antoni Bosch, 1974; 423 pp.; versión española, notas y bibliografía de Santiago Gubern Garriga-Nogues; col. Ensayo; ISBN: 84-7162-631-4.

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viernes, 24 de agosto de 2012

A orillas del lago, de Mary Lawson, es una buena narración de las que hace comprender que algunas opciones en la vida, que a ojos ajenos o al principio pueden parecer una lástima porque supuestamente se abandonan otras posibilidades que parecían más brillantes, de ningún modo son una desgracia y, con más perspectiva, incluso acaban siendo mucho mejores.

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jueves, 23 de agosto de 2012

Rescoldo,
de Antonio Estrada, es una novela que Juan Rulfo calificó de «una de las cinco mejores novelas del siglo XX» de México. Es una lectura difícil para muchos porque su lenguaje, de una gran sonoridad y belleza, mezcla modos de hablar indígenas y coloquiales. En cualquier caso, en la edición que cito, un buen prólogo explica el contexto histórico y las vicisitudes del autor y de su novela, y, aparte de un glosario final, hay notas al pie de cada página para indicar el significado de las palabras y expresiones que lo requieren.

El relato comienza en 1934. Cuando el gobierno incumplió los acuerdos posteriores a la primera guerra de los cristeros y comenzó a perseguir hasta la muerte a los cabecillas que habían sobrevivido, hubo quienes decidieron combatir de nuevo antes de ser capturados y ejecutados. Rescoldo narra la historia del coronel Florencio Estrada y su gente, que se llevó a su mujer e hijos pequeños con él para evitar que pudieran amenazarles a ellos. El autor del relato, y testigo presencial de muchos sucesos, es su hijo Antonio, entonces un niño.

Una buena y completa reseña está en el blog Lector consentido. Tal como allí se indica, es una novela muy poderosa, que vale la pena leer dejándose llevar por el ritmo y la sonoridad del lenguaje, y que contiene asombrosos diálogos, magníficas descripciones de la naturaleza y escenas de una intensidad emocional fortísima. Por ejemplo, aquí está la breve narración de un combate:

«De repente a una berrearon los cuernos de Mora, Vázquez y Estrada.
Todos se alzaron con las culatas listas como garrotes, las dagas empuñadas; los huicholes y tepehuanes con sus coas, como temblando por rajar baqueta. Las ametralladoras plantadas en retaguardia mascaban culebra tras culebra, y hacían arco a muchos cristeros.
Luego ya chocaban fierros serranos con bayonetas y cuellos, con quepices y barrigas. A veces que la metralla también se llevaba a gobiernista y cristero, trenzados en su albur.
Ahora ni guasas o mentadas, ni vivas o mueras; sólo pujidos, el grito por el adiós del ánima o el ruido a calabaza reventada. Por aquí y por allí grupitos de gobiernistas, como coyotes peleando por una gallina revoltosa».

Antonio Estrada. Rescoldo (1961). Madrid: Encuentro, 2010; 260 pp.; prólogo de Jean Meyer, introducción y notas de Ángel Arias; ISBN: 978-84-9920-035-4.

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miércoles, 22 de agosto de 2012

El narrador de Un tesoro en el patio, de Jaume Copons, es Nils, un chico cuyos padres se van de vacaciones mientras a él le dejan dejan con los abuelos, en Mínim, un pequeño pueblo catalán cercano a Francia. Aunque teme aburrirse, Nils acaba encontrando un entretenimiento inesperado: descubre un misterioso plano y, con ayuda de Alba, una chica senegalesa que se ha instalado en Mínim con sus padres y hermanos, intenta encontrar el tesoro que allí se anuncia.

Relato simpático pues está bien armado y la ironía de Nils es amable y educada: «la abuela y yo no teníamos exactamente la misma idea de lo que significaba aburrirse y no quise insistir». Parte del interés de la historia está en los choques que se dan entre los modos de afrontar las cosas de un chico como Nils y una niña de otra cultura como Alba, y entre las formas de vivir urbana, que Nils al principio echa de menos, y la más calmada del pueblo, que al final valora más.

Esta novela y Tesoros perdidos me han hecho pensar que, tal vez, en adelante compense veranear en pequeños pueblos catalanes. Y no sólo porque parece que por allí hay más tesoros ocultos que en otros sitios, sino también porque abundan las cocineras expertas en preparar irresistibles platos de macarrones, como la abuela de Nils y la abuela de Santi en Tesoros perdidos.

Jaume Copons. Un tesoro en el patio (Un tresor al safareig, 2012). Madrid: MacMillan, 2012; 121 pp.; col. Librosaurio; ilust. de Federico Delicado; trad. de Marinella Terzi; ISBN: 978-84-1542-622-6.

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martes, 21 de agosto de 2012

Un relato gracioso que también habla de la importancia de saber escoger bien las palabras: El pizarrón encantado, de Emilio Carballido.

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lunes, 20 de agosto de 2012

La señora Meier y el mirlo, un álbum con la firma tan reconocible de Wolf Erlbruch, tiene como protagonista a la señora Meier, una mujer preocupona con un marido tranquilo que tiene muchos pasatiempos personales. Un día que la señora Meier encuentra un mirlo recién nacido lo cuida y, para que aprenda a volar, intenta volar ella también.

Relato amable más bien adulto pues, podemos suponer, refleja cómo una mujer termina por tener una vida propia al margen de su marido. También se podría entender que un cuidado bondadoso de la naturaleza, en este caso del mirlo, abre nuevas e inesperadas posibilidades vitales, superiores a las del hombre práctico y pegado a lo cotidiano.

Bien, al margen de lo anterior, me ha interesado ver cómo no hay marco en las ilustraciones que representan las imaginaciones de la señora Meier y en las escenas en las que aparece el mirlo; sin embargo, sí hay marco en las escenas de vida cotidiana. También hay un gato que lleva su propia vida, dentro y fuera de los marcos.

Wolf Erlbruch. La señora Meier y el mirlo (Frau Meier, die Amsel, 1995). Buenos Aires: Libros del Zorro Rojo, 2012; 32 pp.; trad. de Ana Garralón; ISBN: 978-987-27092-8-0.

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domingo, 19 de agosto de 2012

Gombrich: «Nuestro pasado se está alejando de nosotros con pasmosa velocidad, y, si queremos mantener abiertas las líneas de comunicación que nos permiten comprender las más grandes creaciones de la humanidad, debemos estudiar y enseñar la historia de la cultura con mayor profundidad e intensidad de lo que era necesario hace una generación, cuando muchas más de estas resonancias todavía cabía esperarlas como cosa hecha. Si la historia cultural no existiera, habría que inventarla ahora».

En ese aprendizaje y enseñanza de la cultura debemos tener en cuenta que «nunca dejamos de estar influidos por nuestra experiencia y nuestras expectativas anteriores. No podemos aproximarnos a todas las obras de arte sin una teoría, ni podemos dedicarnos independientemente a poner a prueba cada reputación. La realidad es que no hay tiempo, ni tal vez el respaldo de una respuesta emocional, para presentarse a cada encuentro con una obra de arte con esta mezcla de disponibilidad y de desapego crítico». Y, en esa dirección, «la tradición, incluso allí donde no es aceptada dogmáticamente, presenta una economía enorme».

E. H. Gombrich. «En busca de la historia cultural» (1967), Ideales e ídolos. Ensayos sobre los valores en la Historia y en el Arte (Ideals & Idols, 1979). Madrid: Debate, 2004, 2ª ed.; 224 pp.; trad. de Esteve Riambau i Saurí; ISBN: 84-8306-585-1.
E. H. Gombrich. «La lógica de la feria de las vanidades» (1974), Ideales e ídolos. Ensayos sobre los valores en la Historia y en el Arte (Ideals & Idols, 1979). Madrid: Debate, 2004, 2ª ed.; 224 pp.; trad. de Esteve Riambau i Saurí; ISBN: 84-8306-585-1.

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sábado, 18 de agosto de 2012

Señalaba Chesterton que cuando un historiador dice, por ejemplo, que «la conducta de Alfredo el Grande era completamente correcta de acuerdo con las ideas de su tiempo», debería completarlo añadiendo un «al menos, en lo que yo comprendo de acuerdo con las ideas de mi propio tiempo». Igual que cualquier astrónomo admite que si no ve limpiamente las estrellas puede ser que su telescopio esté sucio, cualquier historiador prudente debe comenzar por señalar que no sólo los héroes del pasado sino también los historiadores del presente son seres humanos y también ellos pueden confundirse.

Además, a veces ocurre que un sentimiento de incomodidad acerca de la propia civilización hace que se juzguen otras civilizaciones como aún más incómodas, como el Puritano que quema brujas pero se justifica diciendo que no quema herejes, o como el esclavista que dice que los antiguos piratas eran mucho peores, o como si Nerón dijese que al menos él no mataba niños como Herodes. Nueve veces de cada diez, el hombre que presume de ser mejor que sus predecesores en algún aspecto es mucho peor que su predecesor en otros aspectos.

G. K. Chesterton. «The Need for Historical Humility», artículo del 15 de agosto de 1925,  y «On Comparing Periods in History», artículo del 5 de septiembre de 1925, en The Illustrated London News,
Collected Works volumen XXXIII.

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viernes, 17 de agosto de 2012

En casa
se ambienta en Gilead, Iowa, en 1957, y cuenta los mismos sucesos que la novela previa pero en tercera persona y desde la perspectiva de Glory Boughton. Glory, la hija pequeña del pastor presbiteriano, ha vuelto a su casa familiar, cuando tiene 38 años, para cuidar de su anciano padre, a quien le queda poco tiempo de vida. Una vez allí, recibe la noticia de que, después de veinte años sin saber nada de él, vuelve Jack, el hijo más querido de su padre a pesar de, o precisamente debido a, su pasado turbulento. En las semanas que Jack está con ellos, Glory termina por establecer una relación de confianza con su hermano, que nunca tuvo, y que conduce a que ambos acaben contándose sus vidas pasadas.

Las dos novelas pueden leerse en cualquier orden aunque la lectura de una dé noticias al lector sobre los episodios que vendrán en la segunda novela que lea y sobre algunos aspectos del pasado de los personajes que siguen ocultos para los demás actores de la historia. Sin embargo, precisamente la fuerza de cada novela y el interés de leer las dos está en ver cómo las emociones en conflicto son distintas según desde donde se vean las cosas: quizá lo mejor sea considerarlas una sola novela. Una diferencia entre ambas está en que mientras Gilead abarca cuatro generaciones —la del abuelo y la del padre del narrador, la del narrador y su amigo Boughton, y la de los hijos de Boughton—, En casa se centra sólo en esta última. Otra diferencia es que tal vez En casa pone más en primer plano el racismo de fondo que afecta incluso a gente tan dispuesta a la comprensión como los pastores Ames y Bouhton.

Además, Gilead es un libro con más consideraciones de tipo religioso, pues es un pastor quien habla, por lo que buena parte de sus pensamientos y conversaciones tienen que ver con los sermones que predica, aunque son cuestiones que también abundan en En casa. Al respecto parece importante apuntar que la escritora fue educada como presbiteriana pero se hizo más tarde congregacionalista, por lo que conoce bien y admira las ideas de Calvino, y, a veces, predica en su iglesia de Iowa. Esto también quiere decir que los prejuicios y los conocimientos (o no-conocimientos) de tipo religioso que tengan los lectores pueden condicionar su lectura. El narrador de Gilead lo sabe: cuando una vez se deja llevar por ciertos pensamientos advierte al lector que, «teológicamente, se trata de un concepto por completo inaceptable. Me ha venido la idea a la cabeza, eso es todo. Pido disculpas por ello».

Una idea de fondo que ambas novelas subrayan es que no está claro que comprender sea perdonar y afirman que, más bien, perdonar es comprender: recuerda Glory que su padre le decía que «si perdonas tal vez todavía no comprendas, pero estarás abierto a comprender y ésa es una postura de gracia». Ahora bien, el hijo pródigo que representa Jack tiene un fondo poderoso de honradez interior: en Gilead dice de sí mismo a John Ames que el suyo era «un estado de categórica incredulidad. Ni siquiera creo en la no existencia de Dios, vea lo que le digo».

Marilynne Robinson. En casa (Home, 2008). Barcelona: Galaxia Gutenberg y Círculo de lectores, 2012; 367 pp.; trad. de Hernán Sabaté y Montserrat Gurguí; ISBN: 978-84-8109-963-8, 978-84-672-4864-7. [Vista del libro en amazon.es]

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jueves, 16 de agosto de 2012

Dos novelas leídas en los últimos meses que me han parecido asombrosamente buenas: Gilead y En casa, de Marylinne Robinson.

En Gilead el narrador es John Ames, pastor congregacionalista de Gilead, Iowa. En 1957, cuando tiene ya setenta y siete años y le han dicho que morirá pronto del corazón, escribe cartas para su hijo, que ahora tiene siete, con idea de que las lea cuando sea mayor. Rememora la historia de su padre y de su abuelo, también pastores, pero mientras su padre era pacifista su abuelo era un abolicionista radical que combatió en la guerra de Secesión. Habla de su propia vida: sus relaciones con su hermano Edward, mayor que él y ateo, la muerte temprana de su primera mujer y de su hija recién nacida, y, años más tarde, su matrimonio con la madre del chico, una mujer mucho más joven que él. Otro hilo es su amistad y vecindad con Robert Boughton, el pastor presbiteriano, un hombre recto con ocho hijos, uno de los cuales, Jack, le causó muchos problemas. Y el último de los temas, el que remueve profundamente su mundo interior, es, precisamente, el regreso de Jack, que vuelve cuando su padre está muy grave, después de veinte años desaparecido.

La densidad de muchos pasajes no va en detrimento de la claridad narrativa, verdaderamente notable, aunque las consideraciones de tipo filosófico y teológico, a partir de citas bíblicas y de obras de Calvino y de Feuerbach sobre todo, ciertamente podrían ser menos. También podría ser menor la inclinación del narrador a ver, en todo, metáforas de otras cosas pero, en cualquier caso, esto responde de lleno a su personalidad, por lo que tienen sobrada justificación y no son inoportunas ni cargantes. No faltan momentos de humor y, de hecho, uno de los rasgos más acentuados del protagonista es su capacidad de asombro ante las cosas más ordinarias. Así, puede pararse y decir: «Un centelleo de la mirada. Qué expresión más maravillosa. De vez en cuando, he pensado que era lo mejor de la vida, esa pequeña incandescencia que ves en los ojos de la gente cuando descubre el encanto de algo, o su humor. “La luz de los ojos alegra el corazón”. Es indiscutible».

El tono es sereno y reflexivo, como de balance y como con la intención de llegar al fondo de los motivos del comportamiento propio para mostrar a su hijo, en el futuro, cuáles son sus raíces, qué clase de persona fue su padre y en qué circunstancias vivió. Pero los acontecimientos del momento en que redacta la historia le llevan también a una sinceridad de fondo mucho mayor de lo que al principio pensaba. Uno de los rasgos que le definen, no el único, lo indica él mismo al final: «Yo mismo fui el buen hijo, por así decirlo. El que nunca abandonó la casa de su padre (aunque mi padre sí lo hizo, un hecho que seguramente pone mis credenciales fuera de toda duda). Soy uno de esos justos por quienes el regocijo en el Cielo será relativamente contenido. Y está bien que así sea. En el amor no hay justicia, ni proporción, y no es necesario que las haya porque cualquier ejemplo concreto es sólo un vislumbre, una parábola de una realidad inabarcable, impenetrable. No tiene ningún sentido porque es la irrupción de lo eterno en lo temporal. ¿Cómo habría, pues, de subordinarse a causa o efecto algunos?».

Marilynne Robinson. Gilead (2004). Barcelona: Galaxia Gutenberg y Círculo de Lectores, 2010; 267 pp.; trad. de Montserrat Gurguí y Hernan Sabaté; ISBN: y 978-84-8109-903-4 y 978-84-672-4288-1. [Vista del libro en amazon.es]

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miércoles, 15 de agosto de 2012

Tesoros perdidos, de Ramón Homs, cuenta que dos universitarios, Santi y Oriol, deciden pasar los meses de verano en La Arboleda, el pueblo tarraconense de la familia de Santi, para preparar un trabajo que deben presentar al regreso. Con ese fin, acaban montando una empresita que ofrece rutas turísticas por la comarca. Su primer cliente resulta ser un tipo misterioso, que parece alemán y desea ir a un lugar poco accesible. Como se puede suponer, las cosas se complican.

La parte de la historia sobre tesoros artísticos que robaron los nazis y reaparecen ahora sirve para dar suspense al hilo argumental. En este caso, lo que importa más es cómo la narración, que destaca por su lenguaje cuidado y por su fluidez, va poniendo delante del lector los pormenores de la vida cotidiana con un deje irónico que provoca la sonrisa continua. Los personajes principales están bien dibujados y resultan cercanos. Los «secundarios» se perfilan bien con pocas apariciones: de la hermana de Santi se dice que «practica una especie de psicología aplicada: el profesor flemático, el vecino reprimido, la tía psicótica…»; la dueña de la pensión donde se aloja el extranjero lo caracteriza señalando que habla un castellano tan perfecto «como un diccionario. ¡Qué vocabulario! Dice “si es usted tan amable”, y “no obstante”, y “postigo” y “frazada”…».

Ramón Homs. Tesoros perdidos (Tresors perduts, 2012). Madrid: Oxford, 2012; 187 pp.; col. El árbol de la lectura; trad. de Toni Cassany; ISBN: 978-84-673-7316-5.

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martes, 14 de agosto de 2012

Un álbum duro, de los que intenta remover conciencias y hacer pensar, y de los que hace comprender también las posibilidades del género para lectores mayores: La isla, de Armin Greder.

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lunes, 13 de agosto de 2012

En la primera página de Yo quiero mi gorro, de Jon Klassen, vemos al oso protagonista en la izquierda y, en la derecha, las palabras: «Mi gorro ha desaparecido. Quiero tenerlo otra vez». En las siguientes dobles páginas se repite la estructura, con la imagen del oso preguntándole a un animal en la izquierda, y, en la derecha, las palabras del escueto diálogo entre los dos. El oso responde de modo inalterable cuando distintos animales le dicen que no han visto su gorro: «Bien, gracias de todos modos». Pero, cuando un ciervo le pregunta, «¿qué te pasa? ¿cómo es tu gorro?...», recuerda que uno de los animales a los que preguntó le respondió de manera distinta y, además, ¿no tenía un gorro puesto?

Álbum magistralmente contado: los textos están medidos, las imágenes son las justas, el paso narrativo es perfecto. Además, la tipografía está bien usada —las letras que representan la voz de cada personaje tienen distinto color—, y la historia tiene un sentido del humor inteligente, que se apoya en unos personajes aparentemente impasibles de miradas significativas, y en un golpe final que ha de deducir el lector tanto de lo que se dice y se ve como de lo que no se menciona y no se ve. Eso sí, algunos lectores menos capaces de sobrellevar el humor sarcástico (como, por ejemplo, el de ¡Un huevo con sorpresa!), pueden quedarse disgustados.

Jon Klassen. Yo quiero mi gorro (I Want my Hat Back, 2011). Santander, Pepa Montano: Milrazones, 2012; 34 pp.; trad. de Jesús Ortiz Pérez del Molino; ISBN: 978-84-938927-3-9.

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domingo, 12 de agosto de 2012

Gombrich: «Me gustaría que se me pudiera mostrar que fue el poder el que pervirtió a la sabiduría y no la sabiduría la que pervirtió al poder. Sería más consolador, en cierto sentido, pensar que las corrientes de la sabiduría adulterada que brotaron y brotan de las prensas de los países totalitarios eran y son nada más que el producto del miedo —miedo a morirse de hambre, miedo incluso a la tortura— del que ninguno de nosotros estaría libre en situaciones análogas. Pero creo que al exonerar así a nuestros colegas, pasados y presentes, estamos en peligro de hacer demasiado ligera nuestra responsabilidad como estudiosos. Mientras predicamos al científico que tenga cuidado con las consecuencias de su trabajo, creemos y hacemos creer a otros que nosotros [los historiadores, o los humanistas en general], simplemente, nos entregamos a un juego inofensivo porque es divertido, o porque tan sosegada complacencia produce sabiduría, mientras que la ciencia produce sólo artilugios. No veo que haya pruebas de eso. Pero espero que podamos decir a los jóvenes que, al tratar de conservar y recuperar los recuerdos de los sucesos pasados, para usar las famosas palabras de Ranke, “tal como efectivamente ocurrieron”, mantenemos y ampliamos los diques de la razón en una zona particularmente vulnerable a las mareas del mito».

E. H. Gombrich. «Arte y saber histórico» (1957), Meditaciones sobre un caballo de juguete y otros ensayos sobre la teoría del arte (Meditations on a Hobby Horse, 1963). Madrid: Debate, 1998; 242 pp.; trad. de José María Valverde; ISBN: 84-8306-124-4.

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sábado, 11 de agosto de 2012

Al final de la vida de Chesterton se publicaron varios libros con artículos tomados exclusivamente de sus columnas en The Illustrated London NewsCome to Think of It (1928-1929), All is Grist (1930-1931), All I Survey (1931-1932), Avowals and Denials (1932-1933), y As I Was Saying (1934-1935)—, por lo que que las recopilaciones con todos los artículos publicados a partir de 1929 contienen pocos textos más.

Se puede destacar, sin embargo, un texto titulado «Lo que intento en estas columnas» donde Chesterton indicaba que, si en otros lugares decía sus posiciones y convicciones acerca de política, economía, ética y religión, en estas columnas procuraba señalar con qué frecuencia se usaban argumentos sin valor. Es decir, procuraba tratar del uso y abuso de la lógica; del uso y el abuso del lenguaje; de la obligación de hablar con sentido incluso desde un lado equivocado y de la obligación de no hablar de modo absurdo desde el lado correcto. Recalcaba que, aunque a veces trató sobre cosas que consideraba monstruosidades, como el ideal servil del Prusianismo o el ideal de la Prohibición, la parte más grande de sus comentarios la dirigió no contra cosas sino contra teorías que supuestamente apoyaban esas cosas; no contra el Gobierno, sino contra este o ese titular gritón que glorificaba al Gobierno; no contra la Oposición, sino contra este o ese ruidoso sofisma empleado por la Oposición. Pues, decía, en lo que se refiere a esta función crítica, lo que se dice ilumina lo que se hace; e incluso lo que se hace no es tan importante como por qué se hace (20 de febrero de 1932).

Así, en una ocasión señalaba que si a los fanáticos del pasado se les acusaba de haber sido unos tiranos en nombre de la verdad eterna, los fanáticos del presente actúan tiránicamente invocando algunas opiniones temporales: algo así como si un inquisidor dijera que «te voy a quemar por lo que tú piensas hoy, que seguramente será lo que piense yo mañana» (23 de marzo de 1929). Con alguna frecuencia señalaba que vivimos en el único periodo de la historia donde muchos están orgullosos sólo de ser modernos, donde muchos presumen de que hoy no es ayer (12 de marzo de 1932).

A ciertos pacifistas les decía que él creía que la autodefensa es algo defendible y que combatir por la justicia es algo justo (6 de julio de 1929). A otros, que si un conflicto armado puede ser tan útil o necesario como una amputación, no se lo puede descalificar diciendo que es tan feo como una amputación (19 de abril de 1930). Otras veces apuntaba que no se puede uno inventar una generalización para cubrir un caso particular y luego rehusar sacar las consecuencias de la generalización para todos los demás casos, como el que para salvar a alguien concreto declara que todo el mundo debe ser perdonado cerrando los ojos a que, si eso es así, todos deberían ser perdonados y nadie debería ser castigado (19 de octubre de 1929).

G. K. Chesterton. Collected Works, volume XXXV, The Illustrated London News 1929-1931. San Francisco: Ignatius Press, 1991; 661 pp.; edited by Lawrence J. Clipper; ISBN: 0-89870-367-0.
G. K. Chesterton. Collected Works, volume XXXVI, The Illustrated London News 1932-1934. San Francisco: Ignatius Press, 2011; 613 pp.; edited by Lawrence J. Clipper; ISBN: 0-89870-838-7.

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viernes, 10 de agosto de 2012

Un thriller con defectos y lugares comunes, sí, pero con un protagonista infantil inolvidable: Muerte al alba, de Robert McCammon. En el momento de poner esta nota no lo veo disponible en castellano...

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jueves, 9 de agosto de 2012

Y, sin embargo, contento,
de Javier Arcas, es una «novela de profesor»: un relato que un profesor construye a partir de sus experiencias en el trato con alumnos y con sus padres, que recoge anécdotas escolares, contenidos académicos integrados en el texto, y orientaciones vitales para chicos y chicas en momentos clave de su maduración. Tiene como particularidad que se puede descargar en la red gratuitamente y que, por lo que sé, a lo largo del verano en España ha sido la novela gratuita más descargada en iTunes (de momento, ningún editor se ha enterado del éxito, por lo que parece).

La acción tiene lugar en Vigo. Su argumento comienza con una bronca entre dos chicos que tontean con la más guapa de la clase. Uno, Lucas, es el más listo; otro, Berto, no es buen estudiante pero es un gran deportista y muy simpático; Andrea, la chica en discordia, ambiciona ser modelo. La pelea tiene, como consecuencia inmediata, que ambos son expulsados del colegio durante una semana y, como efecto a corto y medio plazo, que Lucas y Berto empiezan a dar pasos hacia una mayor madurez. Van apareciendo en el relato los profesores, y las conversaciones que tienen entre ellos y con los padres; más compañeros y compañeras, entre los que merecen una mención especial las Gorgonas, un personaje colectivo que representa a los murmuradores; padres y madres de distintos estratos sociales.

La estructura, en capítulos cortos que, a su vez, se subdividen en escenas más o menos contadas desde la perspectiva de algún personaje, facilita que la narración salte de un escenario a otro y deje intrigado al lector con qué ocurrirá luego. El mundo interior de los protagonistas, y también de otros secundarios, está presentado con detalle y verosimilitud, con especial atención a los procesos de reconocimiento y aceptación de los errores pasados. Los diálogos de los chicos tienen frescura, también la frescura de la zafiedad, bien contrarrestada por algún personaje que frena o corrige las basteces, y mucho vigor dialéctico, cuando asoman el furioso sarcasmo adolescente o el displicente sarcasmo del educador. Hay que decir, también, que el hecho de que el libro haya pasado directamente del autor al público, facilita que haya conversaciones, que todos conocemos de sobra como normales, que seguramente los editores preocupados por lo políticamente correcto no permitirían.

Son muchas las expresiones coloquiales felices —«roces mejilleros», «la enorme alegría de una idiotez tan grande como un gol de recreo», «los tíos sois unos animales y tenéis la sensibilidad en los mocos», una chica «más corta que el rabo de una mosca»—; abundan escenas de clase y de ambiente colegial que son excelentes —por ejemplo, un grupo de madres que animan a sus hijos en los partidos, «un rebaño de ultras, agrupadas en corrillos con la única finalidad de insultar a los contrarios y de poner a caldo al árbitro con gritos de grulla histérica, mientras mascaban chicle o comían pipas, poniéndolo todo perdido»—; no faltan digresiones del narrador acerca de ciertas teorías pedagógicas —«el problema de Berto lo señalaría hoy un pedagogo teórico como falta de motivación. Es la mítica respuesta que les ha servido a tantos para justificar unos números de fracaso escolar más propios de otra especie que de la humana. Y también la han argumentado para lavarse las manos, echando las culpas siempre a los demás, o a lo demás. El propio Berto Lavilla sabía que su verdadero problema no era la falta de motivación, ni que le faltasen razones para hacer bien las cosas, ni motivos por los que hacerlas»—.

Aparte de que la novela parece haber sido redactada muy rápido, lo que le da fuerza pero implica que podrían corregirse cosas, algunos lectores le podrían objetar la gran sabiduría de algunos personajes adultos —la abuela de Lucas, un viejo pintor amigo de su familia, el profesor Adrio—, el que haya tantos procesos de maduración positivos a la vez —pues no sólo los dos protagonistas principales cambian para bien—, el que algunos episodios buscan tocar no tanto los sentimientos de los personajes como llegar al corazón del lector… Pero todas estas pegas forman parte de los rasgos habituales del subgénero: así son este tipo de novelas en las que se busca hacer pensar gracias a que se presentan con talento situaciones y emociones que los lectores jóvenes reconocen como propias. Por eso, teniendo en cuenta que no estamos ante un relato complaciente y cómplice, a la hora de juzgarlas el éxito es importante: si gustan mucho a su público natural, como es el caso, es que estamos ante una buena historia. Se puede añadir, por último, que el autor tiene la habilidad de no recurrir casi a rasgos circunstanciales —como canciones o películas de moda—, y que las referencias a las redes sociales son las justas y no invaden el relato, con lo que ha conseguido un relato que puede ser mucho más duradero de lo habitual.

Javier Arcas González. Y, sin embargo, contento (2012). Se puede descargar gratuitamente desde aquí, y desde aquí.

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miércoles, 8 de agosto de 2012

Un personaje infantil de mucho éxito en España hace unos años, algo envejecido ya, que no había incluido todavía: Manolito Gafotas, de Elvira Lindo.

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martes, 7 de agosto de 2012

Una parte del folclore español, con multitud de minirelatos que son la base de muchos libros infantiles posteriores, está en las dos recopilaciones que Arturo Medina compuso y tituló Pinto Maraña - Juegos populares infantiles.

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lunes, 6 de agosto de 2012

Un álbum de los que gustan a quienes disfrutan con los libros: Dog y los libros, de Louise Yates. Su protagonista es Dog, un perro al que le encantan los libros y monta una librería, sin mucho éxito de público aunque él lee y lee sin parar. Las ilustraciones, en dibujos acuarelados, son graciosas y amables. Lo destacable de la historia es que presenta de modo simpático el entusiasmo por los libros, que recoge bien sentimientos propios de lector —de decepción cuando ve que otros no parecen desear lo que a él le atrae, de satisfacción cuando un relato atrapa por completo, etc.—, y que no exhorta sino, simplemente, pone delante del lector a un protagonista simpático.

Louise Yates. Dog y los libros (Dog Loves Books, 2010). Barcelona: Flamboyant, 2012; 36 pp.; trad. de Eva Jiménez Tubau; ISBN: 978-84-938602-4-0.

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domingo, 5 de agosto de 2012

Gombrich: ¿Por qué el artista debería preocuparse de la historia del arte? «Mi breve respuesta me temo que suene muy moralista. Porque la verdad es mejor que la mentira. Y un mito que se exalta como mito no merece un nombre más cortés que ese: mentira. Pero no estoy de acuerdo con los terribles simplificateurs que dividen nuestra mente en mitades, una para la racionalidad dedicada a la ciencia y la utilidad, y la otra para el arte y los sueños. El hombre es uno. Si hay alguien que necesite recuerdos sin deformar, es el artista de nuestro mundo. Los necesita y hace uso de ellos, lo mismo si quiere continuar la tradición o enfrentarse a ella. Su obra es como un motivo en una sinfonía, que aumenta de significación y emoción con lo que ha pasado antes y lo que venga luego. Y se puede afirmar muy bien que los recuerdos falsos, un pasado hechizado, han creado tantas neurosis en el arte como en la vida, tanto si es el mito académico de que los griegos tenían un pasaporte especial para la belleza como si es el cuento de hadas romántico de que los grandes artistas siempre fueron ridiculizados y rechazados por sus contemporáneos».

E. H. Gombrich. «Arte y saber histórico» (1957), Meditaciones sobre un caballo de juguete y otros ensayos sobre la teoría del arte (Meditations on a Hobby Horse, 1963). Madrid: Debate, 1998; 242 pp.; trad. de José María Valverde; ISBN: 84-8306-124-4.

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sábado, 4 de agosto de 2012

Decía Chesterton que el hecho de pensar en el pasado sólo a partir de las obras maestras, aquellas que han quedado después de la criba que dejó fuera todas las demás, nos dificulta mucho ver esas épocas tal como fueron, pues los libros que nos dicen más cosas del mundo en el que vivimos son los malos libros.

Una explicación de lo anterior la vemos en que si leemos las ficciones de tipo más intelectual conocemos lo que dicen los intelectuales, y lo que dicen muy conscientemente, mientras que si leemos ficciones populares conocemos lo que la mayoría de la gente está diciendo o, más importante todavía, lo que no está diciendo, lo que muchos asumen inconscientemente y por eso ni siquiera piensan en que valga la pena mencionarlo.

Esto nos hace pensar, en primer lugar, en que todos los hombres deberían leer bastantes libros de buena literatura para saber cuando están leyendo los que pertenecen a la mala. Y, en segundo lugar, en que si el mejor resultado del interés por la literatura es que afina nuestra mirada para la vida, los hombres también deberían conocer la mala literatura pues, al igual que la buena, también arroja luz sobre la vida... si hemos aprendido a distinguir antes la luz de la oscuridad.

G. K. Chesterton. Ideas tomadas de «Modern Stories and Modern Morality», artículo del 3 de julio de 1926, de «Understanding between Americans and the English», artículo del 11 de febrero de 1928, y de «Popular Literature and Popular Science», artículo del 9 de octubre de 1920, en The Illustrated London News, Collected Works volumen XXXIV y volumen XXXII.  

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viernes, 3 de agosto de 2012

El escritor
,
del argelino Yasmina Khadra, es un relato autobiográfico centrado en el nacimiento de su vocación como escritor cuando estudia en una escuela militar.
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jueves, 2 de agosto de 2012

Una novela juvenil de hace ya un tiempo, de las que un profesor puede preparar para enseñar a sus alumnos la importancia y el interés de su materia, es El tesoro de Fermín Minar, de Dimas Mas.

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miércoles, 1 de agosto de 2012

Un relato venezolano de hace décadas: La danta blanca, de Rafael Rivero Oramas. Es interesante constatar que los relatos bien hechos donde se combina un poco de aventura con información sobre animales y vida en la naturaleza siempre tienen un público bien dispuesto.

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