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Notas de agosto de 2013 :: bienvenidosalafiesta ::    
bienvenidos a la fiesta
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sábado, 31 de agosto de 2013

Cuando se publicó Ortodoxia, una reseña especialmente jugosa fue la de Wilfrid Ward (1856-1916), biógrafo de John Henry Newman (1801-1890) e hijo de W. G. Ward (1812-1882), un miembro destacado del movimiento de Oxford. En su comentario, Ward hablaba de Chesterton como del sucesor de Newman, en cuanto apologista cristiano, y hacía notar semejanzas entre las formas de razonar de ambos. Con estos antecedentes no sorprende que Maisie Ward (1889-1975), hija de Wilfrid Ward, fuera, bastantes años después, la principal biógrafa de Chesterton. Lo conoció siendo muy joven; se hizo muy amiga de su mujer, Frances; fue la editora de varios libros suyos desde que, junto con su marido, Frank Sheed (1897-1981), puso en marcha Sheed & Ward en 1920. Se relacionaba también con quienes trataron a Chesterton, tanto sus amigos como periodistas, escritores, y editores. Pudo consultar, además, buena parte de su epistolario gracias a la colaboración de Dorothy Collins. Escribió una biografía extensa en 1943 titulada Gilbert Keith Chesterton. Ocho años después, recogiendo comentarios y observaciones de personas que habían conocido a Chesterton, así como más cartas y textos originales suyos, la completaría y rectificaría un poco con un libro titulado Return to Chesterton.

En el primer libro se apoyaba en lo que ya se había escrito sobre Chesterton hasta entonces, en los testimonios de mucha gente que le había conocido, tanto del ámbito público como del privado, así como en multitud de cartas. En particular, puso empeño en probar la falsedad de algunas afirmaciones que había hecho Ada Chesterton en Los Chestertons. Precisamente, uno de los aspectos de más interés del libro de Ward es la figura de Frances, pues Chesterton dependía mucho de ella, cosa que reconocía francamente; por otra parte, si él era poco práctico hasta extremos inimaginables, ella sólo podía llamarse práctica en comparación con él.

Otro aspecto importante es que aclara bien las influencias mutuas entre Chesterton y Belloc. Así, señala cómo Belloc mismo le dijo que la principal cosa que había hecho él por Chesterton, cuando se conocieron, fue abrirle los ojos a la realidad de la vida política: Chesterton era muy ingenuo al respecto; él mismo se describiría más tarde como el que lo conoce todo sobre la política y nada sobre los políticos. Una segunda consecuencia de la relación entre los dos fue que Chesterton aprendió de Belloc la importancia de la propiedad, de la pequeña propiedad, y Belloc de Chesterton el papel de la familia: en esas cuestiones los escritos de Belloc son como textos de sociología y los de Chesterton son documentos de interés humano. Y la tercera fue que Belloc aportó a Chesterton una visión más completa de la historia inglesa y de cómo la situación actual de su país era deudora de acontecimientos trágicos del pasado que buena parte de la historiografía oficial había ocultado y seguía ocultando.

Maisie Ward. Gilbert Keith Chesterton (1943).

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GoldacreMalaFarma.JPG
viernes, 30 de agosto de 2013

Mala farma, de Ben Goldacre, lleva el descriptivo subtítulo «cómo las empresas farmacéuticas engañan a los médicos y perjudican a los pacientes». Tal vez a esa frase habría que añadirle otras: cómo se corrompen los organismos de control, cómo los médicos se dejan engañar de buena gana, cómo los pacientes son crédulos... El contenido lo resume su autor en el prólogo cuando dice que, a lo largo de las páginas que seguirán, defenderá «meticulosa y concienzudamente cuanto se afirma en el siguiente párrafo»:

«Los test de los fármacos los llevan a cabo quienes los fabrican, utilizando ensayos mal diseñados sobre un reducido número de participantes inadecuados y poco representativos, y analizándolos por medio de técnicas metodológicamente erróneas, hasta el punto de que llegan a exagerarse los beneficios del tratamiento. No es de extrañar que la tendencia de esos ensayos sea la de arrojar resultados que favorecen al fabricante. Cuando los ensayos dan resultados que no gustan a las farmacéuticas, estas pueden perfectamente ocultarlo a médicos y pacientes, de manera que sólo les llega una imagen distorsionada sobre los efectos reales del fármaco. Los reguladores ven casi todos los datos de estos ensayos o pruebas, pero solo al principio de “la vida” del fármaco, y a partir de esa fase no revelan los datos a médicos y pacientes, ni siquiera a otras entidades oficiales. A partir de ahí, esa evidencia distorsionada se comunica y se aplica de manera también distorsionada. En cuarenta años de práctica, después de salir de la facultad, un médico oye hablar de los fármacos que funcionan a través de tradiciones ad hoc, por boca de los visitadores farmacéuticos, de otros facultativos, o por las revistas. Pero tales colegas profesionales quizás estén a sueldo de las farmacéuticas —en secreto, muchas veces—, igual que sucede con las revistas y con los grupos de pacientes. Finalmente, las revistas académicas, que todo el mundo cree objetivas, están en no pocas ocasiones planificadas y redactadas por quienes trabajan directa y solapadamente para las farmacéuticas. Hay publicaciones puramente académicas que son propiedad de una empresa farmacéutica. Y, al margen de todo lo dicho, en el caso de algunas de las principales y más reticentes afecciones para la medicina, no sabemos cuál es el mejor tratamiento porque no quedan dentro del marco de intereses comerciales de ninguna empresa. Estos son algunos de los problemas pendientes, y, aunque se ha afirmado que muchos están solucionados, la mayor parte sigue sin resolverse; así que persisten y, lo que es peor, hay quien asegura que no pasa nada».

No es tranquilizador, no.

Ben Goldacre. Mala farma (Bad Farma, 2012). Barcelona: Paidós, 2013; 382 pp.; col. Paidós Contextos; trad. de Francisco Martín Arribas; ISBN: 978-84-493-2843-5.

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jueves, 29 de agosto de 2013

He puesto datos de nuevas ediciones de La hija del tiempo, de Josephine Tey, y de El hombre corriente y La utopía capitalista, de Chesterton. En este último caso, es la primera edición en castellano de esa obra. En los otros dos, la traducción es nueva.
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miércoles, 28 de agosto de 2013

The Art of Eric Carle contiene un relato autobiográfico de Carle, comentarios suyos acerca de su técnica particular y comentarios de sus editores acerca de su trabajo.

Dan pistas sobre sus intenciones estas dos observaciones. Una, la de que comprende sus libros como puentes entre la vida del niño en su casa y su vida en la escuela pues, dice, siempre ha estado fascinado por ese momento en el que un niño abandona un ambiente que para él es seguro y se tiene que adentrar en un mundo distinto, de razón y abstracción, de orden y disciplina. Otra, la de que concibe sus libros como algo «físico», como instrumentos que permitan a la vez «agarrar una idea» y activar sentimientos o, añadiría yo, llegar a captar las ideas también por medio de los sentimientos.

Son reveladoras sus observaciones y las de su editora, Ann Beneduce, sobre cómo cada libro puede incubarlo, pensándolo y haciendo pruebas, durante meses o años, y cómo muchos álbumes han sido el resultado del intercambio de ideas entre los dos sin ningún tipo de ego. Es también Ann Beneduce —a quien se debe la idea nuclear de La oruguita glotona y, luego, haber vencido los obstáculos para que se pudiera editar ese libro a finales de los sesenta—, quien explica la capacidad de Carle para comprimir una idea compleja en una imagen simple. Y otra idea que ambos, autor y editora, comentan es que los libros de Carle tienen un propósito fundamental: provocar la alegría del niño cuando hace descubrimientos por sí mismo, algo que nace del recuerdo de sus experiencias infantiles al aprender y al crear.

Eric Carle y otros. The Art of Eric Carle (1996). New York: Philomel Books, 1996; 125 pp.; introduction by Leonard S. Marcus; ISBN: 978-0-399-24002-7.

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martes, 27 de agosto de 2013

Dos colecciones de relatos infantiles de fantasía ingeniosa: ¡Parece mentira! e ¡Imposible!, de Yak Rivais.

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lunes, 26 de agosto de 2013

Un álbum más de Eric Carle: Una casa para el cangrejo ermitaño. Su protagonista, que ha de cambiar de casa según crece, ocupa una concha vacía. Con ese motivo se rodea de anémonas, estrellas de mar, corales, caracoles, erizos de mar, peces linterna…

El autor consigue, una vez más, un gran álbum informativo y, a la vez, ameno. El relato avanza, sin sorpresas especiales, de izquierda a derecha, enseñando cosas al lector, haciéndole amables los personajes, y activando sus deseos de conocer más.

Eric Carle. Una casa para el cangrejo ermitaño (A House for Hermit Crab, 1987). Madrid: Kókinos, 2013; 32 pp.; trad. de Miguel Ángel Mendo; ISBN: 978-84-92750-89-4.

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domingo, 25 de agosto de 2013

Samuel Johnson: Entre los escritores «abundan los personajes cuyas obras son hoy perfectamente desconocidas y que, sin embargo, fueron adulados por sus contemporáneos, quienes vieron en ellos auténticos oráculos de su época y legisladores de su ciencia. Nada más natural que despierten curiosidad en nosotros, pero cuando al fin conseguimos hacernos con uno de sus libros, casi nunca su lectura nos recompensa por nuestra laboriosa búsqueda. Todas las épocas han producido estas burbujas de fama postiza, que el soplo de la moda levanta brevemente, mas no tardan en estallar y desvanecerse. Los sabios deploran la pérdida de autores antiguos cuyo renombre ha sobrevivido pero no sus obras, y sin embargo es inevitable sospechar que, si las halláramos, tal vez (…) nos preguntaríamos qué capricho del azar fue responsable de su popularidad».

Samuel Johnson. «Sobre el predominio de los libros», artículo del 23 de marzo de 1751 en The Rambler, El patriota y otros ensayos (The Patriot y artículos escogidos de The Rambler, The Adventurer y The Idler).Madrid : El Buey Mudo, 2010; 238 pp.; trad. de Ana María Nuño y Mariano José Vázquez Alonso; selección de Carlos Segade; ISBN: 978-84-937417-7-8.

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sábado, 24 de agosto de 2013

Un libro que añade más datos a la vida de Chesterton es Los Chestertons, de Ada Jones (1888-1962), periodista, viuda de su hermano Cecil, con quien estuvo casada poco más de un año. En él cuenta la relación que tuvo con los Chestertons, padres e hijos, y habla del entorno de amigos comunes. La narración termina, después de la muerte de Chesterton, durante los bombardeos de Londres, al comienzo de la segunda Guerra Mundial. La autora también escribe sobre una experiencia singular que protagonizó, después de que su marido muriera en 1918, y que da idea de su empuje: desaparecer quince días para vivir como una mendiga, contarlo luego y, además, poner en marcha unos hogares para indigentes llamados «Cecil Houses».

En el haber del libro hay que poner, primero, que describe bien las semejanzas y las diferencias entre los dos hermanos, y que cuenta muchas anécdotas reveladoras de sus modos de ser y de sus particulares talentos dialécticos: el método de Cecil, «hablando en público, era la antítesis del de Gilbert, que empleaba la palabra como un pigmento y coloreaba sus frases como las mayúsculas polícromas de un misal. Cecil formaba frases con punta y filo como un estoque: cortaba y acometía firmemente, volviendo a su adversario hacia la cuestión discutida, con una decisión que parecía acentuada por su natural buena índole».

En segundo lugar, quedan bien retratados los padres, Edward y Maria Louise, «la más hospitalaria de las mujeres», una mujer «que había dado a sus hijos el cerebro y un inextinguible amor a la libertad». Es también magnífica la pintura del ambiente bullicioso de Fleet Street y, en general, de unos años que la escritora califica como una «edad de oro de las cervecerías y de los cafés, cuando la comunicación humana no se veía perturbada por un incesante sonido de la radio, y se podía escuchar a los amigos que hablaban». La narración contiene, además, buenos golpes de ironía, como cuando afirma que «siempre se debe tranquilizar a las visitas que acuden a un periódico, porque a lo mejor se hacen suscriptores por años».

En el debe, sin embargo, se ha de contabilizar una superficialidad o malignidad más que notable. Superficialidad, porque la autora parece no haber calado en el mundo interior de los principales personajes de su historia: la conversión al catolicismo de Cecil se presenta como un incidente aislado que, asombrosamente, sucede cuando está inmerso en un juicio en el que puede ser condenado; tampoco parece haber comprendido hasta qué punto las creencias católicas moldearon la vida de Chesterton, su matrimonio en particular. La malignidad, inconsciente o no, se nota en cómo arremete contra la esposa de Chesterton, Frances, a quien dibuja como una mujer estrecha porque apartó a su marido del mundo que le gustaba y porque dice que lo hizo infeliz en su vida matrimonial. Los biógrafos posteriores desmentirán su versión de algunos hechos hasta el punto de que se hace difícil pensar que sus comentarios fueran del todo inocentes.

Mrs Cecil Chesterton. Los Chestertons (The Chestertons, 1942). Sevilla: Renacimiento, 2010; 384 pp.; prólogo de José Julio Cabanillas; trad. de herederos de Miguel Rivera; ISBN: 84-8472-253-3.

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viernes, 23 de agosto de 2013

Hace poco más de un mes vi un titular en el que un escritor argentino se quejaba de que, dentro de los thriller actuales, «predomina la pelotudez de Dan Brown». Esto viene a cuento de que también leí una ¿novela? desengrasante, titulada El naufragio de los enigmas, de Enrique Muñiz, que pretende llevar al extremo el modo «danbrownesco» de construir tramas policiales. Esta reseña indica bien los defectos y cualidades de la historia. Los primeros se adivinan en la misma presentación elaborada por la editorial o el autor cuando dice que «la trama a veces parece coherente, pero la impresión pasa rápido» y el lector pronto se da cuenta de que todo es delirante. De las cualidades la más obvia es el buen manejo del idioma del autor y el humor que lo empapa todo: un tipo de humor con el que algunos no engancharán pero que hará reír con ganas, en muchos momentos, a los que lo hagan. La mejor recomendación para saber si uno está en un caso o en otro es leer las páginas que aparecen en la vista previa del libro que ofrece Google.

Enrique Muñiz. El naufragio de los enigmas (2012). Madrid: BibliotecaOnline, 2012; edición electrónica; ISBN: 978-84-15599-69-2.

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jueves, 22 de agosto de 2013

El caso del cadáver elegante,
de Caroline Lawrence, la continuación de las aventuras de P. K. Pinkerton me ha decepcionado más de lo que ya esperaba. La novela comienza cuando Pinky, con doce añitos, abre su propia agencia de detectives y, aunque al principio nadie le hace caso, un día entra una sirvienta que le dice que ha visto un asesinato, le da una descripción del autor y algún indicio más, y desaparece. Los incidentes que se suceden son muchos y, de nuevo, una buena parte de los golpes de humor tienen que ver con la incapacidad del héroe de reconocer las emociones de los demás.

Era lógico que la historia no tuviera ni la frescura ni las sorpresas del primer relato, una vez establecidos los escenarios y los rasgos tan especiales del protagonista y de su forma de narrar. Sin embargo, en cuanto al contenido, ni el planteamiento inicial se sostiene, ni los numerosos guiños al lector mayorcito —al poner a Pinky en medio de prostitutas (bondadosas) y jugadores (honrados) que se preocupan por él— tienen más lógica que la comercial. Además, la escritora repite los mismos recursos constructivos: la narración comienza igual que la primera —Pinky anuncia que morirá enseguida—, los giros del relato son iguales —se fía de quien no debe—, y se da un mismo descubrimiento sorpresa final —que ya no sorprende a quien haya leído el primer relato—.

Caroline Lawrence. El caso del cadáver elegante (The Case of the Good-looking Corpse, 2012). Barcelona: La Galera, 2013; 357 pp.; trad. de Ángeles Leiva Morales; ISBN: 978-84-246-4628-8.

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miércoles, 21 de agosto de 2013

Behind the Scenes es un libro autobiográfico de John Burningham con muchas fotografías e ilustraciones. En él cuenta su infancia con unos padres bohemios, sus estudios y viajes juveniles, su matrimonio con Helen Oxenbury y sus comienzos como ilustrador y, por último, comenta sus álbumes por orden cronólogico.

A diferencia de ilustradores como Bill Peet o Shirley Hughes, Burningham no es un extraordinario dibujante ni tampoco toma notas del natural, sino que, allá donde va, toma muchas fotografías y, simplemente, mira. Pero, al igual que ellos y muchos otros, explica que, parte de su inspiración viene de que «si tienes hijos pequeños, los observas. Conoces más gente con niños pequeños y tomas nota de su mundo».

Entre otras observaciones sobre sus álbumes aclara un equívoco que muchos cometen al leer Come away from the water, Shirley: «La gente me dice “qué padres más horribles”. No son horribles. Existe una gran brecha entre generaciones y estos libros son simplemente un comentario acerca de la forma en que uno lleva el ser padre. Mostré esa brecha poniendo sus mundos en páginas separadas».

El volumen tiene una breve y jugosa carta-prólogo que le dirige Maurice Sendak. Por un lado le dice que ninguno de los dos, al comienzo de sus carreras, tenían las claves necesarias sobre cómo debía ser un álbum ilustrado: Sendak explica que, durante su juventud, imitó el trabajo de ilustradores ingleses como Cruikshank, Caldecott, Nicholson, Ardizzone..., y así llegó a inventar su propia concepción de cómo debería ser un álbum, igual que, a su modo, hizo Burningham. Por otro, indica cómo la década de los cincuenta fue una época perfecta para el aprendizaje —porque había poco dinero (y eso estimula la creatividad, aunque Sendak no lo explicite así), porque se dieron significativos avances en la imprenta…—, y así los años sesenta pudieron ser el comienzo de su nueva vida creativa, igual que ocurrió con Burningham.

John Burningham. Behind the Scenes (2009). Londres: Red Fox, 2013; 224 pp.; ISBN: 978-1-862-30971-5.

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martes, 20 de agosto de 2013

Pero ¿qué pasa?, de David McNeil y Tina Mercié, es un álbum muy vistoso y, a la vez, de apariencia sencilla. En la página izquierda, en negro, va una pregunta que siempre comienza por «Pero…» y, en la derecha, va una página desplegable que, al abrirse, muestra otra imagen inesperada. Así, frente a «Pero ¿dónde van?» vemos dos animalillos; frente a «Pero ¿qué es eso?» hay una especie de nube-globo rosácea; frente a «Pero ¿qué pasa?» se ve un paisaje tras de unas rejas, etc. La sofisticación de algunas imágenes no lo hacen un álbum para pequeños, como puede ser ¡Oh!, sino más apropiado para lectores algo mayores que ya comienzan a descubrir que las cosas no siempre son lo que parecen.

David McNeil y Tina Mercié. Pero ¿qué pasa? (Mekeskispasse?, 2012). Madrid: SM, 2013; 18 pp. de las que 7 son desplegables; ISBN: 978-84675-5917-0.

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lunes, 19 de agosto de 2013

Otro álbum de hace tiempo que todavía no había puesto aquí: Yoshi y la lluvia, de Max y Montserrat Canela. Es una buena historia de convivencia con un protagonista contundente, de los que se queda en la mente del lector (al menos en la mía).

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domingo, 18 de agosto de 2013

Samuel Johnson: «De la masa de lectores que se pasa la vida hojeando libros, muy pocos son los que leen para ser más sabios o mejores, que busquen en ellos motivos para enmendarse o quieran ajustar su conducta a los axiomas de justicia que contienen. Más bien leen porque esperan pasar unas cuantas horas cuando no se les ocurre nada mejor que hacer, porque aspiran a granjearse o conservar el respeto que siempre se ha tributado al conocimiento, o simplemente para satisfacer su curiosidad con datos que, como si fueran tesoros enterrados y olvidados, no son de ninguna utilidad ni para ellos ni para ninguno más».

Samuel Johnson. «La sabiduría en la lectura», artículo del 15 de enero de 1751 en The Rambler, El patriota y otros ensayos (The Patriot y artículos escogidos). Madrid: El Buey Mudo, 2010; 238 pp.; trad. de Ana María Nuño y Mariano José Vázquez Alonso; selección de Carlos Segade; ISBN: 978-84-937417-7-8.

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sábado, 17 de agosto de 2013

Otro de los libros que introducen Gramática de la gratitud es Father Brown on Chesterton, un libro escrito poco después de la muerte de Chesterton por su amigo el sacerdote católico John O’Connor, que le inspirara en su momento el personaje del padre Brown. El autor hace memoria de los encuentros que tuvo con Chesterton y su mujer, Frances, empezando por la famosa conversación de 1904 en la que nació la idea del cura detective, pero también otras. En especial, aunque con discreción, da referencias de los pasos que Chesterton dio para convertirse al catolicismo y de la posterior conversión de su mujer. Se deduce, y los biógrafos posteriores lo confirmarán, que Frances tenía una gran confianza en él para todo.

O'Connor pide disculpas por usar la primera persona pero, señala, lo hace para dejar más clara la forma en que inspiró o sugirió ideas a las que luego Chesterton les sacó un provecho impensable para él. Hace una buena descripción del modo en que Chesterton «era contemplativo e intuitivo, y, cuando parecía estar ausente, en realidad estaba planeando sobre una idea como un halcón hasta que, repentinamente, alcanzaba una sorprendente conclusión». Así, un poema como Lepanto surgió, en 1912, a partir de una charla en la que O’Connor le habló de esa batalla en comparación con la de Trafalgar, en la que nada estaba en juego más que la supremacía financiera de Londres y, con ella, la revolución industrial y el trabajo infantil en las fábricas.

John O’Connor. Father Brown on Chesterton (1937).

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viernes, 16 de agosto de 2013

Estos meses atrás leí HHhH, sobre un episodio de la segunda Guerra Mundial, y En la corte del lobo, sobre la figura de Thomas Cromwell. Son dos novelas «históricas» muy distintas, no sólo en las épocas y escenarios, sino sobre todo en los enfoques. Esta reseña de la novela de Laurent Binet y esta otra de la de Hilary Mantel, reflejan bien los rasgos y los méritos de cada una. A ellas añadiría dos comentarios.

En HHhH la presencia tan abrumadora del autor-narrador a lo largo del relato acaba resultando incómoda, e incluso muy incómoda: no creo que a la mayoría de los lectores les interesen tanto sus peripecias y, aunque tal vez el autor no lo pretenda, suena tremendamente vanidoso. Además, no veo esa forma de narrar como una muestra de originalidad sino, mientras no se demuestre lo contrario, como una muestra de incapacidad de articular un buen relato.

Al leer En la corte del lobo en bastantes momentos tuve la sensación de que muchos pensamientos y acciones, de Cromwell sobre todo, se adaptan mucho a los gustos y las expectativas del lector actual. Esto no es necesariamente un demérito para un novelista pero tuve la sensación de que la autora no cumplía sus propias exigencias según unas declaraciones suyas que le leí hace unas semanas.

En los dos casos ni conozco del todo los hechos históricos ni he leído los relatos con tanto cuidado como se requeriría para darle un apoyo más fuerte a esas opiniones. Sea como sea, son dos buenas novelas.

Lauren Binet. HHhH (2010). Barcelona: Seix Barral, 2011; 391 pp.; trad. de Adolfo García Ortega; ISBN: 978-84-322-0932-1.
Hilary Mantel. En la corte del rey lobo (Wolf Hall, 2009). Barcelona: Booket, 2012; 752 pp.; col. Booket Logista; trad. de José Manuel Álvarez Flórez; ISBN: 978-8423323456.

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jueves, 15 de agosto de 2013

Poesía para niños de 4 a 120 años. Antología de autores contemporáneos recoge poemas de 43 autores españoles acerca de la infancia. Unos han sido publicados antes y otros no. Los antólogos dicen al lector, en su prólogo, que «no esperes encontrar versos para los más pequeños, porque pequeños somos todos»: es decir, que todos los poemas contienen, al fin, sentimientos de adulto, unos que intentan recuperar el tono de momentos pasados —como «Sólo tu amor y el agua», de Pablo García Baena—, otros que son como evocaciones de algunos escenarios —como «Veranos», de Aquilino Duque—, otros que recuerdan personajes inolvidables —como «Los abuelos», de Miguel D’Ors—, y algunos de padre o madre sobre sus hijos, como este de Amalia Bautista, titulado «Los pies»:

«Qué feos son los pies de todo el mundo,
menos los de mis hijas. Qué bonitos
son los pies de mis niñas. Los mofletes
redondos y rosados de los ángeles
envidian sus talones, y sus dedos,
vistos desde la planta, diminutos,
tienen la suavidad de los guisantes.
los tienen a estrenar. Y me conmueve
pensar en cada paso que aún no han dado».

Varios autores. Poesía para niños de 4 a 120 años. Antología de autores contemporáneos (2010). Sevilla: La isla de Siltolá, 2010; 256 pp.; col. Agua; edición de Jesús Cotta, José María Jurado y Javier Sánchez; ISBN: 978-84-15039-38-9.

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miércoles, 14 de agosto de 2013

A Life Drawing. Recollections of an Illustrator, de Shirley Hughes, es un relato autobiográfico de su vida y de su carrera. Da opiniones e ideas acerca de lo que valora en grandes ilustradores, dice cuál es el trabajo de un ilustrador de libros infantiles, habla del papel de la ilustración en los libros y del valor permanente de los grandes álbumes. Además, es un libro con muchas ilustraciones de todo tipo: de sus dibujos de siempre, de sus acuarelas cuando viaja, y de sus álbumes.

La autora habla de su infancia y del nacimiento de su vocación como dibujante; luego, de su formación en algunas escuelas de Arte —el valor que tuvo para ella estudiar historia del vestido, por ejemplo— y sus primeros trabajos en el mundo del teatro; después, de sus primeras ilustraciones y cubiertas para libros; y, por último, comenta sus álbumes. Al paso, dice bastantes cosas sobre los que fueron sus ilustradores de referencia —Nicholson, Shepard, Ardizzone— y sobre la historia particular de los álbumes en Gran Bretaña.

Indica que nunca habría podido soportar la soledad de un creador freelance sin su familia y la educación de sus cuatro hijos. Subraya la obviedad nada obvia de que su fortaleza como dibujante, la de saber dibujar niños en acción, tiene que ver con haber observado muchos niños, los suyos en primer lugar. También explica que la vida familiar no es en absoluto un dulce idilio sino una sucesión de pequeños dramas —algo particularmente cierto en la vida preescolar, cuando la casa es el único entorno para el niño—, y cómo hay momentos de memorable importancia en la vida de los niños —ponerse por sí solos las botas en el pie adecuado, ser capaces de dejar la “manta de seguridad” cuando uno va a una fiesta fuera de casa…—, y que de ahí surgen muchas de sus historias.

Son valiosas las explicaciones que da sobre el trabajo del ilustrador y la creación de álbumes, y sobre qué álbumes le convencen. Dice que las ilustraciones añaden una dimensión emocional a la historia y amplifican la respuesta imaginativa de un lector de forma que, si el libro le gusta, se sumerge una y otra vez en las imágenes; y que la ambición del ilustrador ha de ser la de darle al autor, al lector y al editor no lo que desean exactamente sino lo que nunca soñaron que podía tener el texto. Dice que uno de los grandes tests del profesionalismo de un ilustrador es recrear la vitalidad y la libertad de los dibujos iniciales pues, con frecuencia, los primeros esbozos tienen una inocencia encantadora que no es fácil reproducir.

Shirley Hughes. A Life Drawing. Recollections of an Illustrator (2002). London: Bodley Head, 2002; 210 pp.; ISBN: 978-0370-32605-4. [Vista del libro en amazon.es]

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martes, 13 de agosto de 2013

Un paseo con el señor Gaudí, de Pau Estrada, es una buena introducción al personaje y su obra. Es, también, un ejemplo de álbum que tendrá gran demanda en los lugares vinculados con Gaudí y en librerías de museos.

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lunes, 12 de agosto de 2013

Un álbum de hace tiempo sobre un niño acomplejado que se refugia en un mundo propio es Resdán, de Pablo Amargo y Paco Abril.

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domingo, 11 de agosto de 2013

Samuel Johnson: «La mera observación cotidiana ofrece abundantes ejemplos de la capacidad para elaborar subterfugios y evasiones con la única finalidad de librarse de la aplastante evidencia de pruebas irrefutables, así como la oportunidad de constatar cuán fácilmente se alteran los argumentos originales o se desfiguran a conciencia los de la parte contraria, o los puntos de vista más diáfanos son envueltos en una nube de confusión precisamente por quienes defienden la postura contraria.

De todos los mortales, los más seriamente infectados por esta variante de la vanidad parecen ser los que integran la raza de los escritores. Como su reputación está basada exclusivamente en su discernimiento, han desarrollado una sensibilidad exacerbada a cualquier ataque a su reputación literaria. No estará de más recordar que no pocos hombres con reconocidas aptitudes se muestran perfectamente capaces de poner todo su empeño en mitigar incongruencias y resolver contradicciones, mas al mismo tiempo hacen oídos sordos a las críticas que inevitablemente acompañan cualquier actividad humana pero que ellos se muestran incapaces de aceptar, salvo cuando les conviene, con tan vana como ridícula impaciencia, pregonar a los cuatro vientos que son trascendentales».

Samuel Johnson. «Aceptar las críticas», artículo del 3 de julio de 1750 en The Rambler, en El patriota y otros ensayos (The Patriot y artículos escogidos). Madrid: El Buey Mudo, 2010; 238 pp.; trad. de Ana María Nuño y Mariano José Vázquez Alonso; selección de Carlos Segade; ISBN: 978-84-937417-7-8.

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sábado, 10 de agosto de 2013

Para introducir Gramática de la gratitud elaboré un primer capítulo con una breve información biográfica y unos comentarios a distintas obras sobre Chesterton que fuera como un marco a todos los comentarios posteriores.

Lógicamente, la primera debía ser un libro de autor desconocido que se publicó, en 1908, con el título G. K. Chesterton: a Criticism. En ese libro, el análisis de las cualidades y defectos de las obras que había publicado Chesterton hasta entonces, igual que las observaciones acerca de la educación que había recibido y de los autores que más le habían influido, eran más que notables. Por ejemplo, se apuntaba muy bien que Chesterton «no es capaz de crear personalidades novelescas pues no las consigue hacer hablar “desde dentro” sino que todas tienen su misma voz». Se manifestaba el temor de que, si no era capaz de controlar su efervescencia mental, nunca llegaría a escribir las mejores obras que su talento anunciaba. En fin, pronto se supo que el autor misterioso había sido su hermano Cecil.

Además, del mismo modo que un periodista conocido entonces, Mr. G. S. Street , al reseñar Herejes había comentado que no se preocuparía más del pensamiento del autor hasta que dijese claramente cuáles eran sus creencias positivas, Cecil Chesterton insistía en lo mismo. Decía que Chesterton criticaba bien a sus oponentes pero no definía ni defendía claramente su propia posición. Sin duda, su posición podría deducirse de lo que comentaba sobre otros, pero de quien subraya tanto la importancia de tener doctrinas claramente definidas, seguía, tenemos el derecho a esperar algo más que un método negativo de definición. En concreto, decía, en las conferencias Blatchford sólo defendió la mitad de sus creencias cristianas, por lo que era de suponer que con su próximo libro, que se titularía Ortodoxia, haría frente a esa objeción.

Cecil Chesterton. G. K. Chesterton, a criticism (1908).

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viernes, 9 de agosto de 2013

Al principio de uno de sus artículos, dice Natalia Ginzburg: «yo pertenezco a una familia donde todos llevan los zapatos fuertes y en buen estado. (…) Pero yo sé que también se puede vivir con los zapatos rotos». Y, después de contar algunos momentos de su vida, termina: «me preocuparé de que mis hijos tengan siempre los pies secos y calientes, porque sé que así debe ser, si se puede, al menos en la infancia. Es más, tal vez, para aprender después a caminar con los zapatos rotos, sea conveniente tener los pies secos y calientes cuando se es niño».

En otro, a propósito también de la educación de los hijos, dice: «creo que no hay que enseñarles las pequeñas virtudes, sino las grandes. No el ahorro, sino la generosidad y la indiferencia hacia el dinero; no la prudencia, sino el coraje y el desprecio por el peligro; no la astucia, sino la franqueza y el amor por la verdad; no la diplomacia, sino el amor al prójimo y la abnegación; no el deseo del éxito, sino el deseo de ser y de saber». Esas grandes virtudes, que no se respiran en el aire, «deben constituir la primera sustancia de la relación con nuestros hijos, el principal fundamento de la educación. Además, lo grande puede contener también lo pequeño, pero lo pequeño, por ley de la naturaleza, no puede de ninguna manera contener lo grande».

Natalia Ginzburg. «Los zapatos rotos» y «Las pequeñas virtudes», Las pequeñas virtudes (Le piccole virtú, 1962, 1983). Barcelona: El Acantilado, 2002; 164 pp.; trad. de Celia Filipetto; ISBN: 84-95359-66-9. [Vista del libro en amazon.es]

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RoddaPrisZeb.JPG
jueves, 8 de agosto de 2013

Una serie de aventuras fantásticas excelente: Rowan, un héroe miedoso, de la australiana Emily Rodda. Son relatos pensados para lectores de diez o doce años (o preadolescentes...), pero están tan bien construidos y contados que resultan modélicos: cualquiera (que no tenga el gusto ya estragado por historias supuestamente fuertes) los puede disfrutar.

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RiosCortos.JPG
miércoles, 7 de agosto de 2013

Cada país tiene sus propios representantes de los relatos humorísticos sobre un niño que habla de su vida y de su entorno. El ejemplo costarricense que conozco, que cuando lo leí me recordó a Papelucho, es Pantalones cortos, de Lara Ríos.

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martes, 6 de agosto de 2013

Un autor del que no conozco álbumes en castellano y que es un auténtico maestro de cómo construir historias en álbumes es Remy Charlip. Vale la pena leer el texto A Page is a Door, que figura en la página de Brian Selznick. Menciono tres álbumes: el más conocido, que es FortunatelyDéguisons-nous, en francés, porque es el único de sus álbumes que se puede conseguir en la red de bibliotecas públicas españolas; y Where is everybody?, porque lo fotografié hace años.

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lunes, 5 de agosto de 2013

Un álbum citado en Emociones en construcción que no estaba mencionado aquí: Fídibus, de Anneget Fuchshuber. Puede alinearse con otros, como Harold and the Purple Crayon o Cuando Lía dibujó el mundo, pues es de los que tiene un protagonista que dibuja y se fabrica su propio argumento.

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domingo, 4 de agosto de 2013

Samuel Johnson: «Por lo demás, también sucede con autores excelentes que sus méritos pasen desapercibidos, inadvertidos entre la gran variedad de cosas y confundidos con la gran miscelánea de la vida. Quien aspira a la fama a través de la escritura, pretende la admiración de una muchedumbre que oscila entre diversos placeres o que vive inmersa en sus negocios, y que no tiene tiempo para las diversiones intelectuales; los jueces a los que apela están absortos en sus pasiones o corrompidos por prejuicios que les impiden aplaudir nuevas proezas. Algunos son demasiado indolentes para leer nada que no goce previamente de fama, y otros demasiado envidiosos para promoverla, porque les duele engrandecerla. Lo novedoso es combatido porque la mayoría no quiere ser enseñada, y lo ya conocido es rechazado porque a menudo se olvida que los hombres prefieren que les recuerden las cosas y no que les informen sobre ellas. Los entendidos prefieren no divulgar sus opiniones de entrada, por miedo a poner su reputación en entredicho; los ignorantes suponen que dan muestras de exquisitez cuando se niegan a ser complacidos. Y quien entre tantos escollos consigue fraguarse una reputación, si es sincero reconocerá que ésta se debe a otras causas, distintas de su destreza, sus conocimientos o su ingenio».

Samuel Johnson. «El futuro», artículo del 24 de marzo de 1750 en The Rambler, recogido en El patriota y otros ensayos (The Patriot y artículos escogidos). Madrid: El Buey Mudo, 2010; 238 pp.; trad. de Ana María Nuño y Mariano José Vázquez Alonso; selección de Carlos Segade; ISBN: 978-84-937417-7-8.

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sábado, 3 de agosto de 2013

Hace pocos días escribí, en otro lugar de la página, que acabo de publicar Gramática de la gratitud, donde aparecen mejoradas y, en algunos casos, corregidas y ampliadas, todas las reseñas de obras chestertonianas que había ido poniendo aquí. También está en itunes.
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viernes, 2 de agosto de 2013

Con todas las notas del mes de julio he preparado una revista en Flipboard, pensada para tabletas y teléfonos: bienvenidosalafiesta 1307. Es un primer intento rápido que debería mejorar. Por ejemplo, no sé por qué unas noticias salen en formato rss y otras remiten a la página web, o por qué unas incluyen imágenes y otras no, cuando las he introducido en la revista del mismo modo... Por lo que he visto, para una "revista" como esta, la reciente versión de Flipboard para ordenador no aporta nada. Si la experiencia es buena, continuaré.

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jueves, 1 de agosto de 2013

Pongo en el diccionario las voces de André Maurois y Virginia Woolf y el libro de cada uno que había citado tiempo atrás en sendas notas.

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