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Notas de septiembre de 2005 :: bienvenidosalafiesta ::    
bienvenidos a la fiesta
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viernes, 30 de septiembre de 2005

Jiménez Lozano:
«Un escritor tiene un enorme riesgo de perdición total: el que llene los cielos y la tierra con su "yo" o su nombre —que viene a ser lo mismo— hasta hacer que ese "yo" y ese nombre sean más grandes que su obra. Entonces se asiste a ese espantoso espectáculo entre trágico y grotesco de un escritor mirándose directamente en el ombligo o en el espejo de su público y de su gloria; su escritura se convierte en un puro ejercicio de resonancia, palabras y más palabras huecas y cada vez más retorcidas y sonoras. Da pavor».

José Jiménez Lozano. Una estancia holandesa. Conversación.

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jueves, 29 de septiembre de 2005

Un espectacular relato semejante al citado hace unas semanas, Tan lejos como los pies me lleven de Josef Bauer, es La increíble caminata, de Slavomir Rawicz. Este libro, hoy agotado, también fue publicado en los años cincuenta y, en él, su autor narra su huida de un campo siberiano en 1941 junto con otros seis compañeros, para llegar a la India un año más tarde. Ahora bien, ¿fue verdad?

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miércoles, 28 de septiembre de 2005

Hace pocos meses se ha publicado La bicicleta de Sumji, del israelí Amos Oz, un buen libro que cronológicamente precede a otro igualmente bueno, Una pantera en el sótano, que ya se había publicado en España. Dejando de lado la trampa que casi siempre hay cuando un narrador tan joven cuenta las cosas tan bien, ambos nos meten bien dentro del mundo imaginativo de los chicos protagonistas. De todas formas, para mí el segundo es más reflexivo y jugoso, como se ve cuando, en un diálogo con sus padres acerca de si hay que perdonar a los enemigos, el chaval ve que a su madre le parece bien pero a su padre no tanto: «Respeta y sospecha», le dice. Y el narrador sigue: «No di el brazo a torcer: —Pero al final de todo, ¿perdonaremos a nuestros enemigos o no? (...) Mi madre dijo: —Sí que los perdonaremos. No perdonar es como un veneno».

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martes, 27 de septiembre de 2005

Diferentes a las fábulas del pasado por su originalidad temática fueron las Fábulas literarias del canario Tomás de Iriarte, todas referidas al oficio de las letras de un modo u otro. Destacan también por su riqueza métrica, que le han valido a su autor el calificativo de ser el poeta español más completo hasta el XIX. He aquí un ejemplo de su punzante ironía:

«Trabajando un gusano su capullo,
La araña, que tejía a toda prisa,
De esta suerte le habló con falsa risa,
Muy propia de su orgullo:
"¿Qué dice de mi tela el seor gusano?
Esta mañana la empecé temprano,
Y ya estará acabada al mediodía.
¡Mire qué sutil es, mire qué bella!..."
El gusano, con sorna, respondía:
"¡Usted tiene razón; así sale ella!"».

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lunes, 26 de septiembre de 2005

La historia de Erika
trata sobre un suceso trágico más de la segunda Guerra Mundial que aquí viene contado por la propia protagonista: una mujer que, siendo un bebé, fue arrojada por su madre del tren que la llevaba a un campo de concentración. La emotividad del relato viene subrayada por las poderosas ilustraciones de Roberto Innocenti, de grandísima calidad como siempre. Ahora bien, no estamos ante un álbum sino ante un texto ilustrado y, con esa perspectiva, queda lejos del ya clásico Rosa Blanca.

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domingo, 25 de septiembre de 2005

«En épocas turbias, de incertidumbre y transición, aparecen siempre y por doquier gentes de medio pelo. No hablo de los llamados "progresistas", de los que siempre se dan más prisa que los demás (tal es su afán cardinal), cuyos propósitos, aunque a menudo descabellados, están más o menos definidos. No. Hablo sólo de la canalla. En todo periodo de transición surge esa canalla de la que ninguna sociedad está libre, y surge no sólo para sembrar con ahínco la inquietud y la impaciencia. Y, sin embargo, esa canalla, sin advertirlo siquiera, cae casi siempre bajo el caudillaje de un puñado de "progresistas", que ya sí obran con un propósito definido, y son los que llevan a ese hato de truhanes a donde les da la gana, si es que ese puñado de "progresistas" no es también un puñado de sandios, lo que, por otra parte, sucede más de una vez».

F. M. Dostoyevski. Los demonios (Besy, 1871-1872). Madrid: Alianza, 2003; dos volúmenes, 869 pp.; col. El libro de bolsillo; trad. de Juan López Morillas; ISBN: 84-206-3783-1.

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sábado, 24 de septiembre de 2005

Hay explicaciones que no explican nada. Así, para los que insisten en los traumas de la infancia como causa de algunas características de los libros de un autor, esta cita de Tzvetan Todorov: «E. T. A. Hoffmann, que fue un niño desdichado, describe los miedos de la infancia; pero para que esta comprobación tenga un valor explicativo, habría que demostrar que todos los escritores que tuvieron una infancia desdichada proceden de la misma manera, o bien que todas las descripciones de los temores infantiles provienen de escritores cuya infancia fue desdichada. Al no poder establecer la existencia de una u otra relación, comprobar que Hoffmann fue un niño desdichado equivale a indicar tan solo una coincidencia carente de valor explicativo».

Tzvetan Todorov. Introducción a la literatura fantástica (Introduction a la litterature fantastique, 1970). Buenos Aires, Tiempo Contemporáneo, 1982; 212 pp.; col. Trabajo crítico; trad. de Silvia Delpy; ISBN: 84-85989-07-4.

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viernes, 23 de septiembre de 2005

Existen escritores tan o más vanidosos que Sherlock Holmes pero que, como él, hacen bien su trabajo. Sin embargo, personalmente me resulta más simpática la actitud de un tipo tan misterioso como B. T. Traven, el autor de El tesoro de Sierra Madre: «No creo ser una persona que deba ocupar el centro del escenario. Siento que soy un trabajador que, como tantos trabajadores, aporta su grano de arena para hacer que la humanidad adelante otros pasos. Me siento como un grano de la arena de la que está hecha la tierra. Mis obras son importantes, mi persona no lo es».

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jueves, 22 de septiembre de 2005

Dioses, tumbas y sabios,
la gran «Novela de la Arqueología» escrita por C. W. Ceram (1915, Berlín-1972), es quizá el libro culpable de la mayoría de las vocaciones para la arqueología de las últimas décadas. Ceram realiza una precisa reconstrucción histórico-arqueológica de los descubrimientos que se han producido, a lo largo de los dos últimos siglos, en Mesopotamia, Egipto y el Egeo; y también se detiene algo en México y la cultura azteca. Lo hace fijando su atención en personajes tan singulares como Schliemann, el descubridor de Troya en 1870, «un soñador cuando estudia los mundos antiguos; un detective que reflexiona fríamente cuando busca tesoros; pero un apasionado cuando defiende una causa justa». O en Howard Carter, el descubridor de la tumba de Tutankamón, un hombre exacto y celoso, «una de las grandes figuras de la arqueología», uno de esos «hombres que, empuñando la piqueta, no sólo cavaban para descubrir los tesoros y los cuerpos de los reyes muertos, sino también para descifrar los enigmas de la Humanidad desde que logró tener forma, carácter y espíritu en las sublimes culturas antiguas».

Como «donde reina la inseguridad queda amplio espacio para la especulación», Ceram explica con detalle todas las especulaciones acerca del «enigma de la Gran Pirámide» o de «la maldición del Faraón», que tanto molestaban a Carter: «Todo espíritu de comprensión inteligente se halla ausente de estas estúpidas manifestaciones. Esto demuestra que aún no hemos progresado en este terreno tanto como a muchos les gusta creer» y como la proliferación también revela la proliferación de relatos con protagonistas a los que afecta el influjo maléfico de objetos misteriosos procedentes de culturas antiguas o desconocidas.

C. W. Ceram. Dioses, tumbas y sabios (Götter, Gräber und Gelehrte, Roman der Archäologie, 1949). Barcelona: Destino, 1998; 480 pp.; col. Booket; trad. de Manuel Tamayo; ISBN: 84-8328-031-0.

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miércoles, 21 de septiembre de 2005

Mientras que nunca existen injusticias legítimas sí que hay violencias legítimas: la del profesor o del padre que castiga cuando y cómo debe, la del Estado que detiene a un criminal, la del que se rebela justamente contra un tirano... A su nivel, cualquier niño que haya tenido una mínima experiencia de peleas o que haya sufrido en su carne o visto a su alrededor el abuso de algún compañero desaprensivo, comprende pronto que lo verdaderamente malo no es la violencia sino la injusticia. Por eso, cuando se quiere transmitir a los chicos el mensaje de que la violencia tiene consecuencias desastrosas, es importante no hacerlo de modo simplificado.

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martes, 20 de septiembre de 2005

En cuanto a calidad literaria las mejores fábulas son las de La Fontaine, el autor que regeneró el género al elaborar sus argumentos con versos de calidad. Con iguales deseos que sus antecesores de transmitir enseñanzas morales, de presentar lo amargo envuelto en dulce, son los suyos unos consejos relativistas donde se mezclan orientaciones para llevarse bien con los poderosos con magníficas lecciones, por ejemplo acerca del valor de la amistad. Desde un punto de vista formal, comparándolo con sus contemporáneos, en un Diccionario de la literatura se dice que La Fontaine «a todos aventaja en gracia, en elegancia, en intención, en fluidez versificadora y en auténtica poesía».

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lunes, 19 de septiembre de 2005

Un buen ejemplo de un álbum para prelectores original, gracioso e inteligentemente compuesto, es Vegetal como sientes, de Saxton Freymann y Joost Elffers. Además tiene algo de introducción a la educación sentimental, de mini-manual bienhumorado de aprendizaje de la empatía. Puede crear sentimientos de culpa en los vegetarianos, aviso.

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domingo, 18 de septiembre de 2005

En el prólogo que Robert Hughes pone, diez años después, a El impacto de lo nuevo: el arte en el siglo XX, libro que compuso a partir de una serie sobre arte para la BBC, confiesa su decepción acerca de las posibilidades de la televisión para mostrar arte. Dice que si al principio era optimista, más tarde fue viendo que la televisión impone un marco narrativo rápido a «unas imágenes concebidas para ser contempladas detenidamente», suprime «superficies, texturas, detalles y el auténtico color, conspirando contra la resistente presencia física y la escala de la obra de arte», y, sobre todo, la fugacidad de la televisión no puede «construir nada que sea satisfactoriamente análogo a la experiencia que emana de la obra de arte inmóvil». Y, continúa Hugues, «eso no hubiera sido un problema en una cultura que no confunde la televisión con la realidad», pero sí lo es en la nuestra.

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sábado, 17 de septiembre de 2005

Hay gente que puede precisar muy bien el momento en el que tuvieron una revelación que fue también una liberación: esa vez que preguntaron a sus padres o a sus profesores y, al recibir respuestas confusas, se dieron cuenta de que los adultos que les rodeaban podían responder bien sobre los medios pero no tenían idea sobre los fines. Eso dice de sí mismo E. F. Schumacher en su Guía para los perplejos, quien entonces empezó a caer en la cuenta también de que «la mente humana, en general, no se limita a pensar: piensa con ideas que, en su mayoría, simplemente adopta o se apropia de la sociedad que le rodea».

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viernes, 16 de septiembre de 2005

A la hora de pensar en las relaciones entre padres e hijos con frecuencia recuerdo el comentario de Teddy, un chico listísimo protagonista de un relato de J. D. Salinger, cuando dice que sí, que se lleva bien con sus padres, que quiere que «disfruten mientras vivan, porque les gusta pasarlo bien... Pero ellos no me quieren a mí ni a Booper, que es mi hermana, de ese mismo modo. Lo que quiero decir es que no pueden querernos tal como somos. Parece que no pueden querernos si no intentan cambiarnos un poquito. Quieren sus motivos para querernos tanto como nos quieren a nosotros, y a veces más. Así no es tan bueno».

Jerome David Salinger. Teddy, en Nueve cuentos.

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jueves, 15 de septiembre de 2005

Una gran crónica sobre las expediciones de Amundsen y Scott al Polo Sur es El último lugar de la tierra, un documentado libro del periodista inglés Roland Huntford. Cuenta las vidas de sus protagonistas y detalla con minuciosidad tanto las razones del éxito de Amundsen como las del fracaso trágico de Scott. Subraya mucho las grandes diferencias entre ambos, acentuando la profesionalidad de Amundsen y, quizá en exceso, los rasgos negativos de Scott al que califica de «héroe apropiado para un país decadente». Así, nos dice, Scott quería ser un héroe pero Amundsen sólo intentaba llegar al Polo; Scott actuaba para la galería mientras que Amundsen pensaba en la tarea que tenía entre manos; Scott usaba el lenguaje de la épica y Amundsen el del esquí de competición; los diarios de Scott tienen acentos quejumbrosos y autocompasivos pero los de Amundsen se caracterizan por un estilo rebajado y descripciones comedidas; Scott tenía una visión sentimental del mundo animal frente al realismo práctico de Amundsen. De todas formas, quizá el rasgo que dice más del estilo del noruego era su afán de aprender, su cuidado de los detalles, su interés en no improvisar nada, su propósito de asegurarse márgenes de seguridad generosos, su convicción de que «la tranquilidad de que hasta el último componente del equipamiento estará a la altura de las circunstancias es una parte esencial de la armadura psicológica necesaria en un medio hostil».

Roland Huntford. El último lugar de la tierra: la carrera de Scott y Amundsen hacia el Polo Sur (The Last Place on Earth: Scott and Admundsen’s race to de South Pole, 1979-1983). Barcelona: Península, 2002; 799 pp.; col. Altair viajes; introd. de Paul Theroux; trad. de Joan Solé; ISBN: 84-8307-465-6.

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miércoles, 14 de septiembre de 2005

Recordando reflexiones de Calvin.

En la primera viñeta, comenta para sí: «Violencia explícita en la tele».
En la segunda engarza una secuencia de frases: «¿Hace atractiva la violencia?, seguro; ¿nos insensibiliza?, por supuesto; ¿nos ayuda a tolerar la violencia?, claro; ¿embota nuestra empatía?, rayos, sí».
En la tercera se pregunta: «¿Provoca violencia? ..., bueno, es difícil de probar».
Y en la cuarta concluye: «El truco está en hacer la pregunta adecuada».

Y es que la violencia espectacularizada en los medios y en las ficciones forma parte de las experiencias de los niños y los adolescentes por lo que, incluso aunque intente transmitir el mensaje de que la fuerza no es un buen recurso, por la vía de los hechos se les está enseñando que la violencia es algo rutinario.

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martes, 13 de septiembre de 2005

Si las primeras fábulas las escribió el griego Esopo, un personaje que nadie sabe bien quién fue, su popularizador en el mundo romano fue un escritor del siglo I llamado Fedro, que publicó varios libros con fábulas en la misma tradición esópica de «instruir deleitando». Su estilo plano no es muy lucido pero es interesante conocer sus mini-historias para descubrir de dónde salen no pocos argumentos de los libros infantiles.

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lunes, 12 de septiembre de 2005

Un popular álbum norteamericano, editado en Venezuela hace unos años y que ahora puede encontrarse en bibliotecas y librerías españolas, es La señorita Emilia, de Barbara Cooney. Una historia bonita, con ilustraciones elegantes en la que se habla de embellecer la vida y que también es una especie de homenaje a las bibliotecarias, personajes centrales en la vida y en la literatura norteamericanas.

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domingo, 11 de septiembre de 2005

Alguna vez que le comentaron a Katherine Paterson que seguramente habría escrito más o mejores novelas si no hubiera tenido las limitaciones que le supusieron sus cuatro hijos, ella respondió con gran sensatez que tales limitaciones son justamente las que han dado forma a su vida y de ningún modo querría no haberlas tenido. De la misma manera, tampoco se ha sentido nunca condicionada por escribir literatura infantil-juvenil: «Oh, William, ¿no te parece que las catorce líneas rimadas de un soneto son una prisión? Ah, Pablo, cuánto mejor si no estuvieras limitado por los bordes del lienzo...», comentaba con ironía. Podría haber recordado a Chesterton en Ortodoxia, cuando apunta que «entrar en el terreno de los hechos es entrar en el mundo de los límites. (...) No pretendamos, como esos torpes demagogos, entusiasmar a los triángulos a que se emancipen de la tiranía de sus tres lados. (...) El artista ama sus limitaciones; ellas integran la calidad de su obra. El pintor se alegra de que el lienzo sea plano; el escultor, de la palidez de la arcilla».

Katherine Paterson. The Invisible Child: on reading and writing books for children (2001). New York: Dutton Children’s Books, 2001; 267 pp.; ISBN: 0-525-46482-4.
G. K. Chesterton. Ortodoxia (Orthodoxy, 1908). Barcelona: Alta Fulla, 2000, 2ª ed.; 187 pp.; col. Ad litteram; trad. de Alfonso Reyes; ISBN 10: 84-7900-123-2.

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sábado, 10 de septiembre de 2005

Es un error pensar que a más nivel cultural mayor progreso moral. Dice Claudio Magris que la historia prueba de sobra que «el arte puede resultar cómplice de la injusticia y la violencia que reinan en el mundo. El arte no es solamente mímesis ficticia, réplica de esa engañosa e imperfecta realidad sensible que para Platón es a su vez sólo una réplica de la Idea, única verdadera realidad. En el arte el individuo da voz a sus propios sentimientos; pero de este modo acaba a menudo por coquetear con su propio egoísmo, por imitar complacido las miserias, las contradicciones y a veces las banalidades de su estado de ánimo, por transigir con sus propias debilidades y encerrarse en su propio narcisismo».

Claudio Magris. «¿Hay que expulsar a los poetas de la República?», en Utopía y desencanto.

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viernes, 9 de septiembre de 2005

Dentro de la literatura juvenil abundan novelas escritas por periodistas o escritores que van a lugares lejanos y, con lo que averiguan y se inventan, venden aquí luego su historia. Son mucho mejores, por supuesto, los buenos relatos escritos desde dentro del propio ambiente y, si hablamos de literatura, conviene siempre buscar los libros de referencia del lugar, que al fin y al cabo son luego los más universales. En ese caso está El río y la fuente. Cuatro historias de mujer en Kenia, de Margaret Ogola, un libro sobre madres e hijas que atrapa el corazón y que descubre panoramas nuevos.

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jueves, 8 de septiembre de 2005

El inglés James Cook (Marton, 1728-Hawai, 1779) es uno de los más grandes marinos de todos los tiempos. En 1763 recibió el mandato de dirigir operaciones de reconocimiento de Terranova y El Labrador. La «Royal Society» le reconoció su gran capacidad como matemático después de haber estudiado un eclipse de sol en 1766. Tenía 39 años cuando el gobierno inglés le encargó la misión de su vida: confirmar qué tierras existían en el Pacífico y cartografiarlas. Con ese motivo hizo tres grandes viajes que cuenta muy bien A. Grenfell Price en su obra Los viajes del capitán Cook (1768-1779). Después de una introducción, de una exposición de los «Problemas marítimos del siglo XVIII», y de un capítulo sobre «La infancia y la carrera de Cook», se narran los tres viajes: de 1768-1771, de 1772-1775 y de 1776-1779. El autor se apoya por completo en los propios textos de Cook, que reflejan una pasión por la exactitud que, a veces, parece desmerecer la magnitud de lo conseguido: terminó el mapa del Pacífico, descubrió la larga costa oriental de Australia y delineó la de Nueva Zelanda, reconoció grandes tramos de la costa norteamericana, descubrió muchas islas desconocidas y localizó correctamente otros archipiélagos, descubrió y señaló los límites aproximados de la Antártida, confirmó el descubrimiento del estrecho de Bering y la imposibilidad de usarlo como vía para rutas comerciales, venció algunas enfermedades que hasta él habían sido características del mar, aplicó métodos astronómicos y de relojería para conseguir el cálculo exacto de la longitud... Y, en general, fue un extraordinario conductor de hombres que no perdía la calma y mantenía siempre su autocontrol, un tipo práctico que sabía resolver con acierto los problemas de navegación y elegir con acierto tanto los barcos como los instrumentos de navegación necesarios, y que, con alguna excepción lamentable, siempre supo tratar con humanidad a los nativos.

A. Grenfell Price. Los viajes del capitán Cook (1768-1779) (Explorations of Captais James Cook in the Pacific As Told by Selections of His Own Journals 1768-1779, 1970). Barcelona: Serbal, 1985; 383 pp.; introducción de Percy G. Adams; selección y edición cargo de A. Grenfell Price; trad. de Manuel Crespo; ISBN: 84-7628-001-7. Edición con ilustraciones y fotografías.

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miércoles, 7 de septiembre de 2005

Recuerdo, y en su momento anoté, que la banda publicitaria de la primera novela de Miguel Larrea, Las andanzas de Kip Parvati, decía: «Esta obra fue rechazada por once editoriales. Estoy convencido de que se equivocaron absolutamente. Tenéis en las manos una auténtica delicia». Y firmaba el editor. En efecto, era una novela fresca que producía la rarísima satisfacción de tropezarse con una novela española de aventuras juveniles con sabor ultraclásico. Hace poco tiempo que ha salido la continuación, Kip Parvati y la sombra del cazador, y aunque me parece inferior sobre todo argumentalmente, aparte de que no se juzga con igual benevolencia una primera que una segunda novela, quienes quedaron enganchados con el personaje y los escenarios agradecerán leerla.

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martes, 6 de septiembre de 2005

No hace mucho ha llegado a las librerías españolas un libro muy singular: El Mahabhárata contado por una niña (Madrid: Siruela, 2004). Más asombroso que una chica de doce años haya sido capaz de poner por escrito y de ilustrar una historia tan extensa y laboriosa, es el hecho de que muchas editoriales importantes en el mundo se gasten tanto dinero en editarla, pues, sinceramente, si el Mahabhárata ya es bastante confuso en sí mismo para el lector occidental, mucho más lo es en esa versión. Quien desee conocer esa obra hará mucho mejor en acudir a la obra original o, en todo caso, a la versión resumida que firma R. K. Narayan.

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lunes, 5 de septiembre de 2005

El planteamiento de un adulto cuando prepara un álbum para pequeños puede ser o bien intentar ponerse en el lugar del niño para procurar ver las cosas como él las ve y así conseguir la conexión con él, o bien intentar ponerse en cuclillas y a su nivel para enseñarle cosas de modo amable y divertido pero sin dejar de ser él mismo. Podríamos decir que los mayores fracasos —las mayores cursiladas, que hay muchas en este terreno— se producen cuando alguien intenta lo primero sin tener las condiciones necesarias. Y que se dan grandes aciertos cuando un autor con talento actúa del segundo modo. Ese fue el caso de Paul Rand y su mujer Ann Rand, los introductores de los recursos gráficos de la publicidad y del arte moderno en los álbumes para niños con un acierto pocas veces superado después. Ann Rand era arquitecta y alumna de Mies van der Rohe, y Paul Rand fue, además de muchas otras cosas, el diseñador de los logos para Westinghouse, IBM, UPS, o la universidad de Yale.

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domingo, 4 de septiembre de 2005

Hace días mencionaba un texto de Hannah Arendt en el que, a propósito de la educación de los niños, decía que «precisamente por lo que es nuevo y revolucionario en todo niño, la educación debe ser conservadora». Puedo apoyar la idea desde otro punto de vista recordando unos comentarios de Robert Hugues sobre la planificación arquitectónica que se hizo de Brasilia, «un ejemplo abrumador de lo que sucede cuando se diseña para un futuro imaginado en vez de para el mundo real», una ciudad que con el paso de pocos años «dejó de ser la ciudad del mañana para convertirse en la ciencia-ficción de ayer». Y es que, dice Hughes, hay ámbitos en los que resulta necesario pensar siempre en términos de necesidades humanas y no en términos de aspiraciones políticas. Por eso, afirma, «en la vida de las ciudades, sólo el conservadurismo es la sensatez. Llegar a una conclusión así ha costado casi un siglo de afirmaciones y contraafirmaciones modernistas».

Robert Hughes. El impacto de lo nuevo.

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sábado, 3 de septiembre de 2005

Daniel Goleman:
 «Los programas educativos concebidos para la prevención de un problema concreto —como, por ejemplo, el abuso de drogas, los embarazos juveniles o la violencia— han proliferado en la última década, creando una miniindustria dentro del mercado educativo. Pero la mayor parte de estos programas, incluyendo los más hábilmente promocionados y difundidos, han demostrado ser completamente ineficaces, e incluso hay algunos de ellos que, para desazón de los educadores, parecen agravar los mismos problemas para los que fueron destinados». Y es que lo primero no es saber cómo se va sino a dónde se va: sin eso el dinero y los medios sólo se malgastan (excepto para quienes cobran los sueldos correspondientes).

Daniel Goleman. Inteligencia emocional (Emotional Intelligence, 1995). Barcelona: Kairós, 1996, 59ª impr.; 523 pp.; trad. de David González Raga y Fernando Mora; ISBN: 84-7245-371-5.

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viernes, 2 de septiembre de 2005

Me ha gustado el último libro publicado de Tobias Wolff, Vieja escuela. Como muchos sabrán ya, su escenario es, a principios de los años sesenta, un elitista colegio de la Costa Este de los EE.UU. donde muchos chicos sueñan con ser escritores, el narrador compite con otros compañeros. Indirectamente, pues los objetivos de Wolff son otros, en la novela se muestra qué patética es la veneración hacia los escritores famosos —ese «devocionarismo literario, que se diría laico pero es de una religiosidad primitiva e idolátrica, humillante», que dice Jiménez Lozano en La luz de una candela—. Al menos para mí deja de manifiesto qué tontamente narcisista es la visión del trabajo literario que se formula varias veces en el texto: según Robert Frost, que a su vez cita a Shelley, «los poetas somos los legisladores no reconocidos de la humanidad»; en boca del narrador, a un escritor se lo compara con «un monje en su celda que reza por el mundo, algo que hacía solo, pero en favor de otras personas». Sí, ciertamente, Hemingway dice que «los escritores son como todas las demás personas, sólo que peor»; y sí, la crítica feroz al estilo de Ayn Rand deja claro que hay diferencia «entre un escritor que desprecia las heridas y uno para el que constituyen un hecho básico de la vida». Pero, tal como yo lo veo, tanto esos matices como el comentario final, acerca de «aquellas antiguas palabras, seguramente las palabras más hermosas nunca escritas o dichas», de que «su padre, cuando le vio acercarse, corrió a su encuentro», parecen literarios en el sentido de que no se ve que debajo haya nada.

Tobias Wolff. Vieja escuela (Old School, 2003). Madrid: Alfaguara, 2005; 272 pp.; trad. de Mariano Antolín Rato; ISBN: 84-204-6657-3.

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jueves, 1 de septiembre de 2005

Jon Krakauer,
periodista, escaló el Everest en 1996 y cinco de sus seis compañeros no regresaron. Con características de gran reportaje, en Mal de altura cuenta que fue allí para escribir un reportaje sobre la excesiva proliferación de expediciones, narra de paso la historia de las escaladas anteriores al Everest, explica cómo se llegó a la situación de aquel año trágico en el que murieron otras muchas personas en el intento, y habla también de las amargas polémicas que siguieron. Parece que Krakauer hace suya una de las citas con las que comienza un capítulo: «...desconfío (…) de cualquier clase de pretensión enfática de que uno controla lo que está narrando; de aquel que afirma comprender y se queda tan tranquilo».

Jon Krakauer. Mal de altura: crónica de una tragedia en el Everest (Into Thin Air, 1997). Barcelona: Círculo de Lectores, 2000, 1ª ed., 2ª imp.; 352 pp.; trad. de Luis Murillo Fort; ISBN: 84-226-8154-4. Otra edición en Punto de Lectura, ISBN: 84-663-0223-9.

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