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Notas de septiembre de 2007 :: bienvenidosalafiesta ::    
bienvenidos a la fiesta
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domingo, 30 de septiembre de 2007

Una descripción en La muerte llama al arzobispo:

«Cuando se marchaba de la roca, el árbol o la duna que lo había cobijado durante la noche, el navajo se ocupaba de borrar cuidadosamente cualquier rastro de su estancia temporal. Enterraba las brasas del fuego y los restos de comida, esparcía las piedras que había apilado, rellenaba los hoyos que había escarbado en la arena. Como era lo mismo que hacía Jacinto, el padre Latour juzgó que, así como los blancos se imponían a cualquier paisaje, lo cambiaban y en cierta forma lo rehacían (para acabar dejando al menos alguna señal o recuerdo de su estancia), en cambio la costumbre india era cruzar un lugar sin dejar rastro, como el pez en el agua o los pájaros en el cielo.

El estilo indio era disolverse en el paisaje, no sobresalir en él. Los poblados hopis que se alzaban en lo alto de las mesas rocosas estaban hechos para que parecieran como la misma roca, imperceptibles en la distancia. Las cabañas de los navajos, entre arena y sauces, se hacían con arena y sauces. Ningún pueblo indio admitía en aquella época ventanas de cristal en su vivienda. El reflejo del sol en el vidrio les resultaba antinatural, hasta peligroso. Además, a aquellos indios les disgustaban los cambios y novedades. Iban y venían por los viejos senderos trazados en la roca por los pies de sus padres, usaban la vieja escalera natural de piedra para trepar hasta sus poblados en las cimas de las mesas, acarreaban el agua de las mismas fuentes de siempre, después incluso de que los blancos hubieran abierto pozos.

Los indios tenían una paciencia inagotable para el repujado de la plata o la talla de turquesas; prodigaban destreza y afanes en sus mantas, cinturones y trajes de ceremonia. Pero su idea de la decoración no se extendía al paisaje. No parecían compartir el deseo europeo de “amaestrar” la naturaleza, organizarla y recrearla. Empleaban de modo distinto su ingenio: eran ellos los que se acomodaban al escenario. Y no era tanto por indolencia, pensó el obispo, como por una cautela y un respeto heredados. Era como si aquel inmenso territorio estuviese dormido y ellos desearan vivir la vida sin despertarlo, o como si los espíritus de la tierra, el aire y el agua fueran algo que no había que provocar ni turbar. Cuando cazaban lo hacían con esa misma discreción: una cacería india nunca era una matanza. No asolaban bosques ni ríos y, si regaban, utilizaban sólo el agua necesaria. Trataban con respeto el paisaje y todo lo que contenía: como no intentaban mejorarlo, nunca lo profanaban».

Willa Cather. La muerte llama al arzobispo (Death Comes for the Archbishop, 1927). Madrid: Cátedra, 2000; 332 pp.; col. Letras universales; edición de Manuel Broncano; trad. de Julio César Santoyo y Manuel Broncano; 84-376-1793-6.

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sábado, 29 de septiembre de 2007

Cyril Connolly: «Una de las dificultades de reseñar novelas estriba en “puntuarlas”. El ambicioso fracaso de un artista serio es claramente distinto de un logrado apaño; sin embargo, a la hora de la reseña, la primera es denigrada de todo corazón porque no funciona, la otra, porque es buena en su clase, elogiada más allá de lo debido».

Cyril Connolly. Texto algo modificado tomado de «Nuevas novelas (1929-1935)», en Obra selecta.

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viernes, 28 de septiembre de 2007

El misterioso caso alemán,
de Rosa Sala Rose, es un ensayo erudito, escrito con brillantez, en el que se intenta explicar cómo el nazismo pudo cautivar a tantas personas cultas en la Alemania de los años treinta. O, tal como lo plantea la autora, cómo la cultura y la maldad pudieron aliarse de un modo tan destructor, cómo se acabó el ideal de la modernidad de que la cultura nos hace mejores.

De modo matizado y cauteloso, la autora explica la evolución de conceptos como «Bildung» y «Kultur», «que encarnaban unos ideales éticos y estéticos a los que se atribuía una validez universal» y que fueron una inspiración y un modelo para Europa; aclara cómo fueron cambiando las mentalidades a consecuencia de la reforma protestante y los movimientos pietistas; narra el proceso que llevó a una glorificación religiosa del arte y que, a la vez que se forjaba la identidad nacional en torno a un ideal cultural, también hizo brotar una mentalidad nacionalista excluyente... (Mientras leía esto me vino a la cabeza el comentario de Chesterton de que «una gran nación no debe ser un martillo, sino un imán».)

Para mí, que no soy experto en el mundo alemán, este es un esclarecedor libro que señala bien cómo algunos caminos sólo pueden tener un final triste y, a veces, trágico. Al final, la autora termina indicando qué lejos estamos hoy del ideal de «Bildung» que propuso Goethe pensando que era un camino que nos hacía más humanos, e ironiza cuando señala que «la cultura —hoy llamada humanidades— ha pasado a ser una música de fondo ideada para evadir el silencio...». (No se profundiza en a dónde nos llevará esto, claro, pero yo pensaba de nuevo en Chesterton cuando decía que «lo que a todos nos asusta más es un laberinto que no tenga centro, por eso el ateísmo no es más que una pesadilla»...)

Rosa Sala Rose. El misterioso caso alemán. Un intento de comprender Alemania a través de sus letras (2007). Barcelona: Alba, 2007; 398 pp.; col. Lecturas; ISBN: 978-84-8428-340-9.

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jueves, 27 de septiembre de 2007

En La muerte llama al arzobispo, una poderosa novela basada en hechos y personas reales, Willa Cather cuenta la historia de Jean Latour y Joseph Vaillant, dos amigos desde la niñez en Francia que llegan a ser obispos en los Estados Unidos, donde atienden y organizan la diócesis de Santa Fe a mitad del siglo XIX. También aquí las figuras de los protagonistas son muy atractivas. Así, del padre Vaillant se dice que era un hombre cuyo destino era romper lazos, «decir adiós y adentrarse en lo desconocido», y cuya máxima era que «si lo primero que haces es rezar, luego encuentras tiempo para todo». En otro momento se le califica como uno de esos hombres que «añadía brillo a cualquier grupo humano en el que caía, lo mismo una cabaña navaja que una aldehuela mejicana de chozas miserables o una reunión de monseñores y cardenales en Roma».

Willa Cather. La muerte llama al arzobispo (Death Comes for the Archbishop, 1927). Madrid: Cátedra, 2000; 332 pp.; col. Letras universales; edición de Manuel Broncano; trad. de Julio César Santoyo y Manuel Broncano; 84-376-1793-6. [Vista del libro en amazon.es]

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miércoles, 26 de septiembre de 2007

Al comentar la escena inicial de Los novios, Umberto Eco hace notar por qué Alessandro Manzoni inicia su novela con una larga descripción del lago Como y dice: «Si intentáramos leer este fragmento con la vista puesta en un mapa veríamos que la descripción avanza asociando dos técnicas cinematográficas, zoom y cámara lenta. No me digan que un autor del siglo XIX no conocía la técnica cinematográfica: lo que ocurre es que los directores de cine conocen las técnicas narrativas del siglo XIX».

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martes, 25 de septiembre de 2007

He incluido en la ficha de Tove Jansson la nueva edición del tercer libro de Los Mumin: Memorias de papá Mumin.

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lunes, 24 de septiembre de 2007

Relatos como el citado de La aventura formidable del hombrecillo indomable, usan una fórmula característica: escenas sucesivas unificadas por el protagonista y vinculadas por un hilo narrativo que podríamos calificar de disparatado. A esta clase de argumentos de «nonsense» les hace falta un personaje simpático, imaginación y talento gráfico, como se ve, por ejemplo, en A la playa, un álbum sin texto de Thomas Docherty. Al protagonista, que desea ir a la playa y se viste para la ocasión, sólo le falta..., un avión, un velero, un camión, un camello, un poco de arena, el mar, un amigo...; y, para volver, un barco, un helicóptero, una bici, un tractor... Las ilustraciones graciosas y bien compuestas tienen una notable capacidad de conexión con cualquier lector fantasioso. (En fin, lamento que la reseña llegue algo tarde; pero puede servir para ir preparando el año que viene).

Thomas Docherty. A la playa (2007). Madrid: Anaya, 2007; 31 pp.; col. Sopa de cuentos. Primeros lectores; ISBN: 978-84-667-6406-3.

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domingo, 23 de septiembre de 2007

He aprendido mucho al leer Sabiduría en Israel, un denso estudio de Gerhard von Rad sobre los libros sapienciales del Antiguo Testamento: Proverbios, Job, Eclesiastés, Eclesiástico y Sabiduría.
Explica el autor que los antiguos maestros de Israel llevaron a cabo su actividad intelectual con una gran «amplitud de miras, para la cual era imprescindible (...) un “corazón franco”, una “mente abierta como las playas junto al mar” (1 Re 5, 9). Es ésta una expresión espléndida de lo que constituía la tarea y, al mismo tiempo, el presupuesto del humanismo israelita».

Habla también de cómo «un amplio sector de conocimientos fundamentales sobre la constitución del mundo y la esencia de la vida no se podían expresar entonces más que en forma poética; de modo que la expresión artística era sencillamente una verdadera necesidad vital e intelectual. En virtud de este carácter evocador, la palabra poética poseía a veces la fuerza de un conjuro, como sucede incluso hoy día con algunos poemas, capaces de ejercer una atracción verdaderamente mágica». Y, en relación a esto, menciona «una frase de Píndaro que, aunque no se puede aplicar a la letra al pensamiento hebreo, tiene un sentido perfectamente válido incluso para Israel: “Mente ciega la que se aventura a rastrear los caminos elusivos de la sabiduría, de espaldas a las musas”».

Gerhard von Rad. Sabiduría en Israel (Weisheit in Israel, 1982). Madrid: Cristiandad, 1985; 408 pp.; trad. de D. Mínguez Fernández; ISBN: 84-7057-377-2.

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sábado, 22 de septiembre de 2007

«Me gusta más hacer que el espectador imagine con la ayuda de un ruido, ya que cada vez que puedo reemplazar una imagen por un ruido, lo hago. Y lo hago cada vez más». Y, más adelante, continuaba Robert Bresson: «El oído es mucho más creativo que el ojo. El ojo es perezoso; la oreja, por el contrario, inventa. En todo caso, es mucho más atenta, mientras que el ojo se contenta con recibir, salvo en los casos excepcionales en que inventa, pero entonces es que recurre a la fantasía. El oído es un sentido mucho más profundo, y muy evocador. (...) Lo bueno del sonido es que deja libre al espectador. Y hacia eso es a lo que debemos tender: dejar lo más libre posible al espectador».

En una entrevista de Jean Luc Godard, el año 1966, a Robert Bresson. La política de los autores (La politique des auteurs, 2001). Entrevistas a Robert Bresson, Luis Buñuel, Howard Hawks, Alfred Hitchcock, Fritz Lang, Jean Renoir. Barcelona: Paidós, 2003; 189 pp.; trad. de Miguel Rubio; ISBN: 84-493-1414-3.

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viernes, 21 de septiembre de 2007

Respecto a otras novelas, Willa Cather cambia de acentos en Una dama extraviada. Aquí la protagonista es Marian Forrester, una mujer que «tenía el poder de sugerir cosas mucho más bellas que ella misma, igual que el perfume de una única flor puede invocar toda la dulzura de la primavera». En segundo plano está su marido, el capitán Daniel Forrester, un hombre mayor al que todos ven al principio como un lastre para su mujer, aunque cuando fallezca será patente que, en realidad, era su ancla. El capitán Forrester, comenta el narrador, era uno de los soñadores que había conquistado el viejo Oeste, uno de aquellos «aventureros de corazón pródigo, cuya falta de sentido práctico rayaba en la magnificencia; una hermandad de caballeros, fuerte en el ataque pero débil en la defensa, que sabía conquistar pero no conservar». Y, cuando él falta, llega una clase de hombres diferentes que «disiparían el frescor de la mañana» y «extirparían el gran y fértil espíritu de la libertad».

Willa Cather. Una dama extraviada (A Lost Lady, 1923). Barcelona: Alba, 2002; 206 pp.; trad. de Ismael Attrache; ISBN: 84-8428-162-0.

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Ilust. de E.W.Kemble.
jueves, 20 de septiembre de 2007

Por muchas razones, Mark Twain es un autor clave. Un atractivo de su obra: la conexión con la mente de un chico, el no perder de vista nunca que «llega un momento en la vida de todo chico normal en que siente un inmenso deseo de ir donde sea, en busca de un tesoro oculto», tal como se afirma en Las aventuras de Tom Sawyer. Otro, su desenvoltura: «El que escribe para personas mayores sabe que puede dar fin a su novela con una boda; pero cuando escribe para niños, ha de pararse donde buenamente pueda», en la conclusión de la misma obra. Otro, su agudeza para retratar la confusión mental de quien recibe mensajes morales confusos, en Las aventuras de Huck Finn, quizá su mejor obra. Pero hay más.

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miércoles, 19 de septiembre de 2007

En mi opinión, algunos relatos de Ana María Matute como Paulina, Sólo un pie descalzo, El saltamontes verde, El polizón del Ulises, alcanzan el mayor nivel que, hasta la fecha, ha tenido la literatura infantil española. Una especie de prueba de talento literario que aplico en este caso es que si, otras veces, cuando alguien repite variaciones sobre los mismos temas en libros distintos enseguida me brota un «vale, ya me lo has contado antes» y acelero el paso, no me pasó así con estos libros: los cuatro me interesaron mucho y todos los leí con calma.

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martes, 18 de septiembre de 2007

Las aventuras de Ulises,
de Giovanni Nucci, es una nueva versión resumida de la Odisea, bien contada, con tono levemente jocoso. Cumple su función: presentar con amenidad y orden los acontecimientos. Personalmente prefiero la versión de Rosemary Sutcliff, que se titula igual, Las aventuras de Ulises, pero esta puede ser apropiada para lectores de menos edad. Los dibujos coloreados que acompañan la edición no me han atraído ni me parecen los más ajustados al tipo de relato.

Giovanni Nucci. Las aventuras de Ulises (Le avventure di Ulisse, 2004). Madrid: Siruela, 2007; 238 pp.; col. Las tres edades; ilust. de Chiara Carrer; trad. de Isabel González-Gallarza; ISBN: 978-84-9841-096-9.

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lunes, 17 de septiembre de 2007

De Peter Schössow, un ilustrador alemán, se han publicado, en los últimos meses, El mar en calma y Viaje feliz, ¿Cómo es posible? y La ratonera, tres álbumes excelentes. Al primero, basado en unos poemas cortitos de Goethe, es al que pertenece la ilustración de la derecha.

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domingo, 16 de septiembre de 2007

Jean Guitton: «Los espíritus demasiado amigos de la unidad son sistemáticos y tiránicos. Los que practican demasiado la distinción son escolásticos, preciosistas y casuísticos: sus sutilezas les extravían. Los amigos de los contrarios son escépticos, paradójicos y artificiales: lo pueden justificar todo. Es por esto por lo que el arte de juzgar que yo propongo debe permanecer al servicio de un arte superior, el de juzgar, que no tiene reglas. Es necesario poder dominar y regir sus operaciones. Y el error más sutil de la gente de pensamiento es el de llegar a ser esclavos de sus procedimientos».

Jean Guitton. Aprender a vivir y a pensar (Aprendre à vivre et à penser, 1957). Madrid: Encuentro, 2006; 95 pp.; col. Bolsillo; trad. de Javier Martín; ISBN: 84-7490-799-5.

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sábado, 15 de septiembre de 2007

Explica Umberto Eco que hay lectores de primer nivel y lectores de segundo nivel: los primeros quieren saber qué sucede, los segundos desean saber cómo se relata lo que sucede. «Para saber cómo acaba la historia basta, normalmente, leer una sola vez. Para convertirse en lector de segundo nivel es preciso leer muchas veces, y algunas historias hay que leerlas un sinfín de veces».

«No existen lectores exclusivamente de segundo nivel; es más, para llegar a serlo hay que haber sido un buen lector de primer nivel». Ahora bien, continúa Eco, «cuidémonos bien de entender esta distinción de niveles como si, por una parte, hubiera un lector que se conforma fácilmente, al que le interesa la historia y, por otra, un lector con un paladar estéticamente fino, interesado por el lenguaje. Si así fuera, deberíamos leer El conde de Montecristo en el primer nivel apasionándonos, e incluso derramando ardientes lágrimas en todo momento; y luego, en el segundo nivel, deberíamos darnos cuenta, como corresponde, que está escrito fatal desde el punto de vista estilístico, por lo que decidimos que se trata de una novela malísima.

En cambio, el milagro de obras como El conde de Montecristo es que, aun estando fatalmente escritas, son obras maestras de la narrativa. Y, por lo tanto, el lector de segundo nivel no es sólo el que se da cuenta de que la novela está mal escrita, sino también aquel que, a pesar de ello, se da cuenta de que la estructura narrativa es perfecta, los arquetipos están todos en su punto, los golpes de escena se dosifican al milímetro, el aliento (aunque a veces jadee) es casi homérico. (...) El lector de segundo nivel es aquel que se da cuenta de cómo la obra sabe funcionar bien en el primer nivel».

Umberto Eco. Sobre literatura (sulla Letteratura, 2002). Barcelona: RqueR, 2002; 347 pp.; trad. de Helena Lozano Miralles; ISBN: 84-932721-1-6.

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viernes, 14 de septiembre de 2007

Igual que Pioneros, Willa Cather ambienta Mi Ántonia en Nebraska y a fines del siglo XIX, pero esta vez su protagonista es una chica de origen bohemio. Al final, así la describe su amigo y narrador Jim Burden:

«Ántonia había sido siempre una de esas personas que graban imágenes en el cerebro que no se desvanecen, que se hacen más vívidas con el tiempo. En mi memoria guardaba una sucesión de tales imágenes, indelebles como las viejas ilustraciones del primer libro de texto (...). Ya no era una preciosa muchacha sino una mujer ajada, pero aún poesía ese algo que inflama la imaginación, aún podía hacer que a uno se le cortara la respiración con una mirada o un gesto que, sin saber cómo, desvelaba el significado de las cosas vulgares».

Willa Cather. Mi Ántonia (My Ántonia, 1918). Barcelona: Alba, 2000; 382 pp.; col. Alba Clásica; trad. de Gema Moral Bartolomé; ISBN: 84-8428-013-6.

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jueves, 13 de septiembre de 2007

A lo largo de los últimos meses he ido introduciendo mejoras en la web. Incluir la sección de Artículos es la más evidente. También he agrupado algunas notas en nuevas secciones temáticas, he añadido contenidos específicos para facilitar otros listados de libros, he subdividido mejor la sección Más libros, he incluido más información en las fichas de algunos autores. El año que viene, más, espero.

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miércoles, 12 de septiembre de 2007

Dos comentarios tomados de Puck de la colina Pook, de Rudyard Kipling.

Uno, cuando Parnesio, el centurión romano, le dice a Dan que, cuando sea mayor, debe recordar que su suerte dependerá del primer amigo verdadero que haga, entonces Puck le aclara: «Quiere decir —dijo Puck sonriendo— que si te propones ser un tipo decente cuando seas mayor, entonces harás amigos más bien decentes. Pero si, cuando crezcas, te has hecho un bestia, tendrás unos bestias de amigos».

Y otro, de Hal, el pintor y dibujante, que recuerda su vida y comenta: «Yo vine aquí, no a servir a Dios como debe hacerlo un artesano, sino a demostrar a la gente que era un gran artista. Y a la gente le importó un bledo mi arte y mi grandeza, y me estuvo bien empleado».

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martes, 11 de septiembre de 2007

Nueva edición también de Ningún beso para mamá, otro clásico de Tomi Ungerer. La edición original tenía una cubierta como la de la edición inglesa de la derecha, muy distinta de la que acaba de publicar Anaya dentro de la colección Sopa de libros, como se puede ver en la ficha del autor. También el diseño del interior del libro, de la primera edición, era más acertado. En cualquier caso, es un minirelato con magníficas ilustraciones y texto certero (al menos para mí, sé que hay quienes no piensan igual).

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lunes, 10 de septiembre de 2007

Nueva edición de Los tres bandidos, un clásico de Tomi Ungerer, un ilustrador de los que conjugan talento gráfico con ironía.

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domingo, 9 de septiembre de 2007

Jean Guitton:
«Hay límites en todas las cosas: límites para la enunciación, que no debe más que muy raramente, ser llevada hasta lo absoluto; límites para la exploración, que debería detenerse ante lo insondable y lo inefable; límites para el juicio mismo que, falto de información, de competencia o de certidumbre, debe optar por abstenerse. Ya hablaban los catecismos de antaño de “quien juzgaba en vano y sin necesidad”. Es difícil mantener el sentido de los límites. Así, en las conversaciones, se cruza enseguida la frontera que separa lo que divierte de lo que hace daño, lo que es una hipótesis y lo que es una insinuación».
Y es que, dice más adelante Jean Guitton, «los límites son parte de las cosas mismas, como las fisuras son parte de los cántaros o las cicatrices del cuerpo».

Jean Guitton. Aprender a vivir y a pensar (Aprendre à vivre et à penser, 1957). Madrid: Encuentro, 2006; 95 pp.; col. Bolsillo; trad. de Javier Martín; ISBN: 84-7490-799-5.

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sábado, 8 de septiembre de 2007

Umberto Eco: «La lectura de las obras literarias nos obliga a un ejercicio de fidelidad y de respeto en el marco de la libertad de interpretación. Hay una peligrosa herejía crítica, típica de nuestros días, según la cual podemos hacer lo que queramos de una obra literaria (...). No es verdad. Las obras literarias nos invitan a la libertad de interpretación, porque nos proponen un discurso con muchos niveles de lectura y nos ponen ante las ambigüedades del lenguaje y de la vida. Pero, para poder jugar a ese juego, por el cual cada generación lee las obras literarias de una manera distinta, hay que estar movidos por un profundo respeto hacia lo que, en otras obras, he denominado "la intención del texto"».

Umberto Eco. Sobre literatura (sulla Letteratura, 2002). Barcelona: RqueR, 2002; 347 pp.; trad. de Helena Lozano Miralles; ISBN: 84-932721-1-6.

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viernes, 7 de septiembre de 2007

En la misma línea del artículo de ayer, hay relatos que nos permiten asomarnos al sufrimiento de los niños en situaciones familiares duras. De eso va Verdades canallescas, libros como hachas. El artículo se fija en qué aprendemos de unas historias tan crudas, qué nos muestran y qué nos ocultan los distintos tonos con que los autores las cuentan. Intenta también apuntar por qué son tan diferentes los finales de los melodramas sobre infancias desgraciadas de ahora, cuando las carencias afectivas son lo importante y la desesperanza parece irremediable, y los del pasado, cuando las condiciones materiales eran incomparablemente peores pero no faltaba la esperanza.

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jueves, 6 de septiembre de 2007

Los buenos libros infantiles y juveniles son especialmente luminosos para los adultos. Creo que se ve claro en Itinerarios morales difíciles, artículo que también pensé titular Cimientos para la conciencia, y que fue publicado como Chicos desconcertados, chicos desequilibrados, chicos perspicaces. En él quería mostrar cómo presentan algunas obras literarias el proceso de formación de la conciencia de un niño que no tiene alrededor adultos de referencia o, casi peor, que vive rodeado por adultos de comportamiento nefasto.

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miércoles, 5 de septiembre de 2007

Los otros lados de las cosas
habla de que, si las ficciones infantiles y juveniles siempre han tendido a caer en el sentimentalismo de modo natural, esto es hoy mucho más patente. Niños y jóvenes viven en un mundo repleto de sentimientos enlatados en imágenes y en canciones, y son bombardeados por una industria que, para vender más, les ofrece lo que quieren y no lo que necesitan. En esta situación, que las ficciones ayuden en la educación sentimental de los chicos depende de que los educadores, en su trabajo de hacerles llegar las mejores obras y darles armas para que puedan juzgar las que no tienen calidad, sean conscientes de la seriedad del problema: cuando en su momento no se aprende a poner los sentimientos en su sitio, el corazón acaba ocupando el lugar de la razón y las consecuencias finales pueden ser, y de hecho en muchas ocasiones son, trágicas.

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martes, 4 de septiembre de 2007

Si es una estrategia publicitaria probada la de avivar la discusión en torno a un libro, el éxito es arrollador cuando al libro le comienzan a caer anatemas, y más aún cuando las condenas no tienen base. También eso es lo que ocurrió, y ocurre, con algunas críticas a Harry Potter por razones religiosas. En relación a eso, la pregunta de fondo en Los relatos de fantasía y Dios es la de cuál es el sitio de Dios en las creaciones de fantasía.

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lunes, 3 de septiembre de 2007

Cuando las novelas de Harry Potter comenzaron a verse como un acontecimiento de alcance mundial escribí un artículo titulado La magia de Harry Potter. En él intentaba explicar un poco algunas causas de la popularidad y de la polémica en torno a esos libros, y analizar algunos recursos propios de las novelas de fantasía.

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domingo, 2 de septiembre de 2007

Chéjov: «En mis conversaciones con mis colegas escritores insisto siempre en el hecho de que no corresponde al artista resolver problemas específicos. Un artista no debe ocuparse de cosas que no comprende. Para los problemas especiales existen entre nosotros especialistas; a ellos corresponde juzgar las comunidades rurales, las suertes del capital, los daños del alcoholismo, las botas, las enfermedades femeninas... El artista, por su parte, sólo debe juzgar lo que comprende; su campo es limitado, como el de cualquier otro especialista: es algo que repito y sobre lo que insisto siempre. (...) En Anna Karénina y en Onieguin no se resuelve ningún problema; ahora bien, esas obras son plenamente satisfactorias porque en ellas todas las cuestiones están planteadas justamente. Un tribunal tiene la obligación de hacer preguntas; luego deciden los miembros del jurado, cada uno según su parecer».

Antón Chéjov. Sin trama y sin final: 99 consejos para escritores.

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sábado, 1 de septiembre de 2007

Cuando cuenta su pasado bajo el régimen comunista, Adam Zagajewski explica que también él se vio atrapado por la propaganda y que «algunos axiomas del pérfido sistema los consideraba al principio del todo evidentes». Pero, «sobre todo gracias a la ayuda de otros, de mis padres, de autoridades de la generación anterior, de los grandes poetas de mi lengua, de los inteligentes escritores de la emigración y de un puñado de valientes contemporáneos que vivían en el país, salí de aquel paso entero, o casi.

La actividad de varias generaciones que colaboraron entre sí dio como resultado que, con el transcurso del tiempo, aquel sistema, que parecía tan fuerte, no sólo no pudiese continuar su invasión del pensamiento, sino también que a cada paso fuese perdiendo su razón de ser; sus cimientos se fueron desmoronando, se hicieron cada vez más endebles, hasta que al fin se arruinaron por completo, como uno de esos frágiles palacios construidos a base de cerillas por un cartero jubilado o por un muchacho veinteañero.

No son los verdugos quienes escriben la historia, no es Goebbels ni Mólotov, sino la gente honesta; a ella pertenece la última palabra. Aquello en lo que era difícil creer a finales de la década de los años treinta o a principios de la de los cuarenta, cuando casi toda Europa estaba envenenada por falsos ideales, tomó cuerpo: los crímenes y las mentiras a las que entonces sirvieron también algunos de los europeos más inteligentes, hoy, a excepción de un grupito de excéntricos y de idiotas, no encuentran ya defensores.

Incluso aquellos intelectuales y artistas que empezaron por servir a la atroz civilización soviética, pronto sufrieron una dramática transformación y se convirtieron en sus críticos radicales. En vez de condenarlos por su temprana intoxicación juvenil, prefiero, más bien, admirar la grandeza de espíritu de la naturaleza humana, que ofrecía a personas muy jóvenes y capaces aún una segunda oportunidad, la posibilidad de un “come back” moral. Y, sobre todo, vislumbro aquí la extraordinariamente paciente y constante labor del bien, que incluso en este siglo en general tan cruel no quedó del todo aniquilado. ¡El bien también existe!, no sólo el mal y el diablo y la estupidez. El mal es más enérgico, puede actuar como un relámpago, como la “blitzkrieg”; al bien, en cambio, le gusta, desconcertantemente extraño, demorarse. En muchos casos, esa fatal desproporción acarrea muchas pérdidas que jamás pueden recuperarse. ¡Quién no recuerda aquella expresión, que sonaba a sarcasmo, utilizada después de 1956, de la «rehabilitación» de las víctimas del terror!

Pero el bien regresa, tranquilamente, sin prisa, como esos caballeros-detectives de las antiguas novelas policíacas, que flemáticos, vestidos con elegancia y fumando una pipa se presentan en el lugar del crimen al día siguiente de haberse cometido.

Vuelve con lentitud —como si fuese él el Único que no dispusiese de ningún vehículo moderno, ni de coche, ni de avión, ni de cohete, ni siquiera de una bicicleta—, pero, con todo, vuelve, sin prisa como un peregrino, inexorable como el alba. Por desgracia, vuelve demasiado despacio, como si no quisiera recordar que nosotros estamos trágicamente enredados en el tiempo, que tenemos muy poco tiempo. El bien se comporta con nosotros cual si fuésemos inmortales; él mismo es, en cierto sentido superficial y adusto, inmortal y, según parece, nos atribuye esa misma propiedad, desdeñando así el tiempo y la carne, nuestro envejecer y nuestra desaparición. El bien es mejor que nosotros».

Adam Zagajewski. En la belleza ajena.

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