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Notas de septiembre de 2008 :: bienvenidosalafiesta ::    
bienvenidos a la fiesta
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martes, 30 de septiembre de 2008

La verosimilitud que se le ha de pedir a un relato infantil, la que hace que nos resulte convincente, no es la misma que se ha pedir a un relato adulto y depende de lo que a nuestro alrededor es común. Así, no podemos decir de una película de dibujos animados que nos resulta verosímil en cuanto semejante a la realidad que nos rodea, pero sí podemos decir que nos resulta verosímil en cuanto inteligible ahora y aquí por un público acostumbrado a ese tipo de representación. De hecho, unas películas de dibujos nos resultan más verosímiles que otras. Del mismo modo, los narradores-niños de muchos relatos infantiles no son realistas —por ejemplo, en el sentido de que es imposible que un niño se explique tan bien, o de que los diálogos sean tan buenos—, pero pueden resultar convincentes por lo bien que su voz atrapa el modo infantil de ver las cosas o por lo bien que describe algunas situaciones con esa perspectiva.

Esto se puede aplicar a Las cosas perdidas, de Lydia Carreras. En medio del caos de un traslado de vivienda, Tani observa cómo el «tío Daniel», el mejor amigo y socio de su padre, se lleva una cucharita de plata de su casa; aunque sabe que debe decirlo, no encuentra ni el modo ni el momento de hacerlo, y cuando nota la desaparición de más cosas, su inquietud va en aumento y sólo es capaz de confiarse a su mejor amigo. Está bien pintada la vida familiar de Tani y bien reflejada la evolución de su problema interior: primero darse cuenta que debería decir lo que ha visto pero quedarse atrapado por el temor y la vergüenza, recomponer las cosas que sabe y que recuerda para confirmar que no se ha equivocado, los intentos indirectos fallidos de sincerarse mientras su intranquilidad crece, la torpeza de sus padres para darse cuenta de que algo está consumiéndole, el alivio final al contarlo y al comprender mejor la situación.

Lydia Carreras de Sosa. Las cosas perdidas (2006). Zaragoza: Edelvives, 2007; 115 pp.; col. Ala delta internacional, serie azul; ilust. de Javier ZABALA; ISBN: 978-84-263-6198-1-7.

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lunes, 29 de septiembre de 2008

Además de las posibles formas de subdividir los álbumes ya mencionadas, apunto algunas más con las que yo me he entretenido algunas veces haciendo listitas.

Según estilos no tanto artísticos como de confección, hay álbumes basados en el dibujo, unos deudores de la caricatura y otros no; otros que son herederos del arte pictórico; otros conceptuales o herederos del mundo publicitario; otros que cabe llamar experimentales, etc.

Según contenidos se podrían:

—observar los núcleos temáticos y ver si muestran principalmente sentimientos, o si reflejan actitudes, o si exponen ideas en busca de activar la reflexión;

—separar álbumes según que hablen del mundo interno o del comportamiento externo de los personajes;

—agruparlos al modo de los géneros habituales en narrativa: aventuras, fantasía, vida diaria...

Según las estructuras se podrían dividir los álbumes

—de acuerdo con los efectos que un autor busca en la confección y con los efectos que la lectura de un álbum puede causar (un lector de la página me apuntaba la posibilidad de ordenarlos según la emoción y el asombro que causan...);

—en función del arco temporal que abarca el argumento: desde los pocos que cuentan toda una vida como La señorita Emilia, pasando por los que narran periodos de tiempo más o menos largos como La jardinera, hasta los que sólo cuentan un suceso mínimo como La torre de Zoe, de Robin Bell Corfield y Paul y Emma Rogers.

Y se me ocurren más, así que dentro de unos meses haré nuevos ajustes. Entretanto, los próximos lunes volveré a poner comentarios de álbumes editados recientemente.

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domingo, 28 de septiembre de 2008

Para ilustrar si hay algún criterio que nos permita distinguir lo real de lo irreal, el filósofo alemán Robert Spaemann cuenta una pequeña historia:

«Cuando yo tenía cinco años me vi perseguido por una bruja durante el sueño. Ella corría detrás de mí por una calle del pueblo y yo corría para salvar mi vida. La distancia se iba acortando cada vez más. De repente se me ocurrió algo que mi madre me había dicho: las brujas no existen. Mi madre decía siempre la verdad. Por lo tanto, la creía más a ella que a las apariencias. Y mi conclusión fue que la bruja tenía que ser un sueño. Solamente se trataba de despertar antes de que la bruja, cuyo aliento ya sentía, me agarrara. Confiando en la palabra de mi madre empecé a dar vueltas de un lado a otro hasta que desperté».

Y Spaemann concluye: «Mi modo de actuar no respondió a ningún criterio empírico que pusiera de manifiesto que la bruja era irreal. Más bien se trató de un acto de fe que me hizo arriesgarme a tenerla por irreal».

Robert Spaeman. Texto (algo corregido) tomado de una conferencia titulada Realidad como antropomorfismo (Wirklichkeit als Anthropomorphism, 2000), contenida en Ética, política y cristianismo (2007). Madrid: Palabra, 2007; 299 pp.; col. Biblioteca Palabra; ed. de José María Barrio, trad. de José María Barrio y Ricardo Barrio; ISBN: 978-84-9480-106-6.

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sábado, 27 de septiembre de 2008

Al hablar sobre libros de aforismos con un amigo de cuyo criterio me fío, me insistió en que no dejara de leer el Diccionario del diablo de Ambrose Bierce y así lo hice. Tuve la suerte de coger una edición de Cátedra en la que no sólo venía ese libro, que me pareció flojo y desigual, sino también una buena introducción crítica y unos excelentes relatos cortos que compensaron la decepción del Diccionario.

No creo que a la mayoría de las frasecillas de Bierce se las pueda calificar de aforismos en el mismo sentido que a las de los libros clásicos: la mayoría son más bien pullas periodísticas ingeniosamente irónicas con las que uno conecta más o menos según sus experiencias personales. En mi caso asiento de buen grado a las del tipo: «Egoísta: Persona de mal gusto que se interesa más por sí mismo que por mí»; exclamo un «bueno, a veces sí y a veces no» ante otras como «Novela: un relato corto cuando se hincha»; aprecio el ingenio del autor por ejemplo en «Sobre: el ataúd de un documento, la funda de una factura, la cáscara de un envío...»; pero con frecuencia lamento su cinismo amargo en bastantes. Y al leer  «Tirar: una de las dos acciones que llevan casi siempre al éxito en política. La otra es Aflojar», recordé otra frasecilla tal vez inspirada en ella, pero mejor, de Les Luthiers: la de las dos palabras que conviene conocer porque abren la mayoría de las puertas: tirar y empujar.

Ambrose Bierce. Relatos. Diccionario del diablo (Tales of Soldiers and Civilians (In the Midst of Life), 1891; Can Such Things Be?, 1893; The Devil’s Dictionary). Madrid: Cátedra, 1999; 418 pp.; col. Letras universales; edición y trad. de Aitor Ibarrola; ISBN: 84-376-1760X.

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viernes, 26 de septiembre de 2008

Las dos utopías futuristas más influyentes y citadas son Un mundo feliz y 1984. Leídas ahora no conservan la frescura de otras, como Farenheit 451, y se les ven mucho los defectos narrativos, pero tienen el mérito de haber planteado algunas cosas con gran agudeza y de haber acuñado expresiones que han pasado al lenguaje común.

En Un mundo feliz todo el planeta está bajo un gobierno pacífico que ha eliminado la guerra, la pobreza, el crimen y la infelicidad; los protagonistas, Bernard Marx y Lenina Crowe, pasan unos días de vacaciones en una Reserva y allí conocen a John el Salvaje. En 1984 hay un único estado totalitario en el que todo discurre bajo el ojo siempre vigilante del Gran Hermano; Winston Smith, funcionario del Ministerio de la Verdad, cuya misión es reescribir la Historia e inventar los héroes, se rebela y es sometido.

Sobre 1984 hay un breve juicio en la voz de George Orwell con ocasión del comentario a Rebelión en la granja. Sobre Un mundo feliz se puede señalar cómo, en el prólogo que puso a una reedición de su novela quince años después, Aldous Huxley indicaba las carencias que veía ya en su obra pero señalaba que seguía vigente su punto central: en el futuro el problema de la felicidad, en el que trabajarán científicos y políticos, será «el problema de lograr que la gente ame su servidumbre» y, para eso, a medida que la libertad política y económica disminuya la libertad sexual aumentará. Eso sí, el autor se confundía al decir que «todavía estamos muy lejos de los bebés embotellados» y de los grupos de «adultos con inteligencia infantil».

Vistas las denuncias de ambas novelas en paralelo, Juan José García-Noblejas comentaba tiempo atrás que el peligro que parece más real hoy no es el fascismo que temía Orwell sino el olvido y la irrelevancia que preveía Huxley: «Orwell temía a quienes podían prohibir los libros, privarnos de información y alejarnos de la verdad, secuestrando nuestra cultura. Huxley, sin embargo, temía que no hubiera razón para prohibir los libros, porque nadie quisiera ya leerlos; temía que tuviéramos tanta aparente libertad, que nos convirtiéramos en seres pasivos y egoístas; temía que la verdad se ahogara en un mar de asuntos irrelevantes, temía que nos convirtiéramos en una cultura trivial».

Aldus Huxley. Un mundo feliz (Brave New World, 1931). Buenos Aires: Orbis, Hyspamerica, 1969; 191 pp.; introducción del autor de quince años después; trad. de Ramón Hernández; ISBN: 950-614-471-0.
George Orwell. 1984 (1948). Barcelona: Destino, 2002, 28ª ed.; 333 pp.; col. Destinolibro; trad. de Rafael Vázquez Zamora; ISBN: 84-233-0983-5.
Juan José García-Noblejas. Medios de conspiración social (1997). Pamplona: Eunsa, 1998, 2ª ed.; 144 pp.; col. Comunicación; ISBN: 84-313-1553-9.

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jueves, 25 de septiembre de 2008

Un año después de la biografía sobre Chaucer, Chesterton vuelve a poner de manifiesto su conocimiento de la Edad Media con su semblanza de Santo Tomás de Aquino. Al comienzo vuelve a dar la idea que preside su trabajo, invirtiendo un comentario que había realizado en The Victorian Age in Literature: «todo el cuadro tiene la finalidad de presentar la silueta de una figura en un paisaje y no un paisaje con figuras».

Igual que dije a propósito de la biografía de san Francisco de Asís, esta sobre santo Tomás no me atrajo tanto como las que abordan personajes literarios. Ahora bien, estoy casi seguro de estar equivocado, pues si es significativo que las biografías de Chesterton han sido elogiadas siempre por grandes especialistas en el biografiado, en este caso es particularmente revelador que el filósofo tomista más importante de la primera parte del siglo XX, Etienne Gilson, saludase así esta obra: «Considero, sin parangón alguno, que es el mejor libro que se ha escrito sobre Santo Tomás. Sólo un genio podía hacer algo así. Todo el mundo admitirá sin ninguna duda que es un libro inteligente pero pocos lectores que hayan pasado veinte o treinta años estudiando a Santo Tomás de Aquino y hayan publicado dos o tres volúmenes sobre el tema, podrán darse cuenta de que la chispa de Chesterton ha dejado su erudición a ras de suelo. Adivinó todo lo que ellos trataban de demostrar y dijo lo que ellos intentaban expresar torpemente con fórmulas académicas. Chesterton era uno de los pensadores más profundos que han existido. Era profundo porque tenía razón, y no podía dejar de tenerla; pero tampoco podía dejar de ser modesto y amable; por eso se consideraba uno de tantos, se disculpaba de tener razón y se hacía perdonar la profundidad con el ingenio».

Ese comentario, que dice mucho de la profundidad de pensamiento de Chesterton, no arregla sin embargo las dificultades que tendrán muchos al leer esta biografía. Santo Tomás era un personaje metódico y ordenado en la exposición de su pensamiento: hubiera disfrutado del trato con Chesterton pues ambos se dedicaron de lleno a «esa rara ocupación humana, la costumbre de pensar», pero tal vez no conectase del todo con su estilo literario exuberante y su gusto por los meandros.

Sea como sea, se puede recordar aquí que Chesterton escribió sus biografías también porque, como periodista, era muy consciente de la falta de sentido histórico de sus contemporáneos: decía que, al haber sustituido la historia y la tradición —que es como la charla de la historia— por el periodismo, en nuestro mundo se ha conseguido que mucha gente sólo conozca el final de cada historia y no todo aquello que la ha hecho posible. Esta idea la desarrolla también en esta biografía: es errónea «la costumbre moderna de mirar a las cosas únicamente desde el punto de vista moderno. Porque eso es ver solamente el fin del cuento», y entonces resulta que hay quienes «se rebelan contra no saben qué porque surgió no saben cuándo; mirando solamente el fin, ignoran el principio, y, consiguientemente, desconocen su mismo ser». En esa dirección, Chesterton desea señalar la importancia para nuestro tiempo de un personaje como santo Tomás, a quien veía como un maestro de lógica para «las tribus semipaganas de las ciudades industriales de nuestros días, los devoradores de libros de fantasía y de folletos baratos».

G. K. Chesterton. Santo Tomás de Aquino (St. Thomas Aquinas, 1933). Madrid: Espasa, 1985, 11ª ed.; 188 pp.; col. Austral; trad. del P. Honorio Muñoz, O.P.; ISBN: 84-239-0020-7. Nueva edición en Madrid: Homo Legens, 2009; 205 pp.; col. Biografías breves; prólogo y notas del editor, José J. Escandell; trad. de María Luisa Balseiro; ISBN: 978-84-92518-39-5. Nueva edición en Madrid: Rialp, 2016; 272 pp.; trad. de Juan Carlos de Pablos; ISBN: 978-84-321-4701-2. [Vista del libro en amazon.es]

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miércoles, 24 de septiembre de 2008

Con algo de retraso he leído las Crónicas de Spiderwick, de Holly Black y el ilustrador Tony DiTerlizzi.

Los protagonistas son los tres hermanos Grace —los gemelos Simon y Jared, de nueve años, y su hermana Mallory, de trece— y todo comienza cuando, junto con su madre, se instalan en un caserón de aires góticos. Eso se cuenta en El libro fantástico, el relato en el que encuentran un libro sobre los seres que habitan un mundo fantástico, que perteneció a su tío abuelo Arthur Spiderwick, y en el que se tropiezan con un irritable duende casero que habla en verso y que les recomienda vivamente que se deshagan del libro. En El anteojo asombroso, Simon es secuestrado por unos trasgos malvados y sus hermanos van al rescate llevando un anteojo muy raro con el que pueden orientarse. En El mapa perdido los hermanos Grace visitan a su tía Lucinda, internada en una especie de manicomio, y se dan cuenta de que la situación puede empeorar; encuentran un mapa y entran en el bosque secreto de los elfos, que también desean el famoso libro del tío Arthur. En El árbol metálico unos enanos secuestran a Mallory y sus hermanos van al rescate. En El ogro malvado tienen un enfrentamiento final con el malévolo Mulgrath.

La serie se parece a Una serie de catastróficas desdichas en la presentación de las historias, en que los protagonistas son tres hermanos, en la encuadernación, y en que muchas ilustraciones van recuadradas igual. Pero se diferencia en todo lo fundamental: los argumentos son distintos; los relatos acentúan lo atemorizador sin acentos humorísticos; el narrador no juega en exceso con las expectativas del lector y todo lo cuenta con rapidez y lo resuelve satisfactoriamente; se podría decir que no da casi tiempo al miedo a que se instale. En el panorama de hoy, el que no se alargue innecesariamente la historia es un valor que merece ser destacado; más aún cuando está bien escrita, la acción se desarrolla con fluidez y los personajes humanos resultan creíbles. Los lectores acostumbrados a descripciones imposibles de personajes fantásticos pueden verse sorprendidos al ver que, aquí, no están tan desarrollados: simplemente cumplen su papel en la trama y se les presenta con una ilustración; el único un poco más perfilado es el duende casero, Dedalete, sobre todo porque sus intervenciones son en verso. En el efecto de conjunto de la serie son importantes las ilustraciones, inspiradas en las de Arthur Rackham, que son muchas y resultan sugerentes.

Holly Black. El libro fantástico (The Field Guide, 2003), El anteojo asombroso (The Seeing Stone, 2003), El mapa perdido (Lucinda's Secret, 2004), El árbol metálico (The Ironwood Tree, 2004), El ogro malvado (The Wrath of Mulgrath, 2004). Barcelona: Ediciones B, 2003, 2003, 2004, 2004, 2005; 108, 108, 111, 111, 139 pp.; col. Las crónicas de Spiderwick; ilust. de Tony DiTerlizzi; ISBN: 84-666-1279-3, 84-666-1280-7, 84-666-1513-X, 84-666-1658-6, 84-666-1995-X.

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martes, 23 de septiembre de 2008

Un castillo antiguo
es un relato que Robert Graves compuso para niños en los años treinta y que fue rescatado y publicado muchos años después, reproduciendo el manuscrito y las correcciones que había hecho el autor a mano. Ahora se ha vuelto a publicar una nueva edición en castellano.

Su protagonista es el sargento George Harington, inválido y con un hijo, guardián del castillo de Lambuck. A raíz de una discusión en un bar, un hombre intriga para que pierda su trabajo, pero la intervención del magistrado jefe de la zona lo impedirá.

Al principio se cuenta la historia del castillo, y luego, en su momento, se van dando explicaciones de cada cosa que puede no resultar clara, se van haciendo consideraciones sobre la maldad de las guerras actuales comparándolas con las guerras del pasado, se mencionan las normas antiguas de la caballería y las que rigen el comportamiento de los cazadores... También hay ironías para lectores más mayores: «El cine más cercano estaba a quince kilómetros y buena parte de los habitantes del pueblo no había ido al cine en su vida, cosa que no les había hecho ningún daño». Por supuesto, los malvados son unos tipos antipáticos bien definidos y el final es superfeliz, con descubrimiento de un magnífico tesoro incluido.

El relato atrapa: está bien contado y el lector desea saber cómo se librará el protagonista de los intrigantes que le acosan. Una vez más, un ejemplo de lo dicho al final de Apostar seguro.

Robert Graves. Un castillo antiguo (An Ancient Castle, 1980). Madrid: Alfaguara, 1986, 5ª ed.; 110 pp.; col. Juvenil Alfaguara; ilust. de Elizabeth Graves; trad. de Lucía Graves; nota sobre la edición de William David Thomas; ISBN: 8420431249. Nueva edición en Barcelona: El Aleph, 2008; 95 pp.; col. La medianoche de El Aleph; trad. de Susana Rodríguez Vida; ISBN: 978-84-7669-813-6.

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lunes, 22 de septiembre de 2008

Otra manera de organizar los álbumes es atender a sus estilos artísticos básicos. En unos artículos publicados hace tiempo en la revista CLIJ, Fernando Zaparaín y yo propusimos que, según el tipo de dibujo y la herencia pictórica que se revela en los álbumes, se podrían preparar estos grupos:

—Realistas anglosajones, como Owl Moon.

—Realistas europeos, como Las plumas del dragón.

—Cubistas, como La oruguita glotona.

—Pop-Minimalistas, como El globito rojo.

—Expresionistas, como Tú grande y yo pequeño.

—Fusión posmoderna, como Noche de tormenta.

En la web no hay ni habrá grupos construidos de acuerdo con esta división, útil para entender algunas cosas, pero que requiere muchas precisiones y matices. De paso aprovecho la ocasión para incluir en la web la ficha de Owl Moon, un álbum sensacional de John Schoenherr y Jane Yolen.

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domingo, 21 de septiembre de 2008

Como el repaso a El arte de la prudencia, de Gracián, también me resultó refrescante volver a leer este verano los Pensamientos de Pascal.

En unos casos, por reconocer frases mil veces leídas: «el hombre no es más que una caña, la más débil de la naturaleza, pero una caña pensante»; «el corazón tiene razones que la razón no conoce; uno lo advierte en mil cosas».

En otros, por ver qué aplicables parecen algunas consideraciones a nuestro momento histórico: «Corremos sin temor hacia el precipicio después de haber colocado delante de nosotros alguna cosa que nos impida verlo»; «es necesario pues, unir la justicia y la fuerza, y para ello hacer que lo que es justo sea fuerte o lo que es fuerte sea justo».

En otros, por comprender de nuevo que tantas veces «se ama más la caza que la presa» o que no «buscamos las cosas, sino la búsqueda de las cosas»; y, en particular, que «hay la suficiente luz para quienes desean ver, y suficiente oscuridad para quienes tienen una disposición contraria».

Y entre bastantes más cosas, claro, por caer en la cuenta una vez más en la importancia de intentar «pensar bien: he aquí el principio de la moral».

Blaise Pascal. Pensamientos (Pensés, 1659). Madrid: Cátedra, 1998; 392 pp.; col. Letras universales; edición y traducción de Mario Parajón; ISBN: 84-376-1608-5.

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sábado, 20 de septiembre de 2008

Habla Chateaubriand en sus Memorias de que hay «cinco o seis escritores que son suficientes para las necesidades y el alimento del pensamiento», genios nutricios que «parecen haber alumbrado y amamantado a los demás». De Homero dice que fecundó la antigüedad; de Dante que engendró la Italia moderna; de Rabelais que creó las letras francesas; e Inglaterra es enteramente Shakespeare... (Y por nuestra cuenta podemos añadir a Cervantes). Y continúa: «A menudo se reniega de estos maestros supremos; se rebela uno contra ellos; se enumeran sus defectos; se los acusa de ser aburridos, de una obra demasiado extensa, de extravagancia, de mal gusto, al tiempo que se los saquea, engalanándose con plumas ajenas; pero en vano nos debatimos bajo su yugo. Todo se tiñe de sus colores; por doquier encontramos sus huellas; inventan palabras y nombres que van a enriquecer el vocabulario general de los pueblos; sus expresiones se convierten en proverbiales, sus personajes ficticios se truecan en personajes reales, que tienen herederos y linaje. Abren horizontes de donde brotan haces de luz; siembran ideas, gérmenes de otras mil; proporcionan motivos de inspiración, temas, estilos a todas las artes: sus obras son las minas o las entrañas del espíritu humano.

Tales genios ocupan el primer rango; su inmensidad, su variedad, su fecundidad, su originalidad hacen que se los reconozca en primer lugar como leyes, ejemplos, moldes, tipos de las diversas inteligencias, así como hay cuatro o cinco razas de hombres salidas de un mismo tronco, del que los otros no son sino ramas. Guardémonos de decir pestes de los desórdenes en los que caen algunas veces estos seres poderosos; no imitemos en esto a Cam el maldito, no nos riamos si encontramos, desnudo y dormido, a la sombra del arca varada en las montañas de Armenia, al único y solitario barquero del abismo. Respetemos a este navegante diluviano que comenzó de nuevo la Creación tras el agotamiento de las cataratas del cielo; hijos piadosos, bendecidos por nuestro padre, cubrámoslo púdicamente con nuestro manto».

François-René de Chateaubriand. Memorias de ultratumba (Mémories d’outre tombe, 1848). Barcelona: El Acantilado, 2004; dos volúmenes, 2723 pp.; presentación de Marc Fumaroli, prólogo de Jean-Claude Berchet, trad. de José Monreal Salvador, ISBN 10: 84-96136-85-X y 84-96136-86-8.

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viernes, 19 de septiembre de 2008

Otro relato para la vuelta del verano de los políticos y, en general, para cualquiera deseoso de comprender en qué clase de mundo vivimos: Flores para Algernon, de Daniel Keyes. El protagonista descubre y sufre que los médicos que intentan aumentar su inteligencia con tratamientos experimentales no son más que «hombres vulgares trabajando a ciegas, pretendiendo poder hacer la luz en las tinieblas».

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jueves, 18 de septiembre de 2008

Del mismo modo que, años atrás, Chesterton había buscado reivindicar las figuras de Browning, Dickens, Stevenson o Cobbett, años más tarde se propuso mostrar tanto los méritos literarios como la personalidad de Chaucer. Y, como había dicho ya en la biografía de Browning pero aquí desarrolla más, Chesterton comenta que su aproximación al personaje se parece a la de los detectives porque, como ellos, también él busca cazar a su héroe, debe deducir sus conclusiones de unos documentos fragmentarios, debe no perderse con lo anecdótico para buscar y reconocer lo significativo.

En lo que se refiere a la obra de Chaucer, señala Chesterton que la otra cara de que Shakespeare sea el gigante literario inglés es que su presencia bloquea toda la perspectiva de la historia inglesa. Pero, continúa, «quien ha leído a Shakespeare y no a Chaucer, no sabe de Inglaterra más que sabe de Italia quien ha leído a Tasso y no a Dante, y más que sabe de Francia quien ha leído a Ronsard y no a Villon; porque mayor cinismo en la literatura francesa se deriva de Villon que de Ronsard, y mayor es la nueva visión italiana que se puede encontrar en el imperialismo de Dante que en la caballería ornamental de Tasso. Esto no obsta para que yo haya oído decir a muchos que la cultura inglesa nació con Shakespeare. En ese caso, bien pudiera ser que la cultura de quienes así hablan se interrumpiera con Shakespeare».

Y si en ese párrafo brilla el talento particular de Chesterton para enmarcar bien a su autor, lo mismo se puede decir de la cita en la que dice que Chaucer fue más sano y jovial que la mayoría de los escritores posteriores: «fue menos delirante que Shakespeare, menos áspero que Milton, menos fanático que Bunyan, menos amargado que Swift». Hace notar que su obra no sólo marca el momento en que el lenguaje inglés comenzó a formarse sino que también «hizo la novela. Fue novelista cuando no había novelas. Entiéndase por novela la narración que no es esencialmente una anécdota o una alegoría, sino que funda su valor en la casi total variedad accidental de los caracteres humanos».

En cuanto a la personalidad de Chaucer, Chesterton sitúa cuatro puntos cardinales para comprenderlo: era inglés, cuando la identidad nacional inglesa estaba en sus comienzos; era católico, cuando la unidad católica de Europa estaba cerca del fin; pertenecía al mundo de la caballería y de la heráldica, cuando entraba en su otoño; era burgués pues nació entre burgueses y vivió entre ellos, cuando ya eran más fuertes que un sistema feudal que se desvanecía. Un punto particular que Chesterton precisa bien es el del supuesto anticlericalismo de Chaucer: afirma que si satirizaba al fraile era porque deseaba protestar contra el relajamiento de la disciplina, que su idea era que «el sacerdote no solamente es malo cuando debe ser bueno, sino que, aun siendo bueno, es malo porque debe ser mejor».

Toda la obra está impregnada del amor por la Edad Media que sentía Chesterton pero siempre con realismo, y en contraposición con el Renacimiento posterior y con el momento presente: Chesterton explica bien que los siglos medievales sin duda encerraron fanatismo, ferocidad, desenfrenado ascetismo y todo lo demás..., pero que algunos afirman «que sólo encerraron fanatismo, ferocidad y todo lo demás». Aclara cómo, «al mundo medieval, con todos sus crímenes y crudezas, le interesaban las ideas como tales ideas. Pero a los modernos, especialmente a los modernistas, les interesa el hecho de que las ideas modernas sean modernas». Subraya la prudencia y el equilibrio del pensamiento de la época —«era esencia de la filosofía medieval que en todas las direcciones hay peligros, lo mismo que en todas las direcciones hay ventajas»—, y de su biografiado: un hombre sensato —que «no sólo estaba seguro de su sentido común, sino de que el sentido era realmente común»—, y muy religioso, con una devoción a la Virgen «mayor quizá que la de Dante».

G. K. Chesterton. Chaucer (1932). En Obras completas, volumen IV. Barcelona: Plaza & Janés, 1962; de la p. 509 a la 693 de 1261 pp.; trad. de M. J. Barroso-Bonzon. Nueva edición en Madrid: ELR Ediciones, 2007; 209 pp.; edición de María Gil Ortega; ISBN: 84-87607-24-1. Otra edición en Sevilla: Espuela de Plata, 2010; 218 pp.; col. Clásicos y modernos; trad. de Victoria León; ISBN 13: 978-84-96956-71-1.

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miércoles, 17 de septiembre de 2008

He sabido hace poco que hay en el mercado una edición reciente de La princesita, de Hodgson Burnett, un libro encantador —y políticamente incorrecto en algunos aspectos— que da una buena respuesta: eres una princesa si te comportas como una princesa...

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martes, 16 de septiembre de 2008

Ha sucedido muchas veces que un personaje secundario de una historia cobra vida propia y comienza su propia serie. Es el caso de Stink, hermano menor de Judy Moody, series ambas de Megan McDonald e ilustradas por Peter Reynolds.

Los tres libros de Stink que conozco, como los dos de Judy Moody que he visto, cuentan escenas de vida familiar y colegial con un prisma humorístico y el típico lenguaje hiperbólico. Aunque personalmente no me atraen mucho este tipo de series como de comedieta televisiva en formato libro infantil, esos libros concretos me han resultado divertidos en algunos momentos, aunque tal vez no les hubiera hecho caso de no contar con unas ilustraciones tan apropiadas.

En cuanto a la pregunta de si estas historias aportan algo, más allá de que diviertan y añadan vocabulario y competencia lectora, no tengo una respuesta clara. Entiendo que pueda incomodar un relato que hable de profesores y padres que aceptan con naturalidad comportamientos maleducados en la vida cotidiana (los malos olores de las zapatillas o de otras cosas no son nada divertidos, por ejemplo, aunque a lo mejor en Educación para la Ciudadanía cabe un concurso de a ver quién lleva las zapatillas más olorosas).

También, de modo más general, es cierto que relatos como estos aceptan sin discusión el modo de vivir centrado en sí mismos de muchos chicos y presentan un estilo educativo (en mi opinión) demasiado complaciente y a veces lamentable. Pero supongo que al final todo depende del entorno del receptor: según lo que los destinatarios vivan alrededor habrá quien los considere cercanos y graciosos y habrá quienes los vean como improcedentes e incluso estúpidos.

Megan McDonald. Stink, el increíble niño menguante (Stink. The Incredible Shrinking Kid, 2005), Stink y el increíble rompemandíbulas supergaláctico (Stink and the Incredible Super-Galactic Jawbreaker, 2006), y Stink y las deportivas más superespantosas del mundo (Stink and the World’s Worst Super-Stinky Sneakers, 2007). Madrid: Alfaguara, 2008; 136, 124, 136 pp.; col. Alfaguara infantil; ilust. de Peter H. Reynolds; trad. de P. Rozarena; ISBN 978-84-204-7286-7, 978-84-204-7287-4, ISBN: 978-84-204-7288-1.
Megan McDonald. Judy Moody está de mal humor, de muy mal humor (Judy Moody, 2000), Judy Moody se vuelve famosa! (Judy Moody Gets Famous!, 2001). Madrid: Alfaguara, 2004; 167 y 141 pp.; col. Judy Moody; ilust. de Peter H. Reynolds; ISBN: 84-204-0119-6, 84-204-0120-X.

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lunes, 15 de septiembre de 2008

Una fórmula estructural que resulta óptima, cuando el ilustrador cuenta con un texto que se lo permite, es la de componer una serie de ilustraciones hiladas de distintos modos pero en las que no hay un hilo narrativo que fuerce la vinculación entre ellas. Así, se da una sucesión de ilustraciones a doble página, independientes entre sí aunque tengan continuidad gráfica, en álbumes como Princesas olvidadas o desconocidas o Mi laberinto.

Otro grupo es el que forman las historias —que he denominado de humor y nonsense— donde una escena enlaza con otra de un modo más o menos disparatado. Entre las diversas posibilidades, una es la un texto encadenado al modo del clásico La casa que Jack construyó; otra es cuando el relato multiplica las situaciones singulares que vive un mismo protagonista, por ejemplo al modo del ingenioso ¿Qué pasa aquí, abuelo? de David Legge.

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domingo, 14 de septiembre de 2008

Así como lo pasé bien con los libros mencionados de Catón, Marco Aurelio y La Rochefoucauld, he disfrutado de verdad releyendo El arte de la prudencia de Baltasar Gracián.

Es improbable que los héroes incombustibles típicos de thrillers hayan sido lectores de Gracián pero los novelistas o guionistas de esa clase de historias harían bien en conocer sus sabios consejos: el de saber «dormir sobre las preocupaciones más que desvelarse por ellas»; el de tener presente que «tontos son los que lo parecen y la mitad de los que no lo parecen»; el de que «conocer el eficaz impulso de cada uno es como tener la llave de la voluntad ajena»; el de que «la reserva es la marca de la inteligencia»; el de que «hay ocasiones tales que lo más sabio es demostrar no saber», pero hay otras que «valer y saberlo mostrar es valer dos veces», y otras en que «causa mayor veneración la opinión y la duda sobre dónde llega la capacidad de cada uno que la evidencia de ella, por grande que fuera».

Bromas aparte, vale la pena reparar en que una de las causas del atractivo de los héroes es precisamente la prudencia, una virtud que enseña a pulsar en cada caso los resortes necesarios para manejar bien las distintas situaciones de la vida: razonar sin precipitación, enjuiciar con claridad, decidir y actuar con acierto. A pesar de que algunos comentarios propongan comportamientos o actitudes tácticas complacientes que pueden ser rechazables —aunque yo no quiero ser ahora de los que «de los átomos hacen vigas»—, Gracián desgrana con elegancia formal y agudeza intelectual cómo ha de ser un comportamiento regido por la prudencia, entendida en este caso como un arte práctico, útil para todo y que «debe extenderse a parcelas que otros reservan para el azar».

La edición que cito presenta los aforismos retocados para hacer más legible el texto a cualquier público.

Baltasar Gracián. El arte de la prudencia - Oráculo manual (1647). Madrid: Temas de Hoy, 1994, 3ª ed.; 184 pp.; col. Clásicos; ed. de José Ignacio Diez Fernández; ISBN: 84-7880-346-7.

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sábado, 13 de septiembre de 2008

Durante los últimos meses he leído Memorias de ultratumba, la enorme obra póstuma de François-René de Chateaubriand. Esperaba que fuera un libro casi tan satisfactorio como la Vida de Samuel Johnson, y por momentos lo ha sido —algunos capítulos literarios, muchos donde trata sobre la Revolución Francesa, bastantes de los que comenta la figura de Napoleón, los que son como retratos de sus contemporáneos y en especial el de Talleyrand, los que resumen al final su visión de las cosas...—, pero me han resultado excesivas la cantidad de cartas que se reproducen y la multitud de menudencias de la vida política de la época que se cuentan sobre todo en la tercera parte. Tampoco la lectura ha sigo fluida: dejando de lado que algunos tramos los he pasado demasiado rápido, he advertido algunas erratas y deficiencias de traducción que siempre deslucen un libro así.

En cualquier caso, es cierto que unas memorias muestran «el revés de los acontecimientos que la Historia no muestra; la Historia no expone más que el derecho»; unas memorias, dice Chateaubriand, «pintan mejor la Humanidad completa al exponer, como las tragedias de Shakespeare, las escenas altas y bajas». En otro orden, es ilustrativo asistir a un desfile tan bien presentado de gobernantes bufones, políticos ignorantes, aristócratas vanos y otros personajes, a los que su autor retrata, no sé si siempre con justicia pero sí de modo inteligente: por ejemplo, de La Fayette dice que «avanzaba sin caerse en los precipicios, no porque los viese, sino porque no los veía; en él la ceguera hacía las veces del genio: todo cuanto es inamovible es fatal y lo que es fatal es poderoso».

Luego, uno encuentra de todo. Hay momentos de nostalgia: «Cuando uno repasa o escucha hablar de su vida pasada, cree ver en un mar desierto la estela de un barco que ha desaparecido; cree oír los tañidos fúnebres de una campana cuya vieja torre no se acierta a ver». Los hay de balance: «Nada, pues, más vano que la gloria más allá de la tumba, a menos que haya dado vida a la amistad, que haya sido útil para la virtud, compasiva para la desgracia y que nos sea dado disfrutar en el cielo de una idea consoladora, generosa, liberadora, dejada por nosotros en la tierra». Hay reacciones de desengaño: «Toda mentira repetida se convierte en una verdad: imposible no sentir un desprecio absoluto por las opiniones humanas». Hay buen humor: «¡Ojalá hubiera sido yo el contemporáneo de ciertas criaturas privilegiadas por las que me siendo atraído en los diversos siglos! Pero habría tenido que resucitar demasiado a menudo». Hay contradicciones entre lo que se afirma y el mismo trabajo que se ha tomado el autor para escribir sus libros: «Mi defecto capital es el hastío, el desagrado de todo, la duda perpetua. (...) Después de todo, ¿hay algo hoy en día por lo que valga la pena levantarse de la cama? Se duerme uno con el ruido de los reinos que caen por la noche, y que se barren cada mañana delante de la puerta».

François-René de Chateaubriand. Memorias de ultratumba (Mémories d’outre tombe, 1848). Barcelona: El Acantilado, 2004; dos volúmenes, 2723 pp.; presentación de Marc Fumaroli, prólogo de Jean-Claude Berchet, trad. de José Monreal Salvador, ISBN 10: 84-96136-85-X y 84-96136-86-8.

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viernes, 12 de septiembre de 2008

En Guillermo Tell, de Schiller, se plantea la legitimidad del tiranicidio (y, de paso, qué consecuencias puede tener el que un gobernante obligue a un padre a que haga experimentos peligrosos con sus propios hijos, y no con los del gobernante, claro). Supongo que se puede considerar apropiada para discutir en clase de, por ejemplo, Educación para la Ciudadanía.

La obra se ambienta en el siglo XIV y su protagonista es un héroe legendario de la independencia suiza de cuya existencia no existe ninguna prueba documental contemporánea. Su momento central es muy conocido: Guillermo Tell es obligado por el gobernador, Hermann Gessler, a disparar su ballesta contra una manzana colocada en la cabeza de su hijo. Tell es luego detenido por Gessler pero consigue huir y, finalmente, tiende una emboscada a Gessler. Al mismo tiempo se produce una sublevación de los cantones de Uri, Schwyz y Unterwalden contra los Habsburgo.

Al final, Schiller pone a Tell frente a otro personaje que acaba de asesinar a un tirano y que compara sus respectivos homicidios. Entonces Tell se indigna: «¿Puedes confundir el crimen sangriento de la ambición con la justa y legítima defensa de un padre? (...). Tú has cometido un asesinato. Yo he defendido lo que más quiero».

Friedrich von Schiller. Guillermo Tell (Wilhelm Tell, 1804). Barcelona: Planeta, 1982; 160 pp.; col. Clásicos Universales Planeta; introd. de Alfonsina Janés Nadal; traducción y notas de Justo Molina; ISBN: 8432038709.

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jueves, 11 de septiembre de 2008

Después del ensayo biográfico sobre Dickens, el más conocido de Chesterton es el que preparó sobre Robert Louis Stevenson, también con el ánimo de reivindicarlo ante los críticos que no lo consideraban un gran escritor.

De las citas y consideraciones de ese libro que ya he puesto en el comentario a las obras de Stevenson, unas se refieren a sus cualidades literarias: a su maestría como narrador, a su esfuerzo y su capacidad para encontrar la palabra precisa, a sus descripciones vivas y enérgicas a base de frases cortas, a su excepcional don para dibujar siempre a sus personajes, etc. Además, Chesterton indica cómo Stevenson presenta siempre a sus personajes no de modo estático sino dinámico: cuenta cómo un hombre hizo o dijo algo y no cómo era ese hombre. Y añade que también de sus cualidades deriva su defecto como escritor: que tal vez simplificaba demasiado y, en su afán por «encerrar en una línea lo que otros ponían en una página», no podía mostrar bien la complejidad de la vida real; o, dicho de otro modo, que «es tan ahorrativo que sus personajes son casi delgados».

Otras observaciones que aparecen en el mismo comentario están relacionadas con su talante optimista forjado a partir de la felicidad de su infancia y como reacción contra el puritanismo y el pesimismo de su tiempo. Tal vez pensando también en sí mismo, Chesterton explica el modo de ser de Stevenson a partir del hecho psicológico, comprobado por muchos testimonios, «de que el niño experimenta goces que resplandecen como joyas en el recuerdo».

Se puede subrayar, además, cómo Chesterton multiplica las observaciones útiles para quien esté interesado en apreciar correctamente una obra literaria: «La literatura no es más que lenguaje; es sólo un sorprendente milagro en virtud del cual un hombre dice realmente lo que quiere decir». Aparte, claro, de las luminosas referencias al paso a escritores como Edgar Allan Poe o Henry James.

Decía Chesterton que la lección de la vida de Stevenson «sólo se verá cuando el tiempo haya revelado el pleno sentido de nuestras tendencias actuales; creo que será vista de lejos como un vasto plano o laberinto trazado sobre la ladera de una montaña; trazado, tal vez, por uno que ni siquiera veía el plano mientras trazaba los caminos». Y, efectivamente, esa moraleja que sigue vigente, que «se relaciona con el futuro de la cultura europea y con la esperanza que ha de guiar a nuestros hijos», es la necesidad de volver a la infancia para rehacer los caminos mal andados y reaprender a gozar con una visión romántica y aventurera de la vida: el talento poético de Stevenson está en habernos hecho comprender qué grandes eran aquellas emociones que sentimos cuando éramos niños y qué necesarias siguen siendo cuando hemos crecido.

G. K. Chesterton. Robert Louis Stevenson (1927). En Obras completas, tomo IV. Barcelona: Plaza & Janés, 1962; col. Los clásicos del siglo XX; trad. de P. Romera. Nueva edición en Valencia: Pre-Textos, y Madrid: Fundación Once, 2001; 148 pp.; col. Letras diferentes; trad. de Aquilino Duque; ISBN: 84-8191-397-9.

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miércoles, 10 de septiembre de 2008

Otras historias antiguas de detectives en cómic, bien dibujadas y contadas, son las de Gil Pupila, de Maurice Tillieux, otro historietista belga.

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martes, 9 de septiembre de 2008

Nueva edición de otro libro de La Familia Mumin, o Los Mumin, de Tove Jannson: Una loca noche de San Juan.

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lunes, 8 de septiembre de 2008

Se pueden también agrupar los álbumes observando sus estructuras de acuerdo con cómo se manifiestan y resuelven algunos rasgos específicos de los álbumes.

Así, hay distintas maneras de plantear el paso de página o, más en general, el encadenamiento de unas ilustraciones con otras. Esto, a su vez, depende del tipo de historia que se cuente: unas siguen esquemas fijos, otras narran una serie de sucesos consecutivos, otras acumulan episodios parecidos, etc. Unas fáciles de identificar son las señaladas en Probada eficacia.

Hay también diferentes formas de organizar el álbum apoyándose en la oposición gráfica y/o argumental entre la página derecha y la izquierda: un ejemplo de actitudes y personajes contrapuestos está en Ay no; otro tipo de contraposición, entre aspiraciones y realidades, es la del excelente Un sueño redondo, de Gonzalo Izquierdo y Juan Carlos Chandro.

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domingo, 7 de septiembre de 2008

Me ha gustado leer las Máximas de La Rochefoucauld, no sé si a pesar de o debido a su cinismo. Tal vez también por ver que, a fin de cuentas, el ingenio de salón y las sonrisillas de superioridad al final acaban en nada, pura espuma. He situado, eso sí, el origen de frases como «la hipocresía es un homenaje que el vicio tributa a la virtud», o la de que «es una gran inteligencia saber ocultar la inteligencia», y he reparado, como dice Carlos Pujol, en cuál es la condición «sine qua non» de la elegancia irónica: que el primer blanco ha de ser uno mismo.

También he visto la enorme diferencia del francés con Gracián, que Carlos Pujol explica del siguiente modo: «La Rochefoucauld es más imprevisible, más acicalado y elegante. Gracián es más original, más fuerte y más profundo. Es la archisabida distinción entre el gusto y el genio». Y, en el remate, las instrucciones de ambos se oponen de modo radical: «no hay virtud, ha repetido incansablemente el duque, “la virtud es cosa de veras, lo demás de burlas”, nos dice Gracián en el último aforismo, el que lleva el número trescientos. Las Máximas concluyen con una reflexión sobre la muerte, como punto final, y Gracián termina cifrando en la santidad todas las perfecciones dichas: “En una palabra, santo, que es decirlo todo de una vez”».

François de la Rochefoucauld. Máximas (1678, 1693). Barcelona: Edhasa, 1994; 166 pp.; introd., trad. y notas de Carlos Pujol; epílogo de Giovanni Maccia; ISBN: 84-350-9132-5.
Baltasar Gracián. El arte de la prudencia - Oráculo manual (1647). Madrid: Temas de Hoy, 1994, 3ª ed.; 184 pp.; col. Clásicos; ed. de José Ignacio Diez Fernández; ISBN: 84-7880-346-7.

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sábado, 6 de septiembre de 2008

En Postguerra, Tony Judt menciona el Festival de Eurovisión como algo significativo de los años setenta —por cierto que dice que se emitió por primera vez en 1970 aunque lo cierto es que comenzó en 1956—, y hace un comentario que me resulta gracioso y me parece certero: «La idea y la producción del Festival de Eurovisión, en el que cantantes melódicos y desconocidos de segunda fila de todo el continente interpretaban canciones mediocres e insulsas antes de regresar en la mayoría de los casos a la oscuridad de la que habían salido, era tan tremendamente banal que era inmune a la parodia. Quince años antes ya habría estado desfasado. Pero, precisamente por eso, anunciaba algo nuevo. El entusiasmo con el que el Festival de Eurovisión fomentaba y encomiaba un formato lamentablemente pasado de moda y a una caterva de intérpretes ineptos reflejaba la aparición de una cultura de la nostalgia, tan melancólica como desencantada. Si el punk, la postmodernidad y la parodia constituían una respuesta a la confusión de una década de desencanto, lo “retro” era otra». Y, visto lo visto, después de la nostalgia viene la descomposición.

Tony Judt. Postguerra: una historia de Europa desde 1945 (Postwar. A History of Europe since 1945, 2005). Madrid: Taurus, 2006; 920 pp.; trad. de Jesús Cuéllar, Victoria Gordo del Rey; ISBN: 84-306-0610-6.

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viernes, 5 de septiembre de 2008

Si los políticos que tenemos cursasen Educación para la Ciudadanía se les podría poner como tarea todos los años que, a la vuelta del verano, leyesen Antígona, de Sófocles.  Como es sabido, en ella se plantea el conflicto que se produce cuando las normas del Estado intentan pasar por encima de otros deberes anteriores, en ese caso de piedad familiar. Su argumento se centra en la desobediencia de Antígona contra su tío y suegro Creonte, rey de Tebas, cuando da sepultura a su hermano Polinices, que se había rebelado contra Tebas y que había fallecido en un enfrentamiento con su otro hermano Eteocles. Y su núcleo está en un diálogo en el cual, cuando Creonte se sorprende de que Antígona se hubiese atrevido a transgredir el edicto que prohibía enterrar al muerto, Antígona le replica que tal ley no fue dictada ni por Zeus ni por la Justicia y que hay leyes superiores: «Esas leyes divinas no están vigentes, ni por lo más remoto, solo desde hoy ni desde ayer, sino permanentemente y en toda ocasión, y no hay quien sepa en qué fecha aparecieron». Y le dice también: «Por lo que a ti respecta, si mantienes la idea de que ahora me estoy comportando estúpidamente, casi puede afirmarse que es un estúpido aquel ante quien he incurrido en estupidez».

Sófocles. Antígona (442 a.C.). En Obras completas de Esquilo, Sófocles y Eurípides. Madrid: Cátedra, 2004; página 521 a 565 de 1563 pp.; col. Bibliotheca Aurea; ISBN: 84-376-2169-0.

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jueves, 4 de septiembre de 2008

William Cobbett
(1763-1835) fue un singular escritor de crítica política y social, que también fue parlamentario, al que Chesterton manifiesta una gran simpatía por distintas razones.

Una, que fue «un hombre nacido a destiempo» del que podríamos decir, «como de más de un gran hombre, que algunos de los hechos más importantes de su vida sucedieron después de su muerte». Su principal mérito «reside en que fue él, y solamente él, quien vio que en los especuladores y no en repúblicas o monarquías, en jacobinos o en antijacobinos, residía el peligro y la opresión de los tiempos por venir». Cobbett vio cómo el mundo evolucionaba desde los oficios individuales y la industria local hacia una revolución industrial que si creó riqueza también creó una nueva clase de hombres pobres, de personas que nunca podrán tener bastante para tener su propia casa o su propio comercio. Mucho antes que hiciera el mismo Chesterton con su doctrina social distributista, Cobbett sostenía el principio del comercio medieval basado en la camaradería y la justicia, y no el principio del comercio moderno basado en la competitividad y la codicia.

Otra, que fue un antecesor de Dickens en la simpatía que mostró por los más necesitados de la sociedad y en la claridad con que los defendió siempre. A diferencia de muchos reformadores sociales y filántropos modernos, que se preocupan por el bienestar de los trabajadores igual que lo hacen por sus caballos o sus ovejas, a Cobbett le preocupaba la dignidad de la clase obrera, su buen nombre y su honor. Por eso arremetió contra un régimen capitalista que «no castiga los vicios de los pobres sino las virtudes de los pobres», que «convierte en imposibles incluso los méritos que vanamente preconiza», que impide que los pobres ahorren y no impide que gasten, que pone obstáculos al matrimonio respetable y facilita la inmoralidad. «Puede ser que el socialismo amenace destruir la vida familiar, pero el capitalismo ya la está destruyendo. Esto es, sin duda, lo que se quiere dar a entender cuando se dice que el capitalismo es, de los dos sistemas, el más práctico», concluye Chesterton.

Otra más, por su denuncia del triunfo de una revolución aristocrática, una victoria de los ricos sobre los pobres, que convirtió a Inglaterra en un país de pocos terratenientes en vez de un país de muchos propietarios de sus propias tierras, algo que también llevó consigo el despojo de la Iglesia católica. Chesterton señala que hay una clase de hipnotismo provocado porque «lo que la gente lee posee una clase de poder mágico sobre lo que ve. Ello arroja un hechizo sobre sus ojos, en tal forma que ven lo que esperan ver. No ven las cosas más sólidas y estridentes que contradicen lo que esperan ver. Creen demasiado en sus maestros para creer en sus ojos. Prestan más crédito al mapa que a la montaña». A Cobbett «se le había concedido una extraña y altamente heroica clase de fe: podía creer lo que veían sus ojos» y por eso fue capaz de descorrer «el velo que nuestra versión de la historia interpone entre nosotros y los hechos reales que tenemos ante los ojos». «Era como un hombre que había descubierto un crimen, antiguo como muchos crímenes, escondido como todos los crímenes»: el de que Inglaterra había sido asesinada. Sus denuncias sorprendían a los lectores, pues «parecía llamar negro a lo que era blanco, cuando declaraba que lo que era blanco había sido ennegrecido, o que lo que parecía blanco era solamente blanqueado».

Y otra, porque fue un hombre muy enérgico, a veces demasiado, que «blandía las palabras corrientes como un hacha». Chesterton reconoce que los odios que manifiesta Cobbett son a veces desproporcionados en relación con su objetivo pero, al mismo tiempo, se ve que le gustan sus descripciones con aire grotesco como de mundo al revés. En su favor hace notar que si bien era un furioso polemista, también era un maestro dulce y paciente, algo que se nota en que «siempre fanfarroneaba ante un igual, pero nunca fanfarroneó ante un alumno». Sus defectos y su falta de objetividad evidentes los enjuicia Chesterton diciendo que «si el hombre ordinario o el hombre convencional no deben ser condenados por el hecho de que no lleguen a ser héroes, aún menos debe condenarse a aquel otro hombre que ha conseguido llegar a ser medio héroe o las nueve décimas partes de un héroe».

Un ejemplo bromista y sintomático de su falta de pelos en la lengua es que Cobbett decía de Thomas Cranmer (1489-1556, arzobispo de Canterbury durante la época de Enrique VIII y Eduardo VI), que el solo pensamiento de que semejante ser hubiese pisado la tierra era bastante para dudar de la existencia de Dios, pero que la fe y la paz volvían a nuestro espíritu cuando recordábamos que había sido quemado vivo... Esto lo apostilla Chesterton indicando que, sin duda, hay «cierta exageración» en esta observación y en ella no hay, en verdad, ni «precisión de proporciones» ni ningún «piadoso endulzamiento de la verdad con caridad». En cualquier caso, Chesterton subraya que la cualidad más sólida de Cobbett como estilista está justo en el uso del lenguaje «llamado generalmente insultante», hasta el punto de que cuando él lo usa el mal lenguaje resulta siempre bueno: supo sacar partido a las cualidades propias del idioma inglés, que tanto «sobresale en ciertas consonantes angulares y abruptas terminaciones que lo hacen extraordinariamente apto para la expresión del espíritu combativo y del desdén feroz». Chesterton afirma que tal lenguaje no debería ser olvidado precisamente hoy, cuando «la vida pública ofrece un vasto campo para el uso de palabras injuriosas con toda justicia».

G. K. Chesterton. William Cobbett (1925). En Obras completas, volumen IV. Barcelona: Plaza & Janés, 1962; de la p. 693 a la 837 de 1261 pp.; trad. de Luis Nonell.

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miércoles, 3 de septiembre de 2008

Uno de los colaboradores de Hergé, Edgar P. Jacobs, fue autor de Blake y Mortimer, una serie policiaca en cómic. Por encima del paso de los años y de sus defectos narrativos, en ella se puede admirar la minuciosidad y la maestría del autor en el uso de los resortes compositivos y gráficos propios del cómic.

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martes, 2 de septiembre de 2008

Por la intensidad emocional que tienen, por el talento para el dibujo y la maestría en la composición de la historia que revelan, Un día, un perro y La pequeña marioneta, de Gabrielle Vincent, son álbumes que dejan huella... sobre todo en el lector adulto.

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lunes, 1 de septiembre de 2008

Con motivo de las Olimpiadas, en conversaciones con amigos, ha vuelto a salir el tema: cuando alguien va y dice que los negros corren más que los blancos, y se basa para esa conclusión en que ha visto ya muchas carreras en las que ganan —olimpiadas, campeonatos de todo tipo—, siempre le replico que, usando la misma lógica, debería concluir que a los negros se les dan mal la vela y la hípica, entre otros deportes.

O, por poner otro ejemplo, es como el que dice que los pobres tienen mal gusto y eligen siempre los peores lugares para vivir: no hay más que fijarse un poco y seguro que las encuestas y las estadísticas lo confirman...

En fin, acostumbrados como estamos a la narrativa con imágenes una idea debería estar clara: lo decisivo de cualquier narración está en el encuadre y lo importante del encuadre no es tanto lo que nos muestra como lo que no nos enseña. A la derecha, una viñeta de El asunto Tornasol, donde con un fuerte zoom hacia atrás Hergé convierte a los lectores en espías del espía que vigila a otro espía que, a su vez, está observando a los héroes.

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lunes, 1 de septiembre de 2008

Otra forma de ordenar álbumes según contenidos es mirar a los andamiajes básicos que soportan la historia.

Por un lado, como muchos álbumes están centrados en un protagonista bien definido, podrían prepararse grupos de acuerdo con eso: niños o niñas, adultos o niños, animales o humanos, individuales o colectivos, etc. De momento no he abierto secciones temáticas de esa clase.

Por otro, según el tipo de argumento, se podrían separar aquellos álbumes que cuentan una historia original o que, al menos en principio, no parece depender mucho de un relato previo, de aquellos que se basan en otro ya conocido. Tampoco hay una sección temática de los primeros pues son difíciles de conocer: resulta problemático afirmar con seguridad cuáles son realmente singulares como, por ejemplo, me lo parecen Jumanji y otros álbumes de Chris Van Allsburg. Los segundos son más fáciles y sí hay secciones de álbumes que desean expresamente introducir al mundo propio de referencias culturales: álbumes basados en fábulas o cuentos clásicos, más o menos fieles al texto primero; álbumes basados en historias culturales fundacionales, como los centrados en la Navidad; álbumes basados en poesías o en nanas o en canciones populares, como Vamos a cazar un oso, de Helen Oxenbury y Michael Rosen.

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