Este sitio emplea cookies de Google para prestar sus servicios, para personalizar anuncios y para analizar el tráfico. Google recibe información sobre su uso de este sitio web. Si utiliza este sitio web, se sobreentiende que acepta el uso de cookies. Entendido | Más información
Notas de septiembre de 2009 :: bienvenidosalafiesta ::    
bienvenidos a la fiesta
Archivo por temas:
Kast-Trier-Till.jpg
Till. Ilust. de Walter Trier.
miércoles, 30 de septiembre de 2009

Si los mencionados ayer pertenecen a una clase de héroes fantasiosos, de otra forman parte los tipos bromistas y fanfarrones que luego llenarán folletines, cómic, películas y novelas. Su origen debemos buscarlo en obras de la literatura picaresca que circularon al final de la Edad Media como Till Eulenspiegel, de Hermann Bote, y en relatos que pertenecen a la tradición de tall tales o cuentos de embustes como El Barón de Munchausen, de Rudolf Raspe.

Enviar Imprimir
martes, 29 de septiembre de 2009

El Robinson suizo
,
de Johann David y Johann Rudolf Wyss, es un libro históricamente importante que, ahora mismo, se puede leer para comprobar que pocos héroes de la literatura popular han sabido sacar tanto partido a lo imprevisible como esta familia suiza.

Enviar Imprimir
SwatkowskaYoonJade.jpg
lunes, 28 de septiembre de 2009

Yoon y la pulsera de jade,
de Gabi Swiatkowska y Helen Recorvits, es un nuevo episodio colegial de la niña coreana presentada en Me llamo Yoon. Esta vez su madre le regala, el día de su cumpleaños, un cuento sobre una niña y un tigre que la engañaba, y una pulsera de jade que había sido de su abuela y de su madre, pero el deseo más fuerte de Yoon es aprender a saltar a la comba. Cuando una niña mayor le propone cambiar la pulsera por enseñarle a jugar, Yoon accede... Relato gráficamente no tan conseguido como el primero pero la historia está bien: es realista, recoge con acierto los comportamientos de los niños y los sentimientos de la protagonista, los lector quedan con la satisfacción de que al fin la justicia triunfa y, tal vez, algunos se verán en la historia como en un espejo.

Gabi Swiatkowska. Yoon y la pulsera de jade (Yoon and the Jade Bracelet, 2008). Texto de Helen Recorvits. Barcelona: Juventud, 2009; 32 pp.; trad. de Christiane Reyes; ISBN: 978-84-261-3741-8.

Enviar Imprimir
domingo, 27 de septiembre de 2009

Dreyer:
«En una obra de teatro hay siempre un montón de pequeños detalles que no son esenciales. Y todo lo que no es absolutamente esencial bloquea el camino. Las cosas que bloquean hay que eliminarlas. Hay que despejar el camino hacia lo esencial, que está al final de la senda. Partir de un diálogo teatral deja siempre una rémora de demasiadas posibilidades accesorias. (...) Hay que podar, de modo que cada una de las palabras que se conservan tenga su importancia. Mediante esa purificación, quiero conseguir que el espectador que está allá, que sigue las imágenes, las palabras y la intriga, tenga el camino libre para llegar al final del camino».

Mamet: «La mejor manera de contar una historia en el cine es con imágenes y sin palabras. (...) La mejor manera de contar una historia en el escenario es con palabras y sin elementos plásticos. (...) Cada medio tiene que avanzar por... la trama. La trama no es más que la búsqueda épica del héroe, o de la heroína, que alcanza su objetivo —su objetivo concreto—, ese objetivo concreto de la obra... En una obra de teatro la mejor manera, la única manera de hacer avanzar realmente la trama es a través del diálogo. (...) La mejor manera de hacer avanzar la trama en el cine es a través de imágenes». Se podría decir, afirma en otro lugar, que «la película realmente excelente no debería tener diálogos. En cambio, en una obra de teatro todo ocurre en los diálogos; toda la acción que sucede entre dos personas tiene que estar allí».

Carl Theodor Dreyer. Reflexiones sobre mi oficio. Escritos y entrevistas (Refletions sur mon metier, 1997). Barcelona: Paidós, 1999; 157 pp.; trad. de Núria Pujol i Valls; ISBN: 84-493-0786-4.
Conversaciones con David Mamet (David Mamet in conversation, 2001). Barcelona: Alba, 2005; 320 pp.; col. A trayectos; edición de Leslie Kane; trad. de Isabel Ferrer Marrades; ISBN 13: 978-84-8428-271-6.

Enviar Imprimir
sábado, 26 de septiembre de 2009

The Thing
es un libro de Chesterton que contiene treinta y cinco artículos escritos para publicaciones católicas. En ediciones posteriores fue titulado, a veces, Por qué soy católico, igual que uno de sus capítulos. El autor desea combatir los prejuicios de sus compatriotas sobre la Iglesia Católica o sobre el Papado: en unos responde a textos o afirmaciones de conocidos obispos anglicanos de su época, en otros tercia en polémicas que mantenían sus amigos Belloc y Wells, algunos son más puramente afirmativos. El espíritu periodístico de Chesterton aquí se nota en su prontitud para saltar a la pelea dialéctica pero, en estos casos, su tono suele ser más argumentativo y menos anecdótico que otras veces.

Chesterton comienza por señalar que lo que le gusta es escribir y leer novelas policiales pero que, cuando ve que a los católicos se les insulta o menosprecia, se siente insultado también y, por tanto, obligado a replicar. En «Who Are the Conspirators?» bromea sobre las extraordinarias ideas de no pocos ingleses sobre los católicos. En «The Sceptic as Critic» señala que se guía por «el excelente principio patriótico de “Mira a Inglaterra primero” en la paráfrasis igualmente patriótica de “Critica a Inglaterra primero”». En «Protestantism: A Problem Novel» señala que muchos argumentos protestantes se basan en «falsificaciones de los hechos, especialmente en forma de supresiones de los hechos» y que «cada proceso mental, incluso el de equivocarse, es más claro en una atmósfera católica». En «Inge Versus Barnes» compara los modos de pensar de dos obispos anglicanos y, aunque a uno lo alinea con un senador romano con el espíritu de Diocleciano y al otro con un pirata danés, apunta que ambos están unidos en el rechazo a lo católico.

Una idea insistente la desarrolla en «The Feasts and the Ascetic», cuando habla de que «la gran tentación del católico en el mundo moderno es la tentación del orgullo intelectual» pues es obvio que muchos de sus críticos no saben de qué hablan, tentación que ha de ser resistida pues es un deber explicar que lo que parece contradictorio en realidad es complementario y porque no hay justificación para ningún acento de superioridad. Otra idea repetida figura en «The Idols of Scotland», cuando apunta que «el nacimiento y la muerte de cualquier herejía ha sido siempre esencialmente lo mismo»: tomar una idea del conjunto del pensamiento católico, aislarla y exagerarla, convertirla en una imagen y luego en un ídolo, para descubrir con el paso del tiempo que la Iglesia tenía razón: los calvinistas con la soberanía de Dios, los luteranos con la gracia de Dios, el pecado del hombre para los metodistas, la Biblia para los baptistas, la simplicidad para los cuáqueros...; y lo mismo se podría decir de la unicidad y la grandeza de Dios para los musulmanes, la igualdad de los hombres para los comunistas, la igualdad entre hombres y mujeres para las feministas...

En fin, señala Chesterton en «Is Humanism a Religion?», el mundo moderno «está viviendo de su capital católico», de «verdades que pertenecen al viejo tesoro de la Cristiandad, incluyendo, naturalmente, muchas verdades conocidas desde la antigüedad pagana pero cristalizadas en la Cristiandad», pero parece ignorar que sólo hay un modo probado de mantener todas esas verdades sólidamente unidas, «como las piedras que se colocan en una bóveda».

G. K. Chesterton. The Thing, 1929. La edición castellana, titulada Por qué soy católico y contenida en un libro con ese mismo título global, está en Madrid: El Buey Mudo, 2009; 720 pp.; de la p. 161 a la 441; trad. de Mariano Vázquez Alonso y Ana Nuño López; ISBN 13: 978-84-937417-0-9.

Enviar Imprimir
FigesSusurran.jpg
viernes, 25 de septiembre de 2009

Otra
de mis lecturas históricas del verano fue Los que susurran, una monumental e instructiva obra de Orlando Figes acerca de la Rusia estalinista. Debo decir, primero, que mentiría si dijera que lo he leído completo: es un libro muy largo y, aunque está bien escrito y todo es interesante, sólo he leído bien algunos tramos. El autor intenta practicar lo que llama «un corte transversal de la sociedad soviética» y, para eso, investiga cómo el terror fue rompiendo «todos los lazos del amor, la amistad y la confianza» en una serie de familias. Presenta un entretejido de historias reales usando un enfoque multigeneracional para mostrar las consecuencias de la represión estalinista pues, señala, ningún otro régimen ha tenido una duración tan larga y un impacto tan prolongado sobre millones de personas. Más información, en Las paredes oyen y en Viaje al imperio de los susurros.

Orlando Figes. Los que susurran. La represión en la Rusia de Stalin. (The Whisperers, 2007). Barcelona: Edhasa, 2009; 958 pp.; trad. de Mirta Rosenberg; ISBN: 978-84-350-2695-6.

Enviar Imprimir
HallWarlock.jpg
jueves, 24 de septiembre de 2009

A mí también me ha gustado Warlock, una novela del Oeste de Oakley Hall. Su argumento es difícil de resumir pues, aunque todo esté centrado en lo que pasa en una ciudad durante más o menos un año, es una historia con muchos actores cuyas personalidades van revelándose progresivamente y en la que tienen cabida también las distintas interpretaciones que la gente da sobre los hechos.

Debido a las trifulcas que, sobre todo, causa la cuadrilla del rancho San Pablo con su jefe Abe McQuown a la cabeza, el Comité de Ciudadanos de Warlock nombra comisario a un reconocido pistolero llamado Clay Blaisedell. Con él viene su amigo Morgan, que monta un local de juego. A partir de ese momento, la novela se ramificará: se producirán enfrentamientos entre Blaisedell y Morgan con McQuown y sus hombres, llegará una mujer con la intención de vengarse de Blaisedell, irá en aumento el descontento de los mineros con el apoyo del doctor Wagner y de la señorita Jessie, irán cogiendo cada vez más protagonismo los ayudantes del sheriff Carl Schroeder y, sobre todo, John Gannon, antiguo cuatrero a las órdenes de McQuown y hermano mayor de otro de sus pistoleros.

Algunos capítulos se presentan como el diario de un ciudadano de Warlock y tienen claros acentos shakespearianos: «El mundo es un lugar horrible, absurdo, brutal, cruel e implacablemente indinado a la destrucción del alma de los hombres», dirá; o, en otro momento: «¿Acaso no es la historia del mundo sino una narración de violencia y muerte tallada en piedra?». Pero la mayoría de la narración está en tercera persona, con diálogos sobrios, comentarios de unos personajes sobre otros, y un foco especial sobre Gannon, un tipo arrepentido de acciones del pasado y, también por eso, dispuesto a no engañarse más a sí mismo y a cumplir siempre con su deber: «un ayudante del sheriff que se precie no puede esconderse cuando hay problemas».

Oakley Hall. Warlock (1958). Barcelona: Círculo de Lectores: Galaxia Gutenberg, 2009; 687 pp.; col. Serie Narrativa; trad. de Benito Gómez Ibáñez; introd. de Robert Stone; ISBN: 978-84-672-3494-7 (Círculo de Lectores) , 978-84-8109-802-2 (Galaxia Gutenberg).

Enviar Imprimir
HughesTomBrown.jpg
miércoles, 23 de septiembre de 2009

Tomás Brown en la escuela
,
de Thomas Hughes, es el primer glan clásico de las novelas colegiales. No conozco ninguna edición actual en castellano y la que yo leí era una edición de... 1923. Viene bien conocer algunos métodos pedagógicos del pasado, pero no sólo los que rechazamos —el protagonista dice que «una buena paliza en presencia de toda la clase» significó, para él, el punto de inflexión de su vida—, sino los que podríamos aprovechar.

Enviar Imprimir
RodenasSueños.jpg
martes, 22 de septiembre de 2009

Una ilustradora experta en captar emociones: Carme Solé. Un ejemplo reciente: Sueños, seis breves poemas de Antonia Ródenas que comparten un primer verso que dice «Cuando cierre los ojos». Es un álbum pequeño, afectivo, para compartir, que tal vez guste más a las madres que a los niños.

Carme Solé. Sueños (2009). Texto de Antonia Rodenas. Madrid: Anaya, 2009; 40 pp.; col. Sopa de libros; ISBN: 978-84-667-8429-0.

Enviar Imprimir
SatrapiMiedo.jpg
lunes, 21 de septiembre de 2009

La ilustradora persa Marjane Satrapi, conocida sobre todo por su cómic autobiográfico Persépolis, es autora también de dos buenos álbumes infantiles: Ajdar y Los monstruos tienen miedo de la luna.

En el primero, Matilde, vive en un país muy bonito hasta que, un día, todos los animales se inquietan y entonces ocurre un terremoto a partir del cual todo cambia y aparecen seres que nunca se habían visto antes. Matilde visita entonces al rey y este le dice que todo depende del dragón Ajdar, por lo que Matilde deberá descender al centro de la tierra para convencerlo de que arregle el desaguisado.

En el segundo la protagonista se llama María y tiene miedo de tres monstruos aterradores. Como se da cuenta de que los monstruos tienen miedo de la luna, la corta del cielo con una tijera, la mete en su habitación, y así los monstruos ya no la asustan. Pero al no haber luna se crea el caos y el rey de los gatos decide darle una solución a María para sus miedos.

Las ilustraciones son planas y coloristas. Las figuras están dibujadas con contornos gruesos y son simpáticas. Las secuencias de imágenes están bien. Ambos álbumes tratan sobre situaciones que producen temor y sobre los recursos para enfrentarse a ellas. El argumento de Ajdar es humorístico y serio a la vez, y, al menos en nuestro entorno, resulta original; y la conclusión de que debemos atender «a los agujeros que hacemos en el suelo» puede aludir al mundo propio de la ilustradora pero tiene validez general. El argumento de Los monstruos tienen miedo de la luna lo he visto más veces —que yo recuerde ahora, en Coco y la luna, de Emilio Urberuaga—, pero en cualquier caso es un álbum eficaz sobre miedos infantiles a la oscuridad y, si se quiere, una justificación para tener un gato en casa.

Marjane Satrapi. Ajdar (2002). Barcelona: Norma, 2006; 30 pp.; trad. de Antoni Guiral; ISBN: 84-9814-823-5.
Marjane Satrapi. Los monstruos tienen miedo de la luna (Les monstres n’aiment pas la lune, 2001). Barcelona: Norma, 2009; 30 pp.; trad. de Manu Vidal; ISBN: 978-84-9847-848-8.

Enviar Imprimir
domingo, 20 de septiembre de 2009

Pienso que tiene razón Allan Bloom (a quien cito casi literalmente hasta el final) cuando sostiene que hoy, desacreditado el machismo, abundan los moralistas que se han propuesto la tarea positiva de que los hombres sean cariñosos y sensibles —y para eso invaden las escuelas, la psicología popular, la televisión y el cine—, intentando reeducarlos para que acepten los elementos «femeninos» de su naturaleza. Los hombres tienden a soportar esa reeducación con cierta hosquedad, pero aplicadamente, para conservar la paz con sus esposas y amigas y para evitar el oprobio de ser etiquetados como poco sensibles o lo que sea.

Pero este planteamiento termina fracasando porque, en un mundo individualista, no se puede forzar a nadie a ser altruista, y menos aún pueden hacerlo aquellos cuyo altruismo es menor; y porque, sobre todo, la tarea de cuidar a otros y de preocuparse por otros es una virtud y no una «sensibilidad». Aquí conviene recordar que las virtudes controlan a las pasiones, como la templanza controla a la concupiscencia o el valor controla el miedo; y que, aunque se puede desear un antídoto contra el egoísmo natural, los deseos no obran imposibles, por mucho que lo exija el moralismo abstracto. El viejo orden moral, por imperfecto que fuera, al menos apuntaba hacia conseguir virtudes; por el contrario, el moralismo abstracto de hoy condena el arco de medio punto, lo quita, y culpa luego a la calidad de los materiales cuando la estructura se derrumba.

Allan Bloom. El cierre de la mente moderna (The Closing of the American Mind, 1987). Barcelona: Plaza & Janés, 1989; 395 pp.; col. Hombre y Sociedad; prólogos de Saul Bellow y Salvador Giner; trad. de Adolfo Martín; ISBN: 840123008X.

Enviar Imprimir
ChestertonCerem#001.jpg
sábado, 19 de septiembre de 2009

A lo largo de su vida Chesterton puso introducciones a libros de muy distinto tipo. Por una parte, los editores tenían confianza en su criterio y en el tirón que sus comentarios tendrían en los lectores; y por otra, él mismo se atrevía con cualquier cosa y sabía sacar partido a cualquier tema. De todas ellas, unas doscientas, durante su vida se hizo una selección con treinta y siete y se publicó con el título G.K.C. as M.C., traducido al castellano como Maestro de Ceremonias.

Prólogos destacables, ya mencionados en otros lugares, son el que puso a los escritos juveniles de Jane Austen, Amor y amistad; y el que puso al Libro de Job, que hay quien considera uno de los mejores textos de Chesterton (y que figura también en Correr tras el propio sombrero). También he citado ya unos párrafos sacados del prólogo que presentaba una selección de textos de Samuel Johnson.

Luego hay varias introducciones a obras de y sobre Dickens, a quien había dedicado antes una biografía. Hay otra sobre William Cobbett, sobre quien escribiría un ensayo biográfico largo más adelante. Ideas que había tratado ya en The Victorian Age of Literature salen en los prólogos a obras de, o sobre, personajes como Mathew Arnold, William Thackeray, y los autores de óperas cómicas Gilbert y Sullivan (el libretista W. S. Gilbert y el compositor Arthur Sullivan), igual que la idea, tomada del último prólogo citado, de que «el mejor rasgo de la época victoriana era que se satirizaba a sí misma. Sería conveniente que lo tuvieran presente con alguna frecuencia aquellos que recuerdan sólo la suntuosidad pomposa y el convencionalismo de aquel tiempo».

Entre otros, hay prólogos a un libro sobre su amigo Hilaire Belloc, a otro sobre el Cura de Ars, a un libro de su hermano Cecil Chesterton y a otro de Oliver Wendell Holmes... Pero también a una colección de rimas infantiles, a las fábulas de Esopo, a libros de canciones, a biografías, e incluso a un Who’s Who. Se puede notar el humor de Chesterton cuando comenta su simpatía por un libro de carácter local, en este caso acerca de un pueblo llamado Chesterton, y habla de su amor por las historias grandes de temas pequeños: «Prefiero el resultado filosófico que obtendrá un hombre examinando un montículo de topos, que el de un millón de topos que explorasen una montaña». O, cuando habla de un humorista, termina diciendo: «Si, finalmente, todos sabemos ahora hacia dónde nos guían la ciencia y la acción de los gobiernos —evidentemente hacia un enorme manicomio—, vayamos allá, mediante la gracia de Dios, en compañía de un humorista».

G. K. Chesterton. Maestro de ceremonias (G.K.C. as M.C., 1929). Buenos Aires: Emecé, 2006; 218 pp.; col. Emecé ensayo; trad. de María Manuela Conde; ISBN: 950-04-2767-2.

Enviar Imprimir
PennacGracias.jpg
viernes, 18 de septiembre de 2009

Gracias
es un breve relato de Daniel Pennac que podría ser un monólogo teatral. El narrador comienza diciendo: «Estamos en el teatro. Él en el escenario, nosotros en la sala». Y a continuación cuenta lo que hace y dice quien ocupa el escenario: un personaje que debería pronunciar un discurso de agradecimiento pero que vacila y balbucea y reflexiona en alto sobre cuál debería ser su discurso y cómo se podría renovar ese «género redundante» del agradecimiento. Supongo que puede ser útil para quien se vea en la tesitura de tener que agradecer cualquier premio, pues se ve que Pennac se ha propuesto desenmascarar los discursos banales y tantas veces hipócritas que se suelen pronunciar en esas ocasiones. En particular conecto bien con la idea de no agradecer nada a quienes, como los ministros, ya se felicitan continuamente a sí mismos.

Daniel Pennac. Gracias (Merci, 2004). Barcelona: El Aleph, 2009; 84 pp.; col. Personalia; trad. de Abilio Estévez; ISBN: 978-84-7669-836-5.

Enviar Imprimir
CullenHijaRem.jpg
jueves, 17 de septiembre de 2009

Haber leído tiempo atrás Los ojos de Rembrandt, de Simon Schama, me hizo conocer a Rembrandt. Tal vez por esa lectura previa me ha gustado mucho Soy la hija de Rembrandt, de Lynn Cullen.

Y, ya puestos, recuerdo unos comentarios de Schama sobre Rembrandt, a propósito del cuadro que hizo de su padre anciano y casi ciego, Harmen, cuando indica que ahí parece Rembrandt haber encontrado «el tema de toda su vida: la luz que habita en la oscuridad». Toda su trayectoria, afirma Schama, «fue un diálogo entre la visión exterior y la mirada interior», su característica más determinante llegó a ser un «gusto por la inminencia, por la construcción de la dificultad mediante detalles amenazadores realizados con astucia y reunidos luego bajo la bruñidora luz que se despliega sobre los personajes». Esto es lo que hace que Schama califique a Rembrandt «de dramaturgo más que de simple compositor de melodramas», o, en otro momento, de un director de orquesta de las emociones.

Enviar Imprimir
ColferAirman.jpg
miércoles, 16 de septiembre de 2009

Tiempo atrás he puesto ya referencias a obras de Eoin Colfer que me divierten —y que son eficaces, como se ve por su éxito— pero que no me acaban de parecer bien terminadas y, por tanto, duraderas. Me ha parecido mejor Airman, tal vez porque es una narración de un género distinto al de las anteriores de Colfer, o porque me siguen gustando los superhéroes del pasado, o porque miro con simpatía la época de los pioneros de la aviación.

Enviar Imprimir
AlboMarabajo.jpg
martes, 15 de septiembre de 2009

Marabajo,
de Pablo Albo, es un relato sobre un calamar y unos cangrejos que, para devolver a su dueño una bota que han encontrado en el fondo del mar, emprenden una expedición a la que se les van uniendo gambas, mejillones, erizos, etc. Al narrador no le importa que su historia sea un tanto caótica, pues incluso lo anuncia desde el principio, pero sí le importa ir uniendo una cosa con otra y divertir a un lector bien predispuesto a dejarse llevar por el humor disparatado. Este se basa muchas veces en las descripciones de los personajes y, sobre todo, en acotaciones al paso, propias de la narración oral, como esta: «si te pones unas gafas de bucear y te sumerges en el mar verás muchas cosas. Lo primero que verás será cómo salen corriendo los peces. Si no entiendes por qué hacen eso, mírate en un espejo con las gafas puestas».

Pablo Albo. Marabajo (2009). Madrid: Anaya, 2009; 81 pp.; col. El duende verde; ilust. de Jesús Aguado; ISBN: 978-84-667-8435-1.

Enviar Imprimir
RocaElefantes.jpg
lunes, 14 de septiembre de 2009

Un álbum que se publicó hace dos años en España pero que yo acabo de ver hace poco: Veintiún elefantes en el puente de Brooklyn, de François Roca y April Jones Prince. A partir de un suceso simpático del siglo XIX, muy bien contado con el texto y con unas ilustraciones elegantes que no necesitan recurrir a ningún alarde compositivo, los autores avivan en el lector pequeño (y no tan pequeño) el interés por una época y por una gran obra de ingeniería.

Enviar Imprimir
domingo, 13 de septiembre de 2009

«“Nunca jamás se debe responder a un crítico”, recomienda Truman Capote a todo escritor; pero en realidad el no responder debe ser una regla general para gobierno de la independencia de la propia conciencia. “¿Responderles?”, decía Talleyrand. “No saben ustedes el placer que les dan. Yo no he respondido nunca a nadie y ya ven ustedes que no me ha ido mal”.

Y, efectivamente, nunca dio explicaciones. Así que, cuando en el momento en el que Metternich estaba almorzando con algunos invitados y le llegó la noticia de que Talleyrand había muerto, aquél comentó: “Ha muerto Monsieur de Talleyrand. ¡Qué sé yo que le habrá llevado a tomar tal determinación!”.
La moraleja que se deduce entonces, me parece, es la de que, si realmente ninguno de nosotros estaremos en disposición de dar explicaciones en el momento del morir, que es lo más importante, no tiene ningún sentido darlas respecto a todo lo demás, que, entonces precisamente, se ve muy claro que no tiene importancia de ninguna clase».

José Jiménez Lozano. Advenimientos (2006). Valencia: Pre-Textos, 2006; 215 pp.; col. Narrativa Contemporánea; ISBN: 84-8191-770-2.

Enviar Imprimir
sábado, 12 de septiembre de 2009

Al igual que All Things Considered, Charlas fue una colección de artículos que, sobre cuestiones muy diferentes entre sí, Chesterton había publicado en el Illustrated London News.

Entre los que tratan sobre cuestiones literarias, los hay sobre Byron, Stevenson, y Hardy, a los que había dedicado comentarios en libros anteriores. También está el famoso «Sobre novelas policiales» (recogido en Correr tras el propio sombrero), donde da una clara explicación de qué funciona y qué no en una obra del género. Y uno, menos conocido pero igualmente brillante, es «Sobre arqueología», donde, indirectamente, apunta por qué las novelas futuristas son pesimistas y con frecuencia no llegan al lector o, al revés, por qué las mejores novelas tratan del pasado: «en la historia abundan los ejemplos de libertad de acción y de profecías frustradas. El futuro sólo puede consistir en cosas esperadas; sólo el pasado consiste en cosas que fueron enteramente inesperadas. (...) No podemos predecir cosas nuevas, porque por hipótesis sólo podemos calcularlas lógicamente basándonos en cosas antiguas. Podemos sostenernos en el presente y proyectar lo que ocurrirá en el futuro; pero no podemos basarnos en el futuro para planear algo nuevo que ocurrirá en un futuro aún más remoto. Podemos conjeturar algunas obras de una generación venidera; pero no podemos compartir ninguna de sus sorpresas. Podemos conocer algo acerca de la herencia de nuestros nietos, pero nada sobre sus ganancias inesperadas o de sus aventuras más salvajes. Si deseamos ganancias inesperadas y aventuras salvajes, debemos considerar las líneas de conducta de nuestros abuelos y no de nuestros nietos. Si deseamos las emociones más salvajes con emociones y sorpresas, sólo podemos encontrarlas en las piedras desmoronadas y en los tapices descoloridos, en el museo de antigüedades o en las ciudades de los muertos».

Como es lógico, a estas alturas de la vida de Chesterton, hay artículos que con facilidad se pueden remitir a otros textos.

Así, una idea extensamente desarrollada en El hombre eterno se vuelve a tocar aquí en «Sobre la influencia egipcia», donde se felicita del interés que se había despertado en su tiempo por la historia egipcia, pues puede servir a muchos para descubrir que aquellas personas muertas fueron personas que realmente vivieron «y no sencillamente nuestros propios egos ya muertos», y donde recuerda que «lo que hizo el cristianismo fue combinar (...) una adoración pública que pudiera creerse y un convencimiento particular que pudiera compartirse. Admitió las supersticiones populares muy benévolamente pero las agrupó alrededor de algo que también podía admitirse seriamente. Enseñó un credo que era más que un culto y que también fue una cultura».

Si en «El sentimentalista», de Alarmas y Digresiones, se quejaba de que los imperialistas quieren «tener el esplendor del éxito sin sus peligros» y extender el cuerpo de Europa pero no su alma, aquí, en «Sobre Europa y Asia» habla de que puede haber misioneros desagradables y comerciantes amables pero, en general, a todo el mundo le parecen mejor los misioneros que los comerciantes, y donde se lamenta de que desde Occidente se haya extendido la vulgaridad y desde Asia haya llegado a Occidente un espíritu pesimista: ninguno de los continentes ha dado al otro lo mejor que posee.

Con «En el mundo al revés», de Enormes minucias, podemos unir «En beneficio del golf», donde vuelve a señalar la inversión, que a nuestro alrededor se da con frecuencia, de considerar el medio como si fuera el fin que se persigue, a veces debido a que se pretende rehacer el mundo para adaptarlo a lo que nos muestran el teatro o el cine: «Una equivocación muy frecuente consiste en considerar como fin absoluto las condiciones de vida modernas y en seguida tratar de adaptar las necesidades humanas a ese fin, como si éstas sólo fueran un medio. Así, por ejemplo, se dice: “la vida de hogar no se presta para la vida de negocios de los tiempos actuales”. Lo cual es lo mismo que si se dijera: “Las cabezas no se adaptan a la clase de sombreros que están ahora de moda”. Por consiguiente se podrían cortar las cabezas de la gente para hacer frente al déficit o pérdidas del llamado Problema del Sombrero».

Pero hay más artículos con los que Chesterton intenta señalar con qué falta de rigor alteramos los términos de un razonamiento, igual que los hay para mostrar que a veces no aplicamos a todas las cosas el mismo razonamiento, e incluso por qué a veces nuestros pensamientos no son ni siquiera razonamientos.

Por ejemplo, en «Sobre los conceptos falsos» explica con qué facilidad muchas personas invierten los términos: «No ven que la digestión existe para mantener la salud, y la salud para mantener la vida, y la vida existe para amar la música y las cosas bellas. Ellos dan vueltas a las cosas y dicen que el gusto por la música es bueno para provocar el proceso de la digestión. En efecto, verdaderamente no tienen idea de para qué es bueno, en resumidas cuentas, el proceso de la digestión. Creo que fue un filósofo de la Edad Media quien dijo que el mal proviene de disfrutar de lo que debiéramos usar, y de usar lo que debiéramos disfrutar».

En «Acerca de las nuevas ideas» desarrolla la tesis de quienes afirman que no desean imponer ninguna religión a su hijo ignorando que siempre están influyendo en su hijo y que ninguna persona adulta puede escaparse a la responsabilidad de influir sobre los niños; es decir, señala que es un argumento que los que lo aplican a la religión no piensan en aplicarlo a otra realidades distintas de la religión.

En «Sobre una negación» primero apunta que un materialista es siempre un místico y con frecuencia es, además, un mistagogo: «es un místico porque se ocupa enteramente de misterios, de cosas que nuestra razón no puede describir (...) Y es un mistagogo porque, en ocasiones, oculta, en realidad, que esos misterios son supercherías». Y luego habla de esos planteamientos popularizados de la ciencia, como el de que la vida surgió de la nada, un modo de razonar parecido a «explicar el paseo visible de un fantasma en un cementerio diciendo que debe haber venido del cementerio de otra ciudad», y de esas frases rítmicas tipo que la vida es la vida, y los huevos son los huevos, «que tienen algo de la belleza del canto y de la danza y de la obra decorativa, pero con ellas no se va muy lejos en materia de argumentos».

G. K. Chesterton. Charlas (Generally Speaking, 1928). En Obras completas, Barcelona: Plaza & Janés, 1967; de la p. 1091 a la p. 1283, de 1676 pp.; trad. de José Luis de Izquierdo.

Enviar Imprimir
FarlascaObispo.jpg
viernes, 11 de septiembre de 2009

Una de mis lecturas históricas del verano fue Un obispo contra Hitler, de Stefania Falasca, sobre Clemens August Graf Van Galen (1878-1946), obispo de Münster desde 1933 hasta su muerte. No es exactamente una biografía de Van Galen pues el libro está centrado, sobre todo, en contar sus enfrentamientos con el poder durante los años del nazismo y en sus relaciones con Pio XII, por lo que incluye las cartas que ambos intercambiaron. Sus discursos, tan diferentes a los de otros obispos alemanes, fueron calificados por Goebbels como «el ataque frontal más fuerte desencadenado contra el nazismo en todos los años de su existencia». El libro también narra cómo protestó enérgicamente contra la «praxis devastadora del bombardeo a la moral (“moral bombing”), como había definido Churchill el concepto de la estrategia de la “guerra justa desde el aire”», y contra la tesis común en los años posteriores a la guerra acerca de la culpabilidad colectiva del pueblo alemán. En este sentido el libro es una pieza más para recomponer esa cara de Alemania, tan poco conocida, sobre la época nazi, la que también se recoge en La Rosa Blanca o en Resistencia y sumisión.

Stefania Falasca. Un obispo contra Hitler. El beato von Galen y la resistencia al nazismo (Un vescovo contra Hitler, 2006). Madrid: Palabra, 2008; 299 pp.; col. Arcaduz; trad. de Antonio Esquivias; ISBN: 978-84-9840-173-8.

Enviar Imprimir
RothfussViento.jpg
jueves, 10 de septiembre de 2009

El nombre del viento,
de Patrick Rothfuss, es la primera novela de una trilogía que ha sido saludada como un gran descubrimiento por muchos seguidores de las aventuras fantásticas. Yo la he leído con interés, pues el autor sabe crear tensión y poner en pie un mundo propio —el mismo hecho de haberla leído entera, aunque sea rápido, ya señala una diferencia con bastantes otras que dejo pronto—, pero con la conciencia creciente de que tiene demasiados fallos, de que podría ser mucho mejor si todo fuese más sencillo, y de que la inversión de horas de lectura no compensa de ningún modo.

El enfático capítulo prólogo se titula «Un silencio triple», el mayor de los cuales se nos dice que es el del mesonero, un hombre llamado Kote que aguarda la muerte. Pero, en realidad, es el legendario Kvothe y cuando lo localiza y lo reconoce un tipo llamado Cronista, Kvothe accede a contarle su vida y ya no para de hablar hasta el final. Conocemos entonces quiénes fueron sus padres, actores itinerantes con una compañía, su aprendizaje de multitud de habilidades cuando era un niño y en particular de la música, la misteriosa muerte de sus padres y de toda su troupe, su vagabundeo en la miseria en la ciudad de Tarbean, su ingreso posterior en la Universidad, su aprendizaje allí y sus enfrentamientos con compañeros y profesores. Le mueve el deseo de aprender la magia más alta, la que sabe dar nombre al viento e invocarlo, y el deseo de conocer lo más posible acerca de los Chandrian, una especie de demonios responsables de la muerte de sus padres. Otro capítulo titulado «Un silencio triple», que ahora ya sí que no nos creemos, cierra la historia.

El atractivo principal del relato está en que lo que tiene de novela de aprendizaje con un héroe niño y joven que aprende y sufre y se confunde, pero que también demuestra una y otra vez su superioridad. Quizá lo mejor precisamente sean algunos episodios de la estancia del joven Kvothe en la Universidad, otra escuela de magia con profesores expertos en distintas áreas. Pero un narrador en primera persona ni recuerda tanto ni hace tantas comparaciones, algunas pretenciosas; algunos comportamientos son inverosímiles incluso dentro de la inverosimilitud global, y algunos comentarios o reacciones propias de la mentalidad de hoy suenan anacrónicos (como mínimo); hay personajes poco convincentes como la joven Denna de la que se enamora Kvothe... Luego, le sobran páginas y episodios a los que, al menos por ahora, no se les ve la dirección; le sobran complejidades artificiosas, como el invento de nombres para fechas y periodos de tiempo; son muchas las redundancias —«¿Lo dices en serio? —pregunté, incrédulo»—; algunas descripciones no brillan por su originalidad —«su piel era más luminosa que la luna, y sus ojos, más enormes que el cielo, más profundos que el agua, más oscuros que la noche»—; no es acertado el uso de palabras como ángeles, demonios, Dios..., que, como tienen significados bastante precisos en nuestro mundo, resultan confusas al aplicarse a seres de una historia de esta clase (es sorprendente que con tanta frecuencia se ignore una lección tan sencilla como esta de la obra de Tolkien).

En fin, de un profesor de literatura en la universidad de Wisconsin como el autor, yo no esperaría nunca un diálogo como: «Tengo que irme. Búscame», dice la chica; y responde el chico: «Lo haré. Nos veremos donde se encuentran los caminos».

Patrick Rothfuss. El nombre del viento. Crónica del Asesino de Reyes: primer día (The Name of the Wind. The Kingkiller Chronicle: Day One, 2007). Barcelona: Plaza & Janés, 2009; 871 pp.; trad. de Gemma Rovira; ISBN: 978-84-01-33720-8.

Enviar Imprimir
DowdNoria.jpg
miércoles, 9 de septiembre de 2009

Tal vez la novela más divertida de los últimos meses, después de Cosmic, sea El misterio de la noria de Londres, de Siobhan Dowd. A su protagonista, como al de El curioso incidente del perro a medianoche, le gustan los números —su «número favorito es el 3,3 recurrente (que es otra manera de llamar a los decimales periódicos)» pues, dice, «me encanta cómo el 3 decimal se aleja hacia el infinito»—. Pero, sobre todo, es un chico preocupado por los fenómenos atmosféricos y, entre otras cosas, por cómo las mentiras tienen un miniefecto Coriolis que desvía la trayectoria de las cosas.

Enviar Imprimir
PiuminiCaballos.jpg
martes, 8 de septiembre de 2009

Mil caballos,
de Roberto Piumini, contiene treinta relatos cortos. Unos tratan sobre caballos famosos: Pegaso; el primer unicornio; el caballo de Troya; Bucéfalo, el caballo de Alejandro Magno; Rocinante, el caballo de don Quijote... Otros hablan de caballos de distintos lugares: los caballos andaluces, los mustangs norteamericanos, los brumby australianos... Pero también hay historias sobre los caballitos de mar, unos caballitos de tiovivo, o los caballos que fueron en el arca de Noé... El autor usa distintos registros: humorístico, realista, fantástico. Libro ameno también para el que no tenga especial querencia por los caballos.

Roberto Piumini. Mil caballos (Mille cavalli, 2005). Madrid: Siruela, 2009; 144 pp.; col. Las tres edades; ilust. de Michel Fuzellier; trad. de Helena Lozano Miralles; ISBN: 978-84-9841-304-5.

Enviar Imprimir
WiesnerFlot00.jpg
lunes, 7 de septiembre de 2009

Flotante
,
de David Wiesner, es un álbum sin palabras, con un argumento de imaginación desbordante y con una realización gráfica sobresaliente.

Enviar Imprimir
CastellaniSobrevivir.jpg
domingo, 6 de septiembre de 2009

Cómo sobrevivir intelectualmente al siglo XXI
es una antología de textos de Leonardo Castellani realizada por Juan Manuel de Prada. Me ha interesado conocer al autor, todo un personaje, aunque no sé si las expectativas que despierta que se le presente desde la portada como un Chesterton argentino sirven de ayuda o desorientan. Aunque a mí me dan igual, siempre me parece mejor dejar que cada escritor se defienda por sí mismo y no inducir «pre-juicios» en el lector, y más cuando el autor es tan poderoso y escribe tan bien.

Los artículos que me han atraído más, tal vez porque los veo con atractivo y vigencia para muchos lectores, son las críticas literarias o los comentarios que hace sobre algunos escritores. En particular, me ha parecido formidable (aunque sesgado) el que, con ocasión de un libro publicado en 1953, trata de Borges: «un exquisito sofista y un peligroso malabarista de ideas, además de un simulacro de filósofo, y un crítico literario de gran altura, aunque parcial»; un escritor, dice, que «padece de agorafobia literaria: busca los rincones de la literatura; y cuando topa con una gran plaza, la cruza de una disparada frenética». De otros artículos, también porque da idea del humor irónico que gasta el autor, recuerdo aquí el chiste con el que arranca «¡Oh incrédulos, crédulos, crédulos!», sobre un tipo que afirma «¡Yo no creo más que lo que entiendo!» y otro le replica «¡Ah, con razón dice la gente que usted no cree en nada!».

Leonardo Castellani. Cómo sobrevivir intelectualmente al siglo XXI. Madrid: Libroslibres, 2008; 336 pp.; prólogo y edición de Juan Manuel de Prada; ISBN 13: 978-84-96088-84-9.

Enviar Imprimir
sábado, 5 de septiembre de 2009

The Catholic Church and Conversion
es un libro corto que Chesterton escribió cinco años después de su conversión. En él habla de su itinerario intelectual hacia la fe católica, comenta las diferencias que veía entre el protestantismo y el catolicismo, y da explicaciones acerca del modo en que sus razonamientos y sus amistades le acercaron a la fe. Muchas ideas las tratará en los libros posteriores The Thing, El pozo y los charcos, y su Autobiografía.

En relación a la educación que recibió señala su desconfianza, cuando era joven, hacia los razonamientos contrarios a la Iglesia Católica: le sorprendían las mentiras protestantes en relación a que los católicos mentían, se daba cuenta de que había quien criticaba cosas que no conocía, que a veces un sacerdote católico podía decir algo sobre la fe pero la respuesta del protestante se dirigía contra el sacerdote y no contra sus afirmaciones; y, aunque nunca pensaba que la religión católica fuera verdadera, veía que sus acusadores, por la razón que fuera, eran sorprendentemente imprecisos. Viene a decir Chesterton que su esfuerzo por intentar ser justo en el modo de pensar sobre la Iglesia fue su primer paso hacia la fe. Hacia el final del libro dirá que él era la clase de hombre que llegó a Cristo desde los dioses paganos y no desde Lutero u otras autoridades del protestantismo, que su conversión fue como la del pagano y no como la del puritano, y que precisamente esa es la clase de conversión antigua sobre la que se ha fundado el mundo que conocemos.

Habla de los obstáculos que se le presentan a un converso y, en particular, subraya que «sólo la palabra de un católico puede alejarle del catolicismo», que «una palabra tonta desde dentro hace más daño que mil palabras tontas desde fuera»: en definitiva, que el gran problema que la Iglesia tiene es lo mal que la presentan quienes pertenecen a ella. Señala que muchos conversos pasan por tres etapas: la de mirar con condescendencia a la Iglesia, luego la de descubrirla, y tercera la de huir: los sentimientos finales son de temor porque «una cosa es concluir que el catolicismo es bueno y otra concluir que tiene razón; una cosa es concluir que tiene razón y otra concluir que siempre tiene razón». Y describe con brillantez que la Iglesia católica es un mundo más grande visto desde dentro que desde fuera; que la religión católica tiene toda la frescura de una nueva religión y toda la riqueza de una vieja; que la fe católica proporciona libertad interior y amplía la mente también porque responde a la necesidad que tenemos los hombres, no de una religión que acierta cuando nosotros acertamos, sino de una religión que continúa estando en lo cierto cuando nos equivocamos.

G. K. Chesterton. The Catholic Church and Conversion, 1927. La edición castellana, titulada La Iglesia Católica y la conversión está contenida en Por qué soy católico; Madrid: El Buey Mudo, 2009; 720 pp.; de la p. 75 a la 161; trad. de Mariano Vázquez Alonso y Ana Nuño López; ISBN 13: 978-84-937417-0-9.

Enviar Imprimir
BarojaShanti.jpg
viernes, 4 de septiembre de 2009

Novelas clásicas de aventuras españolas con unos héroes que, aunque sean brutos (o tal vez precisamente por serlo), son unos nostálgicos incurables: Las inquietudes de Shanti Andía y Zalacaín el aventurero, de Pío Baroja.

Enviar Imprimir
LechugaCalix.jpg
jueves, 3 de septiembre de 2009

Calix,
de Sergio Lechuga, es una novela centrada en si el santo Cáliz de Valencia, que llegó a esa ciudad después de un periplo de siglos por Aragón y Cataluña, es el mismo cáliz que usó Jesucristo en la última Cena: el Grial. Según indica el autor, en un apéndice final donde aclara qué hay de cierto y qué no en su relato, tal cosa no se puede probar afirmativamente, aunque algunos indicios sean sugerentes, pero tampoco se puede probar lo contrario.

Pocas semanas después de la muerte de Franco, un funcionario jubilado de nombre Antolín Alfonso, pone por escrito un episodio que protagonizó: el año 1940 trabajó en una investigación sobre si el santo Cáliz de Valencia era o no el Grial, pues Himmler iba a viajar a España para buscarlo; de paso cuenta que, con ocasión de aquel encargo, pudo al fin averiguar qué había pasado con su padre durante la guerra y conoció a la que sería su mujer. En algunos capítulos intercalados, a ese argumento se suman episodios del posible itinerario del cáliz: su envío desde Roma, su recepción en Huesca, su paso por san Juan de la Peña, su rotura durante una ceremonia siglos después, etc.

Relato bien escrito, con personajes creíbles, diálogos buenos y descripciones escasas. Es un acierto que el narrador sea un tanto disperso a la hora de entrar en materia, pues eso justifica sus digresiones, que así sirven para presentar al lector una equilibrada reconstrucción de algunas vidas en la España de la inmediata posguerra. También lo es que las maniobras de los funcionarios que simpatizaban con los nazis se vayan mostrando por medio de breves comunicaciones internas de carácter oficial: si algo es confuso mejor que sea corto. La segunda línea de la novela, aunque tenga escenas con fuerza que algunos lectores apreciarán, en mi opinión es innecesaria. El desenlace resulta suficiente pero no del todo satisfactorio pues el narrador pierde algo la claridad que siempre tuvo.

Sergio Lechuga Quijada. Calix (2009). Barcelona: Planeta, 2009; 461 pp.; col. Planeta Testimonio; ISBN: 978-84-08-08692-5.

Enviar Imprimir
DaudetTartar.jpg
miércoles, 2 de septiembre de 2009

Uno de los mejores relatos humorístico-irónicos contra los excesos de las novelas de aventuras y contra los lectores (o espectadores) que vibran en exceso con esa clase de ficciones fue, y es, Tartarín de Tarascón, de Alphonse Daudet.

Enviar Imprimir
MankellGato.jpg
martes, 1 de septiembre de 2009

Me ha gustado El gato al que le gustaba la lluvia, un relato para niños de Henning Mankell, escrito en 1992 y publicado hace un año en España. Está bien tratada la cuestión del afecto que un niño puede sentir hacia un animal aunque siempre me sorprende lo reflexivos que parecen los niños suecos.

Enviar Imprimir
publicidad   política de privacidad   aviso legal   desarrollo