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Notas de septiembre de 2010 :: bienvenidosalafiesta ::    
bienvenidos a la fiesta
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jueves, 30 de septiembre de 2010

Siento prevención ante las novelas en las que un escritor viene y cuenta un conflicto de otro país: siempre me parece que, por muy bien que lo conozca, tiene difícil hacerse cargo de toda la carga histórica y emocional que suele haber detrás. Al mismo tiempo es cierto que, a veces, es una manera, incluso la única, en la que podemos empezar a comprender algunas cosas. Luego, mi desconfianza inicial puede crecer con la lectura, o porque ya conozco algo sobre la materia o porque hay comportamientos o situaciones que no me parecen creíbles; o puede disminuir, sobre todo cuando la narración no pretende ser más que un buen relato y una buena exposición de los hechos.

Este último es el caso de Llora Jerusalén, de Santiago Herraiz, cuya protagonista, Nora, una chica de dieciséis años que vive con sus abuelos, cuenta las cosas unos años después. Su narración comienza cuando una compañera de clase se suicida en un atentado terrorista en el que mueren varias personas más. Pocos días después, en una celebración familiar a la que ha sido invitada por su amiga Fátima, Nora es testigo de cómo un primo de Fátima, Ahmed, un chico de pocos años, es alcanzado por una bala disparada por soldados israelíes. Luego, Nora impide que Tarek, el hermano de Ahmed, lleve a cabo un atentado en venganza por lo sucedido. Más tarde, hará lo mismo cuando sea Fátima la que intente otro. En medio de la irracionalidad de los atentados suicidas y de las decisiones políticas y militares que azuzan más el odio, Nora ve cómo hay quienes optan por el perdón y también conoce por fin quiénes fueron sus padres.

Relato intenso que atrapa y no da respiro al lector. Nora es una chica lista que desea comprender, capaz de mantener una gran entereza en situaciones límite. Su narración muestra las distintas caras del conflicto por medio de sus reflexiones y de sus conversaciones: con sus amigos y amigas, con sus abuelos, con una profesora, con un fraile al que conoce un día que entra en una iglesia, con un oficial israelí. A través del comportamiento de algunos personajes —una madre palestina, una madre israelí, la misma Nora—, se acentúa el valor de quienes optan por el perdón e intentan actuar con sentido de la justicia. Se puede objetar que los diálogos son demasiado buenos y, por tanto, irreales tal como están contados, pero es cierto que la literatura, y en particular la literatura juvenil, también es eso: hacer más corta una historia larga, hacer comprender más con menos. Y no es fácil hablar tan bien de cómo Jerusalén, el lugar donde más se ha amado —dice un personaje—, es, también, el lugar donde más se ha sufrido y se sufre.

Santiago Herraiz. Llora Jerusalén (2009). Madrid: Bruño, 2009; 176 pp.; col. Paralelo Cero; ISBN: 978-84-216-6293-9. [Vista del libro en amazon.es]

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PearsallTetraedro.jpg
miércoles, 29 de septiembre de 2010

El proyecto Tetraedro
,
de Shelley Pearsall, es una novelita escolar entretenida y bien hecha. Es un ejemplo de cómo una buena elección de lo que se cuenta y lo que se deja fuera, y el mismo hecho de optar por un relato más bien esquemático, hace que el lector pase por alto los defectos y acabe interesado en las historias y los motivos de los personajes.

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martes, 28 de septiembre de 2010

Dos antologías de Celia ViñasCelia Viñas para niños y niñas… y otros seres curiosos, un libro con una selección de poemas de la autora que tiene aspecto de álbum, que se publicó a finales del año pasado; y Celia Viñas para niños y jóvenes, donde hay más poemas y un buen estudio introductorio de su obra.

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lunes, 27 de septiembre de 2010

Arándanos para Sal,
de Robert McCloskey, es un premiado álbum de hace décadas, con grandes dibujos en blanco y negro, que conserva su encanto y que ha sido publicado ahora en España.

Su argumento es que la pequeña Sal va con su madre a buscar arándanos; al mismo tiempo, una osa y su osito se dedican a lo mismo; la niña y el osito se pierden y acaban tropezándose con la madre que no es la suya.

Las ilustraciones son excelentes y la historia es simpática. Con todo, algunos pensarán que puede confundir a los niños lectores, pues quienes conocen el asunto de primera mano saben que las cosas no son tan sencillas cuando encuentras una osa con su cría.

Robert McCloskey. Arándanos para Sal (Blueberries for Sal, 1948). Barcelona: Corimbo, 2010; 58 pp.; trad. de Ana Galán; ISBN: 978-84-8470-366-2.

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domingo, 26 de septiembre de 2010

Algunos escolios de Gómez Dávila sobre madurez, sabiduría, vulgaridad:

—«La madurez del espíritu comienza cuando dejamos de sentirnos encargados del mundo».

—«Ser joven es temer que nos crean estúpidos; madurar es temer serlo».

—«Madurar no consiste en renunciar a nuestros anhelos, sino en admitir que el mundo no está obligado a colmarlos».

—«El primer paso de la sabiduría está en admitir, con buen humor, que nuestras ideas no tienen por qué interesar a nadie».

—«La sabiduría se reduce a no enseñarle a Dios cómo se deben hacer las cosas».

—«La vulgaridad consiste en pretender ser lo que no somos».

—«Los argumentos con que justificamos nuestra conducta suelen ser más estúpidos que nuestra conducta misma.
Es más llevadero ver vivir a los hombres que oírlos opinar».

—«Vulgaridad intelectual es el talante de quienes sólo son capaces de las verdades de su tiempo».

—«La buena educación no es, finalmente, sino la manera como se expresa el respeto.
Siendo el respeto, a su vez, un sentimiento que la presencia de una superioridad admitida infunde, donde falten jerarquías, reales o ficticias pero acatadas, la buena educación perece.
La grosería es producto democrático».

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sábado, 25 de septiembre de 2010

El concepto restrictivo de Cultura de Matthew Arnold, el de conocer lo mejor que se ha dicho y pensado, decía Chesterton que vale para la literatura pero no en general (Maestro de ceremonias). Lo entendemos mejor si pensamos en que «cultura» es la mitad de palabras como «agricultura» u «horticultura»: de ahí podemos concluir que cultura es el crecimiento sano de las ideas a partir de sus semillas originales y es la exploración de antiguas raíces profundas y vivas («Journalism and Culture», vol. XXIX, Collected Works, llustrated London News, 9 de noviembre de 1912). Y por eso «la verdadera tarea de la cultura no es hoy una tarea de expansión sino, muy señaladamente, de selección y de exclusión» (Lo que está mal en el mundo).

Para empezar, eso quiere decir que Cultura no es la cultura del turista, la de quien vive en los hoteles sin descubrir la nacionalidad de los camareros, o menos aún la de quien vive en Italia mucho tiempo sin descubrir la nacionalidad de los italianos, y menos todavía la de quien dice respetar a los italianos muertos pero no respeta a los vivos. Es de muy mala educación, además, visitar una sociedad como un submarinista que ve a los peces mientras es alimentado a través de un tubo que le trae aire de otra atmósfera y se dedica a ver las vistas sin respirar el aire. («The Aristocratic 'Arry», A Miscellany of Men)

Luego, comprender en qué consiste la Cultura continúa por entender bien qué significa el progreso: «Si realmente existe algo que pueda llamarse progreso, debe significar, por encima de todo, el estudio cuidadoso de todo el pasado y su incorporación» (Herejes). Pues «el gran ensueño democrático, como el gran ensueño medieval, ha sido, en un sentido riguroso y práctico, un ensueño no realizado. (...) El mundo está lleno de ideales inconclusos, de templos sin terminar. La historia no se compone de ruinas deshechas y tambaleantes, consiste más bien en palacios a medio hacer, abandonados por un constructor en bancarrota. Este mundo se parece más a un suburbio en proyecto que a un cementerio desierto» (Lo que está mal en el mundo).

Esta situación sólo se puede abordar actuando como Robinson Crusoe que, para construir su granja, volvió a menudo a los restos del naufragio para conseguir las cosas que necesitaba. Pues nosotros, por la misma razón que retrocedemos en la vida ordinaria, porque nos hemos dejado algo atrás, si queremos construir una nueva civilización debemos buscar lo que necesitamos en las ruinas de la vieja civilización («On Wordsworth», Avowals and Denials). A ciertas objeciones que algunos ponen a esto se les puede replicar que mirar al pasado con aires de superioridad es «la más estúpida de todas las superioridades: la de la simple aristocracia del tiempo», y que afirmar que las cosas viejas nos oprimen resulta ridículo pues son solamente las modernas las que pueden hacerlo (George Bernard Shaw).

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PeraPorquedebemos.jpg
viernes, 24 de septiembre de 2010

No puedo decir que haya leído bien Por qué debemos considerarnos cristianos, de Marcello Pera —presidente del Senado italiano entre 2001 y 2006—, pues, para eso, tendría que haber leído bien, y en algunos casos haber leído antes, a muchos pensadores con los que dialoga en su libro, como Benedetto Croce, John Rawls, Kant, Locke... En cualquier caso, me ha interesado mucho por las cosas que explica y por cómo las explica. Incidentalmente, me ha gustado ver que, al menos en otros lugares, hay políticos (en este caso de izquierda) que saben lo que dicen y saben decirlo.

El autor comienza con una introducción en la que declara que «desconfío de las ideas difundidas cuando no consigo explicármelas personalmente, desconfío de la sabiduría popular cuando va en contra de mis intuiciones intelectuales y morales más arraigadas, desconfío de la euforia que pretende construirnos un “hombre nuevo” sobre las cenizas del antiguo, desconfío de los maestros cuando quieren hacerme callar o no quieren darme la palabra». Y, a continuación, estructura su discurso en tres capitulos. En el primero, «Liberalismo, ecuación laica y ecuación cristiana», habla de los fundamentos del liberalismo. En el segundo, «Europa, cristianismo y la cuestión de la identidad», comenta y ejemplifica la deriva social de las últimas décadas hacia una Europa sin identidad. En el tercero, «Relativismo, fundamentalismo y cuestión moral» explica las consecuencias de una ética sin verdad.

Al final, el autor resume su libro así: «He intentado probar que debemos ser cristianos si queremos gozar de las libertades liberales, y que también Europa debe ser cristiana si quiere unificarse verdaderamente en algo que se asemeje a una nación, a una comunidad moral. He intentado argumentar también que los regímenes liberales son mejores que otros. Voy a terminar con una referencia más general: nuestras normas morales, y con ellas nuestra convivencia y nuestras instituciones, precisamente las mismas que nos han entregado esta civilización en la que estamos viviendo —unas veces incómodos y otros satisfechos, unas veces afligidos y otras reanimados, pero conscientes de los grandes progresos que hemos realizado—, se extinguirán si abandonáramos el cristianismo.

Por consiguiente, y para concluir: debemos considerarnos cristianos».

Marcello Pera. Por qué debemos considerarnos cristianos (Perché dobbiamo dirci cristiani. Il liberalismo, l’Europa, l’etica, 2008). Madrid: Encuentro, 2010; 229 pp.; trad. de M. M. Leonetti; ISBN: 978-84-9920-031-6.

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Thurber13Relojes.jpg
jueves, 23 de septiembre de 2010

Los 13 relojes
,
de James Thurber, es un buen relato que, sin embargo, llega en una edición con demasiados o, mejor, con impropios y desmedidos elogios. Ni las comparaciones de la contracubierta —con Grimm, La Fontaine, Tolkien— son correctas, ni le hace un favor el prólogo de Neil Gaiman indicando que, probablemente, es «el mejor libro del mundo» (aunque, ciertamente, los seguidores de Gaiman entenderán fácilmente por qué lo dice).

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NostlingerFilo.jpg
miércoles, 22 de septiembre de 2010

Filo entra en acción
,
un relato de Christine Nöstlinger del que acabo de ver una nueva edición, es uno de los mejores relatos que recuerdo acerca de una pequeña intriga policiaca colegial, no por la intensidad de lo que ocurre sino porque todo encaja de modo inteligente y realista.

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HughesPeluche.jpg
martes, 21 de septiembre de 2010

Se acaba de publicar en España uno de los álbumes más populares en  Inglaterra en las últimas décadas, Peluche (Dogger), de Shirley Hugues, una gran ilustradora que se caracteriza, entre otras cosas, porque sus personajes infantiles son siempre muy creíbles.

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lunes, 20 de septiembre de 2010

Una aldea en tiempos del románico,
con texto de Jaime Nuño González, arqueólogo, y dibujos de Chema Román, historiador e ilustrador, es un muy buen álbum de conocimientos.

En 28 dobles páginas se muestran distintos aspectos de la vida de una aldea medieval inspirada en un pueblo del norte de Palencia. La estructura —una ilustración grande a la derecha, textos con dibujos y otras ilustraciones pequeñas a la izquierda— está bien pensada para facilitar la lectura. Las explicaciones son sobrias y precisas, y las ilustraciones son claras y coherentes.

En mi opinión, sin embargo, le pasa lo que decía Dylan Thomas en uno de sus relatos cuando rememora el regalo de unos «libros que me contaban todo sobre las avispas, excepto por qué». Es decir: falta un capítulo más (creo yo) sobre la Edad Media, sobre los rasgos espirituales básicos de aquella época, con un texto que diga lo que, por ejemplo, afirma Christopher Dawson: «fue en la vida de la Iglesia, y en la proyección de la liturgia en la vida social a través del arte y de los espectáculos públicos, en donde la vida comunal de la ciudad medieval encontró su mejor expresión, de tal suerte que la pobreza material del individuo era compensada por un más amplio despliegue de actividad comunal y de expresión artística y simbólica que cualquier otra cosa que hayan conocido las sociedades materialmente más ricas de la Europa moderna. En este sentido, la ciudad medieval configuró una verdadera commonwealth —una auténtica y efectiva comunión y comunicación de bienes sociales— que no se ha dado en sociedad alguna que haya existido, exceptuando la polis griega, y aun esta última fue superada por aquella, ya que la sociedad griega estaba constituida por una clase ociosa que se sostenía sobre la base del trabajo servil».

Chema Román. Una aldea en tiempos del románico (2009). Texto de Jaime Nuño González. Palencia: Fundación Santa María la Real, 2009; 64 pp.; ISBN: 978-84-89483-56-9. [Vista del libro en amazon.es]
Christopher Dawson. Capítulo «La ciudad medieval: el municipio (“comune”) y el Gremio» (The Medieval City: Commune and Gild, Religion and the Risen of the Western Culture, 1950), en Historia de la cultura cristiana (colección de ensayos tomados de distintos libros). México D.F.: Fondo de Cultura Económica, 1997; 552 pp.; col. Breviarios; compilación, traducción e introducción de Heberto Verduzco Hernández; ISBN: 968-16-4891-9.

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domingo, 19 de septiembre de 2010

Escolios
de Gómez Dávila sobre la libertad, la verdad y el relativismo.

Acerca de la libertad:

—«Libertad es el término que más se emplea sin saber qué significa».

—«La libertad merece únicamente el respeto que merezca la actividad en la que se vierte».

—«Libertad real no existe sino donde una pluralidad de amos permite trasladarse de uno a otro fácilmente».

—«La libertad auténtica consiste en poder adoptar un amo auténtico».

—«Ninguna obra, en ningún campo, es producto de la libertad.
Todas son consecuencias de yugos que la libertad acepta».

—«La dignidad del hombre no está en su libertad, está en la clase de restricciones a su voluntad que libremente acepte».

—«El precio de la libertad absoluta sería una vulgaridad sin límites».

—«La libertad de traicionar es la que el fanático de la libertad reclama con mayor ahínco».

—«El hombre de hoy es libre como el viajero perdido en el desierto».

Acerca de la verdad:

—«Buscar la “verdad fuera del tiempo” es la manera de encontrar la “verdad de nuestro tiempo”.
El que busca la “verdad de su tiempo” encuentra los tópicos del día».

—«El momento de mayor lucidez del hombre es aquel en que duda de la duda».

—«Las verdades no son relativas. Lo relativo son las opiniones sobre la verdad».

Acerca del relativismo:

—«El relativismo es la solución del que es incapaz de poner las cosas en orden».

—«Donde se puede decir todo, todo se dice de cualquier manera; donde todo se diga de cualquier manera, no se está diciendo nada».

—«El relativismo estético es tesis errónea, pero fue protesta justificada contra nociones insuficientemente universales de la belleza».

—«El relativista rara vez se relativiza a sí mismo».

—«El tonto no se contenta con violar una regla ética: pretende que su transgresión se convierta en regla nueva».

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sábado, 18 de septiembre de 2010

Decía Chesterton que «hay tres maneras distintas de escribir historia. La antigua, que solíamos encontrar en los libros de nuestra infancia, era pintoresca y en extremo falsa. La última, más ilustrativa, adoptada por las autoridades académicas, es la de pensar que se puede seguir siendo falso, siempre que se evite ser pintoresco. (...) La tercera forma es utilizar lo pintoresco (lo que constituye el instinto natural del hombre desde que el mundo es mundo) pero haciéndolo de tal forma que parezca un símbolo de la verdad en lugar de un símbolo de la mentira. Relata al lector el verdadero significado del incidente pintoresco en lugar de dejarlo en suspenso o de darle un matiz decepcionante: es pintar un cuadro verdadero en lugar de uno falso, pero sin evitar que el cuadro sea pintoresco». De otro modo, los intentos que vemos alrededor de enseñar «historia sin lo pintoresco, sin espadas ni juglares», dan como resultado unas historias nuevas que son «no sólo indignas de confianza sino indignas de ser leídas». («Escribiendo sobre la historia», Charlas)

Hay también dos propósitos en la historia: uno, el superior, que es el útil para los niños; otro, el inferior o secundario, que es el útil para los historiadores. El primero lo vemos en historias como las de Guillermo Tell, o la de David, o la de Nelson, que pueden ser de cualquier época y lugar, y que podemos contar a los niños porque son grandes historias que hablan de cuestiones eternas. En este sentido, «lo esencial sobre lo que yo insistiría siempre no es que el cuento sea verdadero sino que sea un gran cuento»: en las leyendas y en los relatos sobre los héroes están los principios de las más profundas lecciones de moral y de la buena educación. Por eso, en la enseñanza de la historia, «la verdad de tipo general que no cambia, es que deberíamos enseñar a los jóvenes esas verdades permanentes, y dejar a los expertos que se diviertan ellos mismos con sus errores pasados». («The Duty of the Historian», The Uses of Diversity)

Pues, en definitiva, «estoy absolutamente convencido de que es inútil hablar de la verdad en la enseñanza de cosas como la historia», de la verdad de muchos hechos históricos. «No es posible ser imparcial con la historia. Podemos mostrar entusiasmo, podemos mostrar compasión, podemos mostrarnos serenos y observadores, pero ni siquiera podríamos imaginar ser capaces de obtener la verdad. Aplaudamos, admiremos, reverenciemos, denunciemos, execremos... Pero no juzguemos, y no seremos juzgados». («Defensa de los historiadores parciales», Lectura y locura)

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viernes, 17 de septiembre de 2010

La librería,
de Penelope Fitzgerald, es un buen relato pero no tanto como esperaba. En fin, es la consecuencia de leer reseñas muy elogiosas previamente que, una vez más, me hacen caer en la trampa gracias a un comentario, como casual, con el que conecto especialmente: el de que la autora es la más privilegiada heredera de Jane Austen.

1959, Hardborough, una pequeña ciudad costera inglesa. Florence Green, viuda, decide poner en marcha una librería. Compra una vieja casa que llevaba sin ocupar muchos años, hace pequeñas campañas de marketing a su nivel, y, como consecuencia del enfrentamiento que tiene con una aristócrata local, ve peligrar el futuro de su negocio.

La autora escribe bien, es sutil, ofrece una visión que parece ajustada de un mundo provinciano inglés, deja claro el mundo interior de su protagonista. Pero en una novela de Jane Austen jamás habría un poltergeist en las casas y, creo yo, el personaje de la niña Christine, ayudante de la librera, sería más convincente. Además, seguro que Austen nunca elogiaría, en el interior de una de sus historias, una novela como Lolita y por supuesto que haría que la odiosa señora Gamart recibiera su merecido. En cualquier caso, novela simpática e inteligente, y, por tanto, valiosa.

Penelope Fitzgerald. La librería (The bookshop, 1996). Madrid: Impedimenta, 2010; 181 pp.; trad. de Ana Bustelo; ISBN: 978-84-937601-4-4.

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DAveniaBlancaNieve.jpg
jueves, 16 de septiembre de 2010

Blanca como la nieve, roja como la sangre
,
de Alessandro D'Avenia, es una novela que, por el tipo de narrador y el tipo de relato, se podría comparar con otra italiana, de hace tiempo, Jack Frusciante ha dejado el grupo, de Enrico Brizzi o con Y decirte alguna estupidez, por ejemplo te quiero, de Martín Casariego —más adelante pondré reseña de ambas aquí—, o con Vigo es Vivaldi, de José Ramón Ayllón. Es también, como esta última citada, una «novela de profesor» —escrita por un profesor con intención de reflejar preocupaciones y preguntas de los chicos y chicas, y, en la medida de lo posible, de dar algunas respuestas o de mostrar algunas salidas—. Está bien escrita, es fresca, por momentos divertida y por momentos con acentos poéticos, y busca (y en muchos casos consigue) llegar al corazón.

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miércoles, 15 de septiembre de 2010

Mi hermano el genio,
de Rodrigo Muñoz Avia, es un muy buen relato familiar, del mismo tipo que Los perfectos.

Lola, diez años, jugadora del equipo de fútbol de su colegio, habla de su vida familiar, dominada porque su hermano Gracián, mayor que ella, es un pianista prometedor a quien sus padres, y especialmente su madre, consideran un genio. El conflicto estalla cuando sus padres quieren que Lola vaya a ver un concurso que puede ganar su hermano y que, por ese motivo, no juegue un partido de fútbol importante.

El obvio acento crítico hacia actitudes como la de la madre de Lola es amable y no está recargado. La narración es divertida pues Lola, aunque sea muy peleona, tiene un humor casero muy eficaz: «¿Qué ha pasado?», le pregunta su madre cuando oye un ruido en la cocina, «que un vaso que estaba lleno de agua ha saltado desde el fregadero hasta el suelo, él solito», responde Lola. Pero lo mejor es la ironía que usa cuando cuenta las clases de violín que sus padres le obligan a tomar con una profesora coreana; o cuando habla del trabajo de su padre, que ha de poner música a un anuncio comercial sobre un detergente. Y es especialmente chistosa la narración de una comida familiar en un restaurante asiático «donde también tienen hamburguesas, espaguetis y hasta tortilla de patatas para los que no les gusta la comida asiática. Lo de este restaurante es como si en el conservatorio además de clases de violín, o de piano, o de trompeta, dieran también clases de tenis, de baloncesto y de fútbol, para los que no les gusta la música».

Rodrigo Muñoz Avia. Mi hermano el genio (2010). Barcelona: Edebé, 2010; 182 pp.; col Tucán; ilust. de Jordi Sempere; ISBN: 978-84-236-7826-6.

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martes, 14 de septiembre de 2010

Ya que se cumplen veinte años del nacimiento de Maisy, el famoso personaje de Lucy Cousins, ahí va un simpático libro reciente de la ilustradora inglesa: ¡Ñam, ñam! Mis primeros cuentos infantiles favoritos.

Son unas versiones muy sencillas, pero se podría decir que con el argumento íntegro, de Caperucita, Las tres cabritas, El nabo más grande del mundo, La gallina Marcelina, Ricitos de Oro, la gallinita roja, Los tres cerditos, Los músicos de Bremen. Son un buen primer acercamiento a esos relatos también porque, como saben quienes conocen a la autora, sus coloristas ilustraciones tienen calidad y un gran tirón con su público natural de prelectores.

Lucy Cousins. ¡Ñam, ñam! Mis primeros cuentos infantiles favoritos (Yummy: My Favourite Nursery Stories, 2009). Parramón, 2010; 124 pp.; col. Libros mágicos; ISBN: 978-84-342-3676-9.

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SmallLosDos.jpg
lunes, 13 de septiembre de 2010

La señora de los libros,
de David Small y Heather Henson, es un álbum homenaje al trabajo de unas mujeres bibliotecarias que, en los años treinta del siglo XX, distribuían libros en granjas dispersas en los montes Apalaches de Kentucky.

El narrador, un chico llamado Cal, que ayuda a su padre en los trabajos de la granja, se sorprende y desconfía cuando ve cómo una señora trae libros regularmente a su casa, con gran entusiasmo de su hermana Lark y de sus padres. Pero, poco a poco, caen sus reticencias hacia la lectura.

La fuerza que del relato está subrayada por los excelentes dibujos, que presentan bien los escenarios y las reacciones propias de cada uno de los personajes.

Otro álbum parecido (y para mi gusto incluso más atractivo) de David Small, con texto de su mujer, Sarah Stewart, es The Library (1995). En él se cuenta la vida de una bibliotecaria, Elizabeth Brown, y, con buen humor y simpatía, se reflejan todos los tópicos propios de una persona que ama los libros y del trabajo bibliotecario. A la derecha, abajo, una ilustración del interior.

David Small. La señora de los libros (That Book Woman, 2008). Texto de Heather Henson. Barcelona: Juventud, 2010; 40 pp.; trad. de Carlos Mayor; ISBN: 978-84-261-3785-2.
David Small. The Library (1995). Texto de Sarah Stewart. Square Fish, 2008; 40 pp.; ISBN-13: 978-0312384548.

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domingo, 12 de septiembre de 2010

Escolios
de Gómez Dávila sobre la cultura.

Acerca de la verdadera cultura:

—«En un siglo donde los medios de publicidad divulgan infinitas tonterías, el hombre culto no se define por lo que sabe sino por lo que ignora».

—«Hombre culto es aquel para quien nada carece de interés y casi todo de importancia».

—«Lo que distingue al hombre culto del inculto es su manera de ignorar».

—«La cultura es básicamente el código de los buenos modales de la inteligencia».

—«Las culturas se resecan cuando sus ingredientes religiosos se evaporan».

—«Frente a la pluralidad de civilizaciones y culturas, no debemos ser ni relativistas, ni absolutistas, sino jerarquizantes».

Acerca de lo que se suele llamar cultura:

—«Los “apóstoles de la cultura” acaban volviéndola negocio».

—«Los mercaderes de objetos culturales no serían irritantes si no los vendieran con retórica de apóstol».

—«El prestigio de la “cultura” hace comer al tonto sin hambre».

—«El más repulsivo y grotesco de los espectáculos es el de la superioridad de profesor vivo sobre genio muerto».

—«El afán de estar enterado es el disolvente de la cultura».

—«El bobo, para ser perfecto, necesita ser algo culto».

Acerca de los éxitos y los premios:

—«La suerte de toda causa se juega en dos tableros distintos: el de la razón, el del éxito.
No debemos confundirlos».

—«El tiempo es menos temible porque mata que porque desenmascara».

—«El volumen de aplausos no mide el valor de una idea. La doctrina imperante puede ser una estupidez pomposa.
Tan trivial reparo suele escapar, sin embargo, al espectador amedrentado».

—«Increíble que los honores enorgullezcan a quienes saben con quiénes los comparten».

—«Nada más estúpido que desdeñar la estupidez cuando solicitamos sus aplausos».

—«El tumulto en torno a una obra de arte no es hoy indicio de importancia estética, sino de aprovechamiento político».

—«La adjudicación de premios a escritores mediocres es ridícula, a grandes escritores insolente».

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sábado, 11 de septiembre de 2010

«He llegado a pensar, decía Chesterton, que si la gente sólo aprendiera Historia, llegaría a aprender todo lo demás»: geografía y Napoleón, álgebra y las Cruzadas, griego y la historia de Grecia, etc. «La historia es simplemente humanidad. Y la historia es capaz de humanizar todos los estudios, incluso el de antropología». Pero en nuestra época, seguía, «no hay historia; sólo historiadores», y «todos los historiadores modernos se dividen en dos categorías: los que narran sólo la mitad de la verdad, como Macaulay o Froude, y los que no narran verdad alguna, como Hallam y todos los imparciales. Los historiadores airados ven sólo una de las caras del problema. Los historiadores serenos no ven nada, ni siquiera el problema». Por tanto, tal vez, la actitud correcta debería ser, no la de leer a los historiadores sino la de leer la historia, no la de leer a hombres vivos que tratan temas muertos, sino la de leer los textos propios de las distintas épocas, leer a hombres muertos que hablan de temas vivos. Deberíamos, también, considerar que las novelas merecen a veces mayor confianza que los libros de historia: «El novelista se ve obligado, al menos, a tratar de describir seres humanos, cosa que el historiador muy a menudo ni siquiera intenta». («La historia frente a los historiadores», Lectura y locura)

Sea como sea, el estudio de la historia, decía, es necesario porque «un hombre sin historia es, casi en sentido literal, un imbécil. Sólo dispone de una parte de su propia mente. No sabe lo que significan la mitad de sus propias palabras, o la mitad de sus propias acciones» («Los derechos del ritual», El color de España y otros ensayos). Lo es también porque si no conocemos el pasado tampoco conocemos el presente: la historia es como una columna o un punto alto desde el cual los hombres ven la ciudad en la que viven o la época en la que están viviendo. Sin tal contraste o comparación, sin tal capacidad de cambiar de punto de vista, no podríamos ver ninguna otra cosa más que nuestros entornos sociales actuales. Los daríamos por supuestos, pensaríamos que son los únicos posibles, seríamos tan inconscientes de ellos como lo somos del crecimiento de nuestro pelo o del aire que respiramos. Frente a eso, es la variedad de la historia humana la que nos hacer ver agudamente el último giro que ha tomado el camino («On St. George Revivified», All I Survey).

Por otro lado,  viene bien pensar que la mayoría de la gente, si tuviera que dar razón de sus creencias históricas, tendría que acabar dando ésta: «“Yo creo en esto porque lo he visto en cierto sitio escrito en caracteres de imprenta por alguien a quien nunca he conocido que cita una prueba que nunca he visto, y que explica una historia que no puedo comprobar en modo alguno, ni siquiera por el paisaje”». Es decir, debemos desconfiar de quienes «no solamente no necesitan que el paisaje corrobore su historia, sino que ni siquiera se preocupan de si el paisaje contradice la historia» (William Cobbett); debemos tener en cuenta que hay cosas que no explican los libros de historia: «hay que empaparse en la atmósfera de muchas viejas ciudades y muchos libros antiguos para comprenderlas»; si no, «es como ver bailar a unos hombres sin oír la música. («Historia en piedra», El color de España y otros ensayos).

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viernes, 10 de septiembre de 2010

Cuatro hermanas,
de Jetta Carleton, es el único libro de su autora, como lo fue Matar un ruiseñor, de Harper Lee.

En ella se cuenta la vida de la familia Soames. La pequeña, Mary Jo, cuenta el primer capítulo en primera persona: hacia 1950, una reunión familiar en una granja en Misuri, que sirve para presentar a sus padres, Matthew y Callie, a sus hermanas mayores, Jessica y Leonie, y a un hijo de Leonie; y para enterar al lector de que había otra hermana Mathy, que falleció joven y tuvo un hijo, Peter, que ahora está de viaje por Europa. Los capítulos posteriores, en tercera persona, se centran en cada uno de los demás miembros de la familia.

Es una buena narración, cálida y cordial, en la que todo va desplegándose con orden. Los personajes quedan bien dibujados en sus distintos modos de ser y resultan cercanos. Los más sensatos tienen sus momentos de insensatez y, como consecuencia, se producen algunos intensos arrepentimientos como los de las heroínas de Jane Austen. Los diálogos son, al mismo tiempo, naturales y precisos: revelan bien a quienes hablan, hacen progresar la historia, presentan hasta dónde alcanzan los personajes en sus intentos de recomponer el rompecabezas de sus vidas. Y de fondo, con altibajos y limitaciones, un factor sin el que nada se comprendería: la confianza en Dios de Matthew y Callie.

Jetta Carleton. Cuatro hermanas (Moonflower Vine, 1962). Barcelona: Libros del Asteroide, 2009; 416 pp.; trad. de María Teresa Gispert; ISBN: 978-84-92663-04-0.

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jueves, 9 de septiembre de 2010

He leído los tres primeros libros de la serie de Ulysses Moore, de Pierdomenico Baccalario, y he echado un vistazo a los dos siguientes. Están publicados originalmente por la misma editorial italiana a la que pertenecen los libros de Stilton, y parecen confeccionados también con el propósito de armar una serie comercial juvenil.

Todos ellos comienzan con una carta del autor a la editorial: supuestamente, les envía, traducidos, unos manuscritos de un misterioso personaje, Ulysses Moore, antiguo propietario de una casa llamada Villa Argo, situada en la bahía de Kilmore Cove, costa de Cornualles.

El primer libro, La puerta del tiempo, contiene la presentación de los personajes y es, en realidad, sólo la primera parte de una historia pues se interrumpe en el momento clave (una trampa para el lector-comprador que, a mi juicio, es poco limpia, pues no se avisa). Los señores Covenant, padres de los gemelos Julia y Jason, han comprado Villa Argo. Los dejan allí un fin de semana, junto con el jardinero y cuidador, Néstor, que había trabajado para Ulysses Moore y su mujer. Cuando los dos hermanos se quedan solos el primer fin de semana, junto con Néstor, invitan a un amigo del pueblo, Rick Banner, un chico que ha oído muchas cosas de Villa Argo y tiene ganas de verla por dentro. Exploran la casa y los alrededores, averiguan cosas, tropiezan con una misteriosa mujer, Oblivia Newton, y su chófer Manfred.

El segundo libro, La tienda de los mapas olvidados, comienza con los chicos en el antiguo Egipto, adonde también llega Oblivia Newton. El tercero, La casa de los espejos, se desarrolla todo él en Kilmore Cove: los chicos se pasan la novela de descubrimiento en descubrimiento por distintas casas del pueblo y por sus alrededores.

La presentación de los libros tiene un aire a Una serie de catastróficas desdichas: por el marco general de un autor enigmático que escribe a la editorial; por el tipo de ilustraciones, las que van al comienzo de cada capítulo y las que aparecen al final de cada libro con el aspecto de los distintos personajes. Se pueden comparar un poco, también, con los libros de Enid Blyton donde una pandilla de hermanos y amigos, con habilidades repartidas, pueden actuar en ausencia de los padres.

Abundan los misterios. Hay uno que recorre todo el libro: quién es Ulysses Moore para los niños y para el escritor. Hay otros que van presentándose: quién es en realidad Néstor, quiénes son esos enemigos a la vez tan listos y tan torpes... Y luego están los propios de los relatos góticos donde hay casas con puertas secretas y trampillas ocultas, donde a cada poco estás en un pasadizo incierto y tienes por delante un acertijo en el que te juegas la vida... La serie también pulsa la tecla de que hay un mundo escondido bajo el mundo que conocemos y que, aquí, hay puertas hacia otras épocas.

Son libros fáciles de leer. Físicamente, por su buen diseño, su letra holgada, su buena integración con las ilustraciones. También por su estructura en capítulos cortos que terminan proponiendo un nuevo misterio, o introduciendo un nuevo paso que hay que dar, o cambiando radicalmente de escenario para reavivar la emoción. Luego, porque no tienen ningún alarde descriptivo, aunque la prosa es periodística y lineal y no faltan las expresiones tópicas. Los lectores más expertos echarán de menos una intriga más inteligente, pues aquí todo va desplegándose al hilo de la inventiva del autor, que se saca de la manga nuevos incidentes o nuevas soluciones según las necesitan unos protagonistas que no paran de correr de un lado a otro. En cualquier caso, se leen bien y, por lo que veo, atraen a no pocos lectores.

Pierdomenico Baccalario. La puerta del tiempo (La porta del tempo, 2004). Barcelona: Montena, 2006; 215 pp.; col. Serie infinita; ilust. de Iacopo Bruno; trad. de Santiago Jordán Sempere; ISBN-10: 84-8441-292-X.
Pierdomenico Baccalario. La tienda de los mapas olvidados (La bottega delle mappe dimenticate, 2005). Barcelona: Montena, 2006; 253 pp.; col. Serie infinita; ilust. de Jacopo Bruno; trad. de María Lozano; ISBN-10: 84-8441-324-1.
Pierdomenico Baccalario. La casa delos espejos (La Casa degli Specchi, 2005). Barcelona: Random House Mondadori, 2008, 4ª ed.; 232 pp.; col. Serie Infinita; trad. de María Lozano; ISBN: 978-84-8441-354-7.

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miércoles, 8 de septiembre de 2010
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martes, 7 de septiembre de 2010

Me han preguntado algunas veces qué opino de los libros de Gerónimo Stilton y Tea Stilton.

La primera salvedad que hago es la de que no los he leído todos, sino sólo unos diez, por lo que mi comentario no puede ser completo. La segunda es que son libros que han de juzgarse como lo que son, como un producto cuyas pretensiones son comerciales, y en este sentido pocas pegas se les pueden poner: son un éxito arrollador. Esta forma de confeccionar historias es muy antiguo en la literatura popular y, por supuesto, en la literatura infantil y juvenil: el ejemplo más característico es el de las series que, a principios del siglo XX, puso en marcha Edward Stratemayer (en su juventud secretario de Horatio Alger, otro maestro de los libros infantiles de gran éxito popular), y que duran hoy todavía.

Dicho lo anterior, lo positivo que tienen los libros de Stilton es que son libros bien hechos, y que al lector niño le aportan diversión y una experiencia placentera de la lectura, por lo que pueden ser la puerta para otros libros. Esto es mucho y, por eso, merecen aplausos. Además, en los ejemplares que yo he leído no he tropezado con historias que tengan pasajes zafios (como algunos que sí vi en libros de Pablo Diablo).

Las razones para explicar por qué no me gustan del todo tienen que ver con mis propias preferencias y con lo que yo espero de los libros. Una es la misma por la que no me gusta comer en un MacDonald: dada mi edad y mi biografía prefiero otro tipo de establecimientos y otro tipo de comidas. Otra es la misma por la que no me gustan algunas versiones de cuentos clásicos de Disney: no por el hecho de que sean más o menos edulcoradas, que a eso todo el mundo tiene derecho, sino por lo que tienen de «saqueo» de relatos que merecerían ser tratados de otra manera, o que yo prefiero que lleguen a los lectores de otra manera. Y otra más, que los libros de Stilton comparten con muchos otros libros actuales, es la clara intención que tienen de presentar tantos buenos sentimientos enlatados (que, no lo voy a discutir, suelen ser mejores que los malos sentimientos enlatados), y que, por tanto, muchas veces suenan falsos.

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lunes, 6 de septiembre de 2010

¡¡Máass!!,
de Peter Schössow, es un álbum sin palabras o, mejor, con aquella única palabra. En la doble página de presentación, donde van el título y los datos editoriales, vemos un hombre mayor, con abrigo, bufanda y sombrero, paseando por una playa en un día ventoso. En la segunda doble página vemos que le vuela el sombrero. En la tercera, que comienza a correr tras él. En la cuarta, que el viento lo levanta...

Relato de argumento elemental, aparentemente, pero gráficamente muy bien construído pues, con las distintas ilustraciones y con su secuencia, logra transmitir los sentimientos del protagonista: de susto y de miedo en su primera parte, de gozo y asombro cuando al fin se ve volando por encima del mar y de los campos... El colorido es escaso, como corresponde a un tiempo tormentoso. La historia recuerda, (o en cualquier caso a mí me recuerda), un conocido artículo de Chesterton, que dio título a la edición española de una recopilación de textos suyos, y que habla de las contrariedades transformadas en aventuras o de cómo todas las contrariedades, bien enfocadas, pueden ser aventuras.

Peter Schössow. ¡¡Máaas!! (Meehr!, 2010). Salamanca: Lóguez, 2010; 27 pp.; ISBN: 978-84-96646-45-2.

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domingo, 5 de septiembre de 2010

Varios escolios de Gómez Dávila sobre la historia y el trabajo de los historiadores:

—«La tarea del historiador consiste menos en explicar lo que pasó, que en hacer comprender cómo el contemporáneo comprendía lo que pasó».

—«La historia no tiene leyes que permitan predecir; pero tiene contextos que permiten explicar; y tendencias, que permiten presentir».

—«La historia se suicida al negar toda trascendencia.
Si la realidad es sólo temporal, su lugar es el presente. El pasado carece de importancia.
Para que la historia nos concierna, algo en ella debe trascenderla: algo debe haber en la historia más que historia».

—«El historiador que desdeña la “superficie pintoresca de la historia”, pretendiendo convertirse en zahorí de “corrientes históricas profundas”, olvida que historia es lo que acontece al individuo de carne y hueso en un instante y en un sitio».

—«No son raros los historiadores franceses para quienes la historia del mundo es un episodio de la historia de Francia».

—«(...) Gran historiador (...) es el que puede permitirse dibujar un mapa erróneo de los sucesos de una época, siempre que acierte a evocar su “espíritu”, su “alma”, su “sabor”, su “color”, su “clima”. (...)»

—«La novela añade a la historia su tercera dimensión».

—«En manos del historiador inteligente la historia es el lugar donde la verdad estalla en poesía».

—«Así como hay verdades que sólo podemos pintar, así hay otras que sólo se expresan en leyendas».

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sábado, 4 de septiembre de 2010

Chesterton
tuvo una especial querencia por la Edad Media, a la que veía como una época llena de posibilidades que, sin embargo, se truncaron. Pero, aunque sus comentarios subrayaron mucho lo positivo de aquella época, también porque fueron hechos para replicar otros comentarios precipitados o ignorantes, estaban llenos de matices: «La sociedad medieval no era el lugar correcto, era sólo la dirección correcta. Era sólo el camino correcto, o quizás sólo el principio del camino correcto. La Edad Media estaba muy lejos de ser la Edad donde todo estaba bien. Sería más correcto decir que era la Edad en la que todo fue mal. Fue el momento en el que las cosas podían haberse desarrollado bien pero lo hicieron mal». (The New Jerusalem)

Por un lado, están los comentarios descriptivos de la época, muchos de los cuales se pueden encontrar en su biografía de Chaucer, como, pongamos por caso, cuando indica que la esencia de la filosofía medieval era «que en todas las direcciones hay peligros, lo mismo que en todas las direcciones hay ventajas»; o cuando señala que «para el medieval su paganismo era como una pared y su catolicismo como una ventana. No pueden establecerse discusiones de gradación o de relatividad en la diferencia entre una pared y una ventana».

Y, por otro, están aquellos que tienen la intención de contrastar aquella época con la nuestra. Por ejemplo:

—«Llamamos ascético al siglo XII. De nuestro tiempo decimos que es hedonista y lleno de placeres. En la época ascética el amor a la vida era evidente y enorme y hubo que reprimirlo. En la edad hedonista el placer ha caído tan bajo que ha sido necesario estimularlo. (...) La humanidad no produce nunca optimistas hasta que ha dejado de producir hombres felices». (George Bernard Shaw)

—«Es característico de nuestros días echar en cara a los teólogos antiguos distinciones sutiles. Ello se debe a que en estos tiempos tendemos siempre a semejanzas superficiales (...) que cubren diferencias hondas y fundamentales». Así, «los críticos no aciertan a percibir la diferencia entre el puritanismo de ahora y el ascetismo de la época de Chaucer, y piensan que la renunciación a las cosas de este mundo en nombre de otro mundo son lo mismo. Pero las raíces son muy distintas». (Chaucer)

—En las miniaturas medievales o en tantas esculturas que podemos encontrar en las catedrales y en los monasterios, no hay huellas de monotonía artística, no hay rastros de que la época desease separar la comedia de la tragedia. «Los modernos que no creen en el cristianismo son incluso más reverentes hacia el cristianismo que aquellos cristianos que creyeron en él. El más exagerado de los chistes de Voltaire no es más irreverente que muchos de los chistes que allí hallamos ilustrados por hombres mansos y humildes sobre sus propias creencias». Una muestra: la bestia de las siete cabezas del Apocalipsis, con su pareja, figuraba entre los animales del Arca de Noé, «para cooperar con ella en la propagación de tan importante especie, sin duda a fin de estar presente a su debido tiempo en el Apocalipsis. Si esta hubiera sido una ocurrencia de Voltaire, no cabe duda de que la habría puesto por escrito». Por eso es justo decir que en la Edad Media no había esa clase de impresionismo del que sólo sabe mirar la realidad a través de rendijas o ese otro impresionismo intelectual del que usa sólo media inteligencia. («El sepulturero», Lectura y locura)

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viernes, 3 de septiembre de 2010

El buen ladrón,
de Hannah Tinti, es una novela que se desarrolla en Nueva Inglaterra, en el siglo XIX, y cuyos protagonistas son pícaros con grandes dosis de humanidad aunque saqueen cementerios y cadáveres, como algunos personajes dickensianos de Historia de dos ciudades o de Nuestro común amigo.

Comienza en un orfanato llevado por unos frailes, donde un chico de doce años al que le falta una mano, Ren, es reclamado un día por un tipo con mucha labia, Benjamín, que dice ser familiar suyo. Ren acaba siendo cómplice de las andanzas de Benjamin y su socio Tom, que ganan dinero desvalijando cadáveres o, incluso, los cadáveres completos (fresquitos, porque si no, no sirven) para venderlos a un médico con intereses científicos.

A pesar de lo grotesco de tipos y situaciones, y de que también hay momentos de crueldad, la novela se deja leer bien. Está bien contada, tiene pasajes y ambientes originales —como el de la fábrica de ratoneras—, tiene momentos propios de cuento popular —como los de un enano que baja cada noche por la chimenea—, y toda ella está guiada por la incógnita de siempre: ¿quiénes fueron los padres de Ren?

Hannah Tinti. El buen ladrón (The Good Thief, 2008). Barcelona: Anagrama, 2008; 360 pp.; col. Panorama de narrativas; trad. de Jesús Zulaika; ISBN 978-84-339-7529-4.

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jueves, 2 de septiembre de 2010

El ojo del cuervo,
de Shane Peacock, es un relato pensado para enganchar a todos los seguidores de Sherlock Holmes o, al revés, para conducir a otros lectores hacia el personaje de Arthur Conan Doyle.

La historia tiene lugar en 1867, en Londres. El joven Sherlock Holmes tiene trece años y es un chico especial: «una máquina de observar». Deja de ir a clase muchas veces porque allí se siente acosado y vagabundea por el centro de la ciudad. Sus padres tienen pocos medios económicos: su padre es un científico judío pobre y su madre una mujer rechazada por su aristocrática familia debido a su matrimonio. Cuando sucede un cruel asesinato, Sherlock decide investigar: le ayudará una chica también especial, Irene Doyle; gracias a ella también lo hará una banda de chicos, los Irregulares; y competirá con un joven inspector llamado Lestrade.

La novela es eficaz pues se sigue con interés. Todo está contado con relativa sencillez, aunque parezcan exagerados algunos pasos del argumento (para un detective como Holmes al menos), y suenen excesivas algunas frases en boca de unos protagonistas tan jóvenes. Como se puede suponer, el pequeño Holmes tiene ya las cualidades que le harán famoso: sus deducciones son asombrosas, es incansable, no se altera por nada, tiene gran sentido de la justicia. Naturalmente, la historia cuenta con algunos toques pensados para conectar con el lector de hoy: la oponente femenina es una chica progresista que se mueve con una soltura envidiable, pues su padre es un filántropo y librepensador que se lo facilita; el acusado injustamente al que Holmes libra de ser condenado es un chico árabe que pasaba por allí...

Shane Peacock. El ojo del cuervo (Eye of the Crow, 2007). Madrid: Almadraba, 2010; 347 pp.; col. El joven Sherlock Holmes; trad. de Maia Figueroa Evans; ISBN: 978-84-92702-49-7.

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miércoles, 1 de septiembre de 2010

Hace pocos meses se publicó Johnny y la bomba, de Terry Pratchett, el tercer libro de la trilogía de Johnny Maxwell: el primero fue Sólo tú puedes salvar a la humanidad y el segundo, no traducido al castellano, que yo sepa, fue Johnny and the Dead.

El protagonista es un chico tímido —«era un perdedor. (...) Titubeaba. Decía mmm a todas horas»—, pero a cuyo alrededor pasan cosas, y en sus aventuras le acompañan unos compañeros con apariencias de delincuentes o de colgados, y que también tienen sus problemas. A través de un juego de ordenador, en el primer libro entra en contacto con unos alienígenas. En el segundo libro descubre que puede comunicarse con los espíritus del cementerio de la ciudad, a punto de ser demolido. En el tercero, por medio de un carrito de cachivaches de una vagabunda, viaja en el tiempo hacia un día del año 1941 en el que los alemanes están a punto de bombardear su ciudad.

Las historias no están bien armadas del todo a pesar de que Pratchett hila los hechos y elude las dificultades propias de un relato que se desarrolla en mundos alternativos, con la soltura que se le supone. Lo importante, para sus seguidores, son las muchas descripciones breves ingeniosas y los diálogos chispeantes. Por ejemplo: en la primera novela se dice que Bigmac, uno de los amigos de Johnny, «siempre llevaba botas militares y pantalones de camuflaje. Con esa vestimenta, se le veía a dos kilómetros de distancia»; y en la tercera se dice que Bigmac «no era un delincuente, simplemente solía estar cerca cuando se cometía un delito».

Una muestra de la inteligente ironía de Pratchett, tomada de la primera novela, está cuando La Capitana, la jefa de los extraterrestres, oye a Johnny mencionar la palabra «sexista» y le pregunta qué significa. Y Johnny responde:

«—Sólo significa que es preciso tratar a las personas como personas, como seres humanos. Se trata de no dar por sentado que existen determinadas cosas que las chicas no saben o no pueden hacer. En la escuela tuvimos una charla sobre todo eso. En realidad, hay montones de cosas que la mayor parte de las chicas no saben hacer, pero lo correcto es fingir que sí pueden, para que muchas más lo consigan. De eso se trata.
—Entonces, presumiblemente habrá cosas que los chicos no sepan hacer, ¿no?
—Oh, desde luego, pero siempre serán cosas de chicas —dijo Johnny».

Terry Pratchett. Sólo tú puedes salvar a la humanidad (Only You Can Save the Mankind, 1992). Madrid: Alfaguara, 1998; 184 pp.; col. Infantil-Juvenil; trad. de Miguel Martínez-Lage; ISBN: 84-204-4840-0.
Terry Pratchett. Johnny and the Dead (1993). Corgi Childrens, 2004; 199 pp.; ISBN-13: 978-0552551069.
Terry Pratchett. Johnny y la bomba (Johnny and the Bomb, 1996). Barcelona: Timunmas, 2010; 235 pp.; trad. de Albert Vitó i Godina; ISBN: 978-84-480-3826-7.

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