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Nota: 'Secretos destructivos' :: bienvenidosalafiesta ::    
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jueves, 10 de noviembre de 2005

Secretos destructivos


Pocos años después de que Robert Erskine Childers escribiera El enigma de las arenas, Joseph Conrad publicó El agente secreto, otra novela fundacional de los thriller de espías. Un agente secreto al servicio de los rusos está felizmente casado con una buena mujer que no sabe nada de sus ocupaciones: ambos habían construido su vida, nos dice Conrad, absteniéndose «de ir al fondo de los hechos y las motivaciones». Conrad se centra en la psicología de los personajes y habla de la imposibilidad de llevar una vida doble sin conflictos, de cómo no se puede separar lo público y lo privado, de cómo hay secretos que terminan destruyendo a quien los lleva... El autor no alcanza esta vez el nivel de sus otras obras, pero si su éxito popular con esta historia es escaso eso se debe no tanto a que su final es amargo como a que ninguno de sus personajes es realmente amable.

Además, al margen del interés que tiene la novela en sí misma, dan idea del talante de Conrad unas palabras que puso en el prólogo que escribió en 1920 para esta historia. En él explica que algunos revolucionarios le habían preguntado cómo había conseguido conocerles tan bien, y Conrad dice que «tuve esta opinión por un gran cumplido, pues es un hecho cierto que mi trato con ellos había sido incluso inferior al del omnisciente amigo que me ofreció la primera sugerencia para escribir la novela. No me cabe duda, sin embargo, de que, por momentos, mientras escribía este libro, me convertí en revolucionario radical; no diré que mi convicción fuera más sólida que la suya, pero sí que me animaba un propósito indiscutiblemente más firme de lo que ninguno de ellos hubiera tenido jamás. No pretendo con esto alardear. Sencillamente me empleé a fondo en la tarea. Siempre me he empleado a fondo en la composición de mis libros. Me he rendido completamente a ellos. Y tampoco esta afirmación contiene alarde de ninguna clase. No podría haberlo hecho de otra manera. Me habría aburrido demasiado y nadie me hubiese creído».

Joseph Conrad. El agente secreto (The Secret Agent; a Simple Tale, 1906-1907). Madrid: Anaya, 2000; 304 pp.; col. Tus libros; ilust. de Tino Gatagán; trad. de Fernando Santos; apéndice de Constantino Bértolo; ISBN: 84-207-0026-6. Otra edición en Madrid: Alianza, 2008; col. El Libro de Bolsillo; trad. de Alberto Martínez Adell; ISBN: 978-8420657882.
Tomo las frases del segundo párrafo de la nota, del libro Nota del autor: los prólogos de Conrad a sus obras (Conrad’s Prefaces to His Works, 1937). Segovia: La Uña Rota, 2013; 237 pp.; traducciones de Catalina Martínez Muñoz, Eugenia Vázquez Nacarino y Miguel Martínez-Lage; con un ensayo de Edward Garnett; ISBN: 978-84-95291-27-1.

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