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viernes, 5 de enero de 2007

Una indulgencia que no es bondad


Muchos padres y profesores pueden apreciar las consideraciones que figuran en Silas Marner, de George Eliot, sobre las consecuencias de la educación recibida por el joven Godfrey Cass. Su padre, se nos dice, «como muchos hombres violentos e implacables, dejaba crecer el mal a la sombra de su propio descuido, y cuando aquel se fortalecía y le molestaba, lo perseguía con una saña y una dureza indefinibles». Godfrey, sigue más adelante, «siempre había sabido que la indulgencia de su padre no era bondad, y había ansiado vagamente cierta disciplina que frenase sus tendencias descarriadas y fomentase sus mejores instintos».

Con esas premisas, cuando llega el momento de hablar a su padre, Godfrey no se atreve y huye «a su refugio de costumbre, el de esperar que algún cambio de suerte imprevisto, alguna oportunidad favorable, le salvara de las consecuencias desagradables: tal vez hasta pudiera justificar su falta de sinceridad poniendo de manifiesto su prudencia». Y aquí emprende la escritora una de sus jugosas y características digresiones para explicarnos que «la tendencia de Godfrey a confiar en los datos de la fortuna no podría llamarse anticuada», y para poner distintos ejemplos de lo mismo, de cómo un hombre «que no cumple con los deberes de su cargo, confía en que no tendrá importancia aquello precisamente que ha dejado de hacer», o de cómo aquel «que traiciona a un amigo adorará la misma complejidad astuta llamada Suerte, y esperará que el amigo no llegue nunca a enterarse»... En fin, concluye, Godfrey practicaba una clase de religión «que desprecia el proceso ordenado que produce frutos como la semilla que los engendra».

George Eliot. Silas Marner (1861). Madrid: Valdemar, 2000; 286 pp.; col. El Club Diógenes; trad. de Ana D’Aumonville Alegría; ISBN: 84-7702-308-5.

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