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sábado, 1 de septiembre de 2007

El bien siempre regresa con lentitud


Cuando cuenta su pasado bajo el régimen comunista, Adam Zagajewski explica que también él se vio atrapado por la propaganda y que «algunos axiomas del pérfido sistema los consideraba al principio del todo evidentes». Pero, «sobre todo gracias a la ayuda de otros, de mis padres, de autoridades de la generación anterior, de los grandes poetas de mi lengua, de los inteligentes escritores de la emigración y de un puñado de valientes contemporáneos que vivían en el país, salí de aquel paso entero, o casi.

La actividad de varias generaciones que colaboraron entre sí dio como resultado que, con el transcurso del tiempo, aquel sistema, que parecía tan fuerte, no sólo no pudiese continuar su invasión del pensamiento, sino también que a cada paso fuese perdiendo su razón de ser; sus cimientos se fueron desmoronando, se hicieron cada vez más endebles, hasta que al fin se arruinaron por completo, como uno de esos frágiles palacios construidos a base de cerillas por un cartero jubilado o por un muchacho veinteañero.

No son los verdugos quienes escriben la historia, no es Goebbels ni Mólotov, sino la gente honesta; a ella pertenece la última palabra. Aquello en lo que era difícil creer a finales de la década de los años treinta o a principios de la de los cuarenta, cuando casi toda Europa estaba envenenada por falsos ideales, tomó cuerpo: los crímenes y las mentiras a las que entonces sirvieron también algunos de los europeos más inteligentes, hoy, a excepción de un grupito de excéntricos y de idiotas, no encuentran ya defensores.

Incluso aquellos intelectuales y artistas que empezaron por servir a la atroz civilización soviética, pronto sufrieron una dramática transformación y se convirtieron en sus críticos radicales. En vez de condenarlos por su temprana intoxicación juvenil, prefiero, más bien, admirar la grandeza de espíritu de la naturaleza humana, que ofrecía a personas muy jóvenes y capaces aún una segunda oportunidad, la posibilidad de un “come back” moral. Y, sobre todo, vislumbro aquí la extraordinariamente paciente y constante labor del bien, que incluso en este siglo en general tan cruel no quedó del todo aniquilado. ¡El bien también existe!, no sólo el mal y el diablo y la estupidez. El mal es más enérgico, puede actuar como un relámpago, como la “blitzkrieg”; al bien, en cambio, le gusta, desconcertantemente extraño, demorarse. En muchos casos, esa fatal desproporción acarrea muchas pérdidas que jamás pueden recuperarse. ¡Quién no recuerda aquella expresión, que sonaba a sarcasmo, utilizada después de 1956, de la «rehabilitación» de las víctimas del terror!

Pero el bien regresa, tranquilamente, sin prisa, como esos caballeros-detectives de las antiguas novelas policíacas, que flemáticos, vestidos con elegancia y fumando una pipa se presentan en el lugar del crimen al día siguiente de haberse cometido.

Vuelve con lentitud —como si fuese él el Único que no dispusiese de ningún vehículo moderno, ni de coche, ni de avión, ni de cohete, ni siquiera de una bicicleta—, pero, con todo, vuelve, sin prisa como un peregrino, inexorable como el alba. Por desgracia, vuelve demasiado despacio, como si no quisiera recordar que nosotros estamos trágicamente enredados en el tiempo, que tenemos muy poco tiempo. El bien se comporta con nosotros cual si fuésemos inmortales; él mismo es, en cierto sentido superficial y adusto, inmortal y, según parece, nos atribuye esa misma propiedad, desdeñando así el tiempo y la carne, nuestro envejecer y nuestra desaparición. El bien es mejor que nosotros».

Adam Zagajewski. En la belleza ajena.

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