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sábado, 27 de octubre de 2007

Ser claro no es ser completo


«Un frecuente lugar común consiste en afirmar que los Clásicos son eternos. Lo son, pero no por la razón que se supone, esto es, no por haber encontrado la verdad, como sobre todo por haberla dicho bien, es decir, incompletamente; pues este es un hábil medio de respetarla. No hay que confundir ser claro con ser completo. La fuerza clásica descansa en esa distinción; los Clásicos fueron claros, de una claridad terrible, pero tan clara que, en esa transparencia, presentimos vacíos inquietantes; de los que no sabemos, debido a su habilidad, si los han puesto o simplemente los han dejado. Un clásico no lo dice todo, ni mucho menos (dejando aparte el caso en que nos imaginamos que lo encontramos todo en él); dice un poco más de lo evidente, e incluso el suplemento de desconocimiento lo dice como si fuese evidente (...). Pero eso hace pensar, pensar indefinidamente».

Y, en otro momento, el mismo Roland Barthes dice:

«Para leer a los Clásicos, todos los móviles son buenos, pues no engañan, no abusan y no decepcionan; por lo tanto, incluso podemos recomendar su lectura por vanidad.
Luego, hay que leerlos con un propósito muy personal. Voy a buscar, bajo la generalidad de su arte, la flecha que me dispararon a través de los siglos».

Roland Barthes. «Gustar de los clásicos», texto de 1944 contenido en Variaciones sobre la literatura (artículos extraídos de Oeuvres Complètes). Barcelona: Paidós, 2002; 280 pp.; col. Paidós comunicación; selección y traducción de Enrique Folch González; ISBN: 84-493-1267-1.

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