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jueves, 6 de diciembre de 2007

Esperanza en un mundo desolado


De los escritores actuales que conozco, para mí uno de los mejores es Cormac McCarthy. En especial, Todos los hermosos caballos, la primera novela de La trilogía de la frontera, me parece deslumbrante.

De la novela reciente La carretera, lo primero que hay que decir es que no  es un relato popular, aunque haya ganado el premio Pulitzer, ni es una novela de ciencia-ficción al uso, como podría pensar quien supiera su argumento. Es también algo diferente a las demás obras del autor: frente a sus otras historias que tratan de mundos oscuros en los que nadie parece saber a dónde ir, aunque algunas pistas hay, aquí hay un mensaje más neto. En relación a él advierto que, al final, daré una clave que, tal vez, algunos lectores preferirán descubrir por sí mismos. De todos modos, lo hago porque también pienso que, dado el tipo de relato y las características del autor, eso no importa mucho.

En un mundo desolado postnuclear, al comienzo del invierno, un padre y su hijo pequeño, cuyos nombres no se mencionan nunca, viajan hacia el sur y hacia el mar siguiendo la que fue carretera general y llevando sus mochilas en un carrito de supermercado. Han de ir buscando alimentos en casas y ciudades abandonadas y han de ir ocultándose de la poca gente a la que ven por temor a que sean bandas de caníbales. El niño está muy asustado y el padre, a quien a veces vienen a la mente algunas escenas del pasado, desea por encima de todo protegerlo y por eso frecuentemente reacciona con dureza.

Se ve que a McCarthy no le importa mucho la originalidad de las situaciones que presenta, pues hay escenas semejantes en novelas o películas sobre un tema parecido, sino desplegar su peculiar modo de narrar y unas situaciones humanas límite. Como en sus otras novelas, es asombroso tanto su rico estilo descriptivo como la contundencia con la que suenan los pocos diálogos ultra lacónicos que intercambian los personajes. A diferencia de sus historias anteriores, aquí las situaciones de terrible violencia que se nos cuentan han sucedido ya y delante del lector sólo aparecen los resultados: cadáveres y despojos humanos, pero, sobre todo, el mundo gris y ceniciento de alrededor en el que hay una frecuente lluvia de hollín a la deriva.

El relato está envuelto en dos frases que, si se suprimieran, no alterarían en nada la materialidad de lo que se cuenta. Sin embargo, en ellas está toda la potencia de la novela y el modo de actuar de un escritor como McCarthy. En la segunda página del relato se nos dice que el padre «sólo sabía que el niño era su garantía. Y dijo: Si él no es la palabra de Dios Dios no ha hablado nunca». Y, en la última página, cuando el niño le dice a la mujer que, en vez de rezar a Dios como ella le dice, habla con su padre, la mujer «le dijo que eso estaba bien. Dijo que el aliento de Dios era el de él aunque pasara de hombre a hombre por los siglos de los siglos».

Cormac McCarthy. La carretera (The Road, 2006). Barcelona: Random House-Mondadori, 2007; 210 pp.; col. Literatura Mondadori; trad de Luis Murillo Fort; ISBN: 978-84-397-2077-5.

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