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Nota: 'Aquellas tarjetas perforadas...' :: bienvenidosalafiesta ::    
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miércoles, 12 de marzo de 2008

Aquellas tarjetas perforadas...


El núcleo del relato comentado ayer es el mismo de la que muchos consideran la mejor novela de Isaac Asimov: El fin de la Eternidad. En ella La Eternidad es una organización paralela a la historia de la humanidad que nace el siglo 27 y dura hasta el siglo 70.000: sus componentes pueden viajar en el tiempo, saltando de siglo en siglo, para alterar sucesos de modo que todo vaya bien. Es una narración centrada en mundo interior del protagonista, Andrew Harlan, un tipo independiente que provocará cambios inesperados en la realidad.

Esta novela, notable por su claridad narrativa, ejemplifica la gran debilidad de las novelas de ciencia-ficción: que los adelantos tecnológicos que se imaginaron como imposibles en el pasado suenan ahora muy tontos. Por ejemplo, cuando se nos habla de que Harlan maneja «tablas de patrones perforados de intrincado diseño» que traduce al lenguaje «Intemporal Estándar» con un «descodificador de bolsillo», aunque, por supuesto, Harlan «había llegado al nivel en el que podía leer las perforaciones directamente»...

En cambio, los relatos cortos donde la idea básica es lo único importante, sobreviven perfectamente: véanse los de Yo, robot.

Isaac Asimov. El fin de la Eternidad (The End of Eternity, 1955). Arganda del Rey (Madrid): La Factoría de Ideas, 2004; 319 pp.; col. Solaris ficción; trad. de Miguel López Genicio; ISBN: 84-88966-92-X.

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