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jueves, 1 de mayo de 2008

Candor o inocencia


El candor del Padre Brown
,
o la inocencia en otras traducciones, es una cualidad del Padre Brown que tiene dos caras: una, relacionada con su porte y su modo de comportarse, es la que hace que muchas personas que le rodean —delincuentes, policías, o cualquiera—, no se lo acaben de tomar en serio; otra, relacionada con sus actitudes vitales, es la que le hace intentar comprender y convertir al delincuente, la que ve la bondad como el único remedio para él, hasta el punto de que con frecuencia no hará nada por atraparlo.

Una de las ideas básicas, en esta primera colección de relatos en la que se presentaba tanto al detective como a Flambeau, un ladrón reconvertido luego en investigador privado que será en muchos casos una especie de ayudante, es que la línea que separa al delincuente de quien le persigue es, a veces, muy estrecha. Esto se verá no sólo en Flambeau sino también en la evolución del jefe de policía de París Valentín, que pasa de ser el mejor policía del mundo en el primer relato a ser un criminal en el siguiente.
La explicación de lo anterior es la misma que dará el P.B. cuando aclara por qué intuye algunas cosas: en El martillo de Dios un tipo le pregunta si acaso él no será el diablo en persona y le responde: «Soy un hombre. En consecuencia, todos los diablos residen en mi corazón». Pero la técnica detectivesca del P.B. se basa no sólo en la comprensión del corazón humano sino también en el amor a la razón. Así, en La cruz azul el P.B. afirmará que «lo más increíble de los milagros está en que acontezcan; sólo el ignorante en motores puede hablar de motores sin petróleo; sólo el ignorante en cosas de la razón puede creer que se razone sin sólidos primeros principios».

A lo largo de toda la historia del P.B. irá marcándose cada vez más un rasgo: la defensa de las personas de clase humilde y el ataque a quienes actúan con prejuicios de clase social. En relación a esto, en esta primera colección hay un caso donde se habla de que «los aristócratas no viven de tradiciones sino de modas», El martillo de Dios, en el que cuando el médico dice al herrero «modere usted su lenguaje», el herrero le contesta contundentemente: «Que modere su lenguaje la Biblia y yo moderaré el mío».

Otra idea que aquí aparece todavía poco, pero que será relativamente habitual, es lo equivocados que son los juicios de la historia o, si se quiere, cuánta ignorancia histórica se aprecia en muchos comentarios. Así, en La muestra de “La espada rota” el P.B. habla de un personaje ya fallecido y dice: «Sus estatuas de mármol han de entusiasmar por siglos y siglos las almas inocentes y orgullosas de los niños; su tumba olerá a lealtad, como huele a lirios. Millones de hombres que no lo conocieron amarán como a un padre a ese hombre que fue tratado como un andrajo por los pocos que lo conocieron».

En esta primera colección aún no hay casos que, más adelante, abundarán: los que tienen periodistas y actores como protagonistas. Eso sí, son numerosas las observaciones del P.B. que indican pautas de comportamiento llenas de un sentido común sereno. Como ejemplo, en Los pecados del príncipe Sarradine, afirma: «Hemos dado un mal paso, y hemos llegado a mal sitio (...). Pero no importa: a veces hace uno bien con el simple hecho de ser la única persona buena en un mal sitio».

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