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sábado, 20 de septiembre de 2008

Sobre los clásicos


Habla Chateaubriand en sus Memorias de que hay «cinco o seis escritores que son suficientes para las necesidades y el alimento del pensamiento», genios nutricios que «parecen haber alumbrado y amamantado a los demás». De Homero dice que fecundó la antigüedad; de Dante que engendró la Italia moderna; de Rabelais que creó las letras francesas; e Inglaterra es enteramente Shakespeare... (Y por nuestra cuenta podemos añadir a Cervantes). Y continúa: «A menudo se reniega de estos maestros supremos; se rebela uno contra ellos; se enumeran sus defectos; se los acusa de ser aburridos, de una obra demasiado extensa, de extravagancia, de mal gusto, al tiempo que se los saquea, engalanándose con plumas ajenas; pero en vano nos debatimos bajo su yugo. Todo se tiñe de sus colores; por doquier encontramos sus huellas; inventan palabras y nombres que van a enriquecer el vocabulario general de los pueblos; sus expresiones se convierten en proverbiales, sus personajes ficticios se truecan en personajes reales, que tienen herederos y linaje. Abren horizontes de donde brotan haces de luz; siembran ideas, gérmenes de otras mil; proporcionan motivos de inspiración, temas, estilos a todas las artes: sus obras son las minas o las entrañas del espíritu humano.

Tales genios ocupan el primer rango; su inmensidad, su variedad, su fecundidad, su originalidad hacen que se los reconozca en primer lugar como leyes, ejemplos, moldes, tipos de las diversas inteligencias, así como hay cuatro o cinco razas de hombres salidas de un mismo tronco, del que los otros no son sino ramas. Guardémonos de decir pestes de los desórdenes en los que caen algunas veces estos seres poderosos; no imitemos en esto a Cam el maldito, no nos riamos si encontramos, desnudo y dormido, a la sombra del arca varada en las montañas de Armenia, al único y solitario barquero del abismo. Respetemos a este navegante diluviano que comenzó de nuevo la Creación tras el agotamiento de las cataratas del cielo; hijos piadosos, bendecidos por nuestro padre, cubrámoslo púdicamente con nuestro manto».

François-René de Chateaubriand. Memorias de ultratumba (Mémories d’outre tombe, 1848). Barcelona: El Acantilado, 2004; dos volúmenes, 2723 pp.; presentación de Marc Fumaroli, prólogo de Jean-Claude Berchet, trad. de José Monreal Salvador, ISBN 10: 84-96136-85-X y 84-96136-86-8.

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