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sábado, 13 de diciembre de 2008

Cómo acertar fracasando


La nueva edición de La superstición del divorcio, de Chesterton, viene con un prólogo clarificador de Enrique García Máiquez en el que se señalan algunas cosas importantes. Entre otras, a propósito del intento de algunos de considerar a Chesterton como un hombre ingenioso capaz de defender cualquier cosa, la explicación de la imposibilidad en su caso particular de separar el fondo de la forma. Otra más es el apunte, y la correspondiente aclaración, de que algunas referencias aisladas pueden sonar mal a ciertos oídos sensibles: una se refiere a los malos tratos en el matrimonio y otra es una generalización que suena despectiva hacia los judíos.

El libro, compuesto a partir de una serie de artículos publicados en 1918, fue concebido como un panfleto que, como tal, debería quedar anticuado lo antes posible y no podría sobrevivir sino fracasando: paradójicamente, por tanto, la misma vigencia del análisis de Chesterton prueba su fracaso en la vida real. Sus argumentos en favor del matrimonio y en contra del divorcio tienen el propósito de clarificar qué significan las palabras que usamos y qué consecuencias personales y sociales se derivan de la proliferación del divorcio.

Se puede comenzar el razonamiento señalando que, aunque cada matrimonio es una especie de equilibrio inestable y por eso muchos fracasan, tal cosa no dice nada en su contra como institución: porque «el Puente de Londres se haya hundido, ¿hemos de presumir que la finalidad de los puentes no es unir dos puntos?». De ahí que, antes de hablar de divorcio, es necesario aclarar antes de qué hablamos cuando hablamos de matrimonio; de otro modo actuaríamos como quien se pone a «discutir el mejor tipo de gafas para ciegos o de corte de pelo para calvos». La cuestión es que si «divorciarse es —hablando literalmente— descasarse, resulta a todas luces absurdo deshacer algo que ignoramos si está hecho»; igual que también lo es «desmontar pieza por pieza una máquina de compleja estructura sin saber siquiera para qué sirve», o «abrir agujeros en el fondo de una lancha» pensando que cavamos un jardín.

Pues bien: a la luz de la experiencia que tenemos, el matrimonio es la única institución a la vez necesaria y voluntaria, «un lazo que rompe todos los demás lazos» y «una ley más fuerte que todas las leyes»; es además el origen de la familia, una institución pensada para que los niños nazcan y crezcan. Esto significa que romper el matrimonio tiene consecuencias personales: «en el reino de la realidad, y no del romance, el romper una promesa es sinónimo de romper un corazón, y no siempre es el perjurio remedio para el remordimiento». Esa ruptura trae consigo también, al menos para la gran mayoría de las familias reales, efectos dañinos en los niños a los que afecta. Y, por último, acarrea consecuencias sociales mayores: si las familias se rompen la sociedad se rompe, el niño se ve como un intruso y la lealtad se ve como un problema.

Muchos años después del libro de Chesterton, se constata de sobra lo que se decía en él acerca de que el efecto más evidente del divorcio frívolo es el matrimonio frívolo, pues si uno puede separarse sin razones también puede casarse sin razones. También, si hoy como ayer es igual de patente que muchos «sienten tan falso optimismo hacia el divorcio como cualquier romántico pudo sentirlo hacia el matrimonio», lo es más todavía que los medios de comunicación avivan el sentimentalismo rosado de quien imagina su historia con un final tipo «después de ser divorciados por el hada madrina, el príncipe y la princesa fueron felices y comieron perdices». Y resulta claro que, se vea como se vea, el divorcio es un fracaso y que presentarlo como libertad es una forma de autoengaño: no cualquier puerta que se abre conduce a la libertad o, al revés, no significa menos libertad tener una ley que, por ejemplo, regule la posesión y uso de las armas.

Es luminosa la presentación que hace Chesterton de la familia como la única institución que verdaderamente puede frenar o moderar el espíritu coercitivo del Estado, y su argumento de que cuando las familias pierden fuerza los gobiernos ganan poder sobre las vidas de la gente. «El capitalismo hace la guerra a la familia por la misma razón que le impulsó a hacer la guerra a las asociaciones obreras»: porque «acepta y cree en el colectivismo para sí y el individualismo para sus enemigos», porque «quiere que sus víctimas sean individuos o, dicho de otro modo, átomos». La experiencia demuestra que, «sin la familia, quedamos desvalidos ante el Estado» y, por eso, la libertad se amplía cuando se honra a la familia antes que al Estado y a la Empresa, y honrar a la familia empieza por honrar el matrimonio. En su época, Chesterton pudo formularlo así: «Aunque fuese cierto que el socialismo ataca en teoría a la familia, lo es mucho más que el capitalismo la ataca en la práctica». Hoy habría que añadir que el socialismo real de ahora, también en la práctica, se alinea sin rubor con los planteamientos más egoístas y crudos de la visión capitalista.

Ya desde un punto de vista más personal, Chesterton señala que, para curar algo de verdad, hay que ir a las causas y que no arreglamos nada lamentándonos de los efectos que proceden de las causas que permitimos. Esto aparece claro cuando los hombres cometemos el error de querer seguir varios caminos a la vez o vivir varias vidas. «El proceder así imaginariamente es una de las visiones de la poesía, del arte; el intentarlo en la vida real es no ya anarquía sino inactividad. Aun en el arte (...) y la filosofía de nuestros tiempos hay un considerable elemento de esa insaciable ambición y de ese antinatural anhelo», pero «lo que se precisa vitalmente, por doquier, en el arte como en la ética, en poesía como en política, es selección».

G. K. Chesterton. La superstición del divorcio (The Superstition of Divorce, 1920). En Obras completas, tomo I; Barcelona: Plaza & Janés, 1967; 1676 pp., de la p. 871 a la p. 936; trad. de Eduardo Toda Valcárcel. Nueva edición en Sevilla: Los Papeles del Sitio, 2008; 144 pp.; trad. de Aurora Rice Derqui; prólogo de Enrique García Máiquez; ISBN 13: 978-84-935892-5-7.

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