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sábado, 7 de febrero de 2009

Un aplauso continuo


En El hombre vivo, o Manalive, aflora el entusiasmo por la vida tan característico de Chesterton. Su arranque recuerda el comienzo de Casa Desolada, de Dickens, pero si allí la niebla que cubría Londres representaba el mundo confuso de los pleitos interminables, aquí el vendaval que todo lo arrastra representa las ideas que pueden remover los cimientos del cinismo moderno.

Con ese vendaval, a una pensión en la que viven tres hombres y dos mujeres, llegan el singular Innocent Smith y la silenciosa Mary Gray. Debido a su extravagante comportamiento y a las misteriosas noticias que llegan de su pasado, Innocent es sometido a una especie de investigación en la cual se descubre que tiempo atrás disparó a un amigo, que fue sorprendido robando, que se marchó de su casa y abandonó a su esposa, que se ha casado varias veces...

Chesterton comienza definiendo al protagonista con su nombre: es un hombre común, Smith, que tiene la inocencia de quien lo contempla todo como si fuera la primera vez. Uno de sus jueces lo describirá luego como un hombre que se niega a morir mientras está vivo y por tanto mantiene intacta su capacidad de asombro, y descubrirá que su fuerza espiritual y el desconcierto que causa radican en que sabe distinguir entre la costumbre y la creencia, en que se atreve a romper todos los convencionalismos pero siempre mantiene los mandamientos.

El resultado de introducir un ser así en la convivencia cotidiana, cuenta la historia, es que se remueven los planteamientos vitales de las personas que, con el paso del tiempo, se han visto aprisionadas en la trivialidad, tanto a los que se toman la vida en broma como a los que se la toman en serio. Igual que lo hace, de modo complementario, la misteriosa Mary Gray, una mujer que no hablaba nunca, como «un enigma fresco y sin estropear, como el enigma del cielo y de los bosques en primavera», una mujer mayor que conservaba una fresca seriedad juvenil que sus amigas más jóvenes habían perdido, unas por gastar dinero y otras por ahorrarlo, y que «tenía el encanto de decirlo todo con su rostro: su silencio era una especie de aplauso continuo».

Y, como siempre sucede con Chesterton, no faltan en cada página las frases certeras y contundentes —«nada trae más maldiciones que una verdadera bendición»—, e ideas luminosas como, por ejemplo, ésta: «Está de moda hablar de las instituciones como algo frío y paralizador. La verdad es que cuando la gente se encuentra excepcionalmente animada, verdaderamente enfebrecida de libertad e invención, siempre necesita y siempre se dedica a crear instituciones. Cuando los hombres están hastiados caen en la anarquía, pero mientras están alegres y vigorosos invariablemente hacen reglas. Esto, que es cierto de todas las iglesias y repúblicas de la historia, lo es también de los juegos de salón más triviales y de los retozos campestres menos sofisticados».

G. K. Chesterton. El hombre vivo (Manalive, 1912). Madrid: Valdemar, 2005; 298 pp.; col. El Club Diógenes, trad. de Rafael Santervás; ISBN: 84-7702-514-2. Otra edición, titulada Manalive - Una gran novela sobre la alegría de estar vivos, en Madrid: Voz de papel, 2006; 282 pp.; trad. de Jordi Giménez Samanes; ISBN: 8496471306.

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