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sábado, 28 de febrero de 2009

En qué no tienen razón los cínicos


El jardín de humo y otros cuentos de intriga
contiene cuatro historias de Chesterton: Los árboles del orgullo (The Trees of Pride, 1922), El jardín de humo (The Garden of Smoke, 1919), El cinco de espadas (The Five of Swords, 1919) y La torre de la deslealtad (The Tower of Treason, 1920). Los tres primeros son excelentes y el último, aunque falla en el despliegue del caso, sí tiene un buen final y observaciones rescatables. De la edición que cito, en el primero sorprende la opción de traducir Squire por «Señor» cuando, con buen criterio, se mantienen Mr. y Mrs. en el segundo de los casos; y, en el tercero hay un comentario al pie, a propósito de un supuesto antisemitismo de Chesterton, que para mí es poco claro: sobre la cuestión, entre otros textos suyos, se puede recomendar «El bolchevique reaccionario», en El pozo y los charcos.

Los árboles del orgullo tiene lugar en una mansión en Cornualles, sudoeste de Inglaterra, cuyo propietario, el Squire Vane, es un hombre racional al que incomoda que los lugareños y sus empleados atribuyan poderes maléficos a unos árboles que no son propios del lugar. Por ese motivo, apuesta con sus amigos que pasará una noche completa junto a esos árboles. Y esa noche desaparece. Su hija y sus amigos, como detectives aficionados, intentan averiguar qué ha pasado.

Los personajes adoptan posturas diferentes: Vane es el hombre racional que se indigna con las supercherías de la gente sencilla; el abogado Ashe intenta ser objetivo en sus juicios; el doctor Brown es un ateo convencido que presume de conocer sólo la cultura de las bacterias; el norteamericano Paynter es el ingenuo que se sorprende de lo que ve; el poeta Treherne no es, contrariamente a otros relatos de Chesterton, quien aclara las cosas y pasa por ser el primer sospechoso; la hija de Vane se alinea con las opiniones de Treherne y, como suele ocurrir con los personajes femeninos de Chesterton, representa la visión sencilla y más penetrante de las cosas.

Chesterton desarrolla la idea de que la gente común tiene una sabiduría de fondo que puede ser certera en cuanto a sus conclusiones aunque pueda ser deficiente la forma en que llega a ellas. El objetivo de su ataque son los fatuos convencidos de su racionalidad y, al mismo tiempo, condescendientes con la supuesta ignorancia de las personas menos sofisticadas. La conclusión de tipo general es la necesidad de comprender lo bastante para distinguir lo bueno de lo malo, la dificultad de llegar a conocer la verdad de algo cuando en el asunto se suman la ignorancia de unos y los prejuicios de otros.

En El jardín de humo la joven Catherine Crawford es contratada como señorita de compañía de Mrs. Mowbray, una conocida poeta casada con un médico. Al llegar a la casa, en los suburbios de Londres, entra en un exquisito jardín donde abundan las rosas rojas y conoce a un antiguo marino y al matrimonio Mowbray. Y, a la mañana siguiente, aparece muerta en el jardín la señora Mowbray.

Esta vez la diana de Chesterton son quienes se consideran por encima de las normas morales: «cualquier persona ilustrada sabe que a los genios no se les puede juzgar bajo las normas de comportamiento comúnmente aceptadas», dice a Catherine el doctor Mowbray refiriéndose a su esposa. La historia subraya que, si «todo tiende a crecer y a explotar gloriosamente» e «incluso nuestros pecados crecen y se desarrollan» —como dice la poeta—, eso sucede más aún en ambientes perversos. En cambio, vicios como la bebida y el tabaco son una pequeñez que, incluso, pueden indicar normalidad: «Los marinos bebemos porque tenemos sed, pero no porque deseemos estar sedientos», comenta un personaje, no como estos artistas que «están sedientos de sed».

El cinco de espadas comienza con una discusión acerca de si el duelo tiene o no sentido, entre Paul Forain, francés, y Harry Monk, inglés, ambos profesores en Francia. Casualmente tropiezan entonces con unos personajes que acaban de mantener un duelo en el que, como resultado, ha fallecido el inglés Hubert Crane. Después de que los presentes les explican que todo sucedió después de una noche de juego y bebidas, Forain se hace cargo de investigar los extremos del caso y de atender al padre y a la hermana de la víctima, recién llegados a Francia.

En un nivel, la historia es ejemplar de un contraste que a Chesterton le gusta: la distinta forma de abordar los asuntos de un inglés y un francés. En otro, es uno de los muchos textos en los que presenta hombres de negocios que son verdaderos canallas, en contraposición con el delincuente menor a quien, sin embargo, a los ojos de la opinión pública se le presenta como un malvado. Y, en el nivel más importante, es un relato en el que, al discutir si el duelo tiene o no sentido, el autor desea resaltar la distinción de que lo verdaderamente malo no es la violencia sino la injusticia, y por eso cuando uno tiene delante una injusticia lo que desea es luchar: a la indignación de la hermana de la víctima, cuando le parece que no hay forma de resolver el caso, le responde Forain indicándole que «acaba de demostrar usted que un hombre respetable tiene todo el derecho a esgrimir su espada en aras de una buena causa».

En La torre de la deslealtad un joven diplomático llamado Bertram Drake, acude a consultar con el Padre Stephen, un antiguo hombre de Estado que vive recluido en una ermita. En un monasterio cercano están desapareciendo misteriosamente unos diamantes y, además, él es sospechoso.

Este caso comienza con augurios misteriosos y digresiones zigzagueantes que lo hacen confuso. Es además extraña la historia del cofre con las joyas y toda la operación montada para su vigilancia. Para el lector de Chesterton el interés de la historia está en varias cosas: en el personaje del padre Stephen, que viene a ser un Horne Fisher arrepentido y retirado; en la voluntad chestertoniana de librar de sospechas a quienes algunos considerarían que debiera mirar con antipatía, como el médico judío y el decadentista; y en la brillantez de una frase final que contiene la resolución del caso a todos los niveles. Además, se pueden rescatar comentarios sobre la investigación detectivesca y frases más generales del padre Stephen. De los primeros: «Yo trato de descubrir quién robó las piedras; y usted parece tratar de descubrir quién desearía robarlas. Créame usted, cuánto más práctica y concreta es una pregunta, más general y filosófica resulta». De las segundas: «No tienen razón los cínicos, no tanto porque digan que en todo héroe se esconde un cobarde, sino porque no aprecian que los cobardes puedan ser héroes». O esta: «La cruz anima a los optimistas y no a los pesimistas; la cruz es la guía necesaria en los caminos, lo único que sigue en pie cuando ya se han dicho todas las palabras por decir».

G. K. Chesterton. El jardín de humo y otros cuentos de intriga. Madrid: Valdemar, 2005; 280 pp.; col. El Club Diógenes, trad. de José Luis Moreno-Ruíz; ISBN: 84-7702-522-3.

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