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Nota: 'Qué hombres enloquecen' :: bienvenidosalafiesta ::    
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sábado, 21 de marzo de 2009

Qué hombres enloquecen


Como en El Club de los negocios raros y en El hombre que fue jueves, en El Club de los Incomprendidos, o Cuatro granujas sin tacha, de nuevo Chesterton presenta una serie de tipos que pertenecen a un extraño club del cual podría él mismo formar parte. O también se puede ver como un regreso a la idea desarrollada en El hombre vivo: cada historia tiene un protagonista que actúa tal como lo hubiera hecho Innocent Smith.

En la introducción un periodista pregunta por el conde de Marillac a sus amigos: estos describen la contradictoria conducta del conde, un personaje que pasa por ser un epicúreo pero en realidad es un nuevo tipo de asceta, y que preside un club de incomprendidos del que todos ellos forman parte y al que acaban invitando también al periodista, un personaje cuya reputación es igualmente difamada.
A continuación se cuenta la historia de cada uno de los cuatro amigos, todos ellos aparentemente culpables: El asesino moderado, John Hume; El charlatán honrado, Dr. John Judson; El ladrón absorto, Alan Nadoway; El traidor leal, John Conrad. El primero dispara y hiere al gobernador británico en una región de Egipto, siguiendo su teoría del asesinato moderado, que se basa «en el principio general de que les ocurra “algo” a [las personas con una posición política de responsabilidad], para levantar sus dormidas facultades con un pequeño problema personal». El segundo es un médico que manda internar en un manicomio al padre de su novia, un personaje obsesionado desde joven con un extraño árbol plantado en su jardín. El tercero es un ladrón, hijo de un respetable hombre de negocios y vergüenza de su padres y hermanos, al que detienen después de haber sido visto introduciendo sus manos en los bolsillos de gente necesitada. El cuarto es un conspirador contra el rey y contra su país al que detienen antes de que haga estallar una inminente revolución: se compromete curiosamente a entregar a sus compañeros pero no a renunciar a sus convicciones.

Las cuatro historias son misterios con un giro y, desde un punto de vista detectivesco, el núcleo de todas es el de averiguar no quién es el criminal sino por qué no lo es y por qué ni siquiera hay crimen. Todas tienen un elemento amoroso: hay siempre una chica de la que se enamora el héroe y a la que los lectores siguen en su progresiva comprensión de lo sucedido. Las dos primeras se parecen en el tipo de giro y en el tipo de héroe, y las otras dos también se parecen en que un protagonista parece un traidor a su familia y el otro un traidor a su país. Luego, excepto el segundo caso, los otros tres tienen una vertiente acusada de crítica social: al imperialismo inglés, a cualquier nacionalismo y extremismo en el primero; al origen turbio de tantas fortunas en el tercero; al control social por parte de los gobiernos en el cuarto. Es verdaderamente singular el giro que da El ladrón absorto, de ser un caso policiaco a ser un caso teológico: su protagonista en el comienzo parece como un nuevo hijo pródigo que para defender a su padre decide ser un delincuente como él.

Como en El crimen de Gabriel Gale, caso contenido en El poeta y los lunáticos, Chesterton vuelve a tratar un poco la locura transitoria de la juventud en el primer relato, al hablar de Bárbara Traill. La presenta como una gran devoradora de libros que «leía a veces con frecuencia aquello que no podía comprender en lugar de leer lo que sí entendía», y como una chica que pensaba si estaba loca pero añade que «no lo estaba, ni mucho menos: era solamente muy joven, y hay millares de jóvenes que atraviesan periodos de pesadillas semejantes y nadie lo sabe ni lo remedia». Más adelante, John Hume la tranquilizará: «Créame, no son las personas imaginativas las que se vuelven dementes. No son ellas las locas, aunque estén enfermas. Pueden despertar siempre de sus sueños con más amplias perspectivas y más brillantes inspiraciones, solamente por ser imaginativas. Los hombres que enloquecen no son los imaginativos, sino los hombres tercamente severos, que tienen solamente cabida en su cerebro para una idea y la siguen la pie de la letra».

G. K. Chesterton. El Club de los Incomprendidos (Cuatro granujas sin tacha) (Four Faultless Felons, 1930). Madrid: Valdemar, 1996, 2ª ed.; 247 pp.; col. El Club Diógenes; trad. de Rafael O´Collagan; ISBN 10: 84-7702-111-2.

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