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sábado, 25 de abril de 2009

Un orgullo humilde


En su Autobiografía, redactada poco antes de morir y publicada póstumamente, Chesterton vuelve sobre las mismas cuestiones que trató en Ortodoxia, siguiendo esta vez un hilo más o menos cronológico, pero aportando muchas opiniones sobre distintas personas y cuestiones. Entre otras, hace observaciones de interés acerca de sus propios libros, que pueden ayudar a comprender un poco mejor su pensamiento.
También se pone de manifiesto su gran sentido de la amistad y su caballerosidad alegre, aunque mantenga siempre intacta su libertad de juicio para decir lo que le parece. En este sentido, de su Autobiografía, como de los libros que recopilan artículos y ensayos, se deduce lo que siempre subrayan sus biógrafos: Chesterton sabía discutir o disentir con amabilidad y categoría intelectual, un rarísimo arte que, por lo que se ve, también dominaban algunos de sus antagonistas como Wells —«uno de los hombres más divertidos para compartir una broma», un tipo en estado de reacción excesiva o, «para emplear el nombre que más le podría fastidiar, un reaccionario permanente»—, o como Shaw —un personaje que «está mejor cuando se siente antagonista. Podría decir que cuando se equivoca es cuando está mejor. Podría añadir también que generalmente se equivoca. O, más bien, que todo en él es equivocado, excepto su propia persona»—.

Por supuesto, no faltan sus características digresiones en las que se revela su gran capacidad dialéctica. En particular, aconsejo al lector que preste atención a sus lúcidas consideraciones acerca del culto moderno al niño; o acerca de las misteriosas transformaciones que sufre un niño cuando entra en la adolescencia y que le hacen pasar de un estado en que quiere aprenderlo casi todo a un estado posterior en el que quiere no saber nada. Otro ejercicio útil es poner en un contexto actual las consideraciones que hace después de la primera guerra mundial: que la única guerra que se puede admitir es una guerra de defensa, que la clase de guerra que merece su desprecio es la que se dirige a dominar pequeñas naciones para controlar su petróleo o su oro, y que sin embargo puede comprender una guerra cuando el destino moral de la humanidad está en juego.

En esta obra se ven muy bien las razones por las que Chesterton fue y sigue siendo tan querido: era literario en el sentido de que no caía nunca en un didactismo insultante para el lector, argumentaba sus posiciones con brillantez y sentido del humor, y a la vez era claro al manifestar sus opiniones y convicciones. Un párrafo lo autorretrata: «Como apologista soy lo contrario de apologético. En tanto que un hombre puede estar orgulloso de una religión arraigada en la humildad, estoy muy orgulloso de mi religión; estoy especialmente orgulloso de aquellas partes que suelen llamarse vulgarmente superstición. Estoy orgulloso de verme trabado por dogmas anticuados y esclavizado por credos profundos (...), pues sé muy bien que son los credos heréticos los que han muerto y que sólo el dogma razonable vive lo bastante para que se le llame anticuado. Estoy muy orgulloso de lo que la gente llama clericalismo; puesto que hasta ese término accidental de insulto conserva la verdad medieval de que un sacerdote, como cualquier otro hombre, debía de ser un clérigo. Estoy muy orgulloso de lo que la gente llama Mariolatría, porque ha introducido en la religión durante las edades más oscuras, ese elemento de caballería que ahora se interpreta mal y de manera trasnochada, como feminismo. Me enorgullezco de ser ortodoxo acerca de los misterios de la Trinidad y de la Misa; estoy orgulloso de creer en la Confesión; estoy orgulloso de creer en el Papa».

Notas en las que aparecen textos tomados de este libro son: Viajeros y excursionistas.

G. K. Chesterton. Autobiografía (Autobiography, 1936). Buenos Aires: Espasa, 1939; 311 pp.; prólogo y trad. de Antonio Marichalar. Nueva edición en Barcelona: Acantilado, 2003; 437 pp.; trad. de Olivia de Miguel; ISBN: 84-96136-25-6.

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