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sábado, 13 de junio de 2009

Moralidad e inmoralidad


All Things Considered
reúne treinta y cinco artículos que Chesterton publicó en su columna semanal del Illustrated London News antes de 1908. Unos comentan polémicas públicas que tenían lugar entonces, otros se refieren a libros que tenían éxito, algunos contestan a críticas por algún artículo anterior.

En Correr tras el propio sombrero están «Correr tras el propio sombrero», «Cuentos de hadas» y «El culto a los ricos», tres textos bien seleccionados porque son magníficos y porque inciden en puntos claves para Chesterton: la necesidad de vivir la vida cotidiana como una gran aventura, la gran enseñanza ética que contienen los cuentos de hadas, el humillante servilismo con el que muchos tratan hoy a los poderosos.

Se pueden destacar también tres artículos sobre cuestiones literarias o, mejor, sobre la moralidad o inmoralidad de las obras literarias. En «La controversia Zola» Chesterton afirma que no le preocupa la inmoralidad de Zola sino su moralidad: al identificar la lujuria con la vida hizo que ambas fueran repugnantes y, por tanto, «hizo algo peor que animar al pecado: animar al desánimo». En «Tom Jones y la moralidad» recuerda que, para escritores como Fielding o como Shakespeare, igual que para pintores como William Hogarth, una obra moral no era una obra sobre gente buena y amable sino una obra que trataba sobre gente inmoral, pero, eso sí, ni ellos ni sus lectores se confundían: «lo correcto es correcto, aunque nadie lo haga; lo equivocado está equivocado, aunque todos estén equivocados en ese punto». En «La doncella de Orleans» compara las afirmaciones injuriosas y ofensivas de Voltaire acerca de Juana de Arco con las comprensivamente condescendientes de Anatole France: afirma que prefiere las primeras y condena el método de France, el mismo que había utilizado Ernest Renan, de «explicar los relatos de orden sobrenatural que tienen fundamento por el método de inventar relatos de orden natural que no tienen fundamento».

Hay también varios artículos que, directa o indirectamente, describen bien el misticismo adulador en el que nuestra sociedad envuelve a los poderosos. En «La falacia del éxito» critica los libros y artículos en torno al éxito, tanto por la reverencia con la que sus autores y lectores se postran ante el misterio del millonario, como por ser libros que hablan de cómo triunfar pero que han sido escritos por hombres que, indudablemente, no triunfarán escribiendo. En «Sobre el secreto político» habla de que la clase gobernante de Inglaterra es como una casta sacerdotal cuyos miembros piensan ser los únicos capaces de pronunciar las palabras impronunciables, los únicos que conocen las cosas importantes. Vuelve a lo mismo en «Pensamientos acerca de Koepenick», donde, a raíz de un incidente militar, habla de que el verdadero Parlamento es un parlamento secreto que conduce privadamente nuestra vida pública.

Otra idea que repite, hablando sobre cuestiones periodísticas o sobre temas educativos, es cómo en nuestra sociedad no llamamos a las cosas por su verdadero nombre, y cómo, en la educación que damos, no proponemos positivamente a los chicos que digan la verdad. En «El muchacho», a propósito de una broma que un joven gastó de pintar de rojo una estatua, señala el miedo del periodismo a dar explicaciones morales simples de forma que puede calificar un acto como loco, bestial, vulgar, idiota..., pero de ningún modo lo llamará malo; y habla de que el mismo sistema de partidos está fundado sobre la base de que decir la verdad completa no importa. En «Limericks y consejos de perfección» comenta que con frecuencia criticamos a la prensa amarilla como exagerada, excesivamente sentimental, anárquica, analfabeta, y muchas otras palabras larguísimas, pero no recalcamos la única objeción que verdaderamente importa: que miente.

Luego, siempre resulta interesante observar no sólo el modo en que Chesterton alcanza el núcleo de las cuestiones que trata sino también su forma de aclarar los pasos en falso y las implicaciones de algunos razonamientos. En «El error de la imparcialidad» cuenta el caso de una persona que le reta a que dé nombres de gente inteligente que creyera en los milagros; cuando Chesterton le habla de Descartes, Samuel Johnson, Newton, Faraday, Newman, Pasteur, Browning..., su oponente le responde que no valen porque todos eran cristianos; es decir, continúa Chesterton, «primero me desafía a que encuentre un cisne negro y luego él descarta todos los cisnes que yo encontré porque eran negros (...); el argumento viene a ser (...): “todos los hombres que importan llegan a mi misma conclusión, y si ellos llegan a tu conclusión, entonces no cuentan”». En «Demagogos y mistagogos» indica que vivimos en una época no de demagogos sino de mistagogos, esos sacerdotes antiguos que supuestamente iniciaban a los grandes misterios: si algunos artistas contemporáneos de Miguel Ángel se declaraban grandes artistas aunque no tuvieran éxito, no se les ocurría, como ahora, declararse grandes artistas precisamente por no tener éxito; y en esto vemos también un rasgo propio de nuestro tiempo, que parece democrático, pero que tiene un positivo sesgo contra los gustos populares.

G. K. Chesterton. All Things Considered, 1908.

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