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sábado, 20 de junio de 2009

La mentira patas arriba


Enormes minucias
recopila treinta y nueve artículos que Chesterton publicó en el Daily News desde 1901. Entre ellos están algunos de sus ensayos más conocidos y de ahí que una selección de textos extensa como Correr tras el propio sombrero recoja más de una decena de sus capítulos. En el prólogo a un libro posterior (Maestro de Ceremonias), Chesterton se refirió al título inglés original, Tremendous Trifles, como ejemplo de uno de sus peores defectos literarios: su gusto por la aliteración.

«Enormes minucias» es también el artículo inicial y de presentación del libro; en él se cuenta la historia de dos niños a los que un mago transforma, a uno en un gigante que puede atravesar continentes y océanos, y a otro en un pigmeo que medía poco más de media pulgada; y el autor señala que, mientras el propósito de autores como Kipling es mostrar cuántas cosas extraordinarias puede ver un hombre si se mueve como un gigante, el suyo es mostrar cómo muchas cosas extraordinarias son completamente ordinarias y un hombre cualquiera puede verlas con tal que se fije un poco. En esa misma línea, de aprender a mirar alrededor, «Ventajas de tener una pierna» habla de que uno sólo puede ser feliz si aprende a disfrutar con los límites que la vida misma le impone y si descubre que las contrariedades forman parte inseparable de la felicidad. Y también, de otro modo, en «Los doce hombres» habla de las dificultades que tenemos para ver las cosas como son debido al acostumbramiento; en ese artículo, compuesto cuando formó parte de un jurado, defiende esa institución a partir de una de esas «paradojas que deberían enseñarse a todo niño que balbucea», la de que «mientras más mira el hombre a una cosa, menos la ve (...) y quien más sabe de una cosa es quien menos sabe de su significado»: los jueces y demás personas que trabajan administrando justicia se han acostumbrado a su tarea y «no ven al prisionero sino al hombre de siempre en el sitio de siempre; no ven el pavoroso estrado del tribunal, sino el lugar de su trabajo».

Magníficos ejemplos de cómo debemos aprender continuamente a razonar sobre lo que vemos están en «El viento y los árboles» y en «En el mundo al revés». En ellos analiza la misma pregunta: ¿es el viento el que mueve los árboles o son los árboles los que crean el viento al agitar sus hojas? En el primero habla de que «los árboles representan y significan todas las cosas visibles y el viento las invisibles»: «el viento es la filosofía, religión, revolución; los árboles son ciudades y civilizaciones»; no podemos ver el viento, podemos ver que hace viento; cuando «la gente empieza a decir que sólo las circunstancias materiales han creado las circunstancias morales, han impedido toda posibilidad de cambio serio. Porque si las circunstancias me han hecho a mí íntegramente imbécil, ¿cómo puedo estar seguro siquiera de tener razón para alterar estas circunstancias?». En el segundo, a partir de leer un cartel con la pregunta «¿deben casarse los dependientes de comercio?», señala su semejanza con otras como ¿favorece al Imperio la democracia? ¿es el Arte benéfico para la pintura al fresco?, ¿mejorarán los pies a las botas?, ¿conviene a los sombreros tener cabezas dentro?, ¿lesionan las manos a los bastones? Y es que, al hablar continuamente de «aspectos económicos y de necesidades físicas», acabamos poniendo la verdad patas arriba: hoy «el hombre no dice (...) ¿pueden los hombres casados soportar la moderna posición de dependientes de comercio?, sino ¿deben los dependientes casarse? El esclavo no dice: ¿son esas cadenas dignas de mí? El esclavo, científicamente, y satisfecho, dice: ¿soy siquiera digno de estas cadenas?».

Dos famosos artículos sobre los cuentos de hadas, un tema recurrente para Chesterton, son «La abuela del dragón» y «El ángel rojo». En el primero habla de un hombre que no creía en los cuentos de hadas, no en el sentido de que no hay calabazas que se conviertan en carrozas, sino en el de que se deben contar a los niños: «uno de los errores intelectuales que pueden clasificarse extraordinariamente cerca de los pecados mortales ordinarios». En el segundo, que cito en La sabiduría de los cuentos populares, se refiere a quienes dicen que los cuentos de hadas atemorizan a los niños, olvidando cómo son los niños y la importancia de los cuentos de hadas para la salud mental de los niños.

En «Echado en la cama», uno de los muchos textos que Chesterton escribió para distinguir lo importante de lo secundario, hace notar lo ridículo y asombroso que resulta, por ejemplo, considerar la limpieza como algo esencial y la santidad como una ofensa, o escandalizarse porque alguien vaya contra lo indicado como saludable, como por ejemplo fumar o quedarse en la cama, y al mismo tiempo dar por buenas otras conductas verdaderamente condenables: «si hay algo peor que la debilitación moderna de la gran moral, es la fortificación moderna de la pequeña moral».

Y, entre los artículos que tratan sobre las relaciones del ciudadano con el poder y, sobre todo, de la forma en que las personas que ocupan los poderes públicos tratan al ciudadano, se pueden destacar «Vislumbre de mi país», donde habla de que Inglaterra es un país donde los ciegos guían a quienes ven con claridad, o «El busilis de la yedra», donde, a propósito de unas declaraciones de lord Balfour sobre que la Cámara de los Lores era un reflejo del verdadero espíritu de Inglaterra, Chesterton señala su sorpresa de que afirme tal cosa pues Balfour, «el más capaz de los políticos ingleses», sabe que casi todos los Lords que no son Lords por accidente, son «idiotas a quienes él mismo ha despreciado y aventureros a quienes él mismo ha ennoblecido».

G. K. Chesterton. Enormes minucias (Tremendous Trifles, 1909). En Obras completas, tomo I; Barcelona: Plaza & Janés, 1967; de la p. 1285 a la p. 1443 de 1676 pp.; trad. de Rafael Calleja. Nueva edición en Sevilla: Renacimiento, 2011; 264 pp.; col. Clásicos y modernos; prólogo de Juan Lamillar y trad. de Vicente Corbí; ISBN: 978-84-15177-00-5.

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