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sábado, 4 de julio de 2009

Comparaciones odiosas


El juicio del Dr. Johnson
es una obra teatral cuyo protagonista principal es uno de los personajes históricos que más admiraba Chesterton, el polifacético autor del siglo XVIII Samuel Johnson, y cuyo núcleo señala que lo verdaderamente importante de la vida son las cuestiones domésticas y familiares y no las aparentemente más trascendentales disputas sociales y políticas.

En el primer acto, el matrimonio Swift, agentes norteamericanos enviados a Inglaterra para que propaguen las ideas revolucionarias, desembarcan en la costa escocesa, donde casualmente conocen al Dr. Johnson y a su amigo y biógrafo James Boswell, entre otros. En el segundo acto vuelven a coincidir en la casa de los Swift, en Londres, y entran en escena el filósofo Edmund Burke y el cínico John Wilkes (un personaje que históricamente fue parlamentario y alcalde de Londres, y que Chesterton construye a partir de las personalidades de Oscar Wilde y James Whistler). El tercer acto se desarrolla en el café El Gallo Rojo, cuando el cerco a los espías se estrecha y el doctor Johnson está preocupado por la inestable situación de los Swift.

Según parece, esta pieza nunca se representó a pesar del éxito popular que Chesterton había tenido con Magia, y a pesar de ser una obra mejor: más equilibrada como pieza teatral, más consistente argumentalmente, con espadachineos verbales y diálogos equiparables a los de las conocidas comedias de salón de Oscar Wilde. Tal vez influyó su contenido crítico con la frivolidad cínica: «Sería, desde luego, inconcebible, que alguien quisiera incurrir en la miserable y repulsiva depravación de invocar el nombre de la verdad, como acaba de hacer Mr. Wilkes, en el mismo momento de estar afirmando algo falso», dice Johnson; y que Wilkes es un político rastrero que piensa que la gente tiene «la misma dignidad de una jaula de monos». En cualquier caso, la obra se lee con gusto aunque conectarán mejor con ella quienes estén familiarizados con el Dr. Johnson, una figura que lo llena todo.

Chesterton formula con fuerza e ingenio los argumentos del repulsivo Wilkes, por ejemplo cuando le hace decir que «Las llamas del infierno sólo se pintan en las puertas para asustar a los estúpidos. Tras ellas se esconden las flores de un paraíso terrenal, el paraíso de los sabios. Allí nos desprendemos de las viejas cadenas de la superstición sin ni siquiera advertirlo...». Además, en los diálogos se contienen comentarios reales de Johnson, de Boswell, y de Burke; quien haya leído la monumental biografía de Boswell recordará, por ejemplo, una escena que aquí ocurre cuando Johnson, en Escocia, mira el paisaje y señala que no ve sublimidad por ninguna parte, a lo que su acompañante, Grant, le dice: «Me temo que eso se debe a sus prejuicios hacia nuestro país, Dr. Johnson. Sé que es usted un paladín de la gran causa de la religión. ¿No se le ha ocurrido pensar que, después de todo, Dios también creó Escocia?». Y entonces Johnson responde: «Pero, señor, debe usted recordar que la creó para los escoceses. (...) Y las comparaciones son odiosas, pero Dios también creó el Infierno».

G. K. Chesterton. El juicio del Dr. Johnson (The Judgment of Dr. Johnson, 1927). Sevilla: Espuela de Plata, 2009; 164 pp.; col. El teatro moderno; trad. de Victoria León; prólogo de Dale Ahlquist; ISBN 13: 978-84-96956-44-5.

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