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sábado, 18 de julio de 2009

Lo más patriótico que se puede hacer


The Appetite of Tiranny
(Sobre el concepto de barbarie, según una edición en castellano de 2012) reúne seis textos que Chesterton escribió, al comienzo de la primera Guerra Mundial, con la intención de atacar las actuaciones políticas y bélicas de Alemania, las justificaciones que sus propagandistas difundían y las ideas de fondo en las que se apoyaban. Antes de ser reunidos en un libro habían sido publicados como artículos en el London Daily Mail; cinco habían compuesto un folleto con el título The Barbarism of Berlin, y tres más llevaron el encabezamiento de Letters to an Old Garibaldian, pues el promotor de la independencia italiana, dirá Chesterton, «si no fue siempre sabio sí fue un héroe al final de su vida cuando tomó postura, espada en mano, para compartir el destino de Francia» frente a la Alemania de Bismarck.

The Crimes of England son doce textos donde Chesterton señala cuáles fueron, a su juicio, los grandes crímenes de Inglaterra en su historia: no haber combatido a Federico el Grande, haber derrotado a Napoleón aliados con Blücher, no haber impedido que Bismarck se anexionara territorios de Dinamarca y luego de Francia, haber cedido la isla de Heligoland a los alemanes en 1890 en un trueque entre potencias imperialistas, haber elogiado y copiado la educación y las leyes prusianas... Y, al final, Chesterton se alegrará de poder decir que Inglaterra ha cambiado e intervenido en la guerra gracias a lo que sus dirigentes habían olvidado: a «los ingleses, hombres sencillos con motivos sencillos, el principal de los cuales es el odio de la injusticia».

Dada la intención y el momento en que fueron publicados, ambos libros, aparte de lo que revelan de la capacidad dialéctica y la cultura de Chesterton, son muy combativos y, por eso, dejan más al descubierto sus debilidades, las que podemos considerar objetivas y las que le pueden atribuir quienes sean incapaces de leer las cosas en su contexto.

Entre las primeras, la más importante tal vez sea su inquina contra los prusianos que, debido a la imposición de su estilo a la Alemania unificada, con frecuencia se vierte por extensión sobre los alemanes: hay a veces acentos de duro resentimiento que, por más que aquí y en otros sitios intente suavizar con bromas, sólo son comprensibles por la situación de conflicto bélico. Otra es que su estilo discutidor a veces le traiciona pues, al modo de su admirado Samuel Johnson, pensaba que no es lo mismo exagerar un error que exagerar una verdad, un poco al modo de un caricaturista. También un historiador señalará que sus panorámicas históricas, siendo tan sugerentes, parecen excesivamente audaces, lo cual no quiere decir inexactas; y un crítico literario, tal como hizo notar uno a propósito de este libro, dirá que Chesterton aplica su estilo particular a cualquier tema y, tal vez, un libro como este requeriría otros acentos.

Entre las segundas, una es acusarle de generalizar a partir de algunos sucesos que provocaron la ira popular y empujaron al país a la guerra —agresiones en el interior de una iglesia y de un colegio infantil cuando Alemania invadió Bélgica, el hundimiento de un barco de pasajeros con muchos muertos—, pero así es como lo vivió la opinión pública de su época. Otra es reprocharle su concepto caballeresco de la guerra que le hacía sostener que algunas acciones justifican ir al combate: a eso Chesterton responde bien, ya en este libro pero más aún en su Autobiografía cuando rememora estos años, que una guerra defensiva es la única no sólo admisible sino, a veces, la única posibilidad de actuar bien.

Con todo, esta clase de reproches a Chesterton han de ponerse en su sitio pues sus comentarios fueron premonitorios y certeros: «estamos luchando para evitar un futuro alemán para Europa. Un futuro que sería más angosto, más malvado, menos sano, menos capaz para la libertad y para la risa, que cualquiera de las peores partes del pasado europeo». Además, se puede citar a un contemporáneo suyo tan lúcido como Joseph Roth cuando, en una carta a Stefan Zweig del 22 de mayo de 1933, le dice: usted «no ha visto a los prusianos, como yo. Los conozco del frente. Es verdad todo lo que contaron de las atrocidades en Bélgica. ¡Es verdad! Los prusianos son los representantes del infierno químico, el infierno industrializado en el mundo. Mal rayo les parta»; y, en otra del 7 de noviembre de 1933, insiste: «Se trata de una lucha a vida o muerte entre la cultura europea y Prusia. ¿De veras no lo ve usted?».

Luego, al margen ya de las cuestiones más circunstanciales de un libro circunstancial, podemos quedarnos con otras cosas. Una, los elogios razonados de Chesterton a los cuentos de los Grimm, a los que sin embargo califica como la mejor obra literaria de Alemania (otro ejemplo de cómo su impulso dialéctico le lleva más lejos de lo prudente). Otra, un juicio al paso muy certero: la principal falta inglesa del siglo XIX no fue la indecisión en la acción sino en el pensamiento, «lo que algunos llaman dogma». Otra más, la defensa de su propio patriotismo: «He pasado gran parte de mi vida criticando y acusando a los gobernantes y las instituciones de mi país: pienso que es, con mucho, lo más patriótico que un hombre puede hacer».

G. K. Chesterton. The Appetite of Tyranny, 1915; The Crimes of England, 1915. Otra edición del primero de los dos libros, en castellano, se titula Sobre el Concepto de barbarie, y está en Sevilla: Renacimiento, 2012; 179 pp.; col. Clásicos y modernos; prólogo de Miguel de Unamuno; edición de Emilio Quintana; traducción de Héctor Oriol; ISBN: 978-84-15177-61-6.
La cita de Joseph Roth está en sus
Cartas (1911-1939) (Briefe 1911-1939, 1970). Barcelona: Acantilado, 2009; 686 pp.; edición y notas de Hermann Kesten; trad. de Eduardo Gil Bera; ISBN: 978-84-96834-85-9.

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