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sábado, 22 de agosto de 2009

Sombras y luces


Después de sus viajes a Irlanda y a Palestina, Chesterton fue a Estados Unidos en 1921 para dar conferencias en distintas ciudades. De su experiencia nació Lo que vi en América, un libro formado por diecinueve capítulos de los cuales hay tres en Correr tras el propio sombrero: «El ideal americano», «Meditación en un hotel neoyorquino», «Meditación en Broadway». Como en sus otros libros de viajes habla de cuál ha de ser el espíritu de un viajero que desea comprender pero, esta vez, sus reflexiones principales —algo laberínticas a veces, según él mismo reconoce— no se centran en ningún conflicto histórico sino en las características propias de Norteamérica y del modo de ser norteamericano, en comparación siempre con Inglaterra y los ingleses.

En relación al talante viajero Chesterton arranca con una primera y sorprendente frase: «Nunca he logrado desprenderme de mi vieja convicción de que viajar nos estrecha la mente». Luego asegurará que un viajero no tiene por qué avergonzarse de que algo extranjero le resulte extraño pero que sí «debería avergonzarse de creer que algo es malo simplemente por ser extraño». Calificará de legítimo que se ría de lo que le resulta incomprensible pero dirá que no tiene «el derecho a reírse de ese algo como si le resultara incomprensible y criticarlo como si lo comprendiera». Hará notar que «un extranjero es aquel que se ríe de todo salvo de los chistes» y que sí, puede reírse de todo «en la medida en que comprenda, con espíritu reverente y religioso, que él mismo es también risible». Recordará que «la impresión más importante de todas es la impresión de lo falsas que pueden llegar a ser las impresiones», que los hombres tenemos una «facultad fatal de observar los hechos sin ser capaces de observar la verdad; de ver el símbolo con la más vívida claridad permaneciendo ciegos a todo cuanto simboliza». Subrayará que «no hemos siquiera empezado a entender a un pueblo hasta que no hemos encontrado en él algo que no entendemos» pues si nos parece «fácil interpretar un determinado carácter, no estamos interpretando más que nuestro propio carácter».

A Norteamérica la retratará como «la única nación del mundo que se ha fundado sobre un credo». Señalará que su singularidad está en lo «lo que llamamos “americanización”», o «la nacionalización de lo internacional», o el hecho de «construir un hogar de vagabundos y una nación de exiliados», y que parte de su anormalidad está en que «este experimento de un lugar para los que carecen de hogar es anormal». Dirá que el gran logro de la civilización americana es que «en ese país hablar de la dignidad del trabajo no es pura palabrería», que en él «hay algo que casi podríamos llamar la santidad del trabajo», pero también advertirá cómo ese rasgo «se halla sujeto a esa ley profunda según la cual cuando algo inferior a lo más alto acaba sacralizándose, tiende también a convertirse en superstición». Bromeará con el activismo norteamericano —«un crítico frívolo podría sugerir que prefieren las sillas mecedoras para no tener que estarse quietos ni siquiera cuando están sentados»—, con su amor por la exageración exuberante —«la misma palabra rascacielos es un admirable ejemplo de mentira americana»—, con los disfraces de su sociabilidad —«no hay nada que a un americano le guste tanto como tener una sociedad secreta y no guardarlo en secreto»—.

Entre los puyazos a los prejuicios anticatólicos de su propio país Chesterton mencionará que el primer experimento de libertad religiosa en el mundo tuvo lugar en el Estado de Maryland: «Lord Baltimore y sus católicos fueron por delante de William Penn y sus cuáqueros en lo que ahora llaman la senda del progreso. Que la primera tolerancia religiosa reconocida en el mundo fuera reconocida por los católicos es uno de esos pequeños datos de los que precisamente no rebosan nuestras historias victorianas». Una de las abundantes y clarificadoras comparaciones que hará entre los distintos modos de ser y reaccionar de ingleses y americanos es esta: «Todo buen americano desea combatir a los representantes que ha elegido. Todo buen inglés desea olvidar a los representantes que ha elegido. (...) Ellos otorgan al presidente los poderes de un rey para que pueda ser un incordio en la política. Nosotros privamos al rey incluso de los poderes de un presidente, precisamente para que no nos recuerde a un político». Mientras «la República Americana es la última monarquía medieval» y en ella «el propósito es que sea el Presidente quien gobierne y asuma todos los riesgos del gobierno», en Inglaterra el Rey es «el único hombre del que [la gente] tiene la certeza de que no les gobierna» y, por eso, «no ha de sorprendernos de que sea popular sabiendo de qué manera les gobiernan».

Chesterton combatía las opiniones de quienes sostenían que las teorías cosmopolitas tendían puentes entre Inglaterra y Estados Unidos: en cualquier caso, decía, «estoy seguro de que no quiero que ese puente sea el del periodismo de argot y la publicidad descarada», esa «gigantesca sombra de América, pero no la luz de América». Afirmaba que «hacer una política completamente cosmopolita es crear una aristocracia de trotamundos», que el internacionalismo es hostil a la democracia y que «el único gobierno puramente popular es el local y está basado en el conocimiento local», y por eso le gustaba un país donde los judíos son judíos y los irlandeses son irlandeses, «exiliados o ciudadanos, pero en ningún momento son cosmopolitas».

Por otro lado, el contenido del libro propicia multitud de frases magníficas: «tradición no significa que los vivos estén muertos sino que los muertos están vivos»; «la opinión pública puede ser un fuego de pradera. Devora todo aquello que encuentra a su paso»; «protestar contra la intervención de la mujer en el hogar sonará siempre como a quejarse de que la ostra sea una intrusa en su concha», entre muchas. Y revela bien su capacidad para ver todas las caras de las cuestiones y para reírse de sí mismo, por ejemplo cuando dice que hay mucha gente a la que ha tratado en su viaje «a las que no admiro y respeto menos sinceramente por mucho que no pueda sino sonreírme al pensar en ellos. Aunque también es cierto lo contrario. Ellos seguramente me habrán olvidado, pero si alguna vez se acuerdan de mí, será sin duda para sonreír».

G. K. Chesterton. Lo que vi en América (What I saw in America, 1922). Sevilla: Renacimiento, 2009; 336 pp.; col. Los Viajeros; trad. de Victoria León; ISBN 13: 978-84-8472-456-8.

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