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sábado, 3 de octubre de 2009

Ampliar la mente, huir de la moda


El pozo y los charcos
fue el último libro que Chesterton vio publicado. Como años atrás con The Thing, los cuarenta y un artículos que se contienen aquí, si contamos la introducción, están centrados en su fe: desea mostrar el acierto de su conversión, contrastar catolicismo y protestantismo, señalar la solidez de la Iglesia católica en un mundo que ve cada vez más desquiciado. Usa un lenguaje más directo que otras veces y hay más artículos con acentos personales en los que, al responder a críticas que había recibido e intentar dejar más clara su postura, hace precisiones dirigidas a quien no le hubiera entendido antes. También usa un lenguaje mucho más contundente de lo habitual en otros como «Bebés y distributismo» y «Sexo y propiedad»: en el primero dice que invocar la libertad para evitar los hijos es abrazar las cadenas de una gran esclavitud, y en el segundo habla de la diferencia entre los pecados paganos que estaban de lado de la vida y los pecados de los últimos cristianos, o de un mundo poscristiano, que adoran el sexo pero desprecian la vida.

Forman un bloque los artículos que componen «Mis seis conversiones», «bocetos de seis ocasiones distintas en las que, afirma, me hubiera convertido al catolicismo, si no hubiera sido la única clase de ser humano que no puede convertirse al catolicismo». En «La religión de los fósiles» habla de que «los protestantes sólo pudieron mantenerse en pie cesando de ser ellos mismos y anunciando su facilidad para convertirse en cualquier otra cosa». En «Cuando el Mundo dio la espalda» señala el fin del progreso como la ideología-superstición que fue debido a los últimos acontecimientos —la Gran Guerra, el fascismo, el nazismo, etc.—: «el escenario ha cambiado y es el escenario de un terremoto». En «La rendición frente al sexo» vuelve al tema que trató en La superstición del divorcio pero, esta vez, haciendo notar que las cosas han ido mucho más lejos de lo que pensaba: con el paso de los años la sustancia social del matrimonio ha cambiado pues, al haberse introducido el divorcio por la puerta estrecha de ser una solución para «un caso muy especial» se olvidaba, conscientemente o no, que todos los casos humanos son especiales. En «El problema del libro de oraciones» se lamenta de los cambios que las nuevas autoridades anglicanas han introducido en su antiguo libro de oraciones, cuya magnífica prosa era lo único que un converso como él podría echar de menos en el catolicismo. En «El colapso del materialismo» apunta que los sucesivos descubrimientos de la ciencia desmienten a quienes, en un pasado reciente, se intentaban apoyar en la ciencia para ir contra la fe: el dogma de que se «deben aceptar las conclusiones de la ciencia» ha quedado destruido cuando los mejores científicos dicen que la ciencia no saca conclusiones. En «El caso de España», a la vista de las reacciones en Inglaterra con motivo de los asesinatos de que tuvieron lugar en España en los años previos a la guerra civil, denuncia la doble vara de medir de quienes están siempre «preparados para ir a favor de la violencia, o en contra de la violencia, por la libertad o contra la libertad, por la representación o contra la representación. Y hasta por la paz o en contra de la paz», con tal de ir contra la Iglesia. Por último, en «El pozo y los charcos» habla de la gran amplitud de la fe católica frente a cualquier otra fe y señala que quienes «abandonan la tradición de la verdad no escapan hacia algo que llamamos Libertad» sino que «huyen hacia algo diferente, que llamamos Moda» y, por eso, quien abandona la fe acaba cayendo en algo más superficial, que la fe. (...) «Hemos salido de los charcos y los secanos para caer en el único pozo profundo, y la Verdad está en su fondo».

En «El último cambio» habla de que «la conversión llama al hombre a estirar su mente como alguien despertando de un sueño estira sus brazos y piernas». En «La Iglesia y la agorafobia» vuelve a señalar que «podemos decir con justicia de casi todos los tipos de no católicos de nuestro tiempo que, para convertirse en católicos, deben ampliar su mente»; que «la fe por sí misma amplía el mundo, que sería algo pequeño sin ella». La misma idea de ¿Cómo convertir a los borrachos en catadores? está en «Matando los nervios», donde comenta la la dificultad de la educación estética de los niños en un mundo donde abundan las proclamaciones que tienen énfasis sin tener significado.

La importancia que para Chesterton tenía el uso de la palabra justa se puede contrastar en «Una apología para bufones», un artículo en el que responde a quienes le atacan por sus juegos de palabras, empezando en primer lugar por reconocer como justo el cargo —su modo de hablar está condicionado por la finalidad que persigue de ser escuchado—, pero atacando luego al estirado que no usa los sinónimos lógicos que sonarían mejor, y más aún al malevolente que asocia las palabras de sonidos feos con sus enemigos para envenenar las mentes de los oyentes.

En «Escandalizando a los modernistas», a raíz de que unas personas supuestamente serias dieran la razón a una chica joven que dijo que la Iglesia era un plomo y que, por tanto, debería cambiar, Chesterton señala que también La Eneida puede resultarle un plomo a la chica: «El aburrimiento del joven no es una prueba de que Virgilio fuera un mal poeta y mucho menos se nos ocurre cambiar sus versos por una versión simplificada y modernizada». En «La reacción de los intelectuales» (artículo citado en  Más allá del escepticismo) está una gran descripción de a dónde llevan esas hojas de doble filo que son «las medias verdades del escéptico».En «Por qué los protestantes prohíben», hay una luminosa cita incidental: «Mientras los dictadores suprimen periódicos los propietarios de periódicos suprimen noticias».

G. K. Chesterton. El Pozo y los charcos (The Well and the Shallows, 1935). Buenos Aires - Madrid: Ágape - Edibesa, 2007; 286 pp.; trad. de Horacio Velasco Suárez; ISBN: 84-8407-684-9. Otra edición castellana, titulada El manantial y la ciénaga, está contenida en Por qué soy católico; Madrid: El Buey Mudo, 2009; 720 pp.; de la p. 441 a la 685; trad. de Mariano Vázquez Alonso y Ana Nuño López; ISBN 13: 978-84-937417-0-9.

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