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sábado, 31 de octubre de 2009

Equilibrar ideas antiguas y nuevas


En El hombre común y otros ensayos sobre la modernidad están recopilados cuarenta y cuatro artículos que Chesterton había publicado en distintos medios y que reunió en un libro póstumo su secretaria Dorothy Collins. Las ideas de algunos aparecen tratadas con más extensión en otros libros: «Giotto y San Francisco», en la biografía sobre San Francisco de Asís; «Historia de dos ciudades», en la que dedicó a Dickens; las ideas en «De Meredith a Rupert Brooke», en su libro sobre la época victoriana; «Elizabeth Barret Browning», una mujer poeta que «cuando cayó siempre fue por perder pie, jamás porque se acobardó ante el salto», en la biografía sobre su marido.

Algunos de los más notables fueron recogidos en Correr tras el propio sombrero: «Sueño de una noche de verano», un sensacional análisis literario de la comedia de Shakespeare; «Los monstruos y la Edad Media», sobre la concepción que tenía el cristianismo medieval de las virtudes cristianas como algo «desafiante y hasta destructivo»; «El verdadero Dr. Johnson», sobre un hombre que «jamás pensó estar equivocado sin estar listo a pedir disculpas»; «Si tuviera que predicar un solo sermón», acerca del orgullo, ese «veneno tan fuerte que no sólo envenena las virtudes sino también a los otros vicios».

En este último, después de declarar que lo que más ama es «la libertad y la poesía de la isla de Inglaterra», Chesterton se refiere al patriotismo como «el más noble de todos los afectos naturales, exactamente mientras consista en decir: "Que yo sea digno de Inglaterra"», pero, al mismo tiempo, señala que «el comienzo de una de las formas más ciegas del fariseísmo es cuando el patriota se contenta con decir: "Soy inglés"». Vuelve a la misma idea en «Acerca del patriotismo», donde lo define como «una espada de dos filos»: uno es el que le permite «seguir enorgulleciéndome de Chaucer, de Shakespeare y de Nelson; sentir que los poetas en verdad amaron el idioma que yo amo, y que el marino sintió algo de lo que nosotros también sentimos por el mar»; otro es el que le conduce a que, «si aceptamos este mítico ser colectivo, este yo mayor, debemos aceptarlo de una vez por todas» y, por tanto, «si nos jactamos de lo mejor, debemos arrepentirnos de lo peor. De otro modo, el patriotismo será una pobre cosa».

La comprobación de que Chesterton alcanza siempre la excelencia en artículos literarios como «Sueño de una noche de verano» y «Elizabeth Barret Browning», la tenemos en este libro en bastantes textos. Así, hay una referencia jugosa a determinadas críticas que recibió T. S. Eliot en «El perfil de la libertad»; hay un análisis excelente sobre los «Cuentos de Tolstoi»; es excepcional el que trata sobre la poesía infantil de «Walter de la Mare»; son muy sugerentes «Henry James», donde trata de su mérito como novelista, y «Para qué sirven los novelistas», donde pone en paralelo a Henry James y a su hermano William James.

Luego, nadie interesado en la LIJ debería perderse tres artículos.

Uno, «La pantomima», donde Chesterton explica por qué piensa que «el niño lleva en la cabeza una definición correcta y completa de la función del arte y su plena naturaleza». Otro, «Libros para niños», sobre la importancia de comprender la mente de los niños acerca de los libros de aventuras: «el instinto de soñar despierto y de la aventura es un alto instinto espiritual y moral, que no requiere ni que lo disuelvan ni que lo excusen, y que es la madre de todos los grandes viajeros, misioneros, caballeros errantes, y madrina de los valientes»; eso sí, «lo único esencial de un autor para niños es que no se rebaje al escribir para ellos». Y otro más, acerca de la misión de la literatura, es «Sobre la lectura»: «La primera utilidad de la buena literatura reside en que impide que un hombre sea puramente moderno. Ser puramente moderno es condenarse a una estrechez final; así como gastar nuestro último dinero terreno en el sombrero más nuevo es condenarnos a lo pasado de moda. El camino de los siglos pasados está empedrado con méritos modernos. La literatura, clásica y permanente, cumple su mejor misión al recordarnos perpetuamente la vuelta completa de la verdad y al balancear ideas más antiguas con ideas a las cuales, por un momento, podemos estar dispuestos a inclinarnos».

El artículo que abre y da título al libro, «El Hombre Común» anuncia la defensa del hombre normal: la emancipación moderna «ha brindado una especie de libertad excéntrica a ciertos hobbies de los hombres de fortuna o, en ocasiones, a algunas de las locuras más humanas de la gente culta» mientras que ha prohibido «el sentido común, como lo hubiera entendido la gente común», «en nombre del progreso, en nombre del Infanticidio». En «El nuevo fanatismo» explica que un fanático no es un hombre convencido de tener razón, algo que puede ser lo más cuerdo del mundo, sino alguien que está «convencido de que otro debe estar equivocado en todo porque está equivocado en una opinión en especial; que debe estar equivocado, hasta en el pensar, con sinceridad, que tiene razón. Esto último es aplicable, particularmente, a la literatura y a la habilidad de los hombres de letras».

Pero podríamos seguir: «Respecto de una ciudad extraña» habla de las absurdas explicaciones de lo religioso que dan algunos; «El restablecimiento de la filosofía: ¿por qué?» es un gran diagnóstico sobre tiempos de crisis; en «La nueva defensa de las escuelas católicas» hay un comentario muy certero sobre educación para la ciudadanía; «Lamentos rabelesianos» o las formas de hablar impropiamente de "sexo" que surgen de tres orígenes, de «un espíritu verdaderamente vicioso, del amor al énfasis o del amor al análisis»; «La vulgaridad» se refiere a esos hombres que ni se comprenden a sí mismos ni comprenden los límites de las explicaciones; «El vandalismo» distingue a «los vándalos del mundo antiguo, que destruyeron edificios» de los «vándalos del mundo moderno, que los erigen»; «La extraña conversación de dos victorianos» muestra la inimaginable falta de conocimientos de algunas personas instruidas y señala que igual que «no se concibe un drama sin público, no se puede tener una ironía sin público instruido».

G. K. Chesterton. El hombre común y otros ensayos sobre la modernidad (The Common Man, 1950). Buenos Aires: Lohlé-Lumen, 1996; 240 pp.; no conozco el traductor; ISBN: 950-724-589-8; en librodot.com. Nueva edición, titulada El hombre corriente, en Sevilla: Espuela de Plata, 2013; 336 pp.; col. Clásicos y Modernos; trad. de Abelardo Linares Crespo; ISBN: 978-8415177821.

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