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sábado, 7 de noviembre de 2009

Más grande por dentro que por fuera


Chesterton
escribió The Resurrection of Rome con ocasión de un viaje que hizo a Roma para asistir a la beatificación de los English Martyrs. Es un libro poderoso pero que, como sugieren las mismas disculpas con las que comienza, se resiente de una excesiva insistencia en ciertas cuestiones. Desde un punto de vista histórico, las entrevistas que tuvo Chesterton con Pio XII y con Mussolini, son graciosas y reveladoras.

Su hilo conductor es el de las sucesivas resurrecciones de Roma y del Cristianismo, un credo que «no puede ser comprendido a menos que se comprenda que comienza con el milagro asombroso de un hombre muerto que estaba vivo y que no era un fantasma»; un credo que puede ser calificado como «la religión de la Resurrección; en lo cual difiere, por ejemplo, del Budismo, que es la religión de la Recurrencia o del Retorno, lo que en la práctica significa poco más que lo que los hombres de ciencia llaman la Conservación de la Energía» (el que parece el más obvio de los principios cósmicos, y las filosofías modernas tienen querencia por lo obvio, dice Chesterton). En los dos últimos capítulos trata del Fascismo, fijándose sobre todo en lo que tiene de revival de viejas ideas de dignidad y autoridad propias de la Roma imperial y en lo que tiene de reacción contra la corrupción política; y trata del significado histórico del reconocimiento del Estado del Vaticano, otro renacimiento más que nadie hubiera esperado cuarenta años atrás. Parece que los recientes pactos lateranenses por los que Italia y el Vaticano se habían reconocido mutuamente contribuyeron también a que Chesterton aún no viera entonces en Mussolini una gran amenaza, como la que siempre vio en el Prusianismo y en el Nazismo. Aunque no pasaría mucho tiempo sin que Chesterton alineara a Mussolini con Hitler y Stalin (por ejemplo en «About impenitence», As I was saying).

Es un libro en el que importa particularmente tener presente que Chesterton se dirige a sus compatriotas, tanto cuando habla de arte y religión como cuando habla de asuntos sociales y de política.

Por un lado, al turista cultivado, de tipo puritano o ruskiniano o goticista, le dice: «no he escrito este libro para los que les gusta Roma; los que les gusta Roma conocen infinitamente más sobre ella que yo; e incluso yo no he hablado aquí de las cosas que conozco. No he escrito este libro para quienes fingen que les gusta Roma, pues ellos no admitirán la dificultad de la que yo hablo, y no hay forma posible ni moda que les obligue a fingir que les gustan mis libros. Ciertamente no he escrito el libro para esa gente misteriosa a la que definitivamente no les gusta Roma, y aún así piensan que su obligación es venir a ella desde el fin del mundo para examinarla. Lo he escrito para los que les gusta Roma pero sienten la honesta tentación de que les disguste» debido a que no son capaces de comprender lo que ven —«nadie puede entender los triunfos y los trofeos cuando nunca ha oído hablar de las batallas»—, y lo he escrito con la esperanza de persuadirles de que Roma «es más grande desde dentro que desde fuera».

Por otro, a quien espera sus opiniones sobre la situación italiana del momento, Chesterton una y otra vez le hace notar la corrupción de los gobernantes y los medios de comunicación de su propio país: «decir que somos libres de discutir sobre política pero que no debemos acusar a los políticos de corrupción, es exactamente como decir que somos libres de discutir sobre el Fascismo pero no debemos acusar al Fascismo de tiranía»..., y «lo mejor que se puede decir de nuestra tiranía es que no es exhibicionista». A quienes se quejaban de la falta de libertad de prensa en Italia les recordaba que la de su país era también una ilusión: si «el hombre que puede comprar un megáfono puede ahogar las voces de los demás», «decir que cualquiera puede empezar un periódico significa en la práctica que nadie puede empezar un periódico». Y, por supuesto, no falta un apunte sobre uno de los temas-estrella de Chesterton: si a Mussolini se le ocurriera proponer la Prohibición (de bebidas alcohólicas) en Italia sería visto como un lunático.

Dentro de la variedad y la riqueza de los puntos que aborda Chesterton apunto algunos.

En su especie de panorama histórico de la cristiandad acentúa la importancia de la resistencia triunfante de Roma contra los iconoclastas; habla del Renacimiento como una resurrección del paganismo pero señala que sólo el paganismo era pagano, no la resurrección, pues para cualquier pagano hablar de resurrección sería ridículo; habla de distintos Papas, de las limitaciones que algunos tuvieron, y de la renovación que supuso la irrupción de San Francisco de Asís. Dedica espacio a comentar el arte que uno puede ver en Roma y a explicar las dificultades para crear y comprender el arte religioso: es cierto que «donde hay pompa se da el peligro de la pomposidad», pero también lo es que «hay muchos modos en los que la complejidad retorna» y que «la simplicidad no es tan simple como parece».

En cuanto a sus opiniones acerca del Fascismo y de Mussolini subraya que pretende señalar todo lo enfáticamente que pueda el hecho de que los mundos político y financiero habían propiciado el crecimiento del fascismo: «Mussolini hace abiertamente lo que los gobiernos ilustrados, liberales y democráticos, hacen secretamente», y «actúa con sus propios principios fascistas, mientras ellos actúan contra sus propios principios de la Libertad». Apunta que cualquier revolución está manchada con crímenes infames y actos de violencia indefendibles pero, al margen de que no apruebe la violencia que, por ejemplo, se podría imputar a Danton y a Michael Collins, tampoco le parece justo llamarlos asesinos sanguinarios y sucios; en cualquier caso, afirma, «no puedo admitir la superioridad británica sobre la furia en otros países; porque siempre se asume que los británicos han ganado plácidamente lo que otros han ganado furiosamente. La verdad no es que las condiciones inglesas no sean para enfurecerse, sino que los ingleses no están tan enfurecidos».

Una idea que recorre todo el libro es que, en cierto sentido, es necesario «desaprender» la historia que conocemos: «no nos damos cuenta de lo que ha sido el pasado, hasta que nos damos cuenta de lo que podría haber sido» y, por eso, el historiador que no tiene «la imaginación de desimaginar» tendrá una mente estrecha. Y otra, lógica, que también resuena en todas sus páginas, es lo que tiene de canto a Roma, una ciudad «demasiado pequeña para su grandeza, o demasiado grande para su pequeñez», una ciudad «donde todo está enterrado y nada se ha perdido», una ciudad construida sobre una tumba y llena de tumbas pero llena de vida, un lugar donde volvemos al pasado pero donde todo el pasado vuelve al presente.

G. K. Chesterton. The Resurrection of Rome (1930). San Francisco: Ignatius Press, 1990; Collected Works of G. K. Chesterton, Volume 21; 664 pp., de la p. 283 a la 466; introd. by Robert Royal; ISBN: 978-0-89870-272-0.

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