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sábado, 14 de noviembre de 2009

Una tierra de gigantes


En Christendom en Dublin, un librito que podría ser un capítulo más de Irish impresions, Chesterton narra una estancia en la capital irlandesa con motivo de un Congreso Eucarístico.

Para empezar, no se priva de meter el dedo en el ojo a los enfadados con el proceso independentista irlandés, que se quejaban de que la Union Jack fuera retirada mientras que la bandera vaticana ondeaba por todas partes, diciéndoles que la bandera de Inglaterra debería ser la Royal Standard escocesa, una de las banderas más bonitas del mundo pues fue diseñada por gente que sabía de heráldica, y no la Union Jack, una bandera diseñada cuando la heráldica había decaído y la gente sólo sabía hacer banderas mezclando feas franjas como en una manta.

Luego ironiza en otras direcciones: hacia los antipapistas con los «terrores de la púrpura romana» cuando cuenta su conversación con un cardenal; hacia los marxistas cuando señala que la religión es el opio del pueblo y por eso los irlandeses son tan somnolientos y nada broncos; hacia «la cansina y cargante voz del secularismo» que «habla reiteradamente sobre las peleas entre teólogos» de forma que «uno supondría que nadie ha peleado entre sí excepto los teólogos, o que los teólogos no hacen otra cosa».

Pero, al margen de que aproveche la ocasión una vez más para recordar a sus compatriotas que, históricamente, los irlandeses fueron tratados como una enfermedad que debía ser suprimida, sobre todo se centra en la singularidad de Irlanda como país católico: porque sus raíces fueron tan diferentes a los de los demás países europeos, porque «tuvo que luchar especialmente contra el calvinismo que vino más de Escocia que de Inglaterra pero que fue desafortunadamente sostenido por la riqueza y el poderío bélico de Inglaterra», porque fue pobre y estuvo tan sojuzgada durante siglos que tuvo que mantener sus tradiciones «con toda la vigilancia de una conspiración».

Chesterton describe también el ambiente y las ceremonias que vivió en Dublín esos días y, al hablar del clima emocional de algunos momentos, reivindica el valor de la razón a la hora de aceptar y vivir la fe católica: «un hombre que encuentra su camino al catolicismo, en medio de la jungla de la cultura y la complejidad modernas, debe pensar las cosas más seriamente que lo ha hecho en toda su vida»; sobre todo, continúa, «debe pensar, debe preservar su independencia intelectual, debe usar su razón», debe ampliar su mente y considerar que «sería mejor rechazar la Fe que aceptarla como algo irrazonable». Pero, dejándose llevar por su espíritu de poeta y aludiendo también a su experiencia personal, a quien siga ese camino le dice que, cuando llegue al final se verá en la mañana del mundo, «no entre argumentos, sino entre hechos maravillosos como fábulas, hechos como esos que los paganos pintaban como una tierra de gigantes en una edad de héroes».

G. K. Chesterton. Christendom in Dublin (1932); London: Sheed & Ward, 1932; 72 pp. Nueva edición en San Francisco: Ignatius Press; Collected Works of G. K. Chesterton, Volume 20; ISBN: 978-0-898708547.

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