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sábado, 19 de diciembre de 2009

Cómo funcionan las mareas


Avowals and Denials,
libro que recopila treinta y seis artículos de Chesterton escritos los años 1932 y 1933 para el Illustrated London News, deja constancia de su creciente preocupación por la evolución social y política del mundo y por la guerra futura que veía venir con toda claridad.

En varios señala cómo las modas van y vienen en el mundo literario. En «On a Melodrama» dice cómo han vuelto a las tablas, con otro disfraz, el Soliloquio y el Aparte después de un tiempo en el que se proscribieron. En «On the Letter-Bag Novel» reivindica el valor de las novelas construidas a base de cartas, después de que durante la época victoriana se diera gran valor a que las historias fueran breves y brillantes al modo de Stevenson y Kipling: «tanto en el caso de la novela como del drama, la moraleja es que las cosas a menudo se renuevan volviendo a su infancia». En «On Wordsworth» apunta que, aunque se dice que Wordsworth cambió muchas cosas, en realidad cambió muy pocas pues la suya, como tantas, fue una reacción contra la reacción: los jóvenes a menudo piensan que su movimiento está siendo el de ir hacia delante cuando en realidad están dando la vuelta, y es que entre los catorce y los cuarenta un hombre ve una gran marea viniendo y otra yendo y asocia la primera con el futuro y la segunda con el pasado, pero cuando alcanza los cincuenta empieza a darse cuenta de cómo funcionan las mareas.

En «On Man: Heir of all the Ages» comenta las teorías de Christopher Dawson acerca de que hay varios estados en la historia espiritual de la humanidad para ilustrar una verdad olvidada: que un ser humano completo es como un príncipe mirando desde el pináculo de una torre construida por sus padres y no un bobo presuntuoso que se dedica a dar patadas a la escalera por la que ha subido. Esa misma dirección, de respeto al pasado, sigue «On the Classicism of the Terror», donde opina en favor de la revolución francesa, a pesar de su violencia y de su pedantería, por lo que supuso de liberación de un feudalismo decadente y opresivo, pero señala cómo, sin embargo, produjo una intolerancia intelectual asombrosa de forma que, lo que al principio fue una calurosa novedad en política, en el arte se transformó en algo frío e inmovilista. La misma idea, de que como «no hay tradición en las revoluciones; cada revolución es una revolución contra la última revolución», y por tanto el arte se fosiliza en ellas, vuelve a salir en «On Eric Gill», donde habla de que los artistas no tienen derecho a despreciar su propio pasado.

A propósito de quienes defendían el nudismo, en «On Dialect and Decency» comenta lo extraño que le parece sentirse orgulloso de una nueva insensibilidad: cuando se dice, como un avance, que hoy los niños están acostumbrados a cosas que hubieran hecho que sus abuelos se batieran en duelo, no se piensa que los duelistas podían ser fastidiosos pero estaban vivos; quien se enorgullece del hecho de que su abuela se quedaría en estado de shock con las cosas que él está acostumbrado a ver y oír sin sufrir ningún colapso nervioso, debería pensar que tal vez su abuela estaba viva y él está paralítico. En «On the Crank and the Cad» señala que muchas noticias del periódico tienden a ser raras y no representativas: están escritas por gente normal pero tratan sobre gente anormal y, por eso, no son una guía de la opinión pública sino una guía de la opinión del propietario del periódico y de su deseo de vender; son una prueba de que los hombres desean que les diviertan, y se siguen divirtiendo, hoy como ayer, con enanos y gigantes, con mujeres barbudas y hombres de doce dedos.

De los artículos en discusión con los pacifistas de la época, en «On the Great Relapse» habla de que una Inglaterra pacifista es una Inglaterra insular y vuelve a criticar a su amigo H. G. Wells, que «ha escrito miles de páginas en favor de la paz pero ninguna en favor de Polonia». De los que hablan de la llegada de Hitler al poder, en «On the Return of the Barbarian» señala que ya está claro que «una civilización particular ha regresado a la barbarie»: ciertamente puede haber puntos en los que los bárbaros tengan razón y los ciudadanos de una cultura decadente estén equivocados, dice, pero la diferencia está en que la civilización sigue teniendo el poder de curar sus propias enfermedades mientras que los bárbaros sólo por accidente podrían; mientras el bárbaro tiene la razón sólo por accidente y ni siquiera entonces sabe que la tiene, el hombre civilizado sabe que está confundido por su propia culpa y, al reconocerlo, al menos tiene la capacidad de volver a obrar correctamente.

G. K. Chesterton. Avowals and Denials, 1934.

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